Paseábamos por el Retiro con mi abuelo y nos encontrábamos con unos viejos amigos y sus hijas, o tal vez sus nietas. Para el abuelo eran chiquillas. Para el Duende, que sólo se fijaba en si tenían o no tetas, eran mujeres o niñas. Mi abuelo se quitaba el sombrero y saludaba, y luego dejaba que le besaran las chiquillas. El abuelo era hombre de pocas palabras, pero de frases con regusto de aforismo. Decía como un actor dramático Mondariz será Mondáriz cuando nariz sea náriz, o aquello otro de quien nísperos come, espárragos chupa, bebe cerveza y besa a una vieja…ni come, ni chupa, ni bebe ni besa. No eran pensamientos como los de Newton o Descartes, pero los declamaba con tal empaque que uno no sabía si escuchaba al jubilado que entretenía sus últimos días leyendo novelas de Ágata Christie o a uno de los siete sabios de Grecia. De vez en cuando, más enigmático, dejaba caer sin venir a cuento un mensaje de tono crepuscular: ¡viejo muere el cisne!…Pero para lo casos como el que citaba al principio, la rúbrica era indefectiblemente la misma. Suspiraba y, como un Tenorio venido a menos proclamaba resignado: las hijas de aquéllas a las que amé tanto…me besan hoy como quien besa a un santo.

La decía el abuelo, la hizo suya el padre del Duende y aún la recita por lo bajini el Duende cuando vive experiencias como la del pasado fin de semana. Pues se casaba en San Sebastián Jaime, hijo de su mejor amigo y de una de las mujeres más buenas y encantadoras que uno ha conocido, puerto de amparo ambos para cualquiera que necesite calafatear las cuadernas del alma malherida. Los cojoamigos, que diría un neologista desparpajado. A Jaime le conoció el Duende cuando era diminuto, moreno, simpático y nervioso como un grano de torrefacto. Y como le vio crecer veraneando juntos, se hizo amigo de sus hijos, y de los hijos y de las hijas de otros amigos que coincidíamos en las Luiñas en tiempos felices, cuando éramos jóvenes, rompía aguas la democracia, llevábamos el pelo algo más largo, cantábamos a Jarcha y a Cecilia y aún no nos atormentaba el cambio climático. Aunque Jaime es hoy abogado distinguido en bufete cuyo sólo nombre impone, convocó para el evento no sólo a sus familiares y amigos de ahora, como es natural. Sino a los cromos de su infancia, donde estaban los chavalitos y chavalitas de entonces y sus padres correspondientes, entre los que el Duende ya hacía travesuras. Cuánto jayán, cuánto perfume de mujer. Y todos cariñosísimos, saludaban al encanecido Duende que aún recordaban de la playa, las espichas y las romerías. Uno no es piedra: a ellos los abrazaba, a ellas las besaba. Citando, para sus adentros lo que escuchó de su abuelo: las hijas de aquéllas a las que amé tanto…
Al Duende no le importa nada ser uno de esos santos. Uno de los privilegios de la edad es ver crecer a los tuyos. A tus hijos, a tus nietos. Y a los que, por afinidad, acabas queriendo como si fueran de tu familia. Confiesa el Duende que ver pasar la vida dándose continuidad a sí misma en una carrera de relevos entre varias generaciones es de lo que más gozo le produce a esas alturas de la película. Si el acontecimiento es en San Sebastián, y te da oportunidad de correr desde el Peine del Viento hasta el final de Zurriola, pasando por La Concha, el puerto y el Paseo Nuevo, y luego te cita en la bella iglesia de Santa María,
y en el coro canta el Orfeón Donostiarra, y la novia parece una reina, y el novio es feliz, y las niñitas de entonces lucen como Scarlett Johanson, y mis amigas están entre Julia Roberts y Lauren Bacall, y cenamos como es de ley en el País Vasco, y hay risas, y recuerdos, y hasta alguna lagrimita, ya no podrá olvidar la boda del hijo de su mejor amigo.
Nunca en los últimos treinta años había visto esta ciudad más serena y relajada. El domingo, cuando por sus calles se corría la Maratón de Donosti, la generación de Jaime aún poteaba por las calles del Barrio Viejo, y el Duende coincidió con ellos. Mientras apuraban en la calle los últimos pinchos y chacolíes, su nieta Marina dormía plácidamente en su cochecito a las puertas de la taberna. Feliz metáfora final.
A propósito: la novia nació allí, y se llama Laura. Se que Jaime es algo celoso. Pero aún así, por lo guapa que es, por lo que disfruté y porque también me besó como quien besa a un santo…¿puedo proclamar que yo también amo a Laura?
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