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La honradez de la mirada

Tímida y asustadiza, la flor del almendro no podía imaginarse que, si no llueve pronto, la primavera también entrará en crisis...

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Cuando uno se siente romo de ingenio y no tiene nada importante que decir, abre el cajón de las frases célebres que han ido pespunteando miles de columnas o artículos y juega con ellas. Si uno quiere abundar ante lo confuso de la postración nacional puede tirar de Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible (atribuída al torero El Guerra).  Qué país, Miquelarena (Pedro Mourlane).  Joder, qué tropa (Romanones, a propósito de los académicos que, habiéndole prometido su voto para la RAE, le dejaron con al trasero al aire). No es esto, no es esto (Unamuno, ante los excesos a los que se entregó la República en manos del Frente Popular). El nacionalismo se cura viajando (Baroja). O a los consabidos avisos en verso de Antonio Machado: Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.

Si pica más alto y quiere elevar la categoría de sus dudas, hay otro repertorio: Sólo se que nada se (Sócrates, al que este bloguero complementa diciendo Lo único que tengo claro es que no tengo nada claro). Pienso, luego existo (Descartes). El corazón tiene razones que la razón desconoce (Pascal). Yo soy yo y mi circunstancia (Ortega). Y otras más que no por venir de gente presuntamente divertida dejan de serde lo más serio que jamás se ha dicho: Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro (Groucho Marx) o Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa (Woody Allen).

No dejan de ser sólo frases.

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El dibujo es la honradez de la pintura. Un no es tan erudito como para presumir de haber hallado esta frase leyendo a Eugenio D´Ors. Leía a Umbral y en uno de sus numerosos libros entreverados de memorias o ensayos éste  citaba al que fue llamado Xenius, hoy perfectamente olvidado. Sin embargo, caramba, qué frase tan sutil, tan expresiva. Mire usted, soy lo que soy, no pierda el tiempo en interpretarme -parece decir el dibujo en la desnudez de su trazo-yo  no pretendo engañar al que me mira con artificio alguno.

Le vino a la mente esta frase al bloguero porque se escapó de la ciudad y se vino al campo. Donde uno cree que está más cerca de lo que en realidad es la vida, y a donde cree que hay asomarse de vez en cuando para poner en su sitio a ese entramado de cemento, de pompas y vanidades, de ambiciones y frustraciones que habitan en la ciudad. Y así, en plan filósofo tipo Xenius, le dio por parafrasear.

-El campo es la honradez de la mirada.

Explicaciones: se contempla y, para empezar, distingues el cielo de la tierra, las caras de las distintas estaciones, la llanura de la montaña, el bosque del prado, el regadío del secano, el mar dorado de los trigales de la mar  salada y azul, toujour recommencé, que cantaba Valery (no se asusten, Le cimetier marin es el único poema suyo que recuerda el Duende, y se lo aprendió en sexto de bachillerato). Distingues las aves que vuelan del ganado que motea el paisaje. Y si te miras hacia dentro diferencias también en el alma las churras de las merinas. Qué buenos son los horizontes abiertos para meditar sobre qué eres, a quién de verdad quieres, qué es lo bello y lo feo, cómo la hermosura se pasea a nuestro lado y tantas veces pasa inadvertida, cuáles son los problemas reales de la vida, qué pintamos aquí, qué pensará Dios en este momento,  cuántas cosas superfluas sobrevaloramos, cómo nos olvidamos de otros detalles realmente importantes. Qué  relativo es todo. Y cuánto misterio. Y todo  se intuye  en el campo, donde el alma  toma distancias, suelta amarras y entre la quietud y el silencio derrama la honradez de su mirada.

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La honradez obligaba hoy a al campo a ser solidario con el estado de postración nacional. Se lo contó un pajarito a este duende.

-Han brotado las flores del almendo y se se han asustado..¿Pero qué país es este?, dijeron.

Y así están los emisarios de la primavera. Así pintan las flores del almendro y los botones amarillos de la mimosa, tímidos y asustadizos. Natural. Tanta crisis, tanta miseria, tanto abatimiento se respira en el ambiente, que hasta la naturaleza se ha contagiado y nos ha traído el invierno más extremo y seco que se recuerda en medio siglo. Otros años por estas fechas al menos al menos el pasto permanecía húmedo, y algo de verde alfombraba el suelo. Ahora lo que no está helado está frito por la sequía.

-Me llegaron a decir las flores –continuó el pajarito- que si lo llegan a saber, no nacen.

