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¿Dónde Bach con mantón de Manila?…

INVITACION FINAL1

Admites que no está el horno para los bollos de la cultura, pero no por ello te deja de entristecer que el Prado haya previsto para este año el 25%  menos de visitantes. Incluso en los horarios de entrada libre, que es lo más curioso. No acabas de entender esto último, como no sea porque la situación es tan penosa que si no se suman a la misma franja horaria gratuita el Metro de Madrid, la EMT y hasta alguna cafetería de la contornada que sirva gratis café con churros, la generosa iniciativa del museo puede quedar en un brindis al sol.

-Oiga –te decía la frutera del barrio- Es que sales a la calle y todo es gasto, ¿no? Aunque vayas a pie.

Y se miraba las suelas de los zapatos medio roídas ya por el uso.

-…Porque contra más andas, antes tienes que poner los filis, que también son dinero.

El pueblo no suele emplear en esta frase el adverbio cuanto, y en su lugar se apaña con el contra, que es un error de sintaxis, pero que se ajusta mejor al momento de cabreo generalizado. Hay que estar contra casi todo, aunque desaproveches la oportunidad de ver la mejor pinacoteca del mundo de baracalofi, que diría el cheli.

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Si fueras sociólogo te atreverías a decir que lo mismo que dinero llama a dinero, la gente sólo va imantada adonde va la gente. Hay que estar muy seguro de uno mismo para convencerse de que un enorme calcetín roto sea arte, por mucho que la obra haya costado un riñón y este firmada por Tapies. El personal no hila tan fino, y confía más si ve que los suyos hacen  cola, da igual que sea ante el Prado, el Cristo de Medinaceli, Doña Manolita o el calcetín de Tapies. La cola jode, pero al final mola. Es la legitimación por acumulación.

-Tanta gente no puede equivocarse –razonan, sin acordarse de que doscientas mil moscas pueden comer de la misma mierda.

No hay doscientas mil moscas consumidoras de arte a las puertas del Prado. Ergo el vulgo se hace cuentas de que Velázquez, el Greco, Goya, Rubens, el Bosco y  los demás grandes genios de la pintura han perdido interés. Porque ya no arrastran tanta gente, y sumergirte en la cultura para encontrarte a solas con una obra maestra no es plan.

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Con este panorama los que gustáis de cantar en coro a Bach lo teníais regular sin no le dabais una vuelta de tuerca al cómo pagar un director, un local y una orquesta sin morir en el intento. Seamos sinceros: en una sociedad que diviniza a Shakira  ¿qué pinta la música de coral de Juan Sebastián Bach, aquel alemán con peluca que se dedicó a componer y a tener hijos y que se quedó ciego de tantos hijos musicales como engendró?

Y en este agujero negro de la cultura que ha provocado la crisis, donde hasta al Prado se le han secado sus fuentes de financiación ¿cómo podíais sacar adelante el primer concierto del nuevo Bach Atelier?

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Respuesta: con la imaginación de unos cuantos jóvenes que se han movido para buscar nuevos sistemas de patrocinio. Con el apoyo de buenos aficionados, mejores amigos y generosos sponsors, que se han rascado el bolsillo Con la generosidad de los instrumentistas profesionales, que no se han apretado más el cinturón por no hacerles la competencia ilícita a los músicos callejeros.

Y con pretensiones modestas en todo lo que no concierne a la exigencia de calidad vocal, que para eso el director J.M Álvarez sabe conciliar una fina sensibilidad con una mano dura que para sí quisiera el cómitre de las galeras donde remaba el pobre Ben Hur.

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El concierto será breve, pero bello, y original, y didáctico, y además se celebrará en un marco, como es la Basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid. O sea, que también será muy castizo, ideal parar pasar un ratito esponjando el alma con la música sublime del Viejo PelucaFernando Argenta dixit- y para pasear después la noche de junio y tomar una copita en una taberna del barrio de los Austrias.

Puesto que la cultura ya no es lo que era, tómense ustedes con buen humor las apreturas y los recortes. Vayan al concierto de presentación del Bach Atelier, que es de entrada libre y, contagiados del ambiente,  terminen con el famoso dúo de La Verbena de la Paloma en su nueva versión.

¿Dónde Bach con mantón de Manila?

                                         ¿Dónde Bach con vestido chiné?

 

                                         A escuchar que es una maravilla,

                                         según dicen, el Bach Atelier

 

                                        ¿Y que harás cuando acabe el concierto

                                         que por cierto es allá, en San Miguel?

 

                                         Pues salir por Madrí de garbeo

                                         y a tomarme una copa después…

¿Verdad que no es mal plan para un viernes de junio?

 

Santa Águeda Jolie

Santa Águeda de Zurbarán1

Por empezar el día jugando a la ficción imaginas que eres una pluma autorizada, y que uno de los grandes periódicos espera tu columna. Entonces decides que la actualidad es la mastectomía de  los pechos de Angélica Jolie y el incierto porvenir de los escarabajos, ahora que se abre la veda y la alimentación sostenible empieza a considerar a los insectos como gran reserva proteínica del planeta. Dentro de poco no habrá pollos, cerdos, vacas y pescado para que comamos todos y, por lo que cuentan los que ya los han probado en fogones exóticos, los hélitros, las patas y las antenas de los escarabajos son muy sabrosos. O sea, debes escribir de tetas y dietas.

Admites que el  primer tema te tienta más que la el de los insectos, y más incluso que la severidad de la Merkel y la financiación de las autonomías.

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Imaginas que tú también te quieres adelantar a los acontecimientos, y que por aquello de que quien evita la ocasión evita el peligro has introducido un bisturí invisible en tus interiores, has rebañado tus tumorcillos, los has extraído por ósmosis y los has enterrado en una maceta de geranios. Muerto el perro, dicen, se acabó la rabia. Piensas cuánto hay de valentía en la estrella del cine que ha tomado tan drástica decisión en detrimento de su probada belleza natural, y cuánto de obsesión por la salud. La divulgación médica ¿no está inoculando dosis excesivas de prevención en el cuerpo social?

El cuerpo social. No sabes muy bien qué es este eufemismo, pero la verdad es que hoy viene al pelo.

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Recuerdas cuando un pecho de mujer era lo más fascinante de lo prohibido. No lo veías entonces más que cuando tu padre te llevaba al Museo del Prado, y tú contemplabas atónito a la Maja Desnuda, a Susana en el Baño, a las Tres Gracias y a otras regordetas desnudas que te habían legado los genios de la pintura.

-¿Y por qué estas mujeres enseñan sus tetas y Maria B. no te deja ver las suyas?- te preguntabas como un Homper cualquiera.

María B. servía en tu casa natal. Era menuda, y redonduela, de piel blanquísima, labios perfectamente dibujados y ojos claros. Tu hermana Rosa, que es muy buena fisonomista, diría más tarde que podría haber sido La joven de la Perla de Vermeer, aunque a esta no luce sus pechos en el famoso cuadro, que luego fue también famosa novela y finalmente famosa película. Los pechos de María eran monumentales, de esos globos opalinos que rebosan por el escote y que a cualquier recental de hombre le pueden volver loco, pero ella no consentía en enseñártelos. Te gustaban mucho más que los que pintaron Rafael, Tiziano, Rubens o Goya. Muchos años después Serrat cantaba: niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca. Hasta decir algunas cosas era pecado,  pero al menos la transgresión así tenía menos trascendencia. De modo que a veces buscabas un rincón de la casa donde nadie te escuchaba, cerrabas los ojos, pensabas en María y te desahogabas verbalmente.

