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Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

El Duende sí tiene quien le escriba

En este cenobio lleba cincuenta y dos años Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, un monje que escuchaba la radio...

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De mi consideración y respeto D. Luis y a la vez muy querido amigo, admirado como persona y artista y lo que es más, mucho más, carísimo hermano en Nuestro Señor Jesucristo.

Ya es noticia que uno le escriban. No que reciba envíos de bancos, compañías telefónicas, eléctricas, gasísticas, supermercados, pizzerías, restaurantes chinos y tarjetas de cerrajero, sino una carta escrita  probablemente en una Hispano Olivetti de los años cuarenta. Con una cruz en el encabezamiento, y el membrete de la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Tres caras de folio a un espacio: esa es la segunda sorpresa. En esta época en que ya nadie manda cartas, el Duende sí tiene quien le escriba.

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Cuando nació el Duende –ya piensa que lo de la radio le sobra al pseudónimo- pensaba que todas sus ocurrencias hertzianas lanzadas al espacio durante casi un cuarto de siglo eran juguetes a los que dio cuerda y escaparon de su voz sin saber a dónde llegarían.

Nadie emite un mensaje universal que sea interpretado de igual forma por quienes lo reciben. La misma boutade que a este le puede hacer reir, a aquél puede que le haga llorar. Unos la considerarán inteligente, otros zafia e inoportuna. Para determinadas personas, puede ser humor. A otras quizás les parezca más dañino que un tumor. El bloguero cree que en algunos momentos habrá resultado, como poco, irreverente. Pero, sorprendentemente, para Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, que ingresó hace cincuenta y dos años en la Trapa, ni las impostaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI son pecados de lesa religión. Más aún, hasta la burda caricatura de la clase de tropa eclesial le merece consideración. Su papel de P.Bonete me encantaba –escribe el monje- y me reía mucho, son dos grandísimos artistas los Sres. Javier Capitány Ud.

Al artista jubilado sólo se le ocurre apostillar: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo, V, 3-10)

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Un día, Julián García Candau, un veterano columnista deportivo de los no muchos que saben escribir con gusto, le dijo al Duende que había un paisano suyo que le seguía en la radio, y que suspiraba por unas fotografías suyas dedicadas. No era un paisano cualquiera: era un monje.

- Mi ilusión desde muy niño era casarme –dice en su carta el cenobita- tener una digna esposa y unos hijos, poseer una familia , un hogar, no en vano tuve una novia desde los 21, y luego reñí y tuve otra, desde los 21 a los 24, edad en la que me metí en la Trapa con una fuerte vocación, pues cuánto me costó dejar la novia y cuánto me lloró día tras día para que no me fuese, es lo que más me costó dejar…

El Duende le escribió, le mandó las fotos, y pidió su oración para que Dios le perdonara  las travesuras radiofónicas que pudieran  ofenderle. Fray Mª Vicente no sólo rezó por esas intenciones, sino que aquella Navidad envíó a la casa del Duende unos bricks de leche de las vacas abaciales y una caja de bombones de la Trapa.

Nunca imaginó aquel bromista radiofónico que su semilla pudiera caer en tierra tan fértil.

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Fray Mª Vicente es un fraile muy terrenal. Confiesa que aparte de las novias el fútbol es la única afición que yo he tenido en mi vida. Aunque luego matiza: también el circo, (por sus payasos).

 Pero todo lo dejó por el amor a Cristo, pues créame que sin Cristo en mi vida ya no sabría vivir, El lo es todo para mí, aunque me gustaba antes muchísimo oir la radio o transistor que me regalaron del cual gozaba mucho oyendo a Ud. y a D. Javier Capitán “El gran carnaval”, donde me moría de risa en mi celda y luego también me gustaba mucho oirles a los dos a las 8 de la mañana antes de empezar el parte, lo maravillosamente bien que imitaban a todos los personajes, recuerdo que Ud. imitaba al Caudillo Franco, que vamos, era el Caudillo mismo.

Muy terrenal, como les decía. En aquel cruce de cartas de la década pasada, aunque es natural del mismo pueblo castellonense de García Candáu, se declaraba hincha del Athletic de Bilbao. El bloguero le recordaba entonces su triste suerte de simpatizante del Atlético de Madrid, a lo que el buen monje le recordó que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria.  O sea que hasta los del Aleti, que tanto pecan de ira y de escepticismo en este valle de lágrimas, podrán sentarse a la diestra del Jefe.

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Cincuenta y dos años levantándose a las cuatro de la madrugada, rezando, trabajando en la huerta, haciendo chocolate, encuadernando, cantando laudes, vísperas, salves, angelus… Aislado del mundo, pero escuchando la radio. Ni una palabra en su carta de palabras como crisis, Europa, prima de riesgo, paro, depresión, pesimismo. Les deseo con todo mi corazón y con todo mi cariño tanto a Ud. como a toda su querida familia unas felices, alegres y santas Pascuas de Navidad y que el Niño Dios nos conceda un venturoso y fecundo Año Nuevo 2012 y nos mande sus dones y gracias santificadoras para que redunde en nuestra santidad.

La carta es un dechado de caótica ternura. Como de otro tiempo, como de otro mundo. Y confiesa Fray Vicente que espera contestación, porque de verdad, D. Luis, que me han encantado sus cartas, sobre todo la más larga, no me canso de leerla, porque yo también aprecio y valoro en usted…Ojos que no ven, corazón que exagera.

Pero bienvenido Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, para recordarle al Duende que hay vida más allá de la crisis y Navidad más acá de El Corte Inglés, quizás donde nos recuerden que no sólo de pan debería vivir el hombre. Y más aún en estos tiempos en que cuesta tanto ganarlo.

 

Espejos rotos

Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

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Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

-Hola buenos días, vecina.

-Por decir algo.

-¿Cómo te ves?

-Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

-No me digas.

-Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

-Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

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Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

-Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

-Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

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Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

- Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

Emoción y respeto del invierno

El invierno puede ser frío y hasta cruel, pero tiene su belleza y da mucho que pensar

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A veces no sabe uno a quién necesita para que le describa sus sentimientos. ¿Hay zahoríes, fontaneros, químicos, ingenieros forestales, jardineros del alma? ¿Hay quien pueda aislar las fuentes del estado de ánimo, y saber por donde fluyen los pensamientos y los deseos, y de qué sustancia se componen, y como arraigan en el corazón y le acaban preocupando, o alegrando, o incluso ilusionando, a lo largo del día?

-Nunca entenderé por qué siento lo que siento-se dice el Duende mientras ve en en espejo esa cara de penca de acelga cocida y fría que se le queda a uno el día después de la Navidad- Nunca seré capaz de describirlo.

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Podría sugerir que el despertar fue emocionante. Eran las siete, brillaba aún la última luna menguante del año en lo alto, y por poniente veía desde su cama el lomo de Gredos que se extiende hacia Extremadura cubierto de un velo blanco. Con el último temporal regresó la nieve a las cumbres. Y con el anticiclón, las escarchas al extenso valle que uno contempla a sus pies, la sierra Guadalupe al fondo y la primera luz dorada del amanecer acariciando a los campos ateridos que median entre una sierra y otra. El termómetro aquí, a setecientos metros de altitud, sólo marca tres bajo cero. En las zonas de la dehesa abierta, más bajas, seguro que serán cuatro o cinco grados menos, porque ahí el clima continental extremado carece de templanza, y no bromea.

Un café para terminar de despertarse. Una ducha caliente. Y luego, aún con la sombra del jinete de la noche alejándose por el horizonte, un paseo breve por el invierno que acaba de presentarse. Silencio. Sólo los tímidos trinos de unos cuantos pájaros –carboneros, mirlos, rabilargos- y el crujir de los propios pasos sobre la sábana de escarcha  que cubre la tierra lo rompen. Qué tesoro, el silencio de un despertar invernal en el campo.

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Y mientras pasea, quebrando con un palo el hielo de algún charco –no se puede dejar de ser niño en esas ocasiones- el observador siente que siente muchas cosas, y no sabe cómo interpretarlas ni mucho menos contarlas. La severidad de la naturaleza. La discreción de la fauna, que hay que ve lo que sufrirá en estas noches implacables, y que jamás protesta. La intuición de que, a pesar de todo, el invierno pasará, y ese escenario helado explotará en primavera  en un nuevo ciclo del milagro de la vida. Y, trenzadas con esas observaciones que, pese a sus años, aún le siguen sorprendiendo, las cuentas que, como en un collar, el tiempo va engarzando en su alma. Alegrías y esperanzas aleteando aquí y allá, como los pájaros de rama en rama. Gratitudes diversas. Preguntas sin respuesta sobe el sentido de la propia existencia. Inquietudes y dudas. Suspiros por los que ya no le acompañan más que en el recuerdo. Y, como extraña conclusión de todo eso, quizás por el cogito ergo sum, que le enseñó don Prudencio en quinto de bachillerato, la percepción agridulce de que la felicidad no va mucho más lejos.

El silencio, la paz, la belleza, la emoción de un día que amanece con sol radiante y nos reconforta. Podría ser más preciosista y sensiblero, pero, al final, lo que le inspira al Duende esta mañana de invierno es un respeto imponente.

El Ponton de la Oliva y otras maneras de ser feliz

Una vista del paseo, captada por el ingeniero feliz...

No le gusta al Duende su mirada pesimista de la vida. Le aburre, le desespera, le cabrea comparecer ante los demás con la careta del lamento o de la nostalgia. A vivir, que son dos días. Y más ahora, que va a ser Navidad, y que seguramente saldrá la Vicepresidenta Fernández de la Vega, tan salerosa ella, a felicitarnos las fiestas. Qué subidón.

Por eso de vez en cuando rebobina, lo piensa con detenimiento y se siente en el deber de refutar a Jorge Manrique recordando por qué cualquiera tiempo pasado no sólo no fue mejor, sino que fue notablemente peor.

Argumento nº 376. Si se ve con perspectiva, una de las grandes ventajas del presente es que te permite ser al mismo tiempo lo que eres y algo de lo que te hubiera  gustado ser. Eso no pasaba en la España donde apareció el Duende, tan previsible como el destino que nos habían reservado. Aquella aburrida burguesía en la que se crió, lo más exótico y pintoresco que hacía era  coleccionar sellos,  apostar en las carreras del hipódromo y, si era muy aventurera, subir a esquiar a La Bola del Mundo los domingos. Ahora ya apenas hay burguesía, y aunque los privilegiados de verdad siguen siendo los mismos, todo el mundo puede glasear su cruda realidad con almíbar de algún sueño y hacer su camino más feliz.

Ese es el caso de José Miguel García Ponte, un pedazo de ingeniero industrial de 1´90 de estatura que, ya en la edad madura, descubrió la música de Juan Sebastián Bach. Antes de ese feliz hallazgo, José Angel ya era pescador de paisajes, que capturaba compulsivamente con su cámara de fotos. Hace tiempo que descubrió que perderse por cualquiera de las infinitas patas de gallo de la piel de España es un placer  que, no por asequible, resulta menos gratificante. Ahora se ha decidido a recorrer también las trochas y vericuetos de la música clásica. El Duende le conoció en el concierto del pasado sábado de la Orquesta y Coro de la Capilla Real que, como todos los meses desde hace años, regala al pueblo de Madrid las Cantatas y Motetes de Bach en unas versiones de tanta calidad que podrían escucharse en Leipzig. Y gratis, por cierto,  como muchas de las mejores cosas de la vida. Al ingeniero humanista, el Viejo Peluca –asi le apodaba a Bach  Fernando Argenta- le sedujo tanto que repitió el domingo.

José Miguel levitó escuchando  a Bach. Acabado el concierto y una vez en tierra, le contó al Duende que a la mañana siguiente  iría de excursión al Pontón de la Oliva, uno de esos enclaves bucólicos protegidos de la voracidad del ladrillo que aún atesora la provincia de Madrid. Le invitó al Duende  y a otros melómanos a sumarse a la marcha. Y por allí, mientras caminaban a lo largo del curso del río Lozoya, se empaparon de naturaleza y disfrutaron caminando. Hasta tuvieron la suerte de ver corzos.

