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Sin pepinos en los sueños de Henry Miller

A Kira Wolf no sabía qué le dolía más, si la suerte del pepino español o la suya propia...

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La historia de Kira Wolf  no es una historia corriente. En realidad Kira Wolf se llamaba Josefina Pérez, pero Didier le cambió el nombre. Es lo que tiene una noche de verano regada con mojitos en una discoteca de Lloret de Mar.

-Tu vida tiene que cambiar, amor mío. Y con ese nombre ni iremos a ninguna parte.

Didier era un cachas, y Josefina era una ingenua desesperada. Había estudiado derecho y filología inglesa. Tenía el título de traductora de inglés. Luego se doctoró con una tesis sobre la soledad en la literatura norteamericana en el período de entreguerras. Había trabajado durante dos años como documentalista en la Sociedad Geográfica. Y, gracias a su bello palmito y a su simpatía personal, dos años más como azafata de una compañía de cruceros También escribía cuentos. Les llamaba cuentos desaliñados, y no decían casi nada a nadie: sólo le hacían creer que no era del todo inútil.

Porque ya frisaba la cuarentena y, como es fácil suponer, estaba en paro desde hacía casi dos años.

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El amor obnubila. El amor en una noche de verano en la playa de Lloret, más. El amor en la playa con sobredosis de mojitos, más aún. Didier era guapo y seductor. Se decía empresario, cineasta, relaciones públicas de éxito y, sobe todo, emprendedor, hombre de ideas rompedoras.

Josefina  cayó en sus brazos como un peluche sin razón de ser. Él primero la sedujo, y luego la condujo por esos vericuetos en que la creación artística consiste, básicamente, en la transgresión.

-Porque tu talento está aquí, ma cherie- le explicaba Didier apuntando al cerebro- Pero también aquí.

Y entonces repasaba con sus manos las curvas prominentes del cuerpo de Josefina. Así es como nació el espectáculo que iba a marcar la vida de Josefina.

-¿No te gusta tanto la literatura norteamericana del siglo pasado?…¿No escribiste sobre eso una tesis doctoral?…Pues ya está, aquí tienes tu oportunidad: tú serás la protagonista del fabuloso…..¡tatachán!…Henry Miller´s Dream Show

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Josefina Pérez ya no era Josefina Pérez, sino Kira Wolf, artista del porno. El espectáculo Didier hacía el papel de Henry Miller. Kira escenificaba los turbulentos sueños eróticos que luego el escritor volcaba en sus trópicos, Sexus, Plexus y otros éxitos editoriales.

Kira tuvo que vencer todos los prejuicios imaginables para consagrarse como artista de su difícil especialidad. Pero su encanto, la calidad de la música y de la iluminación, y la excelente ubicación del club donde actuaban, al pie de la autovía que unía España con Alemania, convirtieron el espectáculo en un gran éxito y en un alivio para exportadores, transportistas y otros adalides de la agricultura nacional. Gracias a Kira los camioneros unían ocio y negocio, y lo pasaban estupendamente.

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Pero, naturalmente, la crisis del pepino también hizo mella en los sueños de Henry Miller.

-Kira, cari-dijo Didier poniendo sobre la mesa los periódicos con los alarmantes titulares del día- Una buena artista del porno no puede ofender la sensibilidad de sus clientes. ¡Dos millones de euros diarios de pérdidas en sector del pepino!

Kira se echó las manos a la cabeza. Tantos años de sacrificio para tener que renunciar ahora a su número más audaz.

-No te preocupes, ma cherie- la consoló Didier- Renovarse o morir. ¡La imaginación al poder! Sencillamente, cambiaremos el número que tanto excitaba al respetable.

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Didier salía ahora travestido de dómina sadomasoquista. Ahora Henry Miller se llamaba Angela, llevaba una peluca rubia, chapurreaba alemán y fustigaba con un látigo de cuero a Kira, que se arrodillaba ante ella sumisa y llorosa, pidiendo perdón.

-¡Gurke forgotten!-gritaba la dómina como una poseída del diablo mientras arrojaba lejos el pepino con el que Kira ejecutaba su más difícil todavía y le entregaba en su lugar una llamativa salchicha de Baviera.

El público estalló en un clamor. Pero Kira era incapaz de dar el paso siguiente. Seguía ahí, hincada de rodillas, llorando.

-Venga, coño –le dijo disimuladamente Didier mientras le atizaba un discreto rodillazo en la cara-Tu público te lo pide.

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Kira no reaccionaba. Seguía ahí, abrazada a las rodillas de su dominadora, soportando sus latigazos mientras lloraba.

-¿A qué esperas, artista?-le gritó desaforado- El bratwusrt…¡Ya!

El estúpido  de Didier no reparó en que Kira lloraba de verdad. Algunos pudieron imaginar que el espectáculo había cambiado de tono, y que de lo sicalíptico había pasado a la denuncia. Quizás llorara Kira por la ingratitud de la Merkel, por la ruina del sector pepinero español, y por la impotencia de su gobierno para defender a sus agricultores.

