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El jardín de las sevicias

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO...

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO…

De vez en cuando el Creador enfocaba el catalejo a las playas de Río, de la Costa Azul y de California. También echaba un vistazo a las de los buenos hoteles de Marbella, de la Costa Brava, de las Baleares y de Comillas, donde igualmente abunda la gente guapa. No era picardía, injustificable en su caso. Era para consolarse.

-Quiero recordar que yo no hice el ser humano tan feo como se empeña en mostrarse cuando llega el verano- pensó mientras valoraba los cuerpos esculturales que se paseaban por allí.

El día anterior no había hecho más que disfrazarse de ciudadano perplejo y andar por el centro de Madrid. Santo cielo, qué espectáculo. Sabía que el concepto de belleza no es único ni universal, que las modas van conformando distintos estilos, y que para muchos la libertad y la comodidad del propio cuerpo están por encima de la estética. Pero no podía sospechar que con los calores, la modernidad liberase en tal forma su afición por el despelote y el feísmo. Pantalones piratas, calzones de lycra más y más cortos, chandals, barrigas al aire, camisetas de baloncesto, tatuajes hasta en los sobacos, crestas de puerco espín o penachos como el del casco de Escipión el Africano en las cabezas, gorduras prietas, morbosidades desparramadas, aretes y pendientes, sospechaba, hasta en la punta de la minga y en las simas del monte de Venus, torsos musculados y rostros pintados de arco iris predicando el orgullo Gay. En los pies, o deportivas o sandalias fraileras o chancletas. Mayormente chancletas. Daba igual que te asomaras al hall de un hotel de lujo, al estanque del Retiro, al ábside de San Francisco el Grande, a las salas del Museo del Prado o al Corte Inglés. Por doquier, el desprecio al decoro y también al prójimo, puesto que no a todos los que no son como nosotros les parece bien que el personal se luzca en la calle como si estuviera en el solárium de su casa.

-Demonios –dijo Dios llevándose las manos a la cabeza- ¿Y qué reservan ahora para la intimidad?…

Eran los encantos del verano, ya anticipadas por el Bosco en algunos de sus cuadros más famosos. Cualquiera de los guiris y paseantes que atiborran el centro de Madrid estos días de verano con el atuendo que imponen los tiempos podrían figurar perfectamente entre la chusma burlesca, los trasgos imaginarios y otros monstruos que aparecen camuflados en ese paisaje apocalíptico que es, por ejemplo, El jardín de las delicias.

-Eso sí –precisó el Creador visiblemente escandalizado- Teniendo en cuenta que esa carnavalada demuestra demasiada crueldad con la estética ciudadana, habría que llamar a este cuadro El jardín de las sevicias.

Lo ve el bloguero y de verdad que añora el bendito invierno. Tan frío, es verdad, pero tan digno tapándolo casi todo.

¿Dónde Bach con mantón de Manila?…

INVITACION FINAL1

Admites que no está el horno para los bollos de la cultura, pero no por ello te deja de entristecer que el Prado haya previsto para este año el 25%  menos de visitantes. Incluso en los horarios de entrada libre, que es lo más curioso. No acabas de entender esto último, como no sea porque la situación es tan penosa que si no se suman a la misma franja horaria gratuita el Metro de Madrid, la EMT y hasta alguna cafetería de la contornada que sirva gratis café con churros, la generosa iniciativa del museo puede quedar en un brindis al sol.

-Oiga –te decía la frutera del barrio- Es que sales a la calle y todo es gasto, ¿no? Aunque vayas a pie.

Y se miraba las suelas de los zapatos medio roídas ya por el uso.

-…Porque contra más andas, antes tienes que poner los filis, que también son dinero.

El pueblo no suele emplear en esta frase el adverbio cuanto, y en su lugar se apaña con el contra, que es un error de sintaxis, pero que se ajusta mejor al momento de cabreo generalizado. Hay que estar contra casi todo, aunque desaproveches la oportunidad de ver la mejor pinacoteca del mundo de baracalofi, que diría el cheli.

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Si fueras sociólogo te atreverías a decir que lo mismo que dinero llama a dinero, la gente sólo va imantada adonde va la gente. Hay que estar muy seguro de uno mismo para convencerse de que un enorme calcetín roto sea arte, por mucho que la obra haya costado un riñón y este firmada por Tapies. El personal no hila tan fino, y confía más si ve que los suyos hacen  cola, da igual que sea ante el Prado, el Cristo de Medinaceli, Doña Manolita o el calcetín de Tapies. La cola jode, pero al final mola. Es la legitimación por acumulación.

-Tanta gente no puede equivocarse –razonan, sin acordarse de que doscientas mil moscas pueden comer de la misma mierda.

No hay doscientas mil moscas consumidoras de arte a las puertas del Prado. Ergo el vulgo se hace cuentas de que Velázquez, el Greco, Goya, Rubens, el Bosco y  los demás grandes genios de la pintura han perdido interés. Porque ya no arrastran tanta gente, y sumergirte en la cultura para encontrarte a solas con una obra maestra no es plan.

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Con este panorama los que gustáis de cantar en coro a Bach lo teníais regular sin no le dabais una vuelta de tuerca al cómo pagar un director, un local y una orquesta sin morir en el intento. Seamos sinceros: en una sociedad que diviniza a Shakira  ¿qué pinta la música de coral de Juan Sebastián Bach, aquel alemán con peluca que se dedicó a componer y a tener hijos y que se quedó ciego de tantos hijos musicales como engendró?

Y en este agujero negro de la cultura que ha provocado la crisis, donde hasta al Prado se le han secado sus fuentes de financiación ¿cómo podíais sacar adelante el primer concierto del nuevo Bach Atelier?