Lo cual que al Duende se le ocurrió que a lo mejor habría que decorar el escenario, y, para alegrar el ambiente, traerse esas Meninas corpóreas diseñadas por Manolo Valdés que se ven en algunas tiendas muy finas de decoración. Qué majas esas meninas, tan atentas y delicadas en su actitud, como cuidando con atención al personaje que tenían al lado en el cuadro y que ahora les falta. Habría que traerlas e instalarlas junto al almendro acojonado.

-No se asuste, por favor –le dirían – aguante usted con sus flores. Vamos a hacer todo lo posible por traer una primavera algo más decente que la que impone la crisis.

El campo, eternamente sacrificado, la honradez de su mirada. Menos mal que al final siempre acaba lloviendo.

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¿Dónde acaba la familia?

...Y aunque estas jovencitas no pudieron ir a la fiesta, también descienden del mismo tronco y pertenecen a la gran familia

Se preguntó siempre el Duende a lo largo de su vida dónde empieza y dónde termina la familia. Sospecha que sólo en los países  latinos se estira el concepto tanto como para amparar  a tíos, primos, tíos abuelos, sobrinos, sobrino segundos… En España desde luego es difícil saber su límite. El Duende ya casi no conocía a su familia materna, porque gran parte de sus ramas se han desparramado. Pero acudió a ella y la familia respondió con creces.

Una de las pocas razones por las que  al Duende le hubiera gustado ser millonario sería para recomprar el Monte el Rincón, una hermosa finca  recortada por los ríos Tiétar y Arbillas, en el límite sur de la provincia de Ávila, que fue el territorio de su infancia compartido con esta familia. Casi todos los descendientes de su bisabuelo Augusto Lletget, que fue quien lo compró en 1871, se reunieron el pasado sábado para la presentación del libro de la prima/tía/tía abuela Mary. En el acto, al Duende se le olvidó parafrasear,  a propósito de la autora, lo que  Unamuno decía de Dios: si no hubiera prima Mary, habría que inventarla. Aunque sólo fuera para comprobar el juego que dio su abuela Rosa, tronco común de donde procedían la mayoría de los asistentes.

Por la noche, el Duende soñó que el Monte el Rincón era ahora suyo. Lo que en realidad acabó siendo un caserío destartalado era en el sueño como Brideshead o Manderley, esas propiedades que aparecen en la literatura y en el cine ingleses con una enorme mansión perfectamente mantenida por una nube de sirvientes. En ella coinciden multitud de familiares de distintas generaciones y todos son ricos, guapos, y elegantes. Unos juegan al billar, otras al crocket, otros se van a pescar, el más exótico, como el tío Augusto Gil Lletget, que era ornitólogo, prepara la taxidermia de un martín pescador, aquel monta el telescopio para mirar las estrellas por la noche, algunos escuchan tangos de Gardel en la vieja gramola manual con aguja de La voz de su amo, cuya caja de hojalata es hoy una preciosa reliquia, las tías montan a caballo a lo amazona y con sombrerito, otros más cazan pluma, un grupo pasea por el bosque  mientras la pareja de primitos más despabilada se  cita con Cupido en el pajar para estudiar   anatomía de sus cuerpos y, de paso, eliminar toxinas. La vida misma.

La vida de mentira, claro, donde luego te sientas a la mesa y unas doncellas con guante blanco te sirven faisán relleno con ciruelas y malvavisco. Nada parecido a la realidad. El Monte el Rincón que el Duende conoció era ya decadencia. Como mucho, carillas, patatas revolconas o macarrones con chorizo en una vajilla desportillada. Eso sí, la vajilla  de cerámica talaverana, y con el nombre de la finca en cada plato. Poco importaba. Era sobre todo el descubrimiento de la naturaleza, el poder correr a tu albedrío por el campo, ver parir a las vacas y a las ovejas, chapotear en los arroyos, comer el pan y quesillo de las acacias y trepar por los madroños del jardín mirando  desde allí al Almanzor,  buscar galápagos , observar a las grullas y compartir un cacho de pan y queso con tu amigo el pastor al amor de una fogata. Y todo eso, con muchos primos y tíos alrededor. Nada parecido a las películas de aristócratas ingleses o a Los cuatro robles de Escarlata O´Hara, pero sí algo bello y muy entrañable para ir llenando el macuto de la memoria sentimental.

