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Contra el desasosiego

Imagen prestada del blog www.laetus.over-blog.es

Empieza uno a obsesionarse con lo primero que ven sus ojos al despertar. Ese plafón, esa lámpara, ese artesonado en escayola, esa mancha grisácea de polvo donde no llega todos los días el trapo o el plumero. Recorre con la mirada el entorno inmediato e insinúa una mueca de hartazgo: el picaporte de la puerta, el aparato de radio, el grabado de la paloma de Picasso, la foto de los niños, el tirador del cajón de la mesilla de noche, las lamas de la persiana. Todo igual, en su sitio. Llega a pensar incluso que Serrat sólo era un cínico: Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así… El hombre es un animal de costumbres, alimentadas por la esperanza de que en la rutina encontremos un día, inopinadamente, sorpresas y respuestas. No siempre llegan

-¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Para qué sirve lo que hago? ¿Tienen sentido mis días? –se pregunta.

Un día uno decide poner cara de piedra pómez a todo. Cara de piedra pómez a lo que te cuentan por la radio, a lo que ves por la tele, al espejo mientras te afeitas o te maquillas, a la tele,  a los periódicos, al  gobierno de la nación, a lo que llaman la inteligentsia, a los chamanes del espíritu, a Juan Luis Cebrián y a Pedrojota Ramírez, a Jorge Javier Vázquez y hasta ese vecino tan simpático que a veces te baja la basura a cambio de pedirte, si no lo utilizas, el cupón del periódico para abaratar la batería de cocina que ofrecen a tan buen precio. Puede ser más dramático aún. Quizás uno llegue a enterarse  de que, al borde del pasotismo más dramáticamente existencialista , alguien ha visto la foto de Cristiano Ronaldo en slip y de Penélope Cruz con esa lencería portentosa que luce en Nine y no ha hecho más que encogerse de hombros y mesarse los cabellos.

Y posiblemente llegue a odiar esa finitud garbancera que apresa su imaginación y sus ideales. Quiere decir adiós a su albornoz, a sus zapatillas, a la taza donde toma el  primer café, al grifo de la ducha, al felpudo de IKEA, a las escaleras que le bajan del portal hasta la calle. Quiere  echarse a volar y escaparse antes de que nos arrase la tormenta perfecta que tanto nos anuncian.

Poco a poco: qui va piano va lontano. Antes de la catarsis, antes de aventar las brasas del escepticismo y de inmolarse en la parrilla del desasosiego, uno mira los comentarios,  abre el correo y recibe noticias de dos de los hijos pródigos. Un tal Wallace vuelve a tocar con resignación las cuerdas de su violín.  Mientras que  Lola anuncia que en su jardín, al otro lado de los Pirineos, el mirlo empieza a construir su nido. Las cosas cambian.

Y uno le celebra a su medida. El mismo café de antes, tan cotidiano y tan aburrido, le parece al Duende apasionante después de mojar en él una de las  perrunillas de Santo Tomé del Puerto que le regaló su amigo Manu Chalbaud. Debe de ser que todos, en algún momento,  necesitamos de alguien  para saber que no estamos solos.

Pendientes del Oscar de Pe

penelope_cruzHagamos historia. La tía Clota tenía sus ahorros en una agencia bancaria. Su joven director -un hombre, por supuesto, encantador- le convenció de que abriera en su oficina una IPF y se beneficiase de una cubertería de plata a precio increíble. Años después la tía Clota se casó con Oscar, un viudo del Condado de Rutland, en Vermont. Oscar era un agricultor que había hecho fortuna. Vivieron felices quince años. Luego él murió, y ella se quedó desconsolada, pero rica. Entretanto, su banquero de confianza había dejado la banca comercial y vendía fondos de inversión. Era uno de los minúsculos tentáculos de un tal Madozz.

