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Más milagros, que es Navidad

 Observa con alivio y preocupación el Duende que el último post, subido el día de Navidad, ha cosechado veinticuatro comentarios. El alivio es que el propio diario EL PAÍS -como se sabe, perfecto hasta en su versión digital- confiesa que en estos días festivos su noticia más visitada sólo ha conseguido unas doce mil entradas, cuando normalmente pasa de las doscientas mil. Uno en proporción consigue una más alta tasa de fidelidad. La preocupación viene de que le ronda el fantasma de la molicie. De repente, por unos días, se podía pasar sin escribir. Divinamente.

 Más correcto sería decir que no le quedaba otro remedio: ha cocinado, ha servido mesas, ha hecho de taxista, ha corrido por el Retiro -desierto a las ocho y media de la mañana de Navidad- ha hecho las visitas propias de estas fechas, ha cumplido con la radio y con la Carcajoda, ha atendido sus llamadas, ha cantado villancicos con sus nietas. Y hasta ha ido al cine, para ver la última película de Ang Lee, que es Deseo, peligro. Se podría añadir y algo tostón, pero esto no estaba previsto por su director. La película, bella y provocadora, pero innecesariamente larga, encierra un mensaje de lo más políticamente incorrecto. La vecina de butaca, que debe de ser de armas tomar, lo definía sin perderse en matices: lo de siempre, las mujeres tontas y los hombres unos cabrones. Hay grados, caramba. Por perverso que pueda llegar a ser el Duende, nunca le llegaría a la suela de los zapatos al canalla del protagonista.

Regresa el Duende pasada la una de la madrugada y no puede irse a la cama sin dejar testimonio de dos singulares éxitos. Uno lo certifica su cuñado Mariano, hombre de temple serio y adusto, y  de tan pocas palabras que, según malas lenguas, cuando se casó utilizó el código Morse. Tal vez porque brindaron juntos por la Navidad, y con el tiempo ambos respiran más sensibleros, no sólo reconoció que leía los delirios del Duende. Sino que, de natural parco en elogios,  incluso dejó caer alguna alabanza. No estábamos hechos a resistir emociones de ese calibre.

Otra sorpresa se la ha dado Aurelio Baró, un vicesobrino vallisoletano al que no veía desde hace aproximadamente  treinta años. Le había recomendado el blog su hermana María, que es funcionaria de la Seguridad Social y está casada con un magistrado de  altas responsabilidades. Para que luego digan que el Duende es un cantamañanas.

Hablando de cantar…Pasmado nos dejó el Duende superando la prueba de ver por la tele a Raphael  cantando Llegó Navidad, un villancico multinacional aún más abyecto y con una letra todavía peor que el de Las muñecas de Famosa. El Duende admira la casta de Raphael, la frescura que aún conserva su voz,  la seguridad en sí mismo y el coraje con el que últimamente toreó su trasplante de riñón. Pero lo cortés no quita lo valiente. La supervivencia de este tipo de pasteles con gran orquesta y coro de duduás al fondo es, por repetido y empalagoso, el más asombroso, inexplicable e insuperable milagro de la Navidad.     

…¡Y paz a los hombres recojones del hogar!

Vino doña María  a Madrid a principios de los años sesenta del pasado siglo. Y entonces aún era, como tantas chicas jóvenes una mujer de ir a misa todos los domingos. Se acercaba el día de Navidad y el cura sermoneó sobre el significado profundamente cristiano de este día: es fiesta para recogerse en casa y disfrutar de la familia, apuntó el sacerdote. Y años después, cuando había cambiado su condición de empleada de hogar por la de reina de la casa -es un decir- conoció el lado oscuro del recogimiento. Se cena opíparamente, se bebe a esgalla, se intercambiar regalos. Mesa mejor equipada que nunca, exhibición de opulencia gastronómica, la mejor vajilla de la casa, cacharrería, cristal y platos finos, de los que regalan los periódicos o los bancos -eso se cree ella, ingenua- decenas de botellas, bolsas, papeles, cajas…

Pero, ¡ay!, después de la euforia llega el bajón.  Después de cenar, y  apagado el eco de los villancicos, los mayores se trasponen en el sofá mientras que  los jóvenes han descubierto que la Nochebuena-antes noche   de paz sólo rota por la zambomba y el pandero- estalla en juerga a partir de las doce de la noche. Aquéllos se despiden amablemente para irse a la cama y éstos se largan a la discoteca. Y ahí queda, sola ante el peligro, la sufrida esposa y madre, la inquebrantable ama de casa. Tiene ante sí una ingente tarea: ahora, además de ser la  gladiadora del hogar, debe abordar esa odiosa tarea de recoger la mesa, fregar los cacharros, meter en la alacena paveras y perolas, guardar las sobras aprovechables en el frigorífico,  disponer la basura en su saquito correspondiente, poner las mesas y las sillas en su sitio, agavillar papeles,  cajas, lazos, floripondios…En fin, recogerlo todo, porque también es la recojona del hogar.

