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El mejor regalo de Reyes

Aquella niña buena se durmió pensando que, por fin, los Reyes Magos también iban a recibir regalos de Reyes...

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Melchor quizás estaba aburrido ya de su poblada barba blanca.

-Tantos años ya-pensó la niña- ¿Y si se la quiere afeitar?…

Gaspar es muy posible que se doliera de las cervicales. Siglos y siglos sufriendo el bamboleo de cabalgar a lomos de un camello…¿Cómo no iba a resentirse su cuello?

-Y Baltasar…¡Pobre!…¿Habrá visto lo de las pateras?…

Y se imaginaba que el tercero de los Reyes Magos podía haber sido uno de esos negros que en estos días se aventuran a llegar a España en pateras.

-¡Qué mareo! –resoplaba la niña.

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Y se puso manos a la obra.

Papá era un ejecutivo de esos que se pasa la semana viajando, y por casa había muchas de esas pequeñas cosas insignificantes que los que viajan se traen de los aviones y de los hoteles. Y a Mamá le decían muchas veces hipocondríaca. La niña no sabía lo que significaba eso. Sólo sabía que a su madre le gustaban las medicinas más que a ella las chuches.

Encontró un kit de afeitar impecable. Y una de esas almohadillas inflables para ajustárselas al cuello y dormir en los aviones. Y una caja de Biodramina aún sin estrenar.

Lo puso todo en una de esas cestitas para el pan que Mamá compraba en los bazares chinos. Lo envolvió en un papel celofán y luego descolgó del árbol de Navidad un par de bolitas rojas y un lazo que puso en todo lo alto como remate.

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Finalmente, dejó la cesta ante la chimenea y se echó en el sofá. Quería que Melchor, Gaspar y Baltasar la sorprendieran durmiendo, como es propio de las niñas buenas la noche del cinco de enero. Y esperaba que los Reyes Magos de la crisis,  que seguramente estaban tan caninos como el resto del personal, en lugar de dejarle  juguetes, se llevaran esas tonterías que no servían de nada en casa y que ella había preparado con tanto cariño.

Los Reyes aparecieron de madrugada. Se sorprendieron un poco, pero cogieron la cesta encantados, y se fueron dejándole a la niña sólo tres besos emocionados.

Y fue el mejor regalo de Reyes que se recuerda.

El cuento del Zapatero tacaño

...Y aquellos niños que creían que el mago ZP era muy generoso, se durmieron pensando que se había quedado corto...

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El  presidente llamó a don Probo Buenafé, su profesor de Ética y teoría del talante aplicado. Quería consultarle qué le parecían sus últimas maniobras para la aprobación de los dichosos presupuestos.

-Hermoso, hijo, hermoso –ratificó el anciano docente con la voz medio quebrada por la emoción- El alumno mejora al profesor. Pero no olvides presentarlo en el parlamento con una gran frase. Por ejemplo, pedid y se os dará.

-Profesor –carraspeó el presidente- Eso me suena a evangélico, y ya sabe que nuestra laicidad…

-Comprendo, hijo, comprendo. ¿Qué te parece ésta? Poco teme a su enemigo/ quien le vence y vuelve a armar/ que en el noble es premio el dar/ y el recibir es castigo…Es de Tirso de Molina.

-Pero don Probo…Recuerde que Tirso fue sacerdote…Además, los nacionalistas no son enemigos, sino caros amigos…-rectificó sobre la marcha-Quiero decir amigos muy queridos…No quiero vencerles, sino convencer a todos de que es el bien común lo único que me importa…

Se hizo un silencio.

-Bueno, José Luis-dijo don Probo-Tú eres un hombre brillante…¡Di algo de tu propia Minerva!…

Se despidieron, colgaron ambos el teléfono y el presidente se quedó a solas con su cuaderno de pensamientos geniales. Estuvo escribiendo un rato, con intervalos en los que su mirada se perdía en las hojas de los árboles del jardín, ya nimbadas de otoño. De repente volvió sobre algo de lo escrito y lo subrayó con lápiz rojo. La frase decía así: la cesión de competencias no  es sino el glaseado necesario de  la justicia distributiva.

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Decían que los nacionalistas del norte y los del sur estaban dando saltos de alegría. Pero no era del todo cierto. Puestos a mirar bien los tejemanejes que se había traído con los que apoyaban sus presupuestos, hasta resultaba rácano.

En el norte, la pequeña Edurne estaba desconsolada. Ella esperaba los tres Reyes Magos hubieran reforzado al Olentzero para que las navidades de Euzkadi fueran mucho más felices, y  que el gobierno de España hubiera plantado la Torre del Oro al borde de la ría de Bilbao. Y llena de oro hasta los topes, claro. Pero de eso, nada.

