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Si dos millones de moscas no pueden equivocarse, aunque coman mierda, cómo lo van a hacer los cuatrocientos millones de personas que este miércoles 27 de abril, a las veinte horas y cuarenta y cinco minutos, se ponían ante la pantalla del televisor para ver el primer partido de la semifinal de la Champions League entre el Madrid y el Barça.
-Que no-se excusaba Tomás-Que esto es algo único, excepcional, un fenómeno social extraordinario. ¿Cómo no voy a verlo, churri?
La churri se llamaba Silvia, y estaba enamorada. En principio estaban enamorados ambos. Pero así como para ella lo más fascinante era aprovechar la Noche de los Libros sentándose juntos en una de esas librerías-café que ahora se estilan y leer al alimón poemas de amor, para él lo prioritario era disfrutar de la fiesta del fútbol y vibrar junto a ese cuerpo místico madridista que iba a arrebatar al Barcelona la posibilidad de jugar la final.
-Pero…si tampoco eres tan merengón, ¿no?-se lamentó la churri.
-No, es cierto…Pero no quiero quedar al margen del sistema, de verdad, churri. Si quieres, luego, cuando acabe el partido…
Tomás se largó a ver el partido con sus amigos mientras Silvia se quedó en casa compuesta y sin novio.
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Dos millones de moscas quizás no puedan equivocarse –masculló Tomás al acabar el partido- Pero…anda que el Madrid…Anda que Ramos…Anda que Pepe…Anda que el árbitro…¡Anda que Mourinho!
Tomás se enfadó porque en su opinión el Madrid fue cobardica y reservón como un equipo menor, y su partido fue un desastre. Pensó que aunque dos millones de moscas no se equivoquen libando caca, muchos de esos cuatrocientos millones de espectadores, y entre otros él mismo, hubieran hecho mucho mejor empleando el tiempo del partido en cualquier otra cosa.
Y lo peor; se enfadó consigo mismo viendo hasta qué punto se había equivocado rechazando el plan de su churri. Porque apenas la dejó por culpa del fútbol, Silvia recibió la llamada de Enrique. Y este la invitó a celebrar la Noche de los Libros tomando un café juntos en uno de esos cafés-librerías que tanto se estilan, mientras leían poemas y prosas de amor. Y entre que la literatura amorosa era excelente, ella se sentía chafada y abandonada y todo estaba a media luz, cuando la chica se quiso dar cuenta tenía un nuevo amor entre los labios.
-Lo siento, Tomás-fue todo lo que le dijo ella al día siguiente- Pero entre una vulgar historia de fútbol y otra de libros, me enamoró más la segunda…
Las moscas quizás no se equivocan. Pero los que ponen el fútbol por encima de todo sí. Por cierto, para más inri no sólo perdió el Madrid, sino que el dichoso Enrique además era del Barça.
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