Qué maravilloso es asomarse, al menos, a  otras vidas como la de los músicos, los naturalistas o los exploradores. Fabiola, la mujer de Jose Miguel, también escribe cuentos por el placer de sentirse escritora, cosa muy explicable si se recuerda que tiene nombre de novela y de reina. Y habrá muchos más que son felices jugando a ser atra cosa que lo que son. Pese a lo que escribiera Jorge Manrique,  uno se queda parafraseando a Paul Éluard: hay otros mundos, pero están en lo que tú quieras imaginar que eres.

Lo que ha cambiado el cuento

Hasta los más inocentes cuentos se van maliciando con el tiempo...

1. Es un  guarda forestal de un  pequeño pueblo de Huesca, pero se confiesa autor de la muerte del alcalde para liberar a sus vecinos de toda sospecha. Luego resulta que dice que no lo mató. Y entretanto desvela una oratoria más propia de un político con estudios que de un campesino. El crimen no es de los nuestros. Más que recordar Fago este hombre y este caso  remiten a Fargo.

2. Es el representante del Estado en Cataluña. No sabe cómo sería su Cataluña independiente. Sí sabe que, si lo hubiera sido cuando su familia se asentó allí, él jamás hubiera llegado a ser presidente de la Generalitat. Se supone que suscribe la Constitución. Pero no tiene inconveniente en recomendar que se haga la vista gorda si el Tribunal que la interpreta y la aplica decide algo que no le gusta. Versión vernácula de la Ley del Embudo: lo ancho para mí, lo estrecho para ti. En su pueblo y en otros pueblos de España lo dirían más a lo bestia: quiere tener el sueldo del geneal y la verga del teniente.

3. Son las luces de Navidad de Barcelona. Entre ellas, las clásicas felicitaciones. Primero, en catalán: Bon Nadal. Y luego en muchas otras lenguas. Menos el castellano. Carod Rovira insiste en que Cataluña no se siente a gusto en España. Todo lo contrario que el resto de los españoles, realmente sorprendidos por lo encantador y bien educado que es el alcalde de la Ciudad Condal.

4. Es la Comunidad Autónoma de Extremadura. Una pedagoga ejemplar consigue que se apruebe un presupuesto para que los adolescentes aprendan a masturbarse. La AOA (Asociación de Onanistas Autodidactas, a la que pertenece toda la generación del que susccribe) pedirá que le compensen por todo lo que hemos ahorrado a la Hacienda Pública siendo tan listos.

5. Es el Parlamento de Cataluña que contrata a un traductor de catalán para que traduzca su discurso a unos visitantes nicaragüenses. Podría haber hablado en castellano, lengua que usan y entienden ambos. Pero en ese caso hubiera ahorrado unos miles de euros al contribuyente, premisa que ningún político con futuro debe tener en cuenta.

6. Es el fantasma de Cneo Escipión, guerrero romano que conquistó Hispania. Aprovechando que un diputado del PSOE granadino ha presentado una proposición para que España indemnice a los descendientes de los moriscos expulsados hace cuatro siglos, se ha plantado ante ZP y le ha dicho: AVE, ZAPATERUS…¡AFLOJAT MOSCAM! Se calcula que, al grito de maricón el último, no tardarán en presentarse también los fenicios, los iberos, los godos, los árabes y hasta las tropas napoleónicas, todos ellos barridos sucesivamente del suelo patrio. Se les pagará a todos, con cargo al déficit. El talante es el talante, dice ZP. Además… ¿qué es una raya más para un tigre?

7. Por último, el Concurso de Tortilla Española que ha ganado un bar de Bilbao. Francesa, la tortilla de huevos. Española, la tortilla de huevos con patatas. Siempre fue así. Pero la ortodoxia nacionalista no puede mentar la bicha. El ganador no quiere que se diga que la suya es la mejor tortilla bilbaína,  ni vizcaína, ni vasca, porque ha concursado con cocineros de todas las autonomías. ¿Solución? La que dicen los carteles: Este bar ha ganado el Concurso de la Mejor Tortilla Estatal. Con dos huevos.

A menudo el Duende mira a su alrededor y se siente extraño. Piensa que para qué le educaron, si el sentido común parece tener cada día menos sentido. Se siente como el lobo del viejo y grosero chiste de Caperucita. ¿Dónde vas, Caperucita? –pregunta el Lobo.  Al arroyo, a lavarme el chichi- contesta Caperucita airada. ¡Jo! –piensa el Lobo- ¡Lo que ha cambiado el cuento!

Una tentación invencible

Algunas tentaciones vienen tan protegidas que cuesta mucho trabajo llegar a verlas así...

Algunas tentaciones vienen tan protegidas que cuesta mucho trabajo llegar a verlas así...

Se la encontró en el supermercado y no supo esquivar su atractivo.

Angelín era un hombre educado en la austeridad y el sacrificio, y no cedía fácilmente a la tentación. Cuando era niño, estaba tan convencido de que el placer fácil equivalía a pecado, que ni miraba los libros de mujeres desnudas que se empeñaba en enseñarle  su amigo Pin Caporte ni se detenía en la pastelería de Elvirita.

-Eres tonto –le decía Pin- Si las mujeres desnudas fueran pecado, ¿qué le hubiera costado a Dios  vestir a Eva? Y sin embargo en todos los paraísos terrenales de los cuadros, ya la ves: en pelota.

Elvirita era casi una jamona, y aunque no iba tan ligera de ropa como Eva, no tenía el menor reparo  en despachar mostrando un osado escote con canalillo incluído. Pero más aún que sus carnes, resultaban irresistibles sus wambas rellenas de crema. Como el catecismo del padre Ripalda no decía nada de que soñar fuera pecado, Angelín dibujó en un papel una wamba de crema, la silueta de una mujer desnuda y el nombre de Elvirita, y todas las noches lo metía doblado bajo su almohada esperando que le provocase su sueño favorito.

En su sueño favorito, él miraba  una película del oeste por la tele –aún en blanco y negro- mientras  a su lado Elvirita, desnuda, le ofrecía en una bandeja un inagotable surtido de wambas de crema. Entonces Angelín desviaba la mirada de Tom Mix a Elvirita, y se inflaba de wambas mientras escudriñaba con la mirada el cuerpo de la pastelera. En realidad el sueño nunca apareció. Cuando en el papel, arrugado de puro viejo, se habían desdibujado la wamba, la silueta de la mujer desnuda y el nombre de Elvirita, Angelín hizo un burruño, lo tiró a la papelera y se juró a sí mismo que no cedería jamás a la tentación.

