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Un gran día de cerezas

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Llevaba tantos días, tantos años intentando arreglar el mundo sin éxito que aquel día, al despertar, decidió dedicar sus primeros pensamientos a naderías.

-No hay que esperar que este día vaya a ser lo que cantaba Serrat- se dijo- En realidad, llevo casi veinticuatro mil días vividos y nunca se me ha aparecido un hada para hacerme el lazo de los cordones de los zapatos. Que eso sí que sería una gran cosa.

Atarse los cordones de los zapatos era para el pensador casi tan odioso como desvirgar el rollo de papel higiénico por el lugar justo para que no se deshaga en capas de celulosa.

No le dio más vueltas al asunto. Amanecía en el campo. Así que apenas se arregló abrió las puertas y se dirigió a los cerezos.

2

Veintitrés mil y pico días atrás, los cerezos y las cerezas casi siempre eran de otros. Es verdad que  entonces la emoción de robar fruta le añadía más emoción a cualquier paseo por el campo. Pero hasta eso le impedía la buena educación.

-Niño, eso no hace, eso no se dice, eso no se toca.

Así que esa mañana no se anduvo con remilgos. Había caído un chaparrón nocturno, y el día despertaba envuelto en frescor. El esplendor de la primavera estaba a punto de entrar en decadencia. Y en esa atmósfera deliciosa, dio un paseo matinal entre los cerezos  mientras tomaba de su propia mano diversas especies de su fruto favorito.  Las cerezas  pasaban directamente de la rama a su boca.

-Gracias, Señor -musitó como oración- por este refinamiento de tu divina obra.

Fue un placer indescriptible que consideraba necesario transmitir a toda la humanidad. Nadie le decía que tuviera cuidado, que le sentaría mal, que se iba a indigestar. Se hartó de disfrutar comiendo cerezas. Incluso imaginó que, por entre los cerezos, aparecía Kelly le Brock, aquella maravillosa Mujer de Rojo,  y se llamaba a la parte. Lo cual era lógico, pues hay frutas que podrían identificarse con algún tipo de mujer, y mujeres que son la alegoría de un fruto. Y estaba claro que Kelly fue en aquella película la encarnación de la cereza.

Total, que aunque el hombre no esperaba nada, a lo tonto a lo tonto las cerezas hicieron de aquel lunes un gran día para él.

También Hitler fue niño

¿Cuándo aprenderemos que un niño mal educado puede acabar en un monstruo?...

¿Cuándo aprenderemos que un niño mal educado puede acabar en un monstruo?...

Rousseau el Aduanero es un pintor naïf que consiguió destacar entre la nube de genios impresionistas de su época. Y pintaba ciertamente un mundo ingenuo. Un siglo antes, otro Rousseau, Jean Jacques, el filósofo, había concluído que el hombre nace bueno, y es la sociedad la que lo estropea. Se nos mire por donde se nos mire ahora todos somos roussonianos. Jugamos a la utopía de la señorita Pepis, y nos creemos superguay hasta que nos malean y una noche tonta violamos a una chiquilla o matamos a una amiga. Aunque sólo tengamos catorce años. A esa manera de concebir la sociedad unos le llaman buenismo. Otros, simplemente, estolidez.

-Estupidez, sobrino-remacha la tía Clota a Homper- Ignorar lo que se sabe desde siempre…¿Habrán probado los legisladores el aceite de hígado de bacalao?…

Esta vez el estupor de Homper va a acompañado de visibles arcadas. Puaff, qué asco. Cómo iba a olvidar aquel aceitorro asqueroso que, según los mayores, tenían que tomar los niños de entonces para criarse sanos.

-No había nada peor, tía. Era vomitivo.

-Como casi todas las medicinas de entonces. ¿No te acuerdas de que te diluíamos la aspirina en una cucharadita de azúcar? Pero es que nos enseñaban que, para aprender a vivir, también hay que aprender lo desagradable de la vida.

Parece que fue Jardiel Poncela quien definió a los niños como esos locos pequeñitos que andan por ahí. También podría haber dicho esos canallas pequeñitos. Al propio Homper le tortura en ocasiones una pesadilla que fraguó en su infancia. Un tribunal compuesto por un perro callejero, un mochuelo y un gran sapo le condena a morir quemado como Juana de Arco. No hace falta ser Freud para interpretarlo. Homper recuerda cómo vio a unos golfillos atar una lata al rabo de un perro, echarle gasolina por el culo y reirse mientras el pobre animal salía aullando enloquecido de dolor. Con todo, de ese crimen sólo fue culpable por omisión, mientras que al pobre mochuelo, que no podía volar, lo lapidó él mismo al pie de una encina, y al sapo lo destripó de mala manera  con la punta de un vidrio roto. La rapaz y el batracio se le aparecen a menudo en sueños acusándole. ¿Pero cómo fuiste capaz de hacernos eso?…

-Y seguramente hubiera degenerado en un doctor Petiot si alguien no me hubiera advertido severamente que no hay que maltratar a los animales –reconoce Homper.