Decía el señor de Bearn en la muy recomendable novela del mismo nombre que no hay mas paraísos que los perdidos. Añade el Duende: o los que están por llegar. Paraíso es al cabo, lo que el cerebro almacena y el corazón ilusionado procesa como perfume de la vida.  La finca cambió de manos. Era un préstamo que la fortuna había hecho a la familia sin más mérito aparente que la de tener un antepasado boyante. El Monte el Rincón se diluyó en la lejanía, pero no pasó nada, porque quedó el recuerdo de aquel tiempo y nacieron a cambio otros muchos pequeños paraísos. Uno de los sobrinos que corrían por allí es hoy el traumatólogo Fernando Baró, que después de no verse con el Duende durante casi medio siglo le va a arreglar ahora un hueso. Otro es catedrático y decano de la Facultad de Derecho de Santander.  Aquella es bióloga, este arquitecto, el de mas allá ingeniero de caminos…Entre estos sobrinos nietos lejanos hay  una profesora de colegio llamada Inés por la que dan ganas meterse en el túnel del tiempo y volver a matricularse en primaria. Tempus fugit, y entretanto la familia, como mandó el Señor, creció y se multiplicó.

Por cierto,  el Señor no tuvo en cuenta que en España el personal se apunta a un bombardeo, y olvidó recordarnos en qué grado se acaba la familia. Y así pasa lo que pasa, que presenta un libro una novel madurita y acude casi tanta gente como si fuera un Nobel de los de Estocolmo.

El ciudadano eléctrico secundum Braulio

(Foto de nillo86, convierte la energía en música)

Mientras el Duende y sus lectores se desparraman por ahí para huir de la canícula, el mundo sigue. De manera irresponsable, algunos se han  tomado a chufla las propuestas del ministro de Industria Sebastián para ahorrar energía. Sin tener en cuenta que con sólo levantar el pie del acelerador, incrementar la duración de su viaje por carretera a Alicante en unos cuarenta minutos -los atascos no se contabilizan- y sudar un poco más podríamos ahorrar muchísima energía y aliviar nuestra balanza de pagos. Por cierto, nos regalan (nos regalamos) dos bombillas de bajo consumo con cargo al déficit. Pero de las nucleares, ni palabra. Eso sólo queda para los irresponsables de los franceses, a los que luego les compraremos electricidad convencidos de que proviene  del compostaje de la lavanda. Los gabachos entretanto, comme d´habitude: el corazón a la izquierda, y el bolsillo a la derecha.

Sin embargo, todo ha cambiado tanto en la España actual que ya no cabe el irónico que inventen de ellos de Unamuno. A Braulio, ese perpetuum mobile del ingenio chapuzante/tecnológico, se le ha ocurrido ofrecer al ministro novel su proyecto PEITOM, un plan de Producción de Energía Individual en Todo Momento. A falta de precisión de algunos aspectos puramente técnicos, avanzaremos que consiste en optimizar al ciudadano responsable convirtiéndole en una minicentral personal que producirá energía de diversas formas, según la hora y la actividad de día.

El ciudadano solar saldrá a la calle panelizado por placas fotovoltaicas, de modo similar a los curas baberos (baberones, más bien) o a esos hombres-anuncio que se pasean por las calles entre dos cartelones de Compro joyas o Pies sanos con SALFUMAN. El ciudadano eólico ha de equiparse con unos atalajes en los que van anclados varios molinillos, que moverán sus aspas a la velocidad del viento, a la del desplazamiento del individuo o a ambas sumadas, produciendo energía eléctrica como esos  miles de molinos gigantes que ilustran los paisajes españoles. Además, esta variante de  nuestro I+D es sumamente saludable. Rebaja la tripilla cervecera, reduce el colesterol, combate la osteoporosis y desatasca las coronarias. Finalmente el ciudadano hidráulico deberá instar unas miniturbinas en lugares claves del hogar, como bajo los grifos o en las paredes de la taza del retrete. Este sanitario, de no muy buena reputación, puede ser pieza clave en el sistema, pues producirá energía hidráulica cada vez que se vacíe la cisterna. Y además dará origen a la energía orínica, que será la generada por el chorro de orina percutiendo y haciendo girar las palas de la miniturbina. Desgraciadamente para el gobierno, aquí no cabe seguir el plan de igualdad, pues la fuerza de caída del chorrito no es igual en el hombre que en la mujer, por razones obvias. Como tampoco transmite el mismo impulso un pis de Pau Gassol o del sindicalista Fidalgo que otro de Jiménez Losantos, cuya cota de micción es sensiblemente baja.