-Teta, teta, teta, teta-te repetías despacio marcando el ritmo de las sílabas  y  con la misma ansiedad con la que deseabas la leche condensada.

La edad de la inocencia. Te forjaste en una cultura tan pacata y bien almidonada que cuando el habla se desmelenó y se anunció en la tele Sin tetas no hay paraíso creías estar en Sodoma y Gomorra.

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Las pinturas religiosas también tienen su busilis. En una de Zurbarán aparece una Santa Águeda de hermoso rostro llevando en un plato un par de tetas femeninas tan perfectamente moldeadas como si fueran de arroz. Lo curioso es que pueden ser las suyas propias, rebanadas en sádica venganza  al no claudicar ante un procónsul pecador que quiso abusar de su virtud. Qué paradoja de cuadro, y qué pruebas exigía la santidad entonces.

Santa Aguéda, santa Aguéda/ que a los idólos no quisiste adorar/ te cortarán las tetas/ como se corta un pan –ironizaba el maestro para que sus alumnos no acentuaran mal las esdrújulas. De Santa Águeda, bien acentuada, a Angelica Jolie va un trecho en la exigencia. Hoy los ídolos son otros, y puede que uno de los más venerados, aunque no  del todo falso ni perverso,  es el de la salud a toda costa. Se puede y se debe prevenir las enfermedades, aunque tú seas tan antiguo que prefieras  esperar a que aparezca la gangrena para amputarte la pierna.

El indescriptible placer de un tinto de verano

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Yo era un chico sencillo, y la vida me sofisticó. A otros les deja como eran, como les salía del alma. No cambian, no aprenden, no se van refinando. Pero mí me enseñaron que uno no puede mantener por siempre el niño en el que se conoció. Me gustaba el sabor del flanín, el de polvos, tan inocente, tan rico. Le llamaban Flan Chino Mandarín, aunque yo recuerdo también otro anuncio de de la radio que era simplemente un suspiro, mitad deseo, mitad nostalgia.

-¡Ay, cómo me gusta el Flan Tocy!- decía una voz femenina.

Nunca vi un sobre de este flan , al del mandarín sí que lo estoy viendo, al Tocy no le recuerdo su imagen. Pero existir existía, y aunque no se si el de casa era chino o Tocy yo lo degustaba y flipaba. Creía que la felicidad era eso, tomar de postre flanín y tener una novia rubia vestida con tutú, como una bailarina de ballet, tipo Debbie Reynolds O Sandra Dee. De esas que cuando giran sobre sí mismas en el climax del Lago de los cisnes dejan en el aire una estela de polvo de oro o de diminutos corazones. Ambas cosas las debí de ver en alguna película, y las dos me parecieron preciosas. Así debe de ser el amor, pensé.

2
Un día vi vestida para una fiesta, con un traje de esos que llaman de nido de abeja a Piluca, una vecinita con la que jugaba en la calle. El tul el tutú se parece al nido de abeja, así que la imaginación hizo el resto. Piluca era morenita y con una cara fea como un puño de paraguas antiguo, pero me había dicho que tomaba clases de ballet, y ese mismo día me regaló una pastilla de café con leche, que era otra delicia muy infantil, nada sofisticada. Le quité la envoltura de papel de plata, en la que iba estampada la efigie de la Dama de Elche, me la metí en la boca, la degusté…Y, Dios mío, era tan deliciosa como el flanín. Y a tanto llegó el engaño del amor que, siendo como era mi pequeña vecina, no sólo me pareció guapa y rubia sino que también derramaba en sus movimientos oro en polvo y pequeños corazones.

-¿Quieres ser mi novia? –le pregunté entonces.

Ella me dijo que sí. Eso fue todo. Luego se cambió de casa, y creo que de mayor acabó siendo jefa de servicios en el Ministerio de Agricultura. No se casó nunca.

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A las chicas como Debie Reynolds o Sandra Dee, o a las artistas como Lana Turner o Virginia Mayo, que también me deslumbraron años después, cuando ya no era tan niño y se me ponía nerviosa la pirindola, las mayores las llamaban cursis. Cursis, qué tontería, con aquellas melenas y aquellas tetas tan hermosas. ¿Qué era una cosa cursi?…Una cosa que te emocionaba por bonita, por muy bonita, con mucho jeribeque y color de rosa, llena de fantasía y recargada de adornos que a los mayores les molestaba. Entonces decidían que no era la nuestro. Que los niños no podíamos ser cursis, y que la educación consistía en acostumbrarse a lo que luego dirán que es es bello o bueno, aunque no guste al prime contacto.

A mí me encantaba el orange, que era como entonces se llamaba la gaseosa de naranja. Y me tuve que acostumbrar al sabor antinatural del vino, porque era lo que pedía la civilización. Y me deslumbraba Walt Disney: creía que no podía haber mejor dibujante que el que había diseñado con su mano a Mickey Mouse y al Pato Donald y también la carroza de Cenicienta, que, cómo no, era pura cursilería. Luego un día mi padre me llevó al Museo del Prado, me enseñó Las Meninas, y me dijo, fíjate, Velázquez ha logrado pintar el aire. Después me llevó ante unos cuadros de un tal Alberto Durero, y añadió.

-Fue el mejor dibujante de la historia.

Me querían educar. Aunque a veces pensaba que lo que pretendían era hacerme un desgraciado.

4
Un día, ya era yo un jovencito, una mujer guapa me dijo que dejó de salir con un admirador porque no le gustaban sus piropos.

-Imagínate…¡Me llamaba tocina!…

Ya está. Era guapa, pero la educación la había refinado, maleado, y se había sofisticado. El admirador seguro que era un chico de pueblo, y en los pueblos el tocino era buenísimo. A mí mismo me parecía que el tocino, en sabor salado, era como el flanín en dulce. Una delicia. Pero ella ya no quería ser Sandra Dee, ni Debie Reynolds, ni siquiera mujer fatal tipo lana Turner o Virginia Mayo. Se había complicado la vida.

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Yo también me compliqué la vida. Pero de un tiempo a esta parte trato de seguir el proceso contrario. La filtro por un colador de aquellos por los que antes se pasaba el café y me la descomplico. No es tarea fácil: pesa la educación y pesa aún más el imperio de la cultura dominante. Y sin embargo, cuando uno se libera es tan feliz…

Les haré una confidencia. Vivo en el campo, en la ladera de una montaña, a seis kilómetros del pueblo. Ayer hacía una hermosa mañana de verano, ideal para pasear cuesta abajo. Tenía que hacer unas pequeñas compras, así que me eché la mochila al hombro, cogí un bastón y me puse a andar pensando que a la vuelta, tomando la carretera, alguien me evitaría la cuesta arriba con el sol en toda la cresta. Otras veces lo hacen. Amigos, vecinos que pasan y que se paran espontáneamente par ofrecerme sitio en su coche. Ayer eran las dos y media de la tarde y no pasaba nadie.

