Nacía el último día del año como empiezan tantas novelas y películas interesantes. Llovía.
La lluvia siempre parece triste. Al fin y al cabo es el cielo el que llora. Pero en invierno, las nubes bajas achican el horizonte difuminando lo que abarca la mirada, y cuando puedes observar esto desde una habitación cálida y tomando el primer café de la mañana, tiene también un efecto balsámico sobre el alna. Suavemente, y de manera imperceptible, te llevan a recordar, a reflexionar y a imaginar. La lluvia te acaricia, te anima, te acompaña y parece esperar respuesta al diálogo que proponen sus gotas tamborileando suavemente sobre el tejado.
-¿Y qué dirías tú del año que se va?
Y qué va a decir uno que pueda escapar del tópico. Cómo huir del desánimo dominante, de la gravedad del tiempo que huye, de las permanentes miserias de la condición humana, de los sueños colgados para siempre en el desván de la memoria. Del recuerdo de los seres queridos que se fueron.
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Y sin embargo esta lluvia contumaz que entristece el último día del año no impide que un pequeño pinzón, como todos los amaneceres, revolotee al lado de la casa. Quizás nos recuerda que arriba en la sierra nieva, y que el agua que cae anuncia el esplendor de la próxima primavera.
-Piensa en las personas que incluso en este año tan malo te han dejado detalles inolvidables-insiste la lluvia.
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Hay que recordar los buenos momentos que pasan y que enriquecen la vida. Estimulado por la insistencia de la lluvia, recuerda el bloguero que hace unos días visitó a su prima Belén, tan valiente y erguida como siempre, y jardinera infatigable a pesar de que pronto verá los ochenta años, alma mater de un pequeño paraíso botánico crecido a los pies del Pico de la Mira. (Ya se habló de él en este mismo blog).
Señor maduro visita a prima viuda y amante de los jardines para felicitarle la Navidad y el Año nuevo. Como en las películas y en las novelas de otro tiempo. Qué cosas tan raras hacen algunos.
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Fue muy agradable la conversación junto a la chimenea. Pero fueron sencillamente insuperables las lonchas de pavo trufado y los marrons glacés con los que se le obsequió al visitante. Según la anfitriona, cocinera y repostera, hacer el exquisito fiambre de pavo le llevó no menos de seis horas, y los marrons glacés por lo menos otro tanto. Por qué será tan efímera la gloria de los bocados delicados, con lo que cuesta elaborarlos.
-¿Valdrán el pavo trufado y los marrons glacés como detalles inolvidables?- se preguntaba el bloguero- ¿Podré cerrar el año recordándolos?
Y la monotonía de lluvia sobre el tejado sugirió que cada cual despide el año como quiere Y que si uno prefiere recordar el pavo y la golosina de castaña de su prima Belén en lugar de recibir el 2011 con frases grandilocuentes y topicazos, está en su derecho de hacerlo.




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