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Cambiando de aires 7/ El viaje alcanzable

En la pequeña ciudad de Quimper el viajero encontró un buen argumento para su teoría del turismo posible...

Quiere creer el viajero que un ciudadano de provincias tiene más posibilidades de ser feliz que el de una gran capital. Muchos provincianos –en el sentido original de la palabra- quizá piensen lo contrario, claro. El caso es que, al menos en España, y especialmente desde el estado de las autonomías, el ciudadano vive cada día mucho más pendiente de su pueblo o de su pequeña ciudad que de lo que llamamos la nación o el país (no confundir con el estado, conjunto de órganos de la administración, concepto que algunos desinformados utilizan incorrectamente para no mentar el nombre de España y reservar para su sueño independentista las etiquetas anteriores).

-Pues yo encontré a Purita en el puente del río de mi pueblo y no tuve  que andar más para ser feliz-podría decir el hombre de provincias.

C´est normal. Se puede imaginar la felicidad como el dominio del cosmos, pero resulta más asequible si sales a comprar el pan y te tropiezas algo que al menos te la acerca. Eso pensaba este cronista cuando se detuvo en Quimper, 64.000 habitantes, capital del departamento bretón de Finisterre, con su catedral de San Corentino –curioso monumento, que dobla el espinazo de la nave central donde cambió su estilo arquitectónico- Museo de Bellas Artes, río, plazas, parque, calles típicas bretonas con nombres de antiguos oficios y todo lo que haga falta Por cierto, otra cosa que se aprende viajando: también para los franceses se acababa la tierra en ese chichón frontal de su particular noroeste: nada nuevo bajo el sol.

Hablando de museos, el Duende recordaba que cuando pasó como un relámpago por el Hermitage de San Petersburgo, la guía contó que para ver durante tan sólo un minuto todas y cada una de los tres millones de piezas acumuladas en su colección el turista debería invertir aproximadamente cinco años y seis meses. Bastante más si, como es normal, durante ese tiempo tenía que comer, dormir e ir al cuarto de baño. Escalofriante. Por eso este viajero adora los pequeños museos como el de esta ciudad bretona. Igual que en tantos, hay cuadros de Rubens, de Fragonard, de Picasso, abundante obra de pintores regionales desconocidos para el turista y un atractivo surtido de impresionistas y surrealistas, fondo que, supone uno,  hay en cualquier buen museo francés. De Quimper era Max Jacob, poeta y pintor de origen judío que no pudo esquivar el holocausto porque el indulto que promovieron sus amigos, Jean Cocteau a la cabeza, llegó pocos días después de su muerte. El museo recoge mucha pequeña obra del infausto héroe local, así como cuadros y dibujos que le dedicaron todos sus múltiples genios contemporáneos. Y, como ese monumento -inevitable en cualquier pueblo o ciudad francesa- a los caídos en las dos grandes guerras-,  el museo inspira con su homenaje al desdichado Jacob el mismo sentimiento de sana envidia en el viajero español. Aquí la Francia de Vichy, o sea, la división y la traición fratricida, se recuerda poco. La grandeur viste más contra el enemigo exterior.

Por lo demás, este es buen lugar para seguir profundizando en la particular teoría del turismo posible, o sea, ver y gozar en las dosis que le permiten a uno las fuerzas, las entendederas y el bolsillo. No más. Si no se puede viajar como un millonario, lo mejor es hacerlo como un peregrino o un estudiante: un picnic a mediodía a cualquier sombra o en cualquier orilla, que para eso hay en Francia sobrada oferta, exquisitas boulangeries y un repertorio de quesos, patés, vinos y cervezas más tentador que cualquier menú-puñalada de la carta turística tradicional. Al caer la noche, rendido por la fatiga, procede rendirse al autohomenaje. Dos platos, postre, vino. Incluso con una vela encendida. Sueño.

Se puede soñar en viajes más lujosos. Pero si te sientas dos veces al día en la mesa de un buen restaurante, lo cierto es que luego la modorra  apenas te deja ver casi nada. Y ahora ya no farda nada aquello de presumir de vinos y de chateaux-relais.

Continuaremos.

Contra el desasosiego

Imagen prestada del blog www.laetus.over-blog.es

Empieza uno a obsesionarse con lo primero que ven sus ojos al despertar. Ese plafón, esa lámpara, ese artesonado en escayola, esa mancha grisácea de polvo donde no llega todos los días el trapo o el plumero. Recorre con la mirada el entorno inmediato e insinúa una mueca de hartazgo: el picaporte de la puerta, el aparato de radio, el grabado de la paloma de Picasso, la foto de los niños, el tirador del cajón de la mesilla de noche, las lamas de la persiana. Todo igual, en su sitio. Llega a pensar incluso que Serrat sólo era un cínico: Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así… El hombre es un animal de costumbres, alimentadas por la esperanza de que en la rutina encontremos un día, inopinadamente, sorpresas y respuestas. No siempre llegan

-¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Para qué sirve lo que hago? ¿Tienen sentido mis días? –se pregunta.