Pero ahora ya era un tipo maduro y solitario, y había algunas delicias que le seguían engolosinando. Esta, por ejemplo, le solicitaba desde que se vieron en el supermercado. Ya se adivinaba la Navidad, los comercios se abastecían de tentaciones y su corazón se mullía de sensibilidad.  Acércate –sintió que le decían- Ya te has resistido bastante, y bien mereces una recompensa. Llévame a tu casa y disfrútame a placer…Carpe diem, pringao.

No se pudo resistir. Se la llevó a casa dominando apenas su ansiedad. Pero cuando llegaron y se vieron a solas, dio rienda suelta a sus instintos más bajos y se precipitó sobre ella para arrancarla violentamente, como en las películas,  el traje que velaba su cuerpo. Angelín forcejeó inútilmente. No había manera. Primero un vestido que se sabía cómo desabotonar, luego una especie de camisa de fuerza imposible, más abajo una lencería impenetrable… Fuera de sí, se dirigió a la cocina, cogió el cuchillo jamonero y la emprendió a cuchilladas  con esas defensas que velaban el objeto de su deseo.  Hasta que, al fin, pudo verla desnuda y tendida  ante él. Cómeme toda, si es ese tu deseo-parecía susurrarle débilmente…

Y a fe que lo hubiera hecho con mucho gusto si, a esas alturas del sueño, la escandalera  no hubiera alertado a la Brigada de Actuación  Urgente ante la Violencia de Género. La cual  derribó la puerta y se topó, estupefacta, con un hombre desesperado que sólo había intentado abrir y probar una barra de turrón de Jijona. Con sus almendritas, su miel y su huevo perfectamente mezclados, sí, con su sabor de rey de los turrones, sí,  con esa melosidad que distingue a los placeres  más exquisitos, sí. Pero envasada  con un blindaje que no podría deshacer ni el mismísimo Fredy Krüger después de haber afilado sus garras en una fina acería albaceteña.

Pendientes del Oscar de Pe

penelope_cruzHagamos historia. La tía Clota tenía sus ahorros en una agencia bancaria. Su joven director -un hombre, por supuesto, encantador- le convenció de que abriera en su oficina una IPF y se beneficiase de una cubertería de plata a precio increíble. Años después la tía Clota se casó con Oscar, un viudo del Condado de Rutland, en Vermont. Oscar era un agricultor que había hecho fortuna. Vivieron felices quince años. Luego él murió, y ella se quedó desconsolada, pero rica. Entretanto, su banquero de confianza había dejado la banca comercial y vendía fondos de inversión. Era uno de los minúsculos tentáculos de un tal Madozz.

El día de Navidad de 2008 la tía Clota, convenientemente arruinada por aquel encantador geta, acababa de colgar el teléfono después felicitar a Homper, su único sobrino, bastante rarito, por cierto. La anciana se aprestaba a celebrar la Pascua con una sopa y un panettone. La nieve cercaba su casa de Tinmouth. Estaba triste: se veía  pobre y, sobre todo, sola. Se oyó el ruido de un coche todo terreno y alguien llamó a la puerta. La tía  Clota abrió y se encontró a su banquero de siempre que, arrepentido de sus fechorías, acudía a compartir con su clienta arruinada un espléndido almuerzo de Navidad  que él mismo había preparado y traía en el maletero de su coche.

-God bless you-le dijo emocionada.

A la tía Clota el detalle le iluminó la Navidad.  Atendió a su visitante como si fuera el hijo que nunca había logrado tener. Se emocionó con su gesto. Y al final estaba tan acongojada por haberse arruinado y arruinar así la carrera de aquel joven, que le acabó regalando la misma cubertería que él le vendió.

-Te hará mejor servicio que a mí, hijo-le dijo al despedirse con lágrimas en los ojos- ¡Feliz Navidad!

Cuando les contó a sus amigas Thelma y Edwina esta historia ellas no se lo creían. Las tres se disponían a ver por la tele la noche de los Oscar, que era el planazo del año. A Clota le emocionaba particularmente, porque la famosa estatuilla llevaba el mismo nombre que su difunto marido. Edwina y Thelma estaban pendientes de Brad Pitt y de Benjamín Button, les gustaba la película y el actor. La tía Clota deseaba, sobre todo,  que ganara el suyo Penélope Cruz.

-Fijaos-les decía a sus amigas- Hija de un ferretero de Alcobendas que llega a ser una estrella de Hollywood…¿No es eso una historia de cine?

Las amigas de tía Clota sonrieron. A ellas les gustaba el cine porque la fábrica de sueños glaseaba de azúcar las amarguras de su vida. Pero pensaban que el almuerzo de Navidad de Clota con su banquero seductor tenía más gracia que la de Benjamín Button o la de esa película con título de telegrama que es Vicky Cristina Barcelona.

Del cumpleaños de Mingote y otros milagros

Bendita esclavitud de la que esperamos disfrutar muchos años más...

Bendita esclavitud de la que esperamos disfrutar muchos años más...

La noticia del sábado es que Antonio Mingote cumplía noventa años. Antonio es un señor español de origen aragonés, pero nacido en Sitges, de los que de verdad saben de la vida. Bonancible, sereno, humilde, de una ironía tan fina como el filo de una navaja albaceteña que, sin embargo, no hiere, aún pasea por el Retiro . Cuando el Duende inició sus travesuras en Clarín Publicidad aquella empresa presumía de haberlo tenido en su plantilla (también trabajaron allí  Borau y Cruz Novillo: sin duda no era una agencia vulgar). Muchos años más tarde lo conoció personalmente, a él y a Isabel, su mujer, Isabel, una mujer guapísima y elegantísima que le da cuerda. Cuando veía esta Navidad el spot de un perfume de Loewe donde aparecen hombres movidos como los juguetes de hojalata antiguos, el Duende imaginaba a Isabelita dando vueltas todas las mañanas a la llave invisible que el buenazo de Antonio lleva a la espalda. Él es más tranquilo, y seguramente, se quedaría en casa más tiempo. Pero Isabelita es carpe diem con encanto, y no le deja renunciar a lo mucho que la vida le ha devuelto a Antonio. Él se deja llevar y sonríe con resignación.

