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Aimez vous Brahms?

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Mujeres de cine

El cine también le debe mucho al irresistible encanto de la mujer madura

El cine también le debe mucho al irresistible encanto de la mujer madura

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-Lo mejor del cine –dijo la portera mientras limpiaba el portal- es que te lleva de aquí para allá en un segundo y te lo crees, te habla de este o de la otra y te interesa, te hace reir o llorar y te emociona…Antiguamente había milagros y hadas, y ahora los modernos tenemos el cine, ¿no, señor Homper? Es lo único que me hace olvidar de vez en cuando que soy algo más que la reina de la fregona.

El hombre perplejo pensó que las pocas porteras que aún quedan tampoco son lo que eran. Qué nivel intelectual.

-Por más que a mí la gala de los Goya me siga pareciendo larga y empachosa, qué quiere que le diga.

Qué buen criterio.

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Dos semanas atrás Homper había asistido a una ópera en la que el viejo cuento de Hansel y Gretel había sido reinterpretado como ahora se estila. Uno de estos genios que creen que simplificar para ahorrar y cambiarlo todo para epatar al espectador es el mejor modo de mantener vivo el tinglado de la antigua farsa, había convertido a la bruja en una gorda encarnado por un tenor, y a su casa en una especie de supermercado rumano, y no de los mejores. Todo el encanto que a los ojos de un niño podía tener aquella casa original de chocolate, pastel y caramelo que describía el cuento desaparecía por completo. Homper se imaginó por un momento qué maravilla habría hecho con ese relato un cineasta como Tim Burton, y se preguntó si Mozart, Verdi, Wagner o Humperdink hubieran escrito para la ópera de haber existido entonces el cine.

Homper es de la opinión de que no. La ópera pertenece a otro tiempo, sólo tiene sentido si se sigue representando como fue concebida cuando se creó, con la escenografía de la época, mal que nos pese. Eso tiene mucho más encanto que los sucedáneos minimalistas o estrambóticos a los qjue obliga la modernidad La ópera debe ser vista como admiramos hoy la Dama de Elche, a la que no imaginamos peinada por Llongueras, o Las Meninas, que nunca hubieran vestido modelos de Agata Ruiz de la Prada.

-Los experimentos, quizás con gaseosa, pero no con la ópera- confirma el Hombre Perplejo- Porque para mejorar esa ficción que fue la reina de las artes escénicas hasta el siglo XIX hoy tenemos el cine.

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Dice Homper que su portera se parece a la gran Carmen Machi, por cierto galardonada con un merecido Goya. Carmen Machi tiene suerte. Al contrario que otras grandes estrellas como Susan Sarandon y Michelle Pfeiffer o, ya en España, Charo López, que se lamentaron en su día de que apenas había papeles para las actrices maduras, ella no para de trabajar.

-Pero todo hoy se piensa para los jóvenes. No lo entiendo…¿No dicen que cada día vivimos más y hay más viejos? ¿O es que creen que no nos gusta el cine?

Y evoca una de las maduras más turbadoras que recuerda haber visto en una película, aquella Mrs. Robinson de El graduado, capaz de seducir al que iba a ser su yerno con sólo quitarse las medias de cristal, como aún se llamaban entonces a las de lycra.

Homper añade que además del cine a él también le gustan las mujeres maduras que saben prolongar su encanto más allá de lo que avisan las patas de gallo. Suele decirles que son como Mrs Robinson, con la canción de Simon & Garfunkel incluida, aunque no siempre le interpretan bien, y cuando le entienden el mensaje no siempre les gusta, porque esto no es cine. Esto es la vida misma, donde precisamente el cine y la publicidad nos han convencido que lo guay es ser siempre joven y, de ser mujer, muñequita. O sea, eternamente guapa y estucada aún a costa de perder la expresividad natural y finos matices con los que el tiempo patina la belleza.

Ya vendrán tiempos mejores.

 

 

Música para que no nos duela tanto España

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste un concierto inolvidable que te dio qué pensar...