Entretanto más de dos mil kilómetros al sur, Pedrito miraba el anochecer sobre una playa canaria con cierto desencanto. No entendía que su padre no hubiera apretado un poco más en las negociaciones.

-¿Ves, papá? –dijo apuntando a la luna- Sale como siempre.

-Claro, hijo…¡Pero las aguas del mar son ahora nuestras!

-¿Y qué les hubiera costado cambiar también la luna para que  saliera con forma de plátano?

La Conversión de san Pablo y otros esnobismos de familia

Como san Pablo, acabaremos cayendo del caballo y reconociendo que, en el fondo, somos unos esnobs...

Como san Pablo, acabaremos cayendo del caballo y reconociendo que, en el fondo, somos unos esnobs...

Nadie sabe por qué aquella familia sin pretensiones conservaba algunas tradiciones que hacían presumir lo contrario.

El abuelo Pablo tenía en sus rasgos  una notable elegancia natural, pero ese era el único detalle que le asimilaba con la nobleza. Como primogénito de la casa  era el sucesor del marquesado al que, nadie sabe por qué meritos, era acreedor su apellido. Pero el abuelo pasaba. De hecho no movió un dedo por eso, ni aún cuando su hermano Manuel -diplomático y, por ende, más propicio a las pompas y vanidades- lo rehabilitó a su nombre sin decirle esta boca es mía y con algún presumible tejemaneje en el Ministerio de Gracia y Justicia. El tío Manolo, por cierto, aprovechó  la pusilanimidad de su hermano para arramblar de paso con los pocos cuadros buenos de la familia, lo cual no le impidió figurar en el Espasa Calpe de la época -el de los cien tomos, no la versión reducida- con una hoja de servicios relevantes en Asuntos Exteriores y una foto de uniforme más propio de archiduque austrohúngaro que de pícaro con estudios, que es lo que era. No es oro todo lo que reluce.

El señor marqués se casó con una rica de la isla de Cuba, donde fue embajador, y él mismo cuidó su fortuna con tanto cariño como el que escatimó a su familia. Cuando engrosó las filas de los más ricos del cementerio no dejó una huella precisamente profunda en los que llevamos su apellido.

Entretanto el abuelo Pablo consumía su vejez con una precariedad de medios que no le impidió conservar, hasta el final, la dignidad del hombre sencillo. Siempre encorbatado -mantenía que la corbata no era ningún símbolo, sino una pequeña bufanda que prevenía los enfriamientos de garganta- era feliz paseando, nadando en verano,  declamando a Rubén Darío y leyendo novelas policíacas en su butaca reclinable. mientras  fumaba su pipa con el orgulloso gesto de un general después de haber vencido en la batalla. El hombre sólo supo ganar lo suficiente para sobrevivir y educar a sus hijos. Que se sepa, nunca tuvo una casa de su propiedad. Cuando un cinco de enero el Duende le preguntó qué deseaba que le dejaran los Reyes Magos su respuesta fue tan desconcertante para un niño como elocuente para cualquiera que sepa de la vida.

-Sólo quiero que me dejen en paz.

Y sin embargo, no celebraba su santo el día de san Pedro y san Pablo, como hubiera sido lo habitual. Sino tal día como hoy, 25 de enero, que es la Conversión de san Pablo. De la misma manera que los luises de la familia tampoco éramos del 20 de junio, san Luis Gonzaga. Sino del 25 de agosto, san Luis de los Franceses, que además de santo fue rey. O sea, marcando diferencias con la mayoría.

Qué contradicción en una familia de tan baratas ínfulas. Debe de ser que aquí, como en el caso del tío Manolo, también las apariencias engañan.  Cuándo caerán del caballo, como san Pablo, y reconocerán su esnobismo. ¿O es que no han caído en la cuenta de que en realidad  el abuelo Pablo estaba convencido de ser Rothschild y  su nieto, el Duende,  más importante que Puck?

El paquete no lo es todo

Re galar también es seducir. Con un paquete aparente o sin él.

Re galar también es seducir. Con un paquete aparente o sin él.

Tampoco sobre el arte de regalar existe una doctrina única. Hay quien se impone regalar sólo lo que a él le gusta, y hay quien tiene en cuenta sobre todo la personalidad del regalado. Aquél, que podríamos bautizar como el generoso detallista, se afana en estudiar el perfil del beneficiario. Busca, rebusca, y a veces compone incluso algo tan original que éste, a lo mejor más convencional, recibe con cara de bobo. Primera cuestión: el regalante perfecto…¿debe sacrificar su gusto al de la persona objeto del regalo o, al contrario, debe someterse a los gustos de éste?