El día de Navidad de 2008 la tía Clota, convenientemente arruinada por aquel encantador geta, acababa de colgar el teléfono después felicitar a Homper, su único sobrino, bastante rarito, por cierto. La anciana se aprestaba a celebrar la Pascua con una sopa y un panettone. La nieve cercaba su casa de Tinmouth. Estaba triste: se veía  pobre y, sobre todo, sola. Se oyó el ruido de un coche todo terreno y alguien llamó a la puerta. La tía  Clota abrió y se encontró a su banquero de siempre que, arrepentido de sus fechorías, acudía a compartir con su clienta arruinada un espléndido almuerzo de Navidad  que él mismo había preparado y traía en el maletero de su coche.

-God bless you-le dijo emocionada.

A la tía Clota el detalle le iluminó la Navidad.  Atendió a su visitante como si fuera el hijo que nunca había logrado tener. Se emocionó con su gesto. Y al final estaba tan acongojada por haberse arruinado y arruinar así la carrera de aquel joven, que le acabó regalando la misma cubertería que él le vendió.

-Te hará mejor servicio que a mí, hijo-le dijo al despedirse con lágrimas en los ojos- ¡Feliz Navidad!

Cuando les contó a sus amigas Thelma y Edwina esta historia ellas no se lo creían. Las tres se disponían a ver por la tele la noche de los Oscar, que era el planazo del año. A Clota le emocionaba particularmente, porque la famosa estatuilla llevaba el mismo nombre que su difunto marido. Edwina y Thelma estaban pendientes de Brad Pitt y de Benjamín Button, les gustaba la película y el actor. La tía Clota deseaba, sobre todo,  que ganara el suyo Penélope Cruz.

-Fijaos-les decía a sus amigas- Hija de un ferretero de Alcobendas que llega a ser una estrella de Hollywood…¿No es eso una historia de cine?

Las amigas de tía Clota sonrieron. A ellas les gustaba el cine porque la fábrica de sueños glaseaba de azúcar las amarguras de su vida. Pero pensaban que el almuerzo de Navidad de Clota con su banquero seductor tenía más gracia que la de Benjamín Button o la de esa película con título de telegrama que es Vicky Cristina Barcelona.

Obama le guiña un ojo a Alfonsina

Tranquila, Alfonsina. Todo irá mejor a partir de ahora...

Tranquila, Alfonsina. Todo irá mejor a partir de ahora...

Una vez al año disfrutaba viendo en directo el Concierto de Año Nuevo. Los valses de Strauss le encantaban. Y además los profesores de la Filarmónica de Viena, que por lo que dicen son habitualmente serios, juegan ese día a ser un poco como los payasos de la tele, y los espectadores, como niños. No hay nada más bonito que empezar el año viendo a una nube de turistas japoneses y americanos palmeando a ritmo de tres por cuatro. Da igual lo que esté pasando entretanto en Gaza o en Darfour, porque, como dice a menudo Homper bastante tiene uno con lo que tiene.

-Tranquila, mujer-le dice a su querida amiga Alfonsina-Esta tarde nos ponemos una meriendita de chocolate y vemos la toma de posesión de Obama, que es como lo de Viena, pero cada cuatro años. Y nos olvidamos de todo.

Homper, como es sabido,  se queda perplejo de que esas exaltaciones del furor colectivo sigan entusiasmando a la masa. Pero reconoce que al gran teatrillo del mundo y de la llamada civilización lo mantienen los que son ingenuos como niños. O sea, los que creen en la bondad intrínseca del género humano, los que respetan las leyes, los  que votan con fe, los que creen en la nobleza de los políticos y los que luego, por si las cosas fallan, se encomiendan a la poesía.

-De acuerdo -le dice Alfonsina sujetando el móvil con una mano mientras con la otra mete en el horno un plum-cake para la merienda- Obama es de los que no pueden decepcionar.

