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Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

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Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

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Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

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Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

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Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

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Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

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Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

Requiem por Abbado y otras personas amigas

También el silencio es música...

También el silencio es música…

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Debidamente abrigado con toda la ropa disponible, envuelto en mantas, con las manos ateridas a pesar de estar protegidas por mitones y junto a la estufa de porcelana que apuraba un fuego mortecino, Wolfgang Amadeus llenaba de notas y signos su papel pautado mientras, de cuando en cuando, levantaba la mirada para ver nevar por la ventana.

-Si llego a saber que sigue haciendo este frío no resucito –pensó mientras se arrimaba al pábilo de la vela para comprobar que su escritura no fallaba.

El destino no deja nada al azar. Oscurecía ya sobre Viena cuando tres aldabonazos en la puerta frenaron de súbito su inspiración. Dejó la pluma sobre su mesa de trabajo, bajó las escaleras, abrió la puerta y se encontró con un personaje con sombrero de tricornio calado hasta las cejas y una esclavina que ocultaba su rostro dejando al descubierto sólo sus ojos.

-Vengo a encargarle una misa de Requiem- dijo el misterioso personaje en un alemán que no disimulaba su acento italiano.

-Ya –musitó W.A. mientras arrugaba los morros y frotaba sus dedos para hacerlos entrar en calor –La historia me suena…¿Es tal vez para un conde, un elector palatino, un arzobispo, un margrave?…

-No…Es para mí.

-Lo comprendo…-dijo el compositor dibujando una sonrisa de complicidad- No es por nada, pero me salen unos réquiem gloriosos. ¿Le ponemos tres o cuatro fugas?…Hago unas fugas que se funde el Misterio, se lo aseguro. Si empezamos con un introito de esos que ponen la carne de gallina y lo adobamos con un Lacrimosa donde llora hasta el de la tuba y un Amen lo que se dice celestial…

-No siga –cortó el personaje depositando en la bandeja de la mesa del zaguán un fajo de billetes- No necesito alardes. Sólo quiero silencio. Un silencio sublime, como todo lo que usted compone.

Visiblemente complacido no tanto por el elogio como por el pronto pago, Wolfgang Amadeus recogió los billetes de la bandeja. Cuando levantó la vista, la figura del personaje misterioso se difuminaba entre el negro de la noche y la espesura jaspeada de blanco de los copos que caían.

-¡Oiga! –gritó el genio- ¿Y a nombre de quién pongo el encargo?…

-De Claudio –se escuchó en la distancia su voz amortiguada por la nieve- Llámeme solo Claudio.

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Dicen que a Abbado le molestaba el pelotilleo que suele rodear al tratamiento de maestro, y que pedía a sus músicos que le llamaran por su nombre. Nadie dice por contra que se encargara un requiem, pues no encaja con la sencillez tradicional del personaje. Sí sería previsible que de ser, ya que no vero, ben trovato el cuento, el gran director italiano hubiera solicitado un requiem de silencio. El silencio también es música. Y el silencio respetuoso, o el elogio contenido, ennoblece mucho más la memoria de una persona que el empalagoso ditirambo que suele provocar la muerte de las celebridades.

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Te lo subrayaba Homper, el hombre que se queda perplejo ante muchas cosas que a los demás os pasan inadvertidas.

-Observa la curiosa estructura de las necrológicas de los famosos. Primera parte: se enmarca la personalidad del difunto en su tiempo, se enumeran sus logros y méritos y sus aportaciones a la sociedad y se reclaman para él honores y reconocimientos. Segunda parte: aparentando modestia, el autor de la necrológica recuerda al respetable su relación personal con el difunto, utilizando fórmulas como “yo tuve la suerte, la oportunidad, el privilegio, el singularísimo honor de…ser su amigo (pariente, discípulo, compañero de armas, conmilitón, compañero de academia, claustro, hermandad, maestranza o cofradía, etc)”. Conclusión del obituario: como demostración del refrán el muerto al hoyo, y el vivo al bollo, el elegíaco texto resume que si el fallecido era importante, el autor de la loa no lo es menos. Pues al fin y al cabo conocía al famoso, así se escribe la historia, y él tiene que seguir viviendo con el renombre que le prestó el finado.

Recuerdas esta reflexión de Homper después de leer en los periódicos el aluvión de retórica de carril que ha suscitado la muerte de Abbado. Incluso las impresiones de otros genios como tu admirado Baremboim te suenan a cortapega. Y también llegas a la conclusión de que un requiem de silencio cuando el muerto está sobrado de elogios es mucho más hermoso que la fanfarria lacrimógena de sus turiferarios.

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Jamás escuchaste a Claudio Abbado en directo. Le has seguido a él, como a tantas figuras vivas o extintas de la música clásica, en sus discos, en Radio Clásica y en las grabaciones que emite Unitel Classica, una cadena de televisión ideal para asistir a las mejores óperas y conciertos gratis y sin moverte de casa. Con él, como con todas las grandes batutas, te ocurre que, disfrutando de su música, no sabes qué le debes agradecer a la obra interpretada, qué a los ejecutantes y qué parte a la maestría del director. Al igual que en otros campos de la cultura, también aquí el star system necesita encarnar al héroe en una persona de carne y hueso, y ese glorioso papel le corresponde o a un solista o al director. A falta de Amadeus, de Bach, de Beethoven  o de Wagner, que no resucitan todos los días, ese papel lo encarnaba hasta unos días el excelente director milanés.

Su hoja de servicios es deslumbrante. Otros como Toscanini o Leonard Bernstein, de los que sólo conociste sus grabaciones históricas y lo que leíste de ellos, puede que despertaran en ti aún más admiración. Pero la sensibilidad de Abbado y ese afán suyo por despojarse del Mito del Maestro –muy recomendable el libro que con este título escribió Norman Lebrecht- justifican tu debilidad por él.

Además, qué diablos, sé sincero: salvando las debidas distancias erais compañeros de fatigas. Abbado te sacaba doce años, pero desde hace unos cuantos pertenecíais al mismo club de melómanos tocados. No es esta precisamente electiva, pero afinidad sí determina esa circunstancia. Desde que entraste en ese club, lamentablemente tan nutrido, todo lo que le les afecta a sus miembros también te afecta a ti.

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Hace menos de una semana tu amiga y vecina de Candeleda  María P. de S. murió después de veinte años de elegante lucha contra la enfermedad. Acudiste al tanatorio para despedirte de ella y para dar un abrazo a Álvaro, su marido, y te sorprendió la gran cantidad de familiares y amigos congregados allí. Aquello era un clamor contenido de tristeza y de cariño. Ocurre que casualmente ensayas estos días con tu coro del CEU el celebérrimo Requiem de Mozartel que según la leyenda empezó a componer en las mismas circunstancias que relataba el cuento inicial. Algunos  pasajes de esta obra son de gran intensidad emocional, y a ti mismo se te ahogado la voz cuando los has cantado  en el funeral de una persona conocida.

Sin embargo, su oportunidad en estos momentos te sugiere lo mismo que las necrológicas de marras: oiga, esto es pompa, circunstancia y lágrimas para reconfortarnos a los que quedamos aquí, porque los muertos son ya como Claudio Abbado y María, y posiblemente preferirían el silencio. ¿No sería más lógico que hubiéramos volcado todo el respeto, la sensibilidad y el amor que exhala esta obra  cuando quien la mereció aún podía apreciarla en vida? Delicadeza y afecto para nuestros queridos enfermos de alrededor, que el Requiem suena divinamente en las salas de conciertos.

 

Cartas de Pena y fuente de alegrías

A veces uno descubre que un tío abuelo al que no conoció es tan responsable de tí mismo como tus propios padres...

A veces uno descubre que un tío abuelo al que no conoció es tan culpable de tí mismo como tus propios padres…

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Estimado Don Fulgencio

Espero que al recibo de la presente se encuentre bien. Lo veo por la ventana del patio y desde luego está usted con magnífico aspecto. Por el 3º A esta su segura servidora tampoco se puede quejar, a Dios gracias.

El motivo de la presente, aparte de interesarme por su salud, es comunicarle que he encontrado enganchado en una pinza de mi tendedero un calzoncillo blanco clásico que debe de ser suyo, pues entre su piso y el mío sólo está el de Mari Nieves, que desde que murió su esposo José (q.e.p.d.) no vive más que con sus dos hijas. Lo normal es que el calzoncillo en cuestión se le cayera a su asistenta cuando le tendía la ropa limpia, y que quedara atrapado en la pinza de mi tendedero. Suerte que no cayera al fondo del patio, que está sucísimo. Ya me he quejado de eso al administrador, pero, como siempre, este se hace el sueco, el muy fresco.

Quedo a la espera de que Vd. me diga si bajará a por el calzoncillo perdido o si prefiere que se lo deposite en el buzón del portal. No tengo el menor inconveniente en hacerlo, pero pensaba que, dada la intimidad del asunto, preferiría recogerlo personalmente o mandar a su asistenta. Si bajan ustedes, tengan en cuenta que todos los días de 11 a 12 voy a la rehabilitación de mi omóplato, y que los martes y jueves de 18 a 20 tengo reunión en la Parroquia.