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Respuesta: con la imaginación de unos cuantos jóvenes que se han movido para buscar nuevos sistemas de patrocinio. Con el apoyo de buenos aficionados, mejores amigos y generosos sponsors, que se han rascado el bolsillo Con la generosidad de los instrumentistas profesionales, que no se han apretado más el cinturón por no hacerles la competencia ilícita a los músicos callejeros.

Y con pretensiones modestas en todo lo que no concierne a la exigencia de calidad vocal, que para eso el director J.M Álvarez sabe conciliar una fina sensibilidad con una mano dura que para sí quisiera el cómitre de las galeras donde remaba el pobre Ben Hur.

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El concierto será breve, pero bello, y original, y didáctico, y además se celebrará en un marco, como es la Basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid. O sea, que también será muy castizo, ideal parar pasar un ratito esponjando el alma con la música sublime del Viejo PelucaFernando Argenta dixit- y para pasear después la noche de junio y tomar una copita en una taberna del barrio de los Austrias.

Puesto que la cultura ya no es lo que era, tómense ustedes con buen humor las apreturas y los recortes. Vayan al concierto de presentación del Bach Atelier, que es de entrada libre y, contagiados del ambiente,  terminen con el famoso dúo de La Verbena de la Paloma en su nueva versión.

¿Dónde Bach con mantón de Manila?

                                         ¿Dónde Bach con vestido chiné?

 

                                         A escuchar que es una maravilla,

                                         según dicen, el Bach Atelier

 

                                        ¿Y que harás cuando acabe el concierto

                                         que por cierto es allá, en San Miguel?

 

                                         Pues salir por Madrí de garbeo

                                         y a tomarme una copa después…

¿Verdad que no es mal plan para un viernes de junio?

 

Santa Águeda Jolie

Santa Águeda de Zurbarán1

Por empezar el día jugando a la ficción imaginas que eres una pluma autorizada, y que uno de los grandes periódicos espera tu columna. Entonces decides que la actualidad es la mastectomía de  los pechos de Angélica Jolie y el incierto porvenir de los escarabajos, ahora que se abre la veda y la alimentación sostenible empieza a considerar a los insectos como gran reserva proteínica del planeta. Dentro de poco no habrá pollos, cerdos, vacas y pescado para que comamos todos y, por lo que cuentan los que ya los han probado en fogones exóticos, los hélitros, las patas y las antenas de los escarabajos son muy sabrosos. O sea, debes escribir de tetas y dietas.

Admites que el  primer tema te tienta más que la el de los insectos, y más incluso que la severidad de la Merkel y la financiación de las autonomías.

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Imaginas que tú también te quieres adelantar a los acontecimientos, y que por aquello de que quien evita la ocasión evita el peligro has introducido un bisturí invisible en tus interiores, has rebañado tus tumorcillos, los has extraído por ósmosis y los has enterrado en una maceta de geranios. Muerto el perro, dicen, se acabó la rabia. Piensas cuánto hay de valentía en la estrella del cine que ha tomado tan drástica decisión en detrimento de su probada belleza natural, y cuánto de obsesión por la salud. La divulgación médica ¿no está inoculando dosis excesivas de prevención en el cuerpo social?

El cuerpo social. No sabes muy bien qué es este eufemismo, pero la verdad es que hoy viene al pelo.

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Recuerdas cuando un pecho de mujer era lo más fascinante de lo prohibido. No lo veías entonces más que cuando tu padre te llevaba al Museo del Prado, y tú contemplabas atónito a la Maja Desnuda, a Susana en el Baño, a las Tres Gracias y a otras regordetas desnudas que te habían legado los genios de la pintura.

-¿Y por qué estas mujeres enseñan sus tetas y Maria B. no te deja ver las suyas?- te preguntabas como un Homper cualquiera.

María B. servía en tu casa natal. Era menuda, y redonduela, de piel blanquísima, labios perfectamente dibujados y ojos claros. Tu hermana Rosa, que es muy buena fisonomista, diría más tarde que podría haber sido La joven de la Perla de Vermeer, aunque a esta no luce sus pechos en el famoso cuadro, que luego fue también famosa novela y finalmente famosa película. Los pechos de María eran monumentales, de esos globos opalinos que rebosan por el escote y que a cualquier recental de hombre le pueden volver loco, pero ella no consentía en enseñártelos. Te gustaban mucho más que los que pintaron Rafael, Tiziano, Rubens o Goya. Muchos años después Serrat cantaba: niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca. Hasta decir algunas cosas era pecado,  pero al menos la transgresión así tenía menos trascendencia. De modo que a veces buscabas un rincón de la casa donde nadie te escuchaba, cerrabas los ojos, pensabas en María y te desahogabas verbalmente.

-Teta, teta, teta, teta-te repetías despacio marcando el ritmo de las sílabas  y  con la misma ansiedad con la que deseabas la leche condensada.

La edad de la inocencia. Te forjaste en una cultura tan pacata y bien almidonada que cuando el habla se desmelenó y se anunció en la tele Sin tetas no hay paraíso creías estar en Sodoma y Gomorra.

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Las pinturas religiosas también tienen su busilis. En una de Zurbarán aparece una Santa Águeda de hermoso rostro llevando en un plato un par de tetas femeninas tan perfectamente moldeadas como si fueran de arroz. Lo curioso es que pueden ser las suyas propias, rebanadas en sádica venganza  al no claudicar ante un procónsul pecador que quiso abusar de su virtud. Qué paradoja de cuadro, y qué pruebas exigía la santidad entonces.

