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Seymour Hoffman, tristemente en el fondo del pozo

¿Por qué estos tipos tan sobrados de talento se abandonan a los  paraísos artificiales?... artificiales?...

¿Por qué  tipos tan sobrados de talento se abandonan a los paraísos artificiales?…

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Siempre que conoces una noticia como esta vuelves a ver el pozo. Te puede la curiosidad infantil, así que te apoyas en el brocal, miras al fondo del agujero oscuro, lanzas una piedra para escuchar su impacto sobre la superficie del agua y calculas los metros de caída hasta hundirse en él. Cada pozo –pensabas- es un misterio. Un depósito de cantos arrojados desde la superficie, de herraduras, de monedas que algunos novios tiraron creyendo que volverían allí para besarse, de niños traviesos que calcularon mal el peso de su cabeza y arriesgaron demasiado, de galgos ahogados cuando acaba la temporada de caza y ya no hay liebres que correr, de crímenes sin resolver. Cuántos desaparecidos no se habrán hecho presentes años después como esqueletos en el fondo de un pozo.

Lo recuerdas, tu cabeza reflejada en el espejo circular de la superficie, a veces con la luna mirándose por encima de tu hombro. Había en el pozo algo de misterioso, incógnita oscura, redonda y fría. La angustia de una muerte más que probable si caes en él. El peligro que había que evitar.

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El pozo de los paraísos artificiales. Llevamos generaciones educando a nuestros niños y jóvenes para que tengan en cuenta sus riesgos, pero no hay manera: siempre hay un aventurero arrogante y simpático que se cree Dios y desprecia el peligro.

-Yo me controlo y manejo estos rollos como el yo-yo: ahora lo tiro, ahora lo recojo. Ahora o tiro, ahora lo recojo, ahora lo tiro…

Philipe Seymour Hoffman es el último que no ha sabido recoger su yo-yo a tiempo. Hundido para siempre en el fondo del pozo.

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Piensas a menudo que fuiste demasiado niño, que no fuiste casi nunca joven y que cuando, ya adulto, perdiste el miedo a la transgresión, te faltaba entrenamiento para no caer en el ridículo. Te calaron profundamente los Diez Mandamientos y el undécimo que, como cantaba Serrat, te machacaban en el colegio y en casa.

-Niño, esto no se hace, esto no se dice, esto no se toca…

Mas no te frenaba sólo el temor de Dios o el de tu padre, que era como Dios, pero con bigote  y con el pelo abrillantado por Patrico. Debió de ocurrir que te hicieron con pasta de niño bueno, de niño repelentemente bueno. Llegó la edad de fumar, te escondiste con tu pandilla de verano en una cabaña y alguien encendió un cigarrillo de marca Peninsulares.

-El que no se trague el humo es un nenaza –fue la conjura de los pequeños valientes mientras el líder daba la primera boqueada.

Cuando el cigarrillo llegó a ti, aspiraste profundamente y te tragaste el humo, como estaba mandado para no ser un nenaza. Y de repente te quedaste sin respiración, se te achisparon los ojos, te pusiste a toser como endemoniado y tuviste que salir corriendo de la cabaña.

-Pues si para disfrutar con el tabaco hay que pasarlo tan  mal –pensaste- no le veo la gracia al invento.

Te dio igual no ser como Gary Cooper, Bogart o John Wayne. No volviste a fumar en tu vida. Ni tabaco, ni cigarrillos de anís ni ninguna otra hierba. Con el alcohol tardaste tanto en abandonar el gusto infantil y en apreciar una copa de buen vino que ni te tentó ese vicio. La única vez que recuerdas haberte emborrachado fue un mareo de galerna del Cantábrico sin salir de tu cama. O sea, que una y no más, Santo Tomás.

Te quedaba la alternativa de la carne. Pero mientras el cigarrillo y el alcohol estaban allí, a la espera de tu decisión, las tetas de la María, que asomaban irresistibles por el escote cuando se inclinaba a hacer las camas, no contaban contigo.

-Niño  –respingó la fámula retirando tu mano de un sopapo la única vez que te lanzaste al abismo del vicio- ¡A tocar a Melilla, que hace falta un trompetilla!

O sea, ni tabaco, ni alcohol ni sexo. No se sabía si eras un niño bueno o un panoli en ciernes.

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Sonríes recordando aquel corrido que contaba la vida de Pancho López, chiquito pero matón, y su moralina ingenua: no vivas la vida con tanta rapidez. O no quieras apurar prematura y rápidamente todos sus encantos , porque cuando te empiecen a aburrir quizás quieras refugiarte en los paraísos artificiales. Y esto a veces deriva en tragedia, como se ve una vez más en el triste final de Seymur Hoffman, un actor que ni siquiera necesitó ser guapo para demostrar su talento –no lo bastante como para detenerse a tiempo- y triunfar.

Y te apena que a pesar de que el saldo final de las adicciones peligrosas es terrorífico, aún sigan estas reclutando partidarios. Puedes entenderlo en en los miserables, en la gente sin esperanza, en los marginales, en los locos o en los que no ven solución al insoportable castigo que es para ellos vivir. Merecen comprensión y ayuda.  Pero te irrita especialmente cuando caen en ello mentes privilegiadas que además han triunfado. Su castigo, tan triste como cualquier muerte, te parece además un insulto al sentido común.

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Sin embargo pasan generaciones, y en el cielo de los ídolos populares aún abundan los que en un momento o en otro bromearon con las drogas. Muchos, como el pobre Philip, cayeron en el pozo y ya no saldrán jamás. Del fondo de este se deben de escapar risotadas: ¿cómo es posible que con lo listos que se creen sigan sin enterarse de que con algunas cosas peligrosas no se debe jugar?

Entretanto, casi agradeces haber sido tan tonto, y aplazar los paraísos artificiales hasta que se agoten los muchos naturales que cualquier curioso puede seguir descubriendo.

 

Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

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Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

-Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

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Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

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Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

-C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

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El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

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