A la espera de sus noticias, y alegrándome mucho de su buen estado de salud, le saluda muy atentamente

Florita Ancila Cifuentes, 3º A

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Antes de meterla en el sobre se la mostró a a su nieto Gustavo, que venía a comer con ella todos los miércoles.

-Mira si se entiende bien mi letra –le pidió- Porque veo tan mal que ya casi ni se lo que escribo.

Gustavo leyó la carta y se echó a reir. Después sacó su teléfono móvil del bolsillo, picoteó con su dedo sobre el teclado veloz cual pájaro carpintero y le mostró a su abuela el texto que acababa de escribir: fulgen san kaido tus gayunvos 3º A.

-Esto ahora se hace así, abuela –dijo mostrándole a la anciana su mensaje- No tienes más que poner el número de Fulgencio y apretar a enviar…¿Ves que sencillo?

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Florita era maestra jubilada. No era tan mayor como para desconocer las ventajas que los SMS, los correos electrónicos y el twiteo aportaban a la humanidad, pero creía que escribiendo correctamente el ser humano se entiende mejor.

-Además –le explicaba a Gustavo – Si no escribimos cartas ¿qué ilusión quedará `para abrir un buzón lleno de facturas del banco, de la compañía eléctrica y de propaganda del chino del barrio?…Más grave aún: ¿qué será de la literatura epistolar?

La cara de Gustavo fue la misma que si se le hubiera aparecido una pin-up extraterrestre con varias tetas repartidas por su cuerpo de langosta.

-¿Literatura epistoqué?-dijo aguantando la risa.

Entonces Florita pensó que habría que crear un Cuerpo Estatal de Escribidores de Cartas. No tanto para alimentar la oferta pública de empleo, que también, como para ayudar a las nuevas generaciones a mantener una costumbre que antaño era una necesidad y hoy languidece tristemente hasta su presumible desaparición.

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Nunca has aspirado a demasiados cargos, no has sido lo que ahora llaman un tipo competitivo. Pero reconoces que te gustaría ese nombramiento: Director del Cuerpo Estatal de Escribidores de Cartas. De cartas de amor, de pésame, de reconocimiento, de felicitación, de agradecimiento, de porquesí, porque hoy pasé por el puente donde nos conocimos y me acorde de ti. Cartas incluso para ofender, sentar principios o para fijar posiciones, pero mayormente para aliviar un dolor, potenciar una autoestima alicaída o provocar tres suspiros y alguna sonrisa, aunque fuera tímida.

-No hace falta póliza ni certificado ninguno- dirías al escribidor despistado- pero sea conciso, póngale un párrafo con algo de emoción y despídala con un beso, que no pasa nada.

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Además, las cartas a veces dan pistas sobre tu propia personalidad. Lo recuerdas hoy porque tienes en tus manos un libro  que recoge la Correspondencia entre Pau Casals i Joaquim Pena. Pau Casals fue un violonchelista genial y un músico de talla universal. Joaquim Pena, un gran intelectual, crítico y musicólogo, tan fanático de Wagner como para traducir casi todas sus obras al catalán y fundar la Asociació Wagneriana. Este gran tipo, que hoy da nombre a una plaza de Barcelona, seguramente  alentaba la idea de una Cataluña independiente, porque murió en 1944, cuando el estado de las autonomías era sólo un sueño imposible. Pero hoy te importa porque ese hermano de tu abuela Mercedes  es el venero escondido que, dos generaciones después, alimenta tu pasión por la música. Tu abuela Mercedes tenía un oído pésimo. Su hijo Luis era un buen aficionado y afinaba, pero la España que le tocó no estaba para músicas celestiales, y bastante tuvo con ganarse la vida. Tú has tenido la suerte de caer en un momento histórico donde, aún con las penurias actuales, es posible acariciar la gloria disfrutando de la música clásica. Donde tu tío abuelo ponía a Wagner como Dios absoluto tú prefieres hablar de Bach o de Mozart, algunas de cuyas óperas más famosas, por cierto, también fueron traducidas por don Joaquim. Pero lo importante es dar con tus raíces, el venero y la fuente de este seguro de felicidad que proporciona la música. Y qué paradoja saber, a través de unas cartas añejas, que tu apellido Pena  es desde su cuarto lugar el que  te está dando más alegrías.

 

Palabras de Candeleda para recibir al 2014

Candeleda, además de muchos encantos, tiene un habla propia muy curiosa...

Candeleda, además de muchos encantos, tiene un habla propia muy curiosa…

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Vida de quien ve pasar la vida en el campo. Algunas mañanas, no siempre, bajas a Candeleda por esa bonita carretera que serpentea hasta morir en el Santuario de Chilla. Cuando después de unos días de intensas lluvias remite el temporal, sale el sol y rompes la mañana, el espectáculo del paisaje limpio y brillante del Valle del Tiétar, con la Sierra de Guadalupe al fondo y los lomos de Gredos nevados a tu espalda es casi medicinal.

-Mírelo usted plácidamente y respire hondo –te recomienda ese doctor discreto que llevamos dentro llamado sentido común-  Es la mar de saludable.

No crees que sea tan saludable el café  con porras del bar Tenazas, pero te da igual. Ese es uno de los placeres por los que no te importará acortar en unas horas tu vida. Las porras del Tenazas son a tu juicio exquisitas, las mejores del mundo. Mojarlas en el café con leche después de haberlas rebozado con azúcar y sentir cómo ese goloso bocado inunda tu paladar y sacia tu jindama matinal es uno de los más importantes entre tus placeres  menos importantes. Tenían antes más tradición las de El  Topo, pero a ti te parecen más finas y crujientes las del Tenazas, en cuyo bar, además puedes hojear el Diario de Ávila y el Marca condecorados ya por alguna mancha de grasa. Eso le añade al desayuno un toque de bohemia popular muy estimable.

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El precio del café con leche con una porra en el Tenazas es de un euro con cuarenta céntimos, pero hay que aclarar que la longitud de la porra es aproximadamente como la verga de un teniente de Regulares en el culmen de su exaltación. Patriótica, naturalmente, y perdón por la comparación. Su desmesura contrasta con lo justita que resulta la taza del café, con lo cual el movimiento del brazo para el mojado de la porra tiene algo de suerte del volapié. Hay que subirlo con la porra en los dedos, apuntar a la taza y atinar con la puntita como quien clava el estoque en el hoyo de las agujas. Lo bueno es que en el Tenazas siempre cortas orejas.

Después te ajustas la taleguilla y te echas a la calle a hacer tus compras. Era el Paquiro en la calle/ un torero de cartel- tarareas recordando el romance popular. Podría pensarse que, pasadas ya las nueve y media, el pueblo bulle, pero eso era en otros tiempos. Las calles y las tiendas a esas horas están semivacías, porque en Candeleda ya casi nadie se levanta a jañiquín.

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Vida contemplativa y sanamente especulativa. A falta de grandes ejercicios físicos que ya no tolera tu espalda, a veces escuchas una expresión del habla candeledana y te diviertes especulando con su origen. Levantarse a jañiquín significa por estos pagos madrugar. El cómo y el porqué de este originalísimo giro debe de saberlo Nines Moreno Monforte, autora de un Diccionario del habla candeledana que recoge peculiaridades del lenguaje popular local. Nines es una mujer capital para la cultura de esta villa. Aparte de sus inquietudes lingüísticas es la presidente de la Coral Polifónica. Gracias a su entusiasmo –ha conseguido sacar patrocinios incluso de muchos comerciantes locales-  Candeleda ya no presume sólo del espléndido mosaico de azulejos de su Parroquia, de  sus porras, de sus gargantas, de su pimentón, de sus higos, de sus quesos y de esa capra hispánica de bronce erigida en la Plaza del Castillo (donde, por cierto, tú no alcanzaste a ver castillo alguno), sino de cultura musical. Antaño la figura del pueblo era Pedro Vaquero, fiel custodio y cantor del folklore popular lamentablemente desaparecido en plena juventud. Ogaño el pueblo también disfruta de Guerrero, de Mozart, de Barbieri o de otros clásicos. Y eso es en buena parte mérito de esta ciudadana inquieta, capaz de conciliar el amor al lenguaje  popular y a la música eterna con algo tan prosaico como atender a su carnicería.

-¿Y a ti cómo te va con tu coro? –te pregunta mientras despacha carne picada después de explicarte los ambiciosos conciertos que prepara su coral.

-Regular –le dices sin disimular tu envidia por su excelente gestión- Estamos preparando la Pasión según san Mateo de Bach, pero nos han echado de la iglesia donde ensayábamos y andamos como Jesús y María cuando buscaban posada.

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En estos momentos de desánimo y crisis está de moda flagelarse con los males de la patria. Por eso valoras este dato. Si a ti te dicen hace cincuenta años que la carnicera Candeleda es filóloga, y capaz de que el Requiem de Mozart llene el noble edificio de su parroquia, pensarías que estabas en otro país de los que entonces envidiabais. Esas eran cosas de Alemania, o de Francia, o de Inglaterra, o de los países escandinavos. De las culturas que nos deslumbraban. Ahora, que tanto nos duele España por sus recortes, sus carencias y otras miserias, también nos debería alegrar por estos detalles que dan otra medida del progreso.

