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Historia de una saeta

Te da tanta pena por esos cofrades que ven suspendida la procesión de su Cristo por culpa de la lluvia que...

Te dan  tanta pena por esos cofrades que lloran cuando se suspende la procesión de su Cristo por culpa de la lluvia…

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El pobre cofrade Miguelón lloraba sin consuelo, porque por tercer año consecutivo las lluvias habían impedido sacar a procesionar a su Cristo.

-No hay derecho-te decía entre sollozos- ¿Pero, además de hombre, no nos decían que es también Dios?…. ¿Y Dios no se da cuenta  de que permitiendo este diluvio está tirando piedras contra su propio tejado?

Tú le mirabas con el corazón encogido. Y mientras, por una parte, envidiabas su fe, por otra agradecías que tus dudas te evitaran más sufrimientos que los que ya te han tocado en la lotería de la vida.

-Y lo peor es que los hermanos de la cofradía no podemos hacer nada- rezongaba desesperado entre sollozos-Y que volveremos a  entrenarnos y a prepararlo todo esperando el Viernes Santo del año que viene y a saber si no vuelve a llover….

Te dio tanta pena Miguelón que te propusiste ayudarle. Te propusiste hacer lo que estuviera a tu alcance para que las lluvias, que tanto te gustan, fueran el año que viene un poco menos crueles con los auténticos devotos de la Semana Santa.

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E imaginaste que eras uno más entre el gentío que esperaba el paso de Cristo en la procesión de Viernes Santo de 2014. Y que justo cuando esta doblaba la esquina y enfilaba la calle en la que tú estabas, un año más se abrió el cielo y empezó a derramar sus lágrimas por la pasión y muerte del Señor. Reconociste a Miguelón entonces porque un capirote enloquecido tiró con rabia su cirio encendido contra el suelo y golpeándose la cabeza con sus puños gritó.

-¡No puede ser!…¡Otro año más no, por Dios!…

Y ya estaba el presidente de la cofradía dispuesto a dar las órdenes para guarecer el paso del Cristo en la primera iglesia del recorrido previsto cuando te arrancaste de entre la multitud que empezaba a abrir los paraguas, te plantaste ante el paso del Cristo y te hincaste de rodillas ante él. Y, como aunque te falta algo de fe te sobra la afición a cantar, te salió del alma  una saeta que decía así.

                                             ¡Ay Jesús crucificado!

                                          Somos muchos los que somos

                                          muy devotos de tu paso

                                          y llevamos todo el año

                                         esperando el Viernes Santo

                                          para sacarte, Señor,

                                          en tu cruz procesionando

 

                                           ¡Ay, mi Cristo amenazado!

                                          Tú que mueres por nosotros

                                          después de ser flagelado

                                          y de espinas coronado

                                         y que después de tres días

                                         estarás resucitado…

                                          …¿no podrías contentarme

                                          con un pequeño milagro?

 

                                           Pide, por favor, al cielo

                                           que por ti no llore tanto

                                           Para que pase tu paso

                                           y te sigamos pidiendo

                                           perdón por nuestros pecados

 

                                           ¡Mójate, Jesús e impide

                                            que el cielo siga llorando

                                            para que crezca mi fe

                                            y no te guarden mojado!…

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Tú estabas a lo tuyo, y no te enteraste de nada. Estabas arrebatado por el entusiasmo que pusiste en la saeta, quizás con alguna copa de más, como ausente, tal vez narcotizado por la emoción. Lo cierto es que no te diste cuenta de nada. Pero Miguelón te contó luego que pasó algo que ni siquiera él, que es un hombre rebosante de fe, podía creer.

Lo vieron sus ojos, tardó en convencerse de que no flipaba y de que no se trataba por tanto de una alucinación. Pues sucedió que en el momento en que terminó tu saeta, la imagen del Cristo cobró vida, y ante el estupor de los asistentes, se desclavó de la cruz, se bajó del paso con un salto de atleta y, sin dar tiempo a que le cortaran el paso los seguratas ni a que le atendieran los de la Cruz Roja, se perdió entre la muchedumbre para regresar un minuto después con un elegantísimo impermeable de lona encerada. Y con la misma naturalidad con que había descendido del paso subió a él, trepó hasta la cruz, se giró dando la cara al público, abrió sus brazos y posó el dorso de sus manos contra el travesaño para que los clavos ocuparan su lugar sin que nadie interviniera en ello.

-Ea, ya está hecho el milagro-dijo el Cristo ante el pasmo general- Que siga la procesión, no se hable más.

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El rostro del Cristo recuperó entonces la misma expresión que tenía antes de la saeta, aunque algunas beatas aseguran que parecía ligeramente más aliviado. El caso es que inclinó la cabeza hacia la derecha, levantó los ojos al cielo –Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado- y en ese mismo momento el Cristo vivo se convirtió en la misma imagen barroca que fue siempre protegida, eso sí, con un elegantísimo impermeable.

