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Gracias, ratita

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a llas ratitas que ayudan a los enfermos...

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a las ratitas que ayudan a los enfermos…

1

Te despiertas estupendo y abres el dietario con algo que te suena a gran frase: toda felicidad es  a costa de alguien.

Recuerdas entonces a la cantidad de héroes anónimos a los que debes parte de tu bienestar. ¿Quién fue  el chispa valiente que se encaramó en los años treinta a la torre de Telefónica desafiando el vértigo y el viento como cuchillas del Guadarrama para anclar la antena que iba a unir por teléfono a los españoles? ¿Quién el artista que plantó el Giraldillo en la cúpula de la catedral de Sevilla? ¿Qué santo o santa limpia los retretes públicos donde se alivian diariamente los habitantes de las grandes ciudades? ¿Quién se aventuó a  fijar aquel noray en el rompiente más peligroso de la Costa da Morte para que amarraran los barcos a punto de naufragio?¿Qué ángel de la guarda te espera día y noche en una furgoneta del SAMUR o en la sala de urgencias de un hospital?

Item más, en otro orden de cosas: ¿quién fue el paciente peón anónimo que hace siglos construyó, piedra a piedra, esa preciosa pared cubierta de musgo que cercaba su tierra y que hoy admiras desde la ventanilla del tren más que una escultura de Chillida o un  edificio de Niemayer?

Probablemente toda alegría es también  a costa de alguien.

2

Luego miras al calendario y matizas tu pensamiento. Toda felicidad es a costa de alguien o de algo. Porque aunque ya se habla de bioética y las sociedades protectoras de animales trabajan lo suyo, un bichito sigue siendo nadie. Y te acuerdas de los patrocinados por San Antón, que también te acogió a ti y te prestó su nombre para que lo añadieras al tuyo, demasiado corto y esaborío. Luis Antón pinta más. Claro, que ya estás un poco harto de derramar filosofía barata, así que juegas a la ucronía y te imaginas en la cola de feligreses que acuden a su iglesia de Madrid con su animalito preferido para implorar la bendición del santo.

-¿Y cómo trae usted ese animal tan asqueroso?- te dice con gesto de repugnancia una digna dama que trae a su pareja de perritos Black & Withe adornados con lazos rojos.

-Ya ve, señora. Agradecido que es uno- le responde exhibiendo orgulloso a su rata más querida.

Y por qué no iba  uno a buscar la bendición del santo para la hermana rata, con lo agradecido que le te tienes que estar. La de perrerías que habrán hecho con sus parientes para probar la farnacopea que ahora te puede salvar la vida.

3

No te consta si B.B. se nacionalizó rusa finalmente como protesta por aquellos elefantitos tuberculosos que un tribunal de Lyon condenó a muerte en aras de la salud pública. Tampoco qué castigo reciben los que matan rinocerontes en furtividad para lucrarse con el supuesto poder  afrodisíaco de su cuerno molido. Te inhibes en el debate toros sí o toros no, y ante el derecho de los pollos a viajar a su matadero con el espacio suficiente como para calmar los escrúpulos de ciertos diputados británicos, que exigen muerte digna hasta para el gallináceo que luego te comes en un cucurucho de Kentucky Fried Chicken. Últimamente te declaras objetor de cochinillo por motivos de conciencia, y estás estudiando rechazar el foie de las ocas del Perigord por el mismo motivo. Pero al cabo no sabes si te mueves por buenismo o por racionalismo. Se empieza a hablar de bioética como una nueva norma de moral social y resulta que esta se apiada de los toros, de los roedores y de aquellas otras especies que más han  facilitado el avance de la medicina y el cabreo de Brigitte Bardot, mientras que pasa olímpicamente del resto de los abusos que el hombre comete sobre el reino animal. Está muy bien evitar que maten las focas a estacazos para salvar su preciosa piel, pero, como decíamos del Kraken: ¿no sufre también e mejillón cuando es arrancado de de su batea? ¿Y qué me dicen de la langosta que es hervida viva mientras el  Lúculo de turno se anuda la servilleta al cuello y entretiene su gazuza con una fuente de jamón de Jabugo? ¿Por qué nos avergüenza llevar un abrigo de piel de nutria y no unos zapatos de boxcalf?…

-Es que esto de la ética y la sensilidá es mu correlativo –te explica Doña María con su ingenua gramática parda.

