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Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

De perros, roedores y cambio climático

Entre la película de Polanski y la muerte de un perro llamado Bob, al Duende le dio un ataque de ternura con los animales...

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No son demasiado severas estas últimas noches de noviembre. Más se llama así porque sólo es medio mastina, y siempre duerme al aire libre, pero a estas alturas del otoño solía arregostarse bajo el tejadillo de la entrada de la casa. Esta noche pasada, no. El termómetro marcaba a las ocho de la mañana siete grados, poco frío como para no aguantarlo al raso sobre la hierba.

-Buenos días, Más – la saludó el bloguero mientras le ofrecía dos galletas rancias.

La perra, bien educada, le devolvió la cortesía moviendo el rabo, como es de rigor.

Todo parece indicar que el cambio climático, a pesar de lo que decía el primo de Rajoy, no es una broma. Ayer escuchó este duende que el tráfico marítimo en todo el mundo aumenta desde hace siete meses. Ese dato se toma como una buena noticia económica, pues habla de fletes de mercancías que viajan de aquí para allá. A pesar de que en España el consumo está bajo mínimos, se supone que hay alguien en algún lugar del planeta que está dispuesto a comprarlas. Como la economía es una cadena, uno de los escasos optimistas que pontifican por la radio se aventuró a predecir ayer que eppur si muove y tal. Aunque la prima de riesgo, las bolsas y las desastrosas noticias del empleo sigan diciendo lo contrario.

A pesar de todo la nave va, como diría Fellini, y hasta ahí la buena noticia. La mala es que aunque el tráfico marítimo ha aumentado, por el Mediterráneo cada día navegan menos buques. ¿Por qué? La temperatura de la tierra ha aumentado en casi dos grados desde hace un siglo, el Ártico se deshiela, y los barcos pasan por el mítico Paso del Noroeste,  antes imposible, como Pedro por su casa. Asia y América quedan mucho más cerca por esa ruta que por el mare nostrum, pero los pobres osos polares  cada día cuentan con  menos hielo a su alrededor.

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Por todos los santos, la nieve en los altos, dice el refrán. Y añade: por san Andrés, la nieve en los pies.

En el valle del Tiétar a seiscientos metros de altitud es muy raro ver la nieve en los pies. Quince años ya por estos pagos y el bloguero no la habrá visto más de cinco veces. Otra cosa es que el macizo central de Gredos sí luciera ya un manto blanco. Eso, con las grullas volando en escuadra recortadas sobre un cielo limpio y las montañas nevadas al fondo, sí que es una fotografía típica de estas fechas cuando uno se aproxima desde Oropesa a Candeleda Este otoño no. Ha llovido lo suyo, pero no ha hecho frío, de tal modo que al pico Almanzor  sólo se le ven las cejas blancas. Y gracias. El primo de Rajoy dirá lo que quiera, pero los científicos, la escasa nieve y el termómetro interior de la perra Más mantienen otra tesis que parece más creíble.

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Dar dos galletas revenidas a la fiel perra guardiana de la casa no parece un rasgo de generosidad extrema, pero el Duende lo hacía con cariño, influído sin duda por el recuerdo de Bob de c´as Barber , aquel perro amable y sabio que desde su isla de Mallorca dejaba aquí huellas de su fina sensibilidad mediterránea. Curiosamente ha concitado la noticia de su muerte más comentarios en este blog que si hubiera mentado a Steve Jobs, a Amy Winehouse o a cualquiera de esos otros cadáveres exquisitos que la parca nos ha dejado en los últimos meses. Se acuerda el Duende de un slogan del Citroën Diane que hizo fortuna cuando él trabajaba en publicidad: para gente encantadora. Este blog debe de ser para gente de ese tipo, gente con una cierta ternura para adivinar en ciertas criaturas menores, como un simple perro, valores mayores.

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Hablando de valores mayores y menores, si es que se puede simplificar así la cuestión, proclama este duende su admiración por todos los creadores que saben hacer tragedia o comedia de los pequeños sucesos de la vida. Valen el idealismo de Don Quijote,  la duda de Hamlet o la miseria de El avaro. Impresionan y dan qué pensar. Pero quizás estamos en el siglo de las meditaciones colaterales, o del juego de abordar los temas más profundos con personajes o anécdotas aparentemente insignificantes. Un modelo de esta falsa ligereza es la última película de Polanski, Un dios salvaje, donde un modesto hamster cobra un protagonismo trascendental. A su alrededor, personajes, miserias humanas, paradojas, sarcasmos. Estampas de la vida misma trazadas con pinceladas cinematográficas sueltas, precisas y frescas. Magistrales. Véanla como si no fuera una película importante y les parecerá bastante mejor.