Y entonces Miguelón volvió a llorar, pero esta  vez de alegría. Él asegura que te gritó gracias, mil gracias por la saeta, pero tú, ya lo has subrayado, flotabas en un sueño, y no estabas para nada. Sólo te consta que ha solicitado a sus hermanos que la cofradía se titule desde ahora del Cristo del Impermeable. No crees que la idea sea bien acogida, pues ya sabes lo tradicionales que son las celebraciones de Semana Santa, y hay que respetarlas. Sólo estás contento porque piensas que cumpliste como amigo, y que a lo mejor en el cielo toman nota y en adelante programan el tiempo   para evitar que, como decía Miguelón, Dios acabe tirando piedras contra su propio tejado.

Los calvarios de Inocencio

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Mi nombre es Inocencio, Ino para los amigos. Yo era muy de la Semana Santa. No es que fuera un católico ejemplar, pero que no me quitaran mi cofradía, mi Virgen, mi procesión, mi paso, mi capirote. Esa banda de música  y esa Señora a la que mecíamos con lágrimas en los ojos eran algo por lo que merecía la pena los sacrificios de todo un año. Además de Ino quizás sea eso, inocente, ingenuo, pero esas cosas me llegan muy dentro, y me emocionan. Los que son de fuera no lo entienden, pero es un sentimiento muy especial, algo que no se pué aguantá. No podría vivir sin mi Semana Santa.

Todos los de mi cofradía pensaban más o menos como yo. Nos poníamos el capirote, olíamos el incienso, escuchábamos las marchas procesionales, veíamos a nuestra Señora a hombros de los costaleros y no había nada para nosotros más importante que la madrugá, al cielo con ella, el alma, la salvación, el llanto de las saetas, el fervor, la devoción, todos los rollos esos de la religión. No los digo por orden, porque no lo tengo muy claro. Pero todo era muy auténtico, muy sentío, aunque luego cada cual  pues eso,   ca cuá e ca cuá. La mayoría éramos creyentes, no de misa ni de sacramentos, eso no, pero sí de corazón, auténticos, buenas personas.

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Eso sí, había alguno en la cofradía que tenía sus cosillas. Por ejemplo Vicente, que llevaba años pegándosela a su mujer con la mujer del hermano mayor.

-No lo puedo evitar, Ino –me decía- Pero ¿te has fijado en lo requetebuena que está?

También otro que era empresario tramposillo, de esos que contrataba a  empleados de aquella manera, para esquivar a la Seguridad Social. Y algún otro desahogao que, a pesar de que su hermanos trinaban,  tenía secuestrada a su madre para que le mejorase en la herencia y le dejara cuatrocientas hectáreas de olivas que según él le pertenecían por deseo de su abuela, que además de abuela fue su madrina. Ese era el Chufo, buena gente. Como Tomás, que era concejal de Izquierda Unida en su pueblo, y ateo por la gracias de Dios, pero mu comprometío con las tradiciones del pueblo. Ya me gustaba menos lo de Paco Celos, que le llamábamos porque no podía aguantar que su mujer su pusiera medio guapa para salir a la calle, y de vez en cuando nos contaba que tenía que calentarle la cara. No está bien eso, no nos gustaba, pero eran pecados humanos, casi tradicionales, y al fin al cabo para eso éramos penitentes: capirote, cirio, cadenas si hacía falta, sufrimiento y ganas de redimirnos de las miserias de esta vida. Todos más o menos teníamos es buen fondo, buenas intenciones. Pero es que veces, oiga, la la vía es una puta mierda, ya me entenderán, y como decía Cristo el que esté libre del pecado que tire la primera piedra.

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Pero velay las cosas, Ino viene de inocente, y yo debía de ser muy inocente, de veras. Porque a los veintisiete años, un chaval, ya currante en una empresa, que entonces aún parecía que iba a ser un trabajo para siempre, vino mi Reyes, me conquistó y nos casamos. Y hasta Chenchín, que es nuestro segundo hijo, pude seguir siendo un cofrade como mandan los cánones y respetar lo que yo entiendo que es una Semana Santa. Pero luego vinieron las gemelas y se acabó lo de escaquearse al pueblo, teníamos que ir a la casa de su madre, que es de la montaña de Palencia donde no vean lo bajo que vuela el grajo incluso en abril. Reyes es hija única, y me planteó: ¿qué es más importante, mi madre o tus tradiciones?…

Y tuve que olvidarme de mi Semana Santa, me cago en la hos…Perdón, que se me iba a escapar la blasfemia, y uno es muy católico para todas sus cosas. Así que tragué, todo por la familia, y cambié lo más grande que se pué viví, por otra semana santa que no me decía nada, ni las procesiones se parecían a las nuestras ni corría el sentimientos por las calles, como en mi pueblo. Y aquí el Ino, que antes vivía estos días con una mística y una intensidá que no se puede aguantá, no sentía por dentro más que el ruido de la carcoma de las vigas de madera de la casa de su suegra, que está que se cae de vieja.

Y menos mal, porque al menos la carcoma le recordaba aquello que decía el cura cuando el Miércoles de Ceniza le hacía la cruz en la frente: Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás. Que eso es uno de los mensajes de la Semana Santa grande, la que me va a mí, que es penitencia y expiación, mucho sentimiento, pero con arte, con gracia, con duende. Para no olvidarla jamás.

