Posts Tagged 'Salvador Dalí'

El hombre del Vacheron Constantin

Probablemente, el amor es mirar el reloj y ver sólo en él a la persona amada...

Aquel amigo de Homper lo había ganado casi todo. Pero estaba empeñado en que su abuelo le heredara en vida uno de los primeros modelos de reloj con cronógrafo –entonces probablemente se llamaba cronómetro- de la acreditada marca suiza Vacheron Constantin. Hubiera podido comprárselo tranquilamente, pues desde que cerró muy de joven su primer negocio, este hombre no había hecho otra cosa que ganar dinero a espuertas. Pero no, tenía que ser necesariamente el reloj de su abuelo.

-Ese reloj tiene historia y literatura- decía- El abuelo fue compañero de vuelo nocturno de Antoine de Saint Exupery. El escritor francés no se fiaba de su reloj, porque era de fabricación alemana, y no se llevaba bien con los alemanes. Así que, siempre que podía,  confrontaba lo que decían sus manecillas con lo que dictaban las del  reloj del abuelo.

Como aficionado a los relojes,  el amigo de Homper nunca había perdonado las tropelías que en nombre del arte se había hecho con ellos. Dalí los derretía en algunos de sus cuadros, mientras que  Ingmar Bergman se había atrevido a despojar de sus manecillas a un reloj de pared que aparecía en Fresas salvajes, una de sus más ácidas películas de la primera época. Nunca supo qué insinuaba el director sueco en esa imagen tan desasosegante, pero recordaba las obsesivas pesadillas que le provocó durante años. Tanto escrúpulo y tan singular sensibilidad para con los relojes no se compadecía con sus implacables métodos para conseguir lo que se proponía en la vida. Antes de que la demencia senil del abuelo fuera oficial, él aprovechó una tarde de desvaríos para apañar una sospechosa donación del Vacheron Constantin en su favor. El resto de la familia se indignó, y se lo reprocharon siempre. Pero él se salió con la suya, y a partir de entonces vivió tan pendiente del reloj como de sus negocios.

En su mirada a la esfera se concentraba su visión de la vida, un tiempo en el que contaban los días,  las horas, los minutos, los segundos y hasta las décimas de segundo sólo para marcar los pulsos de lo que debía ser una misión de éxitos y triunfos. La fortuna de aquel hombre creció hasta límites insospechados. El viejo Vacheron Constantin le acompañaba infalible, anunciándole con precisión, y cada vez más frecuentemente, el momento exacto en el que él conseguía un nuevo pelotazo.

-No hay placer más intenso que mirar en el reloj del abuelo y constatar que en ese mismo momento crece el estado de mis cuentas-se decía.

Pero apareció Patricia.

Nunca hasta entonces había tenido aquel hombre tiempo para el amor. Entre otras cosas, porque consideraba que era una flaqueza propia de poetas sin porvenir. Nunca había tenido problemas con el sexo opuesto. O seducía a las mujeres, o las pagaba, siempre con una mirada puesta en el Vacheron Constantin. Hasta que apareció Patricia, una chiquilla menuda, pero tan bella y proporcionada, tan inteligente y sensible y, sobre todo, tan divertida, que resultaba sencillamente irresistible.

-Es grave –le confesó a Homper- Creo que siento debilidad por ella. A su lado no siento el tiempo…

Homper se escandalizó. ¿Pero cabe en este hombre alguna luz de ternura? Sin embargo su amigo fue dejando de mirar la pequeña esfera del contador de décimas de segundo. Y luego  la de los minutos. Y a continuación la de los treinta minutos. Hubo un momento en que le sobraban las manecillas. Primero las largas, y, al cabo, la que marcaba las horas y, finalmente, el calendario de los días. El Vacheron Constantin seguía aparentando lo mismo, peo después de haber conocido a Patricia la precisión mecánica de sus tripas carecía de sentido.

