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El Duende sí tiene quien le escriba

En este cenobio lleba cincuenta y dos años Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, un monje que escuchaba la radio...

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De mi consideración y respeto D. Luis y a la vez muy querido amigo, admirado como persona y artista y lo que es más, mucho más, carísimo hermano en Nuestro Señor Jesucristo.

Ya es noticia que uno le escriban. No que reciba envíos de bancos, compañías telefónicas, eléctricas, gasísticas, supermercados, pizzerías, restaurantes chinos y tarjetas de cerrajero, sino una carta escrita  probablemente en una Hispano Olivetti de los años cuarenta. Con una cruz en el encabezamiento, y el membrete de la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Tres caras de folio a un espacio: esa es la segunda sorpresa. En esta época en que ya nadie manda cartas, el Duende sí tiene quien le escriba.

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Cuando nació el Duende –ya piensa que lo de la radio le sobra al pseudónimo- pensaba que todas sus ocurrencias hertzianas lanzadas al espacio durante casi un cuarto de siglo eran juguetes a los que dio cuerda y escaparon de su voz sin saber a dónde llegarían.

Nadie emite un mensaje universal que sea interpretado de igual forma por quienes lo reciben. La misma boutade que a este le puede hacer reir, a aquél puede que le haga llorar. Unos la considerarán inteligente, otros zafia e inoportuna. Para determinadas personas, puede ser humor. A otras quizás les parezca más dañino que un tumor. El bloguero cree que en algunos momentos habrá resultado, como poco, irreverente. Pero, sorprendentemente, para Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, que ingresó hace cincuenta y dos años en la Trapa, ni las impostaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI son pecados de lesa religión. Más aún, hasta la burda caricatura de la clase de tropa eclesial le merece consideración. Su papel de P.Bonete me encantaba –escribe el monje- y me reía mucho, son dos grandísimos artistas los Sres. Javier Capitány Ud.

Al artista jubilado sólo se le ocurre apostillar: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo, V, 3-10)

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Un día, Julián García Candau, un veterano columnista deportivo de los no muchos que saben escribir con gusto, le dijo al Duende que había un paisano suyo que le seguía en la radio, y que suspiraba por unas fotografías suyas dedicadas. No era un paisano cualquiera: era un monje.

- Mi ilusión desde muy niño era casarme –dice en su carta el cenobita- tener una digna esposa y unos hijos, poseer una familia , un hogar, no en vano tuve una novia desde los 21, y luego reñí y tuve otra, desde los 21 a los 24, edad en la que me metí en la Trapa con una fuerte vocación, pues cuánto me costó dejar la novia y cuánto me lloró día tras día para que no me fuese, es lo que más me costó dejar…

El Duende le escribió, le mandó las fotos, y pidió su oración para que Dios le perdonara  las travesuras radiofónicas que pudieran  ofenderle. Fray Mª Vicente no sólo rezó por esas intenciones, sino que aquella Navidad envíó a la casa del Duende unos bricks de leche de las vacas abaciales y una caja de bombones de la Trapa.

Nunca imaginó aquel bromista radiofónico que su semilla pudiera caer en tierra tan fértil.

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Fray Mª Vicente es un fraile muy terrenal. Confiesa que aparte de las novias el fútbol es la única afición que yo he tenido en mi vida. Aunque luego matiza: también el circo, (por sus payasos).

 Pero todo lo dejó por el amor a Cristo, pues créame que sin Cristo en mi vida ya no sabría vivir, El lo es todo para mí, aunque me gustaba antes muchísimo oir la radio o transistor que me regalaron del cual gozaba mucho oyendo a Ud. y a D. Javier Capitán “El gran carnaval”, donde me moría de risa en mi celda y luego también me gustaba mucho oirles a los dos a las 8 de la mañana antes de empezar el parte, lo maravillosamente bien que imitaban a todos los personajes, recuerdo que Ud. imitaba al Caudillo Franco, que vamos, era el Caudillo mismo.

Muy terrenal, como les decía. En aquel cruce de cartas de la década pasada, aunque es natural del mismo pueblo castellonense de García Candáu, se declaraba hincha del Athletic de Bilbao. El bloguero le recordaba entonces su triste suerte de simpatizante del Atlético de Madrid, a lo que el buen monje le recordó que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria.  O sea que hasta los del Aleti, que tanto pecan de ira y de escepticismo en este valle de lágrimas, podrán sentarse a la diestra del Jefe.

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Cincuenta y dos años levantándose a las cuatro de la madrugada, rezando, trabajando en la huerta, haciendo chocolate, encuadernando, cantando laudes, vísperas, salves, angelus… Aislado del mundo, pero escuchando la radio. Ni una palabra en su carta de palabras como crisis, Europa, prima de riesgo, paro, depresión, pesimismo. Les deseo con todo mi corazón y con todo mi cariño tanto a Ud. como a toda su querida familia unas felices, alegres y santas Pascuas de Navidad y que el Niño Dios nos conceda un venturoso y fecundo Año Nuevo 2012 y nos mande sus dones y gracias santificadoras para que redunde en nuestra santidad.

La carta es un dechado de caótica ternura. Como de otro tiempo, como de otro mundo. Y confiesa Fray Vicente que espera contestación, porque de verdad, D. Luis, que me han encantado sus cartas, sobre todo la más larga, no me canso de leerla, porque yo también aprecio y valoro en usted…Ojos que no ven, corazón que exagera.

Pero bienvenido Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, para recordarle al Duende que hay vida más allá de la crisis y Navidad más acá de El Corte Inglés, quizás donde nos recuerden que no sólo de pan debería vivir el hombre. Y más aún en estos tiempos en que cuesta tanto ganarlo.

 

Rubor ante las cámaras de TV

he ahí una buena solución para salir por la tele sin pasar vergüenza...

Qué inesperado. De repente un día de hace dos semanas al Duende le llama Antxon Urrusolo.

Antxon –espera no haberle escamoteado ninguna x en su nombre- le invita a participar en un programa que arranca con el nombre de ASPALDIKO que va a presentar él en ETB. ETB, ya saben, no es lo que era. Antxon probablemente no cabría en lo que era la TV autonómica vasca. El Duende tampoco tenía cabida en TV alguna. Ni vasca ni de ningún otro lugar..