Así que cargué con las compras y llegué a casa sudando la gota gorda. Quise beber algo fresco. Y entonces me acordé de que tenía guardada en el frigorífico un botellón de tinto de verano con limón de la acreditada marca Castillo de Velasco ( o sea, ni siquiera La Casera) con cuyo contenido llené un vaso del tamaño de los que se usan para batir la sidra…Le añadí algo de malicia exprimiendo además medio limón y cinco pedruscos de hielo.

…Y aquel sabor tan inocente que me recordaba el flanín, Sandra Dee, Debie Reynolds, Piluca, y otras cursiladas antañonas, me pareció elixir de los dioses. En esos instantes que dura vaso y medio de tinto de verano había encontrado tanto o más placer que los que a lo largo de mi vida complicada me han proporcionado otras muchas sofisticadas sensaciones adultas. Así que les animo a que se liberen. Y a que si este verano llegan con auténtica sed a su club náutico, o al yate de su amigo poderoso, o a cualquier sitio de ringorrango donde sólo se trasiegan bebidas que dan categoría, rescaten la ingenuidad que aún llevan dentro y pidan un tinto de verano con limón. Eso sí, on the rocks, que queda más gilipollas (perdón: quería decir fino).

La vida es llama

1
En medio de la confusión de ideas propia de estos tiempos, más en aún en una mujer de carácter tímido y apocado como ella, Silvia tenía claras al menos tres cosas. La primera es que no es fácil coser una relación de amistad o de amor cuando él vive en una ciudad y ella en otra. La segunda es que había dejado escapar muchos trenes en la vida, y no había sido capaz de dar los pasos firmes de su antigua amiga Irene. Y la tercera es que, precisamente por eso, no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que Claudio se plantara en Santander para pedirle que compartiera su vida con él.

-Ya no somos jovencitos –pensó- Jovencitos o jovencitas tontos y tontas, ñoños o ñoñas, como nos educaron ¿A quién le va a importar que sea yo la que tome la iniciativa?

A diferencia de Silvia, Irene se puso el mundo por montera bien pronto, e hizo de su vida una apasionante novela de pasión y aventuras. A los dieciocho años, y pese a la oposición de sus padres, aprovechó su magnífica figura para ganar un buen dinero como modelo de lencería fina. Luego se enamoró de un italiano llamado Aldo y se fue a vivir con él a la isla de Elba durante un par de años. Allí conoció a un holandés que le ofreció otro amor distinto, y durante los años siguientes vivió en Ámsterdam, tuvo un hijo y puso un negocio de sofisticadas antigüedades. Ganó después bastante dinero vendiendo propiedades inmobiliarias en Mallorca. Y mientras tanto, con representaciones de firmas de moda y unas franquicias, forjó un pequeño imperio de negocios que le daban aún más aplomo y seguridad. Los dos hijos siguientes, claro, no fueron del mismo padre, sino de un aguerrido piloto, lejanamente parecido al Robert Redford previo a los desmanes del bisturí, que hacía servicios de urgencias transportando órganos para trasplantes.

2
-Ha sido maravilloso ser tan lanzada –le dijo Irene cuando se encontraron en Madrid treinta años después y tomaron un café juntas- Ahora, después de mi estancia en la India, me he abierto mucho a la vida espiritual, ¿sabes?…Así que he mandado a los hombres a la mierda y he puesto una tienda de velas maravillosas en el Barrio de las Letras

La vida parecía haber sido para Irene coser y cantar. Y Silvia no podía dejar de mirarla fascinada, como si su valiente amiga fuera una aparición.

-Ya sabes –decía Irene- todo cambia, y ahora estoy eso, en lo esotérico, lo espiritual, lo que sube, lo que emborracha los sentidos…Lo aprendí en la India, porque me lo explicó un gurú. Me dijo que toda nuestra existencia está en una vela aromática, ¿no te parece genial?… La vida es llama, la vida es aroma, la vida es humo, Silvia, yo lo tengo clarísimo, ¿no?

Y ella tan trabajadora y tan competente, con un cierto complejo de provinciana, funcionaria desde los veintitrés años y con nivel 27, romántica y soñadora, pero siempre demasiado discreta. Así era Silvia Díaz Troncoso, al borde de cumplir el medio siglo y sin un michelín del que avergonzarse. Francamente atractiva a los ojos de su estanquero de Santander, tan diferente en todo de Irene. Con dos amores fracasados, que clavó en la caja del recuerdo como si fueran mariposas disecadas. Pero con las puertas del corazón aún entreabiertas a una esperanza que nunca acababa de llegar.

3
Silvia sin embargo se dio cuenta de que la vida se escapa por un signo aparentemente anecdótico. Las tiendas de su barrio o habían desaparecido o se habían transformado. De niña, creía que la cara de una calle jamás mutaba, y que la confitería Mariví o aquella tienda de moda llamada París, debajo de cuyo rótulo se leía en letra inglesa modelada en latón la palabra Novedades, serían eternas. Pero ya en la década de los sesenta desapareció la carbonería, y poco después aquél Avícola Nogales que mostraba a un ejército de pollitos bajo una lámpara de calor fue sustituido por una cafetería. Qué lástima. Aquel de los pollitos era el escaparate que más le gustaba. Aplastaba contra él su naricilla infantil y los rizos dorados de su frente, y allí pasaba las horas muertas.

Lamentablemente los pollitos también acabaron volando. La palabra novedades se borró de los rótulos de las tiendas de moda, como la de ultramarinos y coloniales de las de alimentación, porque no había nada menos nuevo que eso, una palabra decimonónica en letra inglesa. Ni nada más contradictorio que una gran faja de color café con leche o un jamón de Montánchez presentados como novedades o ultramarinos y coloniales, cuando todo el mundo sabía que la faja era una antigualla, y que Extremadura no estaba al otro lado del mar.

Pero la vida pasaba sus páginas inexorablemente, y ya casi nada era lo mismo.

4
Para Claudio en cambio, el tiempo tenía otro valor. Desde que Loli le dejó solo tan prematuramente y aquella caída absurda en una escalerilla de la fragata le dañó una vértebra y acabó retirándolo del servicio activo, se había encerrado en sí mismo, y apenas veía a nadie. Le hubiera gustado dedicarse a su hija y a su nieto, pero Cristina tuvo la mala idea de casarse con un suizo, vivir en Zurich y fiar demasiado la educación del niño a un muy particular sentido de la pedagogía. Algún psicólogo le había metido enla cabeza que a su hijo, muy dotado para la música y para las ciencias, no había que distraerle demasiado. Y Claudio, que hubiera invertido la mitad de su retiro por ver crecer a su nieto, se encontró que cuando no era el fas del violonchelo era el nefas de los estudios lo que le alejaba de él.

-No vengas ahora, papá- le decía Cristina casi siempre que el hombre planeaba su viaje a Zurich- Claude está preparando una sonata de Telemann, y tiene un examen de física este mes. Déjalo para más adelante, ¿ok?