Piensas que es bueno mirarse en Angelines y hacer de su  ejemplo un propósito para  el año nuevo. En 2014 habrá que levantarse a jañiquín y ponerse a trabajar para cumplir nuestras ilusiones. Por pura curiosidad, te hubiera gustado conocer la etimología de jañiquín. Pero tampoco sabes por qué la palabra concertina, que significaba  a) Violinista primera de una orquesta b) Acordeón en forma exagonal, designa ahora también a esa valla coronada de espinas y cuchillas que atormenta a las conciencias escrupulosas. Misterios del lenguaje que quedan pendientes para el nuevo año.

Que lo tengan ustedes tan feliz e ilusionado como lo cantará Nines, la polifacética y muy admirable carnicera de Candeleda

Claudia claro de luna

Ilustración prestada de la web www.fotolog.com

Ilustración prestada de la web http://www.fotolog.com

La Justicia se hace imposible de entender para el ciudadano normalito. Mientras en España se pedían siete años de cárcel para una pianista por molestar a sus vecinos teníamos que ver cómo asesinos y violadores múltiples salían de la cárcel antes de tiempo por  un quítame allá no esas pajas, sino la doctrina Parot. La paradoja le fue advertida a este duende por su admirada amiga, la también bloguera  Aldara Fernández de Córdoba, a quien por eso le dedica este cuento.

Lo malo es que, quizás por afán de esmerarse, la historia se le ha ido de las manos, ha olvidado el imperativo de la brevedad y se ha convertido en el post más largo de la historia de este blog. Así que advertido queda el lector. Si tiene prisa, gracias por leer hasta aquí y que pase de largo. Y si necesita garantías de calidad literaria para embarcarse en un cuento de ocho páginas, que acuda a Chejov, a Medardo Fraile o a Alice Munro, que seguro que no le fallarán.

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Cuando veo el eco que ha conseguido en los medios el caso de la pianista de Puigcerdá recuerdo que yo  también tuve una vecina pianista. Mi nombre es Sergio Rosales, y soy un tipo de lo más corriente, un ciudadano de provincias  con buen expediente y un par de idiomas que hace años recaló en Madrid y tuvo la suerte de pillar trabajo  como abogado en una multinacional. Procuro abstraerme de lo que pasa en el mundo para hacer mi vida sin demasiados traumas, pero la historia de esta mujer me toca muy de cerca. Tanto que siento la necesidad de contarla.

Claudia Abendi era una chica bien que vivía en el mismo edificio en el que yo compré una vivienda cuando mi estatus en la multinacional mejoró notablemente. Las torres de más de once pisos tienen la ventaja de que te permiten hacer amigos en el ascensor. Yo empecé a fijarme en ella porque, aparte de ser mucho más atractiva que el conjunto de funcionarios profesionales, licenciados, rentistas acomodados y algún industrial de la ferretería que teníamos como vecinos, me llamaba la atención su actitud, invariablemente seria y circunspecta. Claudia entraba en el ascensor, suspiraba, apretaba el botón del piso 11, abrazaba una partitura con la que parecía proteger sus senos y, mientras duraba la ascensión, iba tamborileando con sus dedos las notas que en ella acababa de aprender al tiempo que tarareaba con la boca cerrada la melodía que supuestamente interpretaría al piano. Doce pisos dan para enunciar los mejores temas de la historia de la música. El más famoso, que es la Oda a la Alegría de la Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, no dura en su exposición más allá de treinta segundos, así que los cuarenta que tardábamos en llegar al piso 11 le permitían a Claudia tararear por lo bajini todas las piezas que preparaba. Yo la observaba detalladamente.  Al principio permanecía callado, y más cuando coincidíamos con algún otro vecino. Pero poco a poco, a medida que me iba pareciendo más atractiva y más intrigante su vida, fui perdiendo la timidez.

Un día decidí romper el hielo. Cuando las puertas del ascensor se abrían en su planta y Claudia se aprestaba a salir me incliné ante ella y le dije haciéndome el enteradillo.

-Rachmaninoff

-No- respondió ella como si mi farol no le hubiera hecho demasiada gracia- Albéniz.

Ese día estuvo particularmente seca.  Y mantuvo la misma pose hasta que dos meses después empezó darse cuenta de que le vacilaba. Yo no era un melómano cultísimo, pero mi tía Guillermina, con la que había pasado muchos veranos de mi  infancia, había sido profesora de piano, y después de cenar  gustaba de interpretar a la ligera los temas clásicos más conocidos  que luego yo silbaba por los pasillos. Algunas de las piezas que Claudia tarareaba de memoria cuando volvía del conservatorio  no me sonaban de nada, pero bastantes de ellos me eran familiares. Sin embargo, aunque las identificase, siempre me equivocaba a propósito para provocarla.

-Schuman –le anticipé un día con la seguridad de una apuesta infalible.

-No te hagas el tonto- me soltó apuntado la primera sonrisa de complicidad de nuestra relación- Hasta un niño habría adivinado la Marcha Turca de Mozart.

Todo cambió a partir de entonces entre nosotros.

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Un vecino que toca un instrumento te puede parecer un ángel o un torturador, según los casos. De entrada admitiré que me parecen legítimas las quejas de los que soportan a través de los muros y forjados de una casa de pisos sus ejercicios y hasta sus interpretaciones.  Pero no quiero parecer un hombre de mármol, un tipo sin sensibilidad para la música y con pocos escrúpulos para sus artistas. Por eso procuré ser delicado cuando me atreví a dar a Claudia el primer toque de atención. Un día que subíamos solos en el ascensor le sugerí que quizás un buen aislamiento acústico para su piano y tocarlo sólo a determinadas horas sería la mejor forma de evitar problemas con el resto de los vecinos.

-¡Ah!, ¿crees eso?…-me dijo sorprendida como si no concibiera que a alguien le pudiera molestar su piano- Sube a casa y te responderé.

Subimos juntos, me ofreció la única butaca que amueblaba su estudio y sin decir una sola palabra se sentó al piano y empezó a hilvanar sin interrupción el momento musical de Schubert,  nocturnos de Chopin y sonatinas de Mozart con temas de bandas de película y hasta boleros, coplas  y valses de esos esparcen como confettis los pianistas de los hoteles. Yo me quedé fulminado por el encanto de aquel recital. No sabría decir si el virtuosismo de Claudia quedaba más cerca de Lang Lang que de la tía Guillermina, pero ver recorrer sus dedos por el teclado y su rostro habitualmente hierático  suspirando mientras movía la cabeza  y cerraba los ojos, como si entrara en éxtasis, me cautivó. Sumando su calidad como ejecutante a su atractivo personal pensé que me había caído en suerte un ángel.

Seré aún más claro. Lo que hasta entonces era una fría relación con Claudia se convirtió en una rendida admiración por ella, que pronto trenzó entre nosotros  una estrecha amistad. Yo aprovechaba todos los ratos libres que me permitía mi trabajo para hacerme presente en su vida, como si lo más importante que tuviera que hacer fuera prestarle todos esos servicios que acreditan a un buen vecino. Gracias a mi fortaleza física y a mis habilidades de manitas,  tanto le ayudaba a subir la compra como le desatascaba la lavadora, le purgaba los radiadores de la calefacción, le instalaba el nuevo equipo de sonido,  le acompañaba a IKEA si podía, le montaba luego esos muebles imposibles, le colgaba los cuadros, le instalaba las cortinas y hasta le bajaba las bolsas de basura cuando me lo pedía. La recompensa solía ser una copa nocturna fumando un cigarrillo –ella decía que sólo a mí me lo permitía- mientras a despecho de lo que sintiera el resto del vecindario nos cruzábamos miradas encendidas y yo me sentía en el séptimo cielo.

A todo esto, insisto en que Claudia Abendi era muy guapa, espigada, larga  melena rubia,  ojos grises, boca grande y bien dentada, y  nariz levemente aguileña que le daba un cierto aire de mujer mala, lo que a mis ojos aún le hacía más atractiva. Yo tampoco era un tirillas, qué diablos. O sea, que aquellos conciertos nocturnos derivaron naturalmente en cariñosas celebraciones sobre el mullido sofá del salón contiguo. Nos enamoramos. O al menos me enamoré yo. Una noche, después de un revolcón apoteósico, le pedí que se volviera a sentar al piano y que interpretara para mí algo que no le había escuchado nunca.

-Por favor –le dije- toca tema del Claro de luna de Beethoven.

Ya habrán adivinado que no soy un tipo demasiado original ni sofisticado. La verdad es que cuando se lo escuché por primera vez a la tía Guillermina flipé, me pareció el no va más del romanticismo, y pensé que no habría mayor felicidad en el mundo que compartir esa música con la mujer mi vida. Estaba convencido que esa era Claudia, mi bella pianista del 11 B. Pero ella no lo tenía tan claro.

-A mí me pasa lo mismo que a ti- me dijo- Cada vez que lo toco siento que necesito tener cerca al amor de mi vida.