La otra cuestión afecta a la presentación del regalo. Cuando se trata de un regalo convencional, parece que todo el mundo está de acuerdo en que es mejor cuidar las formas. Es emocionante el ritual de separar etiquetas y colgantes de adorno, desanudar lazos y cordones, retirar papeles y llegar, por fin, a tocar el objeto de regalo. Inevitable la comparación con lo que es desnudar poco a poco cuando hablamos de la seducción. Lo peor de este ritual es que a veces el regalo queda muy por debajo del arte de su envoltura.

Sin embargo, cuando se trata de los regalos de Reyes, hay quien prefiere concentrar todos los regalos de la familia en una habitación y desplazar la ilusión al momento anterior de entrar en ella. Donde, por cierto, y al contrario del caso anterior, los regalos se exhiben junto al zapato de cada quisque, y sin la parafernalia de marras. Aquí el efecto del paquete lo hace la espera, la concentración ante la puerta, el ceremonial del jefe de la casa- que abusa de sus privilegios para entreabrir la puerta, echar un vistazo, gestualizar la sorpresa y encender las luces para que entre, de menor a mayor, el resto de la familia.

Los regalos de los Reyes en casa de Homper aparecían así. Todos a la vista y cada cual a buscar los suyos. Pensaba que lo de los paquetes vistosos con mucho lazo y etiqueta pertenecía más bien a la cultura anglosajona, y a la iconografía tradicional del árbol de Navidad coronando una montaña de regalos. Muy a su pesar, también él ha sido colonizado por estas costumbres extranjerizantes. Y ahora pone tanto empeño en buscar un regalo personalizado como en presentarlo con cierto gusto. Aunque a veces esto le lleve sudores, muchas horas de trabajo y suspiros de angustia. Valora mucho sus manos, pero está convencido de que al Creador se le olvidó dotarlas con dos o tres dedos más que sin duda hacen falta para esa odiosa tarea que es empaquetar los regalos de Reyes.

En eso estaba esta noche cuando, ya al borde de la desesperación, no advirtió que el reloj daba las cuatro y se quedó perplejo al ver que sus majestades se le habían presentado en casa. Melchor le reprochó que no se hubiera ido a la cama antes, como deben hacer los niños buenos. Gaspar recordó aquello de que el hábito no hace al monje. Y Baltasar, más práctico, le recomendó faena de aliño y que se fuera a la cama, no sin antes llevarse el dedo a la frente y, guiñando un ojo, soltar una frase lapidaria.

-Hijo, regalar también es amar -dijo con la sonrisa de un pícaro- Y ya eres mayorcito para saber que en el amor no todo es cuestión de paquete.

Qué sabios, qué prácticos, qué majos los Reyes Magos.

Dios entre E.T. y Einstein

(Foto de Max Sparber)

Los periódicos del pasado 14 de mayo hacían coincidir dos noticias llamativas. Por una parte, una afirmación de la Iglesia de Roma con algunas repercusiones en su doctrina oficial. Y, por otra, unas revelaciones de Albert Einstein sobre la religión de las que hasta ahora no se sabía nada. Más picadillo para la empanda mental que en materia religiosa siempre se está cocinando el Duende.

 La fuente en el primer caso es el astrónomo del Vaticano. Este jesuita, un argentino llamado José Gabriel Funes, parece tener más predicamento que el referido específicamente a su ciencia. Escudriñando el cielo con su preclaro telescopio, ha llegado a la conclusión de que se puede creer al mismo tiempo en Dios y en los extraterrestres. La afirmación ha llenado de gozo a gran parte de la grey católica militante en la zona gris de la fe, o sea, la fe fetén ma non troppo. Este tipo de creyentes vivía francamente atormentada por la obligación de creer que E.T. era menos criatura divina que canallas como los que integran junta militar de Birmania o pájaros como el jefe de la policía local de Coslada. No podía admitirse tanto contradios. 

 Pero claro, cualquier reforma en la doctrina viste un santo para desnudar a otra. A un creyente  a machamartillo, como los que tanto le gustan al padre Bonete, le asaltan ahora dudas que nunca tuvo. ¿En cuál de los siete días que relata el Génesis creó Dios a los extraterrestres? Otrosi,  si la oración del credo habla del Dios creador del cielo y de la tierra, en ella no caben estas extrañas criaturas, que tampoco estaban censados en el arca de Noé. Por otra parte, si es cierto que  Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, ¿a semejanza de quién se le ocurrieron los extraterrestres?. Más dudas: cuando el astrónomo da carta naturaleza a los extraterrestres es porque, en buena lógica, tiene prueba de ello. Y si éstos se han manifestado es en razón de su inteligencia superior, puesto que el hombre no ha sido capaz de hacerlo sino en la Luna y en Marte, donde no hay bicho viviente. ¿Quién es ese Superdios que pilota a los extraterrestres? Jesús, qué lío.

 Al mismo tiempo, se desvela ahora que el gran cerebro del siglo XX creía que Dios y la religión no son más que una expresión de la debilidad humana. Y que la Biblia es una  colección honorable, pero primitiva (sic) de leyendas infantiles. Lo anota así en una carta enviada al filósofo Eric Gutkind el 3 de enero de 1954, y publicada esta misma semana por el diario The Guardian. Tal como se reproduce, parece que las afirmaciones del sabio alemán lo son para escándalo de los creyentes. Al Duende, que está lleno de buenas intenciones, pero que sólo cree que cree, no le escandalizan nada, y le parecen bien traídas. El encaje entre las grandes verdades de las religiones y las aún más enormes y sangrantes contradicciones que uno ve en este mundo son tan difíciles de racionalizar como el ratón Pérez o los Reyes Magos.

  Claro que Dios es muy superior a estos cuentos, y presenta mejor hoja de servicios. Pero hay que reconocer que, para ser tan bueno y tan sabio, a menudo se expresa bastante mal.

Señor, ¿qué hacemos con las sorpresas del roscón?

 Pasado el tiempo de jolgorios, el Duende se adentra hoy en teologías delicadas. Para empezar ha llegado a la conclusión de que uno de los grandes inconvenientes de ser Dios es que hay acreditar sabiduría absoluta. No es moco de pavo.

A continuación vendría la gran cuestión, el arcano por antonomasia, la prueba definitiva de que esa abstracción tan maravillosa que es ese  ens a se, no ab alio  (padre José María Unzueta dixit) es una verdad, y no una patraña. Atención, teólogos, pensadores y filósofos, que aquí os queremos ver. Si existe Dios, y éste posee la sabiduría absoluta…¿sabe qué carajo hay que hacer con la legión de sorpresas de roscón de Reyes que se van acumulando en los cajones a lo largo de una vida?

Hubo un tiempo en que estas figuritas que señalan caprichosamente al comprador del próximo roscón eran de cristal, y tenían cierto encanto. También entonces España era más pobretona, y se consumían menos roscones. Pero de un tiempo a esta parte reina en estas fechas el furor rosconero. Los obradores y reposterías de prestigio se estiran en grandes colas de consumidores ávidos e inasequibles al desaliento, como si fueran clientes adictos a la lotería de La Bruja de Sort o a la de Doña Manolita. O como si el kilo de esa codiciada pieza no lo cobraran a precio de cojón de mico, que es por el que los  reposteros despabilados han decidido tasar esta pieza de bollería. Reyecitos, vikingos, piezas de nacimiento, focas, sirenas,  vacas, patitos,  caballitos de mar, mariquitas, tortugas, tigres, hadas, gnomos, ranitas, burros, enanos, guerreros, robots, magos…Cada uno de su padre y de su madre.

En el caso del Duende, todos acaban en el cajón de los horrores, donde uno ha ido acumulando los regalos que doña María llamaría suntuarios, y que pretenden ser un recuerdo, un homenaje o un testimonio de gratitud por este o aquel programa de radio que hicimos allí. Una metopa de esta universidad, una bandejita de plata (de la gata) donde consta que fuimos pregonero de unas fiestas, una placa de bronce, una reproducción en pequeña escala y en estilo más que relamido de la estatua emblemática de la ciudad, un pisapapeles de metacrilato… Horror inútil tras horror más inútil todavía. Ahí reposarán  años, hasta que un día nos de un ataque, cojamos un taxi y pidamos que recorra toda la ciudad con las ventanillas abiertas para ir tirando por ellas, sin que se note que somos iconoclastas hipocondríacos, todas las bobadas insignes que la gente y las instituciones se empeñan en regalar aunque nadie sepa qué hacer con ellas.

Por qué y para qué se hacen estas cosas. Y cuál es la responsabilidad que ante ellas compete al consumidor responsable.   Ay, Señor, qué sinvivir más tonto. Ilumínanos, tú que lo sabes todo. Y ya que eres todopoderoso, convence a los reposteros de que inventen otra cosa, o  muéstranos si no el camino para que tanta sorpresa de roscón horrenda y estúpida no nos haga enloquecer.