A Claudio no le consolaba nada que su nieto llevara su propio nombre. En francés, eso sí, porque no era Claudio, como él, sino Claude. Y mucho menos que su hija edulcorase todas sus negativas con ese estúpido ¿ok? de viejo telefilme norteamericano. Pero comprendió que debía construir su nueva vida sobre otros pilares si no quería caer en la melancolía y, peor aún, en la pereza de vivir. Se apuntó a una ONG, donde colaboraba en labores de administración, fue arrastrado por uno de sus compañeros a un club de viajes culturales baratitos que le paseaba por ahí tres veces al año. En uno de ellos, por cierto, fue donde conoció a Silvia. También leía mucha historia y algo de poesía, y acababa llenando sus largos días de marino varado construyendo pacientemente maquetas de barcos mientras por Radio Clásica escuchaba música como la que algún día interpretaría su nietecillo.

5
Silvia y Claudio empezaron a sentirse atraídos paseando por Mahón. Allí Silvia, que había viajado a su lado en el autobús, reparó en que aquel hombre alto, enjuto y de pelo blanco que renqueaba al andar le miraba por el rabillo del ojo mientras hablaba -poco- con nostagia de sus años de marino y despiezaba mentalmente algunos de los barcos atracados en el puerto.

-Ese yate en maqueta tiene novecientas piezas. Ese clipper unas dos mil. –le decía- Sería capaz de hacerlos. Pero todavía no me atrevo a meterme con el Juan Sebastián Elcano…Fue mi barco, ¿sabes?-apuntó con añoranza.

Como tantos hombres, no era muy partidario Claudio de aventar sus sentimientos. Creía que el amor era una cosa de la juventud, y que sus rescoldos se apagaron cuando el cáncer arrebató a su adorada Loli. Sin embargo, aún sin llegar a arrepentirse de su soledad, lo cierto es que Silvia le ganaba sutilmente. Aquella compañera de viajes no era de una belleza deslumbrante, pero le atraía. Le escuchaba, se acomodaba a su paso lento como si fuera su andar natural, le seguía en sus aficiones, aguantaba sus lecturas de poesía en voz alta, que escuchaba con devoción aunque no le interesara nada, y compartía con él como si fuera ambrosía la ensalada de patatas con melva, que era su aperitivo favorito. La realidad es que le hacía la vida más grata. Su problema es que cerraba a cal y canto su corazón cuando volvía a Madrid. Entonces él se replegaba en su mundo, en sus maquetas y en sus libros, y se olvidaba de todo. Al regreso del viaje `por Menorca se encontró además con un largo correo de su hija Cristina. Le decía que en el mes de mayo Claude iba a tocar la sonata de Telemann en un concierto escolar que se iba a celebrar en el Rathaus de Zurich. Con tal motivo le invitaban a pasar una semana con ellos. Podría ver en directo los progresos de su nieto y luego, para culminar el festejo, tomarían un vapor que les llevaría a cenar a un restaurante al otro lado del lago… Tiene gracia-pensó el viejo marino- premiarme ahora con una singladura en barco para turistas por un estanquito suizo.

-Esto de los viajes le ablanda a uno-dejó caer en una ocasión a su fiel Silvia mientras paseaban por el Peine del Viento de San Sebastián- ¿Sabes?…Luego, en casa, las ilusiones se amansan. Y uno se empereza, y acaba olvidándose de ellas. Ya es demasiado tarde para…Bueno, Muy facilito me lo tendrían que poner, sí…

Ese Claudio dubitativo, parsimonioso, pasota y egoísta hacía que a Silvia se la llevaran los demonios.

6

Su amiga Irene no se anduvo con rodeos

-Déjate de historias –le reprochó- Mira, nos vemos poco, pero yo se mucho de hombres, y te lo tengo que decir. Tu Claudio será un encanto y estará cojito, vale. Pero por muy especial que te parezca y mucho respeto que le tengas, o es el clásico pichafría o es un cojonazos. Así que pónselo fácil: vente a Madrid unos días, vente a casa. Y llámale, le pones las pilas y le propones un plan clarito, clarito. Que no tenga pretexto para decir que no, ¿comprendes?. Y aprovecha, que ya nos quedan pocas alegrías y con esta crisis dentro de poco no salimos ni a por aceite para el candil. ¿Estamos, cariño?

A Irene se le notaba que era una mujer segura de sí mismo porque soltaba palabrotas y la palabra cariño sin ningún rubor, y eso marca. Silvia la miraba estupefacta.

-¡Si ya lo dice el rótulo de mi tienda! -remachó Irene marcando lentamente cada sílaba- La-vi-da-es-lla-ma. La vida se consume, la vida es la pasión ardiente, la vida se esfuma como el humo…¿No comprendes Silvia? Tienes que tomar la iniciativa.

7
Silvia tardó dos meses más en comprender y a atreverse a quedar con Claudio en Madrid. Tenía que acudir a la boda de un sobrino y no era cosa de desperdiciar la ocasión. Pensó que el pretexto para sacarlo de su refugio podría ser que en el restaurante de unos amigos suyos se celebraba una semana de la cocina gaditana, y que Trini la cocinera hacía las papas con melva como nadie. Eso, las papas con melva. Aunque el plan le pareciera una puñalada de pícaro no podría negarse.

-Anda, Claudio. Anímate –insistió- Te va a gustar…

Por el largo silencio que siguió a su propuesta notó que a Claudio le había pillado de sorpresa, y que dudaba.

-Estaba rematando el castillo de proa del Soleil Royal, el buque insignia de Luis XIV-titubeó- Y no me gustaría…

-Bobadas –interrumpió Silvia con una audacia de la que inmediatamente se arrepintió- Oh, perdona, no quería…Pero…¿qué le puede importar a Luis XIV que remates su barco hoy o mañana?

A Claudio le debió de hacer gracia la salida de Silvia, porque esta escuchó perfectamente su carcajada.

-Bueno, pónmelo fácil –dijo el hombre después de muchas vacilaciones – Dime dónde nos citamos. Un sitio reconocible, que me quede cerca y que no me equivoque. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me portaré como un hombre-ironizó.

Podía haber dicho en la puerta del Museo del Prado, o en la de los leones del Congreso, o bajo el reloj de autómatas frente al chaflán del Palace, que todo el mundo conoce. Pero, tonta de ella, Silvia se empeñó en añadir un pellizco de poesía a la cita, un segundo sentido a la propuesta. Y recordando el mensaje de Irene y que, además, su tienda le quedaba más cerca a Claudio, le citó a las ocho y media allí, en la vecina calle Lope de Vega, 26, en el Barrio de las Letras.

-Es la tienda de una amiga mía, ¿sabes?…Se llama La vida-da-es llama –remachó lentamente- Y está a dos pasos del restaurante.

-¿La vida es llama?….¿Eso es una tienda?

-Si,ya sabes cómo son los nombres de las tiendas modernas… Es una tienda de velas aromáticas muy original. No sabes cómo es mi amiga Irene de imaginativa y de apasionada. Por eso se llama así. Así, recuerda: La vida es llama a las ocho y media.