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Ino no la olvidará nunca, pero a la fuerza ahorcan.

-Ahora ha cambiado mi Vía crucis –dice para sus adentros- Primera estación: cargar el coche con los cuatro niños, el equipamiento habitual y el hamster.. Segunda estación: recoger a la suegra y comprimirla, con su máquina de coser incluída, el monoespacio coreano, que es bueno, pero no elástico. Tercera estación, atasco en la A-1. Cuarta estación, cambio de pañales a las gemelas en un área de servicio donde hay que guardar cola  de media hora en el cuarto de baño. Quinta estación: me saquean por un Cola-Cao para los niños y unos pinchos de tortilla que parecen fraguados con cemento. Sexta estación: me flagelan con los peajes. Qué pasta gansa. Séptima estación: lleno el depósito de gasolina y revivo en mis carnes la corona de espinas. Octava estación: parada obligada en la abadía de San isidro de Dueñas, donde mi suegra necesita recibir la bendición de su primo Onofre, monje trapense. Novena estación: Chenchín vomita en el presbiterio cuando el tío Onofre nos enseñaba la abadía. Tierra, trágame. Décima estación: empieza a diluviar y el limpiaparabrisas no funcionan. Hora y media  hasta que viene una asistencia técnica mientras las gemelas tiritan de frío, la abuela sigue las procesiones que transmite la radio del coche a todo volumen y Reyes me pone a parir, como las turbas que insultaban a Cristo, por no haber sido previsor. Undécima estación: primera caída en mi calvario particular. Llegamos al pueblo de mi suegra y descargamos. No funciona la caldera de la calefacción. Duodécima estación: hay que poner la primera lavadora, calentar biberones y cabiar dodotis al tiempo que la abuela, empeñada en hacernos unas sopas castellanas, exige que le pele los ajos, porque ella no ve, se corta y además le molesta el olor que le dejan en los dedos. Decimotercera estación:  oficios con la suegra y familia y por la noche hay que invitar a los primos palentinos en el asador del pueblo. Lanzazo como el que le dieron a Cristo, pero en la cartera. Decimocuarta estación: crucifixión. El tiempo sigue tan malo que volvemos a Madrid para al menos librarnos del atasco. A mi suegra le  da una lipotimia y tenemos que parar en Urgencias de Palencia y hacer noche en un hotel. Tiembla, Inocencio. Decimoquinta estación: emprendemos camino a Madrid y, zaca,  el temible atasco.

 Y yo, recordando mis antiguas semanas santas y las de ahora, me pregunto dónde había más Calvario. Si en las de antaño, tan hipócritas, pero aparentemente tan cristianas, o en estas de ahora, que, aún sin ponerme el capirote, sufro como Cristo, y me invitan a morir levantando la mirada al cielo y repitiendo la más famosa de las siete palabras. Padre, ¿por qué me has abandonado?…   

Llanto sobre lluvia

Cuánto se sufre por no poder sufrir con la pasión del Señor...

Tanta devoción, tanto sufrimiento íntimo, tanta madrugá ensayando y a la hora de la verdad el cielo se pone más triste que nadie, descarga su llanto y nos deja con la hiel en los labios. La hiel, no la miel. Que para muchos la Semana Santa aún era ocasión de sufrimiento, y este año sufriremos por no sufrir en condiciones.

Lágrimas sobre lágrimas. La lluvia suspende las procesiones y no paramos de llorar. Llora la Dolorosa, por la que le espera a su Hijo, llora el buen cristiano la pasión de Cristo, llora el penitente por no poderlo llorar en público, llora el costalero, y el que tiene que guardar su saeta para otro año. Llora el turista, caramba, que también tiene su corazoncito. No sabe muy bien de que va ese ceremonial de cirios, flores, redobles de tambor, autoridades investidas con medallones, capiruchos y desfiles procesionales cortejados por guardias civiles con mosquetones a la funerala.  Pero la procesión también va por fuera. La Semana Santa será religiosidad, pero él viajó para ver espectáculo, divertirse y consumir, aunque tal y como está el tiempo va a ser difícil.

-Señor, Señor-clamaba un cofrade destocándose del capirote y levantando la mirada al cielo- ¿Pero no te das cuenta de que tiras piedras en tu tejado?…

Duelo sobre duelo. La Semana Santa iba a ser un pulmón para muchas dudas espirituales, y un respiro para nuestra flagelada economía. No contaba con lo histérica que a veces se pone la primavera. Es te año, en abril aguas tres mil.

Ya hace tiempo que se apagó el sonido el sonido de las carracas, pero siguen tronando los pasos perdidos de añejas semanas santas. Para el bloguero, el primer  recuerdo del viernes santo era un día oscuro y lluvioso como el de hoy. Se habían ido sus padres a hacer las estaciones (otra expresión que habría que explicar ahora): un vía crucis, de iglesia en iglesia, rememorando con oraciones los distintos episodios de la Pasión. Y de repente rompió sobre Madrid una furiosa tormenta, un aguacero implacable con trompetería celeste que encogía el ánimo y detuvo el tráfico. Y el pobre muchacho se asustó viendo sobre el oscuro de las ventanas  de la casa de enfrente unos goterones que caían en diagonal como puñales de diamante.