Santa Aguéda, santa Aguéda/ que a los idólos no quisiste adorar/ te cortarán las tetas/ como se corta un pan –ironizaba el maestro para que sus alumnos no acentuaran mal las esdrújulas. De Santa Águeda, bien acentuada, a Angelica Jolie va un trecho en la exigencia. Hoy los ídolos son otros, y puede que uno de los más venerados, aunque no  del todo falso ni perverso,  es el de la salud a toda costa. Se puede y se debe prevenir las enfermedades, aunque tú seas tan antiguo que prefieras  esperar a que aparezca la gangrena para amputarte la pierna.

El indescriptible placer de un tinto de verano

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Yo era un chico sencillo, y la vida me sofisticó. A otros les deja como eran, como les salía del alma. No cambian, no aprenden, no se van refinando. Pero mí me enseñaron que uno no puede mantener por siempre el niño en el que se conoció. Me gustaba el sabor del flanín, el de polvos, tan inocente, tan rico. Le llamaban Flan Chino Mandarín, aunque yo recuerdo también otro anuncio de de la radio que era simplemente un suspiro, mitad deseo, mitad nostalgia.

-¡Ay, cómo me gusta el Flan Tocy!- decía una voz femenina.

Nunca vi un sobre de este flan , al del mandarín sí que lo estoy viendo, al Tocy no le recuerdo su imagen. Pero existir existía, y aunque no se si el de casa era chino o Tocy yo lo degustaba y flipaba. Creía que la felicidad era eso, tomar de postre flanín y tener una novia rubia vestida con tutú, como una bailarina de ballet, tipo Debbie Reynolds O Sandra Dee. De esas que cuando giran sobre sí mismas en el climax del Lago de los cisnes dejan en el aire una estela de polvo de oro o de diminutos corazones. Ambas cosas las debí de ver en alguna película, y las dos me parecieron preciosas. Así debe de ser el amor, pensé.

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Un día vi vestida para una fiesta, con un traje de esos que llaman de nido de abeja a Piluca, una vecinita con la que jugaba en la calle. El tul el tutú se parece al nido de abeja, así que la imaginación hizo el resto. Piluca era morenita y con una cara fea como un puño de paraguas antiguo, pero me había dicho que tomaba clases de ballet, y ese mismo día me regaló una pastilla de café con leche, que era otra delicia muy infantil, nada sofisticada. Le quité la envoltura de papel de plata, en la que iba estampada la efigie de la Dama de Elche, me la metí en la boca, la degusté…Y, Dios mío, era tan deliciosa como el flanín. Y a tanto llegó el engaño del amor que, siendo como era mi pequeña vecina, no sólo me pareció guapa y rubia sino que también derramaba en sus movimientos oro en polvo y pequeños corazones.

-¿Quieres ser mi novia? –le pregunté entonces.

Ella me dijo que sí. Eso fue todo. Luego se cambió de casa, y creo que de mayor acabó siendo jefa de servicios en el Ministerio de Agricultura. No se casó nunca.

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A las chicas como Debie Reynolds o Sandra Dee, o a las artistas como Lana Turner o Virginia Mayo, que también me deslumbraron años después, cuando ya no era tan niño y se me ponía nerviosa la pirindola, las mayores las llamaban cursis. Cursis, qué tontería, con aquellas melenas y aquellas tetas tan hermosas. ¿Qué era una cosa cursi?…Una cosa que te emocionaba por bonita, por muy bonita, con mucho jeribeque y color de rosa, llena de fantasía y recargada de adornos que a los mayores les molestaba. Entonces decidían que no era la nuestro. Que los niños no podíamos ser cursis, y que la educación consistía en acostumbrarse a lo que luego dirán que es es bello o bueno, aunque no guste al prime contacto.

A mí me encantaba el orange, que era como entonces se llamaba la gaseosa de naranja. Y me tuve que acostumbrar al sabor antinatural del vino, porque era lo que pedía la civilización. Y me deslumbraba Walt Disney: creía que no podía haber mejor dibujante que el que había diseñado con su mano a Mickey Mouse y al Pato Donald y también la carroza de Cenicienta, que, cómo no, era pura cursilería. Luego un día mi padre me llevó al Museo del Prado, me enseñó Las Meninas, y me dijo, fíjate, Velázquez ha logrado pintar el aire. Después me llevó ante unos cuadros de un tal Alberto Durero, y añadió.

-Fue el mejor dibujante de la historia.

Me querían educar. Aunque a veces pensaba que lo que pretendían era hacerme un desgraciado.

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Un día, ya era yo un jovencito, una mujer guapa me dijo que dejó de salir con un admirador porque no le gustaban sus piropos.

-Imagínate…¡Me llamaba tocina!…

Ya está. Era guapa, pero la educación la había refinado, maleado, y se había sofisticado. El admirador seguro que era un chico de pueblo, y en los pueblos el tocino era buenísimo. A mí mismo me parecía que el tocino, en sabor salado, era como el flanín en dulce. Una delicia. Pero ella ya no quería ser Sandra Dee, ni Debie Reynolds, ni siquiera mujer fatal tipo lana Turner o Virginia Mayo. Se había complicado la vida.

