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El gilipolling

¿Por qué un idiota que se busca su desgracia nos debe preocupar tanto como una auténtica víctima del infortunio?...

¿Por qué un idiota que se busca su desgracia nos debe preocupar tanto como una auténtica víctima del infortunio?…

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Be beautifull, dice en sus mensajes publicitarios Bodybell.

Podría decir sé bella, ponte guapo, que luzca tu encanto, etc. Otras firmas buscan su plus de singularidad en una simple preposición: Moda Ibicenca by Tita Salupi, Arquitectura Interior by Jerónimo Dolao, Sabor y Salud by Samuel Bermúdez (este, supuestamente, sería un chef, pues ahora un cocinero es como el chamán de la tribu. Que callen los filósofos, que donde esté un cordon bleu no necesitamos más profetas de la felicidad). Pero a lo que íbamos: la paletería de creer que cualquier cosa dicha en inglés suena mejor, parece más importante, distingue de la competencia y, sobre todo, vende muchísimo más. Se acuerda el bloguero de una de las ocurrencias que le escuchó a Gila cuando nuestra cultura empezaba a ser colonizada.

-Y me he mercado unas gafas de sol que no veas…No, no tienen cristales, pero son americanas.

Se entiende lo de “que no veas”.

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Como todo lo que es anglosajón merece la indulgencia apriorística del español apocado, hasta los propios periodistas, que de hecho son la academia callejera, consagran el eufemismo, en inglés. Lo necio y lo guarro seguirá siendo igual de necio o de guarro, pero a la conciencia colectiva le sonará más gratamente. El selfy podría ser propy, pues al fin y al cabo es uno el que se hace la propia fotografía. El trending topic se puede sustituir en la lengua de Cervantes por el tema del momento, pero resultaría demasiado claro. O sea, ligeramente pueblerino. Las putitas discotequeras de un pueblo de Mallorca, al que se hace un favor no citándolo, practican felaciones a cambio de copas gratis. Sucking suena bastante fino, es discretito, pero los lobos del sexo aquí se vuelven castizos, y han recurrido al spanglish para acuñar el término mamading. Viva el neologismo sutil e ingenioso, oh poetas del desmadre,

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Entretanto, y por las mismas latitudes, jóvenes borrachos o drogotas en su mayoría anglosajones que viven el verano al límite y buscan nuevas emociones se tiran por un balcón esperando caer en la piscina o en el mar que ven a sus pies. No siempre calculan bien el salto, porque algunos de ellos se estrellan contra el suelo o las rocas y mueren. Caen cual víctimas de las pateras, o de vuelos comerciales torpedeados, o de los bombardeos en la franja de Gazza, o del terrorismo. ¿Merecen la misma compasión que estos últimos inocentes? ¿Hay que llorar también por su destino? ¿Debe el estado del bienestar mandar su SAMUR y abrirles sus carísimos hospitales como si realmente lo merecieran? ¿Es inmoral e inhumano encogerse de hombros y decirse con tu pan te lo comas, niñato de mierda, por majadero, como si no tuviéramos otras desgracias que lamentar?…

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En el Diccionario Neochorrádico, que diría Forges, a este deporte siniestro le llaman balconing. Sostiene el bloguero que más riguroso y exacto sería introducir la voz Gilipolling como “tirarse por el balcón sabiendo que lo más probable es que no lo cuentes”.

Pensando en la economía del esfuerzo, incluso podríamos reducir este imprescindible diccionario a esa voz única, GILIPOLLING,  que quedaría definitivamente redactada así:

  1. Figurada y familiarmente, practicar el balconing, o sea, hacer el gilipollas tirándose por el balcón sabiendo que lo más probable es que no lo cuentes.
  2. Por extensión, hacer la gilipollez de utilizar expresiones y voces inglesas cuando lo más claro y directo es hablar en castellano.

No más quijotadas por quien no se lo merece. Pero  recuperemos para  nuestra lengua el sabio consejo del ingenioso hidalgo a su  escudero: claridad y concisión, Sancho.