Pero Antxon insistía. Dice no interesarse por  el Duende como tal. Hace un año le buscó como padre Bonete para invitarle a la presentación de un libro suyo sobre la cocina de los conventos y monasterios, y el Duende, lamentablemente, tuvo que rehusar el apetitoso encargo. Qué fe la de este periodista vasco, cómo puede confiar en los trasgos evanescentes que a veces se filtran por los micrófonos. Esta vez no busca la gamberrada ni el astracán. Inopinadamente, para el viernes que, según él, pinta más distendido que el resto de los días de la semana, quiere una tertulia irrelevante, pero curiosa. Sobre temas  de esos a los que costará aplicarles el término de “debate”. Hoy cualquier cambio de pareceres es debate. A lo que pueden largar el Duende y compañía le llamarán “txorradika” o así.

-Qué nervios-comenta el Duende con su amigo Homper-Salir en la tele vasca, y yo con estos pelos…

Pelos blancos. El Duende se ve como  un Carrascal menos flamígero con el poder y con peor inglés. Según sus cálculos, y salvo que tengas que hacer de abuelito en un spot de la Caixa para planes de pensiones o en otro de pegamento para dentaduras postizas, su estilo no es precisamente el de un icono televisivo. En cabelleras blancas y portes atildados le salía muy bien el marqués de Santo Floro, que lamentablemente ya murió –una perla para imitar- y el propio Carrascal. Pero ahora no se llevan los hombres así. Ahora hay que salir con camisa negra, barba a medio rapar y el pelo cuidadosa, pero desordenadamente engominado. Antxon insiste en que no.

-De verdad te digo: quiero una tertulia alternativa. Bastará que te comportes con naturalidad.

Qué peligro. La última txorradika que le obsesiona al Duende es la desnaturalización de la pana. O qué pronto se despeluchan ahora las rodilleras en un pantalón de pana. Pensar que era la tela de la gente del campo, de los pastores, de los jornaleros, de los mieleros de la Alcarria, y que ahora se ha convertido en un género tan delicado…Ya nada es lo que era. Ni siquiera la tele vasca.

Aunque por mucho que diga el bueno de Antxon, no se si se va a mantener con aportaciones intelectuales de este calibre.

Martita vuelve a sonreir (Un cuento sobre la sensibilidad)

Se lamentaba Homper- el Hombre Perplejo- a su psicólogo. Mire, trato de encallecer mi sensibilidad y sin embargo creo que fracaso, ¿qué puedo hacer? El psicólogo le recordó que ser una persona sensible, como diría el padre Bonete, no es malo de suyo. Pero Homper replicó de inmediato: calle, no diga tonterías, tú blindas tu alma y el mundo te resbala. Sin embargo abres tus poros a lo que flota en el viento, a los sentimientos, a lo que ven tus ojos, a lo malo o a lo bueno de la vida, y siempre crees que te debe lastrar lo peor. Y acabas sufriendo innecesariamente, como mi amiga Marta.

Y añadió que parecía imposible que Marta lo estuviera pasando mal, con la carita inocente, tan rica y llena de ternura, que Dios le había dado.

Marta había entrado en la edad madura, pero seguía luciendo rostro de niña, y era tan dulce y cariñosa, que invitaba a que se le llamara Martita. Parecía una amiga de Mafalda, o una de esas criaturas con zapatitos, calcetines y lazo en el cabello que ilustraban las vajillas infantiles antiguas. Marta está bien casada con un marido estupendo, un ingeniero de esos que no sólo te quiere, sino que además es capaz de crear una empresa y, lo más importante, de arreglarte la plancha si se pone a ello. Un tipo tan bien organizado que incluso es capaz de entender ese artefacto diabólico para los bebés que se llama Maxi Cosi, no les digo más. Tienen cuatros hijos y esperan un nieto, y viven en una casa con patio ajardinado la mar de agradable. Además, trabajaba en una pequeña fábrica de felicidad, pues por sus manos pasaban niños de esos que antes llamaban incluseros y que, gracias entre otras cosas a sus buenos oficios, encuentran ahora padres adoptivos. Bonito trabajo Sin embargo, las cosas, se le habían juntado alifafes de salud, preocupaciones por el futuro de sus hijos -¿quién se libra de eso?- y alarmas derivadas de su extrema sensibilidad. Y ahora andaba triste, algo deprimidilla.

¡Qué compromiso, doctor!-le dijo Homper. Y el psicólogo se excusó. No se qué decirle, no la conozco, mi cliente es usted…Pero no creo que eso de echar una capa de cemento a la sensibilidad sea remedio…Y haga el favor de no complicarme la terapia con terceros, caramba, que bastante tengo con usted.

Y Homper se echó a la calle recordando el verso de Rimbaud que tanto recitaba su padre. Par delicatesse j´ai perdu ma vie…Y pensaba que, pese a la resistencia del psicólogo, sus esfuerzos por sofocar sus neurona de la sensibilidad no le habían ido tan mal. Pasaba por la Rosaleda del Retiro en su esplendor y conseguía que las rosas no le dijeran nada. Desfilaba ante los mendigos más dignos de compasión y se convencía a sí mismo de que eran farsantes. Veía precipitarse por un balcón a un especulador desesperado por la crisis bursátil y se encogía de hombros. (Hacía bien, el millonetis arruinado se había atado un tirante de los del puenting, por si en el descenso Wall Street rebotaba y salvaba los muebles). Se convencía a sí mismo: educo mi resistencia, me fortalezco, estoy preparado para afrontar el futuro sin ser víctima de mis sentimientos.

Sin embargo aquella noche tuvo un sueño inquietante. Había dejado sobre la mesa de la cocina una merluza en salsa con la que pensaba invitar a cenar a unos amigos. Ya se sabe cómo son de caprichosos los sueños. En esto aparece su nieta encima de la mesa, y mete un pie en la fuente de merluza. Suena el teléfono, Homper toma un rollo de papel de celulosa, limpia a toda prisa el pie de la niña y se precipita a descolgar. Cuando regresa, la niña no está. Sin lavarle el pie, que seguramente olerá a merluza en salsa verde, la madre le ha puesto los zapatitos y se la ha llevado a la guardería. Y Homper pasará el resto del día torturado por la culpa y las dudas. No sabe qué es peor, si que las monjitas miren extrañadas a su nieta porque huele a pescado guisado, o que a sus invitados esta noche no les guste la merluza con sabor a pie de niña. Qué horror: regresa a la sensibilidad.