Justo al día siguiente el bloguero paseaba por el Retiro cuando se detuvo a ver a una ardilla juguetona. La ardilla le observó, se aproximó a él. El Duende amagó ofrecerle comida con la mano hueca y el roedor le trepó por la pierna  como si esta fuera un avellano. Hace bastantes años soltaron ardillas en el parque. Hace menos años desparecieron, quizás exterminadas por la incuria ciudadana. Ahora las ardillas saltan, trepan y corretean de nuevo por entre los árboles del Retiro aparentemente sanas y felices. Y, a lo que se ve, más confiadas que nunca. El Duende se acordó del pequeño drama que desata el hamster de la película de Polanski y se alegró de que la ardilla quisiera amistarle. Cambia el clima, pero al menos en algunos detalles parece que vamos tomando aprecio por la naturaleza.

Emoción y respeto del invierno

El invierno puede ser frío y hasta cruel, pero tiene su belleza y da mucho que pensar

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A veces no sabe uno a quién necesita para que le describa sus sentimientos. ¿Hay zahoríes, fontaneros, químicos, ingenieros forestales, jardineros del alma? ¿Hay quien pueda aislar las fuentes del estado de ánimo, y saber por donde fluyen los pensamientos y los deseos, y de qué sustancia se componen, y como arraigan en el corazón y le acaban preocupando, o alegrando, o incluso ilusionando, a lo largo del día?

-Nunca entenderé por qué siento lo que siento-se dice el Duende mientras ve en en espejo esa cara de penca de acelga cocida y fría que se le queda a uno el día después de la Navidad- Nunca seré capaz de describirlo.

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Podría sugerir que el despertar fue emocionante. Eran las siete, brillaba aún la última luna menguante del año en lo alto, y por poniente veía desde su cama el lomo de Gredos que se extiende hacia Extremadura cubierto de un velo blanco. Con el último temporal regresó la nieve a las cumbres. Y con el anticiclón, las escarchas al extenso valle que uno contempla a sus pies, la sierra Guadalupe al fondo y la primera luz dorada del amanecer acariciando a los campos ateridos que median entre una sierra y otra. El termómetro aquí, a setecientos metros de altitud, sólo marca tres bajo cero. En las zonas de la dehesa abierta, más bajas, seguro que serán cuatro o cinco grados menos, porque ahí el clima continental extremado carece de templanza, y no bromea.

Un café para terminar de despertarse. Una ducha caliente. Y luego, aún con la sombra del jinete de la noche alejándose por el horizonte, un paseo breve por el invierno que acaba de presentarse. Silencio. Sólo los tímidos trinos de unos cuantos pájaros –carboneros, mirlos, rabilargos- y el crujir de los propios pasos sobre la sábana de escarcha  que cubre la tierra lo rompen. Qué tesoro, el silencio de un despertar invernal en el campo.

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Y mientras pasea, quebrando con un palo el hielo de algún charco –no se puede dejar de ser niño en esas ocasiones- el observador siente que siente muchas cosas, y no sabe cómo interpretarlas ni mucho menos contarlas. La severidad de la naturaleza. La discreción de la fauna, que hay que ve lo que sufrirá en estas noches implacables, y que jamás protesta. La intuición de que, a pesar de todo, el invierno pasará, y ese escenario helado explotará en primavera  en un nuevo ciclo del milagro de la vida. Y, trenzadas con esas observaciones que, pese a sus años, aún le siguen sorprendiendo, las cuentas que, como en un collar, el tiempo va engarzando en su alma. Alegrías y esperanzas aleteando aquí y allá, como los pájaros de rama en rama. Gratitudes diversas. Preguntas sin respuesta sobe el sentido de la propia existencia. Inquietudes y dudas. Suspiros por los que ya no le acompañan más que en el recuerdo. Y, como extraña conclusión de todo eso, quizás por el cogito ergo sum, que le enseñó don Prudencio en quinto de bachillerato, la percepción agridulce de que la felicidad no va mucho más lejos.

El silencio, la paz, la belleza, la emoción de un día que amanece con sol radiante y nos reconforta. Podría ser más preciosista y sensiblero, pero, al final, lo que le inspira al Duende esta mañana de invierno es un respeto imponente.

El gozo de hacer un jardín

Como esta dama del cuadro de Monet, la protagonista de esta historia también ha sabe del gozo de pasear por el jardín que has ido haciendo con tanto cariño....

Según Bondovío de Parpignac, filósofo, poeta, y polemista del siglo XVIII –no buscar en las enciclopedias, porque este nombre se acaba de inventar ahora para darle más autoridad al pensamiento que sigue- una de las vías más seguras hacia la felicidad que puede emprender el hombre es construirse un paisaje a su gusto.