 

 

 

El crimen de las palomitas en el cine

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánikmo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com Gracias

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánimo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com
Gracias

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Te cuenta Homper una historia curiosa. El motivo de su asombro –no olvidemos que se llama así por ser el Hombre Perplejo- es que está convencido de que de vez en cuando se desdobla su personalidad sin darse cuenta de ello. Como en el caso de Jekyll y Hyde, su álter ego le causa de cuando en cuando algún problemilla.

-El otro día fui al cine –explica el hombre mientras tomabais un café en el Comercial- Iba acompañado por Cuca, la manicura de mi madre, que antes de morir me encomendó que la invitara al cine de cuando en cuando. Mi madre me dijo que era muy buena mujer, y que ella era su última clienta. Creía que cuando ella se muriese Cuca no tendría dinero para ir al cine, que era su mayor ilusión. Llévala, sobre todo, si hay una buena película de amor, me pidió encarecidamente. Y así lo hice.

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Estuviste a punto de preguntarle entonces si la manicura era aún una mujer joven y guapa, pero él hizo sólo una pausa para sorber el café y continuó su relato.

-Como no había mucha gente en el cine, nos sentamos dejando una butaca vacía entre nosotros y la espectadora siguiente. La película se titula The invisible woman. La había elegido Cuca porque cuenta la historia de la amante oculta que mantuvo Dickens, y es verdad que es una película sensible y delicada, en la que importan mucho la dicción de los actores ingleses y los largos silencios, sólo matizados de cuando en cuando por una música intimista. Cuca estaba emocionada.

Nuevo sorbo de café. Le ibas a preguntar si hizo manitas con la manicura, pero tampoco te dio ocasión para ello.

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-De repente, en uno de los momentos más tiernos de la película, la espectadora que estaba dos butacas más allá de donde yo me sentaba, sacó de debajo de su asiento un envase de palomitas, metió en él los dedos de su mano y empezó a removerlos, como si buscase en el cucurucho de cartón una piedra preciosa. No puedo entender cómo atrapar una palomital lleva tanto tiempo y resulta tan ruidoso, ni cómo hurgar entre maíces fritos puede distraer la atención de los de alrededor. Pero el caso es que a mí aquello me desconcentró, y empecé a notar que el encanto de la película disminuía a medida que la espectadora afanaba sus chuches, que ya tiene delito.

La película deslizaba sus bucólicas imágenes en silencio, o así lo quería Ralph Fiennes, que además de protagonista es su director. Sin embargo lo que se oía en el cine era el ronroneo de los dedos de aquella mujer moviéndose entre las palomitas y el cartón de su cucurucho, y el crujido de sus mandíbulas triturando los granos de maíz. Entretanto, Cuca la manicura estaba a punto de llorar, no sé si por la carga emocional de la historia o por la rabia de que aquella ciudadana mal educada le estuviera estropeando película…

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-¿Y no le dijiste nada a la señora de las palomitas? –le preguntaste al hombre perplejo

-Nada, y probablemente hice mal en callarme…Lo más asombroso es que no era ninguna jovencita, a la que se le podría perdonar esta falta de delicadeza. Lo peor es que se trataba de una mujer aún mayor que Cuca, y que sabía que la película no iba de Lobeznos, ni de X-Men, ni de Matrix, ni de Bruce WillisO sea, que no era uno de esos bodrios de acción disparatada y de banda sonora estruendosa donde un ruido más no importa. Entonces, por consideración a Cuca y a mi propia autoestima como espectador, noté que empezaba a odiar con todo mi alma a aquella majadera. Si hubiera podido, la habría matado en ese mismo momento.

Te extrañaste al escuchar sus intenciones homicidas. Homper entonces se llevó su taza de café a los labios, apuró el último sorbo, suspiró y se quedó mirando a los espejos del Comercial en silencio. Tú, la verdad, no pudiste reprimir tu curiosidad.

