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Millonario en la Posada de Lalola

Y aprovechas la quietud que te ofrece la Posada de Lalola para avanzar que te quedan muchas cosas por contar de tu tournée veraniega...

Y aprovechas la quietud de la Posada de Lalola para  recordar que el blog sólo está dormido, no muerto, y avanzar que te quedan muchas cosas por contar de tu tournée veraniega…

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En el día de gracia del Señor del 19 de agosto de 2013 adviertes que tu cabellera se asemeja ya a la de un senador romano de los que salían en Espartaco y otros péplum de la época, y tú mismo reconoces que empiezas a estar pelín ridículo.

Nunca mejor dicho lo de pelín. Parece ser que  las quimioterapias se vuelven juguetonas con el pelo, rizando caprichosamente lo que antes era lacio. Tú, que antes de quedarte calvo como Nosferatu  peinabas tus crenchas lisas al modo clásico, te alarmas pensando que si sigues dejándolas crecer a su antojo pronto acabarás con la testa repolluda, como la de la duquesa de Alba. Ella se lo puede permitir, tú no tanto.

De modo que  aprovechas tu paso por Barbastro, capital del Somontano, para cortarte el pelo.

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No es lo más importante que se puede contar de un viaje de verano, pero es bastante original. Te preguntas cuántos de los escritores de viajes y blogueros del momento harán constar en su dietario que tal día como hoy se han cortado el pelo en la cuna de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Te respondes a ti mismo, esperanzado, que ninguno. Supones que la mayoría habrán descrito paisajes maravillosos y vivencias excitantes, lo mismo que tratas de hacer tú habitualmente. Sólo que hoy has reparado en la imprevisibilidad de la vida, y en el encanto de lo imprevisible. La peluquera es una chica con larga melena, esbelta y muy mona, y vive con su novio en Colungo, un pueblecín de la sierra de Guara cercano a Buera, donde has parado tú para rendir visita a tu amigo Miguel Angel, señor de la Posada de Lalola, del que ya hablaste hace tiempo en este blog.

-¿Han trabajado mucho en agosto?- le preguntas a la peluquera por hacerte el simpático.

-Huy, sí. Aquí gracias a los amigos del Opus que vienen a Torreciudad tenemos mucha clientela de verano.

Luego te cuenta que a ella se le está haciendo muy largo el estío, porque aún no ha tomado vacaciones, y no ve el momento de largarse con su cari a las playas de Rota.

-No se preocupe –te dice cuando tú le adviertes de los peligros de hacer tanta carretera-Nosotros viajamos en AVE, y luego alquilamos un coche allí.

Te alegras. Te alegras de haberte cortado el pelo en Barbastro, te alegras de que cualquier vida ajena te interese. Y, de un modo homperiano, no sólo te alegras, sino que te sorprendes de que en lo más profundo de la crisis una joven peluquera de provincias viaje con su novio a las playas de Cádiz en AVE y en coche alquilado. Un augur de la economía podría interpretar el dato como un indicio del final de la crisis. Una novelista de las que ahora copan las librerías quizás lo aproveche como comienzo su próximo libro: El verano de la peluquera del Somontano. Compuesto el título así, en dos líneas, y con una portada de ninfa joven sobre las arenas de una playa atlántica ya apunta a best-seller. Hay que ver lo que se descubre viajando.

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Este largo paréntesis ilustra perfectamente tu anarquía bloguera. Has acumulado muchas experiencias gozosas de senderista pirenaico.  Primero en les Valles D´Aneu, luego por dos días en Benasque.  Sigues siendo un nómada en busca de tranquilidad –estos día todo se te ha ido en ver y en asombrarte- para escribir,  y de wi-fi para subir algún nuevo post y  lavar así tu mala conciencia de vago. Crees que tienes muchas cosas que contar.

La primera de todo, y considerando tu condición de convaleciente, la inmensa suerte  de haber recorrido tanta hermosura sin que proteste tu salud.