Algunos elementos de éste, cierto es, escapan a sus posibilidades. Un mar, una montaña, una sierra, un desierto, un lago, una playa, un acantilado, un lago o un río son caprichos del Gran Arquitecto. Pero la voluntad y la mano humanas pueden acotar un punto de vista de la naturaleza que las rodea y embellecerla. Otros llaman a esto jardinería. O, más pretenciosamente, arquitectura del paisaje.

A eso se dedica afanosamente desde hace cuarenta años la señora Belén Bardají, que en algún directorio de la nobleza de España figurará como Condesa Viuda de Pinofiel, pero que en su pueblo, que es Arenas de san Pedro, aún es conocida como la Maribel. La Maribel era una moza morena, espigadísima y reidora. Se casó con un primo del Duende en una boda a la que éste acudió de pantalón corto, y hoy es una floreciente abuela mantenedora de uno de los jardines más hermosos y meritorios que uno recuerda. Por eso lo de floreciente, observen la perspicacia.

La señora Belén se ha propuesto ir a contrapelo de la tendencia natural de su pueblo que, como muchos otros de España, ha hundido sus encantos en los horrores de la moderna construcción urbana. ¡Ay si Don Álvaro de Luna, el de su castillo, y el infante Don Luis de Borbón, el de su palacio neoclásico, levantaran la cabeza! Y qué decir de la Triste Condesa. Vamos, que resucita ahora y solicita cambio de nombre.

-Por favor, señores munícipes. Si no les sirve de molestia, llámenme la Desesperada Condesa.

Afortunadamente para la señora Belén –que, aunque es condesa viuda no es nada triste ni desesperada, sino todo lo contrario- Arenas de san Pedro queda a sus pies. En una pequeña tierra que heredó de su padre en los alrededores del pueblo, justo antes de que la carretera caiga en el hoyo donde se erige el casco urbano, se hizo una casa y, a su alrededor, un auténtico paraíso botánico que es el oasis del viajero estival. Por ahí se dejó caer también este observador itinerante, que aún recuerda su momento germinal. Apenas había entonces unos pinos –hoy enormes-, algún membrillo y, cómo no, la fabulosa higuera con tronco en forma de sirena mitológica que hoy es una de las peculiaridades  más asombrosas del jardín.

Lo demás es el milagro de los que saben construirse un paisaje a su medida. No se sabe si será la corriente de agua  que circula bajo tierra o la mano amorosa de su cuidadora. El caso es que desde ahí el paisaje de Arenas de san Pedro consigue eludir las miserias del cemento y el ladrillo para ofrecer una estampa única de la sierra de Gredos festoneada por las flores de color fucsia de los árboles de Júpiter y los verdes variados de las múltiples especies arbóreas; arces, cipreses, melias, tilos, robles de Virginia aclimatados al tórrido verano arenense, acacias. Y arbustos como el rododendro, o el camelio. Y flores, miles de flores.

Lo grande de todo esto es que, según la señora del jardín, un bosque como el que crece ahí puede hacerse en sólo cuarenta años. Es algo más que el plazo que se tomó el Señor para crear el mundo. Pero no hay atajo sin trabajo, y, como diría Bondovío de Parpignac -y si no lo dijo él, lo dice este menda- hace falta la paciencia, voluntad y, sobre todo, el cariño de Belén para emular la obra del Creador. O sea, para  dibujar los pequeños paisajes  hermosos (léase jardines) que Él no tuvo tiempo de hacer.

La vida puede ser maravillosa


"Carpe pajaritum", podríamos decir. Porque si te metes en profundidades...

"Carpe pajaritum", podríamos decir. Porque si te metes en profundidades...

Cuántos amaneceres y atardeceres podría prestarle el Duende a los estetas. Y no necesitaría más que los de esta otoñada. Ayer tarde, sin ir más lejos. Ven, Escarlata, guapa, mira hacia poniente y vuelve a soltar tu frase: a Dios pongo por testigo…Era verdad. Qué brasas tan maravillosas las que parecía haber dejado el sol al acostarse tras la sierra de Gredos. ¿Quién puede comprar eso? Y estaba allí, gratis, a disposición de cualquiera que se parase y orientara su mirada al último resplandor de un hermoso día.