Y aunque tenga que seguir pagando al psicólogo, se congratula con su suerte, y aún se atreve a rectificar a Rimbaud. Par delicatesse j´ai gagné ma vie, sí, eso debería haber escrito el poeta. Pues, pase lo que pase con el sueño, con el pie de la niña y la fuente de merluza, y a pesar de que el día es plomizo, Homper sabe que gracias a que aún no se le ha embotado el sentimiento conecta con su amiga Martita. Y está convencido de que ésta sonreirá cuando lea sus peripecias. Y pensará que, pese a todo, vale la pena abrir esos ojos con pestañas tan largas que hacen cosquillas a los ángeles y volver a mostrar su sonrisa de niña feliz.

Dios entre E.T. y Einstein

(Foto de Max Sparber)

Los periódicos del pasado 14 de mayo hacían coincidir dos noticias llamativas. Por una parte, una afirmación de la Iglesia de Roma con algunas repercusiones en su doctrina oficial. Y, por otra, unas revelaciones de Albert Einstein sobre la religión de las que hasta ahora no se sabía nada. Más picadillo para la empanda mental que en materia religiosa siempre se está cocinando el Duende.

 La fuente en el primer caso es el astrónomo del Vaticano. Este jesuita, un argentino llamado José Gabriel Funes, parece tener más predicamento que el referido específicamente a su ciencia. Escudriñando el cielo con su preclaro telescopio, ha llegado a la conclusión de que se puede creer al mismo tiempo en Dios y en los extraterrestres. La afirmación ha llenado de gozo a gran parte de la grey católica militante en la zona gris de la fe, o sea, la fe fetén ma non troppo. Este tipo de creyentes vivía francamente atormentada por la obligación de creer que E.T. era menos criatura divina que canallas como los que integran junta militar de Birmania o pájaros como el jefe de la policía local de Coslada. No podía admitirse tanto contradios. 

 Pero claro, cualquier reforma en la doctrina viste un santo para desnudar a otra. A un creyente  a machamartillo, como los que tanto le gustan al padre Bonete, le asaltan ahora dudas que nunca tuvo. ¿En cuál de los siete días que relata el Génesis creó Dios a los extraterrestres? Otrosi,  si la oración del credo habla del Dios creador del cielo y de la tierra, en ella no caben estas extrañas criaturas, que tampoco estaban censados en el arca de Noé. Por otra parte, si es cierto que  Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, ¿a semejanza de quién se le ocurrieron los extraterrestres?. Más dudas: cuando el astrónomo da carta naturaleza a los extraterrestres es porque, en buena lógica, tiene prueba de ello. Y si éstos se han manifestado es en razón de su inteligencia superior, puesto que el hombre no ha sido capaz de hacerlo sino en la Luna y en Marte, donde no hay bicho viviente. ¿Quién es ese Superdios que pilota a los extraterrestres? Jesús, qué lío.

 Al mismo tiempo, se desvela ahora que el gran cerebro del siglo XX creía que Dios y la religión no son más que una expresión de la debilidad humana. Y que la Biblia es una  colección honorable, pero primitiva (sic) de leyendas infantiles. Lo anota así en una carta enviada al filósofo Eric Gutkind el 3 de enero de 1954, y publicada esta misma semana por el diario The Guardian. Tal como se reproduce, parece que las afirmaciones del sabio alemán lo son para escándalo de los creyentes. Al Duende, que está lleno de buenas intenciones, pero que sólo cree que cree, no le escandalizan nada, y le parecen bien traídas. El encaje entre las grandes verdades de las religiones y las aún más enormes y sangrantes contradicciones que uno ve en este mundo son tan difíciles de racionalizar como el ratón Pérez o los Reyes Magos.

  Claro que Dios es muy superior a estos cuentos, y presenta mejor hoja de servicios. Pero hay que reconocer que, para ser tan bueno y tan sabio, a menudo se expresa bastante mal.

Domingo de Ramos con Bach

Musica en Iglesia Bach

No colgó la palma del balcón, como se hacía antaño el domingo de Ramos. No estrenó nada, como mandaba la tradición entonces. Nada: ni tan siquiera un pañuelo, o unos calcetines, que era la forma de cumplir sin disparar el presupuesto familiar.

No hará esta semana santa las estaciones, que ni sabe si sobreviven en el ritual católico: se iba de iglesia en iglesia y en cada una de ellas se conmemoraba cada uno de los capítulos de la pasión y muerte de Cristo. Se les podía ver en casi todos los templos, plasmados en unos cuadritos de escayola policromada en relieve, como diseñados por el art director de Cecil B. de Mille. La flagelación, la corona de espinas, la primera caída, el paño de la VerónicaAlabámoste, Cristo, y te bendecimos -rezaba la primera parte de la jaculatoria inicial de cada estación. ¡Que por tu santa cruz redimiste al mundo!- se respondía a sí misma. Olía a incienso.

No escuchará más el raca-raca de las carracas, que, como no son de tecnología digital ni necesitan pilas, no deben de interesar ni a los chiquillos.

No hará por catar las torrijas, el potaje o el bacalao a las trancas -plato típico de Zamora, muy cuaresmal él. Mal que le pese al padre Bonete.

Y no asistirá a los oficios ni a las procesiones. Sin dejar por ello de sentir ni más ni menos que los que, aún llevando una vida poco ejemplar el resto del año, se abrirían las venas si no pudieran pasear su sentimiento bajo los capirotes o transportar el paso de su hermandad sobre sus doloridos hombros. Lo de nuestra semana santa -suelen decir para fortalecer tan vigorosa expresión religiosa- hay que entenderlo. Hay que entenderlo todo. La fe en el ser supremo, en las dolorosas, en los cristos. La fe en la nada. La fe de los melocotones en almíbar. Y la meditación del funámbulo que duda. Y hasta la de quien cree que todo es una lectura poética del hombre y su historia. Un glaseado de azúcar espiritual para no dejar al alma en mal lugar.

Al Duende le gustaría comprenderlo todo. Pero lo que mejor le cose la trascendencia a a los fondillos de su almario es la música de ese sumo pontífice que fue Juan Sebastián Bach. Ayer, y dentro del IV Ciclo de Música en las Iglesias que programa el Ayuntamiento de Madrid, escuchó en directo dos de sus cantatas en la iglesia de la Milagrosa. Los artífices fueron la Orquesta y Coro de la Capilla Real de Madrid y Oscar Gershensohn. Qué calidad de versión. Qué belleza tan sublime. En la cuerda de sopranos, cantaba una mujer rubia y espigada con cuello de garza que se llama Sonsoles Espinosa.

