1
A veces los recuerdos de lo intrascendente se graban con tanta o más nitidez que otros que se consideran más importantes. Pescaba Juan al atardecer a orillas de una playa de Almería. Juan es el hijo menor del Duende, y por entonces dividía sus pasiones entre tocar el saxo, pescar y pasear con la perra de la familia, una simpática fox-terrier llamada Alfa. Alfa no se separaba de él. Se sentaba en la arena y miraba atentamente las olas mientras se echaba la noche y el pescador esperaba pacientemente a ese pez que nunca pica cuando lo deseamos.
(A propósito, frustración nº 36.982. No sabe el bloguero si esto mismo le pasará al lector, pero él cuando camina por la playa o por la orilla de un río y da con un pescador, siempre desea que en ese momento éste rebobine el carrete y traiga del anzuelo un magnífico pez. Y eso no pasa nunca, demonios, nunca. Muchas veces coincide con que el pescador recoge el sedal, y que a veces arrastra un alga, o con los plomos, el flotador la cucharilla y el cebo artificial produce el falso efecto óptico de que ha picado algo gordo. Pero siempre acaba todo en falsa alarma, nunca con la captura del pez. Y no me digan que no exasperante, tener tan mala suerte, haber visto miles de pescadores a orillas del río de la vida y no sorprenderles jamás en el momento de la suerte suprema).
2
El bloguero pasaba por ahí cuando, ya noche cerrada, en el vecino pueblo de Garrucha empezaron a quemar un castillo de fuegos artificiales. La fiesta piroténica no tenía lugar muy cerca, puede que a más de de un kilómetro. A pesar de ello, no bien explotó el primer cohete Alfa salió corriendo despavorida, ¿alma de perro que se lleva el diablo? Dos horas después Juan la encontraba, aún temblando, escondida debajo de su cama.
El espectáculo de verano era bien bonito, noche lunada junto al mar, un muchacho pescando, la perra tranquila, mirando las olas al pie de su amo, y al fondo ese plus de glamour que espolvorean sobre el cielo los fuegos artificiales. Pero el Duende recordó que él también, cuando era un niño, abría la boca de asombro al ver los fuegos al tiempo que se tapaba los oídos. Le espantaban las explosiones.
3
Nunca había estado el Duende en Valencia en tiempo de Fallas. Pero entonces aún hacía diabluras por la radio, y los programas de RNE en los que participaba estaban para eso. Oye -llamaban a los jefes de una ciudad de importancia o de una comunidad autónoma, que aún estaban de bien ver-. Que se inaugura la Exposición Universal de Rosas Exóticas. Que se celebra la Feria del Melocotón, muy importante para la economía de la zona. Que se ha cumplido el quinto centenario del otorgamiento de carta de ciudadanía a Villapendejo, un evento histórico de honda huella en la región. Que el Consejo regulador de la Denominación de Origen de la Nuez Moscada necesita un poquito de notoriedad. Que por primera vez alojamos en esta ciudad al Congreso Europeo de Entomólogos. Y allá que nos mandaban: a Doña María, a Capitán, al padre Bonete, al Gran Carnaval, a Julio César Iglesias, a Carlos Herrera, a Antonio Jiménez o a Olga Viza, según quién llevara la batuta.Y lo mismo teníamos que hablar de embutidos que de juguetes o de historia, para acabar haciendo la pelota al lugar que nos recibía y diciendo por antena cosas tan originales como: encrucijada de culturas (esto se decía mucho), ciudad hospitalaria donde nadie es forastero (esto también), la gran desconocida (todas las ciudades y pueblos de España son los grandes desconocidos, pero se sigue abusando de semejante tópico, debe de ser muy resultón), y aquéllo de de “donde a un patrimonio histórico y cultural excepcional y un dinamismo social y económico admirable se une una oferta turística, de ocio y gastronomía, que la hacen sencillamente insuperable. Aunque, para qué engañarnos, lo mejor de este sitio donde hoy hacemos el programa es su gente: gente abierta, sencilla y campechana que recibe a cualquier visitante con los brazos abiertos”…Todo eso decíamos, por eso pagaban a los parlanchines de la radio. Y la cosa gustaba tanto a los anfitriones que acababan invitando al equipo humano del tinglado de la radiofónica farsa a un buen almuerzo, regalaban a cada uno un bonito cenicero de cerámica con el escudo de la ciudad estampado en su fondo y luego invitaban a presenciar desde lugar preferente el acontecimiento o el objeto que justificaba aquel despliegue de medios.
-Qué bonito, qué interesante –había que decir- ¿Cómo es posible que el mundo entero no sea consciente de este privilegio que todos tenemos al alcance de la mano?
Así eran las cosas en el entonces de la vida de este bloguero.
4
El programa fue en Valencia, la época la de las Fallas, y el acontecimiento La Mascletá. El Duende creyó que de repente el cielo se abría y una de dos: o Zeus tonante había despertado más furioso que nunca o se celebraba el cumpleaños de Paul Tibets y del Enola Gay. ¿Sonarían más fuerte aún las bombas de Hiroshima y Nagasaki?
Este incauto e ignorante bloguero no entendía que esa serie de explosiones insoportables para cualquier oído ligeramente sensible fueran causa de tanta algarabía. Podía haberse acordado de la alegría de vivir, del gozo de la fiesta callejera, de los que viven esperando todo el año su tradición más famosa, de lo liberador que es liarse la manta a la cabeza y caer en cualquier exceso. Algo de ese efecto narcótico incluyen las fiestas populares. Pero no, parecía que el Ayuntamiento, y la Plaza de la Constitución y Valencia entera iban a ser engullidos por el centro de la tierra, que volvíamos a la guerra, y que si aquello no era un raid aéreo estábamos en el epicentro de un terremoto.
Y entonces se acordó de la pobrecita Alfa, y de lo mal que lo deben pasar los perros de Valencia cuando llegan la Fallas y la pólvora y las explosiones se hacen dueñas de la fiesta.
5
Qué horror, los petardos, las tracas, las bombas, los tiros y los truenos. ¿Por qué gustan tanto? Uno cree que siempre le pillan con el alma desprevenida, y que nunca podrá superar el pavor a su estampido.
Alfa murió de viejecita, en el campo. Un día de verano, cuando sentía que ya no estaba para vivir más, se alejó de la casa y se echó sobre la tierra para dejarse morir.
Pero murió en silencio. Que es como, con las solas excepciones de los sonidos de la naturaleza, los de una conversación inteligente o los de una música sublime, le gustaría vivir a este bloguero el resto de la fiesta de la vida.



Comentarios recientes