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste de un concierto inolvidable que te dio qué pensar…

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Otra de las ventajas la libertad condicional de la que goza tu salud es que te sientes menos Unamuno. A Unamuno le dolía España, una expresión crítica que has hecho tuya muchas veces. Ahora lo que te duele prioritariamente es algo tan vulgar como la espalda. Como contrapartida, ves la vida a través de un cristal de color mucho más amable que el del don Miguel. España no sólo no te duele, pues dejas a un lado sus vicios y defectos seculares, sino que te interesa, te sorprende, te entretiene, te divierte, te enamora, te apasiona. Y te mantiene vivo. Al fin y al cabo es la fábrica y el escenario de todo lo que te gusta. El campo, el mar, el cielo, la noche, la puesta de sol, la luna, el aire fresco, los ríos, las montañas, el amor, los amigos, la siesta, el café con porras, y hasta la banda de música que pasa por la calle tocando Paquito el chocolatero. Resulta que casi todo eso lo has descubierto en el país donde naciste y donde vives, que probablemente no es el mejor, ni el más noble, ni el más heroico, ni el más glorioso, como pretenden las proclamas patrioteras y corean casi todos los himnos nacionales. Pero es el tuyo. Piensas que ahora que la vida te enseña lo que vale un peine es la hora de agradecérselo, no de flagelarse y de dolerse por ello.

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La reflexión viene a cuento de que el pasado sábado tu prima Belén, arenense ilustre y jardinera infatigable, te invitó a un concierto en el Palacio de la Mosquera, construido en el siglo XVIII por el infante Don Luis de Borbón, hermano de Carlos III y aspirante potencial al trono de España. Según algunas cartas que se conservan del ilustradísimo rey, don Luis era su hermano más querido, pero por si acaso se le ocurría enredar en la sucesión, fue obligado a casarse con una plebeya –lo que ya le impediría sentarse en el trono regio- y amablemente desterrado en Arenas de san Pedro, tan lejos de la corte entonces como ahora puede estarlo Sebastopol.

De todos estos datos, como de que en aquel palacio pintaran Paret y el mismísimo Goya y compusiera algunas de sus mejores obras Luigi Boccherini, no tenías la menor idea cuando pasabas allí tus veranos impúberes. Para ti Arenas significaba bañarte en el Charco Verde, hundir tu rostro hasta las orejas en sabrosas rajas de sandía, pasear por las tardes con la chiquillada veraneante por el umbroso camino que lleva al Santuario de san Pedro, beber la exquisita leche helá que servía el señor Paco en su pista de baile –un rectángulo de tierra que se regaba para contener la polvareda iluminado en la noche por una sola bombilla- y escuchar el griterío de las mujeres cuando los mozos corrían la capea hasta la plaza del pueblo. Allí se instalaba el consabido tablao de la época, qué peligro. Una o dos veces por verano paraban cerca unos titiriteros de esos que tocaban la trompeta para que una cabra sumisa se subiera a una escalera portátil. No eran precisamente artistas del Circo Barnum, pero actuaban por la noche y gratis, y esa primera licencia nocturna para un niño de entonces convertía al numerito de la cabra en un fascinante espectáculo. Luego llegaba la Feria de Agosto, cuando en la plaza del Castillo de don Álvaro de Luna se compraban y vendían por la mañana pollinos y ovejas y, por la noche, se abrían las casetas que te tentaban con pirulíes, martillos de caramelo, flautines de caña, caballitos de cartón y motoristas y cornetas de hojalata. Algún pequeño regalo caía, porque el 25 de agosto era tu santo. Poco más. Los niños entonces pintabais poco, y gastabais menos. Si no había nada que feriarse, siempre quedaban restos de madera de pino en los aserraderos para, con sólo dos clavos en la cruceta, fabricaros espadas y jugar a ser mosqueteros.

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La música que te sonaba en aquel Arenas de san Pedro era el canto de las chicharras y la de la gaitilla, un grupo de saxo, clarinete, bombo y tambor que tocaba pasodobles, boleros, y foxtrots para que el personal se agarrase y se trenzara en amores si habían suerte. Recuerdas particularmente un baile en uno de los últimos veranos, una chiquita morena y agitanada de sonrisa blanquísima y cara guapa como de modelo de lata de aceitunas. Era la hija de un torero ya retirado que había alternado nada menos con Manolete. Con un par de miradas comprendiste que ya no eras tan niño. Te sacudiste la timidez, diste un paso al frente, la sacaste a bailar y fuiste feliz mientras duró la pieza, que no fue poco. Luego la orquestina empezó a tocar La raspa y La conga de Jalisco, las parejas se separaron y aquel amor incipiente se desmadejó para siempre. Al día siguiente sólo te quedaba de ella el perfume que su colonia había dejado en la hombrera de tu camisa, que te resististe a echar a lavar por guardar su memoria. Cinco días después el aroma de la colonia permanecía, pero la imagen de su cara, que te había parecido la de una diosa y que hubieras conservado en un relicario sentimental, se había desdibujado en tu recuerdo.