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Yo también me compliqué la vida. Pero de un tiempo a esta parte trato de seguir el proceso contrario. La filtro por un colador de aquellos por los que antes se pasaba el café y me la descomplico. No es tarea fácil: pesa la educación y pesa aún más el imperio de la cultura dominante. Y sin embargo, cuando uno se libera es tan feliz…

Les haré una confidencia. Vivo en el campo, en la ladera de una montaña, a seis kilómetros del pueblo. Ayer hacía una hermosa mañana de verano, ideal para pasear cuesta abajo. Tenía que hacer unas pequeñas compras, así que me eché la mochila al hombro, cogí un bastón y me puse a andar pensando que a la vuelta, tomando la carretera, alguien me evitaría la cuesta arriba con el sol en toda la cresta. Otras veces lo hacen. Amigos, vecinos que pasan y que se paran espontáneamente par ofrecerme sitio en su coche. Ayer eran las dos y media de la tarde y no pasaba nadie.

Así que cargué con las compras y llegué a casa sudando la gota gorda. Quise beber algo fresco. Y entonces me acordé de que tenía guardada en el frigorífico un botellón de tinto de verano con limón de la acreditada marca Castillo de Velasco ( o sea, ni siquiera La Casera) con cuyo contenido llené un vaso del tamaño de los que se usan para batir la sidra…Le añadí algo de malicia exprimiendo además medio limón y cinco pedruscos de hielo.

…Y aquel sabor tan inocente que me recordaba el flanín, Sandra Dee, Debie Reynolds, Piluca, y otras cursiladas antañonas, me pareció elixir de los dioses. En esos instantes que dura vaso y medio de tinto de verano había encontrado tanto o más placer que los que a lo largo de mi vida complicada me han proporcionado otras muchas sofisticadas sensaciones adultas. Así que les animo a que se liberen. Y a que si este verano llegan con auténtica sed a su club náutico, o al yate de su amigo poderoso, o a cualquier sitio de ringorrango donde sólo se trasiegan bebidas que dan categoría, rescaten la ingenuidad que aún llevan dentro y pidan un tinto de verano con limón. Eso sí, on the rocks, que queda más gilipollas (perdón: quería decir fino).

La vida es llama

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En medio de la confusión de ideas propia de estos tiempos, más en aún en una mujer de carácter tímido y apocado como ella, Silvia tenía claras al menos tres cosas. La primera es que no es fácil coser una relación de amistad o de amor cuando él vive en una ciudad y ella en otra. La segunda es que había dejado escapar muchos trenes en la vida, y no había sido capaz de dar los pasos firmes de su antigua amiga Irene. Y la tercera es que, precisamente por eso, no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que Claudio se plantara en Santander para pedirle que compartiera su vida con él.

-Ya no somos jovencitos –pensó- Jovencitos o jovencitas tontos y tontas, ñoños o ñoñas, como nos educaron ¿A quién le va a importar que sea yo la que tome la iniciativa?

A diferencia de Silvia, Irene se puso el mundo por montera bien pronto, e hizo de su vida una apasionante novela de pasión y aventuras. A los dieciocho años, y pese a la oposición de sus padres, aprovechó su magnífica figura para ganar un buen dinero como modelo de lencería fina. Luego se enamoró de un italiano llamado Aldo y se fue a vivir con él a la isla de Elba durante un par de años. Allí conoció a un holandés que le ofreció otro amor distinto, y durante los años siguientes vivió en Ámsterdam, tuvo un hijo y puso un negocio de sofisticadas antigüedades. Ganó después bastante dinero vendiendo propiedades inmobiliarias en Mallorca. Y mientras tanto, con representaciones de firmas de moda y unas franquicias, forjó un pequeño imperio de negocios que le daban aún más aplomo y seguridad. Los dos hijos siguientes, claro, no fueron del mismo padre, sino de un aguerrido piloto, lejanamente parecido al Robert Redford previo a los desmanes del bisturí, que hacía servicios de urgencias transportando órganos para trasplantes.

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-Ha sido maravilloso ser tan lanzada –le dijo Irene cuando se encontraron en Madrid treinta años después y tomaron un café juntas- Ahora, después de mi estancia en la India, me he abierto mucho a la vida espiritual, ¿sabes?…Así que he mandado a los hombres a la mierda y he puesto una tienda de velas maravillosas en el Barrio de las Letras

La vida parecía haber sido para Irene coser y cantar. Y Silvia no podía dejar de mirarla fascinada, como si su valiente amiga fuera una aparición.

-Ya sabes –decía Irene- todo cambia, y ahora estoy eso, en lo esotérico, lo espiritual, lo que sube, lo que emborracha los sentidos…Lo aprendí en la India, porque me lo explicó un gurú. Me dijo que toda nuestra existencia está en una vela aromática, ¿no te parece genial?… La vida es llama, la vida es aroma, la vida es humo, Silvia, yo lo tengo clarísimo, ¿no?

Y ella tan trabajadora y tan competente, con un cierto complejo de provinciana, funcionaria desde los veintitrés años y con nivel 27, romántica y soñadora, pero siempre demasiado discreta. Así era Silvia Díaz Troncoso, al borde de cumplir el medio siglo y sin un michelín del que avergonzarse. Francamente atractiva a los ojos de su estanquero de Santander, tan diferente en todo de Irene. Con dos amores fracasados, que clavó en la caja del recuerdo como si fueran mariposas disecadas. Pero con las puertas del corazón aún entreabiertas a una esperanza que nunca acababa de llegar.

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Silvia sin embargo se dio cuenta de que la vida se escapa por un signo aparentemente anecdótico. Las tiendas de su barrio o habían desaparecido o se habían transformado. De niña, creía que la cara de una calle jamás mutaba, y que la confitería Mariví o aquella tienda de moda llamada París, debajo de cuyo rótulo se leía en letra inglesa modelada en latón la palabra Novedades, serían eternas. Pero ya en la década de los sesenta desapareció la carbonería, y poco después aquél Avícola Nogales que mostraba a un ejército de pollitos bajo una lámpara de calor fue sustituido por una cafetería. Qué lástima. Aquel de los pollitos era el escaparate que más le gustaba. Aplastaba contra él su naricilla infantil y los rizos dorados de su frente, y allí pasaba las horas muertas.

