Publicaciones Etiquetadas 'Tía Clota'

La baba nacional

Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

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Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

-Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

-¿De qué boda, tía?

-De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

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Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

-Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

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La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

-¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

 -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

Cómo mola Querétaro

Con motivo del Día del Español el Instituto Cervantes invita a encontrar la palabra más bonita de nuestro idioma. Y a propuesta del actor Gael García Bernal, es elegida Querétaro. Pues vale.

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A veces es verdad que los árboles no dejan ver el bosque. Desde la distancia transoceánica que marca su casita en Nueva Inglaterra la tía Clota, que cada vez espacia más sus conexiones con Homper, ve cosas en las que aquí apenas reparamos. No vamos a aburrir con los múltiples motivos de estupefacción que nos depara la actualidad. Ayer la anciana se ceñía simplemente a una muy menor que estos días recuerdan los medios

-¿Así que Querétaro es la palabra más bonita de nuestro idioma según el Instituto Cervantes?

Homper no supo qué decirle.

A Homper la noticia también le pareció una ocurrencia, una genialidad de un mago de las redes sociales para promocionar a una ciudad que en principio, no figura en el diccionario, sino en las enciclopedias. Aunque los topónimos también son palabras, el hablador tiende a pensar que en una encuesta así iba a salir cualquier otra más hermosa y biensonante que el esdrújulo nombre de una ciudad mejicana.

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Comentaba  Homper las razones de tan extraña elección y se las explicaba a su tía.

-Sobre todo, el creciente poder de Internet, que va a acabar siendo el parlamento inmediato del pueblo. Ya ves tía, las redes sociales lo mismo te organizan un 15 M que acabará otorgando los premios Nobel, ya verás. Y luego, la pusilanimidad del personal para atreverse a nadar contra corriente. Se empieza a difundir una consigna y cuando quieres decir tu opinión te recuerdas aquello de que tanta gente pensando lo mismo no puede equivocarse…

-Ya –cortó la anciana- En m tiempo decíamos: ¿dónde va Vicente? Donde va la gente.

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La gente confunde en esta cuestión fondo y forma. Sorprende que en el primer botepronto de una entrevista rápida  para la tele dos personas con tan buena cabeza como Mario Vargas Llosa y Vicente del Bosque dijeran obviedades como libertad y fútbol. Algo que sin duda significa mucho en su escala de valores, pero que, por obvio,  no es de esperar en mentes tan privilegiadas. El escritor sobre todo debería apreciar que la belleza de una palabra no tiene por qué estar unida a su significado.

-Coño-pensó Homper-no es una palabra especialmente bonita. Pero clítoris, que le queda tan cerca, a mí si me lo parece. Como pan, como delirio, como donaire, como añoranza, como berbiquí, como alfeñique.

A Homper le gustan sobre todo las palabras juguetonas.

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En Querétaro fue fusilado uno de los emperadores más breves de la historia, Maximiliano de Méjico, que pocos sabrán qué pintaba allí. Incluso él, cordero pascual de intereses supranacionales. Leyó Homper su triste historia en la novela Noticias del Imperio, del escritor  Fernando del Paso, y reconoce que quizás ese drama pesa en su estupor por el momentáneo esplendor de esta palabra. Como pesa el considerar que en esa ciudad Butragueño metió cuatro goles con la Selección Nacional de Fútbol, en uno de los mejores partidos de la larga etapa en la que España nunca ganaba casi nada. Naturalmente, en los considerandos del fallo, se decía que Querétaro significaba “la isla de las salamandras azules”. Aunque en purépecha parece significar sólo “juego de pelota”. Al final querían darle la razón a Del Bosque, aunque para vestir el muñeco aireasen lo de las salamandras azules, como si los hispanoparlantes fuéramos ante todo poetas y naturalistas, y tuviéramos especial predilección por esta clase de reptiles y `por el color azul.

-Se ve que había que echarle cuento, tía.

-Quizás-admitió la anciana- O cara de algún despabilado para promocionar el lugar…¿Por qué sí Querétaro y no Alba de Tormes, con lo bonito que es ese nombre?…

Lo dicho, el poder del sexto poder, que es Internet. La moda. El irresistible mimetismo de lo  políticamente adecuado. Las ganas de epatar al burgués. Cómo mola todo.

Georgi Dann ataca de nuevo

Si el Corte Inglés es el espejo del sueño de los españoles, esta vez nos ha fallado...

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Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

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La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

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Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

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Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y , así las cosas, ahora quería  morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Georgi Dann ataca de nuevo

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Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

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La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

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Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

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Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y se quiso morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Periodismo y publicidad. Todo es relativo…

Habrá que enunciar la nueva teoría de la relatividad en la información...

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Sonó el teléfono y el Duende se precipitó a cogerlo. La gente ahora llama menos. Unas veces piensa que hasta en eso se nota la crisis: en todo se puede ahorrar. Otras veces le da por creer que es cosa de su edad y de su retiro. Ya no es necesario para casi nada, y está fuera de la pomada, y tampoco está enfermo, y además ya sentó las reglas para esquivar a los únicos que aún siguen, erre que erre,  al aparato.

-¿Es usted el que deseo que sea?-quieren decir- ¿El responsable del contrato de…?.

-Lo siento, mire –suele excusarse- Ya no se con quién tengo contratada la luz, ni el gas, me han hecho ustedes un lío Se me ha olvidado ya el número de llamadas sobre este asunto que he tenido que atender, aunque no creo que ni IBERDROLA, ni ENDESA, ni UNION FENOSA ni GAS NATURAL me salven la vida. Pero ya  no acepto llamadas comerciales, gracias.

A veces piensa que detrás de esa voz generalmente suramericanita que le suplica atención, hay un puesto de trabajo que necesita acreditar tantas llamadas para no tambalearse.