Echaste la camisa al cesto de la ropa sucia y te fuiste con la música otra parte.

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La otra noche no te dolía nada España, sino todo lo contrario. La causa era otra música que escuchabas en el restaurado Palacio de la Mosquera. No era la de las chicharras ni la de de la gaitilla, sino la de Pragma Música, un dúo de violonchelo y contrabajo que ante una atenta concurrencia interpretaban a Mozart, a Boccherini, a Rossini y a un tal Domenico Dragonetti, otro pequeño genio de la época que Irene Mateos y Miguel Franco han rescatado del olvido. Irene Mateos, que a ti te pareció tan virtuosa como Yo-Yo Ma o Jacqueline Du Pré, es, además hija de la villa. Simplemente emocionante: mientras los dos ejecutantes demostraban que la Ilustración no pasó de largo por Arenas, tú reconstruías tu memoria y, por matizar el discurso crítico que hoy estigmatiza a España, a sus políticos y a la propia autoestima nacional, concluías que a pesar de los errores, bajezas y corrupciones que desnudó la crisis no todo se ha hecho tan mal. Políticos fueron los que impulsaron la restauración de La Mosquera, que era una ruina cuando tú veraneabas allí. Y políticos supones que serían los que poco a poco han contribuido a que el mismo pueblo cuyo fervor musical más expresivo era cantar Catalina la torera –canción de rondalla muy coreada en las celebraciones populares- también aprecie hoy el regalo impagable que siempre nos trae la música clásica.

 

Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

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Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

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Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

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Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

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Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

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Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

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Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

Requiem por Abbado y otras personas amigas

También el silencio es música...

También el silencio es música…

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Debidamente abrigado con toda la ropa disponible, envuelto en mantas, con las manos ateridas a pesar de estar protegidas por mitones y junto a la estufa de porcelana que apuraba un fuego mortecino, Wolfgang Amadeus llenaba de notas y signos su papel pautado mientras, de cuando en cuando, levantaba la mirada para ver nevar por la ventana.

-Si llego a saber que sigue haciendo este frío no resucito –pensó mientras se arrimaba al pábilo de la vela para comprobar que su escritura no fallaba.

El destino no deja nada al azar. Oscurecía ya sobre Viena cuando tres aldabonazos en la puerta frenaron de súbito su inspiración. Dejó la pluma sobre su mesa de trabajo, bajó las escaleras, abrió la puerta y se encontró con un personaje con sombrero de tricornio calado hasta las cejas y una esclavina que ocultaba su rostro dejando al descubierto sólo sus ojos.

-Vengo a encargarle una misa de Requiem- dijo el misterioso personaje en un alemán que no disimulaba su acento italiano.

-Ya –musitó W.A. mientras arrugaba los morros y frotaba sus dedos para hacerlos entrar en calor –La historia me suena…¿Es tal vez para un conde, un elector palatino, un arzobispo, un margrave?…

-No…Es para mí.

-Lo comprendo…-dijo el compositor dibujando una sonrisa de complicidad- No es por nada, pero me salen unos réquiem gloriosos. ¿Le ponemos tres o cuatro fugas?…Hago unas fugas que se funde el Misterio, se lo aseguro. Si empezamos con un introito de esos que ponen la carne de gallina y lo adobamos con un Lacrimosa donde llora hasta el de la tuba y un Amen lo que se dice celestial…

-No siga –cortó el personaje depositando en la bandeja de la mesa del zaguán un fajo de billetes- No necesito alardes. Sólo quiero silencio. Un silencio sublime, como todo lo que usted compone.

Visiblemente complacido no tanto por el elogio como por el pronto pago, Wolfgang Amadeus recogió los billetes de la bandeja. Cuando levantó la vista, la figura del personaje misterioso se difuminaba entre el negro de la noche y la espesura jaspeada de blanco de los copos que caían.

