Ang Lee titulaba una de sus últimas películas de esta forma sorprendente: Deseo, peligro. Esta eran las tensiones que latían en la tremenda historia que contaba su filme. Woody Allen continuó con Vicky Cristina Barcelona la moda de bautizar las películas como si fueran telegramas. Bastan tres palabras como tres flashes para resumir el contenido de una hora y media de cine. Mejor eso que la chorrada de titular en inglés. Así que se lo compramos, giramos el kaleidoscopio por el que miramos habitualmente el deporte y los cristalitos de colores componen espontáneamente estas cuatro palabras: Canaletas Cibeles Pedreña Lorca. Sobran hasta las comas.
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Mientras el Barcelona celebraba su Liga y el Madrid su Copa la ciudad de Lorca lloraba porque su tierra se había estremecido y además de derribar edificios había hecho sangre entre los suyos. Lorca, cuyo equipo de fútbol apenas asoma en este periódico, robaba de esta manera el primer plano de la actualidad. Guardiola y Rosell tuvieron el buen gusto de ponerle sordina entonces al clamor del Barça Un respeto, que ha habido víctimas bien cerca, y en esto también debemos mostrar nuestra sensibilidad, sugerían. Aday Santana, jugador del equipo murciano, que tantos avatares deportivos ha sufrido la última década, lo ratificaba en MARCA: “nunca te imaginas que esto puede ocurrirte nunca”. Nunca te lo imaginas.
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El deporte es un mantra social, una especie de realidad virtual en la que sólo cabe el éxito, el triunfo, la evasión, la gloria. Es la terapia del pueblo llano. Para miserias, bastantes con las que tiene en casa, en el trabajo o, aun peor, en la cola del paro. Cuando en esta constelación de esperanzas que rodean a nuestros ídolos o a nuestros equipos favoritos aparecen las sombras de la tragedia y la muerte, estas duelen y hacen llorar más que si asoman en otros ámbitos de la vida. Se creía que Seve tenía que ser inmortal como los dioses del Olimpo. A los que le veíamos hace unos meses en el Foro Marca –que, desde entonces, se ennoblece con su apellido- se nos hace difícil creer que aquel genio que con tanto entusiasmo promovía su fundación y prometía volver a jugar los cuatro hoyos de Saint Andrews haya muerto. Quizás no sea así. Seguramente sólo está en comisión de servicios en la eternidad porque al jefe se le ha antojado jugar al golf como Dios. Y, naturalmente, le necesita de maestro.
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Aún así, deporte español, además de vibrar en Canaletas y Cibeles, tenía que estar en Pedreña enterrando las cenizas del admirado Ballesteros. Pero a última hora, y después de conocer las aterradoras noticias, también en Lorca, donde el terremoto segó nueve vidas y arruinó mucho más que lo que se ventila en un campo de golf o en cualquier final de temporada de fútbol. Era cuestión de solidaridad o de simple delicadeza. Probablemente el equipo de Aday Santana ni sepa qué le espera la próxima jornada. Poco importan estas cosas cuando se siente tan de cerca la tragedia.
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Apenas hacía dos días que el belga Weylandt se estrelló contra una pared y pasó a ser el cuarto ciclista muerto en accidente en la historia del Giro de Italia. Otro aviso más de que el deporte, como la vida misma y como la película de Ang Lee, es deseo, y a veces también peligro. El caballero medieval de El séptimo sello practicaba un deporte tan poco arriesgado como el ajedrez, pero al otro lado del tablero jugaba la muerte. Esa partida la jugamos todos, deportistas o no. Así que celebremos lo que haya que celebrar, pero con respeto y sensibilidad por los que nos han dejado justo cuando algunos cantan victoria. Las campanas que hoy doblan por Seve, por Weylandt o por las víctimas de Lorca, como decía el poeta John Donne, doblan por ellos, pero también por todos nosotros.











* Publicado en MARCA 8-5-09



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