-Usted es un encanto –acostumbra a añadir para edulcorar la píldora amarga- y hace  muy bien su trabajo. Pero su compañía es una pelmaza, lo siento.

Cuando es un robot el que llama, se ahorra estas palabras.

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Sin embargo aquella era una llamada distinta. Venía de Iñaki Gabilondo, que no llamó a este infeliz ni una sola vez durante los casi diez años que coincidieron en la cadena SER.

-Verás- le dijo- Te llamo porque me ha dicho Fernando Onega que pase la bola. A él le llamó Juan Luis Cebrián, al cual había llamado Luis María Ansón, que a su vez había recibido una llamada de  Paloma Gómez Borrero. Esta fue avisada por José María Carrascal, que recibió la noticia de Carlos Herrera, el cual seguía la cadena que le comunicó Luis del Olmo. ¿Sabes?…A Luis le dio el queo Pedro J. Ramírez, advertido por MaríaTeresa Campos y por Pilar Cernuda, que a pesar de sus discrepancia ideológicas había creído lo que le dijo Enric Sopena, entre otras cosas porque el que se lo había dicho a éste era Miguel Angel Aguilar, al cual habían llamado anteriormente Julia Otero y Angels Barceló. Angels parece que se enteró del asunto a través de Ernesto Saenz de Buruaga, puntualmente informado por Matías Prats, con el que se habían comunicado Pedro Piqueras y Olga Viza. Pero te mentiría si te ocultara que nombres como los de Susana Griso, Pablo Sebastián, Ana Rosa Quintana, Paco González, Carlos Carnicero, Raúl del Pozo, Ignacio Camacho, y Gistau suscriben el mensaje. Y, cómo no, el infalible Jaime Peñafiel y el pontífice de la corrección en todo, que es Josemi Rodíguez Sieiro…La cosa es que…

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En ese momento le sonó el móvil, descolgó de una forma mecánica y tuvo que escuchar la voz de su amigo Homper, tradicionalmente impresionable por casi todo lo que pasa en el mundo.

-¿Sabes?…-dijo el Hombre Perplejo- He hablado con la tía Clota, que vive en Vermont. ¡Y me dice que le ha llamado nada menos que Oprah Winfrey, por recomendación de Larry King!…

-Un momento, Homper- le cortó el Duende- Es que hablaba con Iñaki Gabilondo…

Lo cierto es que el Duende esperaba que la llamada del gran periodista español le despejara alguna de las dudas del día. ¿Se recuperará Japón de este terremoto? ¿Se reabrirá el debate nuclear? ¿Acabará Gadafi barriendo a los rebeldes y desafiando a Occidente? ¿Dirá Zapatero si se presenta a la reelección? ¿Irá a la manicura Belén Esteban?

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Pero las cosas ya no son lo que eran, pensó cuando le colgó a su maestro radiofónico.

-¿Qué te ha dicho Iñaki? –preguntó Homper impaciente.

-Que la vida es otra cuando lo tomas, y que  me una a la cadena ACTIMEL.

-¡Coño!-exclamó el Hombre Perplejo- Eso es lo que me ha dicho la tía Clota que le dijo Opra Winfrey: esto no ha hecho más que empezar.

Al Duende le vino a la cabeza aquella máxima de Álvaro de la Iglesia que presidía la cabecera de La Codorniz: donde no hay publicidad, resplandece la verdad. Recordó que se había pasado su vida entre los publicitarios y los periodistas. Los publicitarios decían una verdad interesada, pero no ocultaban que cobraban por ello. Los periodistas eran otra cosa.

-Ya nada ni nadie es lo que era-sentenció Homper- ¿Será verdad la verdad?

La verdad es que este relato fue un sueño. Pero ahora que están despiertos, tanto el Duende como Homper admiten que no tienen muy clara la respuesta.

La pesadilla de los contragoyas

¿Qué hizo el de Fuendetodos pra merecer ésto?...1

Ya le chocó bastante a Homper el nombre de los premios que venían a ser una especie de contragoyas. Un académico travieso había decidido sustituir al pintor de Fuentedotodos, que al fin y al cabo no había inventado el cine, por otra palabra malsonante con la que rima tan ilustre  apellido. La palabra es del género femenino, pero designa algo muy masculino. O sea, que cumplía con el lenguaje políticamente correcto que mandan los cánones modernos, para satisfacción de la clase política, tan pendiente siempre de la cultura.

-¡Y qué potente resulta el trofeo!-comentó la Academia del Cine cuando le presentaron aquella cosa en forma de menhir modelada en bronce.

Los presentadores de la gala eran Groucho Marx, que había resucitado para la ocasión, y Santiago Segura. Para que nadie se llamara a engaño, este aparecía directamente convertido en el célebre y nunca bien ponderado inspector Torrente, con su camisa mal abrochada enseñando su tripilla blanquecina, su chaqueta nevada de caspa por las hombreras y su cabeza grasienta correctamente peinada. A lo largo de la gala, él mismo aplicaba su fijador salivar escupiendo sobre las palmas de sus manos de cuando en cuando y esparciendo tan eficaz brillantina sobre las crenchas de su cabello. Como contrapunto femenino estaba La Maña, vestida con un modelo de un tal Delfín, que explicaba  así su audaz propuesta.

-La palabra cine viene del griego clásico, y como Creta queda más o menos por ahí pues me he inspirado en las macizas que aparecen en los mosaicos de Knosos, que son como muy modernas. O sea, que el escote de La maña va exactamente por debajo de las tetas, fashion total, y así pasamos  de la horterada esa de enseñar sólo el canalillo. Ni Marilyn se hubiera atrevido a tanto, chatitos.