-¡Oiga! –gritó el genio- ¿Y a nombre de quién pongo el encargo?…

-De Claudio –se escuchó en la distancia su voz amortiguada por la nieve- Llámeme solo Claudio.

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Dicen que a Abbado le molestaba el pelotilleo que suele rodear al tratamiento de maestro, y que pedía a sus músicos que le llamaran por su nombre. Nadie dice por contra que se encargara un requiem, pues no encaja con la sencillez tradicional del personaje. Sí sería previsible que de ser, ya que no vero, ben trovato el cuento, el gran director italiano hubiera solicitado un requiem de silencio. El silencio también es música. Y el silencio respetuoso, o el elogio contenido, ennoblece mucho más la memoria de una persona que el empalagoso ditirambo que suele provocar la muerte de las celebridades.

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Te lo subrayaba Homper, el hombre que se queda perplejo ante muchas cosas que a los demás os pasan inadvertidas.

-Observa la curiosa estructura de las necrológicas de los famosos. Primera parte: se enmarca la personalidad del difunto en su tiempo, se enumeran sus logros y méritos y sus aportaciones a la sociedad y se reclaman para él honores y reconocimientos. Segunda parte: aparentando modestia, el autor de la necrológica recuerda al respetable su relación personal con el difunto, utilizando fórmulas como “yo tuve la suerte, la oportunidad, el privilegio, el singularísimo honor de…ser su amigo (pariente, discípulo, compañero de armas, conmilitón, compañero de academia, claustro, hermandad, maestranza o cofradía, etc)”. Conclusión del obituario: como demostración del refrán el muerto al hoyo, y el vivo al bollo, el elegíaco texto resume que si el fallecido era importante, el autor de la loa no lo es menos. Pues al fin y al cabo conocía al famoso, así se escribe la historia, y él tiene que seguir viviendo con el renombre que le prestó el finado.

Recuerdas esta reflexión de Homper después de leer en los periódicos el aluvión de retórica de carril que ha suscitado la muerte de Abbado. Incluso las impresiones de otros genios como tu admirado Baremboim te suenan a cortapega. Y también llegas a la conclusión de que un requiem de silencio cuando el muerto está sobrado de elogios es mucho más hermoso que la fanfarria lacrimógena de sus turiferarios.

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Jamás escuchaste a Claudio Abbado en directo. Le has seguido a él, como a tantas figuras vivas o extintas de la música clásica, en sus discos, en Radio Clásica y en las grabaciones que emite Unitel Classica, una cadena de televisión ideal para asistir a las mejores óperas y conciertos gratis y sin moverte de casa. Con él, como con todas las grandes batutas, te ocurre que, disfrutando de su música, no sabes qué le debes agradecer a la obra interpretada, qué a los ejecutantes y qué parte a la maestría del director. Al igual que en otros campos de la cultura, también aquí el star system necesita encarnar al héroe en una persona de carne y hueso, y ese glorioso papel le corresponde o a un solista o al director. A falta de Amadeus, de Bach, de Beethoven  o de Wagner, que no resucitan todos los días, ese papel lo encarnaba hasta unos días el excelente director milanés.

Su hoja de servicios es deslumbrante. Otros como Toscanini o Leonard Bernstein, de los que sólo conociste sus grabaciones históricas y lo que leíste de ellos, puede que despertaran en ti aún más admiración. Pero la sensibilidad de Abbado y ese afán suyo por despojarse del Mito del Maestro –muy recomendable el libro que con este título escribió Norman Lebrecht– justifican tu debilidad por él.

Además, qué diablos, sé sincero: salvando las debidas distancias erais compañeros de fatigas. Abbado te sacaba doce años, pero desde hace unos cuantos pertenecíais al mismo club de melómanos tocados. No es esta precisamente electiva, pero afinidad sí determina esa circunstancia. Desde que entraste en ese club, lamentablemente tan nutrido, todo lo que le les afecta a sus miembros también te afecta a ti.