Añade la tía Clota que entonces  también se decían otras cosas, como recuerda Serrat en una de sus canciones. Niño, eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca. Pero eran otros tiempos, cuando no éramos roussonianos, y los padres y los maestros podían decir NO y BASTA sin crear alarma social en nuestra falsa Arcadia feliz.

-No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor –matiza la anciana- Somos nosotros, que no aprendemos del pasado.

Homper lo comparte: qué maravillosos los niños. Sobre todo cuando no somos tan cándidos, y tenemos presente que hasta Adolfito Hitler jugaba a la pirindola y suspiraba por los caramelos de fresa.

Demasiado viejo para ser amado

Spain Injection
(Foto de Torchondo)

En una canción nostálgica  de los años sesenta cantaba el Dúo Dinámico que murió muy joven para amar. Al nuevo himno nacional, si es que llega a nacer, le pasará lo contrario: nació muy viejo para ser amado. Al margen de las reticencias siempre interesadas de los partidos nacionalistas, la nueva letra es tan políticamente correcta como conceptualmente equivocada. Además de anacrónica, porque los himnos se heredan de otra época, y en estos tiempos de escepticismo, relativismo e individualismo tienen mal encaje.Suena antiguo, pero otros dicen cosas peores. La gloriosa Marsellesa es siempre emocionante, sobre todo cuando la coreaba Víctor Lazslow frente a las autoridades nazis que copaban el café Rick´s en Casablanca. Pero si se traduce la letra apela a las armas, y pide que la sangre impura empape los surcos de los campos. La que armarían los pacifistas y los apóstoles del talante si fuera así la aprobada ahora por la SGAE. El Asturias patria querida recuerda al asturiano de pro que tiene que subir al árbol y coger la flor, dársela a la su morena para que la ponga en el balcón. Es una manera de hacer patria que al resto de los españoles no se nos había ocurrido. Si no fuera porque lo aprobó todo un parlamento, uno diría que cualquier engendro de esos que se presenta en la Eurovisión tiene más sentido. El del colegio del Duende decía españoles, hidalgos, valientes, con la edad nos queremos mostrar. Lo cierto es que en sus aulas la mayoría no éramos hidalgos, sino plebeyos, y nos mostrábamos como éramos, con edad o con pantalones de pana. Ardor (guerrero) que brota de pechos que son tuyos, cantaba uno cuando era soldadito de infantería y en las misas solemnes debía sonar el himno del cuerpo. Uf, uf, uf, qué retórica rebuscada, qué exhibicionismo patriotero. Y no sigo, por no abrumar, no sea que el lector se me abra las venas con el bono-bus.

Así las cosas, la letra que ayer desvelaba el ABC no está tan mal.  Todos los himnos suelen decir muchas más bobadas que el elegido por el Comité Olímpico, pero el problema es que España no está para esas lindezas. Los sabios aún no se han puesto de acuerdo sobre su identidad, unos la ven compacta, otros desmadejada, unos la quieren simplemente, otros la detestan. Para algunos España es un afán, para otros, una mamandurria. Y con tantos debates filosóficos sobre lo que la mayoría creíamos resuelto desde hace siglos, la pobre España, con perdón por la rudeza de la expresión, no tiene el coño para ruidos.

Con todo, la polémica tiene un punto ingenuo. A estas alturas donde todo se desmenuza con colmillo retorcido, sorprende que alguien rompa una lanza por las formas, tan maltratadas por la costumbre y tan decisivas para modular la convivencia democrática. Casi todo lo que armoniza la vida de una comunidad está basado en el poder simbólico de las formas. Los padres de la patria no son los más listos de cada cole, pero les atribuimos la representación popular y debemos aceptar sus leyes. España no es el mejor de los mundos, pero es el que tengo más cerca, me soluciona muchos problemas, y por tanto y me debo a ella. Mi bandera no es la santa sábana, pero me identifica con muchos otros, y creo que me representa. Son las reglas de este juego. Mi himno no tiene remedio, pero hubiera hecho mejor su función con una letra que esta sociedad resabiada no va a aceptar aunque la firme Bob Dylan.

La solución sería que se aprobara esta o cualquier otra similar, se enseñara en las escuelas a las almas cándidas y calláramos los adultos hasta que toda una nueva generación la pudiera cantar sin complejos cuando juega la Selección Nacional o se iza la rojigualda. Porque, al cabo, toda canción es también un símbolo y hasta las de Dylan, Joan Báez, John Lennon o el mismo Serrat si se escuchan con detalle son tan voluntaristas, pretenciosas e idealistas como la que ahora ponemos a parir. Sin embargo está claro que cantar juntos refuerza la unidad. Y a uno, además le gusta cantar lo que sea. El nuevo himno llega demasiado tarde, pero qué lastima que no lo inventaran antes.


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