La ministra de Cultura, a la sazón Chus Lampeave, representaba un contrapunto clásico y muy serio, pues vestía un modelo de Francis Montesinos que reproducía exactamente el atuendo que llevaba Isabel la Católica en el conocido cuadro de La toma de Granada pintado por Pradilla. La simpática Chus, con su corona y su larga capa, apareció en escena  a lomos de un brioso corcel , y estaba realmente mayestática posando de tal guisa para la foto final.

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-Estas son las películas y los profesionales premiados-dijo el fantasma de Groucho- Pero si no les gustan, tengo otras…

Y el público enfervorizado se echó a reír y prorrumpió en aplausos.

-¿Es usted un cineasta libre e independiente?-le preguntó a otro de los premiados-¿Está dispuesto a renunciar a las subvenciones del Ministerio de Cultura, de la televisión autonómica correspondiente, y del FAPI, Fondo de Ayuda para Productores Incompetentes?…¡Conteste antes a la segunda pregunta que a la primera!

El premiado puso una cara extraña, `pero el público celebró la ocurrencia con nuevas risotadas.

Cuando la mejor actriz recibió su premio,  Groucho sacudió la ceniza de su veguero, echó un vistazo a aquella grosera verticalidad de forma sospechosa y volvió a parafrasearse.

-¡Qué barbaridad, señora!…Yo en su lugar no lo cogería…

El puro de Groucho era, más que una provocación, un crimen de lesa salud pública. Pero los guionistas de la gala, que eran Boadella y Fernando Arrabal lo resolvieron brillantemente dando entrada a Silvio Berlusconi que apareció a paso ligero encabezando un pelotón de bersaglieri compuesto por sus mamachichos favoritas. Éstas le arrebataban el habano a Groucho y se lo llevaban a la trena mientras il Cavalliere, genio y figura hasta la sepultura, se quedaba galanteando a la Maña y a Chus Lampreave para darle más categoría al evento.

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Pero el momentazo de la gala fue cuando Torrente dijo por primera vez el nombre del nuevo premio para las estrellas del séptimo arte.

-Señoras y señores…¡Comienza la entrega de las Pollas del cine español!

Y tampoco quedaron nada mal las dedicatorias, que dejaban atrás el estilo melifluo y untuoso para iniciar un nuevo tipo de lenguaje más acorde con los nuevos tiempos.

-Dedico esta Polla al capullo de mi padre –dijo el premiado como mejor guionista- que quería que yo fuera guardia civil. Y a la guarra de  mi vecina, que mientras que yo escribía el guión se paseaba en pelotas por la terraza para distraerme, la muy puta…

Se estiraba Torrente con finas metáforas sobre el felpudo de la vecina cuando Homper se despertó sobresaltado. Todo había sido un sueño.

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Quizás un mal sueño, pensó.

Aunque luego recordaba las múltiples ceremonias de este tipo que había presenciado a lo largo de su vida. Entregas de premios, mitines políticos, inauguraciones, convenciones de empresa, programas de televisión donde se tiene que adular a los premiados, a los colegas, a los equipos,  al público que se lo merece todo. La feria de las vanidades, el borreguismo de lo bonito, el vacuo lenguaje del halago y del eufemismo, la cursilería, el autobombo. La falla que quemamos en nuestro propio honor.

-Otro pan y circo que  pone espejos deformantes al alma humana para redimirla de sus miserias-concluyó

Lo comentó luego con la tía Clota, a la que ya no le divierten ni la fiesta de los Oscars, que son más o menos igual de repetitivas y empalagosas que nuestros Goyas. No se atrevió a contarle el sueño de las Pollas del Cine, porque le pareció demasiado fuerte para una anciana. Pero estaba seguro de que entendería su afán feístaiconoclasta y destroyer por el hartazgo de purpurina, de fuegos de artificio, de espuma y de glamour.

-No lo soporto más, tía-suspiró Homper- Soy demasiado viejo como para que me  sigan  contando la vida y el cine como si fueran una estúpida tarta de nata con guindas.

Como si fuera una falla.

El discurso del Rey y el discurso de la calle

Pregunta: ¿es el Rey el único que debe esforzarse en hablar un poco mejor?...

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El Rey también habla mal. Cuando se irrita, para desahogarse y vencer su tartamudez, grita como un jaimito enloquecido: coño, teta, culo, pedo, caca, pis. Naturalmente, no es el rey Juan Carlos, al que pese a su reconocida espontaneidad sólo se le ha pillado un por qué no te callas que el presidente Chávez se había ganado a pulso. Sino Jorge VI de Inglaterra, admirablemente representado en El discurso del Rey por Colin Firth. No se le parece éste físicamente en nada, con lo cual no ha sufrido las críticas que aquí levantó Puigcorbé por aprovechar su lejano parecido con el borbón para imitarle en uno de esos seriales que han pasado recientemente por la tele. Pero interioriza el problema de Jorge VI, vive su angustia y su frustración en cada uno de sus gestos,  y se los traslada al espectador con una autenticidad tal que este acaba olvidando si el rey verdadero era más alto, más rubio, más elegante o más guapo que Firth. Este le ha ganado el alma, y esa es la que acaba emocionando y, al cabo, convenciendo. La magia del saber actuar.

Lo demás también ayuda. Magnífico Rush en la composición del falso logopeda Logue. Insuperable Michael Gambon en su breve intervención como Jorge V: qué voz y qué dicción. Qué maravilla. Y qué diálogos. Como la fotografía, de una sutileza dramática que se hace casi poesía. Como la ambientación. Como la dirección, de Tom Hooper, que puede estar orgulloso de haber filmado una película histórica sin caer en ninguno de los vicios tradicionales de este  tipo de cine Una gran película y un rato delicioso, en suma.