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Hace menos de una semana tu amiga y vecina de Candeleda  María P. de S. murió después de veinte años de elegante lucha contra la enfermedad. Acudiste al tanatorio para despedirte de ella y para dar un abrazo a Álvaro, su marido, y te sorprendió la gran cantidad de familiares y amigos congregados allí. Aquello era un clamor contenido de tristeza y de cariño. Ocurre que casualmente ensayas estos días con tu coro del CEU el celebérrimo Requiem de Mozartel que según la leyenda empezó a componer en las mismas circunstancias que relataba el cuento inicial. Algunos  pasajes de esta obra son de gran intensidad emocional, y a ti mismo se te ahogado la voz cuando los has cantado  en el funeral de una persona conocida.

Sin embargo, su oportunidad en estos momentos te sugiere lo mismo que las necrológicas de marras: oiga, esto es pompa, circunstancia y lágrimas para reconfortarnos a los que quedamos aquí, porque los muertos son ya como Claudio Abbado y María, y posiblemente preferirían el silencio. ¿No sería más lógico que hubiéramos volcado todo el respeto, la sensibilidad y el amor que exhala esta obra  cuando quien la mereció aún podía apreciarla en vida? Delicadeza y afecto para nuestros queridos enfermos de alrededor, que el Requiem suena divinamente en las salas de conciertos.

 

Cartas de Pena y fuente de alegrías

A veces uno descubre que un tío abuelo al que no conoció es tan responsable de tí mismo como tus propios padres...

A veces uno descubre que un tío abuelo al que no conoció es tan culpable de tí mismo como tus propios padres…

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Estimado Don Fulgencio

Espero que al recibo de la presente se encuentre bien. Lo veo por la ventana del patio y desde luego está usted con magnífico aspecto. Por el 3º A esta su segura servidora tampoco se puede quejar, a Dios gracias.

El motivo de la presente, aparte de interesarme por su salud, es comunicarle que he encontrado enganchado en una pinza de mi tendedero un calzoncillo blanco clásico que debe de ser suyo, pues entre su piso y el mío sólo está el de Mari Nieves, que desde que murió su esposo José (q.e.p.d.) no vive más que con sus dos hijas. Lo normal es que el calzoncillo en cuestión se le cayera a su asistenta cuando le tendía la ropa limpia, y que quedara atrapado en la pinza de mi tendedero. Suerte que no cayera al fondo del patio, que está sucísimo. Ya me he quejado de eso al administrador, pero, como siempre, este se hace el sueco, el muy fresco.

Quedo a la espera de que Vd. me diga si bajará a por el calzoncillo perdido o si prefiere que se lo deposite en el buzón del portal. No tengo el menor inconveniente en hacerlo, pero pensaba que, dada la intimidad del asunto, preferiría recogerlo personalmente o mandar a su asistenta. Si bajan ustedes, tengan en cuenta que todos los días de 11 a 12 voy a la rehabilitación de mi omóplato, y que los martes y jueves de 18 a 20 tengo reunión en la Parroquia.

A la espera de sus noticias, y alegrándome mucho de su buen estado de salud, le saluda muy atentamente

Florita Ancila Cifuentes, 3º A

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Antes de meterla en el sobre se la mostró a a su nieto Gustavo, que venía a comer con ella todos los miércoles.

-Mira si se entiende bien mi letra –le pidió- Porque veo tan mal que ya casi ni se lo que escribo.

Gustavo leyó la carta y se echó a reir. Después sacó su teléfono móvil del bolsillo, picoteó con su dedo sobre el teclado veloz cual pájaro carpintero y le mostró a su abuela el texto que acababa de escribir: fulgen san kaido tus gayunvos 3º A.

-Esto ahora se hace así, abuela –dijo mostrándole a la anciana su mensaje- No tienes más que poner el número de Fulgencio y apretar a enviar…¿Ves que sencillo?

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Florita era maestra jubilada. No era tan mayor como para desconocer las ventajas que los SMS, los correos electrónicos y el twiteo aportaban a la humanidad, pero creía que escribiendo correctamente el ser humano se entiende mejor.

-Además –le explicaba a Gustavo – Si no escribimos cartas ¿qué ilusión quedará `para abrir un buzón lleno de facturas del banco, de la compañía eléctrica y de propaganda del chino del barrio?…Más grave aún: ¿qué será de la literatura epistolar?

La cara de Gustavo fue la misma que si se le hubiera aparecido una pin-up extraterrestre con varias tetas repartidas por su cuerpo de langosta.

-¿Literatura epistoqué?-dijo aguantando la risa.