El más original y discreto académico de la Lengua es un encanto de persona. Ha dibujado todo, ha escrito, ha pintado –el Duende descubrió asombrado en una sala de subastas un falso Van Gogh que llevaba la firma de un Antonio Mingote jovencísimo- y hasta en  la película La colmena, aquella obra maestra de Cela que Mario Camus plasmó tan dignamente en el cine, hacía de cliente de una casa de citas. Afortunadamente el guión no exigía el desnudo, lo cual a la tía Clota le tranquilizó.

-No sabes la angustia que sentí cuando pensaba que un hombre tan elegante como él iba a enseñar sus calzoncillos, como los actores de ahora-le contaba a Homper en su llamada de la semana-Pero sigue siendo el de siempre, me alegro…

La tía Clota dijo también que es una pena que desapareciera el perrito de Xaudaró, que también le hacía mucha gracia. Y las películas de Harold Lloyd y de Buster Keaton. No es que esté contra el humor actual, es que no lo entiende, y por eso sigue idolatrando a Antonio Mingote.

-Me encantaría que fuera muy feliz en su aniversario-dijo.

-Si, tía-respondió Homper sin demasiada convicción mientras recortaba del periódico un anuncio por palabras en el que ofertaban una vieja máquina de hacer cigarrillos.

-Te noto distraído-le reprochó la tía Clota-¿Es que para tí cumplir años no significa nada?…

-No mucho, tía. Lo veo como un trámite biológico. Uno va haciéndose mayor y acumula años, y ya está. No tiene más trascendencia. Es como cuando adviertes que te han crecido las uñas. Bueno, pues te las cortas y ya está. Hasta el próximo año.

-Qué poco romántico, sobrino-rezongó la tía-El último día de mi cumpleaños, soñé que, al despertar, estaba al pie de mi cama a un ángel guapísimo uniformado como un camarero del Ritz…Imagínate, por ejemplo, a Paul Newman. No le hacen falta ni alas.

-Si, tía.

-Empujando con una mano, el carrito del desayuno: su café, su zumo, sus panes especiales, sus mermeladas exquisitas…Un termo con chocolate y roscón, que fuera de temporada aún me sabe mejor.

-¿Todo eso?

-Y en la otra mano-seguía la tía Clota-una pequeña cesta redonda envuelta en papel transparente y rematada por un lazo precioso conteniendo cinco pares de medias, un perfumador y una caja de esas deliciosas Moscovitas que hacen en Oviedo, y que son mi debilidad…

-¿Estaba el ángel en su sano juicio?-preguntaba Homper mientras miraba de reojo las esquelas del día.

-Pues sí me lo pareció, sobrino-replicó la tía Clota mosqueada-Además, te diré que se arrodilló, y me pidió que le mostrara una pierna para probarme la talla de las medias…Me dijo que me quedaban estupendamente, que tenía unas piernas tan bellas como las de Cyd Charisse y que había venido a felicitarme para demostrarme que no hay que cerrar nunca las puertas a la sorpresa.

Homper estaba de morros y se empeñó en chafarla, pero ella dijo que seguía soñando, y aún no sabía cómo acabaría la historia. Y la cosa es que, pese a su escepticismo, el sueño de tía Clota prendió en él. Y el día de su cumpleaños también soñó lo mismo, salvo que el ángel que se le aparecía era un híbrido de Fraga y de Fernández de la Vega, y los calcetines de esos con elástico flojo que acaban engullidos por los zapatos. Y una vez más, Homper se quedó perplejo comprobando que, hasta en sueños, Dios premia a los buenos como Mingote y la tía Clota y castiga a los que, sorprendiéndose de casi todo, no creen que la vida aún puede darte sorpresas casi milagrosas…

Diván el amable

Largar y largar en el diván para sanar el alma...

Largar y largar en el diván para sanar el alma...

-Pues es verdad que eso de largar y largar tus problemas alivia las penas-le dijo la tía Clota a su sobrino Homper.

Ya andaba mal desde que enviudó de Oscar, el granjero de Vermont. Pero a partir de aquel nefasto día de Navidad en que el mismo asesor financiero que la había arruinado  le rapiñó su cubertería de plata, la tía Clota estaba tan decaída que su amiga Edwina le aconsejó ponerse en manos de su psicólogo.

-Para los americanos el psicólogo y el psiquiatra son como Dios -le decía a su sobrino-Así que le hecho caso a Edwina y ahora me desahogo ante el tío Jacob, que no es ni lo uno no lo otro, pero se parece a Freud y me escucha todo lo que le cuento sin cobrarme un solo dólar.

En realidad el tío Jacob era sólo un retrato en forma de medallón que colgaba en el salón. Había sido el padrino de Oscar, el marido de la tía Clota y sobrino suyo que a esas horas, como él,  descansaba en la paz del Señor. La tía Clota se tumbaba en el diván debajo del retrato y le abría el alma. El tío Jacob se parecía, en efecto, al creador del psicoanálisis, y aunque no decía ni una palabra -los cuadros no hablan- le servía de consuelo a Clota.

-Me he liberado, Hom-le confesaba-Le he contado que de joven me enamoré de un guardiamarina del Ferrol. Un día, paseando por la playa descalzos, pisé un erizo medio enterrado en la arena y él me quería tanto que sacó todas las púas con los dientes. Mordía una púa, la sacaba, besaba el pinchazo y la herida dejaba de dolerme…El tío Jacob, al escucharme, ni siquiera torcía el bigote…No lo dudes, hijo. Si has perdido las ilusiones y estás decaído,  cuenta tus problemas al psicólogo…

Homper recordaba este consejo mientras con los dedos de sus manos tocaba la punta de sus pies. Así hacía saludables ejercicios  de gimnasia sueca, al tiempo que probaba que las presillas de los tirantes que le había traído un amigo de Suecia eran más fiables que las de los tirantes nacionales, que saltan cuando les parece. Homper jamás había ido al psicólogo. Pero aquella mañana concurrieron dos hechos significativos. De una parte, el guacamayo jacinto que había en la elegante jaula decimonónica del salón de la casa de enfrente había desaparecido. No podía haberse muerto, porque ya lo estaba de antemano. Y no podían haberle sacado de paseo, porque nadie pasea con una momia de loro. El no saber qué había sido del guacamayo jacinto le descentró. Y, cuando al flexionar la cintura y tocar la punta de sus pies por enésima vez le saltó una de las presillas traseras de los tirantes, comprendió que tanta desazón sólo sería curable en el diván del psicólogo.