En fin, parece  un invento del profesor Franz de Copenhague, pero es del gran Braulio. Y aunque según los ingenieros de ENDESA, hay que perfeccionar aspectos como la acumulación y la distribución de los kilowatios así producidos, los expertos coinciden en que el plan está en la misma línea compromiso con el progreso y, sobre todo, de rigor y realismo, que sigue el gobierno. Si es que nos quejamos sin saber lo que tenemos, ya les digo.

Reinventando a Dios

Los caminos del Señor son inescrutables. Todo lo contrario que los  de las rapaces de los negocios, que son perfectamente escrutables. Basta otear por dónde viene la pasta y ponerse a trabajar para que la caja funcione. No hace falta fe en Dios, sino sólo fe en el éxito.

 Esto no es eso lo único que ha concluido el Duende de su visita al Monestir de San Benet de Bages, un precioso enclave en el Bergadá catalán, al norte de la provincia de Barcelona. Pero tampoco es lo menos importante Ahí, en un frondoso valle se alzaba a principios del pasado siglo  un monasterio románico cuyas primeras piedras datan del siglo XI. Primero dependiente de Roma, luego noviciado de los monjes de Montserrat y finalmente residencia de éstos cuando la ancianidad les retiraba del culto, fe adquirido en 1907 por la familia del pintor modernista Ramón Casas. Como sólo `pueden y deben hacer los ricos cuando consiguen algo así, la familia Casas invirtió mucho dinero en su restauración, convirtiendo buena parte de la fábrica en una magnífica residencia de verano. Ahí el afamado pintor, entonces en la cumbre de su carrera, reunió una variada colección de cuadros, cerámicas, muebles, cristalerías y todo ese equipaje de buen gusto que acompaña  los estetas cuando, además, andan sobrados de tesorería.

 Hoy el  monasterio es lo que podríamos definir como un pretexto cultural.  Lo que, en una comunidad autónoma cuyo gobierno respira progresismo y espíritu nacionalista, quiere decir que es un pretexto para inocular al turista la moralina imperante. Unas encantadoras guías explican de viva voz rincones como el delicioso claustro – con un jardín interior cuidadosamente asilvestrado- o una bellísima galería revestida de azulejos antiguos, que a través de amplios arco se asoma al jardín. El resto corre a cargo de los efectos especiales. Según se atraviesan las variadas estancias del recorrido, mágicas proyecciones y muy cuidadas ambientaciones musicales nos explican los cuadros de Casas, y la historia del monasterio benedictino en una Cataluña de guerras y conquistas donde els segadors buenos se alzan contra las tropas borbónicas, tan malas ellas.

 A estos ámbitos culturales hay que dotarles del contenido suficiente para que justifiquen el autobús de turistas. Botiga, cafetería, hotel, restaurante… Pero eso no llena el vacío del objeto principal de esta  visita, que es la de un templo. Su retablo fue desmontado por el propio Ramón Casas para decorar con sus piezas las numerosas habitaciones de su mansión. Y ahora está tan ayuno de imágenes religiosas, que la ingeniería de luz y sonido ha tenido que improvisar a un monje fantasmal que durante unos minutos oficia una consagración en latín. Puede ser una aparición, un truco tipo David Copperfield o una ingeniosa proyección, pero hay que reconocer que está logrado.

 Lo que no se sabe es si hubiera resultado más eficaz conservar el monasterio como lo que fue, un lugar de culto. para los creyentes. Quizá disguste a los gobiernos actuales, y el laicismo emergente no estará muy de acuerdo con ello. Pero mantener esta tramoya mentirosilla acabará dando la razón a Unamuno cuando decía que si no hubiera Dios habría que inventarlo. Aunque sólo par atraer turistas, y acabar con montajes que, a fuer de políticamente correctos, acaban produciendo vergüenza ajena.

Huyendo del fantasma de Josef Fritzl

Hace tiempo que el Duende se pregunta cómo  no viviendo precisamente los mejores años de su vida mira al futuro con aplomo, e incluso con una cierta dosis de optimismo. Podría ser ese kaleidoscopio feliz con el que Zapatero invita a ver su utopía, pero el voluntarismo seguramente no basta.   La razón es más bien una especie de esquizofrenia benigna que le permite ser y no ser él mismo, y adoptar sucesivamente personalidades múltiples, según convenga.