Doña María pide disculpas, no es mujer que abuse de los regüeldos del lenguaje. Con su habla del campo adobada por el slam urbanita  no deja de ser una culta latiniparla. O al menos pretende hablar bien. Pero me temo que su neologismo,  recojona, que suena a exabrupto, tiene propósitos reivindicativos. Vamos, que está cabreada como una mona porque, una vez más, la tradición se pone de espaldas a la mujer. Preparar la fiesta  es estimulante, vas a dar felicidad, te van a sonreir, a besar,  e incluso recibirás las gracias. Sin embargo ella cambiaría el más delicado manjar  por el placer de que el ángel de la Navidad se encargara de recogerlo todo.Lástima que lo que tardas horas en cocinar se consuma en minutos, y que tras los dulces y las luces queden las sombras y la patética responsabilidad de devolver el orden a la casa. Y justo cuando más te apetece decir hasta luego Lucas y zambullirte entre las sábanas.

La pregunta de doña María es ésta: ¿por qué, Señor, en la gozosa fecha de tu nacimiento, no arriman el hombro todos? ¿No se podía cambiar el mensaje evangélico para que, después  del gloria a Dios en las alturas, añadieran y paz a los hombres recojones del hogar?

Pero tranquilos, que al alba del gran día vuelve a resplandecer en el alma de esta mujer su bondad natural, tan generosa y desinteresada . Recoja quien recoja -y su deseo es que se reparta la tarea- doña María desea que tengan  todos ustedes una muy feliz Navidad

De Vicky y otros entrañables cuentos de Navidad

 Miraba entre dos luces la silueta de Madrid amaneciendo al primer día de invierno, y distinguió el Duende en el alba brumosa a una especie de hada encantadora. Peinaba plácidamente, como es lo propio en ángeles y otros seres etéreos, las cúpulas y los tejados de la ciudad. Era la mañana de la lotería. Dicen que eso marca el inicio de la Navidad. Luego es de esperar que, a falta de ese puñetero gordo que nunca nos toca,  envíen algún heraldo  encantador para anunciar las buenas nuevas como mandan los cánones. Ese debía de ser.

Oteó el horizonte el Duende con los prismáticos y advirtió que aquella figura juguetona que dibujaba cabriolas y loopings  en el aire era la de Vicky. Vicky  es una chica rubia y de ojos azules que tiene una cara sólo comparable en hermosura a lo que debe de haber dentro de su corazón. El Duende tiene muchas referencias del coraje, entrega y  generosidad de esta criatura. Hace no mucho tiempo había conocido a uno de los hombres más afortunados del mundo, porque le declaró rendido que estaba enamorado de ella, y ella a su vez le dijo que sentía lo mismo por él. A Vicky le iba a recompensar el amor una vida exportando cariño, pero se cruzó el destino en motocicleta y él murió. Uno, con sus años, no sabe qué decirle a una mujer en esos casos. No hizo falta: cuando se vieron por primera vez después del día fatídico, ella se le anticipó con un beso, tal parecía que fuera el Duende quien necesitara consuelo. El Duende se quedó desarbolado: qué entereza la de algunos espíritus privilegiados.

Recientemente se encontró el Duende a José  y a María José, un matrimonio amigo que sufríó también en sus carnes el mismo hachazo del destino. Su único hijo, Iván, un arquitecto de sólo veintitrés años con un prometedor futuro, encontró la muerte  con su novia en otro accidente de moto. Lloraron lo infinito, le dedicaron un libro, jamás llenaron su hueco. Pero consiguen mantener el tipo. De vez en cuando, dicen, hasta son requeridos para charlas en las que deben animar a padres que han padecido la misma desgracia.

De igual forma murió uno de los tres hijos de Sara y Juan Uña, otro matrimonio admirable que marca el zénit del infortunio. Vieron  cómo morían sucesivamente por distintas causas sus tres hijos, y aún tenían fuerzas para sonreírte cuando te saludaban. Sara y Juan formaban una pareja de belleza, elegancia y simpatía casi cinematográficas. En verano, iban con sus nietos a las playas de Vera, en Almería, y era emocionante ver pasear su espigada figura sin que la ignominia que el destino hizo con ellos viciara la firmeza de su paso ni la nobleza de su mirada. El Duende les dedicó un soneto agradeciéndoles su ejemplo. Eran -Sara lo es todavía- una referencia tan hermosa, tan serena y fiable como la línea azul del mar en el horizonte que recortaba su perfil.

En Navidad se recuerda muy especialmente a los seres queridos que ya no están con nosotros. Hoy quería recordar el Duende a algunos de los que, a pesar de que no podrían vivir sin ellos, siguen su camino. Hay mucha literatura y mucho cine al respecto, pero quizás son la encarnación más cercana de aquel héroe  fabricado por Frank Capra y  James Stewart, y que, como señalaba un lector de este blog, es la película por excelencia de las Navidad. Gracias, entre otros, a Viky, a José, a María José y a  Sara, aún podemos poemos proclamar con cierta emoción ¡Qué bello es vivir!

Feliz Navidad a todos. La vida sigue, y el capón relleno que está en el horno está diciendo que no me ponga tan sentimental.