Una contradicción para su importante marido, tan firme en su no fe. Como comentaba a la salida uno del público, transfigurado, quien es capaz de hacer esta música, no necesita más Dios. Porque está en Él.

Sobre la marcha

 El niño aquél no acababa de entender qué era la fe. La fe, le enseñaban, es creer en Dios. ¿Y cómo es Dios? -preguntaba el chiquillo. No tiene cara ni cuerpo, nadie sabe donde está, aunque está en todas partes -le decían- pero es lo más importante. Es el creador de todo, y  el dueño de nuestros destinos, ¿lo entiendes?. Tienes que creer en El. ¿Y cómo voy a creer, si no le veo? -replicaba el niño, inocente. Tampoco en una lata de melocotones en almíbar ves los melocotones, y sin embargo sabes que están allí. Vale, pensó el niño. En adelante, cuando le preguntaban cómo se imaginaba a Dios, respondía  que como los melocotones en almíbar.

Sospecho que muchos de los que revolotean por este blog están entre el niño de los melocotones y el unamuniano creo en Dios porque lo necesito. O, dicho de otra forma, si no hubiera Dios, habría que inventarlo. De tiempo inmemorial viene la controversia entre la fe y la razón, pero mira por donde la razón matemática ha venido a echar una mano a aquélla, y de paso a llenar las alforjas de Michael Heller, un filósofo y matemático, profesor de la facultad de Teología de Cracovia, que acaba de embolsarse 1.069.000 € en forma de premio otorgado por la Fundación Templeton de Nueva York. Al parecer ha demostrado que con fórmulas matemáticas se puede llegar a concluir que Dios no es ninguna broma.

Al leer la noticia, el Duende saltó de gozo. En parte por ver reforzado el argumentario del padre Bonete. Sin que salga de aquí, diremos que al mosén nunca le dejaron del todo convencido las cinco famosas vías con las que santo Tomás de Aquino pretendía demostrar la existencia de la divinidad. Parece mentira que fuera tan docto y asentara tales simplezas - dicen que llegó a afirmar en una ocasión Pero el júbilo duendal fue pronto ensombrecido por las dudas. Si él fue siempre de letras, y no llegó siquiera a entender ni la ecuación de segundo grado ni la demostración del teorema de Pitágoras, ¿cómo iba a llegar a Dios a través de las matemáticas?

La respuesta, como tantas veces, la hallado en los boleros. Caminemos, tal vez nos veremos después…, cantaban melancólicos los incombustibles Panchos. Pues eso: hagamos la marcha propuesta y, si no nos vemos con Dios sobre la marcha,  al menos nos veremos entre nosotros. Por contrastar, entre otras cosas, si los amigos de este blog responde a la imagen que uno se ha forjado de ellos a través de sus comentarios.

Le cuenta Candil al Duende que muchos esperaban su confirmación para cerrar sus planes. Pues por él, adelante, 19 de abril en primera y única convocatoria. Sólo se atreve a sugerir al guía que el camino sea asequible para una mayoría, o al menos gradual en el esfuerzo, de forma que el que flojee pueda retirarse y esperar o regresar tranquilamente al punto de partida.

Claro que, si llegar a la meta es cuestión de fe, bastará con llevarse una calculadora. Después de haber ascendido a Dios, como ha hecho el profesor Heller, lo de subir a la Pedriza seguro que es pan comido.

Gracias, Mariano

Mariano Rajoy
No habría mentira si no se partiese de la verdad, como no hay imitación si no existe un modelo original. Lo malo es que a los duendes de la radio se les va el personaje de referencia y ven que su caricatura se desvanece sin remedio. Tanto estudio de voz y de gestos, tanta composición del personaje para nada. Sic transit gloria imitatoris, que diría el padre Bonete en su latín macarrónico.

La nómina de caídos que lloró el que suscribe es larga. Algunos, como el impagable Agustín Rodríguez Sahagún, el papa Juan Pablo II o la pluma avinagrada de Francisco Umbral, nos dejaron para siempre. Si vemos a Charlot, o al Gordo y el Flaco, o a Buster Keaton en una de sus películas podemos seguir riéndonos de ellos y con ellos. Aunque estén muertos desde hace tiempo, a nadie le parecerá le parece una falta de respeto o de delicadeza. Pero si nos reímos de su imitación, todo el mundo entiende que estamos ofendiendo a la memoria del difunto. Así que hay papeles importantes que ya nunca cabrán en el repertorio de los duendes.

También hay muchos que no necesitan morirse para alejarse del mismo. El Duende disfrutaba haciendo de Alfonso Guerra, de Marcelino Oreja, de Leopoldo Calvo-Sotelo, de Manuel Fraga, de Santiago Carrillo, de Hernández Mancha, de Solana, de Rodríguez Ibarra, de Julio Anguita, de Luis Molowny, de Rexach, de Joan Gaspart, de Florentino Pérez. Algunos, como don Manuel, el inagotable Carrillo o Guerra aún nos sorprenden de cuando en cuando con alguna soflama o un chascarrillo malvado que les devuelve a la actualidad. Pero los más han ido pediendo protagonismo. A algunos, ni les buscan ya los periodistas. Su imagen se va desdibujando en la memoria colectiva a medida que enmudecen. Tanto hablas y tanto sales por la tele, tanto tienes.

Por eso el Duende tiene que estar agradecido a Mariano Rajoy, que pese al varapalo de no ganar por segunda vez ha anunciado que seguirá al frente de la oposición. Alberto Núñez Feijoo, que es de los que se perfilan en el horizonte como posibles delfines del PP, explicaba alguno de los porqués. Un líder -dijo- no se improvisa. Cierto: no es fácil dar con la impostura de su personaje si éste habla correctamente, si no tiene un deje regional, si no abusa de muletillas, si no dice burradas o si no habla, como el ya talludo líder del PP, con las eses deshilachadas. Si encima es de Castilla y León, modula las palabras tan pulcramente como Zapatero y resulta de todo un esaborío, el Duende se queda tan huérfano como el ventrílocuo que pierde sus muñecos.