-¿Y?…-le requeriste espoleado por tu espíritu de Poirot- ¿Terminó de comer sus palomitas?…¿Se acabó la película?…¿Qué ocurrió después?

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Homper te contó entonces que quiso salir del cine cuanto antes, para no explotar contra la provocadora y terminar de amargar la tarde a su invitada. Pero que al pasar por delante de ella y pedirle educadamente que se levantara para cederle el paso ella ni se movió.

-Entonces la miré aún más cabreado y advertí que estaba blanca como la cera, con la cabeza caída a un lado, la lengua medio fuera y la baba colgando. Aún tenía entre sus manos el dichoso envase de palomitas vacío ¡Señora, por favor!-insistí- Pero nada, ni un gesto. Entonces Cuca, asustada, se precipitó sobre ella, le tomó el pulso, le levantó un párpado y dejó escapar un grito desgarrador. Está muerta, está muerta, está muerta, gritó repetidamente. Y se echó a llorar. Se echó a llorar como si fuera su madre, o su hermana, y no la estúpida que nos acababa de estropear para siempre el recuerdo de una buena película.

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Homper contó a continuación los detalles de la escandalera que desató el suceso en el cine. Parece que en un abrir y cerrar de ojos se concentraron en torno a la difunta los espectadores curiosos, un médico retirado que se apresuró a confirmar lo dicho por Cuca, los de las palomitas, un vigilante jurado, un señor que dijo ser el dueño del cine, los del SAMUR y dos policías que les advirtieron de que nadie podría salir de la sala hasta que no se personara el juez de guardia. Los comentarios y especulaciones del respetable debieron de ser de lo más jugoso, pero al Hombre Perplejo lo que más le impresionó fue que un señor de su edad que estaba en la fila de delante se abalanzó sobre él y le susurró algo al oído.

-Quizás se pasó usted varios pueblos- le dijo a Homper.

-¿A qué se refiere usted?

-Al crimen…Ví de reojo perfectamente cómo la estranguló sin siquiera levantarse de la butaca de al lado…Alargó sus manos al gañote de la víctima, apretó fuertemente mientras ella engullía las últimas palomitas y en un periquete se la cargó. Fue una ejecución de auténtico experto.

Homper no daba crédito a lo que escuchaba.

-Pero ¿qué está diciendo?…La butaca de al lado estaba vacía. Yo estaba en la siguiente, al lado de mi acompañante.

-No diga tonterías…Usted estaba sentado en la butaca de al lado. Ya había notado cómo a medida que la pelma esa se puso a enredar y a meter ruido con las dichosas palomitas se iba mosqueando. Sus gestos lo decían todo. Quizás le debía haber llamado la atención antes, ya le digo, puede que su reacción fuera exagerada… pero aún así, lo hecho, hecho está.

Entonces el espontáneo tendió su mano a Homper, le saludó visiblemente emocionado y se fundió con él en un estrecho abrazo.

-En fin, amigo…Le acompaño en el sentimiento.

-Gracias –se excusó Homper un tanto sorprendido- Pero la fallecida no es nada mía.

-Disculpe –matizó el señor- No era un pésame lo que le daba. Quería decirle que yo comparto con usted el mismo sentimiento de ira con la gente mal educada que le amarga a uno las películas…Vamos, que yo también la hubiera estrangulado muy a gusto si hubiera estado sentado en la butaca de al lado. Así que no se preocupe: si me interroga la policía diré que no vi nada extraño.

Homper dice que no hubo manera de convencer al buen señor de que él no ocupaba la butaca de al lado ni había estrangulado a la señora. Pero comprendió que a partir de entonces tendría que tener más cuidado con ese particular Mr. Hyde que sin duda le habitaba y que, de vez en cuando, aparecía y le ponía en apreturas.

-Eso –te confesó a ti después de reconocer que, efectivamente, su alter ego se pasó de vehemencia- Le diré que tanto Cuca como yo somos mayorcitos, y que no le necesito de carabina cuando voy al cine con la manicura de mamá.