El milagro de santa Lucía

Luca, velas en la cabeza

Estaba el Duende invitado a cenar entre amigos. Parejas de su edad, más o menos. Todos muy elegantes, y la casa que les acogía engalanada para recibir la Navidad como es tradicional en Europa. Los anfitriones eran José y Nuria. Los dos son abogados, y él además empresario y primo segundo del Duende. Lo primero explica parcialmente su prosperidad, que es notable. Lo segundo no sirve para nada, pero justifica su aparición aquí. De repente se apagaron las luces, y al otro lado de la puerta sonó una música apropiada. Se abrió ésta y entró desfilando lentamente al compás del villancico una niñita  que ceñía en su cabeza una corona de velas encendidas. Era la noche de santa Lucía, que en Suecia es el pórtico de las fiestas navideñas. La niña reconoció entre los invitados a una pareja que la miraban embobada. Eran sus abuelos, que seguramente recibían así su primer y más emocionante regalo de Navidad. Tanto el padre de José como el del Duende nacieron en Barcelona, y pertenecían a una familia catalana de varias generaciones. Pero el padre de José era un marino inquieto y emprendedor. Empezó a buscar fortuna en América y acabó casándose con una sueca. José es alto, de buen porte, pelo ya casi blanco y exquisitos modales, y ha heredado de su sangre escandinava un cierto espíritu de  elfo benéfico que le impulsa a administrar su generosidad sutilmente, con la delicadeza y la imaginación propia de los gnomos y otras criaturas feéricas. Todos los años se las apaña para montar una fiesta que significa algo muy especial para alguien que no se lo espera. Así mantiene una tradición y, de paso, reparte dos maravillosas sorpresas: a la niña, que convierte en el ángel de la noche, y a unos abuelos que necesitaban una alegría así para aliviar un momento delicado.

El ángel y sus sorprendidos abuelos se abrazaron alborozados. Para que el cuento sea completo, en estos casos aparte de sonrisas suele asomar alguna lagrimilla. El Duende no las vió, pero apuesta a que las hubo. La ilusión no es patrimonio exclusivo de Santa Claus, San Nicolás, Father Christmas o los Reyes Magos. Como muestran Nuria y José, todos podemos ser espíritus amables, al estilo nórdico o al de Socuéllamos, que tratándose de cariño y sensibilidad nadie mira la denominación de origen. Al pie del árbol, invisible, el propio Duende descubría el regalo que este elfo medio sueco le ha dejado. Sus padres, primos hermanos, siguieron caminos distintos. Ellos coincidieron en la Facultad de Derecho  en los años sesenta del pasado siglo. Como a sus padres, también sus carreras les separaban, pero ahora  José, que es rico en amigos, ha descubierto que aunque conserva primos en América el más afín y cercano es este duende de difícil catalogación. El regalo es su afecto, inesperado a estas alturas de la película.

Ambos están empatados a nietas, hablan a menudo de ese premio tardío que la vida te trae cuando empieza a declinar, y que vuelve a encender en el hombre la llama de la ilusión y la fe en el futuro. A los dos se les ocurrió que lo mejor que podían hacer por ellas en este tiempo era montarles un gran nacimiento. El de José ocupa cuatro metros cuadrados, es más clásico, montañas de corcho y profusión de musgo. El del Duende, más pequeño y fiel a la estética de Belén, con cordilleras de papel kraft arrugado y embadurnado de engrudo, al que rocía de tierra y de esas hierbecillas medio secas que escapan de la única plancha de musgo añejo que aún conserva. La arena del desierto, con pan rallado, mejor aún que el serrín, sobre todo si no hay ratones en el portal, como dice un villancico malicioso. Ambos, José y el Duende comparten el mismo modelo de reyes magos, a camello y con pajes. Y, quizás como homenaje a su común origen, también incluyen a un caganer. El meu es millor, precisó entre risas el Duende. Será el milagro de santa Lucía: tantos años sin verse y ahora que pasan de los sesenta resulta que son los dos como niños.

El Duende se desmelena y felicita la Navidad

Lo deben saber, hay que avisarlo antes de que pasen y vean. El Duende lamenta entrar tan a menudo en el coto de su intimidad.  Admira a las personas que evitan contar su vida, y se quedan en la filosofía pura, en el terreno de lo objetivo, o en la opinión sobre materias y hechos que puedan interesar a todo el mundo. Cáscaras, pero para eso hay que ser más profundo, algo así como un intelectual. Y ya ven, encima el Duende emplea esta interjección demodé, cáscaras. ¿Quién queda que hable así? Un tipo inclasificable y escurridizo como una anguila, un transformista, un escapista. Eso, un Duende.

Nadie que le conozca fuera de su versión radiofónica le habrá visto jamás como un juerguista. Más bien lo contrario: ni trasnochador, ni bebedor, ni crápula. Quisiera guardar el horario de las gallinas, retirarse al acostarse el sol y levantarse con el alba. No es exactamente así, aborrece salir de noche, pero acaba apagando la luz entre la una y las dos, entretenido entre el blog, la radio, la lectura y un peinado de televisión para convencerse de que no pasa nada si no se le hace demasiado caso. Excepcionalmente, alguna película, si es tan buena que resiste el sopor que suele seguir a la cena, normalmente no demasiado copiosa. Amigo de la Navidad sentimental, lo es cada vez menos de su parafernalia: las cenas opulentas y las copas interminables, las borracheras, el consumo desenfrenado, los regalos tontos, el  estruendo, las discotecas, las fiestas abusivas, las resacas y el sueño imposible.