 Tanto le abruma ser él mismo que hasta hubo una época que decidió cambiar de nombre. Corrían los últimos años de la década de los cincuenta y, quizás porque el Athletic de Bilbao -entonces obligado a llamarse Atlético- vivía  su etapa  más gloriosa, lo vasco estaba de moda entre los chavales. El Duende se sabía de memoria la alineación más habitual del equipo del Bocho, y aún la puede recitar: Carmelo. Orúe, Garay, Canito. Mauri, Maguregui. Arteche, Uribe Arieta, Merodio (o Marcaida) y Gainza.  La delantera era la sucesora del quinteto más añorado por los buenos aficionados de San Mamés, que estaba compuesto por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y  el mismo Gaínza. Pero, en su obsesión por la arqueología de lo inútil, el Duende se sabía hasta la línea de ataque del Athletic de antes de la guerra, que la integraban Lafuente, Iraragorri, Bata (o Unamuno), Chirri y Gorostiza. Héroes a rayas eran para él. Y eso que sólo les conocía de los cromos.

 El Duende decidió entonces que su apellido catalán debía  ser cambiado por uno vasco. Como los de los leones eran demasiado conocidos, se fijó en los de dos pelotaris del frontón Madrid que le hicieron gracia: Salsamendi y Echegoyen. Lo de Salsamendi le pareció más propio de un cocinero, y él aspiraba a ser gloria del deporte. Así que se quedó con Echegoyen, a lo que, en un exceso de autoestima impropio de él, añadió el sobrenombre de el magnífico. Con tal seudónimo firmaba sus escritos de entonces: crónicas de fútbol en el mural de la clase, algún articulillo en la revista del colegio y otro mural veraniego que mantenía con sus amigos de Arenas de San Pedro. Gran parte de estos no le consideran ahora nada magnífico, pero le siguen llamando Echegoyen cuando se lo encuentran.

 El habla es otro de los disfraces que ha usado el Duende para camuflarse. No domina ninguna lengua ni jerga, pero imita su pronunciación, su cadencia y su ritmo. Y tiene amigos con los que sólo habla catalán (medio inventado), andalú  de  señorito jerezano,  o alemán macarrónico. Con otro, Angel Gortázar,  mantenía conversaciones hablando  al revés – es decir, pronunciando las palabras como si se leyeran de derecha a izquierda. Y con su siempre fiel Félix Bragado, cascaban ambos la voz y se pasaban los veranos en Asturias conversando como dos viejos excombatienes tertulianos de la Gran Peña. Últimamente ya no lo hacen: se han dado cuenta de que los años pasan y, como recordaba Oscar  Wilde, la naturaleza acaba imitando a la ficción.

 Esto de llevar un tiovivo de personalidades en el cerebro desconcierta a muchos, y suele acabar mosqueando a la persona que comparte tu vida. Pero mientras que no asome por ahí alguien como el abominabe Josef Fritzl, se puede aguantar. Qué excremento humano.  Asusta pensar que todos somos de su misma especie. Y que el espíritu mutante del Duende, en lugar de un  Braulio o una doña María, pudiera alumbrar  un espanto como el llamado monstruo de Amstetten. Oración final:Virgencita,  Virgencita, que me quede  como estoy.

 

 

El agua que nos duele

Grifo y agua

(Foto de Guadiramone)

Al Duende le colocaron en la Junta directiva de WWW/ADENA. El pretexto era que algo podría ayudar en la divulgación de esta ONG. Apenas le necesitaban, pues la defensa de la naturaleza es un asunto siempre bien acogido y fácil de difundir. Se convocaba una rueda de prensa y los periódicos hablaban de ella gratis. El Duende entonces se limitó prácticamente a escuchar lo que se debatía en las juntas. Tomaba nota y, de vez en cuando, hacía alguna sugerencia.

El presidente de esta ONG era Francisco Díaz Pineda, catedrático de Ecología. En la junta también estaba Borja Cardelús, compañero de colegio y de carrera del Duende, naturalista y productor de series televisivas como La España salvaje, y autor de más de una docena de libros sobre la materia. A menudo se hablaba del agua, pues acababa de lanzar el gobierno de Aznar el llamado Plan Hidrológico. Ninguno de los dos era partidario de los trasvases.

Con igual peso intelectual han hablado otras voces en sentido contrario. Argumentos archisabidos, a veces contrapuestos: solidaridad interterritorial, equilibrio regional, derecho igualitario al desarrollo, respeto por la ecología, uso adecuado de los recursos naturales, propiedad pública de los cursos de agua. A veces el simple criterio económico, pues según algunos expertos es menos desastroso trasvasar que desalar el agua de mar y transportarla después. O al contrario, claro..

