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El delincuente heroico

Su delito será reprobable, pero él no dejará de ser un  héroe admirable

Su delito será reprobable, pero él no dejará de ser un héroe admirable

Había sido un ciudadano de esos que llaman modelo. Jamás había roto un plato.

De niño fue cuidadoso y aseado, respetuoso con sus padres y profesores, cariñoso con sus hermanos y buen amigo de sus amigos. Si veía a un ciego tanteando la acera con el  bastón, se ofrecía para ayudarle a cuidar la calle. Si tropezaba con un mendigo, se rascaba el fondillo de sus bolsillos hasta coger una moneda y depositarla en la mano del necesitado.

Compartía la bolsa de pipas, el cubilete de chufas, las bolas de anís, las chocolatinas Nestlé, el chicle Bazooka y hasta las chapas y las canicas con su compañero de pupitre. Y era tan respetuoso de la ley de Dios, que hasta corría a confesarse cuando Dori, la panadera, se inclinaba tras la barra de mármol para coger la pistola y, sin darse cuenta, dejaba entrever por el escote aquel glorioso par de tetas que le trastornaban.

-Padre-decía-me confieso de que me he deleitado mirando el canalillo del entrepecho de la  panadera.

-¿Tú, con lo bueno que eres?-le preguntaba el mosén incrédulo.

-Sí padre. Si hasta el más justo de los justos peca al día más de setenta veces siete, imagínese esta pobre criatura, con lo que requetebuena que está Dori…

Estudió derecho y terminó de forjar su personalidad aprendiendo las virtudes morales y cívicas que le faltaban. Se empapó del espíritu de las leyes. Y se convirtió un conspicuo adalid del estado de derecho, haciendo suyo el dura lex, sed lex de los romanos  y el famoso aforismo de odia al delito y compadece al delincuente.

Pero un día se enteró de que un vasco al que los amigos de ETA habían destrozado su hogar con una bomba, se había tomado cumplida venganza arrasando la herriko-taberna donde se reunían los autores de la fechoría. Cogió un bate de béisbol y la emprendió a estacazos contra aquel cubil de canallas.

Aquel vasco había cumplido escrupulosamente la ley del Talión haciendo a sus agresores lo mismo que ellos le habían hecho a él con la impunidad consentida de un gobierno que mira para otro lado cuando le peta. Pero, naturalmente, había quebrantado el respeto a la propiedad privada, y fue detenido como delincuente convicto y confeso.

Y, por primera vez en su vida, el hombre probo que nunca se había apartado de la ortodoxia, aplaudió con las orejas un delito. Luego se miró al espejo y vio ante él a su propia conciencia, antes tersa y limpia, cuarteada y putrefacta, como si fuera el retrato de Dorian Gray.

Pero le dio igual. Esta vez no sólo no confesó confesó su pecado cívico, sino que durmió feliz como un niño agradeciendo el arrebato justiciero del delincuente heroico.

¿Qué fue de Inés Rosales?

Tortas Ines Rosales y blogs

(Foto de Pesc)

Podía ser una tarde parda, de invierno tras los cristales, como recuerda Machado en su poema. O de sol y polen, porque la ceremonia se prolongaba durante todo el curso. El caso es que a media tarde, llamaban a la puerta de la clase. Tras la vidriera esmerilada de la puerta se perfilaba la sombra de un mozo con un cesto al hombro. Abría el profesor y llamaba a los medio pensionistas para que recogieran la merienda. Normalmente consistía en un suizo y una barrita de chocolate, y ya lo llevaba bastante mal el Duende, que no era mediopensionista y que normalmente merendaba al regresar a casa pan con mantequilla. Pero había uno o dos días a la semana en que literalmente se moría de pelusa, y era cuando en lugar del suizo repartían una torta de aceite Inés Rosales. Según la chiquillada, era el no va más de placer en meriendas. Y entonces se planteó el Duende que la medida de felicidad en esta vida quizás consiste en poder merendar a diario tortas de aceite Inés Rosales. Todo lo demás irá por añadidura.

Esta foto de color sepia es casi un ensayo sociológico. Lo primero que refleja es lo magra y estrecha que era la despensa de la época. Lo segundo, lo sencillo que es ser feliz en la edad pequeña. Hablan ahora los críticos de cine del éxito de películas pequeñas para definir a aquellas producidas con escaso presupuesto -La soledad, Juno- que compensan con pinceladas de humor, ternura y delicadeza lo que otras derrochan en estrellas, decorados y efectos especiales. A lo mejor hay que vivir también vidas pequeñas.

Pero al Duende la evocación le sugiere algo más. Habita en él ahora el espíritu detectivesco. Es como un ratón de biblioteca o un arqueólogo buscador de las miguitas que le guiaron por el bosque de la infancia. Y de repente constata que hace mucho tiempo que no ve tortas de aceite Inés Rosales, y que tras ese nombre tan bonito y tan poético habría una mujer. ¿Era tan guapa como sugiere su nombre? ¿Llevaría la esencia de anís y de ajonjolí que respiran sus tortas? ¿Vive aún en alguna residencia de ancianos del Aljarafe? ¿Creó familia? ¿Hay unos herederos de Inés Rosales?¿Se mantiene la producción de exquisitas tortas? ¿Fue fagocitada su marca por Nestlé o Geneal Foods?

