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Homper visto por un artista

El Hompre Perplejo ante la infatigable inmensidad del mar, según versión del artista WaterI

El Hompre Perplejo ante la infatigable inmensidad del mar, según versión del artista WaterI

Hay personas que no pueden llamarse sino como se llaman. Será que el nombre condiciona sus rasgos, pero a todo el mundo le ha pasado que va por la calle y se cruza con un tipo con una cara de llamarse Nemesio que no se puede negar. Luego se lo presentan y de verdad se llama Nemesio. O una señorita a la que le cuadra llamarse Silvia, y no Úrsula ni Pepa, y acaba llamándose Silvia.

¿Determinismo onomástico? Eso es lo que le pasa a Homper. Su nombre es el apócope de dos palabras, hombre y perplejo. Y su estampa es la de un hombre ya madurito que cree saberse lo bastante ignorante como para asombrarse aún por muchas cosas. No tiene otra cara que la de llamarse Homper.

Por ejemplo, este verano se echó a la carretera para viajar a su aire. Y se quedó estupefacto de descubrir muchos paisajes y monumentos po los que había pasado de largo sin prestarles quizás demasiada atención. La Puebla de Sanabria, el Lago de Sanabria, el Monasterio de Oseira en Orense, la pequeña iglesia románica de San Miguel de Eiré en la misma provincia, el castillo de Castro Caldelas, el parque de la Sierra del Courel, la Ribeira Sacra, el  Cañón del Sil, la desembocadura del Miño. Y, ya en Asturias, la imponente majestad de los Picos de Europa, y el placer de andar por la cuerda de la Sierra del Sueve viendo a su derecha el mar y a la izquierda el pico Pienzo. Aquella noche había dormido en una casita de Tresmonte, en un valle donde no se veía por la noche una sola bombilla encendida. Y regresó a Madrid por el Puerto del Pontón, paisaje romántico de  un dramatismo sobrecogedor donde los haya, culebreando por un Desfiladero  de los  Beyos que debería de ser patrimonio de la humanidad, de la UNESCO y de cualquier ser con algo de sensibilidad.

Entretanto, Homper había tenido tiempo de elaborar la teoría de las mondas, muy aconsejable para viajeros curiosos. Según ella, España está llena de pueblos y ciudades a las que hay que pelar mentalmente ese tal vez necesario, pero horroroso, cinturón de progreso que las rodeas. A saber, te aproximas a ellas y la primera imagen dista mucho de la clásica postal de un lugar bonito. Ves sobre todo edificios industriales, hospitales de la Seguridad Social, silos, fábricas, polígonos, polideportivos, estaciones de autobuses, aparcamientos para trailers… Hay que saberlas ver sin ese premio tan antiestético que supone el bienestar: en su corazoncito, todo pueblo o ciudad siempre ofrece algo bonito.

Homper mondó mentalmente la ciudad de Orense, superó su envoltura y se quedó perplejo al descubrir en su centro una ciudad hermosa, con una catedral sencilla, pero bellísima, unos edificios de noble arquitectura y un pasear muy agradable. El mismo Homper, que había pasado de largo por Avilés cientos de veces, se paró esta vez a separarle su cáscara industrial y conocer su centro urbano, inesperable cuando lo primero que impresiona al viajero es el penacho de humos oscuros que aún lanzan las chimeneas de la vieja ENSIDESA. ¿Quién puede sospechar que en su interior guarda una joya verde como el Parque Ferrera? Créanlo, aunque resulte un slogan audaz, Avilés tiene encanto.

Y Homper, naturalmente, se quedaba perplejo mirando las olas del mar barriendo sus pies. Se puede pasar horas contemplando ese sencillo espectáculo que se renueva infatigable a cada instante, y que nunca deja de sorprender. Es la metáfora perfecta de los grandes misterios: la relatividad del tiempo, la eternidad, la intuición de Dios o de sus sucedáneos, la pequeñez del hombre, la maravilla de la libertad…Los pies sobre la arena, las olas acariciando sus piernas y el golpe de brisa marina en la cara. No necesita más.