Se trata de agua, pero el Duende confiesa que ya no la ve tan clara. Vaya marrón para este o cualquier gobierno que se atreva a ponerle el cascabel al gato. Al menos mientras el cambio climático no se arrepienta y envíe las lluvias necesarias a la España seca, que cada vez es más grande. Entre tanta polémica, interesada o mezquina, dos afirmaciones que, como poco, sorprenden al indocumentado. La primera, del presidente Zapatero: a Cataluña no le faltará agua, porque la recibirá en barco desde las plantas desaladoras de Almería. La derivada es preguntarse por qué no se hicieron desaladoras en Sitges, por ejemplo, que queda algo más cerca. La segunda, del presidente de la Junta de Aragón: el Ebro no se puede trasvasar porque lo impide el Estatuto. ¿Qué pasará entonces el día que otro estatuto desaforado declare que la atmósfera es de su comunidad autónoma? Hay otra afirmación llamativa, pero ésta entra más bien en el terreno del sarcasmo. Un capitoste del llamado gobierno tripartito de Cataluña reclama sin tapujos transvases desde el Segre porque Catalunya también es España. Se acuerdan de santa Bárbara cuando sólo atruena el eco lastimero de los pantanos vacíos.

A Unamuno le dolía España. A la España autonómica seca, y dividida por las cuencas, sólo le duele el agua que a unos les falta y que otros no quieren repartir. Si al menos se llegara a saber quién tiene razón… Casualmente el Duende ha visto estos días en uno de esos kioscos-bazar que venden periódicos y casi de todo, una oferta de películas que vienen al caso. Se trata de los DVD de La colina del agua y La venganza de Manon, dos excelentes filmes de Claude Berri, basados en sendas novelas de Marcel Pagnol que componen un apasionante drama rural interpretado por Yves Montand, Gerard Depardieu y Daniel Autheil. Aunque el auténtico protagonista de fondo sea otra disputa por el agua. Véanlas si pueden, disfruten y no comparen. Porque en España el auténtico drama no es la sequía, con la que siempre hay que contar. Sino la insolidaridad sobrevenida, la catetería de los nacionalismos, el cinismo de los que encubren intereses inconfesables y, por añadidura, la incompetencia de los que planifican el desarrollo sin mirar antes a las reservas.

Y a esperar que llueva.

El extraño dolor de las siete menos cuarto

Dolor de pies en hospital 

(Foto de Angelant)

Se encuentra el Duende, y perdón por lo pretencioso de la comparación, como Jesús entre los doctores. O, más precisamente, como Sócrates: sólo se que nada se. Por lo menos, de lo que parece saber todo el mundo, que es de las matemáticas como soporte de cualquier relación lógica. Pensaba que, fuera de una apreciación cinematográfica,  el asunto del post de ayer iba a resultar de lo más espinoso y difícil de digerir. Y resulta que, sin que el Duende lo sospechara,  media nómina de lectores del blog lleva un Rey Pastor liofilizado en el bolsillo. Ha bastado que les ofreciera un caldo de cultivo y lo han soltado en él para que se desarrolle. Vaya chasco. Va a resultar que éste no es un blog para frivolidades y para la evasión. Esto es una academia de ciencias exactas.

¿Saben igual de todo? Porque el Duende quisiera consultar un fenómeno singular que lleva registrando en su pie izquierdo desde hace algún tiempo. Y como por lógica sólo cree en la causalidad, no duerme buscando su razón. Probemos si el blog también sirve de sociedad de socorros mutuos. Please, help the Duende.

Verán, muy a menudo, se despierta a las 6’45 a.m. con un agudo dolor en los dedos anular y corazón del pie izquierdo. Por cierto: ¿se nombran así a los dedos de la extremidades inferiores? ¿Incluso aunque no nos pongamos jamás un anillo, como en el correspondiente de la mano? Vayamos al grano: a esa temprana hora de la mañana un dolor intenso e inexplicable flagela esos concretos miembros de su añoso cuerpo. El Duende se despierta dolorido, se inquieta. Enciende la luz y no percibe a simple vista hinchazón alguna. Aprieta los dedos culpables entre sus manos y no percibe que aumente por ello la intensidad  del dolor. Éste es recurrente desde hace años. Aparece y desaparece como las caras de Bélmez, cuando le peta. Según Félix Bragado Mayol, gran amigo del Duende experto en bien vivir y doctor en mariscos, pudiera ser gota. Como la de Felipe II, o como la del abuelo Cebolleta, que aparecía siempre con el pie vendado. A él le ataca de vez en cuando en los dedos gordos de los pies, y dice que en tal caso hasta el peso de la sábana  le lacera aún más. Pero el Duende aguanta perfectamente el edredón, y no sufre más por eso. Además, no tiene problemas de ácido úrico, y apenas levantado de la cama el dolor desaparece. Sólo le deja la desazón de su  sinrazón.

