
Miraría la estela que ha dejado a su paso por aquí y seguro que se quedaría tan estupefacto como Homper...
Como todos los ancianos, la tía Clota –cuánto tiempo sin saber de ella- se va blindando el alma contra las añagazas de la muerte. Ella misma se siente cada día más débil, más alejada de este mundo, y cuando sabe que alguno de sus contemporáneos ha sido citado por la Parca pasa sobre el asunto como el viento de otoño sobre la cresta de los cardos secos. Sin embargo, según Homper ha sentido muy particularmente la muerte de José Antonio Labordeta.
-Era más joven que ella –explica el sobrino- maestro, como ella. Y más republicano y cascarrabias que ella.
Añade el Hombre Perplejo que la tía no tuvo reparos en reconocer que le gustaba muchísimo más su colega como ciudadano original y político revoltosillo que como cantautor. Parece mentira que fuera paisano de Miguel Fleta –fue su comentario en este punto. Pero lo que más le había sorprendido a la anciana, tan distanciada quizás de lo que es hoy su España natal, había sido el enorme impacto popular de su fallecimiento.
-¿No crees, sobrino, que el pueblo se siente feliz cuando tiene algún muerto famoso que pasear?
Una vez más, y haciendo honor a su nombre, Homper se quedó estupefacto. Luego comentaría con este duende que, con el desparpajo cruel que a veces se expresan los que ya tienen poco que perder, la anciana tía podía tener parte de razón. El efecto placebo de las muertes famosas. La sociedad es cada día más descreída, pero aprovecha estos eventos emocionales para levantar la banderita de la sensibilidad y redimir su condición de masa significándose por una causa noble.
-Por eso los aplausos fúnebres que ahora suenan en ciertos entierros- comentó- A mí me parece sorprendente.
A este duende también por cierto. Recuerda al entrañable Labordeta de sus tertulias en Radio Nacional y está convencido de que se escandalizaría al verse convertido en un fenómeno como Elvis Presley, a su edad, con esos bigotones y esas trazas de profesor machadiano, y con una mochila llena de itinerarios y de bonhomie. Se reía de las travesuras que escuchaba al Duende y a Capitán, como se reía de sí mismo, sin sospechar, ni de lejos que iba a ser el icono balsámico en que le ha convertido la muerte.
-Yo tuve como alumno a Federico Jiménez Losantos- ironizaba un día- ¡Fíjate si habré sido buen profesor!…
Y se echaba a reir. Parecía considerarse un hombre sin demasiada importancia.
Labordeta fue además de un personaje simpático un poeta oscurecido voluntariamente por el respeto que tenía a un hermano mayor, Miguel, muerto prematuramente y que aún era mejor que él. Luis Antonio de Villena dixit. También fue un estimable escritor costumbrista. Un día le regaló a este mindundi que les escribe un ejemplar de su libro Cuentos de San Cayetano, un conjunto de relatos deliciosos dedicado con mucha gracia. Lo disfrutó hasta que desdichadamente lo perdió en un viaje. Ahora le hemos perdido a él, aunque, por lo que se ve, hayamos ganado un prócer, un héroe popular y quién sabe si hasta un santo. Descreídos o no, seguimos necesitándolos…









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