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Creer tanto en uno mismo, como ZP…¿Es una virtud?

De los hombres que confían tanto en sí mismos, liberanos Dómine...Homper duda mucho de que la opinión de una anciana pueda alcanzar hoy día gran predicamento. Pero confiesa que se quedó estupefacto cuando en la última de sus conversaciones, la tía Clota dijo una frase muy contundente.

-Vuestro presidente Zapatero puede que sea un buen chico. Pero es víctima  de una de las virtudes sociales de nuestro tiempo, que es la necesidad de aparentar siempre seguridad en uno mismo.

Y añadió después.

-Porque yo a Dios se lo puedo aguantar, por ser quien es. ¿Pero quién le ha hecho creer a este hombre que sólo él tiene la razón, y que los demás están equivocados?

Movió Homper la cabeza negativamente, como queriendo decir que él también lo ignoraba. Casi nadie sabía por qué aquel joven abogado de Valladolid se había convertido en un un vicedios, o un conducator iluminado. Y recordaba, por oposición,  a su padre, un hombre discreto que dudaba de casi todo, y a su madre, tan tímida y apocada que consideraba de mala educación expresar las propias opiniones con exceso de vehemencia.

-Hablamos de virtudes antiguas, tía- apostilló- No deberíamos de decirlo nunca, porque no sería políticamente correcto ahora. La seguriad en uno mismo fascina a los jóvenes, se considera elemental para triunfar en la vida, y hasta se enseña en las escuelas. Pero el aplomo es a menudo el falso hormigón que protege el alma de los mediocres.

Homper se quedó encantado con su frase. Sin embargo la tía Clota no le hizo demasiado caso, porque su gata se había puesto a jugar con el ovillo del punto, y además desde la cocina le llegaba un golpe de aroma de tarta de manzana recién horneada. Homper pensó que, afortunadamente, hay otras pequeñas verdades en las que creer que a veces disimulan las grandes dudas.

-Y es verdad que no alumbran esos líderes por los que suspira la sociedad actual, tía- concluyó antes de despedirse- Pero sí, por suerte, menos mentes peligrosas

Un éxito de la buena educación

La buena sangre, el cariño y la educación hacen excelentes personas...

Dicen las novelas y las revistas de la época que entonces en España había muchas Pilares. Y  que a buena parte e ellas se les llamaba Pili o, más ñoñito aún, Pilarín. En 1960 el Duende tenía una prima Pilar de las que se había quedado en Pili. Se la podría describir como si fuera una heroína de novela de Jane Austen: rostro muy del gusto romántico, piel blanca y fina, labios marcados cabello oscuro ensortijado y una figura, en conjunto, delicada. Era verdad, parecía la inspiración de un bibelot de porcelana o el retrato de una musa de Lord Byron. El Duende, que era entonces un aprendiz de adolescente, la tenía entonces por modelo de prima mayor guapa. Lo cual era muy importante, porque antes de que se inventara el primo de Zumosol en el cole se presumía de otras cosas.

-Pues mi padre tiene una moto con sidecar-decía uno.

-Pues mi hermano mayor lanza jabalina más lejos que nadie-decía otro.

-Pues mi prima Pili es muy guapa –se defendía el Duende- Y además, en su boda hubo langostinos.

Sirvieron langostinos en aquella boda de los años cincuenta. Para las hermanas del Duende, que eran las cronistas sociales que le informaron, aquello era un lujo de príncipes imposible de ocultar.

Al contrario de lo que decía la canción, también de la época, la prima Pili no murió muy joven para amar. Ya estaba casada y era madre de cinco hijos. Murió demasiado joven para morir. Sólo había cumplido treinta y dos años cuando una mala anestesia después de un simple raspado de matriz acabó con su vida. Su viudo se llamaba Carlos,  y era un abogado de Valladolid que se parecía a Marcello Mastroianni. La prima Pili murió un dos de enero, sólo cuatro días antes del día de Reyes. El Duende andaba por allí, impresionado por el cuento roto de la prima guapa convertida en un cuerpo pálido yacente. Los niños no entendían nada, y el Duende se preguntaba cómo crecerían esas criaturas sin  mamá.

Aparecieron la abuela Marina y las tías Mary –la aprendiz de escritora tardía de la que ya habló el Duende- y Tere. También aparecieron los Reyes Magos. El Duende ayudó a poner  sus regalos en los zapatos: un balón de fútbol de esos que aún tenían cordones, un triciclo de madera, una muñeca para María, la única niña, que era una muñeca de caolín en sí misma. Y una primitiva maquinita de cine cuya marca se decía algo así como Cine Mig.