Y acudió al de su amiga Crisatina.

Crisatina era una psicóloga tan rápida y tan espontánea que ni siquiera se detenía a corregir su nombre cuando al escribirlo precipitadamente en el ordenador le sobraban o le faltaban letras. En realidad se llamaba Cristina, pero unas veces le salía Critina, otras Cretona, otras Crestina, otras Crisanta e incluso una vez firmó como Crisolinfa Paladiana, que es la metáfora de Eugenio D´Ors para denominar al aceite (líquido de oro de la tierra). Cristina mantenía que para curar los males del alma había que ser sincero y natural, así que Homper se tumbó en su diván y no le anduvo con rodeos.

-¿Tienes idea  de la causa por la que las presillas de los tirantes actuales saltan a las primeras de cambio?-preguntó Homper

Crisatina se llevó el lápiz a los labios  y puso cara de pensar la respuesta.

-No-respondió.

-¿Crees que de la desaparición de un guacamayo jacinto disecado en la casa de enfrente tiene relación con la crisis económica, con el cambio climático, con el desasosiego existencial? ¿Puede presagiar el fin del mundo?

-No tengo ni idea, pero más bien pienso que no.

Homper suspiró.

-Bueno, pues ya que no me aclaras estas y terribles dudas, te diré que eres muy guapa y muy simpática, y que con sólo decirte eso ya se me esponja el alma.

A la tía Clota le pareció que su historia con el guardiamarina tenía más enjundia. Pero ambos se congratularon de haber encontrado divanes amigos donde apacentar sus inquietudes.

Otro sinvivir a cuenta del tupper ware

La pobre perrita Bengala, a la que no le permiten probar los espaguettis con setas...

La pobre perrita Bengala, a la que no le permiten probar los espaguettis con setas...

-A nuestra edad- dijo Benito en la tertulia de Homper- uno puede perder el sueño por cualquier cosa.

Y contó que se había quedado solo en la casa de campo. Matilde se había ido a hacer compras de Navidad a la ciudad. Así que en ausencia de su queridísima esposa, que no le abandonaba casi nunca, se cocinó unos estupendos espaguetis con setas y se los comió tan ricamente. Calculaba mal las raciones, de tal manera que le sobró una buena parte del guiso que, como había visto hacer, se dispuso a guardar en ese invento que llaman tupper ware.

Cuando abrió la alacena donde se guardaban los tupper ware se volvió loco. Por una parte estaban los envases, de muy distintas formas y tamaños. Por otras las tapas. Cogió un envase rectangular en el que creía que cabrían los espaguetis sobrantes, y los puso en él. Buscó la tapa. Inútil: se había perdido. Indignado, buscó de nuevo otro tupper que se aseguró que tuviera tapa y los depositó en él. Luego pensó que con tanto cambio los espaguetis estarían hechos una birria, y en lugar de guardarlos decidió ofrecérselos a Lolita, la vecina, pensando que su perrita Fox Terrier se los comería encantada de la vida.

-Oh, lo siento-dijo Lolita sonriente- Bengala sólo toma pienso.

Avergonzado, si no indignado también con la vecina tiquismiquis- vaya chorrada de nombre lo de Bengala, aunque la culpa era al fin y al cabo de los que no ponen tapa al tupper- tiró los espaguetis a la basura y llamó a Matilde.

-Es bastante lógico que me enfade-ironizó – Las tapas se inventaron para que taparan frascos, cajas y contenedores como éste. ¿Por qué demonios los guardas sin tapa?

Matilde dijo que, si no se guardan sin tapas, los tupper ware siempre conservan el olor del último alimento almacenado.

-Puede que tenga razón -le dijo Homper a Benito.

Y cuando volvía a casa después de la tertulia, Homper cayó en uno de esos procesos neuróticos a los que frecuentemente le conducen las dudas. ¿Qué es peor? -se preguntaba-¿Perder el tiempo buscando la tapa de un tupper o correr el riesgo de que las croquetas de anoche acaben sabiendo a los callos del lunes?

Tenía razón Benito. A determinadas edades, cualquier duda te mantiene en vilo más allá de la madrugada.

La gracia de los “caganers”

Apareció por la zona centro el otoño, se trajo algún modesto temporal del Atlántico, espolvoreó de nieve las cumbres y hasta luego, Lucas.

Entretanto eligieron a Obama, se reunió el G-20, mataron a Alvaro Ussía, discutieron en el Congreso por la placa de la madre Maravillas, los fabricantes de automóviles se rasgaron las vestiduras, detuvieron a algún criminal etarra, se abrieron llagas en el Real Madrid y hasta se han encendido las primeras luces de Navidad. La vida sigue.

Un digno "caganer"er, bastante más gracioso que los de moda...

Un digno "caganer", bastante más gracioso que los de moda...

En Cataluña, los artesanos han renovado su parque de caganers para los nacimientos. Ya no están sólo los Príncipes de Asturias y Raúl en esa indecorosa posición. Como apunta el maledicente refrán, caga el Rey, caga el Papa y nadie sin cagar escapa: si eres alguien te ponen a defecar junto al pesebre. Hace días que no sabía de Homper, el Hombre Perplejo, pero el Duende se lo encontró menudeando por la calle de Arenal de Madrid, que ahora es medio peatonal. Traía la noticia recién vista en el telediario, y llevaba los ojos cuadrados y la boca abierta.

-Oye, ¿tú sabes por qué confunden el ingenio con el mal gusto?

Y relacionaba la presunta gracia de los caganers con los barrigones y gordas de las fallas. Una larga tradición de estética feísta que a unos les causa hilaridad y a muchos les pone los pelos de punta.

