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Homper no entiende nada de nada

No cree que se deba hablar de "la nefasta manía de pensar", pero Homper piensa que deberíamos renunciar a pretender entenderlo todo...

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Homo sapiens. Homo ignorans. ¿La curiosidad es la madre de la ciencia? ¿De verdad que la razón lo explica todo?…Medita estas cuestiones nuestro amigo Homper mientras afila la punta de su lápiz con un sacapuntas. Cuando termina la operación, acerca el ingenio a sus labios y lo besa.

-No sabes lo que me gusta entenderte.

Le llena de satisfacción que una concavidad acoja la punta del lápiz, y que una cuchilla de acero afilada  afeite la madera alrededor de la mina con sólo girar aquel. Qué bien inventado está esto, piensa. Y qué gratificante entender el funcionamiento del sacapuntas.

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Porque en estos tiempos e exaltación desmesurada del hombre y de culto a la razón como clave de su superioridad, se pretende que la pobre especie humana lo entienda todo. Llevamos tres años de crisis, y aún a veces, cuando los especialistas recuerdan sus causas, Homper no sabe por  qué las trapacerías de cuatro granujas que hicieron quebrar a Lehman Brothers y de unos buitres que quisieron abusar de los que necesitaban casa en Estados Unidos explican el estado de postración del planeta.

-Un día nos cuentan que la culpa es de la prima de riesgo. Otro, de Grecia. Otro, de Portugal o de Irlanda. Ahora de Italia. Dicen que Bélgica está a caer, y que luego iremos nosotros. Se caen las Cajas de Ahorros. Se descubre ahora que tenemos dieciocho administraciones especialistas en el despilfarro. Resulta que la responsabilidad es de los que nos acostumbramos al estado de bienestar. Y entretanto, con los mismos recursos naturales, la misma fuerza bruta y las mismas capacidades humanas, ni las mejores cabezas saben qué hay que hacer para producir más, crear empleo y devolver la confianza.

Homper volvió a besar el lápiz y el sacapuntas.

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Pero pretenden que sigamos creyéndonos homo sapiens. En su noble afán de divulgación,ONDA CERO incluye a veces en su programación píldoras científicas, y ese día Homper se sorprende escuchando la enésima explicación del Acelerador de Partículas. Parece ser la madre del cordero de la física cuántica, un invento que, si funciona, resolverá todos los problemas de energía que arrastramos, y además recreará las mismas condiciones físicas en las que surgió el Big Ban. O sea, que puede reproducir el fenómeno de la creación del mundo, como si ya no tuviéramos  bastantes problemas en este. Y consiste en un túnel circular de 29 kilómetros por el que lanzan partículas para que choquen entre sí. Las partículas dan 11.000 vueltas al túnel por segundo, y se supone que deben chocar entre sí con alguna que venga en dirección contraria. Si chocan, se descomponen en otras micropartículas.

-Y parece que, si eso ocurre, se organiza la de Dios -piensa Homper- Y nunca mejor dicho.

¿Y cómo lanzan las partículas? ¿Con catapulta? ¿Con compresores de aire? ¿Con pistolitas de agua? ¿Y por donde se abre el túnel circular para que metan las partículas que han de chocar entre sí? ¿Y qué haremos con ese otro mundo que puede recrear el nuevo Big Ban? ¿Esperaremos a que vengan otra vez  cuatro canallas a hundirlo sin que volvamos a entender nada de nada?…

Homper contempla   con cariño  su lápiz y su sacapuntas, tan sencillos y eficaces ellos, tan fáciles de explicar y entender. Y pone bálsamo a su ignorante perplejidad mirando a la luna llena. Tampoco sabe muy bien cómo se mantiene ahí, pero luce bonita, y además le invita a soñar.

De la utopía al posibilismo

...Y cuando curó la "utopitis" que le aquejaba, se convirtió en un posibilista como cualquier otro gobernante

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Qué fatalidad. Decían los observadores que el presidente mejoraba de la utopitis crónica que le aquejaba desde su llegada a la Moncloa. En vez de concebir  una España imposible, era ya tan posibilista que hasta consideraba que no toda la energía nuclear significaba  Hiroshima y Nagasaki.

Y en éstas se enfadó la tierra, desató un terremoto y un tsunami sobrecogedor en Japón y reventó la  central nuclear de Fukushima. El mundo lloró –un poquito- por las más de diez mil víctimas. No lloró más  porque el fantasma de Chernobil aventaba el miedo, y medio mundo tenía elecciones a la vista y una viña que guardar.

-España no es Japón –escribió en su informe el Director General de Argumentarios del gobierno de España.

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Últimamente nada era lo que parecía. Japón no era España. Grecia no era España. Irlanda no era España. Portugal no era España. Ni Libia era Irak. Y el faisán tampoco la cándida paloma de la paz que pretendían.

Pero en el debate nuclear, las cosas cambiaban. Donde antes se cerraba una central, ahora la necesidad obligaba a hacer la vista gorda sobre las demás.

-Digamos digo donde antes decíamos Diego –subrayó el el Director General de Argumentarios- Desde que la gente probó el agua caliente, la calefacción y  el coche, y se ha emborrachado de estado de bienestar, no hay manera de sacar adelante la utopía, jefe.

El presidente se secó una lagrimilla con un pico de la portada de EL PÚBLICO, que usaba habitualmente como pañuelo e, hincando la rodilla, declamó como Tenorio desesperado.

-Clamé el cielo y no me oyó/ y, pues sus puertas me cierra/ de mis pasos en la tierra/ responda el cielo, no yo.

La entrada de su secretaria alivió aquel amargo cáliz.

