Posts Tagged 'The Brother Four'

Nacida un 5 de julio

1
En aquel tiempo el Duende medía el tiempo a su manera. Aún no calculaba bien la duración de las estaciones, y sólo distinguía claramente la parte del año que pasaba en Madrid y el veraneo. La primera llevaba dentro el horror del colegio, mientras que la segunda era aire libre, libertad, juegos, aventura, mar o monte, playas o bosques y prados. Niñas a las que empezaba a mirar con interés o chicas en traje de baño con las que luego cantaba canciones de los Brothers Four o del Dúo Dinámico a la luz de la luna. Felicidad e ingenuidad.

Ese pequeño paraíso partía de una estación. El Duende se ve ahora en la del Norte de Madrid subiendo con los nervios contenidos a uno de aquellos trenes antiguos que ahora sólo vemos en las películas rancias: locomotora de vapor, vagones con asientos capitonés, cortinillas velando aquellas ventanas que se podían abrir, aunque por ellas penetrase la carbonilla, y redecillas cubriendo los reposacabezas. Y compartimentos: esas pequeñas habitaciones cuyas puertas de madera con cristaleras abría el inspector para sorprender a Cary Grant y a Ingrid Bergman besándose o al espía que se camuflaba parapetándose tras el Times.

2
Uno de esos compartimentos lo llenaban en una noche de julio de principios de los 50 la madre, seis chiquillos, los abuelos y alguna persona de servicio. El padre se quedaba en Madrid, trabajando hasta que llegara agosto. Debía de parecer aquello el famoso camarote de los Hermanos Marx. Pero entonces estábamos hechos a las apreturas, y además el tren partía hacia Santander, que al Duende se le antojaba tan lejano como el Polo Norte, y al poco de arrancar la madre abriría una cesta de mimbre y repartía bocadillos de tortilla francesa. ¿Hay algo que sepa más exquisito que un bocadillo de tortilla de francesa en un tren cuando esperan tres meses de vacaciones?

Luego la locomotora arrastraría ese hatajo de sueños infantiles rompiendo la noche. Y pasaría por Reinosa, donde alguien en la estación voceaba precisamente ¡Pan-tortilla de Reinosa!, que este viajerito inquieto lo escuchó en su duermevela, y el tren se detendría por la mañana a unos metros del mar. Qué emociones incomparables. Era un día como este, un 5 de julio, la fecha del cumpleaños de Paloma. Han pasado muchos años desde entonces, pero esta imagen la lleva el Duende prendida a la memoria con imperdible, pues el cumple de Paloma era el anuncio del veraneo, de la libertad, de la alegría. De casi todo lo positivo de la vida, que ella ha sabido administrar y suministrar con sobrado talento.

3
Qué caprichosos son los genes. Y cómo en una misma familia pueden dibujarse biotipos tan distintos. Había en la camada del Duende hermanos que, simplificando, definiríamos como complicadillos, sencillos y mediopensionistas. Los números 1 y 5 de la serie ven tantas luces como sombras, y hasta cuando se ríen recuerdan la angustia de vivir. El 4 podía ser mediopensionista, pues era tan sencillo como noble, pero con carácter y muy suyo. El números 3 transita aparentemente sin grandes problemas existenciales, y tiraría hacia el lado positivo si no fuera porque late en él un prudente espíritu de censor de cuentas. La 6, un pellizco de Santa Teresa y otro de reina sueca, quizá escribiría una novela de amor y lujo si todo en su agenda fuera por caminos de rosas. Pero la 2, Paloma, es tan extraordinariamente buena, ingenua, sencilla, animosa y positiva que, pese a sus problemas –que los tiene, como cada quisque- siempre se ha desmarcado de un grupo de nebulosos paréntesis al que le cuesta responder sí o no incluso cuando se le pregunta si le gusta la leche merengada..

-¿Verdad que no parezco de mi familia?-suele decir ella misma burlándose de las dudas y rodeos de los más de sus hermanos.

Y es verdad. Los hay complicadillos, sencillo o mediopensionistas. Y luego está Paloma, esa niña tan mona y tan simpática, petillant dirían los franceses, pecas y dos coletas, con la que viajábamos en tren hacia un territorio amable y sin problemas. Un 5 de julio, como hoy, cuando sólo nos esperaba el reino de las vacaciones.

3
Paloma tuvo mucho éxito con los chicos. En uno de aquellos veraneos del norte Manuel Martín Ferrand le cantaba con la guitarra aquello de Triste y sola, sola se queda Fonseca y cuando llegaba a esa frase clave que varias generaciones hemos utilizado para intentar ligar (yo no puedo querer más que a una / y esa una mi niña eres tú) le hacía ojitos. Cuando el Duende tenía trece años ella, que ya era una señorita, coqueteaba con un hijo de un marino rubio, atlético y de sonrisa Profidén, como primo de los Kennedy, que además era un gran portero de fútbol. Al Duende le parecía el novio ideal para una hermana, porque tenía su propia escala de valores Pero entonces apareció Ramón, también de muy buena familia, aunque más moreno que el portero, y la cosa cambió.

Se daba el mozo un aire con Humphrey Bogart y además tenía Vespa, un padre con haiga y sabía inglés. Y la conquistó. Ramón se hizo un excelente abogado, y Paloma se casó con él e hizo una boda no menos excelente. Luego tuvo el coraje de apuntarse a la Universidad para mayores de 25 años y hacer la carrera de Periodismo, y bregar como política municipal en la extinta UCD. Mientras tanto crió dos hijos y dos hijas, ellas guapísimas, y multitud de nietos. Y gracias a su encanto, a su personalidad y a su generosidad ha sabido sortear los sinsabores de la vida y acumular entretanto incontables amigos y amigas que hoy la adoran y estarán encantados de felicitarla por haber cumplido tantos años… de juventud en el corazón.

4
En la familia del Duende la vehemencia no era precisamente lo que caracterizaba a las relaciones entre hermanos. No fueron entre ellos lo que se dice uña y carne, ni se besaban, ni se hacían grandes confidencias. El padre era hombre de gran intensidad sentimental, pero la madre fue educada para controlar las emociones con esa dignidad que respiran los retratos de los antepasados. Algo de ella caló en el distanciamiento que a veces proyecta este menda. El caso es que a los hermanos les cuesta expresarse cariño.

Por eso hoy ha rescatado el Duende esta foto añeja. No la tiene a ella para besarla y felicitarle, como debería ser en el día de su cumpleaños. Y casi lo prefiere, pues así no rompe la flema que, salvo en su caso y en alguna otra excepción, es la dominante de la familia. Pero mira a Paloma de niña, entre María Rosa y Pablo, y así no le molesta que le aflore la ternura. Pues ya no ve sólo a una hermana, sino a aquella chiquilla que cumplía años el día que salían de veraneo, y se abrían las puertas de la alegría. Ella, tan sencilla aparentemente, ha sabido interpretar la vida como nadie. Se subió a ese tren con entusiasmo, lo vivió con espíritu positivo y ha logrado desparramar felicidad por donde pasa. ¿Puede pedir más?

Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

2

Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

-Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

3

Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

4

Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

-C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

5

El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

-


Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,194,777 hits

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 175 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: