Homper duda mucho de que la opinión de una anciana pueda alcanzar hoy día gran predicamento. Pero confiesa que se quedó estupefacto cuando en la última de sus conversaciones, la tía Clota dijo una frase muy contundente.
-Vuestro presidente Zapatero puede que sea un buen chico. Pero es víctima de una de las virtudes sociales de nuestro tiempo, que es la necesidad de aparentar siempre seguridad en uno mismo.
Y añadió después.
-Porque yo a Dios se lo puedo aguantar, por ser quien es. ¿Pero quién le ha hecho creer a este hombre que sólo él tiene la razón, y que los demás están equivocados?
Movió Homper la cabeza negativamente, como queriendo decir que él también lo ignoraba. Casi nadie sabía por qué aquel joven abogado de Valladolid se había convertido en un un vicedios, o un conducator iluminado. Y recordaba, por oposición, a su padre, un hombre discreto que dudaba de casi todo, y a su madre, tan tímida y apocada que consideraba de mala educación expresar las propias opiniones con exceso de vehemencia.
-Hablamos de virtudes antiguas, tía- apostilló- No deberíamos de decirlo nunca, porque no sería políticamente correcto ahora. La seguriad en uno mismo fascina a los jóvenes, se considera elemental para triunfar en la vida, y hasta se enseña en las escuelas. Pero el aplomo es a menudo el falso hormigón que protege el alma de los mediocres.
Homper se quedó encantado con su frase. Sin embargo la tía Clota no le hizo demasiado caso, porque su gata se había puesto a jugar con el ovillo del punto, y además desde la cocina le llegaba un golpe de aroma de tarta de manzana recién horneada. Homper pensó que, afortunadamente, hay otras pequeñas verdades en las que creer que a veces disimulan las grandes dudas.
-Y es verdad que no alumbran esos líderes por los que suspira la sociedad actual, tía- concluyó antes de despedirse- Pero sí, por suerte, menos mentes peligrosas

Lo malo del poderoso es que impresiona tanto a su alrededor, que nadie se atreve a denunciar sus excesos



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