4

Como el eterno debate entre nucleares sí o nucleares no. O el crecimiento del gasto frente a la contención del déficit. O la prioridad de la gestión pública sobre la iniciativa privada. O la pelotera por el derecho de autodeterminación y por reformar la estructura  del estado. O la necesidad de salvar el derecho del nasciturus frente al del  aborto. A estas alturas de la película el llamado homo sapiens debiera detener estas cuestiones más o menos claras, y no jugar a ser Penélope, destejiendo una generación la alfombra moral y legalque sus predecesores creían acabada. Pero no: lo único que ahora podemos tener claro es que no tenemos nada claro.

Así que tú a lo tuyo. Que san Antón bendiga a la asquerosa ratita que quizás te salve del tumor mientras el género humano discute sobre cómo no arreglar el mundo. ¿De qué iban a hablar si no los periódicos de mañana?

 

El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

1

Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

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-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

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La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

4

Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

5

El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.

La estatura de Paul Newman

Tendrán que hacer con la de Paul Newman otra cara como las de Mount Rushmore - piensa Homper. Ha visto Homper esas caras, como las hemos visto todos, en muchas películas. Cuatro enormes rostros tallados en las rocas, que corresponden a Washington, Jefferson, F. Rooswelt y Lincoln. Se supone que era grande el mérito de los así representados, pero…¿y el de los canteros que los esculpieron? No han pasado a la historia, aunque los dueños de esos rostros sí lo hicieron. Fueron políticos. Y a pesar de eso, pásmense, héroes de la joven nación estadounidense.

Los americanos son así, tienen sus héroes y están encantados con ellos. Hasta John Wayne, vaquero eterno apodado el Duke, sobrevive en una estatua ecuestre en el pueblo donde nació. Wayne era alto, y en sus western crepusculares claramente barrigón. El caballo le quedaba canijo, como de juguete (casi todos los caballos de las películas del oeste lo son, fíjense), pero aunque en Europa nos cargaba por ser de derechas y amigo de los boinas verdes, en el país del tío Sam era considerado como un símbolo. Y allá -o más allá- le tienen, inmortal en su estatua, como si de un emperador romano se tratara.

Había sin embargo en Wayne un pelo de gañanía y unos andares de chusquero que le impedirían ascender hasta el Olimpo. Se entiende que los dioses, además de sabios, inteligentes y bellos, deben irradiar bondad y nobleza, y de entre todos los astros del cine nadie se pudo comparar en este aspecto con Paul Newman. Sus azules ajos hacían derretirse a las mujeres. Su sonrisa, directamente, las desmayaba. Homper mismo ha tenido que hacer esta noche de SAMUR psicológico a distancia: alguien le había dicho que en el popular bloque de Los Arándanos su muy querida doña María cerraba un sobre destinado al Señor Juez conteniendo un lacónico mensaje. Señor juez, por la presente le comunico que servidora se dispone a suicidarse ingiriendo un cotail de Fairy con barbitúricos, pues con todos los respetos pa mi Manolo, la vida sin Paul Newman no tiene sentido. Se despide de usted suya afetísima suicida y servidora, María, gladiadora del hogar y gruesa de los nervios. No se precipite, María-le dijo Homper. Si usted se había enamorado de él sin verle jamás, ahora aún sentirá más intensamente. Porque vamos a tener Paul Newman hasta en la sopa.

No en la sopa, pero sí en una salsa con su rostro impreso en la etiqueta está desde hace tiempo el inolvidable actor. Como es sabido, creó una salsa que en Estados Unidos se vende como churros, y el dinero lo destinó a fines sociales. Por eso, y por sus excelencias como actor, nos caía bien incluso a los hombres. Sólo en Camino de perdición le recuerda uno de villano, pero su físico desparramaba tanta nobleza que costaba creer que sus víctimas no merecieran morir asesinadas.