-Siempre te recordaré  desesperado dándole a la manivela para que funcionara –recordaba divertido el doctor Fernando Baró mientras veía la osamenta del viejo Duende en unos rayos X de ultimísima tecnología.

El doctor Fernando Baró, segundo de los hijos de la prima Pili, es un eminente traumatólogo de Valladolid que ha abierto las puertas de su clínica a los alifafes del Duende. Tanto Fernando como sus hermanos son hoy unos magníficos profesionales. Tuvieron una infancia dura, pero se han ganado la vida muy bien, y todos han formado familias estables que parecen felices. Durante más de un cuarto de siglo, y luego de que se vendiera la finca de la familia donde coincidían, apenas se han visto con él. Pero ayer le recibieron con una alegría y una generosidad que le llegó muy dentro al Duende. Pasaron de los huesos y cartílagos al lechazo y al Ribera del Duero, y se despidieron con un fuerte abrazo. La terapia se completó con esa medicina mágica que se llama cariño.

Y el Duende se acordó de su prima Pili, muerta, tan guapa, en plena juventud Y del gran trabajo que, en su ausencia, habían hecho en su familia la buena cuna y, sobre todo, la excelente educación.

Bermejo o el arte de callarse y hablar a tiempo

mariano-fernandez-bermejo-ministro-de-justiciapreview1Lo malo del poderoso es que impresiona tanto a su alrededor, que nadie se atreve a denunciar sus excesos

-¿Por qué nadie le paró los pies a este ministro?-le preguntaba la tía Clota a su sobrino.

-El poder nos ciega a todos. Hasta que se pasó, e incluso los suyos empezaron a fallarle.

La tía Clota le guardaba una cierta simpatía a Mariano Fernández Bermejo. Más que nada, porque es de pueblo, como ella, y aún en los años en que nació el hoy ex ministro eso de ser de pueblo y llegar tan alto era un meritazo. Además, una vez que fue de excursión a la Villa de Mombeltrán con unos amigos y pararon en la gasolinera de Arenas de san Pedro, ella tuvo que hacer uso del cuarto de baño y lo encontró limpísimo.

-Buena señal, y más en España -puntualizó la tía- Pero claro, la cacería, lo de no tener licencia, cenar con ese juez…¡Matar ciervos cuando a tu presidente aún le llaman Bambi…

Bendita ingenuidad.

La tía Clota sabe que el hoy  ex ministro es hijo del dueño de la gasolinera de Arenas de san Pedro, y que el señor Fernández estaba en las antípodas ideológicas de su hijo. Porque la sangre izquierdista le viene de su abuelo materno, don Emiliano Bermejo, dueño del Colegio del Carmen, un edificio con mucho encanto y un gran jardín que fue derribado por la piqueta para albergar unos horribles bloques de viviendas.

-Pero ya ves, tía. Legalizaba o ilegalizaba ANV, a conveniencia del Gobierno. Comprometía a Montesquieu a dos por tres. Y como era mordaz y daba caña a la derechona le jaleaban. Uno deslumbrado por el poder y otros porque no quieren ver…

-Pues acabo de escuchar a Victoria Prego, que tiene muy buen criterio, y dice que es un hombre muy inteligente y de gran preparación…

-Y simpático -añadió Homper-Que me lo ha dicho un amigo que le conoció en su juventud.

También le contó el amigo que el ex ministro tiene una hermana que se llama Pepita y era de las más guapas de Arenas de san Pedro. De cara muy bien dibujada, piel muy blanca  y silueta perfectamente proporcionada, tenía el aire delicado de un retrato de Madrazo o de una heroína de Chejov. Al contrario que su hermano, parecía tan discreta y tímida que el amigo no se atrevió a decirle que le gustaba, por si se asustaba. Tampoco se lo recordó cuando la encontró cuarenta años después, casada y profesora de matemáticas en un instituto de Valladolid.

-Lo que es no hablar a tiempo-concluyó tía Clota-Si alguien lo hubiera hecho, el ministro a lo mejor había salvado la silla, y tu amigo quizás hubiera acabado con Pepita.