Dejó en suspenso la frase. Y tanto me inquietó que la invité a continuar la explicación con esa pregunta que había escuchado cientos de veces en el cine y en el teatro y que jamás en la vida habría empleado yo.

-¿Y bien?…

-Pues que no estoy segura de que tú seas por ahora el hombre de mi vida.

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Fue un jarro de agua fría, pero no me desanimé. Es la ventaja de ser un alma simple, como creo que es la mía. Todo lo contrario: recordé que había dicho “por ahora”, y pensé que con el tiempo Claudia cambiaría de opinión, y se daría cuenta de que yo merecía sobradamente ese Claro de Luna que me escatimó esa noche.

Al poco tiempo de aquello Claudia heredó de su padrino una buena cantidad de dinero. Lo primero que hizo con él fue sustituir su piano vertical  por un imponente Yamaha de cola. Y a continuación  decidió acometer unas obras en la casa para unir dos habitaciones y convertirlas  en un estudio aislado como yo le había  propuesto. Me pidió entonces que le ayudara a proyectar y a comparar presupuestos. Muy oportunamente, por cierto, pues  desde el  piso octavo hasta el mío, que era el último, todo eran malas caras en el ascensor por su culpa.  Claudia estaba dispuesta a pagar el aislamiento que le recomendaron en el Conservatorio, pero contaba con que yo negociara el precio final y me ocupara de supervisar la instalación.

-Ya sabes –me decía muy tiernamente mientras me mordisqueaba la oreja- Las artistas no servimos para eso…

Y estaba dispuesto a ello. Por amor, uno es así de claro. Sin embargo, y muy a mi pesar, no pude hacerlo. La compañía para la que trabajaba estaba ultimando la compra de una planta de fabricación de sepiolita en Marruecos. Las negociaciones se adivinaban difíciles, y me indicaron que debía desplazarme allí con otro abogado y un auditor para ultimar los términos de la operación y empezar el tira y afloja hasta redactar el contrato final. Dos meses lejos de Claudia. Dos largos mes más esperando escuchar su sonata Claro de Luna.

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A la vuelto me encontré con el presidente de la comunidad  y me contó algo que me dejó estupefacto. Hartos de las molestias producidas por el piano de Claudia sin que esta reaccionara a sus quejas, un buen número de comuneros  habían decidido demandarla por quebrantar su derecho al descanso. Dijo que  cuando Claudia recibió la demanda por exceso de decibelios  su reacción fue furibunda.

-Vaya carácter el suyo –subrayó resoplando su indignación-  Se presentó en la junta que celebrábamos hecha un basilisco, gritando que éramos unos incultos, y usted  en particular un facha celoso…Sí, eso dijo –recalcó con indisimulada mala leche- Facha y celoso.

Yo ni sabía nada del asunto ni, por supuesto, me hubiera sumado a esa demanda de la que ni tenía noticia. Sí empecé a sospechar algo raro en Marrakech cuando traté de hablar con ella a través del SKYPE sin lograrlo, y cuando tras diez correos que le mandé sólo me respondió a uno con extrema frialdad y evasivas, como si aquel triángulo amoroso entre Claudia, el piano y yo sólo hubiera sido un sueño. La realidad es que en mi ausencia, mientras los vecinos se rebelaban contra ella,  Claudia se complicó la vida por culpa del nuevo piano y no llevó a cabo las reformas previstas. Peor aún para mí, porque la causa de todo ella era un afinador que se presentó en su vida como un Superman que hubiera penetrado por la ventana del salón y se hubiera sentado sobre el piano para seducirla.

-Sergio, son las cosas de la vida- me diría después- Me sentó fatal tu marcha, y encima el piano venía con problemas… Y en pleno bajón de ánimo apareció él y….Tuvo que reponer algunos fieltros de los mazos, y limar las piezas…Vino varias veces y no sé, no me lo puedo explicar…

Cuento. Mucho cuento me parecía a mí cuando al fin cantó la palinodia.

Y tanto. El escándalo que escuché nada más salir del ascensor la noche de mi regreso me dio la pista definitiva. El 11 B no sonaba como la digna casa de una pianista, sino como un puticlub. Me alarmé sobremanera. Esa no es mi Claudia, pensé, que me la han cambiado. En lugar de su pulso sereno interpretando delicadamente un nocturno de Chopin o una fuga de Bach, como sonaba cuando me tuve que marchar a Marruecos, lo que salía de allí  eran palmas y risotadas coreando los berridos de un borrracho que cantaba con ella al piano lo que más odio en este mundo: Dale a tu cuerpo alegría Macarena/ que tu cuerpo es pa darle alegría y cosas buenas…

Fue el acabose. Sin llegar siquiera a entrar en casa,  me metí de nuevo en el ascensor, bajé a la calle y salí huyendo despavorido de aquel infierno.

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Esa Claudia Abendi no me interesaba nada. Aquella misma noche llamé a mi mejor amigo, le dije que tenía problemas y le pedí que me acogiera en su casa. Permanecí en ella dos meses, hasta que ya me dio vergüenza parecer un okupa y alquilé un modestísimo apartamento junto a mi oficina.

Allí se puede decir que inicié una nueva vida, volcado desesperadamente en mi trabajo y cerrado a cualquier noticia de mi antigua vecina. Apenas ponía la tele ni la radio, y dejé de leer periódicos. No quería saber nada de ella, sólo deseaba borrarla de mi memoria. Y un año después creía haber suturado aquella vieja herida  cuando , yendo en un taxi,  escuché por la radio un comentario acerca del lamentable caso de Claudia Abendi la pianista encarcelada. ¿Claudia encarcelada?- pensé- ¡No me lo puedo creer! Debí de sentir eso que llaman un vuelco del corazón. Volví a mi apartamento, encendí  el ordenador y por primera vez escribí en el buscador de Google el nombre de mi antigua vecina.  No fue agradable ponerme al día de su desdichada suerte.

Al día siguiente, convencido de que ya no la vería más, dejé el apartamento y volví al piso que  hasta hacía casi dos años fue mi casa.

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Al poco de instalarme de nuevo en el 12 B de  empecé a sentirme incómodo. Las noches sin el piano de Claudia se me hacían insoportables. Me acordaba de aquella película de Visconti en la que un anciano que interpretaba Burt Lancaster vive amargado por las orgías de sus vecinos del piso de abajo y cuando estos se van de la casa descubre que la soledad y el silencio le atormentan aún más, y acaba echando de menos sus pasos y sus voces.  Yo no soy tan sofisticado como aquel personaje, ya lo he dicho, pero sufrí algo parecido. Lo intenté olvidar trabajando como nunca lo había hecho, buscando diversión y entretenimiento con otras chicas y con los amigos y haciendo algún viaje. Esquivando siempre, por supuesto, cualquier noticia  de Claudia que pudiera escocer aún más  mi herida. Seguí sin apenas leer periódicos ni ver telediarios ni poner la radio, y no entraba en más páginas de internet que las que necesitaba para mi trabajo. Sólo una noche en la que el insomnio ya me desesperaba encendí la luz, busqué desesperadamente el botón del ON de mi aparato de radio y conecté con Radio Clásica. También fue mala suerte. Justo en ese momento anunciaban la Sonata Claro de Luna de Beethoven en una interpretación que, para más inri, era del pianista Claudio Arrau.

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Fue demasié pal body. Aquella misma noche salté de la cama, encendí el ordenador y le puse un correo electrónico a Claudia diciéndole que después de tanto tiempo simplemente quería saber algo de ella. Pretendía ser lacónico y distante, pero enseguida me di cuenta de mis palabras traslucían algo más que curiosidad y simple cortesía social. Empecé por decir que me sentía muy dolido de que ella creyese yo me sumara a la acusación particular para llevarla a prisión. Luego le recordé cómo cuando fuimos vecinos había tratado de hacerle la vida más fácil, y de ayudarla en todo lo que pude. Y le confesé que quizás me había equivocado al pensar que aquello pudiera derivar en algo más que una simple amistad.

Eso ya no era un correo, era una carta en toda la regla. Pero bueno, hecho estaba: necesitaba descargar mi conciencia y aliviar mi zozobra.  Y aunque no lo hice, me dieron ganas de añadir como remate lo que cantaba la Piquer en aquella famosísima copla que también tocaba al piano la tía Guillermina: No debía yo quererte, no debía yo quererte…/¡Y sin embargo te quiero!

Debió de intuirlo. Porque su respuesta fue extremadamente cariñosa. Y pronto nuestra comunicación a través de los e-mails y del SKYPE fue tan fluida y cálida como si nada ni nadie nos hubiera separado nunca.

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Punto uno: reconocía que se equivocó conmigo, y que pensó que yo, despechado, había sido el gran agitador de lo que ella consideraba un linchamiento contra la música. Estaba encantada de ver que no había sido así, y  de que a pesar de todo lo pasado, yo siguiera acordándome de ella.

Punto dos: que la conquistó mi cariño y mi afán de ayudarla. Lamentando en este punto haberse abandonado tras mi marcha  a Marruecos y no acometer las obras que habíamos planeado.