Un amigo de Homper, más bajito que él, pero bastante más importante, asegura que en un ascensor de San Francisco coincidió con Newman, se puso a su lado y se quedó encantado al ver que le superaba en algún centímetro. Dará igual: desde la tierra  todos los del Olimpo parecen igual de altos. Aunque éste, por ser del mismo país donde esculpen a sus glorias en las montañas, merecería la misma grandilocuencia monumental aquí en la tierra como en el cielo.  Newman  del lado derecho, Newman de frente, Newman del lado izquierdo. Talladas en piedra y para la eternidad. Tres versiones como las de Mount Rushmore de un tipo más bien bajito que supo alcanzar la estatura de los dioses

De patriotas, forofos y “Eau de meade”

(Foto de Scaamanho)

Se entiende que el fútbol sea, incluso a estas alturas de la película, un saludable opio del pueblo. Una variante del panem et circensis con el que los césares adormecían al pueblo. Se comprende que gane España a Italia, después de ochenta años de conjuras e ignominias y que lo celebremos del Rey abajo casi todos los españoles. Mayormente los gobernantes, que así se libran un par de días de que los gurúes de la opinión les pongan a parir. Estamos en crisis, pero no nos importa, porque entre Casillas y Cesc nos han hecho recuperar el orgullo de ser españoles. El fútbol hace patria.

  Si ayer éramos un detritus de sociedad sin héroes, hoy somos los más grandes, y hay que desmelenarse. Moncloa respira aliviada. Los patrocinadores del campeonato se frotan las manos. Los medios, mucho más. Más consumo de TV, más venta de periódicos. La gente sólo compra con pasión los éxitos y el glamour, los perdedores, que en el cine quedan tan bien, son unos desgraciados. Quince millones de espectadores vieron por televisión la serie de penaltis. En Madrid, el consumo de agua en ese momento crítico se redujo en más del 50%: lo que ahorramos en fregoteos y en las cisternas que no vaciamos. Los anunciantes no se rascan la mollera demasiado, y sólo han tardado horas en arrimar el ascua a su sardina. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Viena, TOYOTA insertaba hoy un anuncio de página con una foto del equipo de Luis junto a uno de sus coches y este ambicioso titular: Queremos seguir haciendo historia. Lagarto, lagarto.  Hacer historia por haber llegado a las semifinales, caramba. A cualquier cosa llamaban chocolate las patronas, que se decía antiguamente. Pero el sentimiento de patria exige estas proclamas bobaliconas. por España.

 Supone el Duende que esa es la única excusa para autorizar la cobertura vergonzante que se da a la figura del hincha, omnipresente estos días en los telediarios y en los papeles. Nada tiene de malo ser aficionado, ni animar al equipo nacional. Es justo, digno y saludable. Pero de ahí a creer que cualquier grupo de gamberros borrachos envueltos en la bandera o vestidos de lagarteranas son tan mediáticos como los Luthier o las chirigotas de Cádiz y merecen que los demás escuchemos sus canciones y sus gritos como si fueran  Grammy de oro o genios del humor, va un abismo. El pueblo es más o menos sano, pero en las mejores familias hay un borrico que se convierte en energúmeno en cuanto le dan una oportunidad.

 Todo lo que tiene de bonito el fútbol -al Duende le encanta- lo tiene de abominable la vulgaridad del hincha embrutecido. Y por muy modelno que sea el alcalde y muy potente el grupo de comunicación que patrocina eso de ver la Eurocopa en la plaza de Colón, no hay razón para ofrecerles la calle a precio de saldo sabiendo, como se sabe, que los bárbaros acabarán haciendo de las suyas. O sea, cortando el tráfico, asaltando a la pobre Cibeles, zarandeando a los automovilistas que no insultaban a Italia, ocasionando sesenta y cinco intervenciones del SAMUR, vomitando por las esquinas, provocando a la policía y perfumando los aledaños de Colón con ese delicado Eau de Meade que deja cualquier concentración  de vándalos y guarros.

 por España, como decíamos. Aún  con el marrón de soportar que, a fin de cuentas, la necedad y la mala educación siguen siendo tan rentables como políticamente correctas.


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