Aunque el Rey tenga que hablar mal para conseguir acabar hablando medio bien.

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El pobre duque de York, que iba a ser rey a su pesar, hablaba mal por problemas de dicción. Y necesitaba hablar bien para un discurso trascendental Pero una cosa es la dicción y otra el lenguaje. Para ambas cosas usa el castellano el verbo hablar. La polisemia se extiende también a la palabra discurso: hace unos años un discurso era sólo una pieza oratoria. Ahora decimos discurso también al contenido de esa pieza oratoria. El discurso, según esos que ahora su llaman politólogos, viene a ser la enunciación del pensamiento.

No tiene claro este bloguero cómo andaremos los españoles de pensamiento. Sospecha que no muy lucidos. Pero velay por donde, el mismo día que quedaba fascinado por El discurso del Rey había leído un artículo de Juan Cruz donde denunciaba que el lenguaje de la basura se ha instalado en la política, en los medios y amenaza con empobrecer nuestro idioma. Artistas, deportistas, polemistas y políticos deslenguados animan el patio. Yo soy más golfo que tú puta, y gilipollas el último, que si no, no vamos a parecer ni modelnos ni progres, y además ninguna cadena paga nada por ser bien educado. Pues qué alegría.

¿Se atreverá a recordar alguien que el lenguaje cada vez más sucio y barriobajero acaba envileciendo el pensamiento?

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El discurso del pueblo no tiene por qué ser el del Rey. Todos hablamos mal en todos los sentidos. Cometemos errores de sintaxis y de dicción, manejamos poco vocabulario y además soltamos tacos y palabrotas a dos por tres: porque estamos enfadados o porque ya nadie se escandaliza por nada, y queda gracioso y espontáneo que incluso la gente culta caiga en la jerga canalla.

No estamos obligados al cuidado que debe mantener un rey, porque no encarnamos más que nuestra propia representación. Pero los que han recibido una buena educación  no deberían (o deberíamos) traspasar los límites del decoro y la sensibilidad. La moda se fuma un puro en estos melindres pasados de moda. La inteligencia debería, a su vez, fumarse un puro también y despreciar las memeces y los excesos que impone la moda. Hablar mal no tiene por qué estar bien. Lo digan Cela, Almodóvar, Pérez Reverte, De la Riva, Jiménez-Losantos, Pajín, o Casillas, cuando, por valorar la hazaña de ganar el Mundial de Fútbol acudió a la palabrota comodín que ya no se le cae de la boca a casi ningún joven: ¡es la hostia!

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La tía Clota, que estudió filología y literatura y fue profesora de español en Estados Unidos, donde aún vive, se escandaliza por el uso y abuso de una palabra que los que tenemos una cierta edad y recibimos educación religiosa nos resistimos a banalizar.

-¿Por qué ahora todo es la hostia? –se pregunta sorprendida.

Antes fue la repanocha, el despiporren, el acabóse, el no va más,  la pera limonera, la bomba, o incluso la leche. Pero ahora es la  hostia. Antes fue la bofetada, la galleta, la chuleta, la colleja, el capón,  el golpe, el trastazo,  el trompazo, el  batacazo. Ahora también eso es la hostia. Antes el adjetivo  fue bueno, inolvidable, bellísimo, grandioso, histórico,  emocionante, irrepetible, insuperable…Ahora también es la hostia.

Lo positivo o lo negativo, el bien o el mal, la felicidad suprema o el infierno, le perfección o el desastre. Todo se resume en esa palabra. No goza la oblea blanca que se consagra en la misa del mismo cordón sanitario que el lenguaje políticamente correcto  está tendiendo sobre otros errores u horrores del lenguaje tradicional. Se eliminó del diccionario judiada, nos mordemos la lengua antes de decir moros y maricones, y  llamamos conserje al portero para  halagar su autoestima. Procuramos no ofender a los discapacitados y barremos los residuos sexistas de nuestro modo de hablar. Aunque eso sí: la hostia a todas horas, venga a cuento o resuma  la incapacidad e ignorancia del que está tomando la palabra. A la inmensa mayoría, acostumbrada al vive y habla como quieras, esta simplificación de lo sagrado les resbala. Al cristiano tradicional quizás le ofenda y le sorprenda. Pregunta: ¿qué pasaría si, según la doctrina musulmana, la hostia simbolizara el cuerpo de Mahoma?

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Comparte este bloguero la perplejidad de la tía Clota. Pero reconoce que está a punto de entrar en la ancianidad oficial, y que cada día pertenece un poco menos al mundo que vivimos. Como Jorge VI,  necesita un logopeda justo para lo contrario: corromper aún más su palabra y y enseñarle a malhablar y a insultar como manda la academia de la calle. Aunque siga pensando que el discurso de ésta, sin ser tan pulcro  como cabe exigirle a un rey, debería recoger al menos el buen sentido y la gracia que antes distinguía al pueblo.

Improperios perdidos en el universo

Menos mal que nuetros improperios, insultos y sandeces se pierden en la inmensidad del universo...

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Sostiene la anciana tía Clota que la vejez libera. Durante toda su vida intentó ser mujer discreta y contenida. Lo que antes se decía una dama de buena educación. Le recuerda a su ya también anciano sobrino Homper que ella lo pasaba muy mal cuando en un restaurante le servían un plato impresentable o en mal estado.

-Pero no por mí- aclara- sino por la pena que me daba el restaurante…Pobrecillos. ¿Cómo les iba a mortificar encima recordándoles que eran unos incompetentes?…

Pero la vejez libera y, a menudo, también deslengua. Y en su conversación –cada vez menos frecuente-  a través de Skype con el único pariente que le queda en España, que es Homper, manifiesta que cada vez es más intransigente.

