Publicaciones Etiquetadas 'Pulgarcito'

Tiempo de Braulios, tiempo de costuras…

Carlos Herrera ironizaba en Onda Cero sobre el alcance de la última medida propuesta por el gobierno para animar la economía. Según él, no es fácil crear trescientos cincuenta mil puestos de trabajo reformando la casa. O sea, llamar al Braulio de turno, encargarle un trabajito y pensar que así vamos a salir de la crisis…Y el Duende lamentaba lo de la crisis, por España, más que nada. Pero no dejaba de sentir un cierto orgullo de paternidad por Braulio, su entrañable chapuzas, en tiempos compañero de micrófono del mismo perspicaz periodista que ahora le eleva a la antonomasia. Quíén te ha visto y quién te ve, amigo Braulio.

No es la primera vez que le recuerdan sus camaradas de antaño. También le invoca alguna vez José Ramón de la Morena, que habla de deportes en El larguero con una jerga cheli muy del gusto del mago el tornillo rosca-chapa. La radio no la ve nadie, y las palabras sin imagen duran menos en la memoria que las migas que dejaba Pulgarcito en el camino para no perderse por el bosque. Pero sorprendentemente, algunos rasgos de las caricaturas que pasaron aún permanecen. Hace unas noches decía  José Ramón que los kilos de más que ha echado Ronaldinho en Italia son porque está grueso de los nervios, como Doña María

Escuchándolo a solas en casa,  el Duende taciturno se sonreía por lo bajini.

Vanitas vanitatis de un lado, la cosa tiene su enjundia para la reflexión. Tanto demonizar el ladrillo y ahora volvemos a descubrir que da igual éste que el hormigón, el panderete, la mampostería, el encofrado, el talochado, el acuchillado, el gotelé o reponer el fuminaya –precioso nombre de significado nebuloso-de la cisterna del inodoro. Tanto dan, que nos dan lo mismo. Eso sí, con tal de que se mueva el dinero y algo quede en las exhaustas arcas de nuestro estado de bienestar. Es tiempo de Braulios.

Hemos pasado de ser los reyes del mambo de la economía a ajustar, remendar y dar la vuelta a los abrigos de nuestro devaluado becerro de oro. Quizás no sea casual que la novela del momento se llama El tiempo entre costuras, de María Dueñas. No la ha leído el Duende, pero se la recomiendan por todas partes, y quizás venga bien para probar las puntadas que se pueden  hacer para vestir a esta España en pelotas. De momento, ya anda uno buscando por el barrio a un Braulio que venga a su casa para la delicada chapucilla de colgarle un soporte para la bici y un armario metálico en la pared de garaje. No es mucho curro, cierto, ni hace falta más que unos brazos robustos y un taladrador con una broca capaz de agujerear el hormigón. Pero de momento, cuando lo comenta en el bar de al lado, repleto de braulios en paro, éstos le miran como si estuviera chiflado.

Y no sabe qué cara pondrían si además dijera que necesita una factura con IVA.

La luz de la luciérnaga

CourelFueron sesenta kilómetros como fuera del mundo. Su coche era un sherpa. Eso sí, en la provincia de Lugo, dentro de un parque que según los pocos carteles avistados se llama Ancares-Courel. Vueltas y más vueltas, pasar de un valle a otro, verde sobre verde, el brezo morado tintando los riscos más altos. Nadie. Kilómetros de túneles umbríos formados por las ramas de los árboles más frondosos que uno puede recordar. A menudo, chorreones de agua filtrándose por las laderas de bosques espesos de castaños, arces, abedules, fresnos, robles. De vez en cuando, en alguna aldea perdida –Secedas, Sobredo-alguna vaca. Unos pocos tejados de lanchas de pizarra indican que aún vive alguien por ahí. Pero no se ve a nadie. Tan sólo alguna ardilla.

 -No había visto árboles con cara desde que dejé de mirar las ilustraciones de los cuentos infantiles-pensaba Homper, más perplejo que nunca.

Los árboles de ese lugar son tan añosos que cuentan su historia en el tronco. Y acaban mostrando un rostro expresivo, como los del bosque de Pulgarcito o los de El señor de los anillos. No dan miedo, sí admiración -qué artista es la naturaleza- y respeto.