No eran entonces más que unas marcas ligadas a una píldora de placer. Pero un día que el Duende paseaba con su padre por Calella de Palafrugell se abrazó con un viejo compañero de colegio que resultó Juanola, un hijo del creador de las famosas pastillas que llevan su nombre. Y desde entonces, no se sabe si por pasión documentalista o por envidia mercantilista -quien tiene una marca, tiene un tesoro- se ha preguntado el Duende por la suerte de los herederos del doctor Sloan y del doctor Lithin -¿alguien recuerda el agua de litines?- y de Ferrero, el del fósforo, y de Torres Muñoz, el del bicarbonato. ¿Qué ha sido de Paco, el de los caramelos que se anunciaban a brochazos sobre los peñascos de las sierras de Madrid? ¿Y de Facundo, el de las pipas? Quizás sólo Dios lo sabe.

Y puesto que su sabiduría es infinita, y puesto que el saber no ocupa lugar, que tenga la bondad de contarnos si la Viuda de Solano contrajo segundas nupcias o si sigue guiando desde el cielo la producción de sus finísimas pastillas de café con leche.

El marqués del molinillo de café

Molinillo de café

(Foto de Ramón Perez Terrasa)

Curiosa coincidencia. Habla el Duende del café y varios de los comentarios recibidos se centran en el molinillo, con el que él también jugaba. Debe de ser un síntoma de abuelo batallitas, pero suelo evocar a menudo la precariedad de los juguetes que nos inventábamos los niños de entonces. Una simple caja era un tesoro. El Duendecillo aprovechaba el llamado cartón de cigarrillos que desechaba su padre para clavar en él unos palillos y arrastrarlo por el pasillo con un cordel. Así explicado no dice nada, pero si al primer palillo delantero le colocaba como sombrero un dedal y simulaba él mismo el toque de campana de alarma, aquella tontería se transformaba en un majestuoso coche de bomberos. Eso sí que era minimalismo. Algunas cajas de medicamentos eran joyas, como las de aquel purgante llamado Laxen Busto, hechas de hojalata (igual que las de las agujas de La Voz de su amo, también citadas apenas hace tres posts). En estas circunstancias, cualquier cacharro con una manivela se convertía en tentación irresistible. La arcaica máquina de coser SINGER, con sus palancas, poleas, ruedas, y el curioso mecanismo de pedal, representaba un símbolo doméstico de lo que uno había disfrutado en Tiempos modernos de Charlot. Y el molinillo de café era, simplemente, el puesto de conducción de los tranvías, cuyo mando reproducía parte del recorrido circular del mango del cacharro casero. Por imaginación no quedaba, no.

Esta tierna experiencia de tranviario la volcó el Duende publicitario en la campaña de televisión que lanzó BONKA, de Nestlé cuyo objetivo principal era posicionarlo -que me perdone Lázaro Carreter por usar este palabro- como café en grano para diferenciarlo de NESCAFÉ, que era su famoso soluble. Se acordó entonces de esas una campañas testimoniales, y al Duende se le ocurrió pensar en un personaje singular que, a la vejez viruelas, amanecía a la popularidad como el anciano Marqués de Leguineche en la película de Berlanga Escopeta nacional. Aparecía Luis Escobar un plano corto con un molinillo de café en las manos y, accionándolo, decía más o menos así: Cuando yo era niño, le robaba el molinillo a Demetria, la cocinera, y jugaba a los tranviarios, que eran unos tipos colosales…Conducían el tranvía igual que estoy haciendo yo para moler este café BONKA…Hacía entonces una pausa y, con gesto evocador, añadía: …Porque es café en grano…¡Como el que le gustaba a la pobre mamá! Y remataba su mensaje apelando al abolengo de la marca…Y es de Nestlé…¡gente de toda la vida!

Gracias a esta campaña tuvo ocasión el Duende de conocer a Luis Escobar y Kirkpatrick, director de teatro, autor y tardío actor, marqués de Las Marismas del Guadalquivir y hombre de refinados gustos, exquisitos modales y Luis Escobar Kirkpatricksorprendente ingenuidad. Se acercó a él tímidamente, pensando que tanta prosapia y tan súbita fama le harían menospreciar un trabajo publicitario. Pero Marismas no distaba tanto de Leguineche, y aunque, como recordaba en sus memorias y diarios póstumos, vivió momentos de esplendor, debía hacer virguerías para mantener su tren de vida. Le anunció el Duende lo previsto para su caché, y Escobar se puso muy serio, temiéndose aquél lo peor. De pronto, puso la mano en mi brazo, me miró muy seriamente y me dijo: debería de decirte no…¡pero te digo que sí!…Y estalló en una de esas carcajadas que su prominente mentón hacía aún más peculiares.

Vivía en una casa del madrileño Parque del Conde de Orgaz puesta con gusto viscontiniano. Su salón, anejo a una biblioteca maravillosa, era como el Duende imaginó el de la Madame Verdurin que remansa el tiempo perdido en Marcel Proust. Mezclaba antigüedades y pinturas clásica con cuadros de Dalí y de Vicente Viudes y un sinfín de pequeños detalles de buen gusto caprichoso. Al fondo, por un gran ventanal, se veía una jardín romántico y una piscina discretamente disfrazada de estanque ornamental con alguna escultura mitológica. A la entrada, recibía a las visitas un papagayo de vivos colores, que junto con un mayordomo y el personal de servicio eran la única compañía del pintoresco marqués. Cuando me presenté con el fotógrafo para hacerle unas fotos de promoción, se puso de perfil y advirtió muy seriamente: sáqueme del lado malo, porque el otro es imposible. Lo imposible hubiera sido encontrar a alguien que diera más categoría y sacara más partido a un simple molinillo de café.


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