-Ya no tengo pelos en la lengua, sobrino. El otro día descubrí un pelo en un pastel de manzana que pedí en un cofe shop y no me callé. Son ustedes unos sucios, y no se para qué se ponen ese gorro blanco. ¿Cómo es posible que no cuiden esos detalles?…

Celebraba ayer su particular tea party en casa con sus amigas Thelma y Edwina. Según ella no es que estén enfadadas con Obama, sino desengañadas de la condición humana.

-Fuimos tan bobas como el ser humano-precisa-Siempre creemos lo imposible cuando es bonito, y nos dejamos encandilar por las buenas palabras…¿Cómo dice el refrán español?…¡Ah sí!: una cosa es predicar y otra dar trigo.

Predicar y dar trigo…

-A Noé le vas a hablar del diluvio, tía –rezonga Homper, siempre sorprendido por las salidas de la tía- Aquí en tu patria natal de eso sabemos mucho…

Y se enredan a hablar de España sin tocar ni a Javier Bardem ni a Pe, que son lo que más conocen de nosotros en el país del tío Sam.

2

-Recuerdas aquél libro que arrasó hace muchos años en las librerías que se titulaba La conjura de los necios?...Pues ahora tu vieja España, tía, parece la conjura de los bocazas.

Y repasa Homper las trifulcas originadas por los excesos verbales de determinados políticos e intelectuales españoles: los morritos de Leire Pajín que tanto excitan al alcalde De la Riva, el mierda con el que cariñosamente el académico Pérez Reverte despacha al ex ministro Moratinos, las lolitas japonesas con las que se entretenía Fernando Sánchez Dragó. Atrás va quedando lo de la señorita Trini que Alfonso Guerra dedicó a la hoy ministra de Asuntos Exteriores o los tontos de los cojones que votaban a la derecha que acuñó el alcalde de Getafe Pedro Castro. Deja caer al respecto la tía Clota algunas observaciones. Por ejemplo, que todos metemos la pata alguna vez. Por ejemplo, que a todos se nos escapa de vez en cuando alguna palabra improcedente.

-Y sobre lo de los escritores bocazas…Dos cosas: primera, la fama es una patente de corso para decir lo que los demás no se atreven ni a sugerir. Segunda…¿a quién le sorprende ahora la amoralidad de los creadores?

Y cita de carrerilla los nombres de Chaplin, de Woody Allen, de Polansky, de William Borroughs, ídolo de la beat generation, de Henry Miller…

-Mira, sobrino- precisa- Debe de ser que la gente no lee o no quiere enterarse. Pero yo, como profesora de español en Estados Unidos, tuve que leer toda la obra de Francisco Umbral y me quedé estupefacta de las cochinadas que su literatura, en buena parte autobiográfica y a mi gusto preciosa, larga por esa plumita…¡Angelitos, los genios! ¡Y santas las  esposas que los aguantan! Menos mal que mi marido, que en paz descanse, sólo era un granjero…

3

Se enredan hablando de libros, y Homper vuelve a decir que a sus casi sesenta y cinco años le sigue resultando cada día más difícil elegir una lectura.

-No lo se, tía –dice el Hombre Perplejo-Me encantaría leer un best seller de princesas muertas y olvidarme del mundo. Pero sabiendo tan poco de todo de cuando en cuando intento ilustrarme.

Y le habla del libro que se trae entre manos, Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson, un best seller de divulgación científica con el que trata de paliar el déficit que arrastra desde que se decantó por el bachillerato de letras.

-Sinceramente, no entiendo casi nada, tía –confiesa-Pero, gracias a Hubble, si se que nuestra galaxia es  sólo una de las 140.000 millones de galaxias que hay en el universo. Fíjate, si  cada una de esas galaxias fuera un guisante congelado cabrían a duras penas en el Royal Albert Hall de Londres. Y además las otras galaxias se alejan de la nuestra cada vez más rápidamente, porque vivimos un universo en expansión permanente…

A la tía  Clota  le reclamaban sus compañeras de tea party, pero no quiso despedirse sin una reflexión para la felicidad.

-Qué tranquila me dejas, sobrino.  Al menos estoy segura de que no llegan allí las estupideces que decimos y por las que peleamos aquí abajo.

Contra la recalcitrante estolidez de algunos poíticos

Pero qué borricos son algunos, caramba...

Sorpréndese Homper de la necedad recurrente del ser humano. Una vez más. Espeja ésta, cómo no, en un político, para abundar en esa creencia común –que sin embargo no comparte- de que no nos merecemos esta clase política. Homper está más bien convencido de que los políticos son así porque los votantes somos así,  y no cabe esperar otra cosa.

-¿De verdad lo dices? –se preguntaba estupefacta la tía Clota, que aunque aparezca poco por aquí sigue vivita y coleando.

-De verdad, tía. La matemática electoral, como el algodón del anuncio, no engaña.

Sostiene Homper que el fenómeno Obama, que ahora parece fogata de viruta, era el reflejo de una necesidad del pueblo norteamericano. Querían  oxigenarse e ilusionarse después de aquel fenómeno de torpeza que se llamó George Bush.

-Volverá el tío Sam donde solía –pronostica la anciana nacida en Granada y hoy ciudadana de los Estados Unidos.

-Como vuelve aquí el PP a meter la pata cuando lo tienen más fácil…Porque tú no sabrás quién es León de la Riva, pero….

Y le cuenta que este caballero, alcalde de Valladolid ha querido criticar a la nueva ministra Leire Pajín y en lugar de expresar sus dudas con corrección se ha pasado: de grosero y de machista.