De regalos y otros homenajes de reyes

 Se adelantó en un día a los tres colegas de reinado más largo de la historia, y vio la luz en Roma hace ahora setenta años. Su etapa debe de ser ya de las más largas en nuestra agitada historia. A muchos, cuando Franco le dio el visto bueno, les parecía tonto. Pero él conocía sus limitaciones y asimiló bien las reglas del juego. Teniendo en cuenta que antaño un monarca era un dios, don Juan Carlos ha dado muestras de ser mortal. Con sus flaquezas y debilidades. También con su s aciertos, y su corazoncito.

Cada día que pasa su estampa se parece más a los retratos que Goya pintó de sus antepasados, fundamentalmente de Carlos IV y Fernando VII. La mirada azul, la color sonrosada, la papada y los mofletes de los borbones. Los españoles esperan, estamos seguros de ello, que las similitudes se quedarán en los rasgos físicos: marchemos todos, y vuestra majestad el primero, por la senda constitucional. Y, si no le sirve de molestia,   tenga la bondad de no caer jamás en lo que hizo indeseable a vuestro antepasado Fernando el Deseado.

 Después de su annus horribilis, le sorprende al Duende la lluvia de elogios que  el rey recibe con motivo de su setenta cumpleaños. Sobre todo los que proceden de sectores tradicionalmente republicanos. Se han escuchado impresiones de Carrillo, de Alfonso Guerra, del cantautor Víctor Manuel, de la actriz María Galiana, de Adolfo Domínguez, de Méndez y Fidalgo, los sindicalistas. Sutiles ditirambos: como si el rey fuera un regalo de reyes para todos. Si el presidente Azaña los hubiera escuchado, habría sufrido un ataque de pelusa. Desde la Declaración  de los Derechos Humanos la monarquía no se tiene de pie en un mundo razonable. Pero quizás don Juan Carlos es más que un rey. Su importancia, entre bromas y veras, la subraya la falsa reina Isabel de Inglaterra que, de la mano de James Loyalrock -Jaime Peñafiel fuera de la corte de San Jaime- dialoga con el Duende en la radio. Lo grande es estar en los sellos, en las monedas, en las tazas de te, en los posavasos, en las cajas de bombones y en otros souvenires. Los reyes españoles son más comedidos, y no practican el exhibicionismo del merchandising desatado, pero también son símbolo. Y gracias a su sonrisa, su oficio y su buena planta -quizás también al famoso por qué no te callas- España es conocida en todo el mundo y cae bien en buena parte de él. El Duende sabe que lo suyo es elegir al jefe del estado, pero está encantado de que el rey  de España le quite ese cuidado. Por muchos años: otros que sí elegimos en las urnas nos han dado mucho peor resultado.

Pero estos asuntos de reyes no lo son todo en estos días. Ayer hubiera cumplido ciento un año la madre del Duende. Fue una mujer brava, como casi todas las de su tiempo, y le parió sin sobreesfuerzo alguno a los cuarenta años. Aún vendría otra hija, bien conocida en este blog, seis años después. Y qué pensaría al ver a su hijo convertido  ahora en un estilita del mundo digital: meditando casi todos los días, lucubrando naderías, elucidando disparates, barajando recuerdos.

 Otro cuatro de enero nació Ramón Garrigues Calderón, sobrino querido que hoy es un orondo arquitecto casado con Paz,  y padre de una criatura  bautizada como Javier Ramón, y conocida como Jamón, nombre de fusión muy propio para una familia de infalible apetito que nos gusta a todos. Y creo que un año antes llegaron Borja y Álvaro, unos parientes gemelos a los que el Duende regaló por nacer un par de orinales con cabeza de patito, porque uno no recuerda cómo aprendió ciertos menesteres, pero cuánto mejor sentarse a evacuar con la ilusión de montar en tiovivo que con la penosa sensación de ir al paritorio. Es una idea de última hora para los que aún no sepan elegir un original (u orinal) regalo de reyes.

Y se deja el Duende el asunto del roscón. Pero le está esperando uno recién salido del horno, así que de eso hablaremos mañana. Entretanto ¡vivan los Reyes Magos!

Que el rey Baltasar sea negro de verdad

 ¿Era el Duende un observador precoz? ¿O es que los mayores nos tomaban por tontos a los niños de entonces? De no ser así…¿por qué nos presentaban  como rey Baltasar a un concejal  de finos labios y ojos claros  con el rostro tan mal embetunado?

