Posts Tagged 'Plácido Domingo'

El coleccionista de haigas

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Josefina se enorgulleció cuando se enteró de que una de aquellas mocitas madrileñas que iban a Chamartín contentas y risueñas porque jugaba su Madrid fue ella, que se lo dijo Manoli, la farmacéutica.

-Como lo oyes, guapa- le confirmó esta- El autor del himno también fue cliente de la farmacia, no creas…Y uno  de esos días que íbamos juntas al fútbol todas las de la pandi del barrio, con nuestras bufandas y nuestros bocadillos, y la ilusión de ver a los futbolistas bajarse  del autobús, nos vio y le hicimos gracia. Musas que fuimos, aquí donde nos ven con estas lorzas –subrayó palmeándose el caderamen.

-Tiempos aquellos- suspiró Josefina.

- Ya ves –añadió Manoli mientras le largaba una caja de ansiolíticos con esa cara de resignación esclava que ahora ponen todas las farmacéuticas-…Y aquí seguimos, jodidas, pero en el himno. El de toda la vida –matizó-, porque ahora el que les gusta más es ese tan pretencioso  que canta Plácido Domingo, que donde está bien es cantando Doña Francisquita…¿Sabrán los barandas del club lo que significa aquello de zapatero a tus zapatos?

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Irían las mocitas aún más contentas y risueñas años después, cuando llegó Di Stéfano y el Madrid se disparó, empezó a encadenar un título con otro y se convirtió en un club envidiado. Y siguieron felices durante más de cincuenta años, cuando los fenómenos eran en su mayoría  españoles, salvo alguno especial que el presidente pescaba fuera.

-Zapatero a tus zapatos –pensaba Josefina dándole vueltas a la frase de Manoli-¿Qué era aquel presidente Bernabéu?…Un tío listo de pueblo que , aparte  de pescar peces en Santa Pola y genios el fútbol en el extranjero,  sólo pensaba en el Real Madrid¿Qué es el presidente Pérez?…Pues todo lo contrario: un nuevo rico que no sabe cómo darle mñas gusto a su ego.

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Se lo dijo a sus hijos y a sus nietos, todos del Madrid.

-El presidente Pérez sólo es un coleccionista de haigas.

La veterana aficionada, con sus arrugas y sus lorzas a cuestas, tuvo que explicar a los suyos que, en los tiempos en que nació el himno del Madrid, los que se enriquecían súbitamente no eran los futbolistas famosos, sino los toreros de tronío. Y era fama que estos, para marcar territorio y compensar su incultura con signos de opulencia, iban a las tiendas de coches donde se exhibían los  Cadillac, Lincoln, Buick,  Packard y otros lujosos modelos norteamericanos y decían.

-Quiero comprar lo mejor que haiga.

Y salían de la tienda del concesionario conduciendo alguno de esos larguísimos y relucientes cochazos que deslumbraban, y que  a partir de entonces el pueblo llamó haigas.

Dice Josefina que los últimos haigas de Pérez se llaman Cristiano Ronaldo, Bale, Isco, Illarramendi. Ancelotti. Y que a Florentino le mosquea que llegue el Atleti, que ya padeció otro presidente coleccionista de haigas -Dios le tenga en el lugar que se merece- y ahora gane con autoridad al Madrid. Entre otras razones, por tener en sus filas a un chico de Vallecas que se llama Koke, y que no costó un euro porque es de la cantera.

-¡Y encima a Pérez le aclaman los socios en la Asamblea!- se quejaba esta mañana a Manoli mientras le pedía una caja de Optalidon para calmar los dolores de cabeza que le trae el club de sus amores- Pobre presidente…Es tan pobre que sólo tiene dinero.

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Mientras las forofas que antaño iban a Chamartin tan ilusionadas se lamen sus heridas, en la acera de enfrente, todo júbilo por la nueva victoria de David contra Goliat, aplauden con las orejas al coleccionista de haigas. Josefina, Manoli la farmacéutica y las otras mocitas madrileñas mentadas en el himno del Madrid así lo sienten. Porque lo del sábado no solo fue el triunfo del Atleti y del sentido común. Sino, sobre todo, la derrota de la horterada y del afán de epatar  que proyectan los ridículos nuevos ricos del fútbol.     

No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.