-Y casi más de lo primero, tía, porque si te cuento lo que dijo…

Le ahorra a su anciana tía las bobadas de este munícipe deslenguado, pero no le oculta que a veces se imagina él mismo irrumpiendo como un Cicerón de nuestro tiempo en el foro de políticos pasmados -con Rajoy al frente de ellos- y repartiendo catilinarias en forma de consejos elementales que entendería hasta el que asó la manteca.

-Escucha, tía…Consejo 1.Piénsate lo que vas a decir antes de decirlo. Consejo 2.Considera que el lenguaje cuartelero y el humor chabacano son contraproducentes. Consejo 3. Ten en cuenta que aunque puedas tener razón en el fondo, puedes estropearlo toDo si, por querer ser gracioso, te pasas de listo…

-Resumiendo, sobrino-corta la tía Clota- Si quieres ser político, no seas gilipollas, ¿no?

Y Homper se queda perplejo al comprobar que, con la edad, su anciana tía ha perdido modosidad, pero no clarividencia.

¿Hijos o cuervos?

 

Hay que tener cuidado con lo que se cría...

 

No me lo podía creer. Me llamaron, entré en la sala y allí estaban todos. Sentados en la mesa rectangular con la tapa de cristal, ante una carpeta con folios, un lápiz de Johann  Sindel, y, cómo no, una botellita de agua mineral cada uno. En todas las empresas modernas se bebe ahora mucha agua mineral. Aunque luego, para aliviarla, tengas que salir a los WC comunales que compartes con los empleados de otras empresas.

Pero a lo que iba, que estaban todos los miembros de mi consejo de administración.. El Duende, la tía Clota, Homper, el bloguero. Me invitaron a sentarme y me entregaron una carta.

-Lo sentimos-me dijeron-pero quedas despedido.

Me quedé helado.

-¿Cómo es posible?-protesté-Yo fui el creador de todo esto…

-Hijo, ¿no has leído la noticia?-dijo la tía Clota mientras me largaba un periódico.

No me lo podía creer. El peluquero Lluis  Llongueras había sido despedido de Llongueras por sus propios hijos.

-Los tiempos cambian- creí escuchar a mis espaldas mientras abandonaba la sala dando un portazo

-Cría cuervos…-refunfuñé.

Y como ya ni hay lógica ni hay principios, llamé a Natalia Gontriakova, una antigua  espía rusa que ahora se dedica a hacer paisajes con hojas secas, y nos fuimos a cenar unos callos con garbanzos.

Ver Madrid con otros ojos

Un poco más a la izquierda, se descubre la cúpula y la esbelta torre neomudéjar de la Iglesia de la Santa Cruz, una estampa en la que probablemente no muchos madrileños han reparado...

Darle una vuelta a lo que ves todos los días, o mirar de otra forma lo que se te pone ante los ojos. Según Homper – el Hombre Perplejo, el que aún es capaz de sorprenderse por cualquier cosa- esa es una buena receta para  no ser machacado por la rutina. Lo proponía a sus compañeros de tertulia  ateneísta, que contaban sus planes de verano. Aunque nunca está demasiado seguro de casi nada, esta vez se sentía en condiciones de dictar sentencia.

-Los que estamos de vuelta de todo despreciamos la visión del turista –dijo- Creemos que el buen viajero es el que vive los sitios que visita como un natural del lugar. Pero tan paleto es viajar coleccionando sólo postales como no descubrir los tesoros de tu ciudad sólo porque están en la agenda obligada de los viajes organizados.

O sea, que de vez en cuando está bien ser turista en tu propia ciudad. Lo descubrió el día en que tuvo que pasear por Madrid a  Nora, la peluquera de la tía Clota. La quiero como si fuera una hija, sobrino- le había advertido ésta– Así que tú, que tienes tiempo y eres  un encanto cuando quieres, serás su guía ideal. Hazme el favor…

Homper refunfuñó. Recordó luego que, siendo nacido y vecino de Madrid desde siempre, no había puesto los pies en el Palacio Real y en ese rincón entrañable que es el vecino Convento de la Encarnación hasta después de cumplir los cuarenta. De manera que en el corto espacio de una semana hizo de tripas corazón y se convirtió en el cicerone de Nora, una americana de Nueva Inglaterra pecosa y pelirroja, de piel blanquísima y elegantes andares, que reunía datos tan contradictorios como ser una enamorada de la literatura española del Siglo de Oro y coleccionar dedales decorados como souvenir de los lugares que visitaba. Se sorprendió de lo agradable que es observar las crestas  monumentales de los edificios del centro desde esos autobuses londinenses descubiertos que ahora hacen el sightseeng tour de la capital, aunque fuera sentado entre una madurita peluquera de Vermont –por cierto, no fea- y una legión de japoneses y japonesas que lo fotografiaban todo compulsivamente.

-Tuve que pasar por el Corte Inglésconfesó avergonzado a sus tertulianos ateneístas-, que es donde por fin encontramos un dedal de porcelana decorado con una diminuta Puerta de Alcalá. Pero no hay mal que por bien no venga. Subimos a la cafetería y desde la última planta de ese edificio de Callao, que domina el oeste y el norte de la capital, con todos los edificios y parques de su Cornisa Imperial, descubrí otro Madrid que nunca había sospechado. Y ya veis, estaba allí, esperándonos a los que no sabemos lo que tenemos…

Nora le demostró además que todas las ciudades guardan fotos singulares en las que nunca reparan los que allí viven. Una mañana, después de recorrer la Plaza de la Paja, la del Conde de Barajas y la Plaza Mayor, se sentaron en una pequeña terraza de la Plaza de Santa Cruz. Desde su silla metálica, Homper veía la silueta de Nora enmarcada por una de las torres de aguja del Palacio de  Santa Cruz y por la cúpula y la torre neomudéjar de la iglesia vecina que lleva el mismo nombre. Y de repente sintió que estaba en otra ciudad que nada tenía que ver con ese poblachón manchego lleno de subsecretarios, como despectivamente definió Cela a Madrid.  En esa ciudad donde llevaba viviendo toda su vida y que ahora empezaba a conocer gracias a la mirada cómplice de una peluquera norteamericana que, vaya por Dios, cada minuto se iba pareciendo más a una actriz del Hollywood de la época dorada, no lo tenía muy claro: quizás Mauereen O´Hara, quizás Eleanor Parker.