Un día uno decide poner cara de piedra pómez a todo. Cara de piedra pómez a lo que te cuentan por la radio, a lo que ves por la tele, al espejo mientras te afeitas o te maquillas, a la tele,  a los periódicos, al  gobierno de la nación, a lo que llaman la inteligentsia, a los chamanes del espíritu, a Juan Luis Cebrián y a Pedrojota Ramírez, a Jorge Javier Vázquez y hasta ese vecino tan simpático que a veces te baja la basura a cambio de pedirte, si no lo utilizas, el cupón del periódico para abaratar la batería de cocina que ofrecen a tan buen precio. Puede ser más dramático aún. Quizás uno llegue a enterarse  de que, al borde del pasotismo más dramáticamente existencialista , alguien ha visto la foto de Cristiano Ronaldo en slip y de Penélope Cruz con esa lencería portentosa que luce en Nine y no ha hecho más que encogerse de hombros y mesarse los cabellos.

Y posiblemente llegue a odiar esa finitud garbancera que apresa su imaginación y sus ideales. Quiere decir adiós a su albornoz, a sus zapatillas, a la taza donde toma el  primer café, al grifo de la ducha, al felpudo de IKEA, a las escaleras que le bajan del portal hasta la calle. Quiere  echarse a volar y escaparse antes de que nos arrase la tormenta perfecta que tanto nos anuncian.

Poco a poco: qui va piano va lontano. Antes de la catarsis, antes de aventar las brasas del escepticismo y de inmolarse en la parrilla del desasosiego, uno mira los comentarios,  abre el correo y recibe noticias de dos de los hijos pródigos. Un tal Wallace vuelve a tocar con resignación las cuerdas de su violín.  Mientras que  Lola anuncia que en su jardín, al otro lado de los Pirineos, el mirlo empieza a construir su nido. Las cosas cambian.

Y uno le celebra a su medida. El mismo café de antes, tan cotidiano y tan aburrido, le parece al Duende apasionante después de mojar en él una de las  perrunillas de Santo Tomé del Puerto que le regaló su amigo Manu Chalbaud. Debe de ser que todos, en algún momento,  necesitamos de alguien  para saber que no estamos solos.

El día D después de Leire Pajín

Nada como este día para revisar nuestro  tradicional sentimiento antinorteamericano...

Nada como este día para revisar nuestro tradicional sentimiento antinorteamericano...

Tan norteamericana, y sin embargo, como Picasso o Casals, tan empecinada en mantenerse española. La tía Clota llegó a Estados Unidos hace la torta de años, y se casó con uno de esos excombatientes que salvaron a Europa de la zarpa nazi.  El tío Oscar, que en paz descanse, desembarcó en Anzio, y vivió lo suficiente como para casarse una vez, divorciarse, encontrarse con la granaína que enseñaba español en la universidad, casarse otra vez, hacerse rico y establecerse finalmente en una preciosa granja de Vermont. En la misma casa donde ahora atrás ella y sus amigas seguían emocionadas por la tele los actos conmemorativos del día D.

-Fue muy bonito –le comentó a su sobrino Homper-Y esta vez yo también llevaba las barras y estrellas.

Dice la tía Clota que la tarde se fue en te con brownie y lágrimas. Como tantas tardes, pasearon, merendaron  y después se sentaron ante la tele para sumarse a la celebración emocional. Edwina y Thelma le habían preguntado muchas veces cómo su presidente Zapatero de España, tan sensible ahora con Obama, había hecho el feo de no saludar en un desfile a la misma bandera que ahora dice que es su guía. Y la tía Clota trató de disculparle: no era la bandera del día D, era la de Bush y la de la guerra de Irak. Aunque Thelma y Edwina nunca lo entendiesen.

-Tienen razón, sobrino. Cuando una ve esos cementerios verdes de Normandía punteados por miles de tumbas blancas de jóvenes norteamericanos…

Dejaba la frase sin acabar. La tía Clota se sorprende de que se olvide a menudo lo que hubiera podido ser Europa si Estados Unidos no hubiera echado  una mano y Hitler hubiera ganado su guerra.

-Tienes razón tía- dice Homper- En todos los colegios españoles, como asignatura obligada, debería proyectarse El mundo en guerra, ese monumento documental que en los años setenta produjo la BBC. Si las nuevas generaciones conocieran las dimensiones de aquel drama y nuestros cementerios fueran como los de Normandía, no recelaríamos tanto de los yankis, te lo digo yo…

-¿Tu crees? –le miró interrogante. Y luego, demostrando una vez más que sigue lo que pasa en su querida España se contestó ella misma- Oh, sí, claro que lo crees…Ya lo ha anunciado esa chica tan entusiasta…La de la coincidencia de dos liderazgos progresistas en Estados Unidos y España,  la  el acontecimiento planetario y la conjunción astral de Obama y ZP…¿Leire Patín se llama?…

-Bueno, patina a menudo-corrigió Homper conteniendo la risa- Pero es Pajín.

Y así, entre sonrisas y lágrimas, transcurrió la celebración del día D sesenta y cinco años después.


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