Si todo va como es esperable y Mariano Rajoy cumple sus propósitos, el Duende podrá seguir tirando de uno que, por su fondo y sus formas, es de los más arovechables de la fauna política. Y así hasta dentro de cuatro años. Voila la madre del cordero: no es que le afecte el debate sobre el liderazgo que se abre en el PP. Ni que piense que este pontevedrés tan solvente es la mejor solución para arreglar España. Porca miseria, es que su marcha le destrozaba al Duende el elenco con el que tiene que seguir tirando hasta que le llegue la jubilación.

Así que gracias, Mariano. Y aguanta por lo menos dos años y medio.

El Servicio de Desesperación del Cliente

Call Centre de risa

Tiene razón el padre Bonete: el mundo hoy vive en un constante sarpullido de lujuria, y la concupiscencia lo invade todo. El Duende sin ir más lejos lo confiesa paladinamente: cuando llama a averías de Telefónica y le contesta la posición 38 no puede dejar de imaginar al operario/a haciendo el numerito con su pareja según las instrucciones anatómicas y ergonómicas que la Guía pormenorizada del Kama Sutra establece para tal posición. Podría atenderle Bonifacio, Pilar o Josefa, pero nadie sabe por qué le atiende una posición, y luego pasa lo que pasa. Todo por hacerlo más funcional y, a buen seguro, ahorrar costes para la empresa.

El diálogo con la posición y el aún más irritante diálogo máquina-sufridor al que nos obliga el odioso contestador automático que hoy se ha impuesto en cualquier servicio de atención al cliente es sólo una muestra. Un ejemplo más de esa falacia de aquel slogan de el cliente por encima de todo. Palabras, palabras, que decía Hamlet. La teoría es bien intencionada, pero aunque la parafernalia para llevarla a cabo es ostentosa y de última tecnología, no basta. Muchos números de teléfono, muchas claves, mucha música amable enlatada, mucho teclear, muchas frases de cortesía, y en ocasiones, mucho reenvío de un departamento a otro para al fin ser atendido por primerizos con contrato temporal a los que el Duende acaba abroncando sin culpa alguna. Se que usted es inocente, y me consta que es una persona encantadora -suele disculparse al final del chorreo- Pero dígale a sus jefes que tenerle a uno una hora y media oyendo a un robot gilipollas y escuchando un hilo musical para avisar una avería es una tomadura de pelo. Más que de atención, es el Servicio de Desesperación del Cliente.

Por lo mismo, y por lo rápidamente que caducan las claves, el Duende ha renegado de la banca telefónica y al uso de la banca por internet. Va al banco y, de paso, saluda a las cajeras, que son muy amables, hace sus gestiones y se limpia los zapatos gratis en un aparato semioculto en el sótano que gasta energía, cerdas y algo de betún con sólo apretar un botón. Y excusen que el Duende calle el nombre de este banco tan filántropo. Es para evitar que la patronal bancaria proceda contra él por la indecencia ética de no cobrar algo. Qué falta de principios.

El tótem que simboliza la falsa apariencia de atención al cliente son las ventanillas, los pupitres o los despachos vacíos en tantas oficinas y establecimientos públicos. Buscan el mismo efecto psicológico que esa misteriosa maleta que, apenas aterrizado el avión, circula en la cinta transportadora de llegadas para que el viajero crea que su equipaje está al caer. Obsérvenla, nunca se la lleva nadie. Como tampoco se llenan nunca las tropecientas ventanillas para el chequeo de los billetes de avión, ni las que atienden en las oficinas de la Seguridad Social, ni las de la Agencia Tributaria, ni las del Registro, ni las de RENFE, ni las de los ayuntamientos, ni las de las empresas que suministran la luz, y el gas, y el teléfono. Siempre hay alguien de baja. Siempre alguno que aún no ha vuelto de tomar el café. ¿Cuánto dura el café del que atiende al público?¿Quién lo controla? ¿Por qué quieren sustituir al absentista por atrezzo de simulación? ¿Para qué tantas mesas vacías?

Acaba el debate entre Zapatero y Rajoy y ni una palabra al respecto. Lógico, es un tema menor. Ambos quieren hacer a las nietas del Duende más guapas, más listas, más ricas y más modernas. Pero se las imagina en un mundo atendido sólo por contestadores automáticos y con miles de oficinas de atención al cliente vacías y no sabe si acabarán siendo más felices.

Un caldo siempre cae bien

Caldo rico

(Foto de VJ_pdx)

No llegará la sangre al río. Pelillos a la mar, se encontraron el nuncio del Vaticano y el presidente ZP en un acto público y éste se quejó de los obispos. Con talante, pero se quejó. Monseñor Monteiro, muy diplomático, le recordó al presidente Zapatero que tenían pendiente un caldito. ¿Será en Moncloa o en la nunciatura? Da igual, con un caldito se puede arreglar casi todo.

Si le nombran asesor al efecto a nuestro querido padre Bonete dirá que, como poco, el caldito ha de tomarse con con jerez, y mejor con yema de huevo. Eso sí, como el nuncio es sobrio y austero, pero de fino paladar, mejor si se enriquece el caldo con unas fruslerías más. Acaso unos taquitos de jabugo, por qué no unos huevos duros troceados, quizás unas finas hebras de pechuga de faisán, tal vez unos corruscos de pan frito. Poca cosa, unas naderías, pero que sin duda harán más sabroso el caldo y facilitarán el diálogo.

Eso sí, como el presidente es de León y hay que dar al césar lo que es del césar, qué tal si se acompaña el caldito con una fuente de cecina debidamente rociada de aceite de oliva. ¿Y si añadimos unas rodajitas de chorizo del Bierzo? -puede que sugiera monseñor. Hombre, presidente, pues ya, metidos en juerga, permítame que ya que don Manuel Monteiro es portugués se ofrezca en su honor algo típico de su país. Poca cosa, un platito ligero, a tono con la sobriedad eclesiástica. Por ejemplo un bacalao dourado, que pueda servir de pórtico, es una idea, a un foie de pato con puré de manzana, como queriendo decir a su eminencia reverendísima que nadie en el gobierno quiere sacarle los hígados a la Iglesia, antes al contrario.