Pero ayer pusiste rumbo al sur, siguiendo el  curso del maravilloso río Ésera, pasaste por Olvena y por un paraje  de belleza sobrecogedora que se llama el Ventanillo del Congosto y finalmente te detuviste en este hotelito rural donde el posadero, que se hizo amigo tuyo hace años a través del milagro y de la guasa de la radio, te recibe como si fueras un príncipe.

Durante estos días has dormido bien, incluso muy bien. Algunas veces, cierto, has tenido sueños extraños. Hace sólo un par de noches soñaste que habías descubierto en tu herencia familiar dos lienzos de Velázquez, uno de ellos tan grande que permanecía enrollado a la espera de que viniera el de Sotheby´s y tasara el importe de salida de vuestra fortuna.

Esta vez, sin embargo, despertar no fue regresar a la dura realidad, sino todo lo contrario. Continuaste el viaje, seguiste explotando el paisaje de tu país, y el tesoro que es tener amigos con el corazón de Miguel, el ángel del Somontano. ¿Para qué necesitas soñar en ser rico rico, si te sobra con ser afortunado?

 

¿Dónde Bach con mantón de Manila?…

INVITACION FINAL1

Admites que no está el horno para los bollos de la cultura, pero no por ello te deja de entristecer que el Prado haya previsto para este año el 25%  menos de visitantes. Incluso en los horarios de entrada libre, que es lo más curioso. No acabas de entender esto último, como no sea porque la situación es tan penosa que si no se suman a la misma franja horaria gratuita el Metro de Madrid, la EMT y hasta alguna cafetería de la contornada que sirva gratis café con churros, la generosa iniciativa del museo puede quedar en un brindis al sol.

-Oiga –te decía la frutera del barrio- Es que sales a la calle y todo es gasto, ¿no? Aunque vayas a pie.

Y se miraba las suelas de los zapatos medio roídas ya por el uso.

-…Porque contra más andas, antes tienes que poner los filis, que también son dinero.

El pueblo no suele emplear en esta frase el adverbio cuanto, y en su lugar se apaña con el contra, que es un error de sintaxis, pero que se ajusta mejor al momento de cabreo generalizado. Hay que estar contra casi todo, aunque desaproveches la oportunidad de ver la mejor pinacoteca del mundo de baracalofi, que diría el cheli.

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Si fueras sociólogo te atreverías a decir que lo mismo que dinero llama a dinero, la gente sólo va imantada adonde va la gente. Hay que estar muy seguro de uno mismo para convencerse de que un enorme calcetín roto sea arte, por mucho que la obra haya costado un riñón y este firmada por Tapies. El personal no hila tan fino, y confía más si ve que los suyos hacen  cola, da igual que sea ante el Prado, el Cristo de Medinaceli, Doña Manolita o el calcetín de Tapies. La cola jode, pero al final mola. Es la legitimación por acumulación.

-Tanta gente no puede equivocarse –razonan, sin acordarse de que doscientas mil moscas pueden comer de la misma mierda.

No hay doscientas mil moscas consumidoras de arte a las puertas del Prado. Ergo el vulgo se hace cuentas de que Velázquez, el Greco, Goya, Rubens, el Bosco y  los demás grandes genios de la pintura han perdido interés. Porque ya no arrastran tanta gente, y sumergirte en la cultura para encontrarte a solas con una obra maestra no es plan.

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Con este panorama los que gustáis de cantar en coro a Bach lo teníais regular sin no le dabais una vuelta de tuerca al cómo pagar un director, un local y una orquesta sin morir en el intento. Seamos sinceros: en una sociedad que diviniza a Shakira  ¿qué pinta la música de coral de Juan Sebastián Bach, aquel alemán con peluca que se dedicó a componer y a tener hijos y que se quedó ciego de tantos hijos musicales como engendró?