-Fue un desastre –reconoció-Y no me extraña que los vecinos se acabaran hartando de mí y de mi piano.

Punto tres: reconoció también que había sido demasiado rigurosa consigo misma, exigiendo a su corazón más pruebas de amor que las que le había ofrecido hasta entonces.

Lloró cuando admitió que  lo estaba pasando fatal en prisión, y que sólo el permiso para tocar en un viejo piano vertical que había en la sala multiusos, y que ella utilizaba mientras las demás reclusas hacían gimnasia, le consolaba.

Seguía llorando cuando recordó que  se le fue la olla con el afinador, un tipo guapo y seductor que se extralimitó en sus funciones, le animó a beber más de la cuenta y a incurrir en el pecado de lesa sensibilidad de aporrear al piano la Macarena a las doce de la noche. Comprendía también que, después de negarme el Claro de Luna de Beethoven, renegara de ella tras semejante sacrilegio.

Y se sorprendió de que yo ignorase el verdadero motivo y el alcance de su condena.

-Se ve que no ha seguido mi caso –me dijo- ¿De verdad crees que me han enchironado por un delito de contaminación acústica?…No fue así. Eso se hubiera saldado con una multa. Lo que me condenó fue no sucumbir a sus malas artes de seductor … Precisamente por negarme a ellas, una noche que estaba borracho perdido y que pretendió abusar de mí yo le frené en seco y le quise echar de casa. El se revolvió, se negó a largarse, redobló su ataque, quiso forzarme  y, como no consiguió someterme, porque apenas se tenía en pie, cogió el busto de Mozart que tenía sobre la chimenea y lo estrelló con toda su furia contra el teclado de mi precioso piano…

Mi cara a través de lo que dejaba ver el programa SKYPE debió de ser un poema. Estaba literalmente estupefacto.

-Y entonces la que me cegué de ira fui yo. ¡Mi piano!… Cogí un hierro de la chimenea, lo levanté con mis dos brazos y lo descargué hasta seis veces sobre él con todas mis fuerzas…Y aquí me tienes: cinco años de reclusión por tentativa de homicidio, y no por pianista pelmaza…

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Ya no me sentía tan solo en el 12 A. Contaba cada día los que faltaban para que Claudia cumpliera su condena. Nos escribíamos mails a diario, una vez a la semana nos hablábamos a través de SKYPE, y una vez al mes acudía a la prisión a visitarla. Un día recibí por correo postal una invitación. La Dirección del Centro Penitenciario para Mujeres tiene el gusto de invitar a Don  Sergio Rosales al recital de piano a cargo de la pianista Claudia Abendi que que se celebrará el próximo 12 en el Salón Multiusos. SRC

Fui muy ilusionado. Junto con la directora y los mandos de la prisión, era el único de entre el público que no tenía la condición  de reclusa ni de familiar de reclusa. El programa era variado: desde las piezas populares que tocaba al piano García Lorca y el Asturias de Albéniz hasta la danza húngara nº 5 de Brahms, la Campanella de Paganini , dos temas del Carnaval de Schuman y varias versiones de canciones regionales y bandas de sonido del cine. Al final del recital el público estaba entusiasmado, y Claudia tuvo que dar propinas. Primero una polonesa de Chopin, y a continuación el Imagine de John Lennon. Cuando ya todos daban por acabado el recital, Claudia se levantó de la banqueta y tomó la palabra.

-Gracias, muchas gracias –dijo con la voz entrecortada por la emoción- este es un día muy especial para mí…Y quiero acabar este recital con una pieza que no he interpretado nunca ante nadie, y que dedico especialmente a una persona muy querida que me apoyó mucho antes de entrar en este centro y me sigue ayudando ahora.

Se sentó de nuevo ante el piano, puso las manos en su regazo y cerró los ojos como esperando que le bajara del cielo un rayo luminoso. Despertó, levantó sus manos para posarlas sobre el teclado y lenta, profunda y amorosamente fue desgranando las notas del primer tiempo de la Sonata para piano nº 14, popularmente conocida como Claro de Luna de Beethoven.

Sólo al final de su ejecución se cruzó una mirada fugaz conmigo. Pero para entonces yo, que, como decía,  soy un tipo muy básico, secaba  con el dorso de mis manos un par de lágrimas indiscretas que se escurrían por mis mejillas. Mientras tanto, soñaba que la misma Justicia  que con tanta generosidad  acaba de liberar a un puñado de criminales me devolvería pronto a la mujer que sólo cometió el delito de amar  a la música y que ahora, al fin, también me amaba a mí.

 

Echemos la culpa a Mozart

Entre los motivos humanos que explican la retirada de Benedicto XVI, el más divino quizás sea el poder tocar al piano las partituras de Mozart...

Entre los motivos humanos que explican la retirada de Benedicto XVI, el más divino quizás sea el poder tocar al piano las partituras de Mozart…

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No sabes cuánto tiempo hacía que no te dormías con música de Mozart. Debe de ser porque no hay ningún estudio científico que abone su poder curativo sobre tus dolencias. Un científico japonés quizás haya descubierto que el colmillo del narval crece tres veces más los años bisiestos. Un suponer. Otro estudio de la Universidad de Yale puede que nos sorprenda hoy sosteniendo que desayunar fríjoles con chocolate aumenta el deseo sexual. Otro suponer. Seguramente un ornitólogo escribe su tesis doctoral sobre  por qué las gallinas ponen más huevos con dos yemas a partir del miércoles de ceniza, demostración de que en estas fechas se producen muchas flores, tirabuzones rosquillas y otras delicias conventuales y, como criaturitas de Dios colaboran en el buen orden de la creación.

Otro suponer, más surrealista si cabe. Como las miles de teorías que todos los días se difunden sobre otras observaciones sorprendentes: a) El sonido de las sirenas de los barcos en la evolución de las verrugas b)La relación entre el aflojamiento de la goma de las bragas y los trastornos psicológicos de la mujer c) La influencia entre el teñido del pelo de los políticos sobre la credibilidad de sus mensajes d) La mutación de la función simbólica y adivinatoria de los sapos, que hasta hace nada barruntaban lluvia y ahora cuando se te cruzan en el camino son advertencia de que va a subir la prima de riesgo. e) El brandy Benedictine les sale mucho más aromático  a los monjes cuando lo destilan al ritmo de la música de Shakira.

Ni un día sin un estudio nuevo que nos deje boquiabiertos. Seguramente hoy mismo se descubrirán muevos agujeros negros y enanos marrones en el espacio, y otro sabio nos aventurará que en realidad si nuestra galaxia era hasta el momento un granito de arena en  una playa, ahora se ha demostrado que es menos que una partícula de polvo de litioen ese infinito vaso efervescente que es el universo.

Vamos, que no tenemos ni puta idea de casi nada. Pero como hay tantas tribunas, micrófonos, cámaras a las que atender y horas que rellenar, se dice lo que haga falta con  tal de entretener al personal.

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Tú pusiste música de Mozart con la esperanza de que sus conciertos estimularan la inhibitina de tus diminutos tumores pulmonares y anulase la jodiendosis agresiva que pellizca tus dorsales. Vana esperanza: ni la una ni la otra tienen carta de naturaleza entre los galenos. No existen.

Y entonces caíste en la cuenta del por qué de tu decisión. El hombre del día era Josep Ratzinger, que ha renunciado a su dignidad papal por no sentirse en condiciones para tal responsabilidad y poder tocar al piano a su músico favorito: Wolfgang Amadeus Mozart.

La Iglesia Católica tampoco es ajena a la sensación de derrumbe que parece asolar al mundo que vivimos. Y qué duda cabe que hay otras maneras de sentir a Dios y hasta de servirle. Por ejemplo, continuar rezando en un convento desde cuyo huerto  de olivos y limoneros se divisa una bella vista sobre Roma e interpretar a Mozart.

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Lo que tantas veces has dicho de Bach o de Beethoven vale para Mozart. Todos los genios nos dejan tendidas escaleras mágicas que convergen en lo más sublime y delicado que puede imaginar el ser humano. Para unos puede ser la idea de Dios, para otros la percepción del amor, pero difícilmente te sugerirán algo desagradable como una inspección de hacienda.

Tú recuerdas que cuando la pasión de la juventud se rompía dentro de tí fuiste con la chica de tu vida a un concierto en la que una flautista llamada Helaine Shaffer interpretó el Concierto para arpa y flauta  C.K. 299 de Mozart. Tu memoria nunca olvidó algunos detalles significativos de aquel concierto. En primer lugar, la flautista era una rubia americana del estilo de las que elegía Hitchcock. Tocaba una flauta travesera de platino, lo que aún le añadía más fascinación. Por otra parte el delicadísimo andantino del segundo tiempo, no se sabe si por su propio lirismo o por la emoción de escucharlo junto a la que tanto te gustaba, te pareció un regalo mágico que la Providencia había reservado para ti.