Y a la vista de que con estas pequeñas delicatessen debidamente regadas con los vinos procedentes se va a cocinar un arreglo, pues nada mejor que añadir a este ligero tentempié un botillo, un cocido maragato, un buey estofado, empanadas de anguila del Arlanzón y, eso sí, como monseñor es goloso como un niño y el presidente pura dulzura, un repertorio de gourmandissses todo santidad: un San Marcos, puede que unos deliciosos tocinos de cielo, piononos de Granada, el Saint Honoré, sin duda una tarta de Santiago, unos suspiros de monja y, como concesión al leonesismo y el laicismo de Zapatero, unos nicanores de Boñar y cómo no, unos siempre deliciosos mantecados de Astorga.

La presunta glotonería de lo que doña María llama el cuerpo de servicio de la Iglesia es un socorrido tópico en el que abundaron desde Galdós a Berlanga. El Duende guarda memoria de un chocolate en onzas que merendaba de niño junto a un trozo de pan. No era Elgorriaga, ni Valor, que eran las marcas de la época, sino Los Canónigos. Supongo que era algo más barato. En la envuelta, se veía a unos orondos frailes despachando un cuenco de aquel chocolate que, si bien no era de los que parecían hechos con arena -así sonaba triturar aquellas tabletas de cacao con azúcar sin refinar- tampoco era una delicia como los de ahora. Pero, junto al chocolate, nada tan clerical como el caldo. Archifamosa es la anécdota de aquella cena en una casa de prosapia en la que el obispo era el invitado de honor. Como quiera que, por su natural modestia cristiana, el dignatario se sirviera el consomé sin apenas hundir el cucharón en la sopera, la doncella, apercibida de ello y deseosa de dejar bien a sus señores, le advirtió diligente: ajonde, ajonde, su divina majestad, que en el culo está lo bueno.

Bueno sería que el presidente y el nuncio ajondaran en este otro caldo de la concordia. Y que en su culo, con perdón, encontraran un puntito de sosiego que deje a cada cual en paz con su dios.

Lo demás también importa

Sexo

(Foto de Tipo Gráfico

Regresa un hombre a su casa y dice a su mujer que le han despedido. Ella, que está tomando una ducha, le resta importancia. Cariño, ya encontrarás otro trabajo, ¿vienes?… Se les escucha el juego amoroso, y sobre estos arrumacos se superpone la voz del prescriptor de turno. ¿Problemas de erección, eyaculación precoz?…Si su vida sexual funciona, lo demás no importa. Y el prescriptor deja caer el nombre de Boston Medical Group, que no ofrece trabajo sustitutivo, pero te pone lo que te dije más nervioso que el revólver del Coyote.

 Lleva sonando esta cuña en la radio meses y meses. Debe de ser tan mala que ni un viejo profesional de la publicidad como el Duende era capaz de recordar la marca anunciante.  Erre que erre, mira por donde la acaban de pasar a las 7′ 59 a.m., y todavía no la ha olvidado su decrépita memoria de mosquito.  Las grandes agencias no se molestan en hacer creatividad para radio, porque la radio, como subraya Ricardo Pérez, no la ve nadie, y vivimos la civilización de la imagen. Da poca fama, y premios menos relevantes que los spots de la tele. Por eso, cualquier tontería vale en una cuña. Sin embargo es de suponer que alguien acudirá a ese instituto para restaurar su virilidad perdida, pues si no la habrían retirado. La cosa es que según están las cosas aunque funcione el remedio harían bien en cambiar la campaña. No es lo más adecuado al momento, francamente. Ese lo demás no importa cuando acaban de anunciar casi doscientos mil parados más, y lo que te rondaré morena, suena como una broma de mal gusto.

El padre Bonete suele recrear en su defensa de la castidad una homilía que es una clásica entre las destinadas a aterrorizar a los pecadores en ciernes. Jóvenes que han cronometrado el placer -explica remarcando con dramatismo cada sílaba- me dicen que éste dura veinte, treinta segundos a lo sumo. Y os pregunto yo… Por veinte segundos de placer efímero…¿vais a arriesgar una eternidad en los infiernos? La operación, claro, no tiene cuenta. En Todo lo que usted quería saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar,  Woody Allen presenta a un siniestro anciano depravadillo interpretado por el histórico John Carradine que presume de unos orgasmos de treinta minutos. Ese si que aspiraba, con razón, a la Champions League del sexo, y a lo mejor podría contarnos que, tan largo me lo fiáis, el fin justificaba los medios.

Pero ni siquiera el Zapatero más optimista se atreverá a prometer tanto en ese campo. Y es raro, porque sigue valiendo todo para el personal que entre polémicas obispales, ilegalizaciones sospechosas, listas torpes, mentirijillas feas y datos económicos alarmantes de los que Bush ya no es el único culpable está mosqueado y desmotivado para mojarse en las urnas. Así que más vale que nuestros gobernantes trabajen en serio para evitar que se pierdan más puestos de trabajo.

 Y entretanto, que le ayuden los del instituto de marras, y cambien  el comportamiento de esa tonta para la que un macho con el as de bastos en condiciones  es la panacea de todos los males. Todo es relativo, pero que le vendan a uno el encanto del sexo cuando el horizonte del parado es oscuro y sólo tiene la calle para correr, además de una mentira es una bofetada que no tiene ninguna gracia. Con o sin trabajo, con o sin erecciones, -y más ante las elecciones-  lo demás es lo que importa.

Un día de novillos

(Foto de Xosé Castro)

Confiesa a menudo el Duende que pasó de la infancia al otoño de la vida y se le olvidó ser joven . Y si me apuran, hasta le dio una larga cambiada a la madurez, o sea, que tampoco ésta hizo mella en su personalidad. Menudo problema: el  espíritu de Peter Pan se prolongó en él más de lo aconsejable en estos tiempos. Y además la timidez y el miedo a la transgresión le hicieron apocado y alicorto. Poca materia que contar al padre Bonete de turno, o al padre Cayo -este sí que era de verdad-, recientemente mencionado. Por no hacer, ni novillos en el colegio. Qué desperdicio.

Así que, a la vejez viruelas, ayer por la mañana, mientras muchos de los amigos de este blog se aplicaban a su curro, se tomó una de esas libertades que debió haberse tomado mucho antes. Hasta los pedagogos estarán de acuerdo en que es muy sano transgredir de vez en cuando. Aunque ahora la transgresión en forma de novillos, pella, pira o como quiera que se quiera decir,  fueran bien inocentes. El caso es que se subió al coche con su hermano Pablo -éste sí, jubilado del todo- y en la soleada y fría mañana de este tramo postrero del otoño se largó a conocer un rincón de la provincia de Madrid que es una joya de la naturaleza. Algunos aquí le dirían que se callase, que no lo revele, que se entera más gente, y que los privilegios hay que guardarlos para los amigos muy amigos. Es una bobada, y un egoísmo absurdo, y además tampoco es noticia, pues a lo largo del año el Hayedo de Montejo aparece constantemente en la tele, en la prensa y en las recomendaciones turísticas.

