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El Duende de verano (8) Una boda en Escocia

Hasta esta iglesia de Pertshire se llegó el bloguero por asistir a la boda de una sobrina muy querida

1. Los hijo de la globalización

Manda uno a sus hijos a estudiar en el extranjero y sigue pretendiendo que se casen con gente de su barrio. No cae en que los ligues de esta generación ya no se llaman Piluca o Josete, como antaño, sino Wolfgang o Silvie, o Lang, o Christopher, o Yannis, o  Kathe, o Solomon, o Brigitte, o Johannes. Son los posibles novios o novias de la globalización, y así pasa lo que pasa. La nieta mayor de este bloguero, es un ejemplo, tiene un apellido griego, un padrino escocés y una madrina alemana. Su padrino es el profesor MacCrorie, con el que anduvo por las Tierras Altas sin entender muy claramente lo que decía en su cerrado inglés scotch.

-¿Sabes que está Sabina en Saint Adrews?-le dijo apenas se encontraron en el aeropuerto de Edimburgo. Saint Andrews es la ciudad en cuya universidad  imparte sus enseñanzas el profesor Mac Crorie, famosa también por ser la cuna del golf.

-Buen músico –le respondió el Duende un tanto sorprendido porque el profesor siguiera a nuestro cantautor y su presencia allí le llamara la atención

- ¿Pero conoces sus canciones?

Daba igual la pregunta.  Rod MacCrorie tampoco le entendía nada, aunque , como él, trataba de disimular lo que a menudo era un diálogo de besugos. Su respuesta siempre era un ¡oh! de sorpresa y una sonrisa. -No tenía ni idea de que Sabina jugara al golf –aclaró entonces el Duende- Es más, en España nadie se lo imaginaría. Como va de ácrata, jamás se podría esperar que viniera a un sitio tan especial como Saint Andrews a practicar el deporte favorito de Esperanza Aguirre, que seguramente será una de sus bestias negras. Rod volvió a sonreir. -¡Oh!, ¿yes?… Ha venido con su novio – farfulló en su peculiar inglés de Glasgow. ¿Con su novio?…El Duende no le daba crédito. Ahora resultaba que, además de ser adicto al golf  Sabina tenía no novia, como siempre se le ha de presumir, sino novio. Eso sí que era el notición del verano: Joaquín Sabina se  había llegado hasta el norte de Escocia  para salir del armario. Y le habían dado las dos, y las tres, y las cuatro y las cinco y las seis, y desnudos al amanecer les sorprendió la luna a él y a un jayán con aspecto de cabo gastador, que era su amor hasta entonces inconfeso. Claro, no podía fugarse con él a Valderrama  o a Pedreña porque ahí le cazaría un paparazzi y echaría por tierra su leyenda canalla de golfo, libertino y mujeriego. Tenía que escapar a Saint Andrews, donde el profesor MacCrorie, acostumbrado a otras referencias como Elton John,  consideraba de lo más normal que una estrella de la música “pop” jugase al golf con su pareja del mismo sexo. Qué poca vergüenza.

Y así de  confundido estaba el Duende cuando un rayo de lucidez iluminó su mente. Y recordó entonces que estamos en un mundo globalizado. Y que que además de un apellido griego y un padrino escocés, su nieta Marina tiene una madrina alemana, casualmente llamada Sabine, que en boca del profesor MacCrorie tanto podía ser la guapa moza tedesca de la que su hija se hizo amiga cuando ambas coincidieron en la London School of Economics, donde también estudió su actual marido, como nuestro egregio cantautor de cuya virilidad resulta casi ofensivo dudar.

Jesús, qué alivio. No es que esté uno contra la internacionalización de la familia ni mucho menos contra los mestizajes. Es que nos educaron así de paletos y pequeñoburgueses. Y por tradición conservadora, piensa uno que lo suyo es que sus hijos se acaben emparejando o nombrando padrinos y madrinas entre gente cercana. Y si no, entre  los Martínez o los Echeveste, que eran de su barrio, de su colegio o feligreses de su misma parroquia. Más vale mal conocido que bueno por conocer. ¿O no?