-Un hombrecillo discreto aliviándose junto al molino o a los pies del castillo de Herodes, pase-añadió- ¡Pero esos horribles caganers que tratan de parecerse a gente famosa!…

-No te preocupes- le dijo el Duende- Puede que ese mismo pueblo que ahora aplaude a la nueva legión de caganers luego se arrodille bajo la cúpula de Barceló en Naciones Unidas.

La cúpula corona ese hallazgo voluntarista que llaman Alianza de Civilizaciones. Algunas de las cuales, por cierto, lo serían más sin esa empanada mental en lo que consideramos como buen gusto.

Desde el palomar del Duende, frente a la fachada imperial de Madrid, y con una espesa cortina de árboles de por medio, la luz dorada compone todas las tardes una hermosa estampa otoñal. Noviembre seco y soleado que evoca pinceladas de Beruete. Llevamos muchos días seguidos de grandes noticias, no todas buenas, y algunas muy zafias. En cuanto falte material, ya verán, los medios volverán a hablarnos de la pertinaz sequía.

Beethoven con polvorones

La crisis empezaba a hacer mella a su alrededor. Algunos amigos ya sabían lo que es madrugar para hacer cola en las listas del paro. Y aunque él procuraba seguir la máxima de necesitar pocas cosas -y las necesarias, necesitarlas muy poco- no conseguía sustraerse al ambiente de decaimiento general.

De repente se confiaba en que el Mesías, más que nacer para redimir nuestros pecados, redimiera este año las cuenta de resultados. Y aunque milagrosamente aún no era Navidad en el Corte Inglés, los supermercados ya se habían llenado de productos típicamente navideños.

-No todo van a ser malas noticias-se dijo Homper mientras llenaba la cesta de la compra- Ahora, puedes prescindir de esa filfa que se vendía como Surtido navideño.

Homper se sorprendía de que el Defensor del Pueblo no recibiera cada año miles de quejas por los variados horrores confiteros que se perpetran en nombre de la Navidad. Con lo ricos que son los turrones y los polvorones de siempre. Pero ni eso se libra del perpetuo afán del hombre por innovarlo todo. Bill Gates se empeñó en dar otra vuelta de tuerca al negocio y para sustituir al Windows XP impuso el Vista, que más que facilitarnos la la vida a los megatorpes nos la quiere hacer imposible. Los obradores de polvorones quisieron mejorar el tradicional estepeño, harina, manteca, almendra y ajonjolí, y lo han estropeado agregando sabores y vistiéndolos como si fueran vedettes del Folies Bergére. Pasen y vean, mantecados y polvorones de limón, de chocolate, de coco. Envueltos en fucsia, en plata, en oro y en lamé. Pues no señor, Homper es miembro de la SAPOTOV (Sociedad de Amantes de los Polvorones de Toda la Vida). Y a mucha honra: los experimentos, como recomendaba Eugenio D´Ors, con gaseosa.

Pero ahora, en los supermercados, puedes elegirlos uno a uno, y hacer tu propio surtido al gusto. De tal manera que Homper salió de la compra encantado de evitar los rellenos, las delicias, las marquesitas y otras golosinas intrusas que horterizan la Navidad. Dio la casualidad, además de que de repente llegaran a sus oídos los acordes de la Sonata a Kreutzer de Beethoven. Venían de una ventana de la casa vecina. Ya lo había notado otras veces, debía de vivir en ella un pianista-o una pianista:hay oídos que detectan el sexo del ejecutante por la calidad de las pulsaciones. Qué maravilla, se decía, algún día me quedaré a escuchar la pieza completa.

Y aquel día que tenía tiempo y que estaba tan contento por su elección se sentó en un banco al sol, posó su bolsa de la compra,  y se detuvo a escuchar el piano mágico de Beethoven interpretado por el pianista sin nombre mientras lentamente degustaba el primer polvorón de la temporada. Ni el fragor del tráfico urbano enturbiaba ese insólito, pero delicioso momento de solaz.

Quiso la casualidad que cuando el finale presto de la delicadísima sonata destila sus últimas notas, el bacalao congelado que junto con otros productos básicos acompañaba a los polvorones empezara a gotear. Lo cual sirvió de despertador a la conciencia de Homper. Mal que le pesara, estaba perplejo esta vez de haber caído en el insolidario pecado de vivir un rato de felicidad cuando tantos, en tantos sitios, lo están pasando tan mal.

¿Por qué matamos lo cursi?

(Foto de Leopoldo 2006)

Apareció en el estudio Juan Adriaenssens con una bolsa cargada de regalos de Navidad, sacó un diminuto paquete y se lo entregó al Duende. Esto no es para ti -advirtió- sino para doña  María. Dentro había un diminuto reloj de mesilla de noche  incrustado en un  caballito balancín paticorto  hecho de acero, y con las crines, la cola, y los bastidores sobredorados. A doña María le emocionó, y el Duende lo mira todas las mañanas al despertar. En otro tiempo, lo hubiera adjetivado como una preciosidad, ahora quizás no llegue tanto, porque le daría vergüenza.

  Juan es un polemista vehemente, culto, refinado y borde o encantador, según le peta. Puede pasar del lirismo más delicado a la furia Zeus tonante en segundos. En sus gustos estéticos no es menos hiperbólico. Levita ante un Cristo de Berruguete a pesar de ser ateo convicto, y a continuación  eleva a la categoría de novena maravilla del mundo a La Cúpula, un centro comercial al norte de Madrid con columnas de lapislázuli y arabescoss que, según los que lo conocen, parece la orgía arquitectónica de un maharajá enloquecido. La apoteosis del kitsch. Pero para Juan hay tanta belleza en la austeridad del románico o en el minimalismo posmoderno como en el manierismo de lo que se conoce como lo cursi.

 Juan Adriaenssens regalaba a doña María, pero en realidad mataba dos pájaros de un tiro. Pues aunque el Duende ha depurado sus gustos, suele perderse a menudo en los bazares chinos y extasiarse  en su galería de lindezas inenarrables. Aquí, encerrada en una urna de cristal, una virgen iridiscente en una gruta de la que manan chorritos de agua que, traspasados por un haz de luz, componen una cortina celestial. Allá, lo que parece un canario disecado sobre un pedestal que, con sólo apretar un botón, cobra vida y embriaga con sus trinos. En el estante de al lado, una carroza de porcelana que en realidad es una sopera palaciega. Todo aviva el rescoldo de lo que, a primera vista, nos parecía bonito y de buen gusto. Luego vino la educación y nos lo borró del código de valores. Aunque hasta Jacinto Benavente escribió de lo cursi, esto quedó desde hace tiempo para horteras y gente inculta.