El obseso de Vacheron Constantin voló a Ginebra, se presentó en la sede de la compañía relojera más antigua del planeta y pidió que le pusieran en contacto con el mejor experto en modelos históricos.

-Este reloj es la segunda cosa más importante de mi vida-le dijo mostrándole el precioso modelo que rapiñó a su abuelo- Y lo seguiré llevando siempre. Pero necesito que desactive todos los marcadores. El calendario, las horas, los minutos, los segundos, las décimas…No quiero ver en ni un signo del tiempo.

El relojero, un hombre con bigotes de otro siglo, levantó los ojos por encima de sus gafas.

-Este reloj es una joya- dijo- ¿Y me pide usted que lo desnaturalice?…

-Tómese el tiempo que necesite. Y cóbreme lo que haga falta, pero haga lo que le digo.

Pasaron dos meses durante los cuales el hombre del Vacheron Constantin llevaba la muñeca desnuda. Hasta que recibió el aviso de que el encargo estaba listo para su entrega.

-Aquí lo tiene-dijo el relojero alargándole la caja mientras que, con un movimiento de cabeza, subrayaba el absurdo que acababa de cometer.

El amigo de Homper  abrió la funda, vio el cadáver del reloj del abuelo y sonrió. Las manecillas habían volado. Las microesferas de los distintos marcadores no se movían. El calendario estaba en blanco. Y, sin embargo, aquella prodigiosa  maquinita, a diferencia del reloj de Fresas salvajes, no inspiraba desasosiego y miedo, sino una indescriptible sensación de paz y felicidad.

-Perfecto, perfecto, ¿no lo ve?-dijo mostrándoselo al propio relojero, que aún se mesaba los cabellos apesadumbrado.

El relojero negó. Él no era capaz de ver nada, pero el amigo de Homper, el fanático del Vacheron Constantin del abuelo, veía en la esfera blanca a Patricia. Y era completamente feliz, porque todo el tiempo era ella, y sólo ella. Y él no necesitaba más medida de los segundos, los minutos, las horas y los días que mirarla y sentir que otra vida nueva le empezaba en cada instante.

Una coincidencia con Dalí (2)

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Al pobre Duende se le cortó la respiración al comprobar lo que pierden las leyendas en las distancias cortas.

Dalí ya era una caricatura de la propia caricatura exitosa que había sido siempre. Además de sus famosos bigotes engominados y una melena rala, lucía una especie de batín de terciopelo adamascado de color morado, un colorista pantalón de seda, unas babuchas, un bastón y, a modo de compañía,  un travelo horroroso  que respondía con nombre de mujer.

Le presentaron el Duende a Dalí sin que el nombre de aquel joven apocado le dijera nada. El Duende se sonrió. Recordaba el telegrama que, firmado por el presunto genio desde Barcelona, le había mandado el 15 de diciembre de 1951 a su padre, Luis Figuerola-Ferretti  Pena, a la sazón crítico de arte, que sin duda le había defendido en alguna de sus polémicas exhibiciones. El telegrama decía así: ANTE INICUA CAMPAÑA PRENSA IGNORANTE CON RAQUITISMO MENTAL TAN INCAPAZ DE COMPRENDER TUS SUTILEZAS TECTÓNICAS COMO MI MISTICISMO SURREALISTA TE ENVÍO CON UN ABRAZO UN MENSAJE MUNDIAL DE ADHESIÓN Y AMISTAD INVITÁNDOTE  A GRITAR CONMIGO ¡VIVA FIGUERAS!

En su disparatado estilo, le faltó añadir un si sale con barbas, san Antón, y si no, la Purísima Concepción, o algo por el estilo.

Porque Dalí estaba, o hacía creer que lo estaba, como una cabra. En medio de sus infinitas boutades la de que hablen de uno, aunque sea bien no es la más disparatada. Y si no, miren la que entre creyentes, agnósticos, ateos o mediopensionistas hemos armado por un anuncio en los autobuses municipales en el que nunca hubiéramos reparado si no hubiera sido por el eco que le han prestado los medios.