Y, dicho esto, cuántas amarguras, cuántas preocupaciones y cuántas penas. Un nuevo amigo  visitado por la enfermedad innombrable aquí, otro más despedido a la vuelta de la esquina, aquella buena amiga con depresión, ésta de cabeza porque su hijo se le escapa de las manos e inicia un camino de final imprevisible…El impacto que acusa la conciencia del Duende no siempre es proporcional a la importancia de lo que lo provoca. En el mismo fin de semana en que  se clamaba en forma multitudinaria por el derecho a la vida –qué tranquilidad no ser diputado para no votar ese proyecto de Ley del Aborto por fidelidad a la disciplina de partido-, un reportaje del periódico dominical le astilla sus escrúpulos de buen ciudadano. No es que arda el subsuelo de las Tablas de Daimiel porque la avidez de desarrollo ha secado las fuentes de lo que antaño fue laguna, que ya es preocupante. Es que ha leído en EL MUNDO que miles de caballos a lo que sus dueños no pueden o no quieren ya mantener desfallecen de hambre. Es la sequía más la crisis. Las fotos de estos pobres animales escuálidos, algunos de ellos agonizantes y ya picoteados por alguna rapaz impaciente, le atormentan, por insólitas, tanto o más que las de esas víctimas de los talibanes suicidas que hacen estallar bombas. Qué sensiblero e injusto es el ego. Puede que el día en que el mundo conoció el estallido de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, a alguien conocido le preocupara más un uñero en el dedo gordo de su mano derecha.

La vida puede ser maravillosa, decía Andrés Montes como muletilla que sonaba a insustancial. Quizás se lo creyera, pero se ha muerto a los veinte días de ir a esa escombrera donde desgraciadamente cada día se encuentran más parados.  El Duende agradece ser ciclotímico fugaz, o funámbulo por el filo de la vida que es como el filo de la sierra. En el pico más alto, se alimenta de atardeceres, de nietas, de dulce de membrillo, de algunos recuerdos y del humilde carbonero, un pajarillo precioso que ayer trinaba –vaya usted a saber por qué- como si fuera primavera. En la sima, se duele por cualquier cosa, se desespera porque en su cajón cada día aparecen más calcetines desparejados  o `porque, una vez más, le han cortado  el agua a mitad de ducha. Cuando la sima es más profunda de lo habitual, también se preocupa por el día de mañana, palabra.

La vida puede ser maravillosa. O una mierda, según se mire. El Duende no puede dejar de verla así, como un intermitente que salta del rosa al negro, las veinticuatro horas del día. Y entonces agradece mucho no ser Schopenhauer, sino un superficial que se desliza por el devenir como una pastilla de jabón ya gastada, que se escurre, se va diluyendo y cualquier día se va definitivamente por el sumidero. Pero eso sí, sin darle importancia. ¡Viva la superficialidad!

La luz de la luciérnaga

CourelFueron sesenta kilómetros como fuera del mundo. Su coche era un sherpa. Eso sí, en la provincia de Lugo, dentro de un parque que según los pocos carteles avistados se llama Ancares-Courel. Vueltas y más vueltas, pasar de un valle a otro, verde sobre verde, el brezo morado tintando los riscos más altos. Nadie. Kilómetros de túneles umbríos formados por las ramas de los árboles más frondosos que uno puede recordar. A menudo, chorreones de agua filtrándose por las laderas de bosques espesos de castaños, arces, abedules, fresnos, robles. De vez en cuando, en alguna aldea perdida –Secedas, Sobredo-alguna vaca. Unos pocos tejados de lanchas de pizarra indican que aún vive alguien por ahí. Pero no se ve a nadie. Tan sólo alguna ardilla.

 -No había visto árboles con cara desde que dejé de mirar las ilustraciones de los cuentos infantiles-pensaba Homper, más perplejo que nunca.

Los árboles de ese lugar son tan añosos que cuentan su historia en el tronco. Y acaban mostrando un rostro expresivo, como los del bosque de Pulgarcito o los de El señor de los anillos. No dan miedo, sí admiración -qué artista es la naturaleza- y respeto.

-Y este castaño ya estaba aquí cuando las Cortes de Cádiz- piensa el viajero-Como para que luego venga un imbécil y fulmine la leyenda con una colilla encendida…

La luz limpia y transparente de un soleado día del verano norteño. 21º. Recuerdos piadosos para todos los familiares y amigos que padecen el sartenazo canicular en la España cálida. Y más rabia al escuchar la nueva sangría del verano. En Burgos, bestial atentado de ETA Y en la sierra de Gredos, más familiar para Homper y, lamentablemente, mucho más seca que la del Parque de Ancares-Courel, otro incendio provocado que arrasa de momento tres mil hectáreas.

Homper no quiere sino evadirse. Pero, en el agua del pozo de sus dudas sistemáticas, ve el reflejo de un anciano barbudo cuya cabeza se recorta sobre un triángulo.

-¡Cáspita!-medita el misterioso personaje mientras se rasca la barba-Y lo crié a mi imagen y semejanza…¿Pero era yo tan imbécil?

Por la noche, a la puerta de la casa de piedra del siglo XVIII donde su amigo Manuel Gasset acoge a Homper, una humilde luciérnaga quiere competir en brillo con la media luna. También hacía muchos años que no veía un bichito así. Entonces recuerda la preocupación del Creador y, parafraseando a Groucho Marx, proclama solemnemente.

 -Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a las luciérnagas.


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