Con los años, va aprendiendo técnicas de autodefensa. Apenas juega a la lotería de Navidad. No toma las doce uvas de la suerte desde hace más de una década. Simplemente  porque  a esas horas no se le apetecen, en esta época del año son muy poco sabrosas, y porque no ha notado que le vaya peor por ignorarlas. La nochevieja pasada culminó un prolongado anhelo, que es recibir al nuevo año entre las sábanas. Nada le gusta más que salir a correr por Madrid la mañana de Navidad o del Año Nuevo, cuando toda la ciudad es para uno. Adora la música clásica, pero las polkas y valses de la familia Strauss le parecen lo más cursi y tontorrón  de la belle epoque vienesa.Y la marcha Radezky jaleada por una legión de turistas japoneses, algo así como cuando Gaby, Fofó y Miliki  cantaban con los niños ¡Había una vez …un circo!
Y a pesar de eso  sus amigos saben que le gusta celebrar la Navidad.

Uno de ellos, en este caso amiga, le ha fabricado esta broma de felicitación. Se la debe a una de las Begoñas, habituales comentaristas de este blog, y a la magia que añaden internet y la informática, con esos programas juguetones que al Duende se le resisten. Pinchen el enlace adjunto (o sobre la foto). Pinchen y vean cómo después de despotricar de Papá Noel el uno es capaz de metamorfosearse en un duende que se le parece . Nunca sería tan frívolo, ni haría semejantes cabriolas y piruetas, jamás perdería la compostura como si fuera un joven empleado después de la cena de empresa. Pero, ya se sabe que, desde Mr. Scroodge a esta parte, a todos nos gusta sorprender por estas fechas. Muchas gracias, Begoña. Y a todos vosotros, feliz Navidad.

Se aprecia mejor con altavoces.

Duende Navidad

Conversaciones en el ascensor

(Foto de Susan NYC)

Sorprendentemente, aún no sabe el Duende de ninguna investigación que calcule el tiempo que el urbanita medio pasa en el ascensor a lo largo de su vida. Un amigo que vivía en el último piso de una torre de veinte plantas cronometró su ascenso y descenso, para calcular después que no menos de dos días al año se le iba en esos viajes tan tontorrones de los que no se sabe que nadie haya sacado partido. Hay expertos en optimizar tiempos estúpidamente desperdiciados, como los muchos que cualquiera derrocha a largo del día. En la sala de espera del dentista, en la cola del autobús, en la fila del DNI, en el ambulatorio. Dicen que Gregorio Marañón escribió un libro aprovechando lo que media entre el momento en que le anunciaban que la cena estaba lista y el de ver a toda la familia sentada alrededor de la mesa. Quizás exageran. Hoy, gracias a sus ordenadores portátiles, los ejecutivos aprovechan muchas esperas en los aeropuertos. El Duende en tiempos hacía los trayectos de tranvía con un libro de la pequeña colección Crisol en el bolsillo, y consiguió leer bastante. Pero no conozco a nadie que haya rentabilizado sus minutos de ascensor.

Hay que buscar remedio a ese disparate. Es absurdo que cuando uno va en ascensor ponga siempre la misma cara de besugo inexpresivo y, si coincide con algún vecino, vierta ineludiblemente los comentarios de rigor. El noventa por ciento de éstos se refiere al tiempo, que puede ser bueno, malo o regular. Quizás el malo da para más, aunque también es bastante socorrido el hace falta que llueva. Otros son fórmulas de pura cortesía vecinal….¿Qué tal en casa? ¿La familia bien? Cuando hay niños a veces se amplía el abanico de comentarios. ¿Y cómo están los peques? ¿Sacan buenas notas?…Y en tiempos de Navidad la imaginación incluso llega a desbordarse: ¿Dónde celebráis las fiestas? ¿Habéis pedido muchas cosas a los Reyes Magos?

En el Tranvía de Olga, y en ese tramo en el que el Duende debía hablar con su propia voz -no le gustaba nada- un día apuntó esta observación. Persuadido de que nada ha cambiado desde que se inventó el ascensor, proponía nuevos temas de conversación que huyeran de la estupidez y abundaran en otros problemas cotidianos. ¿No cree usted que en España se cuecen demasiado las verduras y las pastas? Interesante tema para un debate necesario, porque ese es ciertamente uno de los vicios de nuestra cocina. A Olga, a Capitán y a García les sorprendió bastante. A mí se me ocurren bastantes más asuntos, aunque comprendo que el compañero de viaje de ascensor actual no está preparado para tan valientes cambios.

Por pintoresca que pueda parecer la idea del Duende, no me digan si no es triste que uno puede coincidir durante todos los días de su vida con otro u otros en el ascensor y no llegar a conocer nada de él. Ni su nombre, ni su apellido, ni si sufre o es feliz. Sumados todos los tiempos juntos, quizás ha pasado junto a él mucho más que con alguno de esos primos segundos que nunca vemos. Y siempre es porque no salimos de los lugares comunes: tres comentarios banales y ya ha terminado el viaje en el ascensor.