 

El mundo de Antonio

Fue un regalo inesperado, y tu cabeza empezó a dar vueltas como si fuera el globo terráqueo de tu amigo Antonio...

Fue un regalo inesperado, y tu cabeza empezó a dar vueltas como si fuera el globo terráqueo de tu amigo Antonio…

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Se te ha acabado el gel de afeitar. Ojalá no ocurra, pero esta bobada podría desencadenar el siguiente suceso: vas al supermercado a hacer la compra y cuando te pones de puntillas para alcanzar un nuevo bote de gel, que está colocado en el nivel más alto de la góndola, esta, no se sabe por qué, se vence sobre ti con todos los productos que exhibía y te derriba. Lamentablemente, al caer tu cabeza golpea la barra del asa del carro de la compra, que te esperaba detrás, y te desnucas. Llaman al SAMUR, que acude con la prontitud habitual, pero cuando se hacen cargo de ti te encuentran en parada cardíaca. No podías imaginar un final tan poco glorioso. Ya ven: morir por querer afeitarse.

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Y sin embargo estas cosas pueden pasar. Te habías encontrado esta mañana en el espejo del cuarto de baño con cara de rey abdicante, barba de dos días –a veces haces huelga de cuchillas los fines de semana- y rostro hinchado, porque desde la última ráfaga de radioterapia tomas Cortisona, y este fármaco despierta tu voracidad hasta límites insospechados. Tenías, en efecto, esa cara tan vista estos días, de pasmarote despistado. Qué hago ahora, cómo me siento, no se si estoy sano o regulín regulán, y ahora cómo lleno mis días, si ya he hecho la Declaración de la Renta, y esta semana, con el gran concierto del jueves 26 de junio a las 20 horas en Los Jerónimos, se te acaba el curso coral, y encima empieza el verano, que te gusta más bien poco. Además, recuerdas, eres un jubileta tocado, y aunque tu oncóloga te acaba de confirmar que sin novedad en el frente, o sea, que, dolores de espalda aparte, el tumor del pulmón está tranquilito, no sabes si es el come-come interior o el efecto de los medicamentos lo que te pone modorra y te quita alas a la imaginación. No escribes, paseas menos, peinas los periódicos sin detenerte en ellos, huroneas inquieto de aquí para allá y casi no das para más que ensayar tus cánticos y cumplir con los mandados pertinentes para la supervivencia. Tampoco duermes casi.

De tal manera que no te queda más remedio que caer en la nefasta manía de pensar.

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La semana había dado pábulo a muchas consideraciones, cada una de las cuales podría haber originado un post. La que más te ha sobrecogido sin embargo es la noticia de que un ciudadano de cincuenta y cuatro años murió aplastado por la rama de un árbol del Retiro. Tiene bemoles la cosa. Vas a buscar el sosiego de este maravilloso parque con tus hijos o tus nietas y de repente la rama de la vieja acacia que te daba sombra se quiebra, cae, te aplasta y te mata. Recuerdas la metáfora con la que los curas explicaban la muerte cuando eras niño: le llamó Dios a su presencia, decía la necrológica al uso cuando alguien moría.

Hay llamadas desconcertantes, ya lo crees. Te pones en el lugar de la mujer del fallecido, de sus hijos, de sus padres si aún viven, de sus amigos. Buscas al teólogo de turno, por saber cómo se encajan estos absurdos en el dificilísimo puzzle de la fe y de la causalidad final. Y cobra todo su vigor la lúcida frase que Lobo Antunes dejó caer, supones, ante un caso como este: el azar es el seudónimo que utiliza Dios cuando no quiere firmar.