Injubilables felices

...Como Angelillo, que no es este, pero podría serlo, aunque él sea más de montaña que de mar.

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Botín tiene 76 años, pero es feliz levantándose a las 6´30 de la mañana y reuniendo a directivos de altos bonus cuando aún no les ha dado tiempo de quitarse las legañas. A Tomás Fuertes, presidente de El Pozo, lo que más le apasiona es estar al pie del cañón. ¿Querrá decir que se pondrá el mono y los guantes y bajará a la fábrica a embuchar charcutería, que es lo suyo? Amancio Ortega, 76 años, dice que seguirá trabajando hasta el final. Nadie sabe cuánto vale su minuto de actividad. Teresa Rivero, 75 años, es presidenta del Rayo Vallecano, equipo de fútbol cuya plantilla lleva varios meses sin cobrar por la mala cabeza de la familia Ruiz Mateos. Reconoce que está mayorcita, no que su familia es incorregible, pero afirma estar encantada con sus ocupaciones. Plácido Domingo, 70 años, ya avisó desde el palco del Real que seguiría cantando mientras le quedaran fuerzas. Mejor que cante, porque hablando se pone un poquito cursi. “Podría vivir sin trabajar”- dice Francisco Ibáñez, el creador de Mortadela y Filemón- “pero la vida sería demasiado aburrida”.

En el último dominical del periódico El Mundo se han juntado cien injubilables felices y nos cuentan su porqué. También los hay sin cara conocida: Celso González, un ganadero que prefiere cuidar sus animales que pagar a alguien por ello, Mª del Carmen Rodríguez, dueña de una zapatería, Juana López, carnicera, Lourdes Soriano, monja. Podría interpretarse como un reportaje pagado por el gobierno para ir acostumbrarnos a la idea de que jubilarnos más tarde es prolongar ese estado de felicidad que parece dar el trabajo. No subraya lo fundamental, lo que de verdad explica por qué no quieren retirarse. Y es que todos trabajan o en su empresa mercantil o en su empresa vital, que otros llamarán su ego. Qué curioso: los albañiles y jornaleros por cuenta ajena no aparecen en la lista, ¿por qué será?

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Tampoco aparece Ángel Serratosa,  80 años cumplidos justamente ayer, natural de Ronda, casado felizmente con la prima Carolina, más conocida como Chita, y residente en Barcelona. Padre feliz  de siete hijos, abuelo y bisabuelo de incontables criaturas, se jubiló después de una larga carrera en la empresa Tassada y Beltrán, y desde entonce es  activista puntual en Intermón. Como tantos jubilados que no salen en los papeles sigue en activo, aunque un proyectito de agua potable en un país subdesarrollado de la ONG en la que colabora sea menos vistoso que los dividendos de Botín o las tiendas que abre a diario el dueño del imperio ZARA.

Angel hace honor a su nombre, y no lleva alas porque las alas se planchan mal, no hay quien les marque la raya, y él es extremadamente pulcro y presumido. A su padre le fusilaron en Ronda cuando la memoria histórica se empezaba a escribir con sangre. Pasa de puntillas por esa cruel espina que se clavó en su niñez, y no se le conoce una expresión de odio ni tampoco una secuela que haya sesgado su natural bonhomie. A veces llega a irritar, porque no critica nunca  a nadie. En sus ratos libres  pasea,  pinta, lee y va a exposiciones. Un experto en felicidad diría que su biografía es un éxito, pero ni siquiera él está libre de imperfecciones. Lleva más de medio siglo en Barcelona, y es tan políticamente correcto que hace lo posible por hablar el catalán.

-Ziz plau –le dice al kiosquero con su lengua rondeña un poquito zopaz- ¿E que me donaría La Vanguardia?

Es su máximo logro en la lengua de Espríu. Bienaventurados los que tienen buenas intenciones.

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Una de las grandes satisfacciones de Angelillo, como se le conoce en familia, es haber rehabilitado la massía que heredó su mujer en la Pobla de Lillet. Por ahí aparece de vez en cuando este bloguero y pasa unos días inolvidables con sus primos y con parte de su numerosísima tribu, porque en la casona de piedra no cabemos todos.  Ahí tiene su fuente el Llobregat, desde ahí se ve el impresionante peñasco de Pedraforca y se avistan al norte las lejanas crestas de los Pirineos. Cerros, valles, aire puro, montañas nevadas al fondo. Uno se acuerda de  cuando se quedaba embobado mirando la ilustración de la caja de lápices de colores Alpino, con aquel cervatillo triscando por paisajes como el de la Pobla. Angelillo y la prima Chita han repartido mucho oxígeno entre el personal que los conoce.