Según Alfonsina Obama se parece a un oficial americano uniformado que ilustraba una caja de galletas enorme que vendían en Germán Navas, Ultramarinos y Coloniales. Era un hombre alto, guapo y sonriente. Por sus piernas abiertas, larguísimas, trepaban niños y niñas que querían arrebatarle la caja de galletas que el apuesto galán mantenía en sus manos. No recuerda la marca, sólo la imagen, quizás impregnada del mismo espíritu iluso de Bienvenido Mister Marshall. Poco antes de que Afonsina entrara en el cole, por las escuelas aún se repartían botellines de leche. La ayuda americana a la España de Franco. Pero ahora es otra cosa, Obama es negro, como el tío Tom, como Martín Luther King como el rey Baltasar y como los angelitos del bolero de Machín. Y lo que el mundo espera de él es mucho más que lo que se le pediría a un blanco. Sustento para la moral colectiva y un milagro para la economía. Lo demás será una decepción.

-Porque ésto tiene arreglo, ¿verdad?-le dirá a Homper mientras desfilan los marines por la Avenida Pensilvania o mientras la diva de turno canta solemnemente ese América, América que emociona incluso  al puntillero de Las Ventas.

Quedará para más adelante la entrega de los Oscar de Hollyood, otro ritual obligado para el escapismo, y eso que este año ni Javier ni Pe van a vender una escoba. Pero entretanto Alfonsina tiene que seguir alimentando su esperanza. Es una mujer inteligente, con título universitario, habla tres o cuatro idiomas y además es guapa. Y encima, sin ser especialmente devota de Zapatero hasta hace caso al Merlín de la Moncloa. Ayer le ha escuchado sus sabios consejos económicos y, como él quiere, se ha lanzado a consumir lo normal: un par de huevos, harina, algo de levadura y los watios necesarios para hornear el plum-cake. Más no puede, porque, como tantos españoles, está en el paro.

Pero mañana, después de que Barak Obama se siente en el despacho oval de la Casa Blanca, será otro día.

El retorcido colmillo de Woody Allen

Más vale caer en gracia que ser gracioso, comentó Homper cuando vio Vicky Cristina Barcelona, esa película con título de telegrama que Woody Allen ha dedicado a sus ciudades españolas favoritas. Podía haber añadido a Oviedo, que también asoma en el filme, pero quizás las autoridades del Principado no han sido tan pródigas como las catalanas. El cine ha descubierto el mismo chollo que los organizadores de la Vuelta Ciclista a España. Los directores pueden idear un plan de rodaje y subastar luego sus exteriores: ya habrá un munícipe o un presidente autonómico naíf que ceda al glamour de Hollywood y afloje la mosca para apuntarse el tanto de mecenas de las artes y rey del marketing turístico. La mosca, por cierto, cayó esta vez en un pastel gracioso, ma non troppo, especialmente para los que querían aprovechar que el Pisuerga pasa por Barcelona y vender al mundo entero el mensaje nacionalista catalán. En principio, el capricho de Allen parecía un regalo. Pero o los productores progres y filocatalanistas -por ahí aparece Roures, el mismo que con Mediapro y la Sexta le ha birlado el novio al grupo Prisa- no se leyeron el guión o el bueno de Woody tiene más mala leche que la que apunta sus visajes de gnomo despistado. Suerte que aquí ha caído en gracia.

Porque la polémica comedieta de Allen-Bardem-Penélope-Scarlett, todos venden lo suyo, es un regalo envenenado. La crítica adversa (casualmente capitaneada por El País) habla de colección de postales turísticas sin el talento y la profundidad de otras entregas del prolífico cineasta, y algo de razón tiene. Sin embargo no se regodea en lo más hilarante de la película, que es el supuesto Master en Identidad Catalana que una de las guapas protagonistas quiere obtener en la ciudad condal. Y eso…-pregunta alguien- ¿para qué sirve? Ese es el momento en el que el público se ríe más.