Quién lo sabe. Pero es tan difícil saber callarse o hablar a tiempo…

Qumram y la interpretación de la historia

La historia es una novela sujeta a la interpretación de algunos signos dudosamente fiables. En el último tercio del  pasado siglo el conde de Pinofiel rehabilitó un ala de su castillo roído por tiempo. El castillo se levantaba en la zona más suroeste de lo que entonces era Castilla la Vieja. Antes de colocar la primera piedra de la torre del homenaje encerró herméticamente en una caja de plomo algunos objetos curiosos: treinta monedas turcas con la efigie de Ataturk envueltas en una página de Camino, el libro de san Josemaría Escrivá de Balaguer, una liga de encaje negro anudando un sobre del Banco Vitalicio que contenía un mechón de cabello rubio, una reproducción de la famosa foto de calendario de Marilyn Monroe desnuda sobre una tela roja y una receta en sueco del pastel de zanahoria y nueces. Además introdujo una flor de edelwais seca y el fósil de un erizo de mar. Debidamente sellada y lacrada emparedó la caja en un hueco del muro mientras desafiaba al futuro. Me descojonaré desde el más allá-  dijo solemnemente antes de aplicar él mismo una paletada de mortero- el día que los arqueólogos y los historiadores interpreten este hallazgo. Y soltó una sonora carcajada para rubricar su travesura.

Se dató la época del año en que murió Tutankamón  por los restos de unas semillas que se colaron en su sarcófago. Ahora por unas muelas halladas en Newcastle  concluyen unos científicos que el hombre de Neandterhal no era tan bruto como lo pintábamos. Y el Duende, como el citado conde, se frota las manos imaginando los delirios historicistas que provocará el sorprendente contenido de la caja de plomo.

Uno supone que el deber del filósofo es buscar el por qué de todo. Pero la historia probablemente tiene muchas más razones que la razón también desconoce. Un ejemplo es un  amigo del Duende con ideas originales. Se trata de un castellano de nuestro tiempo, de origen humilde y sin estudios, que consiguió abrirse camino en la vida a base de trabajo y fino instinto de creador de empresas. A los cincuenta y tres años, después de haber vendido algunas ellas, había acumulado la fortuna suficiente como para retirarse en su pueblo natal. En todo ese tiempo había aprendido  de los libros como autodidacta lo que no le enseñó la escuela. Y entre esos saberes, precisamente, el propio conocimiento del libro y el deleite del bibliófilo. Su casa en la plaza de Peñafiel tiene tres pisos. Uno de ellos es para su despacho, otro para él, su perro y su gato. Y el tercero, acaso el más grande, para su formidable colección de libros. Jesús Solís posee además un pinar por el que pasea todos los días con sus animalitos de compañía, y una bodega de Ribera del Duero que produce un tinto que por la hondura y la calidad de su recio bouquet merecería aparecer en un bodegón de Velázquez.

 La gracia de esta historia es que el tinto de Jesús  se embotella con el enigmático nombre de Qumram.  Así se llama la aldea de Judea, a orillas del mar Muerto, donde en 1947 se descubrieron los novecientos rollos que contienen los documentos más antiguos que se conocen del Antiguo Testamento. En una descabellada hipótesis de futuro podemos imaginar a los sabios del siglo cuarenta y cinco de nuestra era interpretando el hallazgo de una de estas botellas en los sedimentos de un antiguo río desecado en el corazón de la Península Ibérica. ¿Fue Valladolid una provincia de Israel? ¿Pasaba el Jordán por donde hoy fluye el Duero?  ¿Fueron Isaías, Ismael, Samuel y Melquisedech finos sommeliers antes de convertirse en profetas? ¿Se escribieron algunos versículos bajo el influjo de Baco?

 Los que estamos en el secreto contemplaremos el despelote interpretativo con la misma guasa del travieso conde de Pinofiel. Ningún investigador podrá imaginar entonces que Qumram -la meca de los bibliófilos- encarna el sueño de un hombre que logró lo que todos soñamos y casi nadie consigue: retirarse a tiempo para disfrutar lo mejor de  la vida. Algo sorprendente en hombre sin cultura que, a la postre,  ha acabado siendo el más sabios de todos los sabios que uno ha conocido.

Amadas primas

(Foto de Merkur)

Aquel tipo adoraba a las primas. A ello contribuía la literatura. Había leído todas las novelas propias de la primera juventud. En casi todas aparecían primas guapas, primas seductoras, primas con las que  se viajaba en tren o en barco, o con las que se veraneaba en el Tirol o en una isla griega. También había primas mas cercanas, primas de Albacete, de La Bañeza o de Valladolid, con las que primero se juega a las casitas o a las familias y luego se acaba descubriendo el esplendor en la hierba. Quien tenía una prima maciza y con las mejillas como manzanas, tenía un tesoro.