Se trata de un pequeño espacio muy bien protegido. Un valle umbrío que sólo es visitable en compañía de un guía. Nuestra guía era una mujer, una ingeniera de montes amabilísima con la que aprendimos cosas muy interesantes. Una, que el hayedo tiene tres mil años, y sería una pena que no siguiera cumpliendo. Dos, que el cambroño, cambrón o cambrión es el mismo arbusto solanáceo sarmentoso de ramas muy espinosas, hojas lanceoladas y fruto en baya que en otras zonas llaman piorno. Tres, que los zorros también se alimentan de escaramujos, como denotaban las semillas que observamos en unas heces zorrunas que amojonaban la senda. Y eso aún siendo un fruto astringente. Cuatro, que, a pesar de que el hayedo es lo que, a tenor de las ilustraciones tradicionales, podemos considerar como el bosque típico de los cuentos, no vimos ni al lobo de Caperucita, ni a Tambor, ni a Flor ni tampoco a ningún gnomo. Dicen que hay bastante corzo, jabalí, zorro, tejón, garduña,  águilas ratoneras, lechuzas, algún buitre leonado y pájaros pequeños como carboneros, herrerillos y pinzones. Al Duende le sorprendió ver a un joven Jarama que marca una de las lindes del hayedo. Corre tan limpio y transparente que se puede beber de él. En esas aguas crían las truchas, y el último año dicen que ha sido vista alguna nutria. Salvo el verde los acebos, que no caducan, y el de las hojas de yedra que se han ido apoderando de algunas hayas y robles, todo era desnudez y hojas muertas. La ascética belleza del bosque invernal.

Y no se pìerdan el camino. Deja el viajero la A-1  en Buitrago y se adentra en un paisaje tan bucólico y silencioso que parece traído de otro tiempo. Pueblos mínimos, serranos y adustos, casas de piedra, como las paredes que separan las fincas -alguna vez habrá que declarar a estas paredes monumento histórico-artístico-  alguna manada de vacas atravesando despreocupadamente la carretera. No estaban siendo unos novillos como para materia de confesión, pero esa isla de quietud que vivimos, esa sensación de que ahí no pasa nada, quizás sólo el tiempo, no se paga con todo el oro del mundo.

Lo que se paga, claro, es hacer novillos. De vuelta, y tras repasar el blog, el Duende comprende que no se puede escaquear uno así como así. Luego vienen Lola, y Zoupon, y Julián, y Bob, y  el Candil y demás compañeros y  se lo echan en cara.  Qué remordimientos. Olvídate de hayedos, Duende: tu bosque está en otra parte.

Adios a María Antonia Valls

 Algunos han, hemos, dejado RNE. Pero una de las voces que durante años nos acompañaron -con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez, con Nieves Herrero, con Julio César Iglesias- lo ha hecho para siempre. Hoy tiene que llorar el Duende su muerte, y puede que algunos de los que empezaron con el Duende a partir de la radio la recuerden de inmediato, pues tenía un timbre inconfundible.

Estoy hablando de María Antonia Valls, una periodista inquieta y cercana, capaz de mezclarse con la calle y de interpretar con gracia y ternura el sentir de la mayoría. Fue novelista y reportera en distintos medios y, durante años, colaboradora en varias tertulias de la radio pública, siempre curiosa y con originales acotaciones que ponían un punto de ingenuidad a veces chocante entre tanta ironía guadaña como a menudo brilla en estos foros. Generalista amable y con mucho tino para el costumbrismo, igual hablaba de cine, teatro arte como de ópera o literatura, y siempre desmenuzando la crítica en obleas bienhumoradas fácilmente asimilables por los oyentes.

 Pero además de buena periodista era una mujer de carácter abierto y sencillo, y una excelente amiga. No sabría decir el Duende si tanto de él como de doña María y del padre Bonete, a quienes de verdad profesaba un gran cariño. Y eso se nota: ella hablaba para que se lucieran. Quizás no todos supimos devolverle el mismo trato.

Y siempre le quedará al Duende y a su carro de títeres un poso de amargura en esta despedida prematura. Pues por mala salud, o cambios necesarios en los programas, o por disparidad de criterios con los jefes,  o por fas o por nefas, María Antonia perdió sitio en la que fuera nuestra radio, y la dejó antes de que el ERE y el fin de una era -perdónese el juego de palabras- nos pusiera a los demás en la misma condición. Digamos que la suerte no fue después  demasiado gentil con ella. Dejó Madrid para vivir su última etapa en su Alicante natal, donde poco a poco fue languideciendo. Finalmente el mundo hostil pudo con ella. Qué pena que el Duende forme parte de ese mundo. Él sabe que esas campanas que doblan por nuestra amiga Maria Antonia también  lo hacen por todos nosotros.  

Buñuelos con apetito desordenado

 Como tantos españoles de su tiempo, el Duende recibió una educación religiosa. Ni que decir tiene que se lo creía todo. Dado que desde el principio le contaban que el hombre es un animal racional, procuraba analizar las verdades difíciles que a veces impone la fe a la luz de su inteligencia. No sería ésta muy larga, pero era lógica. Y sobre todo curiosa. Se fijaba, por ejemplo en lo que querían decir las palabras. Especialmente las que definían o adjetivaban muchas de las inquietudes del alma.

Hablo de la tentación, hijos -padre Bonete dixit. Cuántos conceptos nebulosos y cuántas palabras a mi modo de ver inadecuadas en torno a este espinoso tema. Recuerdo aquéllos libros que preparaban para el sacramento de la penitencia: propósito de la enmienda, dolor de corazón, decir los pecados al confesor, contrición perfecta…EL Duende se arrodillaba ante el confesionario del padre Cayo y, preocupado, se llevaba la mano al pecho. Qué horror, el corazón le latía tan pancho, y no le dolía nada. ¿Merecería a pesar de ello el perdón divino?