 Pobre Baltasar de guardarropía. No sabía lo ridículo que quedaba cuando estiraba sus brazos para acoger al niño de turno y éste veía por el cuello del sayal una pechuga blanca como la bechamel de una croqueta. Qué farsa, qué desprecio por el mito. Y todo por la vanidad de subirse a un camello, sentirse aclamado por la multitud, desfilar en una cabalgata junto la banda de música y las majorettes y ser entrevistado en la tele autonómica correspondiente. Apunten frases originales que escucharemos de su boca este sábado: todos los niños de ……..(aquí debe ponerse el nombre de la ciudad o pueblo correspondiente) han sido buenos. Y  hay juguetes para todos ellos. ¡Pero deben seguir obedeciendo a sus papás y haciendo los deberes!, ¿eh? No hace falta ser Demóstenes para decir tales sandeces. Sólo se precisa ser concejal  y que te toque esta disputada prebenda.

La verdad, no se si llevar el asunto al Defensor del Pueblo. Y pedirle que, por respeto a la reza negra, al mito de los Reyes Magos y a los niños,  se prohíba a los concejales chalanear con el papel de Baltasar para que éste recaiga en un negro de verdad  Hace cincuenta años aún cabía el pretexto de que no había tantos en España. Pero en la aldea global ya no hay necesidad de imposturas, porque cualquier localidad tiene negritos en  abundancia. Inmigrantes o no, estarán encantados de ser objeto de una discriminación positiva. Aunque sólo sea para la tarde de un cinco de enero.

La iniciativa no es baladí. Por una parte,  ayudará a que los niños sigan creyendo en los Reyes Magos. Por otra, a que no pierdan prematuramente la fe en los munícipes y, más aún, en la especie humana. Porque a ver quién entiende que primero se les ofrezca los papeles y luego se les niegue el único que de verdad merecen sólo por su color. Antes de que sean Angelitos negros, como cantaba Machín, dejemos que sean el rey negro que cuenta la tradición.

 Y que nos traiga a todos el regalo soñado.  

El milagro de santa Lucía

Luca, velas en la cabeza

Estaba el Duende invitado a cenar entre amigos. Parejas de su edad, más o menos. Todos muy elegantes, y la casa que les acogía engalanada para recibir la Navidad como es tradicional en Europa. Los anfitriones eran José y Nuria. Los dos son abogados, y él además empresario y primo segundo del Duende. Lo primero explica parcialmente su prosperidad, que es notable. Lo segundo no sirve para nada, pero justifica su aparición aquí. De repente se apagaron las luces, y al otro lado de la puerta sonó una música apropiada. Se abrió ésta y entró desfilando lentamente al compás del villancico una niñita  que ceñía en su cabeza una corona de velas encendidas. Era la noche de santa Lucía, que en Suecia es el pórtico de las fiestas navideñas. La niña reconoció entre los invitados a una pareja que la miraban embobada. Eran sus abuelos, que seguramente recibían así su primer y más emocionante regalo de Navidad. Tanto el padre de José como el del Duende nacieron en Barcelona, y pertenecían a una familia catalana de varias generaciones. Pero el padre de José era un marino inquieto y emprendedor. Empezó a buscar fortuna en América y acabó casándose con una sueca. José es alto, de buen porte, pelo ya casi blanco y exquisitos modales, y ha heredado de su sangre escandinava un cierto espíritu de  elfo benéfico que le impulsa a administrar su generosidad sutilmente, con la delicadeza y la imaginación propia de los gnomos y otras criaturas feéricas. Todos los años se las apaña para montar una fiesta que significa algo muy especial para alguien que no se lo espera. Así mantiene una tradición y, de paso, reparte dos maravillosas sorpresas: a la niña, que convierte en el ángel de la noche, y a unos abuelos que necesitaban una alegría así para aliviar un momento delicado.

El ángel y sus sorprendidos abuelos se abrazaron alborozados. Para que el cuento sea completo, en estos casos aparte de sonrisas suele asomar alguna lagrimilla. El Duende no las vió, pero apuesta a que las hubo. La ilusión no es patrimonio exclusivo de Santa Claus, San Nicolás, Father Christmas o los Reyes Magos. Como muestran Nuria y José, todos podemos ser espíritus amables, al estilo nórdico o al de Socuéllamos, que tratándose de cariño y sensibilidad nadie mira la denominación de origen. Al pie del árbol, invisible, el propio Duende descubría el regalo que este elfo medio sueco le ha dejado. Sus padres, primos hermanos, siguieron caminos distintos. Ellos coincidieron en la Facultad de Derecho  en los años sesenta del pasado siglo. Como a sus padres, también sus carreras les separaban, pero ahora  José, que es rico en amigos, ha descubierto que aunque conserva primos en América el más afín y cercano es este duende de difícil catalogación. El regalo es su afecto, inesperado a estas alturas de la película.