-¡Y papá y mamá por ahí!-suspiraba angustiado mientras esperaba que sonara el llavín de la puerta anunciando su regreso.

Era otro sufrimiento más que dejó huella en su alma recental. Como lo de evocar el tiempo de ayer, hoy sensación agridulce, que sin embargo al final se va asimilando con la normalidad que al cabo impone la vida. También es natural que llueva en primavera.
Además, aunque la Semana Santa llore por no llorar en condiciones, los del Real Madrid han ganado la Copa del Rey y están de fiesta. Y los pájaros. Qué milagro escuchar alegre cantar de primavera cuando amanece un viernes santo de nubarrones más nazarenos que nunca.

Ateos, creyentes e insignificantes

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Después de pensárselo mucho, los ateos se dieron cuenta de que difícilmente podían hacer profesión de fe, pues carecían de ella. Sentían en cambio la necesidad imperiosa de hacer procesión de no fe, que suena parecido, pero no es lo mismo.

-Salgamos en procesión –dijo el baranda- Como los cofrades, las hermandades y esa gente tan rara que manifiestan así sus creencias. Proclamemos el orgullo de ser ateos.

Podían haber elegido cualquiera día del año. Pero escogieron el día de jueves santo, cuando por la ciudad desfilaban los pasos procesionales de la Semana Santa.

-Todo por la sagrada libertad de expresión –apostillaron en su comunicación a la autoridad competente- Pedimos permiso para echarnos a la calle y manifestar nuestro ateísmo, que ya está harto de ser tan discretito.

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A veces la  autoridad competente tiene que hacer filigranas para respetar el estado de derecho sin  molestar a unos cuantos. Esos cuantos, que son numerosos en Madrid, se llaman católicos. A esos pueden sumarse otros más, que no son especialmente creyentes, pero a los que les desagrada la falta de respeto a cualquier sentimiento religioso. El ateísmo no ha hecho culto jamás de sus héroes, ni de sus mártires, ni de sus verdades reveladas. El ateísmo no tiene cruz. Podrían manifestarse: como los ingenieros de minas, o como los amigos de la capa, o los partidarios de la homeopatía, o los enemigos de la caza de la foca. Pero si quieren hacerlo  el día de jueves santo, y por las mismas calles donde tradicionalmente desfilan los pasos de la Pasión, no parece que sea sólo por una necesidad de conciencia.

-Hombre –se lamentaba una amiga monjita de las que pasa su vida atendiendo a los sintecho- En un día tan especial para la comunidad católica…Podían tener más sensibilidad, ¿no?

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Una de las enseñanzas que más sorprendió a Homper cuando estudiaba su carrera fue la teoría del abuso del derecho, según la cual éste se desnaturaliza cuando se ejerce no para bien de su titular, sino especialmente en perjuicio de otros. Según esta teoría, la acción abusadora puede ser legal, pero es injusta si va contra el espíritu de la propia ley. Allá la autoridad competente para interpretar ésta en sus términos justos.

-A ver quién es capaz de ponerle ese cascabel al gato, con lo crecido que está este.

Puede ser un trago para Gallardón, y para la delegada de Gobierno, que tratan de evitara  toda costa un choque de trenes entre ateos arrogantes y católicos ofendidos. Pero piensa Homper que alguien tiene que recordar de vez en cuando que el andamiaje esencial del estado de derecho es el sentido común y la sensibiliad social. Algo que en ocasiones  se echa en falta.

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Hay otra cuestión que le inquieta a Homper en este asunto.

-¿Por qué diablo ahora todo el mundo quiere ser protagonista?- se pregunta estupefacto..

Piensa que lo que antes era civilización y buenas costumbres se ha descosido irremediablemente. Piensa que la sociedad se ha vulgarizado Piensa que la política se ha degradadado, que la cultura se ha prostituido, y que ya no hay una moral colectiva, sino siete mil y pico de millones de morales subjetivas a las que, por convención internacional, el mundo ha decidido respetar. Y está convencido de que la exaltación del individuo y de los llamados derechos humanos ha generado en aquél una desmesurada autoestima.

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-Por cierto, Homper, hablando de autoestima –le recuerda su amigo Ricardo interrumpiendo sus meditaciones- Mañana tenemos la manifestación de la L.I.

También se queda sorprendido al enterarse, porque no contaba con ello. La L.I. es la Liga de los Hombres y Mujeres Insignificantes. Su fundador es Ricardo, un hombre tímido de 1, 60 de estatura que durante cuarenta años tomó café en la misma cafetería sólo por ver a una camarera de la que, al cabo de este tiempo, terminó enamorándose. Nunca le dijo nada, pero un día, ya madurito ambos, se toparon en traje de baño paseando por la playa de Laredo.

-Hola, ¿no me reconoce?-le preguntó él dispuesto a declarar a continuación su amor.

-Pues no la verdad- dijo ella mientras huía de una olita que quería romper contra sus tobillos blancos.

A partir de entonces Ricardo comprendió que era un hombre tan insignificante que se siente un fenómeno extraordinario,  y está orgulloso de proclamar su insignificancia.