  Sus amigos, por cierto, también tenían primas. Gustavo, en particular, estaba enamorado de una de ellas, año y medio mayor que él. Se llamaba  Sofía, y justo aquel verano se le había puesto el pecho lleno de tetas. Las novelas y el cine hablaban mucho de episodios así.  Un día de verano cogieron la merienda, se escaparon de casa,  le  robaron el chinchorro al tío Tomás y se lanzaron a pescar en la ría. Ella hizo un movimiento peligroso y cayó al agua. Gustavo no lo dudó y se zambulló tras ella. Recordando  lo que había visto en el Tarzán de Johny Weissmuller, cruzó su brazo derecho por debajo la axila de la chica y nadando a duras penas con el brazo izquierdo le ayudó a ganar la orilla. El chinchorro, a la deriva, fue arrastrado por la corriente hasta perderse en la mar. La chiquilla, presa de un ataque de nervios, se arrebujó en el hombro del muchacho y no paró de llorar hasta que el sol secó sus ropas y ambos se encontraros enredados en besos y abrazos.

  Gustavo nunca olvidaría esa tarde, pero la edad no perdona. Ella completó su desarrollo mientras él seguía buscando desesperadamente en el espejo motivos para afeitarse. Ella se enganchó en la pandilla de los mayores y acabó casándose con un ingeniero de caminos. Gustavo siguió amando a su prima, pero no volvió a verla hasta que, veinte años después se celebró el funeral  por el usurpador, muerto repentinamente mientras se calzaba unas botas de esquí. Gustavo entonces acompañó a la prima Sofía todo lo largo del camino de cipreses que cruzaba el cementerio, y antes de despedirse se le ocurrió emplazarla  para  el verano. Le propuso salir otra vez a pescar en la ría. Pero  no lo harían en el chinchorro del tío Tomás, sino en un pequeño barquito de su propiedad.

 Y aquél verano, salvando las distancias,  se pareció bastante al Verano del 42  que entonces triunfaba en las pantallas.

 Gustavo era amigo del Duende, que no tuvo primas como Sofía. Todas eran mucho mayores que él. Pero alguna de ellas no obstante da para una historia luminosa y tierna que contaremos otro día.

Más pequeños paraísos

Olivetti Roja

 (Foto de The Tourist)

No está tan seguro el Duende de que les guíe a los políticos solamente el afán de poder. O se lo va a creer ingenuamente, al menos por esta noche, porque bastante caña les estamos dando últimamente. Algunos lo explican fatal, pero la parte sana del animal político es que se siente capaz de transformar la realidad a su alrededor. Muchos la empeoran, desgraciadamente, pero las buenas intenciones, como el valor al soldado, se le supone. Los demás tenemos un hijo, plantamos un árbol o escribimos un libro. Cuando se acuñó esta  trilogía aún no había nacido internet ni existían los blogs. Ahora, un comentario como los que los lectores ofrecen al Duende también sirve de pequeño libro. Augusto Monterroso escribía cuentos mucho más breves

Dos de los amigos recientes del Duende que no se conforman con cualquier cosa son Paco Gil y Jesús Solís. A uno le conoció hará un año, y al segundo lo encontró a finales de enero en el feliz cumpleaños del Candil de la Sierra. No se conocen entre sí, pero son vidas paralelas, de esas que envidia el Duende por concretarse en resultados. Ambos son de edad parecida, esa que Ágatha Christie en sus novelas definía como la mediana edad. Paco, del que ya hablamos en una ocasión es de Candeleda, provincia de Ávila, y Jesús de Peñafiel, en Valladolid. Paco es hijo de un maestro, se hizo matemático, fundó un colegio en Madrid, y es un apasionado divulgador de las bellezas de su región, alimentando con ellas varias páginas web y poniendo en marcha algunas iniciativas turísticas y culturales muy interesantes. Jesús nació de una familia muy modesta, y sólo pudo estudiar el bachillerato elemental. Se puso a trabajar a los catorce años, se trasladó a Barcelona y a base de tesón e ingenio, y después de haber creado veinte empresas se ha retirado en su pueblo, donde guarda como un tesoro una impresionante colección de libros, incunables y manuscritos antiguos. También tiene una bodega muy singular de la Ribera del Duero, pero su pasión es la bibliofilia, en la que ha encontrado largamente el saber que tanto echaba de menos. En realidad ya ha transformado tanto su realidad que ahora se puede permitir el lujo de dedicarse a leer, a pasear con su perro por los pinares de Peñafiel y a cocinar, por cierto, con mano maestra. Se basta con el rabillo del ojo para vigilar esa bodega que es, además, otro hobby.