Y en este agujero negro de la cultura que ha provocado la crisis, donde hasta al Prado se le han secado sus fuentes de financiación ¿cómo podíais sacar adelante el primer concierto del nuevo Bach Atelier?

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Respuesta: con la imaginación de unos cuantos jóvenes que se han movido para buscar nuevos sistemas de patrocinio. Con el apoyo de buenos aficionados, mejores amigos y generosos sponsors, que se han rascado el bolsillo Con la generosidad de los instrumentistas profesionales, que no se han apretado más el cinturón por no hacerles la competencia ilícita a los músicos callejeros.

Y con pretensiones modestas en todo lo que no concierne a la exigencia de calidad vocal, que para eso el director J.M Álvarez sabe conciliar una fina sensibilidad con una mano dura que para sí quisiera el cómitre de las galeras donde remaba el pobre Ben Hur.

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El concierto será breve, pero bello, y original, y didáctico, y además se celebrará en un marco, como es la Basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid. O sea, que también será muy castizo, ideal parar pasar un ratito esponjando el alma con la música sublime del Viejo PelucaFernando Argenta dixit- y para pasear después la noche de junio y tomar una copita en una taberna del barrio de los Austrias.

Puesto que la cultura ya no es lo que era, tómense ustedes con buen humor las apreturas y los recortes. Vayan al concierto de presentación del Bach Atelier, que es de entrada libre y, contagiados del ambiente,  terminen con el famoso dúo de La Verbena de la Paloma en su nueva versión.

¿Dónde Bach con mantón de Manila?

                                         ¿Dónde Bach con vestido chiné?

 

                                         A escuchar que es una maravilla,

                                         según dicen, el Bach Atelier

 

                                        ¿Y que harás cuando acabe el concierto

                                         que por cierto es allá, en San Miguel?

 

                                         Pues salir por Madrí de garbeo

                                         y a tomarme una copa después…

¿Verdad que no es mal plan para un viernes de junio?

 

Tres milímetros de esperanza

Con tanta obsesión por el crecimiento, económico o de otro tipo, no caemos en la cuenta de lo importante que es a veces decrecer tan sólo tres milímetros...

Con tanta obsesión por el crecimiento, económico o de otro tipo, no caemos en la cuenta de lo importante que es a veces decrecer tan sólo tres milímetros…

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Te cuenta Homper que como su vida de jubileta puro se le queda tan estrecha, está dispuesto a ofrecerse como alter ego perfecto. Y, de acuerdo con los tiempos que corren, gratuitamente, claro.

-Te puedo ser muy útil-dice- Pienso como tú, vivo como tú, y recientemente me diagnosticaron una enfermedad como la tuya a la que están aplicando un tratamiento exactamente igual al tuyo. Así podré hablar de tu vida sin las inhibiciones que te produce ser sincero contigo mismo. Además, desde que murió la tía Clota ya casi no tengo con quien hablar.

- Qué pena…Qué sería de nosotros sin poder hablar…¿Eres madrugador?

-Si, lo soy.

-¿Compartes mis aficiones?

-Oh, si…Tenemos muchas afinidades electivas en común. La música de Bach, el cine rancio, el Atleti, los callos con garbanzos, espiar la vida de los animales, escribir sin saber qué acabará saliendo, los polvorones, tirar piedras al río, darle cuerda a tus juguetes de hojalata y esas cosas  tan tontas que te gusta creer que son la esencia de la felicidad.

-¿Y sientes lo que siento yo en este momento?…

-Tenlo por seguro.

-Pues cuéntalo de una forma original. ¿Sabes?…Empezó este blog como un divertimento y según pasan los días se va uno poniendo intenso, y cree que ya no tiene la menor gracia.