 Y en eso estábamos cuando despertó el Duende y vio a Dorothy Malone besándose a tornillo con Kirk Douglas en El último atardecer, un western maravilloso de los muchos que pasan en la sobremesa de Telemadrid.  Excelente programación para esas horas, lástima que le quieran robarle la siesta a uno. La Malone, con sus espléndidos  ajos azulísimos, era, con excepción de Kim Novak, quizás la más cursi de las rubias de la época dorada de Hollywood. Sólo verla se  adivinaba a su alrededor la fragancia empalagosa de un pachulí que embelesaba y hacía aún más irresistible su encanto ligeramente perverso. Siempre  estuvo impecable en sus papeles, especialmente en esta película y en Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk, uno de esos melodramas que los cinéfilos consideran de culto.

 Aún frotándose los ojos, el Duende quedó estupefacto contemplando el beso de Dorothy Malone, odió a Kirk Douglas y se preguntó por qué la moda ha orillado tan estúpidamente el innato gusto por lo cursi que todos llevamos dentro. Con lo bonitas que son las cosas bonitas…

 

Cosas que hacer en viernes santo

Semana Santa en MadridViernes Santo en Madrid 

(Foto de Zokete

Una planificación a contrapelo le ha permitido al Duende disfrutar del viernes santo en Madrid. Soledad, descanso, meditación, música. El ritual le obliga a buscar en su discoteca los tesoros del Viejo Peluca, como afectuosamente le llama nuestro imprescindible Fernando Argenta. No es nada original: de la misma forma que las orquestas programan  El Mesías handeliano por Navidad y La Pasión según San Mateo por cuaresma, él alimenta su rescoldito religioso siguiendo el mismo esquema. Hace un par de años, en una liquidación de  grabaciones de orquestas rusas o centroeuropeas que de cuando en cuando aparecen por ahí, el Duende completó sus pasiones bachianas con las de San Marcos, San Lucas y San Juan. Si John Coltrane y Pedro Iturralde no suministran suficiente dosis de divinidad -alguno de nuestros amigos comentaristas levitan escuchándolos- el Duede se permite recomendar especialmente la de San Lucas.

Los familiares y amigos del Duende respetan escrupulosamente la festividad del viernes santo. Telefónica, la amable señorita que vende tarjetas o planes de pensiones para el Banco de Sabadell y que, sin duda sin mala intención, acostumbra a llamar a la hora de la siesta, también. El móvil, cómplice del silencio que antaño nos imponían en este día, no dice ni pío. De modo que uno aprovecha para abordar esos asuntos pendientes que siempre quedan pendientes. Por ejemplo, romper papeles y ordenar libros. Y aquí  descubre uno puntos oscuros de su pasado, y retos difíciles de asumir para su siempre riguroso sentido de la responsabilidad.

Choix de nouvelles modernes  es un librillo alemán editado en 1898 por Velhagen & Klashing, y reproduce cuentos de autores franceses como Alfonso Daudet. ¿De dónde ha salido este libro? ¿Por qué para en esta modesta biblioteca, si no hay  antecedentes alemanes en la prosapia del Duende? Las Máquinas agrícolas, en dos volúmenes, es una guía de los adelantos tecnológicos que podían ayudar al agricultor…¡el 1899!. Los firma M. Ringelmann, director de la Estación de Ensayo de Máquinas Agrícolas de París. El Método Cortina para aprender inglés, con un prólogo de Emilio Castelar, es un precioso volumen encuadernado en tela y con estampaciones en oro que demuestra la obsesión de alguno de los ancestro del Duende por aprender la lengua de Shakespeare. Este es moderno: está editado en 1920. The arts of Japan, publicado en la preciosista colección Little Books on Art, otra perlita de 1906 que luce mucho en la librería por su coqueta presentación, obedece sin duda a las inquietudes artísticas de la madre del Duende, que pintaba, tejía alfombras y escribía poesía y cuentos surrealistas. Mal le deja sin embargo el ex libris estampado en el volumen, pues éste era el nº 1027 de la Biblioteca de Bellas Artes de Antonio Canovas y Vallejo. Si alguno de los herederos de este bibliófilo lo reclama, el Duende reparará encantado el desliz de su madre restituyéndolo a su legítimo propietario. Ella lo hizo, sin duda, por amor al arte. Más preocupante aún es una Breve historia del lanzamiento y el tiro editado por la fábrica de armamento Oerlikon Buehrle & Cía. Contiene una prolija explicación sobre materiales explosivos. Si no tenemos antecedentes militares en la familia…¿quién de los predecesores del Duende quiso emular a Mateo Morral?

Desgraciadamente, a los hijos de la galaxia Gutemberg nos enseñaron que cualquier libro es un objeto de valor. Y al Duende le falta precisamente eso, valor, para deshacerse de estos libros La pregunta es por qué si se establecen Puntos Limpios para recoger los aceites fritos, no se crean otros Puntos de Depuración Cultural donde uno pueda entregar estas extrañas herencias y librarse del peso de ser su  inútil custodio.

Agobiado por tal responsabilidad, y a pesar de lo anunciado días atrás, se va de procesiones por la tarde luminosa y fría de Madrid. Ve la salida del Cristo de los Alabarderos, dignamente escoltado por la Guardia Real, se encuentra con el  Divino Cautivo, y se planta en la calle Toledo para ver pasar a María Santísima de los siete Dolores una dolorosa tan guapa y bien ataviada como las que causan pasmo en Sevilla. No desfila en olor de santidad, ni del sahumerio, sino de la fritanga de calamares de las tascas circundantes. Da igual, la corteja una banda primorosa, y la buena música lo refina todo. El Duende se calla lo de ¡guapa, guapa!, pero, en su escepticismo, admite el pellizquito de la semana santa.

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