Por lo que sufre el Duende es por no saber el origen de ese dolor fantasmal, y por qué para en él. ¿Es un alivio del cielo para ahorrarle el mal trago de asustarse con el despertador? ¿Es otro efecto del cambio climático? Hace unos días el Duende  vio una de las últimas fotos de la Duquesa de Alba, y pensó qué mala vejez la de la niña de El exorcista: ¿es un conjuro del  cirujano plástico de Cayetana por tan perversa asociación de ideas? ¿Es el símbolo de que, como a Unamuno, al Duende también le duele España, aunque sea sólo en dos dedos? ¿Es un estigma provocado por alguien que le malquiere y le hace vudú en la distancia? ¿Es una señal de que el gobierno cojea de su pie izquierdo, y por eso se ha decidido a ilegalizar a los amigos del ETA?

Señor, Señor…Haz que los sabios lectores del Duende iluminen su camino con su sabiduría. Acabará el Duende, si no, enmendando a su manera el celebérrimo soneto:

No me  mueve mi Dios nara quererte

el cielo que me tienes prometido.

Ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por ello de ofenderte.

Muéveme, Señor,  que me despierten

dos dedos del pie izquierdo doloridos,

un tormento, un absurdo, un sinsentido

sin saber por qué sufro yo esa suerte…

El café ya no es lo que era

Cafe

(Foto de nasebaer’s, con algunos derechos reservados)

El café es una infusión exquisita para algunos. Distinguen: el de Colombia, el de Brasil, el de Costa Rica, el africano, el turco. Para el Duende sólo una costumbre y un tolerado estimulante. Cuando trabajaba para la marca Bonka se tuvo que empapar en la historia del café, por aquello de no tocar de oído. Parece que fueron unas cabras las que, ramoneando en unas matas, encontraron en sus frutos tiernos un motivo para ser más felices. El cabrero se apercibió de lo contentas que triscaban después de probar aquellos granos, así que siguió su ejemplo y pasó la bola. Hasta la fecha. Si el Duende fuera el Dios omnisciente que le contaban en el colegio, uno de los datos que le gustaría registrar es el del número de tazas de café que la humanidad ha tomado desde las cabras a esta parte. Hay que ser mucho Dios para que la cifra te quepa en la cabeza.

Así avanza la civilización: donde menos se espera, salta la cabra. Y con cualquier pretexto, se toma un café. Delicia o rito, para el Duende – en ocasiones tragaldabas, siempre goloso pero no lo que se dice un gourmet- el café es más que nada una costumbre. Contra el gusto general en España, odia el torrefacto, quizás porque estaba de moda cuando le despabilaba en sus tétricas noches de estudiante previas a un examen. Caían las horas tan inexorables como los párpados de puro sueño, y el Derecho Civil, de Federico de Castro, famoso hueso del claustro de profesores de la Universidad Complutense, esperaba abierto entre sus codos, como diciendo, anda, atrévete a aprenderme en lo que queda de tiempo hasta el examen, que te vas a enterar de quién es don Federico. Y se enteró, porque le cateó dos veces. El Duende cree que no vivirá noches tan parecidas a las del condenado angustiado esperando la visita del verdugo. Al alba, al alba, como cantaba Aute, aquel café torrefacto negro cual cucaracha le sabía sencillamente a muerte.

Se reconcilió luego con el café por la literatura, el cine y los viajes. No es lo mismo tomarlo en un café de Viena o de Ámsterdam -imprescindible uno de estilo art deco muy cerca del Rijksmuseum cuyo nombre ahora no recuerdo- o incluso en el Iruña de Pamplona o en Gijón de Madrid, que en la aséptica cafetería de suelo de mármol reluciente de la séptima planta del centro comercial que es la meca de nuestros días. Si ya no hay ambiente, ni tertulia, ni literatura, si no hay unos novios arrullándose, o un escritor buscando a la musa en el velador de mármol, o un opositor concentrado en sus apuntes, o una dama distinguida esperando al espía para pasarle un mensaje secreto, o un camarero añejo que te cuente historias de toreros, de artistas o de putas, el Duende piensa que el café no tiene mayor interés. Y no digamos si te lo sirven templadito o más bien tirando a frío, como pasa ahora en tantos establecimientos.