La chica, que seguía a Amadeus tan embelesada como tú, llevaba además un curiosísimo vestido cuyo escote en pico era cerrado por una cremallera de color que venía desde la cintura. Durante unos buenos minutos llegaste a pensar que lo sublime podría serlo aún más si, como ocurre tantas veces, los dientes de la cremallera se hubieran abierto espontáneamente y tú hubieras agregado al intenso placer espiritual de la música de Mozart el no menos intenso placer, bien es verdad que no tan espiritual, de verle de reojillo los pechos a tu amada. Desgraciadamente no fue así. Tú juras y perjuras que estabas sintiendo la divinidad a tu lado, sin mezcla de malicia alguna, pero el Jefe debió de decidir que lo de la exhibición no tocaba. El público y el maestro, que quedaban de espaldas, tal vez no se hubieran percatado de ello, pero el arpista que acompañaba a la Shaffer hubieran perdido el compás echando a perder lo que sin duda fue para ti un concierto inolvidable.

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Por lo demás, desde que el Papa ha decidido retirarse su figura se te ha humanizado, al punto de que te cae simpático. Sólo visitaste una vez el Vaticano, pero comprendiste que tanta pompa, circunstancia y tan fastuosa arquitectura de poder se le puede venir encima a cualquier alma sensible que crea que su misión es continuar la obra de Cristo.

-Que paren este mundo, que me apeo- podría haber sugerido Ratzinger incluso admitiendo que Bob Dylan no es Mozart.

Te gusta imaginar también que un día una buena católica de ojos hechiceros que tú conoces fue a recibir la bendición papal, y que el Santo Padre quedó tan impresionado por ellos que comprendió que no podía seguir llevando la tiara papal siendo tan vulnerable como cualquier hombre. Ya es rizar demasiado el rizo: humano sí, ma non tanto.  Conténtate con echarle la culpa de la ritirata a Mozart,   y preocúpate sólo del  poco margen para la sorpresa que te va dejando el tiempo que te ha tocado vivir. ¿Mira que si un día también dimite Dios?…

 

¡Ay pene, penita pena!…

Hay que econocer que hay diseños y noticias verdaderamente impactantes, caramba…

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La mamá de Mozart presumía de que su hijo componía sonatas a los cinco años.

-¿Cómo no voy a estar orgullosa de mi nene?- le decía a sus amigas mientras paseaba con el pequeño a las orillas del río Salzach.

Es lo que tiene ser madre de un niño prodigio. Primero te enorgullecen, luego resultan tan especiales que hasta pueden encontrar casi tantos problemas de adaptación como los niños cortitos. Los extremos, que a veces se tocan de verdad.

Sin embargo la madre de Cachito no era consciente de ello. La señora Vital llamaba a su nene Cachito por ese poderío que el niño mostró desde el primer día que en el baño le enjabonó la entrepierna.

-¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!-suspiró de la vecina que había acudido a conocer a la criatura al ver cacho verguita tan desmesurado- Eso no es una cosa cualquiera, eso es una Black & Decker.

Bañaron al bebé, y una vez que el pequeño pene estuvo en su lugar descanso, le pusieron sus pañalitos limpios y le depositaron a dormir en su moisés. Luego sacaron la botella de anís de la alacena y las dos brindaron por aquel nuevo niño prodigio.

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Seguramente Cachito no iba a ser como Mozart, que quedaba trasnochado, ni como Bill Gates, ni como Jobs o Zuckerman, que eran otro tipo de niños prodigio privilegiados. El mundo había cambiado, la libertad de costumbres ahora hacía milagros, y los valores que antaño distinguían a las celebridades habían cedido en beneficio de los que eran más rentables. Así que Cacho Vital, sería otra clase de triunfador, otro ejemplo de éxito.

Sería, y nunca mejor dicho, un triunfador de cojones. Y llegaría a millonario, sobre todo, por ser un auténtico virtuoso de la polla.

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En otro lugar bien distante la mamá de Vanesa no estaba menos orgullosa de su hija.

-Mira que yo le dije: hazte manicura, o entrenadora personal, o sigue el carrerón de la Bibiana Aído, que es asesora de la ONU Mujeres, o hazte novia de un futbolista del Madrid o del Barça…Pero no, que la Vanesa desde siempre dijo que le gustaba la copla y que su otra afición era seguir la tradición de sus abuelos. Y además de cantar coplas se hizo sopladora de vidrios, ya ves…Ahora, eso sí, la niña sopla como nadie, te lo digo yo…¡Artista mundial, que lo es, y de verdad!

Ya lo dijo el Guerra cuando le presentaron al filósofo Ortega. O al menos eso dicen que dijo. Hay gente pa tó.

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Andando los años Cacho Vital se hizo actor pornográfico de proyección internacional. Cuando a mitad de la treintena decidió retirarse forrado de millones había practicado el metisacaca lagartijero –metáfora taurina que siempre ejecutaba con el estoque de verdad- en no menos de tres mil corridas, o sea casi el doble de las que hubieran acumulado Marcial Lalanda y Paco Camino de haber coincidido en la misma época y haberse dedicado a lo que ahora resultaba ser una noble variante del séptimo arte.

Entiéndase lo de noble: una gran diva de la jodienda filmada llamada Cicciolina se había sentado como diputada en el parlamento italiano, una becaria norteamericana había ganado fama mundial por sus solos de clarinete presidencial en el Despacho Oval de la Casa Blanca<</a, un expresidente del Barça famoso por sus proclamas independentistas presumía de pasarse por Lapiedra a la gran estrella española de este cine guarrindongo, y últimamente munícipes (más bien munícipas) se autofilmaban alegrando su cuerpo con tecnología digital. Como si aquel menester mereciera, por su ejemplaridad, enseñarse a las generaciones venideras.

O sea, lo que siempre fue clandestino ahora se destapaba sin pudor por la suprema razón moral que todo lo hace perdonar: las antiguas bajas pasiones, ahora fabrican millones.

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Y de la misma manera que el legendario futbolista Alfredo Di Stéfano rindió homenaje a lo que le había dado fama y dinero y plantó en el jardín de su casa una pelota de piedra sobre una columna con el expresivo mensaje de Gracias, vieja, Cacho Vital, siguiendo la moda de todos los que, como Julio Iglesias, Antonio Banderas, Alejandro Sanz, David Beckham y otras estrellas bautizan colonias con su famoso nombre, decidió perpetuar su memoria creando su propia eau sauvage. Los supermachos también tienen su buen gusto y su corazoncito, así que el gran actor decidió ceder el 5% de los beneficios de las ventas de su colonia a la lucha contra el SIDA y, para darle más encanto a su perfume, envasarlo en un frasco de vidrio que reprodujera fielmente los 25 centímetros de su prodigiosa herramienta de trabajo.

-Porque el instinto comercial –anotó en su encargo-no debe estar reñido con la sensibilidad y la poesía.

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Casualmente, a la sopladora de vidrio Vanessa, tan aficionada a la copla, le sorprendió la llamada de Cacho Vital mientras cantaba aquella tan bonita de Hace tiempo que no siento nada si lo hago contigo. E inicialmente la peculiaridad del encargo y su timidez le hicieron titubear.

-Déjeme consultar, señor Vital-le dijo.

Cuando se lo contó a su familia, su padre, guardia civil jubilado, se rebeló y dijo que su hija no le soplaba la polla a nadie. Pero la madre, más moderna, le convenció de que una cosa era la forma y otra el fondo, y que el marketing y el atrevimiento de los nuevos diseños comerciales obligaban a superar viejos prejuicios.

-Las apariencias engañan a menudo- le razonó al marido levantisco- Ya verás como la niña y el perfume hacen historia.

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Vanessa pudo comprobar cómo los mitos no se forjan de la nada. Vio con sus propios ojos cómo aquel fenómeno aguantaba con su herramienta en correctísima posición de presenten armas mientras las delicadas manos de la artista del vidrio, temblando de la emoción, la recubrían de parafina templada para obtener el molde del obelisco. Cómo el superhombre seguía con sus hermosos ojos claros el llenado del molde con silicato de boro, cómo la miraba embobado mientras ella soplaba por el tubito de aluminio que atravesaba la masa faliforme para vaciar ésta de ganga inútil. Cómo limpiaba las rebabas sobrantes con una espátula de hierrro. Como se cocía en un horno a 2000º y cómo se dejaba enfriar sobre un lecho de roca de sílice antes de ver definitivamente convertido en frasco de perfume su glorioso miembro viril.

-Vanessa, guapa –dijo el ídolo mudando su clásico rictus de semental por una mirada que incluso afectaba un punto de ternura- Lo haces muy bien, muy bien, muy bien…

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Las apariencias engañan a menudo. Tras el actor que por exigencias del guión había tenido que representar papeles no siempre honorables, Vanessa se había quedado prendada del hombre. Como si fuera un romance de esos que ella gustaba de cantar en coplas.

Más dura habría de ser la caída. Cuando escuchó por la radio la noticia de que la policía había implicado, por blanqueo de capitales, en la Operación Emperador contra la mafia China al hombre que había inspirado su obra maestra del soplado de vidrios, los ojos se le inundaron de lágrimas. Cual Pantoja herida en lo más profundo de su corazón, se refugió en su tocador, cogió entre sus manos en frasco de perfume que ella había soplado con tanto amor y él le había dedicado con cariño y, estrechándolo contra su pecho se miró al espejo y, entre sollozos, recreó a su manera la zambra inmortal de Quintero, León y Quiroga.