-Bueno –dijo Claudio con un laconismo que afectaba alguna desconfianza- La vida es llama, Lope de Vega 26. Allí estaré… Con puntualidad, ya sabes…Yo soy marino, un militar…

8
Mientras Silvia se dirigía en metro hacia Antón Martín y callejeaba después rumbo a la cita largamente esperada se felicitaba a sí misma por lo bien que había hecho las cosas. Esta vez Claudio no le podría fallar. No tendría el menor problema para encontrarse con ella, irían andando después, despacito, al restaurante de Trini, tomarían unas copitas de manzanilla y una ensalada de patatitas con melva. Luego cenarían, saludarían a algunos amigos, beberían más vino, se pondrían contentos, le acompañaría después, sin prisas, al puerto de amparo donde el marino construía sus barquitos y a saber si aquello, como en Casablanca, se convertiría en el principio de algo más que una amistad. El tiempo huye –pensó- el tiempo pasa, pero los sentimientos de verdad no se desvanecen como nubes pasajeras.

Qué lástima que las obras en un colector que afectaba a su línea retrasaran el servicio de trenes quince minutos, y que Silvia llegara a Antón Martín casi sin aliento y a las nueve menos diez de la noche. Qué mala suerte que nadie le esperase delante del número 26 de la calle Lope de Vega, seguramente porque ni la cojera de Claudio ni su propósito de la enmienda podían estirarse mucho más. Y qué gran verdad lo que le dijo su amiga: la vida pasa, la vida se consume, la vida es llama. Así debía rezar el rótulo de aquel prodigio de buen gusto, de espiritualidad, de meditación y de refinamiento que según Irene era su tienda de velas aromáticas importadas de la India. Pero claro, aunque tempus fugit la crisis no, la crisis seguía devorándolo todo. Incluso esos comercios que de niña creía Silvia que iban a estar ahí para siempre.

Este de las velas ya no estaba, no. Y su amiga ni siquiera había tenido el detalle de advertírselo. En el escaparate donde hasta hacía nada se podía leer La vida es llama ni se veía luz alguna ni esperaba ningún amor otoñal apoyado en su bastón. Sólo un gran cartel adhesivo que sellaba la puerta anunciaba Local en Alquiler y daba el número de teléfono de Exclusivas Ganímedes. Silvia comprendió entonces que la llama ardiente de la vida había quemado también su último delirio.

Chapeau

Me descubro por seguir encontando motivos para quitarme el sombrero. Aunque no lo tenga...

1

Una buena amiga de fina sensibilidad le felicitó la Navidad a este bloguero con una foto de un Madrid singular. Muestra uno de esos rincones que hay que saber captar para reparar en los contrastes. Iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá, barroco puro recientemente restaurado. Y  a su lado, un pequeño Empire State que antes debió de ser compañía de seguros, y que ahora es hotel. Un modesto rascacielos que tiene clase y su gracia. Al otro lado de la calle (Peligros) el Edificio Vitalicio, otra muestra de arquitectura representativa, con detalles de esa estatuaria mitológica de altura con la que se adornaban los edificios entonces. Tardó en reconocerse, pero la yuxtaposición de estilos de distintas épocas y el abigarramiento tienen su encanto. Ciudades de gran atractivo como Londres o Nueva York se hicieron así. Y al  Duende, verlo tan cerca, en la ciudad donde nació, le sorprende y le admira. Chapeau.

2

La edad pasa por el espíritu curioso como el cepillo del carpintero, pero el Duende aún no deja de sorprenderse a menudo. Qué extraña el alma. Unos días le amanece a uno avinagrada, repunante, dicen los asturianos. De mal café y dispuesta a criticarlo todo. De repente otro día te manda lo contrario: observa lo positivo, aprécialo, gózalo. Eso que llaman felicidad es exclusivo de los santos o de los locos. Quédate con las pedreas amables, que están al alcance de casi todo el mundo.

Ayer tarde el bloguero echaba su peonada en el monte, desbrozando y quemando los restos de la poda de los castaños. Arriba el Almanzor, con sus cejas blancas de nieve, mirándole protector. El sol poniéndose por el oeste y la luna creciente  compitiendo en lo alto. Al poco el sol se acuesta, se echa la noche, y sólo iluminan ya la fogata poderosa, que lanza luces de cobre, y el velo de plata pálida que se descuelga del cielo. Contra éste se dibuja la silueta de un viejo castaño. En sus ramas desnudas se posan las estrellas, y uno se siente el dueño de ese espacio y ese momento asombroso. Chapeau.

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Por la mañana, en el pueblo, café con  porra. La porra del bar Tenazas tiene una medida francamente deshonesta, de modo que hay que partirla por dos para manejarla en la taza. ¿Cuántos placeres hay que se puedan comparar al desayuno con porras recién sacadas de la sartén?…Chapeau.

Sube a casa con su bolsa de porras calientes, porque las nietas han descubierto las porras, y dicen nanay a los cereales. Se entusiasman, se llenan la boca de masa frita, se  embadurnan de churretones del Cola Cao que espurrea de ésta. A pesar de que su abuelo se harta de decirles que no se ríe ni se habla con la boca llena, ellas comen y parlotean sin cesar. Qué cuadro de felicidad.  Si Murillo lo viera seguro que lo pintaría: Niñas tomando porras. Es la hermosura del instante de vida cotidiana que van repartiendo los días. Chapeau.

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¿Y cómo se quita uno el sombrero, si no lo tiene? Hace unos años, por el picor del sol en la coronilla durante el verano y el frío de las gotas de lluvia en invierno el bloguero se dio cuenta de que el tiempo había le había tonsurado el cráneo. No lo bastante para que le vean calvo las personas,  pero sí los pájaros. Siempre había envidiado cómo llevaban su sombrero los actores en las películas antiguas, pero los sombreros pasaron de moda. El Duende consideró que a  su edad lo lo que está pasado de moda es seguir la moda, y  decidió comprarse un sombrero para celebrar sus años. No de fieltro rígido, como los de los gangsters o los de los gentlemen. Sino de tweed grueso y flexible, como de profesor de historia o de primo del comisario Maigret. Con una nota de color. Si al Duende le atropellara un coche, el libro de estilo de algunos periódicos podría decir sin faltar a la verdad: anciano atropellado. Es el coste de llegar a los sesenta y cinco años. A cambio, podrá entrar gratis en el Museo del Prado, descubrirse ante lo mucho que respeta y admira y cubrir su sesera sin  pasar frío ni temer el qué dirán.

Chapeau.

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Si las cosas de palacio van despacio, no digamos las decisiones de este bloguero, adicto a la duda sistemática. La de ponerse sombrero tomó cuerpo cuando avisó la tonsura, y después de mirar y buscar en múltiples escaparates sólo hace un año que dio en una pequeña sombrerería de la parte alta del barrio de Salamanca con el modelo apetecido. Desgraciadamente no quedaba un solo ejemplar de su talla.