2. Lo que duran las bodas de ahora

Las primeras bodas a las que asistió el Duende, entre la ceremonia y la fiesta,  duraban tres o cuatro horas.  Ahora pone uno el contador cuando empieza a acicalarse en casa y lo detiene cuando se quita el traje para meterse en la cama y no han pasado menos de diez. Desplazamiento al lugar del casorio, ceremonia, traslado al lugar de celebración, primeras copas, aperitivo. Generalmente larguísimo.

Aquí el Duende ya daría por terminada la boda, al fin y al cabo no se casaban los hijos del jede del estado, ni de una familia real, ni tan siquiera los archiduques de Pomerania, y tampoco hay que epatar a nadie. Pero no, ahora la categoría de las bodas parece medirse en horas, y para qué aliviar cuando podemos alargar la cosa para que la gente se de cuenta de que aquí no se escatima nada. Así que después de dos horas de pie, sentamos a los invitados, y les ofrecemos una cena, no menos de dos horas. Y luego discursos, muchos discursos. En las bodas de antes hablaba mayormente  San Pablo a través de su famosa Epístola a los Corintios. Y, como mucho, el cura. Ahora hablan los corintios, el cura, el concejal por lo civil, el padre, el padrino, los amigos de ella, los amigos del novio, las amigas de la novia , los del equipo rugby de él, y unos Pitufos vestidos de principitos y princesitas que son los sobrinos de ella. Afortunadamente no en todas las bodas aparece la Tuna para darle más realce a la celebración.

Y Homper, el Hombre Perplejo,  ha enunciado así esta otra paradoja de nuestro tiempo: cuanto más  se alargan las bodas, porque mucha gente vive de ellas, más se abrevian los matrimonios, porque los cónyuges aguantan mucho menos. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

3. La boda de Natalie y Johannes

Cuando la boda a la que uno tiene que asistir es en Escocia, es verdad que al invitado le toma mucho más tiempo que las ocho o diez horas de una boda convencional. Pero no hay mal que por bien no venga. Para un señor de edad, como empieza a ser el bloguero, una boda normal puede ser magnus cognazus. Pero una boda en Escocia es la oportunidad ideal para montarse este agradable viaje sobre el que ha girado su verano. El día de la boda de Natalie, inglesa hija de madre española, con Johannes, novio alemán, fue además un día limpio, fresco y, sobre todo, soleado, primer detalle de lujo en esas húmedas latitudes. La iglesia, el monasterio de St Mary´s de Kinnoull era un monumento. Los novios llegaron en carruaje. La novia, y buena parte de las invitadas, estaban muy guapas. Había varios invitados escoceses luciendo su kilt. Y casi todos los invitados ingleses vestían chaqué, como es costumbre allí. A partir de Cuatro bodas y un funeral todos sabemos, además, que lo verdaderamente chic es conciliar la severidad de este atuendo, siempre negro en España y gris en el Reino Unido, con una corbata o un chaleco de colores chillones. Había cuatro pequeñas maiden bride (¿se dice así?) que llevaban la cola a la novia. Suele ser muy cursi, pero en este caso no se puede criticar, porque tres de ellas eran nietas del bloguero.

En la iglesia al Duende no le sorprendió que aparecieran sobre los bancos de los invitados los textos de las lecturas y las letras de los himnos y salmos que incluía la ceremonia. Le sorprendió que todos, británicos y alemanes, los cantaban vehementemente, sin esa vergüenza con que los españoles, aún los más creyentes, arrastran la voz con la boca chica en las celebraciones religiosas. Luego hubo cocktail en la casa de la novia. Sobre el césped había una carpa, bajo la que un grupo de jazz tocaba  jazz y música de Cole Porter. Los niños y las maien bride correteaban por la hierba, daban volteretas y jugaban al croket mientras los invitados departían entre sí en inglés, en alemán o en español. Mucha gasa en los sombreros y los tocados de las señoras y las chicas jóvenes, algunas de ellas francamente atractivas y sabiamente escotadas. Antes de la cena, en otra carpa, pasaron unas bandejas de jamón ibérico y de Rioja Contino.