Una de las historias frustradas que escribió y que tampoco acabó el Duende habla precisamente de un vecino de una torre que se enamora de una vecina a la que sólo conoce del ascensor. Hombre metódico y de gran sentido práctico, y sabiendo que no estará con ella nunca más de un minuto, programa concienzudamente una estrategia de comentarios para ir conquistándola poco a poco. En lugar de decir cada día lo mismo, parte en el punto donde abandonaron la conversación el día anterior. El galanteo secuencial parece tiene éxito, y ella también acaba interesada por él. Pero el día en que por fin él ya se atreve a invitarle a cenar, ella le comunica que acaba de ser destinada a la oficina comercial de España en Toronto. El idilio urdido en el ascensor no llegará a cuajar. Pues a ver si arreglamos el cuento, porque es una pena perder tanto tiempo subiendo y bajando sin siquiera comerse una rosca.

Los Reyes Magos ya cabalgan por internet

Reyes Magos

(Foto de Kainita)

Se va a tener que ir preparando el Duende. En los dos últimos años le llamaban de EL MUNDO y le encargaban un artículo para ser publicado el día de Reyes. Será por la parte de niño que aún hay en él, incapaz de madurar. Nunca fue monárquico entusiasta, pero sí defensor del reino de la ilusión. Y no comparen, el hombrecillo con barbas y nariz de borrachín venido del norte contra tres magos errantes que tuvieron el detalle de mirar las estrellas y visitar antes al Mesías. Habrá que recordarlo: Navidad es natividad, nacimiento. Y que se sepa no rindieron pleitesía al nacido ni Santa Claus -apócope de Saint Nicholas- ni el reno, ni Isidoro Álvarez, que tiene que jugar a dos barajas: con los Reyes y con el bon hôme Noel, como le dicen en Francia. Allá cada cual. En Duende en particular está con los Reyes.

Tal y como está el patio, ya anticipa el Duende por donde vendrán los ataques a los Reyes Magos. A partir del pintoresco dato de que los meteorismos de una vaca lanzan a la atmósfera tanto C02 como el emitido por un coche en doscientos kilómetros -parece mentira, pero dicen que está científicamente probado- los santaclausistas argumentarán que el largo viaje de los tres camellos es un sopapo al espíritu de Kioto. Los camellos deben de ser más tragones que las vacas, y por tanto también emitirán más gases nocivos. Reforzarán esta crítica recordando además que el reno se alimenta básicamente de líquenes, sin duda menos flatulentos que la dieta del camello. Qué villanía, cuestionar el ecologismo de los camellos. A esta infamia se sumará otra puramente política. Mientras las monarquías están en retroceso, el poder unipersonal de Santa Claus se asimila cada vez más al del vehemente coronel Chávez, a estas horas probable presidente vitalicio de la República Bolivariana de Venezuela. Ambos visten de rojo, están orondos, y pretenden aplicar su particular revolución. La del locuaz don Hugo, de signo socialista, la del santa, capitalista. Sólo le falta a éste tomarse la revancha que le tiene guardada a don Juan Carlos y espetar a los tres reyes de Oriente: ¿Y por qué no os calláis vosotros, que lleváis veinte siglos mangoneando?

Bueno, pues no le va a hacer falta al Duende exprimirse el cacumen. El llamado duende del Duende ya se le ha adelantado, y le ha pasado un bien elaborado y divertido repertorio de razones para pararle los pies a Papá Noël y devolver a los Reyes Magos de Oriente el prestigio y la adhesión popular que nunca debieron perder. El argumentario ya está colgado en la red. Pinchen la dirección adjunta y apúntense a mantener una tradición que aún nos sigue quitando el sueño la noche del cinco de enero. Si no, sus hijos y nietos se lo perderán.

Un slogan original

Le hacen una entrevista al Duende para uno de esos reportajes nostálgicos que rememoran la España de estos últimos treinta años. Ya se sabe, la publicidad de la época, y en ese capítulo, cómo no, las infatigables muñecas de FAMOSA que se dirigen al portal/ para hacer llegar al niño/ su cariño y su amistad. Fue el Duende, confesémoslo paladinamente, quien perpetró ese crimen de lesa sintaxis. Si Lázaro Carreter hubiera tenido los dardos a mano, nos habríamos enterado. Pero da igual, peor fue el Naranjito, y la Ruperta, y el premio de la Eurovisión que ganó Salomé, y el tupé de Manolo Escobar, y todos somos teselas del mismo mosaico de recuerdos. Grandeza y miseria del Duende, que no sabe ya si encargar la leyenda de lo único que recordarán de él cuando se haya largado con las bromas otra parte. HIC JACET AUTOR VILLANCICAE FAMOSAE MUÑECARUM. En latín, aunque sea macarrónico, queda mucho más noble (por cierto, Ángelus Pompaelonensis, puedes corregirlo).