Porque esa es otra. Se baja el Duende de la moto aterido por la fresca matinal. Se mete la primera cafetería y pide un café con leche para entonar el cuerpo. Se lo acerca a los labios con toda clase de cautelas y al primer sorbo ya está helado. Perdone usted -se disculpa el jefe-, pero es que ahora con tanta variante en los desayunos de oficinistas nos vuelven locos. Café caliente con leche fría, mitad caliente mitad templada, descafeinado con fría, descafeinado con caliente, capuchino, descafeinado de máquina, cortado, bombón, americano, mediana…¿Quién se acuerda ya de que el café con leche era uno, y siempre echando bombas? El lujo de la oferta variada, de la libertad de elección y del cambio de costumbres. Poco es ya lo que era: a la tortilla de patata la deconstruyen, lanzan el helado de fabada y cualquier día hacen compota de callos a la madrileña. Aquí no cabe el que inventen ellos de Unamuno, porque lo inventamos nosotros. Aunque el Duende piense que el café con leche estaba mucho mejor bien caliente y, por supuesto, con porras crujientes.

Beatus ille

Balarrasa

El Duende recuerda una película que impactó mucho a los niños de su generación. Se llamaba Balarrasa, de José Antonio Nieves Conde. La estrella era un joven Fernando Fernán Gómez, que encarnaba a un crápula convertido después en sacerdote. Empieza el film como pecador impecable y acaba su vida como misionero en Alaska, entregando su vida Dios en medio de una tormenta de nieve. La película parecía concebida para ser proyectada en el cine de un colegio religioso. Era emocionante, ejemplar, y encerraba un impactante mensaje: hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por cien justos que perseveran…

En las secuencias iniciales de Balarrasa, unos milicianos fusilan a un grupo de sacerdotes a orillas del mar. De los muros de aquel colegio donde veíamos la película, pendían retratos de antiguos alumnos muertos en la guerra. Una expresiva vidriera en la estética de la época les presentaba ofreciendo sus vidas a la Virgen del Pilar, con palmas del martirio incluídas. Sus nombres rodeaban esa vidriera. Los marianistas tenían razones para denigrar la guerra, pero sin embargo nunca nos hablaron de ella. El Duende se acaba de enterar ahora de que cuatro compañeros suyos sufrieron la misma suerte que aquellos curas de Balarrasa fusilados en la playa. Los padres marianistas, de los que tanto se quejaba el Duende entonces, se quedaban con el mensaje esencial de la película, y no hurgaban en las heridas de nuestra historia que tanto nos desprestigian. No se si sería sensibilidad o pragmatismo, pero muchos que nos educamos allí pensamos que eran detalles de una buena pedagogía.

Pertenece el Duende a lo que doña María llama católicos porsi. Por si fuera verdad todo lo que le contaron sus educadores. Su fe se parece a la de Unamuno: creo en Dios porque lo necesito. Pero tan lastrado por sus limitaciones intelectuales como la gladiadora del hogar de Los Arándanos, se abona a veces a juicios simplistas. Por ejemplo, mantiene que la Iglesia es como una obra de teatro donde la tesis y el argumento son maravillosos, pero falla a veces con los actores y la puesta en escena. Dice Roma que lo suyo son sólo los negocios de Dios, pero, para empezar, tiene status político.

Pues bien, no hacía falta ni sentido de la política para que la beatificación de ayer se hubiera extendido también a otros mártires de la fe. Por ejemplo, los sacerdotes fusilados por no plegarse a los que se habían rebelado contra un gobierno constitucional. ¿No merecían también un beatus ille? Se han escuchado las palabras paz, piedad y perdón, y eso incluye generosidad de miras. Muchos católicos a machamartillo, y otros más escépticos, hubieran deseado que esa lista incluyera a todos los eclesiásticos víctimas de cualquier intolerancia en aquel trienio negro. Y no hubiera sido rendirse a la memoria histórica unilateral que pretenden algunos, sino aplicar naturalmente el mensaje de Cristo.

Claro que, si los designios de Dios son inescrutables, cómo no lo van a ser los de su Iglesia, tan humana -y por tanto tan imperfecta- como este irreverente Duende.

Por cierto, aviso final a navegantes. Recuerden que hablamos de paz, piedad y perdón. Si hay comentarios, que sean para enterrar definitivamente el hacha de esta guerra interminable.


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