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Habías empezado a escribir una entrada sobre otras muertes no menos absurdas, pero al menos reconocidas por la historia. Un siglo desde el estallido de la Primera Guerra Mundial, setenta años del Desembarco en Normandía. Películas, libros y documentales se vuelcan este año en recordar la magnitud de estas tragedias. Un reportaje de la BBC tan espeluznante como la película de Spielberg Salvad al soldado Ryan contaba hace cuatro noches en la tele cómo el día D hasta el setenta por ciento de los jóvenes soldados aliados que vomitaban las lanchas fueron barridos por las baterías alemanas en las mismas playas donde les depositaron las olas. Te imaginas su último viaje, batidos por la marejada en el Canal de la Mancha. Los ves arrastrarse por la arena con sus armas y su impedimenta mojada también en sus propios vómitos, para ser despedazados después por una ametralladora o por una mina. No sabían aquellos muchachos que morían para salvar la democracia, pero saberlo tampoco hubiera evitado su indignación. Ahora los jóvenes se indignan porque la democracia es imperfecta, les falla y aborta sus sueños. Eso sí, a diferencia de las víctimas de entonces no son inmolados como carne de cañón.

-¿Será políticamente correcto recordar que cualquier tiempo pasado fue peor?-piensas.

Semejante argumento no excusa a los incompetentes y mangantes que, diciendo hacer política, han prostituido ese presunto mundo feliz que prometía la democracia. Pero conviene recordarlo de vez en cuando. La democracia y el estado del bienestar nunca fueron regalo del cielo. Aunque no esté de moda recordarlo, costaron mucha sangre, sudor y lágrimas.

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Pasas del gel de afeitar a lo inescrutable del destino como si tal cosa. Y de tu tumor, que tiene el tamaño de una lenteja, a una visión del mundo que sin duda te queda demasiado grande. Lejos de ti la funesta manía no de pensar, sino de impartir doctrina. ¿Olvidas que lo tuyo es elegir cualquier pellizco de vida y enviarlo al espacio en una pompa de jabón?

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Hace tres días tu amiga Angeles Alén te invitó a escuchar los fados de Carlos do Carmo en el Teatro Canal de Madrid. Angeles es una gallega sensible que se esponja cuando escucha las canciones que, acompañadas por la maravillosa guitarra portuguesa, llevan el alma de Portugal. Angeles tendría motivos para destilar nostalgia y un punto de tristeza, porque apenas hace un año que murió Antonio, su marido, el buen amigo con el que corriste tu primer maratón, y con el que ella pasaba los veranos en su casona de la desembocadura del Miño. Pero Dios le premió con el don de una sonrisa bellísima, y de un carácter dulce y generoso que contrasta con su voz grave y profunda, como si toda ella fuera habitada por el misterioso encanto del fado. Admirable elegancia natural. Después de los fados, volvisteis a su casa andando y hablando de las cosas de la vida, y al despediros Ángeles te dijo que tenía reservada para ti una sorpresa.

-Quiero que tengas un recuerdo especial de Antonio-precisó.

Y te regaló el globo terráqueo que él tenía en la mesa de su estudio, atestado por miles de libros. No habías hecho más que visitarle cuando estaba enfermo, y quizás comentar lo que siempre te ha fascinado esa visión de nuestro planeta que le hace a uno sentirse tan pequeño, tan insignificante, tan curioso. Te emocionó el detalle. Cuando volviste a casa, pusiste el precioso regalo sobre la mesa y tu cabeza empezó a dar vueltas, como si fuera la misma bola del mundo de tu amigo Antonio. Hasta que poco a poco, pescando aquí y allá, y mezclando churras con merinas, como de costumbre, escribiste este post que acaba justamente el día más largo del año.

Gracias, ratita

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a llas ratitas que ayudan a los enfermos...

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a las ratitas que ayudan a los enfermos…

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Te despiertas estupendo y abres el dietario con algo que te suena a gran frase: toda felicidad es  a costa de alguien.