-Pues verás…

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Te cuenta Homper que el lunes entró a tomar un te en un Starbucks. Le gusta esta cadena de cafés por lo de poder arrellanarse en un sillón y leer algo mientras toma un bebestible. No le gusta por el tamaño desmesurado de sus muffins y por sus precios. Te sigue contando que después de leer por encima el periódico, levantó la vista y se fijó en el tipo que tomaba un café en la mesa de al lado. Su cara le era familiar. Junto a su café, descansaba un ejemplar de El Kamasutra deconstruido.  172 nuevas variantes posturales, interesante aproximación a al amor carnal para expertos escrito por la sexóloga finlandesa Arnal Cukaalinen.

-De vez en cuando, tras beber un sorbo de ese café aguachirle, el tipo leía un ratito y tomaba notas en una libreta. Yo le observaba y decía: este tipo me suena, me suena…Hasta que caí en la cuenta de que era el famoso actor porno Nacho Vidal. Entonces no pude reprimir mi curiosidad, y tras presentarme correctamente como Homper, o sea, el Hombre Perplejo y de curiosidad sin límites, le pregunté si tres centímetros de más o de menos podían hacerle más o menos feliz la vida a un hombre y a su pareja.

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-¿Te atreviste a eso?-le dijiste tú- Yo nunca hubiera osado a  hacer esa pregunta.

-Hombre, un alter ego se puede tomar ciertas licencias…El caso es que él se echó a reír. Y dijo que él estaba encantado con sus veintitrés centímetros, como bien se podía admirar en el vaciado que le hicieron de su afamado miembro viril para envasar colonia femenina o para modelar penes de chocolate que se vendían, con gran éxito por cierto, en las confiterías eróticas más acreditadas. Pero que, como triunfador que es, además de esperar impaciente el crecimiento de de la economía y de sus pingües negocios, también aspiraba a que se alargara su instrumento de trabajo.

Homper puso cara de pícaro y bajó la voz para continuar su relato.

Me reveló que había requerido la ayuda del mentalista indio Rabiné Dorandar, y que gracias a sus lecciones sobre el poder de la mente  si se concentraba mucho en una mujer apetitosa el pene le crecía excepcionalmente, y siempre de tres en tres centímetros. Contrariamente a lo que puede uno imaginar en un tipo de apariencia tan ruda y de menester que no destila precisamente humanismo, no eran mujeres vulgares las que más le ponían, sino lo mitos eróticos más refinados que ha conocido la civilización. El busto de Nefertiti del Museo Neues de Berlín le prolongaba su alegría hasta veintiséis centímetros, la Venus del Espejo de Velázquez  lo estiraba hasta los veintinueve, y el escandaloso cuadro El origen del mundo de Courbet colgado en el Museo D’ Orsay, marcaba su record de treinta y dos centímetros. Y entonces, más difícil todavía, fui yo y le planteé la cuestión siguiente. Oye, macho-le dije- ¿y el perder tres milímetros no te hace feliz?…Entonces me miró con desprecio,  porque para él tres milíemtros eran eran algo insignificante, y me espetó con mal tono que además eso del crecimiento negativo era una gilipollez.

Y nunca mejor dicho.

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-Porque eso del crecimiento negativo es un eufemismo de los políticos para no decir decrecimiento. Pero ahí está la diferencia -le aclaré yo a Nacho- Que así como el crecimiento negativo es un oximoron,  una  contradiccio in terminis, o sea, una gilipollez,  el decrecimiento puede ser positivo.

-¿El decrecimiento de la economía o el del pene?-preguntaste a tu alter ego francamente sorprendido.

-¡Oh, no!-te corrigió Homper-Esos siempre son deprimentes- Me refiero al decrecimiento de uno de los nódulos malignos que tengo alojado en el pulmón. Ahora, después de casi dos meses de pasar por talleres, su tamaño se ha reducido en tres milímetros.

No sabes cómo reaccionaría Nacho Vidal, ni tampoco te importaba demasiado. Tú recordaste entonces que Homper era tu alter ego, y que su suerte era la tuya. Y que, por primera vez en tu vida, perder tres milímetros donde te dije, en lugar de ser preocupante, era una excelente noticia.