La cosa es que entre col y col cuelan una pregunta comprometida. ¿Y qué slogans le han impresionado a usted? Y el Duende contesta que lo malo de ser publicitario es que distingues entre la verdad y el slogan, que sólo es eso, un broche que se puso de moda cuando la publicidad o la propaganda eran más ingenuas. Ahora crea sensaciones, o sea, no dice nada, pero lo dice muy bonito. Tan bonito, que si coges el mismo spot y le cambias la marca final te sirve para un operador de telefonía, para una marca de coches, para una de relojes, para un cosmético, para una consejería de servicios sociales de la comunidad autónoma correspondiente, para un canal de televisión o para un centro comercial. Si está la Preysler y vemos bombones dorados en pirámide sabemos que es Ferrero Rocher. Si saliera un toro con un par, sabríamos que era Osborne, que ahora iría directamente al matadero. Si viéramos un perro escuchando una vieja gramola sería La Voz de su Amo, cuyas cajitas de agujas para el pikú, son, por cierto, piezas de colección. Pero estos tres ejemplos son historia. Ahora la publicidad mola más si no se entiende y no se identifica, porque los creatas guay no se conforman con ser publicitarios, y aspiran a ser directamente genios. Eso es lo malo, que todos acaban imitándose, y se alejan de un consumidor que retiene sólo lo justito. O sea, las curvas de la botella de Coca-Cola, el logotipo del triángulo verde de El Corte Inglés, el calvo de la Lotería -cómo no, prejubilado- el abrazo del turrón que vuelve a casa por Navidad y, por qué no decirlo, las muy cristianas muñecas del villancico. Ay, que se le saltan las lágrimas al Duende pensando que ni Frank Capra lo hacía tan bonito.

Pero ¿qué slogan le hace cambiar a uno? Cuando no hay que decir casi nada, se abona uno al El valor de las ideas del Banco Santander. Puede parecer el clásico slogan de recurso, el que se pone cuando no hay nada que decir. Pero en este caso será escrupulosamente certero si confirma que este banco tiene al menos dos ideas de gran valor. La primera, forrarse todos los años. Y la segunda, duplicar el forre del año anterior. Más aún le irrita al Duende el predicado de un miniqueso de bola que se anuncia antes de los partidos fútbol televisados como El queso oficial del Real Madrid. ¿Cómo es la oficialidad de un queso? ¿No lo podemos tomar los del Atleti? ¿De verdad que esa chorrada vende algo?

En medio de la vaguedad de la mayoría de los slogans -casi todos valen para casi todo- y de la endeblez de otros muchos, le produce cierta ternura al Duende el sencillo mensaje escuchado en una persistente campaña radiofónica de una fábrica de alfombras que, con una marca tan poco sofisticada como Los Fernández, se atreve a decir de ellos: ¡Son muy amables! Pues bravo por los Fernández. Porque en un país donde la amabilidad es virtud en declive -raro es que todavía no la consideren casposa- y donde a veces pides un pincho de tortilla y el camarero te mira como si le hubieras faltado a su madre, recordar que quien quiere vender algo debe, ante todo, sonreir es no sólo inteligente. Sino, sorpréndase, también original. Y ahora mando al Duende a por una alfombra para que todos los días se ponga a mis pies y me ceda el paso.

Mi Vespa también sufre pesadillas

Vespa

(Foto de Mennyj)

Pesadilla tropecientos setenta y nueve. Circula el Duende en su Vespa 125 4T de color verde inglés, muy chula ella, por cualquier calle de Madrid -supongo que en otra ciudad española debe de pasar lo mismo- y de repente la rueda delantera cae en una de esas grietas que van abriendo agua y hielo entre franja y franja de asfalto. La rueda se desmanda, el piloto pretende dominarla, pero ella ha encajado ya en esa especie de raíl inapreciable para los coches, pero nefasto para las motocicletas de rueda pequeña, y de un momento a otro provocará la caída del pobre Duende. Este acabará rodando su osamenta por la calzada, y aunque conseguirá esquivar dos motos de repartidores de pizza y una furgoneta de Telefónica se fracturará algún hueso, seguro. Pasará varios días en un hospital con la pierna escayolada colgando de una polea, y llegará a tal punto su desesperación que se consolará con la tele y se convertirá en adicto a Gran Hermano. En consecuencia, aparte de quedar medio lila – por el batacazo y por la sobredosis de telebasura- no saldrá a correr por el parque durante varios meses, se perderá su concierto de Navidad con el coro, no podrá ponerle el nacimiento a su nieta Marina y caerá en tal postración anímica que abandonará el blog para encerrarse en una habitación y escuchar a todo volumen la discografía completa de Los del Río. Panorama, gensanta, como diría Forges.

Menos mal que la pesadilla se arregla. Cuando la Vespa zigzagueaba hacia el desastre final, aparece por el horizonte una mancha azul y roja a velocidad meteórica que se dirige hacia el Duende. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?…No, es Superalberto Ruiz Gallardón, que, como también es motero y está en todo, levanta la moto en peligro y la libra de su trampa. Cuídate, Duende -le dice mientras se despide agitando la mano y reemprende el vuelo hacia su nuevo despacho palaciego- ¡Algún día conseguiremos aprender a asfaltar!

¿Es la física, o la incompetencia? ¿Se deteriora el asfalto por el peso de los vehículos, por el agua y por las temperaturas extremas, o porque está mal hecho?¿Es tan difícil que no se abran grietas longitudinales? Preguntas conectadas: si avanza la técnica y cada día se fabrican mejores materiales de construcción, ¿por qué las losas de piedra que rodean el Monasterio del Escorial permanecen fijas desde hace siglos y muchas de las que pavimentan el madrileño Paseo de la Castellana desde hace tan sólo unos años ya están rotas o se mueven?