Nora tomó el avión de regreso el domingo 27 de junio de 2010. Por la noche, acodado en el balcón de su palomar, Homper veía la fachada occidental de Madrid a la luz de la luna cuando a las doce en punto, desde tres barrios distantes, fueron lanzados sendos castillos de fuegos artificiales. Casi simultáneamente, al cuadro de fondo se añadieron los rayos y relámpagos de una lejana tormenta de verano. Homper suspiró: le sobrecogía ver que el viejo, el feo y denostado Madrid, fuera capaz de esa estampa de tan  singular belleza. Aunque sospechaba que el recuerdo de la turista de Vermont que coleccionaba dedales y leía a Quevedo no era del todo ajeno al momento.

País de idiotas con amapolas al fondo

Su corazón le pedía hablar de las amapolas. Pero tuvo la debilidad de consultar con la tía Clota y acabó endureciendo el titular...

Dimitri Pisarev (1840-1868) era un apóstol del nihilismo, y detestaba el idealismo. Cómo no iba a denigrarlo, algo que no sólo no se puede probar, sino que confunde al pueblo, tan primario. Tan bobalicón. Aún así, no lo pudo evitar. Se dice que un día de primavera que paseaba por el campo dándole vueltas a su próximo panfleto, advirtió que entre las hierbas y en los sembrados florecían las amapolas. Y se quedó fascinado porque, en ese cuadro de verde moteado de puntos rojos, una bellísima muchacha rubia y de ojos azules, sentada al borde del camino, tocaba el acordeón mientras apuraba, entre melodía y melodía, una sopa de col.

Aquel día no pudo escribir ni una sola palabra. Su sentido de la ética pugnaba entre lo que le dictaba la razón y lo que le sugería el corazón.

Qué difícil es ser consecuente con uno mismo y jerarquizar los deberes que uno se impone. Tampoco el bloguero durmió bien esta noche, pues se  mezclaban en su cabeza impresiones y obsesiones muy diferentes, y no sabía al final a cuál de ellas debería obedecer. Por una parte, volviendo del campo, también se fijó en que ya asomaban muchas amapolas por encima del pasto. Semejante desliz de romanticismo se neutralizaba por la determinación de cocinar cuanto antes unas piezas de morcillo que acababa de comprar en la carnicería del pueblo. La acordeonista rubia de Pisarev era seguramente un estímulo mucho más sublime, pero uno es el que es, y no puede ordenar sus debilidades.

Finalmente, antes de apagar la luz y tratar de dormir escuchó por la radio que  mientras a los ciudadanos se les pide que hagan un nuevo ojete en su cinturón para apretárselo un poco más y a los ayuntamientos se les exige que no gasten ni en farolillos de papel para las fiestas,  el Senado de España se había gastado 6.500 € esa misma tarde para que un cordobés que es presidente de la Generalidad de Cataluña diga en catalán lo que podría decir perfectamente en el idioma que entendemos todos los demás sin necesidad de traductor.

Las dudas no le dejaron dormir. Y, lo que es peor, como a Pisarev, también le impedían escribir y titular su artículo. Llamó a su amigo Homper para pedir su opinión.

-¿Escribo de la efímera belleza de las amapolas? ¿De la acordeonista rusa? ¿Del arte de preparar el morcillo estofado? ¿De las paradojas de nuestra exquisita democracia, tan presta a los gastos inútiles cuando se trata de agradar a los nacionalismos?…¿O de mi propia duda a la hora de titular el post de hoy?

-¡Fu! –eclamó Homper, probablemente más perplejo que  nunca por la índole de la consulta- Esto es peliagudo…Déjame que hable con la tía Clota. Ya sabes, desde su casita de Vermont, y a su avanzada edad, ella ve las cosas de otra forma.

Parece ser que habló con la tía Clota, y que ésta no dejó espacio para  la menor duda.

-Oye, que  no te andes con rodeos. Que pongas en el título País de idiotas y luego hables de lo que quieras.

Creer tanto en uno mismo, como ZP…¿Es una virtud?

De los hombres que confían tanto en sí mismos, liberanos Dómine...Homper duda mucho de que la opinión de una anciana pueda alcanzar hoy día gran predicamento. Pero confiesa que se quedó estupefacto cuando en la última de sus conversaciones, la tía Clota dijo una frase muy contundente.

-Vuestro presidente Zapatero puede que sea un buen chico. Pero es víctima  de una de las virtudes sociales de nuestro tiempo, que es la necesidad de aparentar siempre seguridad en uno mismo.

Y añadió después.

-Porque yo a Dios se lo puedo aguantar, por ser quien es. ¿Pero quién le ha hecho creer a este hombre que sólo él tiene la razón, y que los demás están equivocados?

Movió Homper la cabeza negativamente, como queriendo decir que él también lo ignoraba. Casi nadie sabía por qué aquel joven abogado de Valladolid se había convertido en un un vicedios, o un conducator iluminado. Y recordaba, por oposición,  a su padre, un hombre discreto que dudaba de casi todo, y a su madre, tan tímida y apocada que consideraba de mala educación expresar las propias opiniones con exceso de vehemencia.