 

El indescriptible placer de un tinto de verano

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Yo era un chico sencillo, y la vida me sofisticó. A otros les deja como eran, como les salía del alma. No cambian, no aprenden, no se van refinando. Pero mí me enseñaron que uno no puede mantener por siempre el niño en el que se conoció. Me gustaba el sabor del flanín, el de polvos, tan inocente, tan rico. Le llamaban Flan Chino Mandarín, aunque yo recuerdo también otro anuncio de de la radio que era simplemente un suspiro, mitad deseo, mitad nostalgia.

-¡Ay, cómo me gusta el Flan Tocy!- decía una voz femenina.

Nunca vi un sobre de este flan , al del mandarín sí que lo estoy viendo, al Tocy no le recuerdo su imagen. Pero existir existía, y aunque no se si el de casa era chino o Tocy yo lo degustaba y flipaba. Creía que la felicidad era eso, tomar de postre flanín y tener una novia rubia vestida con tutú, como una bailarina de ballet, tipo Debbie Reynolds O Sandra Dee. De esas que cuando giran sobre sí mismas en el climax del Lago de los cisnes dejan en el aire una estela de polvo de oro o de diminutos corazones. Ambas cosas las debí de ver en alguna película, y las dos me parecieron preciosas. Así debe de ser el amor, pensé.

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Un día vi vestida para una fiesta, con un traje de esos que llaman de nido de abeja a Piluca, una vecinita con la que jugaba en la calle. El tul el tutú se parece al nido de abeja, así que la imaginación hizo el resto. Piluca era morenita y con una cara fea como un puño de paraguas antiguo, pero me había dicho que tomaba clases de ballet, y ese mismo día me regaló una pastilla de café con leche, que era otra delicia muy infantil, nada sofisticada. Le quité la envoltura de papel de plata, en la que iba estampada la efigie de la Dama de Elche, me la metí en la boca, la degusté…Y, Dios mío, era tan deliciosa como el flanín. Y a tanto llegó el engaño del amor que, siendo como era mi pequeña vecina, no sólo me pareció guapa y rubia sino que también derramaba en sus movimientos oro en polvo y pequeños corazones.

-¿Quieres ser mi novia? –le pregunté entonces.

Ella me dijo que sí. Eso fue todo. Luego se cambió de casa, y creo que de mayor acabó siendo jefa de servicios en el Ministerio de Agricultura. No se casó nunca.

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A las chicas como Debie Reynolds o Sandra Dee, o a las artistas como Lana Turner o Virginia Mayo, que también me deslumbraron años después, cuando ya no era tan niño y se me ponía nerviosa la pirindola, las mayores las llamaban cursis. Cursis, qué tontería, con aquellas melenas y aquellas tetas tan hermosas. ¿Qué era una cosa cursi?…Una cosa que te emocionaba por bonita, por muy bonita, con mucho jeribeque y color de rosa, llena de fantasía y recargada de adornos que a los mayores les molestaba. Entonces decidían que no era la nuestro. Que los niños no podíamos ser cursis, y que la educación consistía en acostumbrarse a lo que luego dirán que es es bello o bueno, aunque no guste al prime contacto.

A mí me encantaba el orange, que era como entonces se llamaba la gaseosa de naranja. Y me tuve que acostumbrar al sabor antinatural del vino, porque era lo que pedía la civilización. Y me deslumbraba Walt Disney: creía que no podía haber mejor dibujante que el que había diseñado con su mano a Mickey Mouse y al Pato Donald y también la carroza de Cenicienta, que, cómo no, era pura cursilería. Luego un día mi padre me llevó al Museo del Prado, me enseñó Las Meninas, y me dijo, fíjate, Velázquez ha logrado pintar el aire. Después me llevó ante unos cuadros de un tal Alberto Durero, y añadió.

-Fue el mejor dibujante de la historia.