Cuando el Duende era niño, los ingenieros tenían en España muy buena prensa. Los de Caminos en particular, que acaso integraban el cuerpo de mayor prestigio, eran partido muy apetecido por las chicas. Muchos de ellos, como ´Del Pino, Villar Mir o Florentino Pérez, levantaron magníficas empresas que se han forrado en la construcción y en las obras públicas. Qué bonito sería que, además de hacer posible esos maravilloso puentes, museos y bodegas de Calatrava, de Moneo, de Nouvel o de Frank Gehry, que hoy engalanan nuestras ciudades fueran capaces también de asfaltar como seguramente mandan los cánones.

Pesadillas por Navidad

Santa Claus

Me asegura el Duende que en el mes de febrero soñó algo singular que, sin poder definirse como pesadilla, tenía algo de ello. Se veía en un paisaje bellísimo, con árboles frutales ofreciendo delicias a un grupo de rubias y estilizadas figuras mitológicas de vestidas sólo de etéreos cendales. Ahí estaban Paris con su manzana, y las tres gracias, y sobrevolando, Cupido. Era el famoso cuadro de La Primavera, de Sandro Boticcelli. Con una extraña peculiaridad. La figura central, aunque luciendo un palmito parecido al de la Venus original, era mucho menos esbelta y elegante. No era Venus, sino Isidoro Álvarez que, vestido a modo de seductora heralda del amor y el goce, desplegaba un gallardete en el que se leía: ¡Ya es primavera en el Corte Inglés!

Lo peor es que, con leves variantes, el sueño se repitió a mediados de octubre. En este caso era abducido hasta un pesebre de Murillo donde el Mesías, con esa sonrisita pánfila con que le representan los misterios tradicionales, era ya talludito y estaba llamativamente gordo. En realidad no era el niño Jesús, sino otra vez Isidoro Alvarez anunciando lo imaginable: ¡Ya es Navidad en el Corte Inglés!. En ambos casos el Duende se despertó sudando y sobresaltado, y durante algunos días tuvo que visitar el gabinete de su psiquiatra.

Qué sinvivir, la sociedad de consumo. No acabamos el arqueo de la ruina veraniega y la vuelta al cole y ya viene Halloween. Y aún no hemos destruido la siniestra calabaza colonizadora cuando se anuncia la conspiración en torno a la gran fiesta de la cristiandad. Todos se ponen de acuerdo en madrugarla: alcaldes que encienden las luces, anunciantes que desentierran villancicos, tiendas que se engalanan de Navidad por todos los santos, bazares chinos que se inundan de arbolitos luminiscentes cada vez más exóticos, proveedores de regalos que avanzan muestrarios, periódicos que regalan nacimientos por entregas, restaurantes que anticipan sus reservas para las cenas de empresas, comercios que apartan juguetes para los peques, revistas que dan en primicia lo que los famosos cenarán en Nochebuena. Jesús, cuánto empalago en tu nombre, y cada año antes. Que papá Dios nos coja confesados.

Dice doña María que acabaremos colgando del árbol de Navidad los bikinis, las chancletas de colores, los cubitos y las palas de los niños y esos moldes en forma de estrellita para flanes de arena que lucen mucho en el abeto. Sería una versión utilitarista del arte povera con fines suntuarios. Y una manera de optimizar esfuerzos y recursos. Al ciudadano le tienen -le tenemos-frito, con tanta necesidad de vender para animar la economía. Y así poder seguir comprando, para que otros puedan seguir forrándose, y nosotros sigamos siendo el burro que nunca atrapa la zanahoria, porque cuelga de un palo tramposo que nos pone la felicidad al alcance teórico de nuestro morro, y siempre viaja unos centímetros por delante de la dentellada. El hombre que no compra no sólo es un paria, sino que además es insolidario, tócate las narices. Lo último no es ya acumular todo lo posible en casa, sino sacar a Santa Claus a trepar por la fachada. Mejor desde el verano, para que llegue a la gran noche entrenado.

El Duende pondrá el nacimiento con su nieta, cantará villancicos con su coro y con la familia, y no le hará feos al turrón ni a los polvorones. A ser posible por Nochebuena, no antes. Y también escribirá a los Reyes Magos. No para pedirles que le traigan nada, sino para que se lleven algo de las muchas inutilidades con que le ha regalado la sociedad del despilfarro.

Pero no le hagan caso, está algo mayor y últimamente la demencia senil le provoca pesadillas antisistema.

El banco limpiabotas

Limpiabotas

(Foto de indira, con algunos derechos reservados)

Ha pasado el Duende el fin de semana en un sinvivir. De una parte, estaba de viaje, y no podía subir el post nuestro de cada día. De otra, aún no se había repuesto de la mala noticia económica de la semana. Su banco había anunciado que en los tres primeros trimestres de 2007 había ganado seis mil y pico millones de euros. Sólo un treinta y cinco por ciento más que en el mismo período. Angelitos, no me extraña que estén preocupados por la flojera del mercado hipotecario y hasta por la subida del pollo.