Un día paseaba con ellos por el monte y Angelillo se plantó ante un enorme pino negro.

-Mira qué ejemplar- dijo con evidente orgullo- Es el mejor de este monte.

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Quiso este duende entonces escribirle un poema de esos pretenciosos que hablan de la realidad y el símbolo, la aguja impasible que, en el frío del invierno o bajo el sol abrasador de agosto, sigue cosiendo el cielo y la tierra, la realidad y el sueño, el ser y el deber ser, la materialidad y la inmortalidad del alma. El gran  pino negro de la Pobla, directo desde las raíces de la tierra hasta hacerle cosquillas con las ramas de su punta al mismísimo Dios. Un trasunto arbóreo del Angelillo.

Quiso escribirlo y dedicárselo a este buen hombre que, aún no saliendo entre los injubilables de la lista de El Mundo, tampoco quiere dejar de trabajar. Aunque sólo sea  en el noble afán de hacer la vida más amable a los demás. Así que hoy lo escribe este bloguero no en verso, sino en prosa deshilvanada, con el simple deseo de felicitarle por ser un ochentón aún tieso, sonriente y positivo, bien planchado  y exportador de felicidad.

La vida y sus navajazos

Nadie lo tenemos en el guión, pero todos debemos esquivar los navajazos que de vez en cuando larga la vida...

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Sestea el Duende en su sillón de IKEA mientras le aturden las noticias del Telediario. Disturbios en Libia y Marruecos. Esperanza Aguirre tiene cáncer. Ha muerto Odón Alonso.

No obstante, se duerme: esta mañana ha empezado su mañana corriendo por el Parque de San Isidro y el nuevo salón de pinos –qué nombre tan pretencioso- que arbola la orilla del Manzanares, y está cansado. Madrid, por cierto, amanecía limpio y con un cielo transparente. Cuando lo ve recortado en el horizonte y antes de que el sueño le baje las persianas seguía muy presentable.

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Esperanza Aguirre es la mujer de temple intermitente. Quiere ser del mismo hierro que su admirada Margaret Thatcher, pero de cuando en cuando sucumbe a la emoción y quiebra su palabra con inflexiones que le manda el corazón. Hoy intentaba un discurso firme y sereno para anunciar su cáncer de mama. Como el que habitualmente modula en sus declaraciones. Pero se le cruzaba el llanto, y a su fraseo le patinaba el embrague. Qué cosa más natural, incluso en una mujer de tanto carácter.

-Quiero animar a todas las madrileñas-decía abundando en el mensaje preventivo- para que se no dejen de hacer sus revisiones ginecológicas.

Los famosos afectados, como Josep Carreras, o como Plácido Domingo y Luz Casal, se convirtieron en los mejores agentes propagandísticos de la vigilancia activa contra la enfermedad que ya es no es innombrable. Ellos la vencieron, como ojalá lo venza Espe, con ese nombre de virtud tan poderosa.

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Pero lo uno no quita lo otro. El bloguero paró la carrera en seco al escuchar la noticia, Por razones largas de explicar –entre las que cuenta el implacable marcaje al que le someten sus enemigos- guarda una especial simpatía por esta política tan brava. Al menos da la sensación de currarse su cargo más que ningún otro representante del pueblo. No es sutil, pero es inasequible al desaliento, consecuente y simpática.  Por eso, al enterarse de su enfermedad el bloguero, se detuvo y le dedicó un recuerdo mientras, acodado en la barandilla de uno de esos nuevos puentes que cruzan nuestro pequeño río,  veía nadar a los patos, ajenos al mundanal desasosiego.