Al Duende le sentaron luego entre una dama británica y otra alemana. Ambas le sacaban una cuarta de estatura, pero sentados los tres se notaba menos. Consiguió conversar con ellas a ratos en francés a ratos en inglés, y de vez en cuando hasta se tiraba el pegote de chapurrear palabros en alemán. La  dama alemana también canta en un coro, y eso une mucho. A los postres, discursos, muchos discursos: en alemán y en inglés. Primer baile de los esposos sin guardar el protocolo del vals ni nada que pueda recordar la ineptitud de los jóvenes de ahora para el baile agarrado. Tres o cuatro piezas nostálgicas para complacer a los más añejos y luego, como en todos las bodas, atronadores decibelios discotequeros , marcha y barra libre hasta el alba.

El exceso se ha universalizado, aunque el Duende, que ya se lo conoce, se retirase en cuanto el personal empezó a desmelenarse. Lo que se apuntaba antes, que no hay mal que por bien no venga. Bodas así pueden parecer largas, fatigosas y hasta un poco caras. Pero si tienes en cuenta que te sirven para viajar, hacer turismo y aprender idiomas, hay que reconocer que la de Natalie y Johannes fue una suerte. Pues que vivan los novios, ea.

El Duende de verano (3) Más batallitas de Escocia

Valles verdes, horizontes lejanos, largas caminatas, posadas solitarias...

1 No aprendemos nunca

Bernard Garel-Jones había servido al ejército inglés en La India antes de instalarse en España. Buscaba aquí un clima más beneficioso que la humedad de las islas británicas para los delicados pulmones de su esposa. Primero vivió en Canarias, para fijar después su residencia en Madrid y abrir a principios de los años sesenta del pasado siglo en la Plaza de Salamanca una academia de idiomas que se llamó La Casa Inglesa. Bernard no presumía de lince en los negocios, pero mantenía  que una buena escuela para aprender su idioma sería suficiente para que él y su familia se ganaran la vida.

-Los españoles no aprenden inglés nunca- mantenía-¡Nunca!

Pasaron por su academia muchos alevines distinguidos de la sociedad madrileña. Y cuando creían dominar a la perfección la lengua de Shakespeare, Bernard testaba sus conocimientos presentándoles un simple titular de un periódico británico: Bride to be strangled in  well.

Puede entretenerse el lector en comprobar su nivel de inglés tratando de traducir esta muestra de los jeroglíficos con que a menudo nos sorprende la prensa del Reino Unido. No es fácil, ya se avisa. Pero aunque Bernard exagerase, es verdad que los españoles no parecemos particularmente despabilados para los idiomas extraños. Compárese a este respecto la rapidez con que los numerosos futbolistas eslavos afincados en nuestro país aprenden el castellano. Tan cierta es nuestra torpeza para el inglés es como que este es un idioma escurridizo, veleidoso y puñetero.

El Duende reconoce que no habla ningún idioma extranjero. Sólo imita bastante bien su música, su sonido, y a fe que le gusta recrearse en ello. Pero es consciente de sus limitaciones cuando trata de entender cualquier película de habla inglesa que no esté protagonizada por actores de la escuela de John Gielgud, Michael Gambon, Ian Holm y otros maestros de la dicción. Sólo empieza a cazar la lengua de la calle cuando tiene que acabar su viaje, así que probablemente morirá, como otros tantos españoles, sin hablar nunca medianamente bien el inglés.

2 Buen tiempo en el Pico de los Españoles

Se entendía, no obstante, lo justo con su guía como para coincidir en que hacer senderismo por las Highlands escocesas bajo el sol,  a 19º y sin nube alguna en el amplio horizonte, fue un regalo. La suerte añadida es que en esas latitudes los días de verano son tan larguísimos que puedes subir montañas, perderte, vagar sin rumbo –como así fue- rectificar, dar con el camino perdido y regresar al hotelito para estar tomando una pinta de cerveza  a las ocho de la tarde. Y con tres horas aún de luz solar antes de comprobar, oh maravilla, que en el cielo escocés también pueden lucir las estrellas.