Entonces Florita pensó que habría que crear un Cuerpo Estatal de Escribidores de Cartas. No tanto para alimentar la oferta pública de empleo, que también, como para ayudar a las nuevas generaciones a mantener una costumbre que antaño era una necesidad y hoy languidece tristemente hasta su presumible desaparición.

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Nunca has aspirado a demasiados cargos, no has sido lo que ahora llaman un tipo competitivo. Pero reconoces que te gustaría ese nombramiento: Director del Cuerpo Estatal de Escribidores de Cartas. De cartas de amor, de pésame, de reconocimiento, de felicitación, de agradecimiento, de porquesí, porque hoy pasé por el puente donde nos conocimos y me acorde de ti. Cartas incluso para ofender, sentar principios o para fijar posiciones, pero mayormente para aliviar un dolor, potenciar una autoestima alicaída o provocar tres suspiros y alguna sonrisa, aunque fuera tímida.

-No hace falta póliza ni certificado ninguno- dirías al escribidor despistado- pero sea conciso, póngale un párrafo con algo de emoción y despídala con un beso, que no pasa nada.

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Además, las cartas a veces dan pistas sobre tu propia personalidad. Lo recuerdas hoy porque tienes en tus manos un libro  que recoge la Correspondencia entre Pau Casals i Joaquim Pena. Pau Casals fue un violonchelista genial y un músico de talla universal. Joaquim Pena, un gran intelectual, crítico y musicólogo, tan fanático de Wagner como para traducir casi todas sus obras al catalán y fundar la Asociació Wagneriana. Este gran tipo, que hoy da nombre a una plaza de Barcelona, seguramente  alentaba la idea de una Cataluña independiente, porque murió en 1944, cuando el estado de las autonomías era sólo un sueño imposible. Pero hoy te importa porque ese hermano de tu abuela Mercedes  es el venero escondido que, dos generaciones después, alimenta tu pasión por la música. Tu abuela Mercedes tenía un oído pésimo. Su hijo Luis era un buen aficionado y afinaba, pero la España que le tocó no estaba para músicas celestiales, y bastante tuvo con ganarse la vida. Tú has tenido la suerte de caer en un momento histórico donde, aún con las penurias actuales, es posible acariciar la gloria disfrutando de la música clásica. Donde tu tío abuelo ponía a Wagner como Dios absoluto tú prefieres hablar de Bach o de Mozart, algunas de cuyas óperas más famosas, por cierto, también fueron traducidas por don Joaquim. Pero lo importante es dar con tus raíces, el venero y la fuente de este seguro de felicidad que proporciona la música. Y qué paradoja saber, a través de unas cartas añejas, que tu apellido Pena  es desde su cuarto lugar el que  te está dando más alegrías.

 

Palabras de Candeleda para recibir al 2014

Candeleda, además de muchos encantos, tiene un habla propia muy curiosa...

Candeleda, además de muchos encantos, tiene un habla propia muy curiosa…

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Vida de quien ve pasar la vida en el campo. Algunas mañanas, no siempre, bajas a Candeleda por esa bonita carretera que serpentea hasta morir en el Santuario de Chilla. Cuando después de unos días de intensas lluvias remite el temporal, sale el sol y rompes la mañana, el espectáculo del paisaje limpio y brillante del Valle del Tiétar, con la Sierra de Guadalupe al fondo y los lomos de Gredos nevados a tu espalda es casi medicinal.

-Mírelo usted plácidamente y respire hondo –te recomienda ese doctor discreto que llevamos dentro llamado sentido común-  Es la mar de saludable.

No crees que sea tan saludable el café  con porras del bar Tenazas, pero te da igual. Ese es uno de los placeres por los que no te importará acortar en unas horas tu vida. Las porras del Tenazas son a tu juicio exquisitas, las mejores del mundo. Mojarlas en el café con leche después de haberlas rebozado con azúcar y sentir cómo ese goloso bocado inunda tu paladar y sacia tu jindama matinal es uno de los más importantes entre tus placeres  menos importantes. Tenían antes más tradición las de El  Topo, pero a ti te parecen más finas y crujientes las del Tenazas, en cuyo bar, además puedes hojear el Diario de Ávila y el Marca condecorados ya por alguna mancha de grasa. Eso le añade al desayuno un toque de bohemia popular muy estimable.