Todos tenemos un cáncer en alguna vecindad del corazón. Más cercana o más lejana. De ella se defiende bastante bien el Duende gracias a que su psique debe de padecer una cierta  bipolaridad sentimental. Lo cual le hace a ratos frío y tan áspero como la lija del 9, y a ratos cursi y de lacrimal fácil, como si fuera una heroína de Corín Tellado. En el paseo matinal, y escuchando la noticia de boca de la protagonista, le dio por lo segundo. Alivió con un suspiro. Y siguió trotando por el parque porque, según la propia presidenta, nada debe detenerse por culpa de su percance.

Salvo el cáncer, claro.

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Odón Alonso coleccionaba gallos. Gallos de cerámica, de barro, de hojalata, de basalto, de cristal, de plata, de madera. Lo leyó una vez el Duende en una entrevista que le hicieron al recientemente fallecido director de orquesta. Y esta confesión le produjo un efecto de simpatía hacia el maestro. No se imaginaba a Toscanini coleccionando enanitos en su jardín, ni a Von Karajan exhibiendo su tesoro de sorpresas de roscón en la vitrina de su mansión en Gstaad.

De alguien capaz de producir el milagro de la buena música a este bloguero le interesa casi todo, hasta los detalles más insignificantes de su vida. En un libro apasionante titulado El mito del maestro su autor, un crítico llamado Norman Lebrecht, hace un análisis de la personalidad de los grandes directores del pasado siglo. No aparece en la lista, cree recordar el lector, ningún director español, ni siquiera Ataúlfo Argenta. Deberían agradecérselo. Porque los grandes de la batuta resultaban ser, según Lebrecht, tan magníficos músicos como vanidosos, despóticos e insoportables personajes. La simpatía y la naturalidad raramente hace divos.

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Por muy fino que se ponga el bloguero, tiene que reconocer que tampoco él se libra del poderoso influjo del star system. Una novena de Beethoven dirigida por Metha, Mutti, Maazel o Giulini siempre le merecía más atención que una de Odón. A Odón le saludó un par de veces en su vida, y parecía un tipo amable, simpático y cercano. Nada que ver con los que Lebrecht disecciona tan cruelmente en su libro. Jamás le decepcionó musicalmente (los snobs no pensaban lo mismo), pero probablemente pesaba en su biografía la ausencia de glamour, que es el lo que parece que pedimos los ignorantes a los artistas. Coleccionaba gallos, recordemos, y era de La Bañeza.

Un día le sonó el teléfono al Duende.

-Hola, Luis-escuchó por el auricular-Soy Odón Alonso…Te llamaba porque hace mucho tiempo que no nos vemos.

El bloguero se quedó literalmente estupefacto. Jamás había sido amigo del maestro, se conocían sólo de un par de cenas con amistades comunes. Alguien le habló entonces de Alzheimer. Hoy una necrológica  recoge otra causa por la que, al cabo moriremos  casi todos: insuficiencia cardiorrespiratoria. Da igual. Una de las ventajas de la edad es que te enseña que la enfermedad y hasta la muerte forman parte de la vida. La  vida, con sus navajazos.

Así que a la cama, que mañana será otro día.

Perder para salir ganando

Como canta Sabina, qué manera de sufrir, qué manera de perder....¡Y de ganar!

Quedaba Del Nido un poco grotesco con el sombrero de botella de Tío Pepe. El hombre se justificó. Ante el Rey o el Príncipe, dice  el protocolo, todos descubiertos. El Príncipe es poco estirado, y aceptó el sombrero como el amuleto que, según el presidente del Sevilla, le trae buena suerte. La misma suerte que le faltó al Atlético de Madrid. Pero el presidente Cerezo no se puede quejar. Aunque no se consiguió el doblete, la Europa League tampoco es mala cosecha para un equipo que en enero estuvo a punto de irse al garete.

Hubiera sido un espejismo. No hay mal que por bien no venga. Con tantos años de ayuno para los atléticos, todos querían prolongar el sueño. Pero hay que reconocer que el doblete hubiera sido  un espejismo peligroso. Imagínense el cálculo de los sabios: si con  las altas de Asenjo, Tiago y Salvio y las bajas de Heitinga y de Sinama, que casi equilibran lo invertido en aquéllos, hemos conseguido un título…¿cuánto más podremos racanear ganando la Copa del Rey? Lo dicho, que una derrota a tiempo puede ser, a la larga, más beneficiosa que una victoria.