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También pertenece a la Liga Pavesa. En realidad se llama Juana, y es una poetisa que escribe una poesía tan ligera, fugaz e insignificante como su pseudónimo. Otro insignificante es Natalio, un arquitecto que sólo hace catedrales al estilo Norman Foster, pero con palillos. A la L.I. también pertenece Jerónimo, el autor del  libro Nada sobe blanco. El día de su presentación –ni un libro sin su presentación- no había nadie para escucharle, pero a él le dio igual. Era un libro en blanco, pese a lo cual le dedicó dos horas de soliloquio. Lo cual, por otra parte, le hizo dudar de su insignificancia intelectual.

-¿A ver si va a resultar que tengo algo que decir?-se preguntó preocupado.

Le consoló Begoña, una pintora minimalista que sólo hace arte con granos de alpiste, alas de mosca, resguardos del tinte y esmalte de uñas incoloro.

-No creas- le razonó-  Hay muchos  que están en los museos a  los que han consagrado como artistas y son tan insignificantes como nosotros.

Otro insignificante notorio, el científico Bártulo Dueñas, dice haber inventado una goma de borrar que recicla sus propias virutas.  El último que ha ingresado en la la Liga de los Insignificantes es un descendiente de Joseph Pujol, aquel marsellés cuya vida contó Cela en su libro El pedómano. Joseph era un virtuoso del esfínter anal y de las ventosidades, armas con las que tanto interpretaba La Marsellesa como apagaba una vela a cinco metros de la retambufa. Así se ganó la vida. Pero su descendiente, llamado Bernard, es tan insignificante que no sólo ventosea poco, sino que además sus pedos llevan aroma de azahar.

-No somos nadie-proclamó sollozando cuando solicitó su ingreso en la Liga de los Insignificantes- ¿A dónde va ir un pedómano con fragancia?…

A donde quiera. Pero tampoco pasa nada si se queda en casa, porque se puede mantener la autoestima sin  vocearla por las calles ni provocar al personal.

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Cosas gratas que hacer para empezar el día

Sería curioso un estudio sobre qué es lo primero que se le pasa al individuo por la cabeza cuando empieza su jornada. ¿Un recuerdo, un propósito, un repaso de la agenda, un  suspiro de resignación, una esperanza, la percepción de un dolor?. Hubo un tiempo en que el Duende rezaba, pues así le educaron en el colegio. Lo primero al despertar, decían los padres marianistas, encomendar el alma a Dios.  Uno se acostaba con Dios, con  la Virgen y con el Espíritu Santo y se levantaba con ellos. Aunque, no se sabe por qué,  luego le acostumbraron a que, por la mañana, rezara el Bendita sea tu pureza, una oración que pocos conocerán ya en esta España laica. Dios y la Santísima Trinidad eran de todas la horas, pero la Virgen parece ser que era más matinal. Iba más con la atmósfera limpia, transparente y luminosa que, al menos por el Valle del Tiétar se han vivido estos días de Semana Santa.

No recuerda el bloguero qué fue primero esta vez. El viernes santo había revivido una experiencia singular, tan sencilla e inocente como repleta de emociones y de sensaciones de infancia. Había sido invitado por sus amigos Ramón y Ana a comer en la casa de una finca que es como lo fue el Monte el Rincón, el solar de su niñez. O sea, en lugar del sur de Avila , el norte de Cáceres, pero el mismo encinar, la misma dehesa y el mismo valle del Tiétar tan sólo diez o doce kilómetros más abajo. Y sobre todo, la misma vista de  Gredos, con el pico Almanzor ahora más a la derecha del observador. El Almanzor regio, imponente, recortado con sus  cejas y sus guedejas blancas de nieve contra el cielo azulísimo depurado por un vientecillo fresco del norte. El campo de estas dehesas ganaderas es cuando ha brotado el pasto de primavera particularmente manso y amable. Todo caminar por él en esta época es una pura delicia, pero Ramón quiso añadirle un encanto más. Enganchó uno de sus caballos a un moderno carricoche de cuatro ruedas con suspensión y freno hidráulico y, como si fuéramos los invitados de otro siglo,  nos paseó por un camino como el que evocaban el poema de Machado: Yo voy soñando, caminos de la tarde/Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas/¿A dónde el camino irá? A decir verdad, las encinas, recién lavadas por unas lluvias como no se recuerda igual, no estaban polvorientas, sino lustrosas. Pero  la tarde se hilvananaba con otros versos del poema: Y el camino que serpea y levemente blanquea/ se enturbia y desaparece… No desapareció esta vez. Al revés, reaparecía. Pasear por la dehesa en coche de caballos a un trotecillo ligero  sin ser observados más que por las vacas que pastaban y las cigüeñas que por allí picoteaban le retrotraían a la sencilla felicidad de otro tiempo, y daban  a este viaje a los sentidos un valor muy especial en el placerómetro del Duende.