En esas estaba cuando pasó por ahí WaterI, que es un artista , y le captó en su penúltima meditación. Iba ésta sobre la suerte que es tener tantos amigos. Y el beneficio añadido de que algunos de  éstos, además, sean tan rápidos y finos observadores como este arquitecto que disfraza su identidad en su enigmático nombre.

Una cena en la Ribeira Sacra

Al final de un camino como éste se divisa el pazo...

Al final de un camino como éste se divisa el pazo...

De vez en cuando el Duende tiene la suerte caer en una cena de esas tan interesantes  que parecen de película. Más exactamente, de película de Eric Rohmer o de Chabrol. Una cena en una casa de muchos siglos restaurada con cariño, buen gusto y cierto atrevimiento. Fue en viejo pazo gallego en un campo de idílica belleza, asomado a la Ribeira Sacra lucense, en el término de Ferreira de Panton, entre castaños, robles, fresnos y auténticos bosques de retamas que en primavera alegran el verde intenso con sus crestas amarillas. No se debe quedar uno en lo insólito del escenario, -el marco incomparable, que diría el cronista- en la calidad de la mesa  y en el bouquet especial de los vinos. Aunque, como en este caso, sean producidos por los propios anfitriones y en los viñedos de la propiedad. La gran diferencia, como casi siempre, son las personas.

La que había convidado a los buenísimos amigos que, a su vez,  habían invitado al Duende era Isabel Aguirre de Urcola, una arquitecta que es Premio Nacional de Arquitectura. Entre otros muchos trabajos que la han acreditado como urbanista y paisajista de primer orden, Isabel ha diseñado junto con Alvaro Siza el Parque Bonaval de Santiago de Compostela, así como los Parques Oeste Vale/Grande y Sul de Lisboa. Isabel era además profesora de la ETS de Arquitectura de La Coruña ( que, por cierto, ya no se sabe si es con La, con A o sin artículo alguno, como ahora proponen algunos puristas). Lo admirable deIsabel es que comenzó a estudiar la carrera de arquitectura a los cuarenta años. Ya no da clases porque, pese a su figura de actriz y su cutis de jovencita,  ha cometido el error de superar la edad de jubilación.  Para más osadía por su parte, es de las que se molestaba cuando un alumno escribía con faltas ortografía. Y de las que levantan la voz cuando una de esas maquinotas-destroyer de obras públicas arrambla con los muros de piedra centenarios de una corredoira para ampliarla y permitir así que los coches de los aldeanos atraviesen el bosque sin arañarse la carrocería, que sufre tanto. O sea, una provocadora.

-¿Pero habéis sometido el proyecto a información pública y pedido el informe de impacto ambiental?- le preguntó al Conselleiro de Medio Ambiente, a la sazón del Bloque cuando vio aquella tropelía paisajística que, por lo visto, requería el progreso.

-¡Mujer!-se excusó el baranda-Es que si seguimos los trámites legales no podemos hacerlo, como quieren los paisanos…

O sea, razón de estado y aguantoformo. Si antes teníamos que soportar las melonadas del gobierno central, ahora debemos añadir a éstas las de diecisiete gobiernos autónomos. El protagonista de Las siete columnas, una de las mejores novelas del gran novelista gallego Wenceslao Fernández Flórez, se llamaba precisamente Acracio. A lo mejor era porque estas cacicadas invitan a ser ácrata permanente.

Así y todo Isabel proyecta una imagen de felicidad que se respiraba en la cena y que parece ser la argamasa que une los sillares del vetusto pazo. Es tan buena anfitriona que hasta dijo que añoraba a Doña María, cosa que al Duende le llenó primero de estupor, y luego de indisimulable orgullo. Tan lejos han llegado esos muñecos radiofónicos a los que daba un poquito de cuerda todos los días. Alrededor de la mesa se sentaban sus hijos, los amigos que nos llevaron allí y otros invitados, se oían voces de nietos y también rondaba un perrito parecido al de la Reina de Inglaterra. La hospitalidad era tan natural que el Duende, que había recorrido la finca con un calzado inapropiado para un día de lluvia y se había calado los pies, perdió la vergüenza y le pidió a Antonio Yordi, el hijo de Isabel, un par de calcetines secos.

-Es porque el enfriamiento se me va a la garganta-se excusó.