Fiándose de su memoria visual, no apuntó la dirección ni el número del establecimiento. Craso error. Sólo recordaba una tiendecita pequeña en una calle perpendicular a la de Serrano y cercana ya  a la de Francisco Silvela con las paredes literalmente recubiertas de sombreros en sus preciosas cajas circulares. Su ambiente retro evocaba al de El bazar de las sorpresas, una deliciosa comedia de Lubitsch. Durante un año, cada vez que rondaba la zona, el bloguero perdía unos minutos y la buscaba  para saber si habían recibido su talla. Durante  un año no fue capaz de encontrarla.

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Finalmente, hace unos días se topó con ella Se llama Citysport, y está en Ortega y Gasset, 67.

-¡Señor Figuerola-Ferretti-le saludó la encargada -¡Qué alegría verle por aquí!..:¡Qué pena que se haya agotado su sombrero también este año!…

Añadió que era un modelo belga del que sólo habían recibido nueve ejemplares. Pensó el Duende que estaba de Dios no dar con su sombrero favorito después de tanta espera, y se despidió resignado.

-Por cierto-le preguntó el bloguero – ¿Y cómo conoce usted mi nombre?…

-¡Hombre!…Cuando le vi la primera vez pensé: este hombre me suena…Y apenas se marchó  recordé quién era…¡Con lo que me hacía reír en la radio!…

Chapeau por la memoria de esta encantadora amiga que no consigue venderme un sombrero. La  radio no la ve nadie, pero se recuerda. Y otra enhorabuena al que, a pesar de sus años, conserva la ilusión. Chapeau agradecido a la vida por permitirle seguir deseando algo. Chapeau, aunque sea sin sombrero.

Lo importante, los sueños y el sofión de Moratinos

Hé aquí a una buena persona que sabe lo que es importante, aunque muchos no le comprendan...

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Supone este duende que una de las características que distinguen a las personas notables es que priorizan siempre lo importante. Saltan de la cama, se duchan, se despejan y hale, se ponen a pensar o a trabajar en lo importante.

Claro está que hay que saber primero qué es eso. Por formación, cree entender que importante es lo que afecta a muchos y lo hace profundamente, como el nuevo tembleque con el que Irlanda asusta a nuestra economía marioneta. Más importante, y desolador por irritante, es la plaga de cólera que flagela al desdichado pueblo de Haití. Importante, por escandaloso, es que el telediario nos sorprenda con un cadáver haitiano transportado en carretilla mientras aún no hemos despachado el postre. Qué mal gusto, caramba.   Importante, cómo no, es el paro que nos sangra. Importante es que el director del CNI confiese que, como los malos son tantos, hay poco tiempo para reflexionar y, por ende para protegernos. Importante es que Marruecos sólo haya provocado un muerto en el conflicto del Sahara, y pueda presumir de sus morgues vacías. Importantes deben de ser las razones por las que el gobierno bebe el amargo cáliz ver cómo sus queridos artistas le vuelven la ceja en su contra a cuenta de este asunto. Que son las mismas razones por las que todos los que dudan de la versión oficial son considerados antipatriotas  por el mando y su partido. Qué duro es lo importante.

El Duende lamenta no tener armas para solucionarlo.

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Pero es que además cada día está más pendiente de lo que, no por insignificante, le queda más cercano. Lleva tres días aislado en el campo, observando cómo poco a poco el otoño ha decorado el paisaje con el esplendor de la decadencia. El tulipo y algún liquidámbar del jardín ya desnudaron sus hojas, pero muchos cerezos, castaños, robles e higueras aún prestan sus amarillos y rojizos a un paisaje en el que los naranjos y los madroños contrastan el brillante verdor de sus ramas con el coloridos de sus frutos. Abajo el valle, extenso y abierto hasta las lejanas cumbres de Guadalupe. Detrás, Gredos, recién nevado como de azúcar molida de polvorón Cuánta belleza poco importante: no cambiaría este cuadro por el mejor Renoir o Monet de los que ahora se exhiben en el Prado y en la Thyssen.

Al despertar, más dueño de la luna que del aún tímido amanecer,  se pregunta cuánto durarán estos milagros de la vida. Apolcalipsis no todavía, por favor.

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No todo lo poco importante resulta placentero. Durante la noche, el Duende vivió una de esas desazones a las que todos los mortales estamos expuestos. Quién, al cortarse las uñas de los pies, no ha dejado alguna con un puntito mal pulido que luego se engancha en las sábanas y pone grima en los sueños. Además, estos, que empezaron muy bien, le dejaron un regusto amargo.

Pues resulta que, impresionado por unas declaraciones de Zapatero, que por alabar a su antes ministro de asuntos exteriores y ahora embajador volante Moratinos, había dicho de él que es un hombre extraordinariamente bondadoso, soñó que a éste le encargaban otra noble misión especial.

-¡Oh, bondadosímo Curro! –le decía el presidente- Necesito otro servicio de tu noble talante.

-Dime, dilecto presidente y dueño de mis destinos…¿Qué deseas de mí?

-Escucha, Curro…La Asociación de Hijos del Laicismo por la Ilusión me piden que destrone a los Reyes Magos y promueva  un Papá Noel de garantías para sustituirles…¿Quién mejor que tú para esa misión?…Conste que no lo digo por tus hechuras, que ciertamente casan a la perfección con la silueta clásica del bon hôme. Sino por eso, por tu bonhomie, tu inmensa bondad natural…¡Qué ocasión para seguir demostrando talante!

-¡Gracias, poderoso señor!- dijo el ex ministro con los ojos inundados de lágrimas antes de salir corriendo a comprarse unas barbas postizas.

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Lo siguiente es un trineo cargado de juguetes. Encima, el orondo Papá Noel vestido de rojo que es Moratinos recibe niños, les da un beso y  luego un juguete. A los pies del trineo, una cola de párvulos ilusionados espera su regalo, y el Duende está entre ellos. Todos son despachados con alegría y largueza por el ex ministro polivalente. Pero al llegar el turno del Duende, no sucede lo mismo: a Papá Noel se le tuerce el gesto. Se pone de pie, estira un brazo y apuntando con el dedo le expulsa de la cola de los bendecidos por su bondad.

-¡Fuera, chaval!- grita sin poder ocultar su ira- A ti ni un regalo, que siempre me has faltado al respeto…

Y el Duende se va con las orejas gachas, compungido, intentando recordar en qué le faltó alguna vez al nuevo papá Noël. Jo, qué mal sueño. Menos mal que estas son cosas poco importantes.

El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

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Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

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-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

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La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

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Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

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El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.

El visitante de la Venus de Tiziano

Todas las obras maestras del Prado pueden ocultar historias más o menos parecidas a la que aquí se cuenta...

Como tantas otras voluntarias, Irma carecía de una formación específica de celadora de museos. Tampoco era una experta en psicología, pero después de observar la presencia frecuente del mismo personaje ante el mismo cuadro, empezó a hacer sus cábalas. Se trataba de un hombre muy mayor que entraba en la sala sigilosamente, se apostaba ante el cuadro Venus y la Música de Tiziano y se quedaba absorto mirándolo.