Y si  embargo, no fue este recuerdo lo primero que llamó su atención a la mañana siguiente. Ni tampoco la oración, o la obsesión por cumplir un compromiso, o un dolor de cuello por haber dormido mal. La mente es caprichosa. Y los auriculares que uno se pone para escuchar el MP3 también. Harto de que se le escapen los modelos muy variados que ha ido comprado el Duende para escuchar música, estrenaba unos de silicona que, a decir del vendedor, eran los que mejor se ajustaban a su peculiar pabellón auricular. Iba a desayunarse escuchando, quizás para evocar el grato paseo de la tarde anterior, la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Leches. O, mejor dicho, café con leche, que fue donde cayó el dichoso auricular de último diseño. El hombre propone y la tecnología dispone.

Y eso fue lo primero que uno hizo en la bonita y también soleada mañana del sábado santo de 2010. Sacar del fondo de la taza de café con leche un auricular de silicona y tratar de salvarlo de la ruina por accidente. Hay otros empeños más espirituales y nobles para empezar una mañana como esa, pero no se debe olvidar que uno, ay, es un pequeño juguete del destino.

Recuerdos de otras semanas santas

Mirar hacia dentro, pensar, acordarse de los que sufren, valorar lo que se tiene, vivir con algo más  que el amor a uno mismo. Qué tragedia el seísmo en Italia. El Duende acusa la edad, y con ella la responsabilidad. Le da una cierta vergüenza escribir por escribir y no mencionar siquiera la tragedia. Pero de vez en cuando se retira del mundanal ruido e intenta conectar con la edad de la inocencia, cuando la Semana Santa era morada, obligadamente triste, sin imágenes en las iglesias, que se velaban hasta el Sábado de Gloria muda desde el momento en que el viernes, a las tres de la tarde, volvía a morir Jesucristo.

Recuerda uno que la hora trágica siempre le pillaba en el campo, normalmente en el estallido de la primavera. La habían llamado la atención, niño,  no cantes, que ya se ha muerto Jesús. Y en ese momento un jilguero lanzaba un trino de virtuoso.

-¿Y los pájaros?  ¿Ellos pueden cantar?

Los jilgueros iban por libres. De repente, por aquello de los pesticidas se supone, se dejaron de ver por estos campos. Pero ayer revoloteaba uno alrededor del Duende y con él volvieron recuerdos de entonces. También sonaban las carracas, ¿qué fue de ellas? Y se rezaban las estaciones. Imagínense la interpretación de los niños de la España laica.

-Pues mi padres van a la estación de Atocha y rezan.

-Pues los míos rezan en Santa Justa.

-Pues mi abuela reza en Antón Martín, que es una estación de metro y está más cerca.

Pero en Semana Santa, como en cualquier época del año, también podías caer malo y pasar las vacaciones sin salir de casa. Qué panorama. Te metían en la cama, o en el sofá a las faldas de la camilla con brasero, y por todo entretenimiento te daban un libro o una revista.

-Anda, niño, mira los santos.

¿Los santos?…Nadie se lo explicó al Duende, pero él supone que la expresión viene de que los primeros libros que se ilustraron eran las Sagradas Escrituras y los de contenido religioso. O los que escribían ellos (¿los famosos Beatos?) o los que trataban vidas de santos. Se empezaron a ilustrar toda clase de libros. Pero en el lenguaje popular los santos quedaron como símbolo de cualquier ilustración. Podía ser un conejo, un monte, un coche de bomberos, Tom Sawyer o Roy Rogers: todos eran santos.

Como ahora, que todos somos santos. Según la doctrina oficial, Rousseau dixit, todos somos buenos. Ya no necesitamos Semana Santa más que para las vacaciones y para el folklore. La especie humana es tan sacrosanta que podemos quedarnos con la fiesta y olvidarnos de todo lo demás.

Dolores y sabores de un lunes santo

decenas-muertos-terremoto-centro-italiaLas cumbres  económicas como las del G-20 acumulan asuntos trascendentes, pero a veces uno se queda prendido de los detalles. A la tía Clota le apasionaba la cara de nuestro presidente Zapatero cuando posaba en las fotos

 -Da la sensación de que no sabe por qué hay que sonreír, pero aunque le ponen en segunda fila. se porta como un chico bueno, y está encantado. Hace bien, porque así le van a invitar siempre, es tan correcto…

A una anciana como ella esos detalles le impresionan mucho.  La tía Clota también había visto por la tele a Silvio Berlusconi  hablando por teléfono mientras Angela Merkel le esperaba al pie del puente sobre el Rhin y esa descortesía le pareció que era impresentable.

-Un caballero no debe hacer esperar a una dama. Pero este hombre no tiene arreglo, te lo digo yo.

La tía Clota estaba sólo subrayaba lo evidente. Aunque no quiso hacer más leña del tema, porque a continuación saltó el asunto de la crisis de gobierno y, tras él, el del terremoto en los  Abruzzos, que a esa ahora ya arrojaba un saldo de veintisiete víctimas mortales.

-Un espanto. Y ahí mismo, que esta vez no es en China ni en los Andes. Ya verás cómo en España lo vais a sentir más, sobrino.