Me querían educar. Aunque a veces pensaba que lo que pretendían era hacerme un desgraciado.

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Un día, ya era yo un jovencito, una mujer guapa me dijo que dejó de salir con un admirador porque no le gustaban sus piropos.

-Imagínate…¡Me llamaba tocina!…

Ya está. Era guapa, pero la educación la había refinado, maleado, y se había sofisticado. El admirador seguro que era un chico de pueblo, y en los pueblos el tocino era buenísimo. A mí mismo me parecía que el tocino, en sabor salado, era como el flanín en dulce. Una delicia. Pero ella ya no quería ser Sandra Dee, ni Debie Reynolds, ni siquiera mujer fatal tipo lana Turner o Virginia Mayo. Se había complicado la vida.

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Yo también me compliqué la vida. Pero de un tiempo a esta parte trato de seguir el proceso contrario. La filtro por un colador de aquellos por los que antes se pasaba el café y me la descomplico. No es tarea fácil: pesa la educación y pesa aún más el imperio de la cultura dominante. Y sin embargo, cuando uno se libera es tan feliz…

Les haré una confidencia. Vivo en el campo, en la ladera de una montaña, a seis kilómetros del pueblo. Ayer hacía una hermosa mañana de verano, ideal para pasear cuesta abajo. Tenía que hacer unas pequeñas compras, así que me eché la mochila al hombro, cogí un bastón y me puse a andar pensando que a la vuelta, tomando la carretera, alguien me evitaría la cuesta arriba con el sol en toda la cresta. Otras veces lo hacen. Amigos, vecinos que pasan y que se paran espontáneamente par ofrecerme sitio en su coche. Ayer eran las dos y media de la tarde y no pasaba nadie.

Así que cargué con las compras y llegué a casa sudando la gota gorda. Quise beber algo fresco. Y entonces me acordé de que tenía guardada en el frigorífico un botellón de tinto de verano con limón de la acreditada marca Castillo de Velasco ( o sea, ni siquiera La Casera) con cuyo contenido llené un vaso del tamaño de los que se usan para batir la sidra…Le añadí algo de malicia exprimiendo además medio limón y cinco pedruscos de hielo.

…Y aquel sabor tan inocente que me recordaba el flanín, Sandra Dee, Debie Reynolds, Piluca, y otras cursiladas antañonas, me pareció elixir de los dioses. En esos instantes que dura vaso y medio de tinto de verano había encontrado tanto o más placer que los que a lo largo de mi vida complicada me han proporcionado otras muchas sofisticadas sensaciones adultas. Así que les animo a que se liberen. Y a que si este verano llegan con auténtica sed a su club náutico, o al yate de su amigo poderoso, o a cualquier sitio de ringorrango donde sólo se trasiegan bebidas que dan categoría, rescaten la ingenuidad que aún llevan dentro y pidan un tinto de verano con limón. Eso sí, on the rocks, que queda más gilipollas (perdón: quería decir fino).

Jueves Santo sin Mingote

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Le ha pedido el Duende explicaciones a su memoria. De repente no sabe si al Jueves Santo le corresponde el recuerdo de  un diluvio torrencial que vació las calles y convirtió Madrid en una ciudad fantasma, el sonido de las carracas, la visita a las iglesias con sus padres para rezar las estaciones o unas gambas al ajillo deliciosas que preparó su madre. La infancia guarda esas sorpresas: hasta un día crees que lo más sabroso que se puede esperar de la vida son las patatas fritas, el jamón de York y las natillas, pero ese día el menú se hace más adulto y se refina, y la madre prepara algo nuevo, que son las gambas al ajillo. Y a partir de entonces el Duende imberbe, de tan deliciosos como le parecieron esos bichitos del mar, creerá que las gambas al ajillo eran privilegio de los ricos de su tiempo: Aparicio, Litri, Di Stéfano, Sara Montiel y Pepín Fernández, que hacía entonces el mismo papel de empresario exitoso que ahora desempeña el señor de Mercadona. Por cierto, sic transit gloria mundi: ¿quién se acuerda ahora de Pepín Fernández?