Al principio, sus visitas eran más o menos mensuales. Luego se hicieron más frecuentes y largas. Cuando entraba en la sala, se dirigía inmediatamente a la banqueta tapizada que se ubicaba frente al cuadro y se sentaba en ella. Apoyaba sus codos en las rodillas, su barbilla en las manos y observaba. Irma advirtió que a medida que el anciano escudriñaba más el cuadro, aumentaba su emoción. No parecía agotar nunca los encantos de un lienzo que probablemente, ningún especialista consideraría la obra maestra del pintor favorito del Emperador. Sin el embargo el anciano se pasmaba ante aquella Venus gordita, como mandaban los cánones de la época, sólo vestida por una gargantilla y unas pulseras, que acariciaba indolentemente a un perrillo mientras el organista que tocaba a espaldas de su diván volvía la cabeza y dirigía la mirada a ese triángulo de la desnudez femenina que los clásicos solían velar pudorosamente.

El fondo del cuadro reproduce un jardín renacentista en el que destaca una fuente monumental sobre la figura labrada en piedra de un sátiro. Pero a juicio de Balbino, un compañero con más experiencia que Irma, no era ese el centro de su atención.

-Ese tío es más rijoso que un macaco, te lo digo yo –le susurraba al oído a Irma- Hay muchos de esos a los que una de estas desnudas con firma les excita más que una película porno.

-¿Tú crees?

-Lo que yo te diga –subrayó con suficiencia.

Irma comenzó a mirar al misterioso visitante aún con más atención. Y no tardó en hacerse una opinión  completamente distinta. El cuadro evidentemente tenía un significado muy especial para el anciano, y le provocaba una emoción quizás exagerada para aquella mezcla de pintura cortesana y mitología. Miraba, suspiraba profundamente, seguía estudiando todos y cada uno de sus detalles, volvía a suspirar. Algo extraordinario debía de ver el anciano en ella. Un día, después de los quince minutos habituales que solía durar su contemplación  en silencio, Irma descubrió que por las mejillas del anciano se deslizaban dos lágrimas. Segundos después el anciano no pudo contener unos sollozos y hundió el rostro en sus manos mientras se ponía a llorar como un niño.

-¿Le ocurre algo, señor?- le dijo Irma acercándose a él.

En anciano sacó de su bolsillo un pañuelo, secó sus lágrimas y esperó a serenarse antes de tomar la palabra.

-Usted es muy joven señorita –comenzó a decir entre los últimos hipidos- Pero no sabe el milagro que es ver todas estas maravillosas pinturas y lo que ésta en particular representa para mí…

Y le contó la epopeya que durante la Guerra Civil Española fue salvar el tesoro artístico del Museo del Prado. Cómo se trasladaron desde Madrid a Valencia, y de Valencia al norte de Cataluña, y desde allí, hasta Ginebra las mil ochocientas sesenta y ocho cajas  específicamente fabricadas para embalar las piezas más valiosas  de la colección. Le contó que el presidente Azaña había declarado que era mucho más importante salvar ese patrimonio que la República, porque España podrá tener otras repúblicas, pero nada podría reemplazar a estas joyas de la pintura. Y culminó su relato explicando que, en su huida desesperada por escapar del avance de las tropas de Franco, una noche de marzo de 1939 algunos de los camiones del convoy artístico quedaron inservibles. Y que el propio Azaña y el ministro de Estado junto con unos oficiales del ejército tuvieron que detener y requisar otros tantos vehículos que transportaban población civil, armamento y heridos `para  alojar en ellos las cajas españolas, como se conocieron después a esos embalajes de incalculable valor.

-Me he pasado muchos años investigando, porque el tema me obsesionaba –terminó contando con palabras entrecortadas y voz casi inaudible- Y este es el único cuadro que me consta que viajaba en  el camión de donde evacuaron a mi madre, que estaba herida y embarazada. Lo sospechaba desde hace tiempo pero ahora me lo acaban de confirmar. Ella murió en el parto, pero el tesoro del Prado y yo nos salvamos…¿No es maravilloso?

El anciano sonreía mientras secaba las últimas lágrimas con su pañuelo y lo guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Irma entonces se inclinó, le besó en la mejilla y le ofreció su  brazo para levantarse.

-Echa un vistazo a mi sala, Balbino -dijo al pasar ante su compañero- que he me echado un novio y le voy a acompañar a la puerta…¡No  todos los hombres sois iguales!…

Fue lo último que escuchó el celador antes de ver cómo la Irma, que estaba tan buena,  se perdía  del bracete del anciano buscando la salida del museo.

Un encuentro en el Museo del Prado

No es el Duende un ciudadano eresionado, neologismo que quiere decir lesionado en su capacidad laboral por un ERE. En realidad ya no sabía si trabajaba o no, pues lo que consideraban como prestación laboral era lo único que en su vida logró sin esfuerzo alguno.  Además, tampoco era fijo en plantilla alguna, como no fuera en ese organigrama tan flexible que marca la ley de la oferta y la demanda. Sus jefes son ésta y el Dios dirá. No tiene queja de ellos.

Hasta cierto punto, se han portado muy generosamente con él. No tanto en la oferta de trabajo como ahora en la de tiempos libres. En la agenda de este día tenía sesión con Javier Capitán de nueve a diez menos cuarto. Como la próxima comparecencia obligada era a las doce y media, se permitió uno de esos pequeños lujos que siempre añoran los sobreocupados, y que sistemáticamente olvidan cuando les llega el asueto. Como si fuera un turista japonés después de ponerse feo en el buffet libre del hotel, se dirigió al Museo del Prado -sin botella de agua mineral en las manos-y adquirió un ticket para ver la exposición El retrato en el Renacimiento.

Carece este duende de adjetivos para añadir algo nuevo a lo mucho que enriquecen estas visitas casuales  a los templos del arte. Lo delicioso es caer por ahí y dejarse arrastrar sin prisas por el flujo de belleza, que unas veces se remansa en consideraciones sobre el buen gusto y otras en pensamientos que van más allá. Hoy le dio por agradecer a Rafael, a Tiziano, a Bronzino, a Ghirlandaio, a Durero, a Pantoja de la Cruz y a Sofonisba Anguissola  y a todos los representados en esta exposición lo muchísimo que trabajaron por legar al futuro esas joyas de las que hoy disfrutaba como simple observador. No siempre pica tan alto. A menudo, viajando por esas carreteras perdidas, uno ve un puente añejo o una simple pared de piedra maravillosamente construída  y también da las gracias a la mano anónima que allí trabajó. Bien mirado, hay estética en casi todo.