Homper, cómo no, se quedó perplejo. ¿Qué quería decir lo sentiréis más? Y la tía Clota recurrió a un autor teatral ya casi olvidado, Alejandro Casona, que ella recordaba de su juventud. En una de sus obras planteaba el dilema moral de un hombre al que le ofrecen el triunfo a cambio de permitir la muerte de un ser humano al que no conoce. Un pobre infeliz de un país remoto que, bien mirado, quién sabe se moriría igualmente por una vulgar malaria o uno de tantos monzones asesinos. El hombre mira a otra parte y acepta el trato.

-Ojos que no ven, corazón que no siente, Hom. Si el terremoto ha sacudido a Italia, lo mismo podía haber pasado en España, que está tan cerca…Y eso duele más, ¿verdad?…

A Homper la crudeza en el análisis de la  siempre dulce tía Clota le extrañaba.

-No te escandalices, hijo- advirtió la anciana- En todas partes cuecen habas. Como nos pasa aquí cuando uno de esos chiflados se sube a la ventana de un edificio público y empieza a matar transeúntes. Cualquier día de nuestras guerras en Oriente produce más muertos, pero como están lejos y no los vemos…

Por salir del paso, Homper le preguntó a la tía si le habían llegado los tirabuzones de Fuencisla, que le llamó para pedirle sus señas. La tía Clota dijo que sí. La Fuencisla era una vecina de su pueblo. Sabía que a ella le encantaban esos dulces de masa frita tan típicos de Semana Santa. Y en ese regusto de la conversación se aliviaron los remordimientos de un lunes  que, a pesar de estar tan próximo al Calvario, quizás no llevaría al dolor de no ser por los caprichos de un terremoto cercano.

Mozart en Candeleda

La Iglesia Parroquial donde se escuchó a Mozart, según versión del pintor local Juanra

La Iglesia Parroquial donde se escuchó a Mozart, según versión del pintor local Jua.Ra

Aunque su autor no es santo de la devoción de la crítica, probablemente la película que mejor refleja lo que debió de ser la pasión de Cristo es la que filmó  Mel Gibson. Tan fiel fue a lo que significa la palabra pasión/padecimiento, que sus escenas de extrema violencia suscitaron el rechazo del mismísimo Vaticano, al que por lo visto le horrorizaba ver en carne viva que el fundador de su Iglesia hubiera sufrido tanto. Quizás era un contraste demasiado evidente con la vida muelle que hoy tiene que llevar la alta curia.

No eran estos los únicos detalles de respeto de Gibson por el relato evangélico. En la película, que en España no fue doblada y se estrenó con subtítulos, los judíos hablaban arameo, y los soldados romanos latín clásico. El Duende creía que latín era lo que le enseñaba el padre Cayo, un robusto marianista que recitaba los versos de la Eneida con la voz estentórea de un sargento de cuchara. A pesar del su entusiasmo, la pronunciación del bueno del padre Cayo distaba de la correcta. Según le aclaró años después al Duende un catedrático, la c latina no se decía en la antigua Roma como nuestra ch, sino como nuestra q. A tenor de esta regla, el sanctus de la misa no debe sonar gloria in exchelsis Deo, sino gloria in exquelsis Deo.

 Ese detalle lo observaban escrupulosamente los romanos de la película de Gibson y lo ignoramos olímpicamente todos los que cantamos música sacra en coros. Con la sorprendente excepción del Coro Polifónico de Candeleda, que anoche inició las celebraciones de la Semana Santa con un concierto de un nivel que este menda no podía siquiera sospechar.  El mismo pueblo que va de rondalla  y se desgañita en las capeas o gritando al toro de fuego se convierte en un milagro de sensibilidad  cantando con exquisita dicción no sólo seis comprometidos números del Réquiem de Mozart, sino piezas de auténtica orfebrería polifónica. Desde el Ave María  del padre Tomás Luis de Victoria a un motete delicadísimo de Christopher Tye, compositor inglés del siglo XVI que, desde luego, el Duende desconocía.

El prodigio se debe en buena medida a José Antonio Muñoz, un músico de Huete,  provincia de Cuenca,  que ha recalado por la zona. Nadie sabe con qué trabajo y qué dotes de persuasión ha conseguido inocular en la gente del lugar su amor a la música. El Duende confiesa que escuchar a Nines -la carnicera con la que normalmente trata de chuletitas y carrilleras-cantando el Lacrimosa del Réquiem mozartiano en vísperas de la pasión de Cristo, hace más por su devoción que muchos de esos desfiles procesionales que embriagan a multitudes. Todo colabora: mientras sonaba esa música coral, contemplaba el magnífico retablo de cerámica talaverana del siglo XVI que es la joya de la Iglesia Parroquial. Artesanía popular y música sublime cantada por los mismos que uno se encuentra por las calles del pueblo. Esos hilvanes acaban cosiendo muchos desgarros del alma, y ayudan alguna luz en las tinieblas.

 Entretanto, de cumbre en cumbre, Zapatero pasea su orgullo porque España se ha sentado en la codiciada mesa del G-20. Es un punto de vista. Otra medida del progreso es ver que Mozart y compañía se puedan presentar en Candeleda y cosechar tantas ovaciones como Bisbal. Como diría el tío Jacinto, que fue guarda jurado por estos pagos, Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo…

El hombre que quería vestir como Sherlock Holmes

Si hace frio,  trajes de lana. Elemental, querido Watson...