Nunca, perdiendo, ganó tanto el Atlético de Madrid. Dice Amado de la Torre, el Pepito Grillo rojiblanco, que muchos de sus vecinos, y algunos de ellos del Madrid, le llamaron al móvil tras el pitido final. ¡Oye, tío, que estamos viendo lo del Nou Camp y casi se nos saltan las lágrimas!…¡Eso no es una afición!…¡Eso es un milagro!…Se cuenta que a Plácido Domingo le han llegado a tributar ovaciones de cuarenta minutos después de algunas de sus actuaciones. Pero seamos sinceros, el Aleti de hoy, aún jugando dignamente, no dio el do de pecho como nuestro gran tenor. El Atlético, simplemente, puso el miércoles lo mejor que tiene  descubriendo, para compensar, lo mucho que aún le falta. No ganó porque, así como en Hamburgo hubo algo de suerte y, jugando peor, se metió el gol necesario, en el Nou Camp ese plus de fortuna cambió de barrio. Pese a ello, y al esfuerzo del viaje,  y pese a la pasta que en ello se habrán dejado, miles y miles de seguidores rojiblancos  permanecieron en las gradas  aclamando a los jugadores como si el Kun, Forlán y compañía fueran Julio César y sus legiones regresando a Roma tras vencer en las Galias. Hasta al recio Ujfalusi se le humedecían los ojos contemplando ese brote de fervor rojiblanco. Y el bueno de Amado, contagiado por el potencial sentimental que arrastra el Aleti de sus amores, suspiraba: ¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!

Mi patria es mi equipo. Y mi equipo es el Atlético de Madrid” Curiosa contradicción: la patria ha pasado de moda, y lo de cantar un himno y agitar banderas en su nombre es casi “políticamente incorrecto”. Pero el fútbol se ha convertido en su sustituto. Se puede entender mejor en el caso del Barça, porque juega de maravilla, gana muchos títulos y, además, bien se ha encargado su presidente de que sea “más que un club”. Pero lo asombroso es que el Atleti, con su fútbol limitado y sin más rollos identitarios que la lírica de Joaquín Sabina, atesore un depósito de ilusión capaz de hacer levitar a multitudes. La masa no filosofa, pero buena parte de ella, siente como el bueno de Amado. Que su otra patria es el Aleti , y que, pase lo que pase, siempre agitará la bandera rojiblanca.

Ojalá que no devalúen ese oro en barras que es el sentimiento atlético. Quizás suene a ironía amarga, pero no haber ganado la Copa el Rey puede ser una gran victoria. Sobre todo si los barandas del club  se convencen de que el Atlético de Madrid merece el esfuerzo de comprar lo necesario para hacer un equipo aún mejor que su fantástica afición. Lo demás sí será perder de verdad.

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Siéntase el rey de la creación

EL truco es creer que, sin uno, Haydn no seria nadie...

EL truco es creer que, sin uno, Haydn no sería nadie...

Se pregunta Homper admirado si los roles sociales nacen con el individuo o se hacen.

No es filosofía en estado puro, sino deducción cercana basada en la observación. La cosa es que su nieta, que es una niña a la que ya le enseñan en el cole lo políticamente correcto, no quiere ser una mujer del montón. Todo lo contrario, sueña con ser princesa.

No una princesa moderna, de las que trabajan e una ONG, corren en chandal por los parques y de vez cuando compran marcas blancas para ahorrar. Sino una princesa de cuento, cursi como las de Walt Disney y guapa como la Sissi de Romy Schneider. La niña apunta maneras delicadas como el cristal de Bohemia. Si por ella fuera, sólo se dedicaría a desfilar por la pasarela  y, como mucho, a bailar como esas primas donnas de cajita musical.

Peor aún: cuando no puede vestirse de tules, gasas, lamés, fru-frús y bordados de diamantes y sentir que el mundo gira a sus pies, se consuela jugando con sus muñecos o limpiando el parquet con un diminuto carro de limpieza comprado en una bazar chino. Qué barbaridad: algún familiar desaprensivo se ha saltado a la torera el desideratum de igualdad y pretende condicionar su futuro sexista regalando esos juguetes antipedagógicos. Mientras tanto, ay Bibiana Aído, la fiscalía mirando a otra parte.