El Duende recuerda que, en su infancia, se infundían tres `principios básicos de buena educación social. Primero, no se sorbe la sopa ni se hace ruido al comer. Segundo, no se habla con la boca llena. Tercero, no se presume de dinero. Los banqueros debieron ser niños mal educados, porque se salan las tres normas con ostentación y recochineo. Primero, y aún a pesar de que dicen que nos eliminan las comisiones, se inflan a beneficios. Segundo: una vez que tienen el estómago lleno -no se explica çómo cada año les puede caber un treinta y cinco más- abren la boca y nos enseñan la comida. Tercero: se jactan de ello. Se que eso forma parte del lenguaje de la economía, que exige Epulones y Cresos para que el modesto ciudadano al que, con suerte, sólo le suben el sueldo lo que el IPC, sueñe en un país de Jauja donde, como señaló Solchaga, es fácil hacerse rico. Sobre todo si tienes un banco, debería haber añadido.

Está muy bien, hasta ese taumaturgo idealista que es Zapatero bendice los macrobeneficios empresariales, porque es el mejor síntoma de eso que llamamos prosperidad. Al Duende también le parece bien que todos los accionistas ganen dinero. Que lo gane todo el mundo. Pero le fastidia tanta ostención de poderío. Insisto, no es lo que nos enseñaron como buena educación.

Tal vez -seamos sinceros- sangre por la herida. Hace años, ese banco omnipotente le obsequiaba en Navidad con una diminuta agenda de bolsillo que él apreciaba mucho. Un año, desapareció de la agenda la cintita de seda que servía para señalar el día de la semana. Preguntó por qué se había prescindido de ese detalle tan útil, y se le dijo que había que recortar gastos. Son tan competentes en ese menester que no sólo no repusieron la cinta de seda, sino que acabaron incluso escatimando la agenda. Así, cualquiera gana seis mil millones de euros en tres trimestres.

Se que la voz del Duende clamará en el desierto, y que seguirán presumiendo de ser los más listos, los más eficaces, los más ricos y en definitiva, los reyes del mambo. Pero no les facilitaré la hazaña. De momento, voy a hacer una revelación que va a poner en jaque a la patronal de la banca. El Duende sabe de un banco que en el rincón más discreto de su lujosa sede tiene un limpiazapatos automático que le deja los botines lustrosos como diamantes. Pásmense: además no cobra. Qué escándalo, un banco limpiabotas gratuito.

No revelaré el nombre de la entidad por si proceden contra su director por violar las normas deontológicas del sector. Imagínense el problema: con ese despilfarro en atenciones al cliente…¿cómo se puede garantizar el ligero margen de beneficio con el que los pobres banqueros se ganan los garbanzos?

El pipí de Pedro Ruiz

Pedro Ruiz La crisis de identidad del Duende es culpable de que no sepa aún si es actor o público, cómico o espectador, criticable o crítico. Su escenario fue el estudio de radio, algún plató de televisión o una sala de doblaje. Aunque nunca dejó de pensar que era gente corriente, allí coincidió eventualmente con figuras del show business. Y siempre le sorprendió la naturalidad con la que éstas le saludaban, como considerándole colega de toda la vida. Suelen ser muy simpáticos: unos de verdad y otros por pura estrategia, pues venden sueños, y hay que ilusionar a los soñadores. Enseguida te ríen, te abrazan y se despiden de ti con dos besos, como los franceses. Al Duende estas efusiones de cariño en público siempre le han dado vergüenza. En su casa eran poco besucones. La noche de Navidad como mucho, y sólo si había corrido el espumoso en abundancia.

Alguna de estas personalidades han elogiado alguna vez al Duende. Lo cual le enorgullece, pero al mismo tiempo le compromete. Porque si por una parte la admiración es recíproca, por otra la crítica debe ser libre. Y le molesta que pueda molestarle. Por ejemplo, guarda un excelente recuerdo del Pedro Ruiz que, en plena transición, irrumpió en el teatro con un divertidísimo espectáculo llamado Historias de un Ruiz señor. El Duende le otorga además a Pedro la primacía en la imitación de los políticos, y le está muy agradecido de que le preparase el terreno. Pero Pedro no se conformó con ser un excelente satírico. Cuando ya había triunfado, se convirtió en politólogo, filósofo, cantautor, predicador, y hasta flagelo implacable de esta sociedad adormecida. Todo payaso puede aspirar a ser Hamlet -es muy frecuente que los que se dedican a la risa acaben creyendo que es más importante la tragedia que la comedia. Pero corre el peligro de hacer pipí fuera del tiesto. Y algo de eso puede haberle pasado a Pedro.

Al Duende le gustaba más en su primer papel. De repente, a aquel joven travieso, lenguaraz y espontáneo le dio un ataque de trascendencia. Hizo un programa en Antena 3 donde pasaba del color al blanco y negro, del rapsoda al místico, de la risa al llanto. Y acabó empalagando. Primero declaró la guerra al poder, luego a la inteligentsia, yfinalmente al pueblo aborregado, en el que al cabo militamos todos. Desde entonces, como dice Pilar Cernuda, Pedro Ruiz no habla, sino que dice frases. Antes hacía parodias geniales y contaba historias muy ocurrentes. Ahora estrena Pandilla de mamones.

Y el mamón del Duende no se estira más, porque sólo buscaba la anécdota y ha acabado en la categoría. ¿Le estará pasando lo que a Pedro Ruiz?

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