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Memoría traidora, como empezaba diciendo.

Sí tiene claro el Duende en cambio que así como el Viernes Santo se ayunaba, el Jueves Santo se comía, y bien. Los católicos preparamos el gran duelo con buenos alimentos, y también celebramos las buenas nuevas como auténticos triperos. O sea que aunque probablemente creemos en Dios, aprovechamos cualquier trance en la vida de su divino Hijo para los placeres de la otra carne, que son menos excitantes, aunque también más perdonables. Que nace el Mesías, pavo y turrones. Que le prenden en el Huerto de los Olivos, y le flagelan, y le coronan de espinas, y le crucifican, torrijas, tirabuzones y flores de harina frita. Que resucita, cordero pascual asado, monas de Pascua y huevos de chocolate. Mens sana in córpore no se si sano, pero por lo menos gordo.

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Memoria, entendimiento y voluntad, decía el catecismo del padre Ripalda que eran las llamadas potencias del alma. La memoria, ya les digo, va fallando, pero el Duende sigue las huellas del tiempo perdido y se da cuenta de que no recuerda un solo Jueves Santo sin Mingote. Se lamentaba estos días pasados de cómo se borran las referencias, el oráculo Zoupon incluso advertía de que la mimísima Estrella Polar ya no es lo que era, pero sin embargo el maestro Antonio Mingote estaba siempre ahí, como el santo doméstico que las mujeres de pueblo entronizaban antiguamente encima de su receptor de radio para que, entre uno y otro, guiaran sus faenas domésticas y su vida entera.

-Te hago este dibujo para que pienses, luego existas-parecía decir el gran dibujante desde su ventanita el ABC.

Mingote divino, Mingote bueno, lúcido, tierno, generoso, elegante y paciente,  como hay que exigirle al mismísimo Dios que lo sea. Pero sobre todo afable, bien educado, simpático y bueno, sobre todo bueno. Podría el Duende caer en la vanidad de presumir de su amistad, pero sería de todo punto exagerado. Coincidió con él en actos, almuerzos, cenas, a veces incluso tuvo que hacer el payaso ante él, porque por medio estaba Ussía, y el propio Alfonso, que es un agitador, tiraba de uno para que  usara sus herramientas ad majorem regocijum Dei. Y el bueno de nuestro dios de los chistes sonreía. No cree el Duende que entendiera ni la mitad de la mitad, pues el ilustre académico estaba ya un poco teniente, pero el hombre asumía su papel de ídolo complaciente, y a fe que cumplía.

 Ni fue su amigo del alma, ni tiene el Duende  otros títulos que le permitan abusar de la necrológica del don Antonio, por más que ambos –como Forges, qué coincidencia- hubieran nacido un 17 de enero. Sólo puede recordar que es el primer Jueves Santo sin él, cosa impensable, porque uno creía que Mingote irradiaba ya su luz como si esta fuera imperecedera. Vale: llega la muerte porque se tiene que acabar la vida. Así las cosas, este menda se conformaría con ser discípulo de su señorío y de su   beatífica ironía, que le autorizaba a poner el dedo en casi todas llagas sin que nadie se sintiera humillado ni ofendido. Qué gran triunfo, morir y dejar discípulos. Debe de ser privilegio de los que mueren en Semana Santa.

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Memoria frágil y triste, por las circustancias, y entendimiento nublado, cosa habitual en las sucesivas encarnaciones de este bloguero. Pero queda la voluntad. Querer es poder, se dice el Duende, y como a pesar del día lloroso uno está alegre se traslada mentalmente al Retiro, por donde paseaba Mingote. Un día se vistió de guarda del Retiro, como los que recordamos los madrileños de una cierta edad, con un uniforme marrón y rojo, no se si de pana o de fieltro, sí que llevaban un sombrero de alas  y unas botas de media caña por las que remetían los bajos de los pantalones. Eso y la banda de cuero blanco con una reluciente chapa de latón daba a aquellos guardas de antaño un cierto aire de mosqueteros.

