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Viaje al futuro en el Buick de 1949

...O cómo viajar sobre el pasado mirando hacia lo único que importa, que es el futuro

Primera duda del día: ¿qué es más necesario en el desayuno de hoy, un café o una encuesta? Encuestas para todo, ja, ja. Se han tomado muchas veces con poco respeto, casi de coña se diría, en este blog. Como la aluminosis en los veranos de hace unos años: cuando la política tomaba el sol y los posados en bikini de Ana García Obregón no bastaban para llenar los periódicos adelgazados,  afloraba la noticia de que la mitad de nuestros edificios padecían aluminosis, y presuntamente un día se desmoronarán como castillitos de arena cuando sube la marea. Pues qué bien, otro problema. Luego terminaba el verano, volvía el curso político y la aluminosis se escondía por los ojos del Guadiana de la actualidad. Desaparecía la amenaza de la aluminosis.

Ahora el sucedáneo de la aluminosis son las encuestas. Por ejemplo, un equipo investigador de la universidad de Upsala –estas cosas raramente se investigan en la Complutense, que nos queda más cerca- ha concluido que el consumo de txangurro a la luz de la luna  en días nones aumenta la duración de las erecciones del varón. Lamentablemente, la encuesta del día es menos divertida: según un psicólogo llamado Antoni Bolinches el cincuenta por ciento de los hombres padecemos el síndrome de Peter Pan. O sea, no queremos crecer.

-Es verdad-me reconoció Homper-El otro día pasé por una juguetería donde liquidaban coches de metal clásicos, modelos de la época dorada del automóvil, y no pude la resistir la tentación de comprar unos cuantos.

-Lo entiendo-le reconoció el bloguero.

-Cada vez que miro el Buick de 1949, un precioso descapotable de color rojo metalizado al que se le abren las puertas, el maletero y el capó,  me imagino que lo conduzco, con Debie Reynolds al lado, por  las carreteras de California.

-Lo comprendo-repitió el Duende-la Debie de Cantando bajo la lluvia era una chiquilla preciosa.

-No te lo puedes imaginar. De vez en cuando paro el descapotable y nos besamos…¿Por qué habrán eliminado los asiento corridos?

Pícaro Homper.

No está uno sin embargo tan seguro de que lo que dice Bolinches responda a la verdad. Ayer este ciudadano corría por un parque solitario cuando vio sentado en un banco a un hombre de su edad dando el biberón  a un bebé que tenía entre sus brazos. No es que la madre o el padre se hubieran alejado a comprar tabaco. El hombre estaba solo, con el carrito del niño al lado. Era su plan matinal.

-Es un santo-le explicó al Duende cuando entró en conversación con él- Mi hijo no podía sacarle, porque está en el trabajo, y aún no pueden dejarlo en la guardería. Mire, mire cómo chupa la criatura…

Hoy uno de los temas del día es el aplazamiento de la jubilación a los 67 años. Ya no le pillará esta medida al bloguero, al que sólo le queden meses para dejar de ser autónomo y pasar a la categoría de niñero disponible. Le dice a Homper que a él también le gustaba Debie Reynolds, y que adoraba el Buick de 1949. Pero ciertos acontecimientos recientes le aconsejan  sellar definitivamente el pasado, porque no tiene sentido seguir alimentando la nostalgia. Carpe diem. No es que no quiera crecer, es que cada vez acumulamos más dolores que es imprescindible olvidar.

El café ya no es lo que era

Cafe

(Foto de nasebaer’s, con algunos derechos reservados)

El café es una infusión exquisita para algunos. Distinguen: el de Colombia, el de Brasil, el de Costa Rica, el africano, el turco. Para el Duende sólo una costumbre y un tolerado estimulante. Cuando trabajaba para la marca Bonka se tuvo que empapar en la historia del café, por aquello de no tocar de oído. Parece que fueron unas cabras las que, ramoneando en unas matas, encontraron en sus frutos tiernos un motivo para ser más felices. El cabrero se apercibió de lo contentas que triscaban después de probar aquellos granos, así que siguió su ejemplo y pasó la bola. Hasta la fecha. Si el Duende fuera el Dios omnisciente que le contaban en el colegio, uno de los datos que le gustaría registrar es el del número de tazas de café que la humanidad ha tomado desde las cabras a esta parte. Hay que ser mucho Dios para que la cifra te quepa en la cabeza.

Así avanza la civilización: donde menos se espera, salta la cabra. Y con cualquier pretexto, se toma un café. Delicia o rito, para el Duende – en ocasiones tragaldabas, siempre goloso pero no lo que se dice un gourmet- el café es más que nada una costumbre. Contra el gusto general en España, odia el torrefacto, quizás porque estaba de moda cuando le despabilaba en sus tétricas noches de estudiante previas a un examen. Caían las horas tan inexorables como los párpados de puro sueño, y el Derecho Civil, de Federico de Castro, famoso hueso del claustro de profesores de la Universidad Complutense, esperaba abierto entre sus codos, como diciendo, anda, atrévete a aprenderme en lo que queda de tiempo hasta el examen, que te vas a enterar de quién es don Federico. Y se enteró, porque le cateó dos veces. El Duende cree que no vivirá noches tan parecidas a las del condenado angustiado esperando la visita del verdugo. Al alba, al alba, como cantaba Aute, aquel café torrefacto negro cual cucaracha le sabía sencillamente a muerte.

Se reconcilió luego con el café por la literatura, el cine y los viajes. No es lo mismo tomarlo en un café de Viena o de Ámsterdam -imprescindible uno de estilo art deco muy cerca del Rijksmuseum cuyo nombre ahora no recuerdo- o incluso en el Iruña de Pamplona o en Gijón de Madrid, que en la aséptica cafetería de suelo de mármol reluciente de la séptima planta del centro comercial que es la meca de nuestros días. Si ya no hay ambiente, ni tertulia, ni literatura, si no hay unos novios arrullándose, o un escritor buscando a la musa en el velador de mármol, o un opositor concentrado en sus apuntes, o una dama distinguida esperando al espía para pasarle un mensaje secreto, o un camarero añejo que te cuente historias de toreros, de artistas o de putas, el Duende piensa que el café no tiene mayor interés. Y no digamos si te lo sirven templadito o más bien tirando a frío, como pasa ahora en tantos establecimientos.

Porque esa es otra. Se baja el Duende de la moto aterido por la fresca matinal. Se mete la primera cafetería y pide un café con leche para entonar el cuerpo. Se lo acerca a los labios con toda clase de cautelas y al primer sorbo ya está helado. Perdone usted -se disculpa el jefe-, pero es que ahora con tanta variante en los desayunos de oficinistas nos vuelven locos. Café caliente con leche fría, mitad caliente mitad templada, descafeinado con fría, descafeinado con caliente, capuchino, descafeinado de máquina, cortado, bombón, americano, mediana…¿Quién se acuerda ya de que el café con leche era uno, y siempre echando bombas? El lujo de la oferta variada, de la libertad de elección y del cambio de costumbres. Poco es ya lo que era: a la tortilla de patata la deconstruyen, lanzan el helado de fabada y cualquier día hacen compota de callos a la madrileña. Aquí no cabe el que inventen ellos de Unamuno, porque lo inventamos nosotros. Aunque el Duende piense que el café con leche estaba mucho mejor bien caliente y, por supuesto, con porras crujientes.


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