Todo esto ocurría en un lugar llamado Glen Shiel, un valle largo y verde, sólo pasto, brezo, helechos y casi totalmente desnudo  de árboles, donde se libró en el siglo XVIII una batalla entre los clanes escoceses que apoyaban a Jacobo III para el trono de Inglaterra y  Jorge I de Hanover que estaba en sentado en él y no estaba por la labor de cederlo. Por aquello de debilitar algo a la que ya pintaba como primera potencia del momento, la España de Felipe V decidió enredar apoyando a los revoltosos, entre los que, al parecer, estaba nada menos que el famoso Rob RoyY allá que mandó un pequeño contingente de soldados, esperando que con Jacobo como nuevo rey las cosas le fueran mejor a nuestra patria y recuperase así migajas de la hegemonía perdida.

Tristemente, a los aliados nos dieron para el pelo. Entre eso, y que el balance de víctimas no superó los cien muertos, nadie teníamos ni idea de que nuestros gloriosos ejércitos también habían peleado en  Escocia. Tampoco podíamos imaginar qué diablos pintábamos allí: cosas de la `política, igual que siempre. Glen Shiel se extiende de este a oeste. Los españoles se apostaron en una montaña que queda en el lado norte del valle, y que hoy lleva el nombre de peak of the Spaniards, único honor que les quedó a nuestros muertos en combate.

El viajero se enteró de todo eso tras haber coronado la cumbre, a la que se accede a pie, cómodamente, sin tener que ayudarse tan siquiera con las manos. Desde allí se divisaba un panorama hermosísimo. No sospechaba el viajero que hubiera tantísimas montañas en las Tierras Altas de Escocia. A vista de pájaro el panorama puede parecer el de unos pequeños Alpes verdes. Triste que los soldados españoles ascendieran hasta su pico sólo para morir o ser hechos prisioneros. De  haberlo sabido a tiempo, les hubiera dedicado una oración. Pobres compatriotas, caídos por la patria sin conseguir apenas mención en nuestra memoria histórica. Lo que le gustaría a don José Bono decir que la bandera de Ejjjspaña también hizo patria en Ejjjscocia. Lástima que todo quedara en otra batallita perdida.

Por cierto, que mucha novela de Walter Scott y mucho biopic heroico en el  cine, pero la Wilkipedia asegura  que Rob Roy salió de naja cuando lo vio todo perdido sin dar la cara, como se espera de un caudillo legendario. Así se escribe la historia. Eso sí: ¿sabemos quién cuenta la verdad?

3. Hoteles con el té en la mesilla de noche

La noche de la gran marcha por el campo de batalla, el profesor MacCrorie y este duende durmieron en Cluany Inn, único establecimiento hotelero en muchas millas a la redonda. La posada resultaba a primera vista tan solitaria e inquietante como aquel motel de carretera que regentaba Norman Bates.  Por dentro, como casi todos los hoteles modestos del Reino Unido, ambienta al viajero en una confortable atmósfera  de lavanda, perfume de margarina y de brown sauce y esencia de moho de libro viejo.

Las habitaciones de estos hoteles parecen a menudo decoradas por una prima de Agatha Christie estilista. No ha habido concesiones a la modernidad.  En ninguna habitación de ellos faltó, lamentablemente, la moqueta. Ni tampoco, afortunadamente, esa kettle con provisión de de te, chocolate o café soluble, a menudo acompañado por tres galletitas, para que el viajero pueda tomarse un primer desayuno o una discreta merienda en su habitación. Ese detalle le reconcilia a uno con la hostelería británica, manifiestamente mejorable en su cocina a partir de la hora del apetecible breakfast. Los herederos del Imperio han saqueado para sus museos pirámides, templos griegos y restos arqueológicos de medio mundo. Pero han sido incapaces de hacer suya alguna gracia gastronómica foránea que pueda alternar con su roast beef  con verduras hervidas y su sheperd´s pie. Supone uno que siempre se sintieron demasiado superiores como para admitir que otros puedan tener mejor gusto que el suyo.

En el cajón de todas las mesillas de noche siempre esperaba una Biblia. Al huésped de aquel Cluany Inn le hubiera gustado leer algún texto sagrado antes de dormirse, por si luego aparecía la madre de Norman Bates y le apuñalaba como a la bella viajera de Psicosis. Mejor tener algo que comentar con  Dios por si a uno le asesinan una noche de verano.  Pero no lo hizo: estaba tan cansado, que después de la ducha sólo pudo cerrar los párpados  y soñar que, entre el deporte, la naturaleza y la historia, había vivido una jornada inolvidable.


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