Ay pene, penita pena,
pene de mi corazón,
que pué llevarte a la trena,
pena,
por culpa de la ambición…

Fue tanto lo que lloró Vanessita mientras cantaba que, con las lágrimas, el pene de cristal de Cacho Vital se le escurrió de entre las manos, se estrelló contra el suelo, se rompió en mil pedazos y sólo derramó el perfume del desencanto.

Voces para la Paz

Reconoce este bloguero que nunca había sentido tanta alegría cantando como la que sintió ayer sumándose a Voces para la Paz

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Admite este trasunto de duende, chamarilero de sentimientos y recuerdos, que vive momentos de provocadora  satisfacción. Lo nota cuando da con algún amigo o conocido y tiene que responder a la pregunta de ritual.

-¿Y cómo te va?

Se decía en estos casos.

-Qué quieres que te diga….¿Bien, o te lo cuento?

Y no lo dice, porque piensa que sería afectación o mentira. Y además porque, mirando alrededor, cree que es de mal gusto exagerar las sombras que pueden oscurecer nuestro horizonte. Las ve, claro, como cualquier ciudadano. Pero no puede negar que algunas luces acaban barriéndolas, y que hay muchos compañeros de viaje que no gozan de la misma suerte.

-Si comparo –suele contestar- reconozco que  me va maravillosamente.

Y es que el patio da mucha pena, a qué negarlo. Aunque al bloguero la diferencia no se la da el éxito profesional, que ya no va con él, o el dinero, que tanto nos duele y que nunca le supuso mucho. Tampoco es la causa única el amor o el afecto de los amigos, que nunca le han faltado, o la salud, que afortunadamente también le responde. No es eso, no. Lo que le hace más feliz es que es libre para cantar.

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Siempre cantaba  en la ducha, en los guateques. Y villancicos  la noche de Navidad.  Pero por estos caprichos de la vida esta semana él y una legión de entusiastas que comparten su trabajo y su familia con la vida coral han cantado tres tardes en el Auditorio Nacional. Dos de ellas grandes corales de ópera con la Orquesta y Coro Nacional  dirigida por Josep Pons. Verdi, Bizet, Beethoven, Mozart…

-No me lo creo, no me lo creo-se decía mientras se pellizcaba ente pieza y pieza.

Y ayer domingo con los músicos que una vez al año dejan de tocar o de cantar en sus respectivas formaciones profesionales para entregarse con pasión al fabuloso concierto solidario de Voces para la Paz. Para recaudar fondos que permitan el suministro de agua a ocho aldeas de Níger, avisaba el programa. Y era música de cine, desde el mambo que compuso Leonard Bernstein para West Side Story, al Wagner de Apocalipsis Now o a la inenarrable Copla de las divisas  de Ochaita, Valerio y Solano que hizo aún más graciosa a Bienvenido, Mr. Marshall o al preciosísimo Dry your tears, Afrika de John Williams para la película Amistad. Qué río de sentimientos, emociones y recuerdos le corre a uno por dentro cuando a la la gran música se le añade la magia del cine.

Y qué gozada entrar en ese festival de regalo para los sentidos, de invitado, para reforzar con sus compañeros de coro a estos admirables músicos profesionales que capitanea Juan Carlos Arnanz, un genio de la comunicación, por cierto. Lo nuestro fue sólo cantar con ellos la Oda a la alegría  de la    Sinfonía de Beethoven, que sonó en La naranja mecánica y que seguirá sonando cada vez que la humanidad necesite redimirse de sus miserias. Era evidente que estábamos alegres. Alegres por lo que transmitían los músicos solidarios, por cantar con ellos y por creer que, al menos por una vez, nuestra voz servía para algo útil.

Además, a la salida, el cantor feliz se encontró con Carlos Barja y su encantadora esposa. Carlos era asiduo comentarista de este blog con el seudónimo de Wallace, y supongo que podrá certificar que conciertos como éste de verdad merecen la pena. Algo habrán aportado los muchos que, como él, abarrotaban el Auditorio. Para las aldeas sin agua de Níger y para este simple cantor de ducha, que cuando muera, y recordando tardes así, podrá sonreir diciendo: ¡que me quiten lo cantado!.

Cambio de aires 6/Siguiendo a Gauguin

Lo mejor de los pueblos bonitos es que en algún instante de algún día de algún año puedes verlos sin la marabunta de los turistas. ¡La suerte es dar con el momento!...

Escuchaba  este duende hace unos días a Gustavo Torner contando por RNE cómo se gestó y nació el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Fue una experiencia singular nacida del mecenazgo de Fernando Zóbel, del empuje del propio Gustavo y de Gerardo Rueda y del buen sentido de un alcalde que no entendía una palabra de arte, pero que supo valorar la iniciativa y facilitar la compra de las Casas Colgadas para albergar la colección. Entre ellos y los Saura –Antonio con sus cuadros y Carlos con su película Pippermint frappé, que tanto nos epataba a los jóvenes de entonces- descubrieron Cuenca para el mundo. Hoy Cuenca está en la agenda de muchos que buscan dónde perderse un fin de semana mezclando lo trascendente con lo deleitoso. Placer para el cuerpo y oxígeno para el espíritu. Mejor, y más bonita, en otoño. Una ciudad o un pueblo con artistas en su censo deja más huella en el visitante

Pont-Aven es un pueblito de Bretaña con quince famosas casas antiguas y catorce molinos de agua. Un capricho de piedra, río y profusión de flores adornando el paseo entre los molinos y las calles de casitas bretonas, un pequeño puerto fluvial y un paraíso boscoso a su alrededor. El Zóbel de Pont-Aven fue nada menos el fogoso Paul Gauguin, a cuyo reclamo acudieron muchos otros pintores. Hoy el arte allí sólo es una excusa. Las múltiples galerías que salpican el pequeño pueblo exhiben los mismos cuadros prêt á porter que  los artistas callejeros venden en cualquier ciudad del mundo: paisajitos ñoños y relamidos, quizás apreciados por el turista, pero inexplicables en un lugar donde pintó quien quizás fue el más vigoroso de los impresionistas. También en Salzburgo venden unos bombones muy cursis envueltos con la imagen de Mozart. Todo por la pasta. Aunque los artistas así explotados hoy pasaran en su tiempo un hambre canina.

El otro cebo para el consumo de esta villa son  las famosas galettes bretonas, unas pastas deliciosas que reponen en michelines lo que el lugar se lleva en suspiros. A este viajero no le gustan tanto las galettes como las cajas de hojalata retro donde se venden. Se acordaba de su madre, que guardó toda su vida los botones en una cajita de té chino decorada con unos chinos horrorosos. Cuánto le hubiera gustado a ella una caja de Pont-Aven. Para compensar esta frustración retroactiva, el Duende ha descubierto que una de sus nietas, Olivia, tiene cara de niña de caja de galletas antigua. Quizás haya que parafrasear a Forest Gump y decir que la vida es una caja de galletas.

Pero con Gauguin, con los molinos y las galettes, Pont-Aven  en agosto se acaba convirtiendo en una avispero de turistas. Así que el viajero huyó del bullicio para hacer una randonnée de nueve kilómetros hasta Port Manec´h, siguiendo la costa de la ría del Aven hasta el mar. Es más o menos como un paseo por la orilla de  la Costa de los Pinos mallorquina, con sus calas y su contraste entre el verde de la vegetación y el azul de las aguas. Pero la diferencia es que  en Bretaña paseas a veintiun grados, y que el bosque es una frondosa mezcla de robles, hayas y pinos monumentales por el que en cualquier momento te puedes encontrar a un gnomo o al mismísimo Bambi. Qué placer, pasear por un bosque así viendo veleros y sintiendo en el rostro el beso de yodo y sal que venía de la mar.

La jornada acabó en un puertecillo que la guía menciona de refilón, y que, siendo encantador, no merecía la atención de los japoneses. Se llama Doëlan, un pueblín bellísimo dividido en dos barrios por una profunda y estrecha ensenada donde duermen muchos barquitos. Se cenó en un chiringuito frente al faro dorado aún por el  poniente. Cree el viajero que casi todos eran franceses, o sea, que no llega allí la marabunta de turistas. Todavía quedan en cualquier parte perlas por descubrir.

Mozart en Candeleda

La Iglesia Parroquial donde se escuchó a Mozart, según versión del pintor local Juanra

La Iglesia Parroquial donde se escuchó a Mozart, según versión del pintor local Jua.Ra

Aunque su autor no es santo de la devoción de la crítica, probablemente la película que mejor refleja lo que debió de ser la pasión de Cristo es la que filmó  Mel Gibson. Tan fiel fue a lo que significa la palabra pasión/padecimiento, que sus escenas de extrema violencia suscitaron el rechazo del mismísimo Vaticano, al que por lo visto le horrorizaba ver en carne viva que el fundador de su Iglesia hubiera sufrido tanto. Quizás era un contraste demasiado evidente con la vida muelle que hoy tiene que llevar la alta curia.