Recuerdas entonces a la cantidad de héroes anónimos a los que debes parte de tu bienestar. ¿Quién fue  el chispa valiente que se encaramó en los años treinta a la torre de Telefónica desafiando el vértigo y el viento como cuchillas del Guadarrama para anclar la antena que iba a unir por teléfono a los españoles? ¿Quién el artista que plantó el Giraldillo en la cúpula de la catedral de Sevilla? ¿Qué santo o santa limpia los retretes públicos donde se alivian diariamente los habitantes de las grandes ciudades? ¿Quién se aventuó a  fijar aquel noray en el rompiente más peligroso de la Costa da Morte para que amarraran los barcos a punto de naufragio?¿Qué ángel de la guarda te espera día y noche en una furgoneta del SAMUR o en la sala de urgencias de un hospital?

Item más, en otro orden de cosas: ¿quién fue el paciente peón anónimo que hace siglos construyó, piedra a piedra, esa preciosa pared cubierta de musgo que cercaba su tierra y que hoy admiras desde la ventanilla del tren más que una escultura de Chillida o un  edificio de Niemayer?

Probablemente toda alegría es también  a costa de alguien.

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Luego miras al calendario y matizas tu pensamiento. Toda felicidad es a costa de alguien o de algo. Porque aunque ya se habla de bioética y las sociedades protectoras de animales trabajan lo suyo, un bichito sigue siendo nadie. Y te acuerdas de los patrocinados por San Antón, que también te acogió a ti y te prestó su nombre para que lo añadieras al tuyo, demasiado corto y esaborío. Luis Antón pinta más. Claro, que ya estás un poco harto de derramar filosofía barata, así que juegas a la ucronía y te imaginas en la cola de feligreses que acuden a su iglesia de Madrid con su animalito preferido para implorar la bendición del santo.

-¿Y cómo trae usted ese animal tan asqueroso?- te dice con gesto de repugnancia una digna dama que trae a su pareja de perritos Black & Withe adornados con lazos rojos.

-Ya ve, señora. Agradecido que es uno- le responde exhibiendo orgulloso a su rata más querida.

Y por qué no iba  uno a buscar la bendición del santo para la hermana rata, con lo agradecido que le te tienes que estar. La de perrerías que habrán hecho con sus parientes para probar la farnacopea que ahora te puede salvar la vida.

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No te consta si B.B. se nacionalizó rusa finalmente como protesta por aquellos elefantitos tuberculosos que un tribunal de Lyon condenó a muerte en aras de la salud pública. Tampoco qué castigo reciben los que matan rinocerontes en furtividad para lucrarse con el supuesto poder  afrodisíaco de su cuerno molido. Te inhibes en el debate toros sí o toros no, y ante el derecho de los pollos a viajar a su matadero con el espacio suficiente como para calmar los escrúpulos de ciertos diputados británicos, que exigen muerte digna hasta para el gallináceo que luego te comes en un cucurucho de Kentucky Fried Chicken. Últimamente te declaras objetor de cochinillo por motivos de conciencia, y estás estudiando rechazar el foie de las ocas del Perigord por el mismo motivo. Pero al cabo no sabes si te mueves por buenismo o por racionalismo. Se empieza a hablar de bioética como una nueva norma de moral social y resulta que esta se apiada de los toros, de los roedores y de aquellas otras especies que más han  facilitado el avance de la medicina y el cabreo de Brigitte Bardot, mientras que pasa olímpicamente del resto de los abusos que el hombre comete sobre el reino animal. Está muy bien evitar que maten las focas a estacazos para salvar su preciosa piel, pero, como decíamos del Kraken: ¿no sufre también e mejillón cuando es arrancado de de su batea? ¿Y qué me dicen de la langosta que es hervida viva mientras el  Lúculo de turno se anuda la servilleta al cuello y entretiene su gazuza con una fuente de jamón de Jabugo? ¿Por qué nos avergüenza llevar un abrigo de piel de nutria y no unos zapatos de boxcalf?…

-Es que esto de la ética y la sensilidá es mu correlativo –te explica Doña María con su ingenua gramática parda.