La segunda reflexión era más prosaica. Pensaba en lo poco que hubieran cundido esos ocho euros en el Corte Inglés, donde, por contra, sí hubiera encontrado a mucha más gente conocida con la que compartir impresiones. En museo sólo dio el Duende con Feli, una buena amiga de tiempo atrás, que, como  farmacéutica de formación, sabe de recetas para esquivar los navajazos del destino. Una de ellas es fugarse de vez en cuando al Prado y olvidarse de todo lo demás. Ella es también la que aseguró lo que mi doña María adoptó como dogma de fe, y es que la mujer que no ha hecho régimen en esta vida forzosamente irá al infierno. Tan alta filosofía en el templo donde habita la belleza. Para que luego digan que no aprovecha uno las mañanas…

Un grabado precioso

En la España de los años cincuenta, sacabas la cámara en la plaza de un pueblo y cuando querías darte cuenta posaba el pueblo entero para la foto. Inútil decir que querías retratar a tu novia o a tus amigos. Se apostaban detrás de ellos y sonreían esperando el pajarito. La gente quería trascender de su momento y  de su pobre  circunstancia de posguerra. Les hacía ilusión  volar con la estampa de su lugar y ser vistos en él quién sabe donde ni por quién. El fotógrafo nunca los identificaría, pero a los figurantes anónimos les daba igual. Escapaban de sí mismos, trascendían, se sentían importantes.

  Es el mismo mecanismo psicológico por el que nos encanta encontrar nuestro paisaje particular recreado por un artista. Uno de los cuadros más famosos de Antonio López García es una perspectiva de la Gran Vía de Madrid que todos los madrileños han visto mil veces. Probablemente, todos nos sentimos parte del cuadro, pues por allí hemos pasado alguna vez. También en las películas nos encanta identificar nuestro paisaje. A veces lo intuimos, o creemos recordar que alguna vez paseábamos por el mismo escenario donde se han besado los protagonistas. El Duende es de los que no deja la sala de cine hasta que los títulos de crédito -por cierto, siempre los últimos- apuntan los emplazamientos del rodaje, por si se confirma que eran los que él creía haber reconocido. En las películas de la tele es inútil: la avaricia publicitara corta la emisión de la película en cuanto aparece la palabra FIN, al punto de que a veces te quedas sin saber el reparto ni, peor aún, el nombre del director. Qué mezquindad.

 A todos nos emociona que lo nuestro converja con la mirada del artista. Digamos que el testimonio de éste confirma nuestro buen gusto y nuestro criterio. El WW Escarabajo o la lata de Coca-Cola de Andy Warhol se ven colgadas en tantas paredes porque son  en pop art las mismas visiones  cotidianas de millones de personas de todo el mundo. La que desde su palomar disfruta el Duende de Madrid  es parecida a la que en su día plasmaron Goya  y Aureliano de Beruete. Demasiado caros para colgarlos en casa, aparte del feo que le haríamos al Museo del Prado. Sin embargo hace unos días el barón de Cap Llentrisca, buen amigo del Duende y asiduo del blog, le ha obsequiado con un grabado titulado Vista panorámica de Madrid (1752) coloreado con acuarela de la época que ofrece una vista de la capital en el siglo XVIII desde el mismo punto de vista desde el que la observa hoy. Algunos ciudadanos pasean placidamente por la ribera sur del Manzanares -tan crecido, por cierto, que hasta se imagina un islote en su centro- mientras  que al otro lado, asomada a la Cornisa Imperial, se extiende una pequeña ciudad en la que destacan muchas torres y cúpulas de iglesias y, en el lugar que  hoy se levanta e Palacio Real, el Alcázar de Madrid.

 A esas fechas el Alcázar había desaparecido, pues ardió por completo la nochebuena de 1.734, pero eso no empaña el encanto de una preciosidad de grabado. Además tiene otro valor añadido. El Duende lo mira como un simple amante del arte y, observado con detenimiento, de pronto ha descubierto  que en ese Madrid regalado también ha quedado grabada la huella de un afecto profundo.

La otra dama del perro

Torre de Valencia Madrid

(Foto de Alvy)

Durante un tiempo salía a correr el Duende casi todas las mañanas por el Retiro de Madrid. Nueve minutos de su casa a la Puerta de Alcalá, veinte minutos un paseo perimetral al parque, y nueve minutos más de regreso por las calles de la ciudad que despertaba. De vez en cuando cambiaba el itinerario: zigzags por los numerosos paseos, parterres, plazas, fuentes  y estanques que encierra ese paraíso ajardinado. El Retiro es un lujo de Madrid. Originalmente se extendía por el oeste hasta el Paseo del Prado, albergando el Palacio del Buen Retiro, que decoró Velázquez y donde se alojó el llamado rey Planeta, Felipe IV. Se erguía en el área donde hoy se alzan el Casón y el Museo del Ejército, ya aplicado a una nueva ampliación del Museo del Prado. Los Austrias `puede que fueran débiles en la defensa del imperio, pero sabían vivir divinamente. Lástima que el fuego, sin ser especialmente republicano, le diera a este edificio el mismo fin que al Alcázar construído donde hoy está el Palacio Real.

Al Madrid de Mayalde y de Arias Navarro lo criticábamos mucho por sus arboricidios y su desprecio a las zonas verdes. Frente a la esquina nordeste del Retiro había un parque de bomberos municipal hasta los años sesenta. Se supone que el Ayuntamiento no está para especular, pero a los munícipes de entonces el entorno del Retiro les importó un bledo: se lo vendieron a unos constructores y allí se levantó la llamada Torre de Valencia, un edificio del arquitecto Javier Carvajal en el que viven unos cuantos privilegiados con la mejor vista de Madrid. A un especulador que había levantado un rascacielos horrendo junto al Mediterráneo, le escuchó el Duende que los que dicen que esto es un atentado al paisaje es porque no han visto el mar desde el último piso. Los inquilinos de la Torre de Valencia deben de pensar que, cambiando el azul del mar por el verde de los árboles, aquí pasa lo mismo. En realidad fue una chorizada indecente que además rompía la estética decimonónica aún visible desde la Plaza de la Independencia.

Los estragos urbanísticos suelen contar con la indulgencia del tiempo. Los famosos edificios del Hotel Plaza o de los Apartamentos Dakota que rodean al Central Park de Nueva York o los hoteles que acechan en el perímetro del Hyde Park londinense probablemente provocaron igual berrinche cuando se construyeron. Luego se integran en eso que ahora se dice paisaje urbano, formarán parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad, y encima habrá que protegerlos. Al Duende le hubiera gustado que su Retiro fuera como el de su infancia, con la entrañable Casa de Fieras incluída, pero le sigue  enamorando. Sobre todo en las primeras horas del día, o cuando hace frío y llueve, y se queda casi desierto.

No del todo. Siempre hay algún corredor infatigable, o un andador machadiano, o una dama hermosa. Una de las ventajas de correr es que no necesitas concentrarte: miras, observas y piensas sin dejar por ello de mover mecánicamente las piernas. El Duende acabó fichando a los que paseaban por el Retiro a sus mismas horas. Y un día reconoció entre ellos a una conocida de años atrás. Paseaba un perro cocker y, con él, su galanura. La etiquetó con el nombre de un bonito cuento de Chejov: La señora del perro.

Han pasado más años, y a pesar de que el perro tiene muy mala salud, ella aún lo lleva al Retiro. Cuando se cruza con el Duende, le da el parte como si en lugar de un animal de compañía hablara de un hijo. Y aunque el perro envejece a ojos vista, ella le cuida amorosa  mientras mantiene inmarchitable su encanto femenino. Lo acabarán reconociendo los fabricantes de cosméticos: al final, lo mejor para el cutis es un corazón sensible.

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba – germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.


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