Homper es un admirador incondicional de Woody Allen. Le considera, quizá, el talento más preclaro del cine actual. Es un tipo inteligente, curioso, sutil, mordaz como el vitriolo y de una amoralidad tan divertida que te pervierte con un caramelo de anís. En esta comedia presenta el menage á trois, lesbianismo incluído, como si se tratara de una inocente partida de tres en raya, e ironiza a modo con el camelo como componente esencial del arte contemporáneo. La neurosis, las contradicciones y el disloque de los personajes son los habituales en sus historias, pero da la sensación que esta vez su afán de cachondeo va más lejos. Homper es hoy más Hombre Perplejo que nunca…¿Cómo no se habrán dado cuenta los productores de que el genio se descojona de los delirios catalanistas?

Unos días después de ver la película, una amiga le dijo a Homper que cada día se parece más a Woody Allen. Quizás en las gafas, en el tipo de alopecia, en los gestos de las manos y en la capacidad de pasar del culo a las témporas o de la gimnasia a la magnesia en sólo cuarenta y ocho fotogramas. Pero Homper envidia ese talento para disfrazar la caricatura despiadada con sonrisas. Y otra cosa más: los estupendos pantalones que siempre viste este jaimito, con cintura alta, pinzas y caja holgada, como mandan los cánones clásicos. ¿Dónde los encuentra? Pongan los títulos de crédito en times, por blanco sobre fondo negro, escuchen idealmente una rancia canción de Al Jolson con cuarteto de jazz al fondo y, colorín colorado, este nuevo post sobre Woody Allen se ha acabado.

El Chiki, Rajoy y el efecto aspirador

Contaba esta mañana doña María en la radio que sus vecinos Lolinchi y Silverio estaban bastante decepcionados con el resultado de Chikilicuatre en el festival de Eurovisión. Silverio es artista chapista. Hace años deslumbró a los vecinos porque su hijo Igor David  hizo la primera comunión con un traje de Robocop II fabricado en su pequeño taller. El cura se mosqueó bastante, pero el niño se salió con la suya. Para Christian Jesús, que es el hijo pequeño, Silverio no ha tenido  ni que encender el soplete. El niño se emperró en tomar la primera comunión disfrazado de Chikilicuatre. Cuando se lo dijeron al cura, éste armó la de Dios es Cristo, y nunca mejor dicho,  y Lolinchi casi le estrangula por maltratar psicológicamente al niño. La verdad es que esperaban mejor resultado en Belgrado. Ahora, visto que aún con el 60% de audiencia televisiva el tal Rodolfo sólo ha conseguido ser el decimosexto, dudan si merece la pena apurar el órdago al párroco. Ellos querían que el traje del niño fuera original y suntuario -explica doña María-, pero después del sábado ya no lo es  tanto.

 La decepción de Silverio y Lolinchi es la de muchos. Los mismos que hasta el sábado veían en este personaje un artista provocador y revolucionario capaz hacer una falla de esa eurohorterada musical con la que nos afligen año tras año, le ven ahora como un ninot que no merece indulto alguno. Lo que podríamos denominar como efecto aspirador se ha detenido. Ahora parece que hay vida fuera de la órbita de Chikiicuatre.

 Todos somos un  poco Vicente, aquél que iba donde iba la gente. Nos convierten en dogma de fe a Pedro Almodóvar, a  Ferrán Adriá, a Javier Bardem, a Penélope Cruz o a Chikilicuatre y, si no nos gustan, quzás nos atrevamos a pasar de ellos. Hasta que un día el Duende mira a su alrededor y se ve solo. Entonces entra en funcionamiento el efecto aspirador, que tira de de él para cambiar su inseguridad por el respaldo de la masa. No es que le apasione el Chikilicuatre: es que le  da miedo no ser como los demás. Si no baila como un egipcio y no repite perrea, perrea - que ni siquiera sabe lo que significa-, es que no es de este mundo. Pues ea: se hace entusiasta del friki y pone su el alma en paz.

 Claro que las ovejitas campan por todas partes. ¿Qué me dicen de lo de Génova 13? Alguien levantó la voz en contra del jefe y cada día son más los que se suman al pim-pam-pum. ¿Pero hay alguien que creyera alguna vez en Rajoy? -me pregunta el Duende. Y no se qué decirle, salvo que me acuerdo de la insoportable levedad del ser.


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