Lamentablemente los pollitos también acabaron volando. La palabra novedades se borró de los rótulos de las tiendas de moda, como la de ultramarinos y coloniales de las de alimentación, porque no había nada menos nuevo que eso, una palabra decimonónica en letra inglesa. Ni nada más contradictorio que una gran faja de color café con leche o un jamón de Montánchez presentados como novedades o ultramarinos y coloniales, cuando todo el mundo sabía que la faja era una antigualla, y que Extremadura no estaba al otro lado del mar.

Pero la vida pasaba sus páginas inexorablemente, y ya casi nada era lo mismo.

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Para Claudio en cambio, el tiempo tenía otro valor. Desde que Loli le dejó solo tan prematuramente y aquella caída absurda en una escalerilla de la fragata le dañó una vértebra y acabó retirándolo del servicio activo, se había encerrado en sí mismo, y apenas veía a nadie. Le hubiera gustado dedicarse a su hija y a su nieto, pero Cristina tuvo la mala idea de casarse con un suizo, vivir en Zurich y fiar demasiado la educación del niño a un muy particular sentido de la pedagogía. Algún psicólogo le había metido enla cabeza que a su hijo, muy dotado para la música y para las ciencias, no había que distraerle demasiado. Y Claudio, que hubiera invertido la mitad de su retiro por ver crecer a su nieto, se encontró que cuando no era el fas del violonchelo era el nefas de los estudios lo que le alejaba de él.

-No vengas ahora, papá- le decía Cristina casi siempre que el hombre planeaba su viaje a Zurich- Claude está preparando una sonata de Telemann, y tiene un examen de física este mes. Déjalo para más adelante, ¿ok?

A Claudio no le consolaba nada que su nieto llevara su propio nombre. En francés, eso sí, porque no era Claudio, como él, sino Claude. Y mucho menos que su hija edulcorase todas sus negativas con ese estúpido ¿ok? de viejo telefilme norteamericano. Pero comprendió que debía construir su nueva vida sobre otros pilares si no quería caer en la melancolía y, peor aún, en la pereza de vivir. Se apuntó a una ONG, donde colaboraba en labores de administración, fue arrastrado por uno de sus compañeros a un club de viajes culturales baratitos que le paseaba por ahí tres veces al año. En uno de ellos, por cierto, fue donde conoció a Silvia. También leía mucha historia y algo de poesía, y acababa llenando sus largos días de marino varado construyendo pacientemente maquetas de barcos mientras por Radio Clásica escuchaba música como la que algún día interpretaría su nietecillo.

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Silvia y Claudio empezaron a sentirse atraídos paseando por Mahón. Allí Silvia, que había viajado a su lado en el autobús, reparó en que aquel hombre alto, enjuto y de pelo blanco que renqueaba al andar le miraba por el rabillo del ojo mientras hablaba -poco- con nostagia de sus años de marino y despiezaba mentalmente algunos de los barcos atracados en el puerto.

-Ese yate en maqueta tiene novecientas piezas. Ese clipper unas dos mil. –le decía- Sería capaz de hacerlos. Pero todavía no me atrevo a meterme con el Juan Sebastián Elcano…Fue mi barco, ¿sabes?-apuntó con añoranza.

Como tantos hombres, no era muy partidario Claudio de aventar sus sentimientos. Creía que el amor era una cosa de la juventud, y que sus rescoldos se apagaron cuando el cáncer arrebató a su adorada Loli. Sin embargo, aún sin llegar a arrepentirse de su soledad, lo cierto es que Silvia le ganaba sutilmente. Aquella compañera de viajes no era de una belleza deslumbrante, pero le atraía. Le escuchaba, se acomodaba a su paso lento como si fuera su andar natural, le seguía en sus aficiones, aguantaba sus lecturas de poesía en voz alta, que escuchaba con devoción aunque no le interesara nada, y compartía con él como si fuera ambrosía la ensalada de patatas con melva, que era su aperitivo favorito. La realidad es que le hacía la vida más grata. Su problema es que cerraba a cal y canto su corazón cuando volvía a Madrid. Entonces él se replegaba en su mundo, en sus maquetas y en sus libros, y se olvidaba de todo. Al regreso del viaje `por Menorca se encontró además con un largo correo de su hija Cristina. Le decía que en el mes de mayo Claude iba a tocar la sonata de Telemann en un concierto escolar que se iba a celebrar en el Rathaus de Zurich. Con tal motivo le invitaban a pasar una semana con ellos. Podría ver en directo los progresos de su nieto y luego, para culminar el festejo, tomarían un vapor que les llevaría a cenar a un restaurante al otro lado del lago… Tiene gracia-pensó el viejo marino- premiarme ahora con una singladura en barco para turistas por un estanquito suizo.

-Esto de los viajes le ablanda a uno-dejó caer en una ocasión a su fiel Silvia mientras paseaban por el Peine del Viento de San Sebastián- ¿Sabes?…Luego, en casa, las ilusiones se amansan. Y uno se empereza, y acaba olvidándose de ellas. Ya es demasiado tarde para…Bueno, Muy facilito me lo tendrían que poner, sí…

Ese Claudio dubitativo, parsimonioso, pasota y egoísta hacía que a Silvia se la llevaran los demonios.