¿Probablemente no existe Dios?…¿Existe y está contigo?…No se entiende cómo han entrado al trapo Rouco y los creyentes. Algo tan íntimo, tan subjetivo, tan poco manipulable como son las creencias…¿queda afectado por lo que diga un anuncio?

Sólo se buscaba el ruido de un autobús. Y probablemente ni hubiéramos hablado de ello si no es por la ingenuidad de los que hacemos el eco a los pícaros que, como Dalí en su rollo, tanto partido sacan del escándalo.

Bastante más que Bello

Pepin Bello

Paseó el  Duende por La arboleda perdida  de Rafael Alberti y se quedó fascinado por esa alameda evocadora perfumada de poesía. Recibió El último suspiro de Luis Buñuel -por cierto, qué título tan impropio para las memorias  de un iconoclasta como el de Calanda- y hubiera dado su vida por compartir un mes en la Residencia de Estudiantes con aquel grupo de gamberros geniales que por allí desfilaron en los años veinte. Ambos libros de memorias -excelente el primero, interesante el segundo- hablan de la vida, la inspiración, la poesía, el arte, el cine, el surrealismo, la generación del 27 y de la España de aquel tiempo. Dos nombres coinciden en la común admiración del poeta y del cineasta, y destacan sobre otros más famosos, como Salvador Dalí. El primero es el de Federico García Lorca, aclamado después de su asesinato como poeta universal. Es el segundo era el de Pepín Bello, desconocido de la mayoría, idolatrado por aquellos genios, querido por casi todos los que le conocieron. Aunque pintaba y escribía, y dicen que no mal, no dejó ninguna obra para la posteridad. La obra era él: su gracia, su inventiva,  su conversación, su simpatía.

Después de haber leído tanto y tan bueno sobre Pepín Bello, el Duende se empeñó en conocerle. Y un día, en una de esas cachupinadas culturales, se lo encontró y salvando su natural apocamiento se acercó a él y se le presentó. Quería tocar el mito. ¿Qué tendría aquel hombre para concitar tantos y tan entusiastas elogios? Pepín Bello era a primera vista lo más opuesto a la extravagancia y la genialidad que aureolaba a sus viejos amigos, de los que por entonces sólo vivía ya Alberti. Sonriente, gordito con cara sana, de ojos claros y fino bigote tipo Errol Flynn, vestido y planchado pulcramente como un perfecto burgués, administraba con naturalidad y simpatía su condición de personaje curioso y de icono cultural. Nunca se dio mérito alguno, y se limitó a recordar las luces que brillaban en la Residencia de Estudiantes, sin hozar en el morbo con el que figuras como las de Federico o Dalí empezaban a ser retratadas por los biógrafos. Aquel hombre con aspecto de próspero propietario de una fábrica de chocolates era lo que se dice un tipo encantador.Y lo recuerda hoy el Duende con afecto y cariño porque sus valores, tan esenciales para lubricar la convivencia y crear el caldo de cultivo de los genios, son siempre considerados menores y secundarios. Es más: los llamados grandes hombres -y mujeres, no se me vayan a cabrear por un mal entendido sexismo- suelen ser de cerca arrogantes y bordes. Como si la importancia se midiera en  unidades de antipatía, y la sociedad sólo necesitara de ceñudos solemnes para progresar.

Pues no, ea. Viva la gente amable y positiva, aunque no legue el futuro más que el recuerdo limpio de su sonrisa. A Pepín al menos le ha dado ese mérito, pero tuvo que aguantar ciento tres años para que se reconociera el esplendor de su personalidad. No hagamos lo mismo con nuestra gente encantadora: reconozcamos su papel a partir de ya mismo. Porque no todos  van a ser premiados con la longevidad de este singular Pepín, Bello de apellido. Tan brillante y amable, tan sensible y educado. Y, sobre todo, decisivo en su afán de no figurar ni querer pasar a ninguna historia.


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