-Y este castaño ya estaba aquí cuando las Cortes de Cádiz- piensa el viajero-Como para que luego venga un imbécil y fulmine la leyenda con una colilla encendida…

La luz limpia y transparente de un soleado día del verano norteño. 21º. Recuerdos piadosos para todos los familiares y amigos que padecen el sartenazo canicular en la España cálida. Y más rabia al escuchar la nueva sangría del verano. En Burgos, bestial atentado de ETA Y en la sierra de Gredos, más familiar para Homper y, lamentablemente, mucho más seca que la del Parque de Ancares-Courel, otro incendio provocado que arrasa de momento tres mil hectáreas.

Homper no quiere sino evadirse. Pero, en el agua del pozo de sus dudas sistemáticas, ve el reflejo de un anciano barbudo cuya cabeza se recorta sobre un triángulo.

-¡Cáspita!-medita el misterioso personaje mientras se rasca la barba-Y lo crié a mi imagen y semejanza…¿Pero era yo tan imbécil?

Por la noche, a la puerta de la casa de piedra del siglo XVIII donde su amigo Manuel Gasset acoge a Homper, una humilde luciérnaga quiere competir en brillo con la media luna. También hacía muchos años que no veía un bichito así. Entonces recuerda la preocupación del Creador y, parafraseando a Groucho Marx, proclama solemnemente.

 -Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a las luciérnagas.

El Duende y Superman, la ilusión y el paquete

(Foto de jarel22)

Cercedilla, 52 litros de precipitación por metro cuadrado. Eso dice el parte meteorológico refiriéndose al día 19 de abril de 2008. Por esa contornada de la sierra de Madrid iba a discurrir la primera Caminata convocada por el Duende desde este blog. Amaneció un día de temporal de otoño, borrasca profunda, chuzos de punta y  nieblas meonas que se agarran a la montaña desde sus partes bajas, con perdón, a la cresta. Como para tumbarse en el sofá, mirar machadianamente la monotonía de lluvia tras los cristales y esperar el sueño con un novelón de Tolstoi entre las manos.  Pero algunos entusiastas ya habían desafiado al infortunio.  Al llegar al punto de concentración, el Duende estaba este  tan abrumado por la culpa que se le olvidó parafrasear al Rey Prudente cuando lloraba por el fracaso de la Armada Invencible: no mandé mis ilusiones a luchar contra los elementos.

 Se sabía aquello de en abril aguas mil, pero estábamos en que  el tiempo ya no es lo que era, y que nunca llueve ni al sur de California ni sobre la España irredenta que pelea por los ríos. Lo han recordado estos días los periódicos: en los años sesenta, para acabar con una de las incontables sequías que afligen a Murcia quisieron sacar a la virgen de la Fuensanta a procesionar implorando lluvias. Dicen que el señor obispo, que probablemente conciliaba la fe con algo de razón, miró al cielo y advirtió a la feligresía: como queráis, pero de llover no está. Es prudente no fiarlo todo a la fe. Sin embargo, una vez en la Barranca y después de comprobar  que la esponja de las nubes nunca terminaban de desaguar, alguien debió tener la valentía de avisar: haced lo que os salga de las narices, pero de caminar tampoco está..

 Bueno, pues aún así, el Duende y sus amigos caminaron.  Bajo una lluvia persistente que, por otra parte, a casi todos les parecía agua bendita, caminaron al menos un par de kilómetros. Con paraguas, chubasqueros, capotes y sombreros. Subiendo hacia el pico de la Maliciosa por un camino forestal que, con sol, debe de ofrecer un paseo maravilloso, conversando unos con otros. Varios nombres conocidos en este blog,  como Wallace y Gervasio, Begoña y Camiseta, Palinuro y Palinurova. Y algunos con el mérito añadido de haber venido desde lejos: Adela, Julián, Ángelus Pompaelonensis, Candil…Y el espíritu de esa criatura tan especial que es Bob de Ca´s Barber. Los más sólo se conocían por esas migajas del alma que, como discretos Pulgarcitos, van dejando en sus comentarios los habitantes del bosque virtual. Se  mojaron, claro, pero no hay mal que por bien no venga. Se vieron las caras. Y aún `pudieron contemplar algo tan extraordinario como un Manzanares recién nacido triscando torrencialmente por entre praderas y pinos centenarios como si de un río pirenaico se tratara. Si no lo veo, no lo creo: en un paraje no lejano del Escorial se juntan de vez en cuando para ver apariciones de la Virgen, pero este espectáculo es casi más milagroso.