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Su amiga Irene no se anduvo con rodeos

-Déjate de historias –le reprochó- Mira, nos vemos poco, pero yo se mucho de hombres, y te lo tengo que decir. Tu Claudio será un encanto y estará cojito, vale. Pero por muy especial que te parezca y mucho respeto que le tengas, o es el clásico pichafría o es un cojonazos. Así que pónselo fácil: vente a Madrid unos días, vente a casa. Y llámale, le pones las pilas y le propones un plan clarito, clarito. Que no tenga pretexto para decir que no, ¿comprendes?. Y aprovecha, que ya nos quedan pocas alegrías y con esta crisis dentro de poco no salimos ni a por aceite para el candil. ¿Estamos, cariño?

A Irene se le notaba que era una mujer segura de sí mismo porque soltaba palabrotas y la palabra cariño sin ningún rubor, y eso marca. Silvia la miraba estupefacta.

-¡Si ya lo dice el rótulo de mi tienda! -remachó Irene marcando lentamente cada sílaba- La-vi-da-es-lla-ma. La vida se consume, la vida es la pasión ardiente, la vida se esfuma como el humo…¿No comprendes Silvia? Tienes que tomar la iniciativa.

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Silvia tardó dos meses más en comprender y a atreverse a quedar con Claudio en Madrid. Tenía que acudir a la boda de un sobrino y no era cosa de desperdiciar la ocasión. Pensó que el pretexto para sacarlo de su refugio podría ser que en el restaurante de unos amigos suyos se celebraba una semana de la cocina gaditana, y que Trini la cocinera hacía las papas con melva como nadie. Eso, las papas con melva. Aunque el plan le pareciera una puñalada de pícaro no podría negarse.

-Anda, Claudio. Anímate –insistió- Te va a gustar…

Por el largo silencio que siguió a su propuesta notó que a Claudio le había pillado de sorpresa, y que dudaba.

-Estaba rematando el castillo de proa del Soleil Royal, el buque insignia de Luis XIV-titubeó- Y no me gustaría…

-Bobadas –interrumpió Silvia con una audacia de la que inmediatamente se arrepintió- Oh, perdona, no quería…Pero…¿qué le puede importar a Luis XIV que remates su barco hoy o mañana?

A Claudio le debió de hacer gracia la salida de Silvia, porque esta escuchó perfectamente su carcajada.

-Bueno, pónmelo fácil –dijo el hombre después de muchas vacilaciones – Dime dónde nos citamos. Un sitio reconocible, que me quede cerca y que no me equivoque. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me portaré como un hombre-ironizó.

Podía haber dicho en la puerta del Museo del Prado, o en la de los leones del Congreso, o bajo el reloj de autómatas frente al chaflán del Palace, que todo el mundo conoce. Pero, tonta de ella, Silvia se empeñó en añadir un pellizco de poesía a la cita, un segundo sentido a la propuesta. Y recordando el mensaje de Irene y que, además, su tienda le quedaba más cerca a Claudio, le citó a las ocho y media allí, en la vecina calle Lope de Vega, 26, en el Barrio de las Letras.

-Es la tienda de una amiga mía, ¿sabes?…Se llama La vida-da-es llama –remachó lentamente- Y está a dos pasos del restaurante.

-¿La vida es llama?….¿Eso es una tienda?

-Si,ya sabes cómo son los nombres de las tiendas modernas… Es una tienda de velas aromáticas muy original. No sabes cómo es mi amiga Irene de imaginativa y de apasionada. Por eso se llama así. Así, recuerda: La vida es llama a las ocho y media.

-Bueno –dijo Claudio con un laconismo que afectaba alguna desconfianza- La vida es llama, Lope de Vega 26. Allí estaré… Con puntualidad, ya sabes…Yo soy marino, un militar…

8
Mientras Silvia se dirigía en metro hacia Antón Martín y callejeaba después rumbo a la cita largamente esperada se felicitaba a sí misma por lo bien que había hecho las cosas. Esta vez Claudio no le podría fallar. No tendría el menor problema para encontrarse con ella, irían andando después, despacito, al restaurante de Trini, tomarían unas copitas de manzanilla y una ensalada de patatitas con melva. Luego cenarían, saludarían a algunos amigos, beberían más vino, se pondrían contentos, le acompañaría después, sin prisas, al puerto de amparo donde el marino construía sus barquitos y a saber si aquello, como en Casablanca, se convertiría en el principio de algo más que una amistad. El tiempo huye –pensó- el tiempo pasa, pero los sentimientos de verdad no se desvanecen como nubes pasajeras.

Qué lástima que las obras en un colector que afectaba a su línea retrasaran el servicio de trenes quince minutos, y que Silvia llegara a Antón Martín casi sin aliento y a las nueve menos diez de la noche. Qué mala suerte que nadie le esperase delante del número 26 de la calle Lope de Vega, seguramente porque ni la cojera de Claudio ni su propósito de la enmienda podían estirarse mucho más. Y qué gran verdad lo que le dijo su amiga: la vida pasa, la vida se consume, la vida es llama. Así debía rezar el rótulo de aquel prodigio de buen gusto, de espiritualidad, de meditación y de refinamiento que según Irene era su tienda de velas aromáticas importadas de la India. Pero claro, aunque tempus fugit la crisis no, la crisis seguía devorándolo todo. Incluso esos comercios que de niña creía Silvia que iban a estar ahí para siempre.

Este de las velas ya no estaba, no. Y su amiga ni siquiera había tenido el detalle de advertírselo. En el escaparate donde hasta hacía nada se podía leer La vida es llama ni se veía luz alguna ni esperaba ningún amor otoñal apoyado en su bastón. Sólo un gran cartel adhesivo que sellaba la puerta anunciaba Local en Alquiler y daba el número de teléfono de Exclusivas Ganímedes. Silvia comprendió entonces que la llama ardiente de la vida había quemado también su último delirio.