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Como el eterno debate entre nucleares sí o nucleares no. O el crecimiento del gasto frente a la contención del déficit. O la prioridad de la gestión pública sobre la iniciativa privada. O la pelotera por el derecho de autodeterminación y por reformar la estructura  del estado. O la necesidad de salvar el derecho del nasciturus frente al del  aborto. A estas alturas de la película el llamado homo sapiens debiera detener estas cuestiones más o menos claras, y no jugar a ser Penélope, destejiendo una generación la alfombra moral y legalque sus predecesores creían acabada. Pero no: lo único que ahora podemos tener claro es que no tenemos nada claro.

Así que tú a lo tuyo. Que san Antón bendiga a la asquerosa ratita que quizás te salve del tumor mientras el género humano discute sobre cómo no arreglar el mundo. ¿De qué iban a hablar si no los periódicos de mañana?

 

El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

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Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

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-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

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La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

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Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

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El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.

La estatura de Paul Newman

Tendrán que hacer con la de Paul Newman otra cara como las de Mount Rushmore - piensa Homper. Ha visto Homper esas caras, como las hemos visto todos, en muchas películas. Cuatro enormes rostros tallados en las rocas, que corresponden a Washington, Jefferson, F. Rooswelt y Lincoln. Se supone que era grande el mérito de los así representados, pero…¿y el de los canteros que los esculpieron? No han pasado a la historia, aunque los dueños de esos rostros sí lo hicieron. Fueron políticos. Y a pesar de eso, pásmense, héroes de la joven nación estadounidense.

Los americanos son así, tienen sus héroes y están encantados con ellos. Hasta John Wayne, vaquero eterno apodado el Duke, sobrevive en una estatua ecuestre en el pueblo donde nació. Wayne era alto, y en sus western crepusculares claramente barrigón. El caballo le quedaba canijo, como de juguete (casi todos los caballos de las películas del oeste lo son, fíjense), pero aunque en Europa nos cargaba por ser de derechas y amigo de los boinas verdes, en el país del tío Sam era considerado como un símbolo. Y allá -o más allá- le tienen, inmortal en su estatua, como si de un emperador romano se tratara.

Había sin embargo en Wayne un pelo de gañanía y unos andares de chusquero que le impedirían ascender hasta el Olimpo. Se entiende que los dioses, además de sabios, inteligentes y bellos, deben irradiar bondad y nobleza, y de entre todos los astros del cine nadie se pudo comparar en este aspecto con Paul Newman. Sus azules ajos hacían derretirse a las mujeres. Su sonrisa, directamente, las desmayaba. Homper mismo ha tenido que hacer esta noche de SAMUR psicológico a distancia: alguien le había dicho que en el popular bloque de Los Arándanos su muy querida doña María cerraba un sobre destinado al Señor Juez conteniendo un lacónico mensaje. Señor juez, por la presente le comunico que servidora se dispone a suicidarse ingiriendo un cotail de Fairy con barbitúricos, pues con todos los respetos pa mi Manolo, la vida sin Paul Newman no tiene sentido. Se despide de usted suya afetísima suicida y servidora, María, gladiadora del hogar y gruesa de los nervios. No se precipite, María-le dijo Homper. Si usted se había enamorado de él sin verle jamás, ahora aún sentirá más intensamente. Porque vamos a tener Paul Newman hasta en la sopa.

No en la sopa, pero sí en una salsa con su rostro impreso en la etiqueta está desde hace tiempo el inolvidable actor. Como es sabido, creó una salsa que en Estados Unidos se vende como churros, y el dinero lo destinó a fines sociales. Por eso, y por sus excelencias como actor, nos caía bien incluso a los hombres. Sólo en Camino de perdición le recuerda uno de villano, pero su físico desparramaba tanta nobleza que costaba creer que sus víctimas no merecieran morir asesinadas.