 Al regreso, con los huesos aún entumecidos por la humedad, el Duende ve en los papeles que se cumplen setenta años del día en que Joe Shuster y Jerry Siegel alumbraron a Superman, otro antropoide que viste malla. El Duende compara su silueta con la del superhéroe, tan macizo de bíceps y pectorales, y en principio se acompleja. Luego lo piensa detenidamente y acaba sacando pecho. No tendrá sus superpoderes ni sus lectores. Pero tampoco es moco de pavo haber congregado a tanta gente  bajo la lluvia. Además, la ilusión del Duende luce distinto paquete que la de Superman. ¡Esos calzoncillos, marcando, por encima de la malla!…

    

Otro cuento de invierno

Bosque invernal

(Foto de vegas

Había un bosque milenario de grandes árboles. Los árboles estaban cubiertos de una gruesa corteza, tapizada de musgo y líquenes. Cuando el niño protagonista  -Caperucita, Pulgarcito o quien fuera- se perdía, los árboles se transformaban en caras fantasmales de tétricos viejos que les asustaban. (En los fumettis que salían de sus bocas imaginadas se leía:  Uuuuuhhhh….¡Ahhhh!) Las víctimas de aquella ceremonia del horror musitaban un ¡Gulp! y corría despavoridas. Los árboles humanizados fueron plasmados después magníficamente en la versión filmada de El señor de los anillos, trilogía que me hubiera encantado descubrir en los libros, en el cine y en la edad de la inocencia. Vista en televisión sin ser doctor en Tolkien, entre el teléfono, las conversaciones, y el lavaplatos funcionando, y con el cerebro ya medio acorchado por la edad, no hay quien la siga. Por eso se quedará el Duende hoy con los bosques de leyenda clásicos: el de Sherwood y los frondosos hayedos del norte.

A menudo soñaba el Duende que, yendo al colegio, cruzaba la calle de Claudio Coello y de repente se veía en el bosque de Sherwood. Allí Robín de los bosques, desayunándose un tasajo de ciervo ahumado con cerveza, le invitaba a hacer una pella y sumarse a su banda. El desayuno le parecía algo extraño, pero también los proscritos de Guillermo Brown, otro héroe al que seguía apasionadamente, tomaban agua de regaliz, jengibre, caramelos de melaza y demás rarezas. Lo de luchar contra el villano Guy de Gisborne -uno de los más abominables malos de su infancia- defender a los pobres que mataban un ciervo del rey tirano para sobrevivir a la hambruna  y vivir en el bosque le seducía al Duende. Bastante más que ir al colegio. Sin embargo le preocupaba la noche. No por el miedo, no, sino por el frío. ¿Cómo se puede pasar una noche de invierno en un bosque de Inglaterra sin morirse de frío?

 La Ley de Murphy aún no había entrado en vigor entonces, pero en cualquier época una situación mala es susceptible de empeorar. De manera que los fríos de Sherwood se quedan en nada si se les compara con los de los relatos de viajes polares que ahora lee el Duende por entretener su mala conciencia burguesa y su condición de viajero sedentario. Kane, Hayes,  Amundsen, Scott, Peary, Nandsen, Johanssen y otros muchos audaces exploradores durmieron a temperaturas de hasta setenta grados bajo cero. Y sin catalítica ni forro polar. Lo cual viene muy bien para engrandecer la figura  de aquellos románticos y, de otra parte, minimizar el pellizco la factura de gas que uno acaba de recibir.

 Que no se enteren Argelia, Rusia, ni los magnates de la energía. Pero al Duende, que pasó tanto frío en las casas donde habitó su infancia, la calefacción y el agua caliente le siguen pareciendo baratos en relación con el inmenso bienestar que aportan. A su amor, uno se siente como el osito aquél que tenía su cabaña en el tronco de un gran árbol. Lanzaba el invierno  sus primeras cuchilladas y el osito abría la puerta de su refugio, se metía en su cama  de estilo tirolés y, hundiendo su cabeza en un mullido cuadrante y tapado por un edredón cerraba los ojos para hibernar en un prolongado sueño.

Imagen imborrable para el Duende. Él tenía que madrugar para volver al cole recorriendo las gélidas calles, y si le hubieran pedido entonces que describiera el cielo apuntaría al oso. Pero me consta que éste, durmiendo, soñaba que era duende. Y que despertaba, acuciado por su responsabilidad frente los amigos de su blog. Y entonces saltaba de la cama y se ponía a escribir este otro cuento de invierno.  


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 805,558 hits

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.