Ambos están empatados a nietas, hablan a menudo de ese premio tardío que la vida te trae cuando empieza a declinar, y que vuelve a encender en el hombre la llama de la ilusión y la fe en el futuro. A los dos se les ocurrió que lo mejor que podían hacer por ellas en este tiempo era montarles un gran nacimiento. El de José ocupa cuatro metros cuadrados, es más clásico, montañas de corcho y profusión de musgo. El del Duende, más pequeño y fiel a la estética de Belén, con cordilleras de papel kraft arrugado y embadurnado de engrudo, al que rocía de tierra y de esas hierbecillas medio secas que escapan de la única plancha de musgo añejo que aún conserva. La arena del desierto, con pan rallado, mejor aún que el serrín, sobre todo si no hay ratones en el portal, como dice un villancico malicioso. Ambos, José y el Duende comparten el mismo modelo de reyes magos, a camello y con pajes. Y, quizás como homenaje a su común origen, también incluyen a un caganer. El meu es millor, precisó entre risas el Duende. Será el milagro de santa Lucía: tantos años sin verse y ahora que pasan de los sesenta resulta que son los dos como niños.

Conversaciones en el ascensor

(Foto de Susan NYC)

Sorprendentemente, aún no sabe el Duende de ninguna investigación que calcule el tiempo que el urbanita medio pasa en el ascensor a lo largo de su vida. Un amigo que vivía en el último piso de una torre de veinte plantas cronometró su ascenso y descenso, para calcular después que no menos de dos días al año se le iba en esos viajes tan tontorrones de los que no se sabe que nadie haya sacado partido. Hay expertos en optimizar tiempos estúpidamente desperdiciados, como los muchos que cualquiera derrocha a largo del día. En la sala de espera del dentista, en la cola del autobús, en la fila del DNI, en el ambulatorio. Dicen que Gregorio Marañón escribió un libro aprovechando lo que media entre el momento en que le anunciaban que la cena estaba lista y el de ver a toda la familia sentada alrededor de la mesa. Quizás exageran. Hoy, gracias a sus ordenadores portátiles, los ejecutivos aprovechan muchas esperas en los aeropuertos. El Duende en tiempos hacía los trayectos de tranvía con un libro de la pequeña colección Crisol en el bolsillo, y consiguió leer bastante. Pero no conozco a nadie que haya rentabilizado sus minutos de ascensor.

Hay que buscar remedio a ese disparate. Es absurdo que cuando uno va en ascensor ponga siempre la misma cara de besugo inexpresivo y, si coincide con algún vecino, vierta ineludiblemente los comentarios de rigor. El noventa por ciento de éstos se refiere al tiempo, que puede ser bueno, malo o regular. Quizás el malo da para más, aunque también es bastante socorrido el hace falta que llueva. Otros son fórmulas de pura cortesía vecinal….¿Qué tal en casa? ¿La familia bien? Cuando hay niños a veces se amplía el abanico de comentarios. ¿Y cómo están los peques? ¿Sacan buenas notas?…Y en tiempos de Navidad la imaginación incluso llega a desbordarse: ¿Dónde celebráis las fiestas? ¿Habéis pedido muchas cosas a los Reyes Magos?

En el Tranvía de Olga, y en ese tramo en el que el Duende debía hablar con su propia voz -no le gustaba nada- un día apuntó esta observación. Persuadido de que nada ha cambiado desde que se inventó el ascensor, proponía nuevos temas de conversación que huyeran de la estupidez y abundaran en otros problemas cotidianos. ¿No cree usted que en España se cuecen demasiado las verduras y las pastas? Interesante tema para un debate necesario, porque ese es ciertamente uno de los vicios de nuestra cocina. A Olga, a Capitán y a García les sorprendió bastante. A mí se me ocurren bastantes más asuntos, aunque comprendo que el compañero de viaje de ascensor actual no está preparado para tan valientes cambios.

Por pintoresca que pueda parecer la idea del Duende, no me digan si no es triste que uno puede coincidir durante todos los días de su vida con otro u otros en el ascensor y no llegar a conocer nada de él. Ni su nombre, ni su apellido, ni si sufre o es feliz. Sumados todos los tiempos juntos, quizás ha pasado junto a él mucho más que con alguno de esos primos segundos que nunca vemos. Y siempre es porque no salimos de los lugares comunes: tres comentarios banales y ya ha terminado el viaje en el ascensor.