El Duende siempre ha admirado a la gente con iniciativa y que sabe crear cosas. Cosas que se ven, que se tocan, que funcionan y que, a su vez, generan vida a su alrededor. Él es de estirpe contemplativa, divagadora, funámbula siempre en el cable de la duda, pelín apocada. Un desperdicio para el PIB. Cuando tenía veinticinco años lo único notable que había hecho es una pequeña colección de juguetes de hojalata, y un librillo de cuentos inspirados por ellos e ilustrados de su propia mano. Los tecleó en una vieja Olivetti. Su mérito es que lo hizo en su totalidad en horas de trabajo, y nadie a su alrededor se percató de ello.

Ahora Paco Gil ha tenido la humorada de teclear otra vez los cuentos en su ordenador, escanear las ilustraciones -es un ejemplar único- y subirlos a este blog por si alguien quiere conocer otros pájaros de la cabeza del Duende que aún no habían revoloteado por aquí. El libro se tituló Paraíso de hojalata, aunque el auténtico paraíso es haber encontrado a estas alturas de la vida tantos amigos que hacen de su espíritu inquieto y creador un excelente argumento para relacionarse con los demás.

Y otro  día hablará el Duende de Wallace 97 y de Julián 29. Han leído estas historias y les han gustado. Es lo malo, cualquier día el Duende se siente como Max Estrella y se nos pone estupendo. 

(Podéis ver el Paraíso de hojalata pinchando en la imagen de la moto de hojalata, en la esquina superior derecha de este blog)

El Duende ya no es el Duende

El Duende de la Radio

El Duende ya no es el Duende / que es igual que un orfeón / donde cantan otras voces / y van haciendo opinión (Curro Meloso)

Uno de los cada día más numerosos adictos a este blog recordaba ayer a un personaje, que nació de la mano de Julio César Iglesias en nuestra última temporada de RNE. Como su propio nombre indica, Curro Meloso era un rapsoda facilón y empalagoso que, sobre los acordes de guitarra de Agapito Bastardillo, improvisaba trovos almibarados. En estos menesteres Julio era un Robiño de las ondas. Se hablaba, un suponer, de la cosecha del azafrán con un experto, y sin encomendarse a Dios ni al diablo hacía un regate en corto, miraba a la chistera del Duende y requería a la musa de Curro. El trovero entonces improvisaba un ripio deleznable, pero lo decía con tal hondura y sentimiento que, traicionado por la emoción, siempre acababa llorando: Las mocitas de mi pueblo/ unas vienen y otras van/buscando novio, o al campo/ por cosechar azafrán…Así escrito parece una chorrada, pero en vivo y en directo lo era aún más. La vida del Duende en la radio fue eso, un rosario de chorradas resultonas.

Pero hoy Curro Meloso cantaba pasmado el prodigioso desarrollo de este blog. Empezó siendo un diálogo consigo mismo y ahora es un foro de reflexiones, anécdotas y opiniones que entretienen e ilustran. El Duende sólo da las pinceladas iniciales. El resto del cuadro lo pintan a diario una serie de amigos y amigas a los que no les ve la cara, pero se les adivina algo del alma. Rebosan criterio, sensibilidad, ternura y, a menudo, un más que saludable sentido del humor. El orfeón al completo, claro, suena mucho mejor que la sola voz del Duende.

Todo esto acaba en un aviso a los suscriptores que siguen al duende desde el email. Si está usted entre ellos, no se limite a leer sólo la entrada que recibe en su correo electrónico. Conecte con http://elduendedelaradio.com/ -ya debería tener esta dirección entre los favoritos de su navegador- y sáquele todo el jugo al blog. Cualquier comentario de un nuevo parroquiano será bienvenido.

Por cierto, ya que hablamos de avisos, de orfeón y de la parroquia, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, recordaré que el domingo 28 la Orquesta y Coro de san Jerónimo el Real, canta a la seis de la tarde la misa en Si bemol mayor D 324 de Schubert y tres piezas sacras de Mozart, Bach y Gounod. Para más detalles, pinchen el enlace adjunto. Que no sólo de blog vive el hombre…

 


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