Peor era aún cuando desmenuzaba la diagnosis de pecado que facilitaban, a modo de guía, los piadosos libros de religión. Vayamos al sexo, que es lo que interesará todos. En el catálogo de horrores, junto a miradas lascivas y tocamientos libidinosos, se hablaba de posturas torpes. Yo miraba a Anita, una niña gorda que tropezaba en la comba cuando hacía doubles, y pensaba pobrecilla, qué torpeza, y lo peor es que no sabe que está pecando.

Además de las posturas, también prevenían los manuales contra los apetitos desordenados. Y aquí el Duende se rebelaba: ¿qué le importaba a Dios el orden de los platos en la mesa? Según eso, los maragatos, que empiezan por los garbanzos y rematan con la sopa su famoso cocido, eran todos pecadores. Menos mal que la mente va evolucionando. Ahora al Duende los apetitos no le asustan., y aunque conviva con algunos de los que los guardianes de su conciencia llamaban desordenados, cultiva muchos otros perfectamente ordenados.

Ejemplos de apetitos ordenados, todos ellos inocuos. Hay momentos en el que el cuerpo apetente del Duende pide bocadillo. No un manjar exquisito, no, sino precisamente un bocata, porque el organismo es así de caprichoso y tal hora, tal lugar o tal situación, está ordenada a ese apetito. Hay otros marcados por el síndrome de abstinencia del café con porras, y sólo esas porras, calientes y crujientitas esponjando el café con leche por el gaznate abajo pueden llenar ese momento de placer. En verano manda  para merendar el apetito de Cola Cao frío con galletas maría, y aunque las haya mejores, han de ser esas, las de la clase maría. Hay horas para desmandarse y morder apasionadamente un bloque de buen jamón cocido.  En otras debilidades más espartanas se echa de menos el huevo duro. Y cuando en las mantequerías de postín se exhibían esos monumentales quesos Emmental  partidos por la mitad -eran los años del hambre- el Duende soñaba en traspasar el escaparate y comérselo todo. Dentro de un orden, claro.

Hoy, día de Todos los Santos, solemos recordar a nuestros muertos. La edad es tan sabia que, a medida que tienes más boletos para su rifa, le vas perdiendo miedo y respeto a  la parca. De tal manera que al Duende, lejos de la melancolía, le invaden sobre todo recuerdos dulces de los que ya no están con él. Será deformatio patris Bonetensis, pero es invocar la memoria de su madre y volver a paladear aquellos buñuelos de crema que tal día como hoy preparaba. Colmaban un apetito más que ordenado- sólo se tocaba a tres o cuatro, problemas de la familia numerosa- pero sabían tan ricos y amorosos que gustaban como el más placentero de los pecados. Menos mal que la misericordia de Dios es infinita, porque hoy, en memoria de su madre, piensa engullir buñuelos de santo con apetito desordenado.

Una visita a fray Julio

Sobrado de los Monjes

El Duende sufre cuando por mala memoria no puede citar la fuente. Y pide a algún lector cinéfilo que le ayude a localizar a un personaje de película. Era una del oeste, muy buena, y con su puntito de humor. Quizás de John Ford. En muchas secuencias recurrentes, un director de periódico cascarrabias llega a su redacción indignado por lo que acaba de escuchar o ver en la calle o en saloon. Y, sistemáticamente, después de comentarlo con su ayudante, dicta un editorial furibundo contra los responsables del entuerto: Estados Unidos no será un país civilizado hasta que no encarcele a…

Siempre se acuerda de él cuando ve desmanes como los que se han hecho en nombre del desarrollo urbanístico, particularmente en su último itinerario sentimental. Por no ofender a los gallegos, digamos que muy pocos de ellos se esmeraron en mejorar a los alarifes que en tantos mosteiros y pazos diseminados por sus tierras demostraron durante siglos su sentido de la dignidad arquitectónica y el buen gusto por la piedra. Hablo del horror de la construcción en Galicia. Según en criterio del sheriff de la película , no habría sitio en la cárcel para todos lo que, so pretexto de crear vivienda y progreso a toda costa, han sido sus responsables. Los habrá de todas las categorías: presidentes, conselleiros, ediles, promotores, inversores inmobiliarios, arquitectos, juristas constructores… Y supongo que, entre todos, muchos corrutos, como ellos mismos dicen en ese castellano peculiar que al Duende le encanta escuchar.

Fue una pena que semejante arrebato absolutista perturbara un jornada de solaz y paz espiritual. Transcurrió esta por la Ribeira Sacra, y buscó remanso en el Mosteiro de Ferreira do Pantón, restaurado generosamente. Allí se juntan el románico, un claustro sobrio y elegante del siglo XVI y una fachada del barroco, que junto con los almendrados despachados por una hermanita cordobesa, bien merecerían la bendición del padre Bonete.

Pero la ira del sheriff le acometió al Duende cuando, buscando grandes perspectivas se llegó al Mosteiro de san Vicente do Pino, en lo más alto de Monforte de Lemos. Si paseas por el entorno y miras la noble traza del monasterio, hoy convertido en Parador, y del vecino Palacio de los Condes de Lemos, todo bien. Mas ay de ti si te quieres deleitar contemplando el valle que los circunda. Miras abajo y la estética dominante de lo construido en el casco urbano en los últimos tiempos es un mosaico de adefesios. ¿Quiénes habrán permitido tanto desafuero urbanístico? Para ser coherente con el respeto que merece esa zona monumental, habría que poner en sus miradores una pantalla que velara el horizonte más cercano y redimiera la vista llevándola a donde aún no ha llegado el cemento. Es un remedio para no mortificarse y no cabrearse tanto.

Menos mal que nos estiramos hasta Sobrado de los Monjes, ya en La Coruña. Ahí además de sosiego, el Duende halló entre los monjes que cantaron las vísperas a un compañero de colegio excepcional. Un hombre que, no contento con ser misionero en Camerún durante veinticinco años, se ha recluido entre estos muros para mejorar sus notas. Julio Wais escucha la radio desde su celda, y conocía al Duende sin sospechar que esas voces de mentirijillas que aliviaban su aislamiento venían de un colega de la infancia. Junto con Manolo Gasset y Tatala, que me llevaron a él, se nos fue la media hora de conversación entre risas y evocaciones. Y no le dio tiempo al Duende para pedirle perdón por haber deseado el mal a los corrutores del paisaje y, de paso, también por haber abusado de la paciencia eclesiástica con el padre Bonete. Que fray Julio se apiade de este Duende pecador. Amen.


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