Una de las historias frustradas que escribió y que tampoco acabó el Duende habla precisamente de un vecino de una torre que se enamora de una vecina a la que sólo conoce del ascensor. Hombre metódico y de gran sentido práctico, y sabiendo que no estará con ella nunca más de un minuto, programa concienzudamente una estrategia de comentarios para ir conquistándola poco a poco. En lugar de decir cada día lo mismo, parte en el punto donde abandonaron la conversación el día anterior. El galanteo secuencial parece tiene éxito, y ella también acaba interesada por él. Pero el día en que por fin él ya se atreve a invitarle a cenar, ella le comunica que acaba de ser destinada a la oficina comercial de España en Toronto. El idilio urdido en el ascensor no llegará a cuajar. Pues a ver si arreglamos el cuento, porque es una pena perder tanto tiempo subiendo y bajando sin siquiera comerse una rosca.

Pesadillas por Navidad

Santa Claus

Me asegura el Duende que en el mes de febrero soñó algo singular que, sin poder definirse como pesadilla, tenía algo de ello. Se veía en un paisaje bellísimo, con árboles frutales ofreciendo delicias a un grupo de rubias y estilizadas figuras mitológicas de vestidas sólo de etéreos cendales. Ahí estaban Paris con su manzana, y las tres gracias, y sobrevolando, Cupido. Era el famoso cuadro de La Primavera, de Sandro Boticcelli. Con una extraña peculiaridad. La figura central, aunque luciendo un palmito parecido al de la Venus original, era mucho menos esbelta y elegante. No era Venus, sino Isidoro Álvarez que, vestido a modo de seductora heralda del amor y el goce, desplegaba un gallardete en el que se leía: ¡Ya es primavera en el Corte Inglés!

Lo peor es que, con leves variantes, el sueño se repitió a mediados de octubre. En este caso era abducido hasta un pesebre de Murillo donde el Mesías, con esa sonrisita pánfila con que le representan los misterios tradicionales, era ya talludito y estaba llamativamente gordo. En realidad no era el niño Jesús, sino otra vez Isidoro Alvarez anunciando lo imaginable: ¡Ya es Navidad en el Corte Inglés!. En ambos casos el Duende se despertó sudando y sobresaltado, y durante algunos días tuvo que visitar el gabinete de su psiquiatra.

Qué sinvivir, la sociedad de consumo. No acabamos el arqueo de la ruina veraniega y la vuelta al cole y ya viene Halloween. Y aún no hemos destruido la siniestra calabaza colonizadora cuando se anuncia la conspiración en torno a la gran fiesta de la cristiandad. Todos se ponen de acuerdo en madrugarla: alcaldes que encienden las luces, anunciantes que desentierran villancicos, tiendas que se engalanan de Navidad por todos los santos, bazares chinos que se inundan de arbolitos luminiscentes cada vez más exóticos, proveedores de regalos que avanzan muestrarios, periódicos que regalan nacimientos por entregas, restaurantes que anticipan sus reservas para las cenas de empresas, comercios que apartan juguetes para los peques, revistas que dan en primicia lo que los famosos cenarán en Nochebuena. Jesús, cuánto empalago en tu nombre, y cada año antes. Que papá Dios nos coja confesados.

Dice doña María que acabaremos colgando del árbol de Navidad los bikinis, las chancletas de colores, los cubitos y las palas de los niños y esos moldes en forma de estrellita para flanes de arena que lucen mucho en el abeto. Sería una versión utilitarista del arte povera con fines suntuarios. Y una manera de optimizar esfuerzos y recursos. Al ciudadano le tienen -le tenemos-frito, con tanta necesidad de vender para animar la economía. Y así poder seguir comprando, para que otros puedan seguir forrándose, y nosotros sigamos siendo el burro que nunca atrapa la zanahoria, porque cuelga de un palo tramposo que nos pone la felicidad al alcance teórico de nuestro morro, y siempre viaja unos centímetros por delante de la dentellada. El hombre que no compra no sólo es un paria, sino que además es insolidario, tócate las narices. Lo último no es ya acumular todo lo posible en casa, sino sacar a Santa Claus a trepar por la fachada. Mejor desde el verano, para que llegue a la gran noche entrenado.

El Duende pondrá el nacimiento con su nieta, cantará villancicos con su coro y con la familia, y no le hará feos al turrón ni a los polvorones. A ser posible por Nochebuena, no antes. Y también escribirá a los Reyes Magos. No para pedirles que le traigan nada, sino para que se lleven algo de las muchas inutilidades con que le ha regalado la sociedad del despilfarro.

Pero no le hagan caso, está algo mayor y últimamente la demencia senil le provoca pesadillas antisistema.


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