Nunca pensó que se atrevería a hacerlo, pero si no se cambia los calcetines hubiera perdido la voz. Y no hubiera podido contar hoy que fue una noche muy grata, y que sólo le faltóaprovechar  las parladeiras, unos poyetes de piedra encastrados en el muro de poniente de los pazos donde los gallegos se sentaban a hablar mientras tomaban hasta el último sol que entra por la ventana. Otra vez será. Si Dios y la ilustre arquitecta gallega quieren.

Una visita a fray Julio

Sobrado de los Monjes

El Duende sufre cuando por mala memoria no puede citar la fuente. Y pide a algún lector cinéfilo que le ayude a localizar a un personaje de película. Era una del oeste, muy buena, y con su puntito de humor. Quizás de John Ford. En muchas secuencias recurrentes, un director de periódico cascarrabias llega a su redacción indignado por lo que acaba de escuchar o ver en la calle o en saloon. Y, sistemáticamente, después de comentarlo con su ayudante, dicta un editorial furibundo contra los responsables del entuerto: Estados Unidos no será un país civilizado hasta que no encarcele a…

Siempre se acuerda de él cuando ve desmanes como los que se han hecho en nombre del desarrollo urbanístico, particularmente en su último itinerario sentimental. Por no ofender a los gallegos, digamos que muy pocos de ellos se esmeraron en mejorar a los alarifes que en tantos mosteiros y pazos diseminados por sus tierras demostraron durante siglos su sentido de la dignidad arquitectónica y el buen gusto por la piedra. Hablo del horror de la construcción en Galicia. Según en criterio del sheriff de la película , no habría sitio en la cárcel para todos lo que, so pretexto de crear vivienda y progreso a toda costa, han sido sus responsables. Los habrá de todas las categorías: presidentes, conselleiros, ediles, promotores, inversores inmobiliarios, arquitectos, juristas constructores… Y supongo que, entre todos, muchos corrutos, como ellos mismos dicen en ese castellano peculiar que al Duende le encanta escuchar.

Fue una pena que semejante arrebato absolutista perturbara un jornada de solaz y paz espiritual. Transcurrió esta por la Ribeira Sacra, y buscó remanso en el Mosteiro de Ferreira do Pantón, restaurado generosamente. Allí se juntan el románico, un claustro sobrio y elegante del siglo XVI y una fachada del barroco, que junto con los almendrados despachados por una hermanita cordobesa, bien merecerían la bendición del padre Bonete.

Pero la ira del sheriff le acometió al Duende cuando, buscando grandes perspectivas se llegó al Mosteiro de san Vicente do Pino, en lo más alto de Monforte de Lemos. Si paseas por el entorno y miras la noble traza del monasterio, hoy convertido en Parador, y del vecino Palacio de los Condes de Lemos, todo bien. Mas ay de ti si te quieres deleitar contemplando el valle que los circunda. Miras abajo y la estética dominante de lo construido en el casco urbano en los últimos tiempos es un mosaico de adefesios. ¿Quiénes habrán permitido tanto desafuero urbanístico? Para ser coherente con el respeto que merece esa zona monumental, habría que poner en sus miradores una pantalla que velara el horizonte más cercano y redimiera la vista llevándola a donde aún no ha llegado el cemento. Es un remedio para no mortificarse y no cabrearse tanto.

Menos mal que nos estiramos hasta Sobrado de los Monjes, ya en La Coruña. Ahí además de sosiego, el Duende halló entre los monjes que cantaron las vísperas a un compañero de colegio excepcional. Un hombre que, no contento con ser misionero en Camerún durante veinticinco años, se ha recluido entre estos muros para mejorar sus notas. Julio Wais escucha la radio desde su celda, y conocía al Duende sin sospechar que esas voces de mentirijillas que aliviaban su aislamiento venían de un colega de la infancia. Junto con Manolo Gasset y Tatala, que me llevaron a él, se nos fue la media hora de conversación entre risas y evocaciones. Y no le dio tiempo al Duende para pedirle perdón por haber deseado el mal a los corrutores del paisaje y, de paso, también por haber abusado de la paciencia eclesiástica con el padre Bonete. Que fray Julio se apiade de este Duende pecador. Amen.


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