Chapeau

Me descubro por seguir encontando motivos para quitarme el sombrero. Aunque no lo tenga...

1

Una buena amiga de fina sensibilidad le felicitó la Navidad a este bloguero con una foto de un Madrid singular. Muestra uno de esos rincones que hay que saber captar para reparar en los contrastes. Iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá, barroco puro recientemente restaurado. Y  a su lado, un pequeño Empire State que antes debió de ser compañía de seguros, y que ahora es hotel. Un modesto rascacielos que tiene clase y su gracia. Al otro lado de la calle (Peligros) el Edificio Vitalicio, otra muestra de arquitectura representativa, con detalles de esa estatuaria mitológica de altura con la que se adornaban los edificios entonces. Tardó en reconocerse, pero la yuxtaposición de estilos de distintas épocas y el abigarramiento tienen su encanto. Ciudades de gran atractivo como Londres o Nueva York se hicieron así. Y al  Duende, verlo tan cerca, en la ciudad donde nació, le sorprende y le admira. Chapeau.

2

La edad pasa por el espíritu curioso como el cepillo del carpintero, pero el Duende aún no deja de sorprenderse a menudo. Qué extraña el alma. Unos días le amanece a uno avinagrada, repunante, dicen los asturianos. De mal café y dispuesta a criticarlo todo. De repente otro día te manda lo contrario: observa lo positivo, aprécialo, gózalo. Eso que llaman felicidad es exclusivo de los santos o de los locos. Quédate con las pedreas amables, que están al alcance de casi todo el mundo.

Ayer tarde el bloguero echaba su peonada en el monte, desbrozando y quemando los restos de la poda de los castaños. Arriba el Almanzor, con sus cejas blancas de nieve, mirándole protector. El sol poniéndose por el oeste y la luna creciente  compitiendo en lo alto. Al poco el sol se acuesta, se echa la noche, y sólo iluminan ya la fogata poderosa, que lanza luces de cobre, y el velo de plata pálida que se descuelga del cielo. Contra éste se dibuja la silueta de un viejo castaño. En sus ramas desnudas se posan las estrellas, y uno se siente el dueño de ese espacio y ese momento asombroso. Chapeau.

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Por la mañana, en el pueblo, café con  porra. La porra del bar Tenazas tiene una medida francamente deshonesta, de modo que hay que partirla por dos para manejarla en la taza. ¿Cuántos placeres hay que se puedan comparar al desayuno con porras recién sacadas de la sartén?…Chapeau.

Sube a casa con su bolsa de porras calientes, porque las nietas han descubierto las porras, y dicen nanay a los cereales. Se entusiasman, se llenan la boca de masa frita, se  embadurnan de churretones del Cola Cao que espurrea de ésta. A pesar de que su abuelo se harta de decirles que no se ríe ni se habla con la boca llena, ellas comen y parlotean sin cesar. Qué cuadro de felicidad.  Si Murillo lo viera seguro que lo pintaría: Niñas tomando porras. Es la hermosura del instante de vida cotidiana que van repartiendo los días. Chapeau.

4

¿Y cómo se quita uno el sombrero, si no lo tiene? Hace unos años, por el picor del sol en la coronilla durante el verano y el frío de las gotas de lluvia en invierno el bloguero se dio cuenta de que el tiempo había le había tonsurado el cráneo. No lo bastante para que le vean calvo las personas,  pero sí los pájaros. Siempre había envidiado cómo llevaban su sombrero los actores en las películas antiguas, pero los sombreros pasaron de moda. El Duende consideró que a  su edad lo lo que está pasado de moda es seguir la moda, y  decidió comprarse un sombrero para celebrar sus años. No de fieltro rígido, como los de los gangsters o los de los gentlemen. Sino de tweed grueso y flexible, como de profesor de historia o de primo del comisario Maigret. Con una nota de color. Si al Duende le atropellara un coche, el libro de estilo de algunos periódicos podría decir sin faltar a la verdad: anciano atropellado. Es el coste de llegar a los sesenta y cinco años. A cambio, podrá entrar gratis en el Museo del Prado, descubrirse ante lo mucho que respeta y admira y cubrir su sesera sin  pasar frío ni temer el qué dirán.

Chapeau.

5

Si las cosas de palacio van despacio, no digamos las decisiones de este bloguero, adicto a la duda sistemática. La de ponerse sombrero tomó cuerpo cuando avisó la tonsura, y después de mirar y buscar en múltiples escaparates sólo hace un año que dio en una pequeña sombrerería de la parte alta del barrio de Salamanca con el modelo apetecido. Desgraciadamente no quedaba un solo ejemplar de su talla.

Fiándose de su memoria visual, no apuntó la dirección ni el número del establecimiento. Craso error. Sólo recordaba una tiendecita pequeña en una calle perpendicular a la de Serrano y cercana ya  a la de Francisco Silvela con las paredes literalmente recubiertas de sombreros en sus preciosas cajas circulares. Su ambiente retro evocaba al de El bazar de las sorpresas, una deliciosa comedia de Lubitsch. Durante un año, cada vez que rondaba la zona, el bloguero perdía unos minutos y la buscaba  para saber si habían recibido su talla. Durante  un año no fue capaz de encontrarla.

6

Finalmente, hace unos días se topó con ella Se llama Citysport, y está en Ortega y Gasset, 67.

-¡Señor Figuerola-Ferretti-le saludó la encargada -¡Qué alegría verle por aquí!..:¡Qué pena que se haya agotado su sombrero también este año!…

Añadió que era un modelo belga del que sólo habían recibido nueve ejemplares. Pensó el Duende que estaba de Dios no dar con su sombrero favorito después de tanta espera, y se despidió resignado.