Si hace frío, trajes de lana. Elemental, querido Watson...

Cuando colgó la placa en la puerta de su despacho era invierno. El más crudo e implacable de las últimas décadas. La placa  era más bien escueta. Decía simplemente Clod Monter, Investigador Privado. Había querido ser más explícito, pero antes de encargarla le mostró a su amigo Homper el boceto y éste, una vez más, se quedó perplejo.

-Hombre, Clodo-le razonó con amistosas buenas maneras-Que camufles tu nombre me parece bien, porque el tuyo propio no suena mucho a detective clásico. Pero que añadas Intuitivo, Competente, Diligente es un poco grosero. El movimiento se demuestra andando, y el  talento del investigador, investigando.

Clodoveo Montero era, en efecto, un detective competente, pero algo ingenuo y novelero. Para empezar, y a pesar del pogrom antitabaco, fumaba en pipa. Su primer éxito había sido el descubrimiento de que Nick Taylor -en realidad Nicolás Sastre- el marido de la rica propietaria de la Cerería de santa Natalia, hombre de preclaras virtudes cristianas que llevaba a sus hijitos al Circo Price y desfilaba en Semana Santa como nazareno, engañaba a su clienta con otra mujer. Lo averiguó después de una muy meticulosa investigación, pero no se lo había revelado aún a Melani Berg -en realidad Melania Colinas, que así se  llamaba realmente la cerera- porque Jacqueline, la otra, que en realidad era Santiaga en el registro civil, al contrario de lo que se ve en las películas de género, no era bella e irresistible, sino todo lo contrario. La Santiaga era más bien hombruna, alta, gorda, fanática de las carreras de galgos y coleccionista de rumbas de Peret, y además se desayunaba a media mañana tres porras y una copa de Anís Machaquito. Santiaga, o sea, Jacqueline conducía la furgoneta de su marido, proveedor de casquería fina de los mejores restaurantes de la ciudad. A mitad de reparto, y en enclaves estratégicamente elegidos por su discreción, los amantes se entregaban al frenesí amoroso rodeados de callos, mollejas, riñones y criadillas, eso sí, de la mejor calidad. Lo cual deprimía aún más al preclaro detective.

-Es tremendo-le confesaba a Homper mientras daba bocanadas a su pipa en torno a una taza de té-Cómo voy a destrozar un matrimonio y una investigación tan brillante con esa verdad tan antiestética.

Porque, al contrario de lo que ahora se estila, Clod creía que el hábito hace al monje, y llos clichés siguen funcionando en una sociedad tan superficial como la nuestra. Si eres argentino estás muy bien de psicólogo, si eres broker o financiero de postín ponte un abrigo de cuello de terciopelo, si eres sastre tu taller debe oler a jaboncillo, si eres creativo publicitario déjate melena y fuma hierbas, si eres decorador afemina tus modales, si eres notaria no vistas trajes de Agatha Ruiz de la Prada. Y así. Cloe creía que, aparte de  encontrar otra amante más lucida que Jacqueline, debía redondear el efecto de su pipa comprándose un traje grueso. En primer lugar porque era el invierno más helador de las últimas décadas. Y en segundo lugar porque tanto Sherlock Holmes como Maigret componían mejor el tipo vistiendo un traje de paño de cheviot o de  tweed.

-¿Me acompañas a comprarme un traje apropiado?-le dijo a su amigo Homper.

Homper le acompañó. Inútil intento, porque ni en Zara, ni en Mássimo Dutti, ni en Springfield ni en Milano, ni en Cortefiel ni en muchas tiendas más de moda masculina había trajes de este tipo. Homper se quedó perplejo de que la moda considere que todos los hombres pasan de su coche a su despacho sin pisar la calle, y decida que el caballero de hoy no tiene derecho a vestir de invierno.

-La simplificación-resopló Clod frunciendo los morros mientras atacaba la cubeta de su pipa con una nueva carga- La falta de matices, tan necesaria en la vida como en mi trabajo…El desprecio por la estética…Ahora nos quieren uniformar a todos como si fuéramos chicos de Zinzano o escoltas…¿Cómo voy a ser un buen investigador privado vistiendo un traje de entretiempo de poliamida y unos calcetines cortos que me dejan la pantorrilla al aire?

Salieron de la última tienda desencantados y, al doblar la primera esquina, Clod le cogió del brazo a Homper y le frenó en seco. Sigilosamente, se puso unas viejas gafas de lente redonda y montura de carey y señaló con un gesto la cristalera del Café Comercial, donde creía haber visto algo que daba un nuevo sesgo a  su investigación. Allí Nick tomaba café con una rubia escultural tipo Scarlet Johanson, que le miraba embobada mientras discretamente le manipulaba la bragueta bajo el velador.

-Fíjate qué pena- le dijo a Homper llevándose las manos a las solapas -Al fin puedo demostrar que la otra es una arpía de la mafia rusa… ¡Y voy a tener que contárselo a mi clienta con esta  mierda de traje!…

Vivir para ver. Homper pensó que, definitivamente, nunca dejaría de ser el hombre perplejo.

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