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El precio del café con leche con una porra en el Tenazas es de un euro con cuarenta céntimos, pero hay que aclarar que la longitud de la porra es aproximadamente como la verga de un teniente de Regulares en el culmen de su exaltación. Patriótica, naturalmente, y perdón por la comparación. Su desmesura contrasta con lo justita que resulta la taza del café, con lo cual el movimiento del brazo para el mojado de la porra tiene algo de suerte del volapié. Hay que subirlo con la porra en los dedos, apuntar a la taza y atinar con la puntita como quien clava el estoque en el hoyo de las agujas. Lo bueno es que en el Tenazas siempre cortas orejas.

Después te ajustas la taleguilla y te echas a la calle a hacer tus compras. Era el Paquiro en la calle/ un torero de cartel- tarareas recordando el romance popular. Podría pensarse que, pasadas ya las nueve y media, el pueblo bulle, pero eso era en otros tiempos. Las calles y las tiendas a esas horas están semivacías, porque en Candeleda ya casi nadie se levanta a jañiquín.

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Vida contemplativa y sanamente especulativa. A falta de grandes ejercicios físicos que ya no tolera tu espalda, a veces escuchas una expresión del habla candeledana y te diviertes especulando con su origen. Levantarse a jañiquín significa por estos pagos madrugar. El cómo y el porqué de este originalísimo giro debe de saberlo Nines Moreno Monforte, autora de un Diccionario del habla candeledana que recoge peculiaridades del lenguaje popular local. Nines es una mujer capital para la cultura de esta villa. Aparte de sus inquietudes lingüísticas es la presidente de la Coral Polifónica. Gracias a su entusiasmo –ha conseguido sacar patrocinios incluso de muchos comerciantes locales-  Candeleda ya no presume sólo del espléndido mosaico de azulejos de su Parroquia, de  sus porras, de sus gargantas, de su pimentón, de sus higos, de sus quesos y de esa capra hispánica de bronce erigida en la Plaza del Castillo (donde, por cierto, tú no alcanzaste a ver castillo alguno), sino de cultura musical. Antaño la figura del pueblo era Pedro Vaquero, fiel custodio y cantor del folklore popular lamentablemente desaparecido en plena juventud. Ogaño el pueblo también disfruta de Guerrero, de Mozart, de Barbieri o de otros clásicos. Y eso es en buena parte mérito de esta ciudadana inquieta, capaz de conciliar el amor al lenguaje  popular y a la música eterna con algo tan prosaico como atender a su carnicería.

-¿Y a ti cómo te va con tu coro? –te pregunta mientras despacha carne picada después de explicarte los ambiciosos conciertos que prepara su coral.

-Regular –le dices sin disimular tu envidia por su excelente gestión- Estamos preparando la Pasión según san Mateo de Bach, pero nos han echado de la iglesia donde ensayábamos y andamos como Jesús y María cuando buscaban posada.

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En estos momentos de desánimo y crisis está de moda flagelarse con los males de la patria. Por eso valoras este dato. Si a ti te dicen hace cincuenta años que la carnicera Candeleda es filóloga, y capaz de que el Requiem de Mozart llene el noble edificio de su parroquia, pensarías que estabas en otro país de los que entonces envidiabais. Esas eran cosas de Alemania, o de Francia, o de Inglaterra, o de los países escandinavos. De las culturas que nos deslumbraban. Ahora, que tanto nos duele España por sus recortes, sus carencias y otras miserias, también nos debería alegrar por estos detalles que dan otra medida del progreso.

Piensas que es bueno mirarse en Angelines y hacer de su  ejemplo un propósito para  el año nuevo. En 2014 habrá que levantarse a jañiquín y ponerse a trabajar para cumplir nuestras ilusiones. Por pura curiosidad, te hubiera gustado conocer la etimología de jañiquín. Pero tampoco sabes por qué la palabra concertina, que significaba  a) Violinista primera de una orquesta b) Acordeón en forma exagonal, designa ahora también a esa valla coronada de espinas y cuchillas que atormenta a las conciencias escrupulosas. Misterios del lenguaje que quedan pendientes para el nuevo año.

Que lo tengan ustedes tan feliz e ilusionado como lo cantará Nines, la polifacética y muy admirable carnicera de Candeleda


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