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“Guarriteros” y otros enemigos públicos

¿Se atreverá alguien a decir que la mayoría de las pintadas y "grafittis" son una simple agresión a la estética urbana?...

¿Se atreverá alguien a decir que la mayoría de las pintadas y "grafittis" son una simple agresión a la estética urbana?...

No era ni Palladio ni Norman Foster. Pero era un arquitecto que había tratado de construir edificios dignos y respetuosos con la estética urbana y con el medio ambiente.

También se consideraba  un hombre comprometido con su tiempo: la Nueva Frontera de Kennedy,  Mayo del 68, Woodstock, la Perestroika, el Compromiso de Kyoto, el nuevo orden mundial…Incluso el cambio climático y el de modelo económico: todo lo había tratado de entender y de asimilar. Y lo había acatado solidariamente, porque el artista que latía dentro de él no podía obligar a todos a comulgar con sus ideas.

Y sin embargo, aquel día, cuando vio pintarrajeados los muros de su decoroso bloque de viviendas sociales que tanto habían mejorado el barrio, se indignó.

-Otro atropello más en nombre de la libertad-masculló.

Luego se encerró en su estudio y en su diario personal, escribió:Thomas de Quincey dejó una obra que muchos recordamos, sobre todo, por la contundencia gamberra de su título. Se trata del artículo Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Pues bien, hoy este humilde arquitecto y urbanista, arrimando el ascua a su cabreadísima sardina, se permitiría parafrasearle y corregirle para escribir Del asesinato del “guarritero” considerado como una de las bellas artes.

Distingo al grafittero del “guarritero”. El primero es el que, sin respetar el derecho a decidir la propia estética -que debía estar entre los llamados derechos humanos- pinta en los muros ajenos algo que al menos puede ser bonito (aunque a mí casi nunca me lo parezca). El “guarritero” no sólo no respeta ese derecho, sino que guarrea los edificios con manchas, trazos, chafarrinones y signos que afean las calles y nos cuestan una pasta a todos los ciudadanos.

Y, como Homper –el Hombre Perplejo-, apuntalaba su perplejidad con otras reflexiones relacionadas con el asunto.

1ª ¿Por qué el ciudadano medio se pone hecho un basilisco cuando un transeúnte le le araña la carrocería de su coche con la varilla de un paraguas y calla resignadamente ante las agresiones de los “guarriteros”? ¿Es más importante tu automóvil que la casa donde vives?

2!ª ¿Se permitiría que unos “guarriteros” pintasen con un spray el traje de nuestras vicepresidentas, tan monas y aseadas como visten,  al salir del Consejo de Ministros?

3ª Además de retirarle a Franco las medallas, los títulos y las distinciones honoríficas de cualquier ciudad, villa, villorrio o aldea de España, y de otras medidas que reafirmen el espíritu democrático municipal…¿nos atreveremos alguna vez a reprochar el abuso de los “guarriteros”.

Cerró su cuaderno, lo guardó en el cajón de su mesa de trabajo y salió a la calle. Su bloque de viviendas había quedado convertido en un horror. Sin embargo, lo que él sentía es la calle le  miraba como si fuera el enemigo del pueblo. Al fin y al cabo, era uno de esos canallas de la construcción…

En busca de la novela imposible

  Anda el Duende buscando una novela desde que rompió a escribir, y todavía no ha dado con ella. No es la de otros, sino la suya propia. Cuestión de autoestima. Porque se puede ser historiador, ensayista, dramaturgo, poeta, biógrafo, columnista, lingüista, cronista, y con un poco de suerte hasta un día te eligen académico de la lengua, pues para eso hace falta escribir. Sin embargo, difícilmente te considerarán escritor si, no siendo un especialista en ninguna de esos campos, no has publicado novelas.

 La novela te salva:  te equipara con los grandes. Al menos por unos días. Tengo amigos arquitectos, y a ninguno le caerá en suerte proyectar una catedral para poder compararse con Vandelvira, Miguel Angel o Palladio. En cambio los tengo novelistas, y aunque pasado mañana los frutos de su ingenio se salden en la Cuesta de Moyano -por cierto, qué bien ha quedado después de su última reforma- mañana pueden ocupar en los anaqueles de librerías prestigiosas el mismo espacio que La isla del tesoro, Madame Bovary o Cien años de soledad. No sumarán el mismo número de lectores ni, mucho menos, iguales rendimientos en derechos de autor. Pero por unos instantes sus egos fliparán. Ya está en esa categoría de cultura democrática, que es la que se lee en el metro. Donde, por cierto, son las mujeres las principales lectoras de  novelas, pues ellos siguen prefiriendo los periódicos gratuitos o los deportivos.

Cierto que si sumo las entradas al Duende, podría presumir de haber acumulado más lectores que algunas de las novelas de mis amigos.  E incluso de tantos que, no siendo amigos, también escriben novelas que tampoco lee casi nadie. Pero no es lo mismo. Una cosa es dar pinceladas y otra pintar un cuadro. La novela es un cuadro, aunque resulta muchas veces irrelevante, y otras simplemente un rollo. Además, como todo producto editorial voluminoso, tiene su utilidad práctica. En la casa del Duende se contaba la historia de tío abuelo Emilio, así llamado porque, nacido en el seno de una familia  que se las daba de librepensadora, quisieron rendir homenaje a la famosa novela pedagógica que con tal título escribió  Rousseau. El tío Emilio no salió nada filosófico ni intelectual, sino todo lo contrario. Rico, sibarita y mujeriego, se convirtió en un glotón distinguido de panza descomunal. Al punto de que, para llegar al plato con cierta comodidad,  lo colocaba sobre siete gruesos volúmenes de los Episodios Nacionales que, dispuestos sobre la mesa en forma e escalerilla, se adaptaban a la curvatura de su barriga. No se lo hubiera imaginado don Benito cuando los escribía, seguro.

Ha empezado el Duende muchas novelas, y todas se quedan varadas, como esas ballenas que pierden el norte y van a morir a las playas del sinsentido. Eso es, al cabo, el pretexto. Leyó La isla del tesoro, Madame Bovary, Pascual Duarte, Cien años de soledad, El Jarama, La tía Julia y el escribidor… También leyó En busca del tiempo perdido, y en él precisamente encontró las muchas horas empeñadas en escribir lo que otros antes han hecho mucho mejor de lo que él podría hacerlo. Una  poblemática, que resumiría doña María.

Hé ahí la cuestión: él cree que su novela ya está escrita hace tiempo, y por otro autor que le ha usurpado su sitio en la enciclopedia. Y aquí le tienen, devanándose en  literatura periférica y deshilachada. Toca la barriga del tío Emilio y, tres renglones más abajo, se adentra en el espinoso problema de saber cómo se puede ser escritor sin haber escrito una puñetera novela. Un lío, como les cuento. Eso sí, mañana otra entrada, que si no la autoestima del Duende va a buscar refugio en las alcantarillas.


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