¿Serán quizás los reflejos condicionados por el ambiente sexista que aún respira nuestra sociedad? ¿O, simplemente, que esa es la forma más directa de llamar la atención y sentirse protagonista? Vaya usted a saber. También pudiera ser que la niña busca cómo inventarse ya otro mundo distinto al que le va a tocar vivir. No hay como imaginar que eres el rey o la reina de la creación.

Eso es lo que pasaba a Homper estos días. Cierto que son los más cortos, fríos, y nebulosos del año. Pero él canta con su coro La creación de Hayden y, aunque los demás no se percaten de ello, está convencido de que el célebre músico no hubiera sido nada sin su valiosa voz.

(Aún hay gente más confiada. Por ejemplo, su compañero Pedro Bauer se atreve a desafiar las leyes del canto llevando a todos los ensayos y actuaciones una bolsa de polvorones. Cantar en alemán después de haber engullido una de esas delicias de Estepa…¡Ahí les querríamos ver  a Plácido Domingo y a la Gruberova!)

Días de zarzuela y rosas

(Foto de La Sombra del Viento)

España ya no es lo que era. Compra el Duende en un pequeño colmado barrial donde aún es posible llevarse el pan, un brick de leche, y un par de berenjenas sin tirar de chequera -no se sabe cuánto durará este chollo, al paso que vamos- y se encuentra a Daniel  vestido  de camisa blanca, chalequillo, parpusa y pañuelo al cuello. Daniel es el dueño de la tienda, y la parpusa es la gorra de los chulos madrileños. Se supone que en cualquier otra comunidad autónoma  la incluirían entre los llamados hechos diferenciales, pero tampoco es tan diferente. Y además en Madrid lo diferencial es que estas cosas nos tienen sin cuidado: no se conoce a más de diez madrileños que sepan explicar por qué nuestra bandera es roja con estrellas blancas ni, mucho menos, cantar una sola palabra de nuestro himno. Y tan frescos.

 Daniel está hoy contento, porque canta en una función benéfica y va a poder demostrar su arte. Es que en realidad yo soy barítono -puntualiza- Pero la vida no me ha dejado ser artista, ya ve usted…Y mientras le despacha al Duende, se estira con aquella famosa romanza del maestro Serrano:

                                                 Junto al Puente de la Peña,

                                                  la otra tarde la encontré…

                                                  Y su guante, chiquitito,

                                                  me cayó a los pies

 En éstas entra en el colmado el señor Celedonio, que se jubiló de sargento de la Policía Municipal hace años. Celedonio es viudo y vive solo, pero tiene nietas a las que lleva a ver los desfiles de la escuadra de coraceros del cuerpo, tan vistosa, con los guardias a caballo luciendo sus cascos de plumero y sus lanzas. También pasea por la Casa de Campo y busca setas, cardillos y hasta espárragos silvestres. Celedonio es adusto en sus modales, y habla como si fuera un telegrama. Llega a la tienda con tres churros enhebrados en un junco,  al estilo antiguo. Así aparece todos los días.  Pero, hoy, sorprendentemente,  en la mano lleva también un diminuto ramo de flores anudado por un lazo. Por un momento, el colmado respira la fragancia de las flores. Celedonio advierte en un pispás que Daniel viste de artista, y lo considera. Pero eso no altera su flema de policía jubileta, por lo que  hace su pedido con  su habitual laconismo castrense. Buenos días, Plácido Domingo.  Tres pimientos, paquete arroz, pan y MARCA. ¿Se debe?… El tendero barítono le vacila con fina ironía. ¿Y las flores, también son de la Casa de Campo?…Celedonio baja los ojos y farfulla entre dientes. No. Son rosas de pitiminí, una joya de la botánica…

 Celedonio se despide, se  da la vuelta y se va. Daniel le mira, sonríe al Duende y, haciendo un gesto hacia el viejo policía, dice un vamos que vamos. Hasta que otra parroquiana apunta un nuevo dato. Son de la mercera, te  lo digo yo…Se les ha visto paseando juntos, le lleva los churros todas las mañanas, y siempre ha presumido en el barrio de un  rosal mu especial que crece en su patio.

 España ya no es lo que era. Un comerciante de ultramarinos que canta romanzas y un viejo policía desarmado por un ramillete de rosas de pitiminí. Si don Pelayo levantara la cabeza…

 

 


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