-Hablamos de virtudes antiguas, tía- apostilló- No deberíamos de decirlo nunca, porque no sería políticamente correcto ahora. La seguriad en uno mismo fascina a los jóvenes, se considera elemental para triunfar en la vida, y hasta se enseña en las escuelas. Pero el aplomo es a menudo el falso hormigón que protege el alma de los mediocres.

Homper se quedó encantado con su frase. Sin embargo la tía Clota no le hizo demasiado caso, porque su gata se había puesto a jugar con el ovillo del punto, y además desde la cocina le llegaba un golpe de aroma de tarta de manzana recién horneada. Homper pensó que, afortunadamente, hay otras pequeñas verdades en las que creer que a veces disimulan las grandes dudas.

-Y es verdad que no alumbran esos líderes por los que suspira la sociedad actual, tía- concluyó antes de despedirse- Pero sí, por suerte, menos mentes peligrosas

¿Era la mujer del césar tan tonta y tan hortera?

Lo mal que está que dando la pobre mujer del césar por unos cuantos granujas...

A Homper la espontaneidad de su tía Clota le deja una vez más perplejo. Pero luego lo piensa y no sabe si por machista o justamente por todo lo contrario. Porque hablaban y hablaban de lo uno y de lo otro, de Gürtel y Garzón, de los jueces, de los procesos pendientes y de la empanada española que  se olfatea desde su tranquila casita de Vermont, cuando la buena mujer soltó una frase que da que pensar.

-A ver si va a resultar que la mujer del césar era tonta.

Silencio.

-Pues no le falta a Bibiana Aído más que escuchar esto-le sugiere Homper-Por favor, tía, modérate…

Y la tía se modera, pero lo explica. Y es que a la mujer del césar se le exigía no sólo que fuera honesta, sino que lo pareciera. Y no está probado y sentenciado que la mujer del césar, como los presuntos corruptillos que tanto nos avergüenzan, fuera deshonesta.

-Pero hijo- dice dejando de hacer punto, levantando la mirada y gesticulando enérgicamente- Si esperaba que con lo que gastó, y con el reguero de operaciones sospechosas, pagos en negro, lujos y marcas de postín que iba dejando, la gente no pensara lo contrario, es que definitivamente era tonta.

Homper le  seguía escuchando, sorprendido de tanta vehemencia.

-Y eso no es todo-  añade la tía- Además de no parecer honesta y de tonta, hortera…¡Pero hortera de verdad!…¿O es que sólo se puede parecer elegante y distinguida presumiendo de nueva rica?…

Hasta que cae en la cuenta de que su proclama parece antifeminista, y se está pasando seis pueblos. Y su sobrino Homper le recuerda que la mujer del césar era ante todo, mujer. Y que en el pestilente tomatón de la corrupción a la española los que deberían ser honestos, y parecerlo, y no ser tontos para dejar tantas evidencias y pasar por tan clamorosamente horteras son los propios césares o cesarillos a los que se les sube el cargo a la cabeza y acaban perdiendo el oremus.

Relativamente importantes

Y uno, hormiguita en la calle, acabadiendo, como mucho, relativamente importante...

Y uno, hormiguita en el asfalto, se da cuenta de que sólo es relativamente importante...

Se sorprende a menudo Homper de lo relativo y elástico que es en sí mismo el término relatividad. Relatividad –más bien relativismo zapateril- en política es la excusa perfecta para jugar con la ley y la costumbre según convenga, como si éstas fueran plastilina normativa. Algo con lo que, por su edad y por su formación, no está nada de acuerdo la tía Clota.

-Desengáñate, sobrino-le decía en una de sus conversaciones transatlánticas la  mujer nacida en Granada y hoy ciudadana estadounidense- Con las cosas de comer no se juega. Lo de quitar importancia a lo que nos enseñaron que era importante descoloca mucho a la gente…

No se ha asilvestrado tanto Homper. Su relativismo  le sirve para achicar, primero, los problemas y putaditas que plantea la vida. Y luego para ponerle bridas al ego. Uno tiene a considerarse el eje del mundo y a sobredimensionarse hasta que deja de verse en el espejo y amplía perspectivas.

-Pero qué poca cosa parecemos desde aquí…

Lo pensaba mientras desayunaba hoy en buena compañía desde un observatorio para él insólito, y que sin embargo debe de ser muy popular, la cafetería del Corte Inglés. Está en la planta 9 del edificio de Callao, y como la terraza que hay en lo alto del Círculo de Bellas Artes, nos enseña vistas muy enriquecedoras de Madrid. La primera es el peinado de la capital, adornado por estatuarias y arquitecturas fascinantes que, a ras de suelo, son difíciles de apreciar. La segunda es lo diminuto, lo casi insignificante que es uno desde la altura.

-No hay que relativizar lo importante, tía –precisa Homper- Pero te aseguro que a vista de pájaro, y confundidos entre el enjambre de la gran ciudad, no significamos casi nada.

E imagina un primer plano de su coronilla, ya ampliamente tonsurada por el tiempo. Y, a partir de ella, un zoom atrás que le muestra paseando por las calles de Madrid, como hace a menudo. Y un Madrid a vista de pájaro, con todos sus fénix, y sus guerreros romanos, y su cuadrigas, y sus ángeles, que coronan los edificios más notables de la capital. Y una España a vista de satélite. Y y una tierra a vista de la luna. Y un sistema solar  a vista de otra galaxia.  Y todas las galaxias a vista de…

Y a pesar de que, como le enseñaron en el cole, Homper sabe que “todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria”, comprime su gigantesco ego en una funda de lentillas y se convence de que, si hay algo relativo,  por insignificante, es lo que al cabo representa uno mismo en la inmensidad del cosmos.

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