-Por cierto-le preguntó el bloguero – ¿Y cómo conoce usted mi nombre?…

-¡Hombre!…Cuando le vi la primera vez pensé: este hombre me suena…Y apenas se marchó  recordé quién era…¡Con lo que me hacía reír en la radio!…

Chapeau por la memoria de esta encantadora amiga que no consigue venderme un sombrero. La  radio no la ve nadie, pero se recuerda. Y otra enhorabuena al que, a pesar de sus años, conserva la ilusión. Chapeau agradecido a la vida por permitirle seguir deseando algo. Chapeau, aunque sea sin sombrero.

Lo importante, los sueños y el sofión de Moratinos

Hé aquí a una buena persona que sabe lo que es importante, aunque muchos no le comprendan...

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Supone este duende que una de las características que distinguen a las personas notables es que priorizan siempre lo importante. Saltan de la cama, se duchan, se despejan y hale, se ponen a pensar o a trabajar en lo importante.

Claro está que hay que saber primero qué es eso. Por formación, cree entender que importante es lo que afecta a muchos y lo hace profundamente, como el nuevo tembleque con el que Irlanda asusta a nuestra economía marioneta. Más importante, y desolador por irritante, es la plaga de cólera que flagela al desdichado pueblo de Haití. Importante, por escandaloso, es que el telediario nos sorprenda con un cadáver haitiano transportado en carretilla mientras aún no hemos despachado el postre. Qué mal gusto, caramba.   Importante, cómo no, es el paro que nos sangra. Importante es que el director del CNI confiese que, como los malos son tantos, hay poco tiempo para reflexionar y, por ende para protegernos. Importante es que Marruecos sólo haya provocado un muerto en el conflicto del Sahara, y pueda presumir de sus morgues vacías. Importantes deben de ser las razones por las que el gobierno bebe el amargo cáliz ver cómo sus queridos artistas le vuelven la ceja en su contra a cuenta de este asunto. Que son las mismas razones por las que todos los que dudan de la versión oficial son considerados antipatriotas  por el mando y su partido. Qué duro es lo importante.

El Duende lamenta no tener armas para solucionarlo.

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Pero es que además cada día está más pendiente de lo que, no por insignificante, le queda más cercano. Lleva tres días aislado en el campo, observando cómo poco a poco el otoño ha decorado el paisaje con el esplendor de la decadencia. El tulipo y algún liquidámbar del jardín ya desnudaron sus hojas, pero muchos cerezos, castaños, robles e higueras aún prestan sus amarillos y rojizos a un paisaje en el que los naranjos y los madroños contrastan el brillante verdor de sus ramas con el coloridos de sus frutos. Abajo el valle, extenso y abierto hasta las lejanas cumbres de Guadalupe. Detrás, Gredos, recién nevado como de azúcar molida de polvorón Cuánta belleza poco importante: no cambiaría este cuadro por el mejor Renoir o Monet de los que ahora se exhiben en el Prado y en la Thyssen.

Al despertar, más dueño de la luna que del aún tímido amanecer,  se pregunta cuánto durarán estos milagros de la vida. Apolcalipsis no todavía, por favor.

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No todo lo poco importante resulta placentero. Durante la noche, el Duende vivió una de esas desazones a las que todos los mortales estamos expuestos. Quién, al cortarse las uñas de los pies, no ha dejado alguna con un puntito mal pulido que luego se engancha en las sábanas y pone grima en los sueños. Además, estos, que empezaron muy bien, le dejaron un regusto amargo.

Pues resulta que, impresionado por unas declaraciones de Zapatero, que por alabar a su antes ministro de asuntos exteriores y ahora embajador volante Moratinos, había dicho de él que es un hombre extraordinariamente bondadoso, soñó que a éste le encargaban otra noble misión especial.

-¡Oh, bondadosímo Curro! –le decía el presidente- Necesito otro servicio de tu noble talante.

-Dime, dilecto presidente y dueño de mis destinos…¿Qué deseas de mí?

-Escucha, Curro…La Asociación de Hijos del Laicismo por la Ilusión me piden que destrone a los Reyes Magos y promueva  un Papá Noel de garantías para sustituirles…¿Quién mejor que tú para esa misión?…Conste que no lo digo por tus hechuras, que ciertamente casan a la perfección con la silueta clásica del bon hôme. Sino por eso, por tu bonhomie, tu inmensa bondad natural…¡Qué ocasión para seguir demostrando talante!

-¡Gracias, poderoso señor!- dijo el ex ministro con los ojos inundados de lágrimas antes de salir corriendo a comprarse unas barbas postizas.

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Lo siguiente es un trineo cargado de juguetes. Encima, el orondo Papá Noel vestido de rojo que es Moratinos recibe niños, les da un beso y  luego un juguete. A los pies del trineo, una cola de párvulos ilusionados espera su regalo, y el Duende está entre ellos. Todos son despachados con alegría y largueza por el ex ministro polivalente. Pero al llegar el turno del Duende, no sucede lo mismo: a Papá Noel se le tuerce el gesto. Se pone de pie, estira un brazo y apuntando con el dedo le expulsa de la cola de los bendecidos por su bondad.

-¡Fuera, chaval!- grita sin poder ocultar su ira- A ti ni un regalo, que siempre me has faltado al respeto…

Y el Duende se va con las orejas gachas, compungido, intentando recordar en qué le faltó alguna vez al nuevo papá Noël. Jo, qué mal sueño. Menos mal que estas son cosas poco importantes.


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