Un amigo de Homper, más bajito que él, pero bastante más importante, asegura que en un ascensor de San Francisco coincidió con Newman, se puso a su lado y se quedó encantado al ver que le superaba en algún centímetro. Dará igual: desde la tierra  todos los del Olimpo parecen igual de altos. Aunque éste, por ser del mismo país donde esculpen a sus glorias en las montañas, merecería la misma grandilocuencia monumental aquí en la tierra como en el cielo.  Newman  del lado derecho, Newman de frente, Newman del lado izquierdo. Talladas en piedra y para la eternidad. Tres versiones como las de Mount Rushmore de un tipo más bien bajito que supo alcanzar la estatura de los dioses

De patriotas, forofos y “Eau de meade”

(Foto de Scaamanho)

Se entiende que el fútbol sea, incluso a estas alturas de la película, un saludable opio del pueblo. Una variante del panem et circensis con el que los césares adormecían al pueblo. Se comprende que gane España a Italia, después de ochenta años de conjuras e ignominias y que lo celebremos del Rey abajo casi todos los españoles. Mayormente los gobernantes, que así se libran un par de días de que los gurúes de la opinión les pongan a parir. Estamos en crisis, pero no nos importa, porque entre Casillas y Cesc nos han hecho recuperar el orgullo de ser españoles. El fútbol hace patria.

  Si ayer éramos un detritus de sociedad sin héroes, hoy somos los más grandes, y hay que desmelenarse. Moncloa respira aliviada. Los patrocinadores del campeonato se frotan las manos. Los medios, mucho más. Más consumo de TV, más venta de periódicos. La gente sólo compra con pasión los éxitos y el glamour, los perdedores, que en el cine quedan tan bien, son unos desgraciados. Quince millones de espectadores vieron por televisión la serie de penaltis. En Madrid, el consumo de agua en ese momento crítico se redujo en más del 50%: lo que ahorramos en fregoteos y en las cisternas que no vaciamos. Los anunciantes no se rascan la mollera demasiado, y sólo han tardado horas en arrimar el ascua a su sardina. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Viena, TOYOTA insertaba hoy un anuncio de página con una foto del equipo de Luis junto a uno de sus coches y este ambicioso titular: Queremos seguir haciendo historia. Lagarto, lagarto.  Hacer historia por haber llegado a las semifinales, caramba. A cualquier cosa llamaban chocolate las patronas, que se decía antiguamente. Pero el sentimiento de patria exige estas proclamas bobaliconas. por España.

 Supone el Duende que esa es la única excusa para autorizar la cobertura vergonzante que se da a la figura del hincha, omnipresente estos días en los telediarios y en los papeles. Nada tiene de malo ser aficionado, ni animar al equipo nacional. Es justo, digno y saludable. Pero de ahí a creer que cualquier grupo de gamberros borrachos envueltos en la bandera o vestidos de lagarteranas son tan mediáticos como los Luthier o las chirigotas de Cádiz y merecen que los demás escuchemos sus canciones y sus gritos como si fueran  Grammy de oro o genios del humor, va un abismo. El pueblo es más o menos sano, pero en las mejores familias hay un borrico que se convierte en energúmeno en cuanto le dan una oportunidad.

 Todo lo que tiene de bonito el fútbol -al Duende le encanta- lo tiene de abominable la vulgaridad del hincha embrutecido. Y por muy modelno que sea el alcalde y muy potente el grupo de comunicación que patrocina eso de ver la Eurocopa en la plaza de Colón, no hay razón para ofrecerles la calle a precio de saldo sabiendo, como se sabe, que los bárbaros acabarán haciendo de las suyas. O sea, cortando el tráfico, asaltando a la pobre Cibeles, zarandeando a los automovilistas que no insultaban a Italia, ocasionando sesenta y cinco intervenciones del SAMUR, vomitando por las esquinas, provocando a la policía y perfumando los aledaños de Colón con ese delicado Eau de Meade que deja cualquier concentración  de vándalos y guarros.

 por España, como decíamos. Aún  con el marrón de soportar que, a fin de cuentas, la necedad y la mala educación siguen siendo tan rentables como políticamente correctas.


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