No, qué caramba. Podía llorar por eso, pero, salchicha sobre pepino,  lloraba ahora  por la ironía de esos títulos  y diplomas  enmarcados que adornaban las paredes de su camerino y de los que se acordaba en tan ignominioso trance. Eran también otro llanto desesperado. Insólito memento de una mujer que se llamaba Josefina, que tiempo atrás había soñado una suerte diferente, antes de  resignarse a representar los sueños de Henry Miller como una vulgar estrella del porno.

Los amigos de Henry Miller y los míos

Henry Miller ligó mucho más, pero no tendría mejores amigos que los que tiene uno...

Henry Miller ligó mucho más, pero no tendría mejores amigos que los que tiene uno...

Hace años, después de haber descubierto la literatura más desinhibida de Henry Miller este Duende vio en una librería  un volumen del mismo autor que llevaba por título algo tan inocuo como Mis amigos. Lo compró y lo leyó con la misma fruición con la que su cándida mirada había perdido antes, gracias a aquel sátiro de la escritura,  su virginidad lectora. Por cierto, mucho menos enojoso este trámite que el de la pérdida de la otra.

Todos tendemos a generalizar a partir de una muestra. Quien haya leído los famosos Trópicos de Miller, sus Sexus y Plexus creerá que en su musa no todo el monte es orégano, sino el monte de Venus. Pero además de las escabrosas novelas que le dieron tanta fama, Miller dejó al menos dos obras que no tienen nada de turbulentas. Uno es un delicioso libro de viajes que se titula El coloso de Marusi. El otro es el que mencionaba al principio, una mirada aliñada de ternura, ironía  y contenida mala leche sobre sus amigos, espejo de esos americanos mitad cow boys mitad Tom Sawyer -la gorra, el café largo en el snack de carretera, el baseball, la mecedora en el porche de la casa de madera, la barbacoa, la pesca de la trucha, el pavo del Día de Acción de Gracias- con los que uno se ha familiarizado a través del cine y la literatura costumbrista.

Desde entonces siempre quiso el Duende escribir otro libro sobre sus amigos. Uno de los problemas por los que no lo hizo ya es la  elasticidad del vocablo amigo/amiga y amistad. En un país donde cualquiera te para por la calle para decirte amigo, ¿me das un cigarro?, y un menda al que sólo conociste en un viaje a Costa Rica te llama dos meses después para pedirte un favor claramente abusivo con el consabido ¿somos amigos, no?, no es fácil la diagnosis certera del amigo. Digamos que hay amigos de la infancia, del colegio, de la universidad,  de toda la vida, del trabajo, de la familia,  del alma, del blog. Amigos por afinidades electivas  -golf, caza, pesca, viajes, fútbol, teatro, cine,  toros, cofradías, aficiones, el veraneo. Amigos ocasionales. Y, muy importante, amigos de nosesabeporqué.

En cualquiera de estos epígrafes cabe una categoría de amistad que el Duende aprecia sobremanera, que es la del amigo al que jamás hay que darle explicaciones. Puedes no verle en meses, incluso en años. Puedes haber olvidado un pésame, un regalo, una felicitación, o una visita hospitalaria que sin duda merecía. Pero cuando te lo encuentras te abraza, te sonríe, comparte contigo los recuerdos que hilvanaron la amistad y se despide sin reproches por tus ausencias, sin pedirte nada y sin haberte dado la paliza.

A este grupo pertenecen mis amigos de hoy. Félix Bragado es el gracejo andaluz que mejor cuenta los chistes. Luis Felipe Castresana, jurista eminente, el discurso de la vehemencia crítica. Carlos Romero, más conocido como Oblato, que fue internacional de rugby -el más elegante, sin duda, siempre en su moto BMW con techo y luciendo un sombrero de Panamá- aporta su socarronería y su bonhomie. Luis Jiménez Guitard, su caudal de humanidad, que es grande y rebosante de coña marinera. Hay también el consabido Bradomín (le llamaré sólo Antoñito, para no ser indiscreto) que nos entretiene mucho contando cómo se puede seguir seduciendo a los sesenta y tres años. Ji, ji, menos lobos Caperucita. Un brillante empresario y expolítico llamado Eduardo dice lo que no podía decir en la poltrona, y entretiene mucho. También viene uno de los hombres más felices, que más calla, más ríe y mejor vive,  Juan Labaig. Y aparece de vez en cuando Santiago Pelayo, el más misterioso. Siendo el único soltero del grupo, y además funcionario, todos comprendemos que está demasiado ocupado…

Todos estamos convocados hoy a compartir un cocido. Lo cual, la verdad, le hace bastante feliz al Duende. Con tal motivo, siendo así que por ahora no ha cumplido como Henry Miller, y aunque el tema no sea de  interés general, sí quería dedicar a sus amigos una entrada en este blog.  Pues  vale, ¿no?


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