No eran estos los únicos detalles de respeto de Gibson por el relato evangélico. En la película, que en España no fue doblada y se estrenó con subtítulos, los judíos hablaban arameo, y los soldados romanos latín clásico. El Duende creía que latín era lo que le enseñaba el padre Cayo, un robusto marianista que recitaba los versos de la Eneida con la voz estentórea de un sargento de cuchara. A pesar del su entusiasmo, la pronunciación del bueno del padre Cayo distaba de la correcta. Según le aclaró años después al Duende un catedrático, la c latina no se decía en la antigua Roma como nuestra ch, sino como nuestra q. A tenor de esta regla, el sanctus de la misa no debe sonar gloria in exchelsis Deo, sino gloria in exquelsis Deo.

 Ese detalle lo observaban escrupulosamente los romanos de la película de Gibson y lo ignoramos olímpicamente todos los que cantamos música sacra en coros. Con la sorprendente excepción del Coro Polifónico de Candeleda, que anoche inició las celebraciones de la Semana Santa con un concierto de un nivel que este menda no podía siquiera sospechar.  El mismo pueblo que va de rondalla  y se desgañita en las capeas o gritando al toro de fuego se convierte en un milagro de sensibilidad  cantando con exquisita dicción no sólo seis comprometidos números del Réquiem de Mozart, sino piezas de auténtica orfebrería polifónica. Desde el Ave María  del padre Tomás Luis de Victoria a un motete delicadísimo de Christopher Tye, compositor inglés del siglo XVI que, desde luego, el Duende desconocía.

El prodigio se debe en buena medida a José Antonio Muñoz, un músico de Huete,  provincia de Cuenca,  que ha recalado por la zona. Nadie sabe con qué trabajo y qué dotes de persuasión ha conseguido inocular en la gente del lugar su amor a la música. El Duende confiesa que escuchar a Nines -la carnicera con la que normalmente trata de chuletitas y carrilleras-cantando el Lacrimosa del Réquiem mozartiano en vísperas de la pasión de Cristo, hace más por su devoción que muchos de esos desfiles procesionales que embriagan a multitudes. Todo colabora: mientras sonaba esa música coral, contemplaba el magnífico retablo de cerámica talaverana del siglo XVI que es la joya de la Iglesia Parroquial. Artesanía popular y música sublime cantada por los mismos que uno se encuentra por las calles del pueblo. Esos hilvanes acaban cosiendo muchos desgarros del alma, y ayudan alguna luz en las tinieblas.

 Entretanto, de cumbre en cumbre, Zapatero pasea su orgullo porque España se ha sentado en la codiciada mesa del G-20. Es un punto de vista. Otra medida del progreso es ver que Mozart y compañía se puedan presentar en Candeleda y cosechar tantas ovaciones como Bisbal. Como diría el tío Jacinto, que fue guarda jurado por estos pagos, Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo…

La música gozosa de Nigel Kennedy

¿Música, ruido, empatía? No se sabe muy bien qué busca el público que va a un concierto. De entrada hay que recordar que esta palabra registra dos acepciones musicales. En la que se refiere a función, nunca, hasta hace unos treinta años, se aplicó a otro tipo de música que no fuera la clásica. Uno recuerda singularmente el primer cartel que rompió la tradición, porque le llamó mucho la atención. Anunciaba Concierto de rock y amor, y lo ilustraba una fotografía de Miguel Ríos llevando a un bebé a cuestas. Desde esta propuesta ligeramente pretenciosa a esta parte, aquí hasta el que hace sonar la carraca dice que hace conciertos. No desesperen, algún día lo verán, como si fuera una diva exclusiva de Emi o de Hispavox: Esmeralda Clamores en concierto.

Cree el Duende haber leído alguna vez de un músico eminente que despreciaba el rock., reduciéndolo a un repertorio de ruidos de mal gusto. Muy audaz debe de ser, pues de lo que no hay duda es de que este tipo de música ya tiene una larga historia, y arrastra multitudes. Ante fenómenos así, los que ya tenemos una cierta edad debemos ser prudentes. Cuando uno observa que la tarde de un sábado El Corte Inglés está a tope de gente y lo que más aborrece precisamente es pasar la tarde allí, lo correcto es pensar que el rarito es él, y no los demás. Y cuando abre el frigorífico, sale de los yogures el Chikilicuatre cantando y más que un premio lo considera una pesadilla, lo cabal es autoconvencerse de que ya habita en la marginalidad total.

El Duende hubiera agradecido que la música pop se pudiera escuchar a la cuarta parte de volumen que uno soporta en auditorios, discotecas o salas de concierto. Pero no, desgraciadamente el exceso de decibelios parece que es tan importante para ella como el contrapunto para Bach. Muy frecuentemente nos paramos en un disco y a nuestro alrededor varios coches atruenan con bakalao, música techno o no se sabe qué clase de tortura para los tímpanos. Luego se habla del alcohol o la droga, pero ¿hay quien haya calculado el efecto destructor de los decibelios en el cerebro de los jóvenes?

Cuando el Duende se lamentaba del divorcio entre la música pop con la clásica, ha tenido la suerte de descubrir a un genio llamado Nigel Kennedy, que hace una semana tocaba en el Auditorio de Madrid con la Orquesta de Cámara de España el Concierto nº 4 para violín y orquesta de Mozart y el único que para este instrumento escribió Beethoven. Kennedy sale a escena vestido de rockero, peinado de punki y con una gestualidad más propia de hincha del Aston Vila –equipo del que es forofo-que de un virtuoso del violín. El hombre se mueve sin cesar, ensaya torpes pasos de baile, saluda al público enfervorizado, lanza besos, baja al patio de butacas y vacila con el público. Y, entre medias, aprovechando las cadencias –espacios que los compositores clásicos dejaban para la improvisación y el lucimiento del solista- reinterpreta a Mozart en clave de jazz o al genio de Böhn como si fuera Elton John. Kennedy fue alumno predilecto de Yehudi Menuhin, a quien el Duende alcanzó a escuchar en directo interpretando el de Beethoven. Pero, aupado en su virtuosismo, se toma la música de los clásicos con tan entusiasmo y desenfado que magnetiza incluso al público tan estirado que llena los conciertos de los abonos caros.

No se cuándo volverá por aquí, pero si pueden, no se pierdan a Nigel Kennedy. Es para cerrar los ojos y volar o para abrirlos y divertirse. Es música de siempre interpretada por un genio de nuestro tiempo. Música y empatía que invita, nada más y nada menos, a sentirse feliz malgré tout..

El Duende ya no es el Duende

El Duende de la Radio

El Duende ya no es el Duende / que es igual que un orfeón / donde cantan otras voces / y van haciendo opinión (Curro Meloso)

Uno de los cada día más numerosos adictos a este blog recordaba ayer a un personaje, que nació de la mano de Julio César Iglesias en nuestra última temporada de RNE. Como su propio nombre indica, Curro Meloso era un rapsoda facilón y empalagoso que, sobre los acordes de guitarra de Agapito Bastardillo, improvisaba trovos almibarados. En estos menesteres Julio era un Robiño de las ondas. Se hablaba, un suponer, de la cosecha del azafrán con un experto, y sin encomendarse a Dios ni al diablo hacía un regate en corto, miraba a la chistera del Duende y requería a la musa de Curro. El trovero entonces improvisaba un ripio deleznable, pero lo decía con tal hondura y sentimiento que, traicionado por la emoción, siempre acababa llorando: Las mocitas de mi pueblo/ unas vienen y otras van/buscando novio, o al campo/ por cosechar azafrán…Así escrito parece una chorrada, pero en vivo y en directo lo era aún más. La vida del Duende en la radio fue eso, un rosario de chorradas resultonas.

Pero hoy Curro Meloso cantaba pasmado el prodigioso desarrollo de este blog. Empezó siendo un diálogo consigo mismo y ahora es un foro de reflexiones, anécdotas y opiniones que entretienen e ilustran. El Duende sólo da las pinceladas iniciales. El resto del cuadro lo pintan a diario una serie de amigos y amigas a los que no les ve la cara, pero se les adivina algo del alma. Rebosan criterio, sensibilidad, ternura y, a menudo, un más que saludable sentido del humor. El orfeón al completo, claro, suena mucho mejor que la sola voz del Duende.

Todo esto acaba en un aviso a los suscriptores que siguen al duende desde el email. Si está usted entre ellos, no se limite a leer sólo la entrada que recibe en su correo electrónico. Conecte con http://elduendedelaradio.com/ -ya debería tener esta dirección entre los favoritos de su navegador- y sáquele todo el jugo al blog. Cualquier comentario de un nuevo parroquiano será bienvenido.

Por cierto, ya que hablamos de avisos, de orfeón y de la parroquia, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, recordaré que el domingo 28 la Orquesta y Coro de san Jerónimo el Real, canta a la seis de la tarde la misa en Si bemol mayor D 324 de Schubert y tres piezas sacras de Mozart, Bach y Gounod. Para más detalles, pinchen el enlace adjunto. Que no sólo de blog vive el hombre…

 


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