-Que mientras se flagelaba, ha llamado don Emilio Botín para insistirle: que no decaiga, que no dimita, y que si le fallan los sindicatos, ahí está él para ayudarle, que por algo lleva siempre la corbata roja.

Bendito posibilismo.

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Entretanto, y hastiados ya de encuestas electorales que no trataban sino de socavar la moral del gobierno, empezaron a proliferar las que abundaban en el punto flaco de la energía nuclear. Y Homper, el Hombre Perplejo, se quedó turulato al saber que la mayoría de los encuestados creía que las centrales nucleares que hay en nuestro país son seguras.

-Es asombrosa su sabiduría–pensó- No sólo conocen palmo a palmo la geología de nuestro suelo y la solidez de sus placas tectónicas. No sólo tienen pruebas del alto grado de resistencia del homigón armado. Sino que saben que la fusión parcial de las barras del reactor, aunque produce una radiación de  1.000 milisievert por hora, no nos afecta. Como dijo Leopoldo Calvo Sotelo de la guerra de las Malvinas, el nuestro es un problema “distinto y distante”.

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Entretanto, en el piso de arriba, Emlio y Solita, un matrimonio con ciento ochenta y cinco años a sus espaldas, escuchaban los alarmantes datos de un científico sobre la longevidad del peligro nuclear.

-El cesio radiactivo decae a la mitad a los treinta años –decía la radio- El plutonio que se está escapando ahora en Fukushima tardará veinticuatro mil en perder sus efectos nocivos.

-No llegaremos a eso, ¿verdad?-preguntó temblorosa la anciana mientras acercaba sus manos frías al radiador de calefacción.

-No, Solita-respondió el anciano- Estaremos ya en la vida eterna.

-Pues entonces, ande yo caliente y ríase la gente.

Les faltó añadir que el que venga detrás arree. Que es más o menos lo que acaban aceptando, con amarga resignación, eso sí, los políticos posibilistas.

Año nuevo junto al alcornoque más viejo

Qué pequeño se ve uno junto a ese coloso que es el tiempo...

Qué pequeño se ve uno junto a ese coloso que es el tiempo...

Fíjate -le decían a aquel pobre niño el día de Nochevieja- Hoy verás por la calle a un hombre con trescientos sesenta y cinco narices, trescientos sesenta y cinco bocas, trescientas sesenta y cinco ojos…

Y así de todo. Trescientos sesenta y cinco manos, pies, brazos, cabezas…Y el chico era tan ingenuo que se lo creía. El Año Viejo era un anciano monstruoso y multiorgánico que salía a la calle para despedirse. Pero qué casualidad, cuando los hermanos mayores señalaban a una esquina y gritaban mírale, ahí está, y él volvía la cabeza para echarle un ojo, el monstruo se había escondido. No había manera de verle, imposible…Tampoco al Año Nuevo, que era un bebé tierno y sonrosado. Ni al Ratoncito Pérez. Puaff, puaff…Uno empezaba a sospechar que en la mitología de los niños había gato encerrado.

Y, lamentablemente, la había.

Desapareció el monstruo y uno entendió rápidamente que el día 1 de enero es exactamente igual que el 31 de diciembre anterior, pero con más resaca, más legañas y más deseos de dormir la mona. No había cambiado nada alrededor, y nuestras vidas eran las mismas, porque aunque corren los años casi nunca pasa nada, y lo que sucede en el transcurso de doce campanadas es un pasar discreto que no llama la atención. Años más tarde, en su primer viaje a Londres, el Duende se llegó a la colina por donde alguien marcó en el suelo la línea del meridiano de Greenwich, y creyendo que iba a hacer historia plantó un pie en el este y otro en el oeste. Ni un sístole arrebatado en el corazón ni una cosquillita especial en la entrepierna. Como cuando en la frontera de Tuy pisó al mismo tiempo Portugal y España. Nos marcamos artificialmente cortes mágicos en la realidad, como si fuera posible pasar de sapo a príncipe en un pispás o vernos listos, altos y ricos por un viaje astral a otro lugar del mundo donde todo lo soñado es posible. Y luego resulta que no. Ya lo advertía Segismundo encadenado: la vida es sueño, pero los sueños, sueños son.

Todo eso le rondaba al Duende momentos antes de las doce campanadas de Nochevieja. No era producto del desencanto, sino de la maceración de conocimientos y de pensamientos que es privilegio de la edad. Por eso, lejos de los petardos y los fuegos de artificio, saltó de un año a otro con los que quizás podrían considerarse sus amigos más tranquilos, Ramón y Ana de Miguel y José Pedro y Teresa Sebastián de Erice. Les habían acogido los primeros en su casa de campo extremeña, en medio de un encinar cuyo silencio sólo se rompe en estas fechas por el lejano grito de las grullas que hibernan en la contornada. Tanto Ramón como Jose Pedro son diplomáticos, y los cuatro se han pasado media vida viajando. Y tienen claro lo que Paul Éluard consagró en uno de los versos más citados: hay otros mundos, pero están en éste. A una edad, uno lleva ya para siempre su propio mundo en la mochila del alma.

Al día siguiente dieron un paseo y se retrataron junto al que según algunos es el alcornoque más grande de España, justo en la raya de Castilla la Mancha con Extremadura. Ahí, al pie de un majadal, mutilado por los años y por el abandono de todos, se yergue este coloso varias veces centenario. Él nos volvió a recordar que el tiempo es relativo, y que, aunque sigamos acariciando la quimera, tampoco es seguro que 2009 traiga la felicidad absoluta. Así y todo, feliz lo que sea al que nos lea.


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