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Y de esta guisa sorprendió el Duende al genio, paseando bajo la lluvia, que falta hacía por el parque, anticipándose quizás a la estatua que algún día se erigirá en uno de sus rincones al visitante más ilustre que ha recibido el Retiro en último siglo. No le quiso molestar. Si ya estaba duro de oído en esta vida, cómo  le iba a oír Mingote desde el más allá, con la de risas y amables llantos que deja en esta tierra. Recordó de memoria algunas de sus lecciones magistrales, en formas de viñetas de distintas épocas. 1. Velázquez aburrido, de brazos cruzados y apoyado en el caballete, suspira con la mirada perdida mientras por su estudio corretean las Meninas con su perro. Fumetti que sale de la boca del pintor: Hay días en que no se le ocurre a uno nada que pintar… 2. Tres pordioseros bajo un puente se consuelan del hambre en torno a un fuego. Fumetti de la boca de uno de ellos: Según las estadísticas, una de cada tres personas come pollo. Uno de nosotros lleva doble vida…3. Un matrimonio burgués critica las veleidades de algunos obispos, o tal vez la osadía del Concilio Vaticano II. Fumetti en boca de la señorona: desengáñate, Pepe, digan lo que digan al cielo iremos los de siempre.

Le recordó esos buenos ratos, esos flashes de inteligencia y gracia que valían por mil columnas, otros tantos artículos y algún que otro tratado de filosofía Le dio las gracias por haber sido el pensador más agudo,  claro y conciso que había conocido. Y añadió el bloguero que no le importaría contarse algún día entre los de siempre, como vaticinaba la señorona de la viñeta. Siempre que, cuando lo vea sentado a la diestra del Padre, compruebe que Dios ha mejorado mucho en su sentido del humor.

 

 

 

  

La baba nacional

Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

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Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

-Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

-¿De qué boda, tía?

-De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

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Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

-Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

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La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

-¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

 -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

-Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

2. Cuadros con singular encanto

El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

3. Un paseo muy recomendable

Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival- pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.

Viaje a la felicidad sin salir de casa

Navegando en Internet, el Duende pasó tres horas inolvidables...

Dios escucha a los entusiastas, debe de decir algún salmo de esos que los cristianos nunca nos sabemos del todo y que los judío dicen de carrerilla. Pongamos que es una cita de Luisaías 5: 14, profeta quizás poco conocido, pero muy prolífico. El caso es que venía el Duende del post anterior cuando otro amigo ingeniero, José Manuel Martínez del Valle, también melómano y cantante en la ducha y en diversas corales, voz grave de esas que pastoreaba la cuerda de los bajos en Los Jerónimos y ahora pica más alto, le pone un correo electrónico con un enlace.

-Si quieres seguir el Mesías que cantamos esta tarde en el Auditorio, pínchalo.

Nunca ha seguido el Duende una retransmisión por Internet. Él no es ni la mitad de ducho que Homper y la tía Clota, que utilizan programas raros para mantener largas conversaciones con el Atlántico de por medio Él sólo navega por esta galaxia tecnológica para curiosear y para implementar este blog.

(Sua culpa, sí. Sabe que es horroroso lo de implementar, a saber, poner en ejecución. Aborrece este verbo, colado quizás por la gatera de los americanismos o de ese agravio al idioma perpetrado por los manuales de instrucciones. Pedro Chicharro, un amigo del cole del Duende que no se atreve a tirarle de las orejas en el blog, y le corrige la sintaxis o la ortografía en su correo particular, le llamará la atención. ¿Implementar?…A lo mejor no lo reconce la RAE, pero sí viene al menos recogido en Diccionario del Español Actual de Seco, Andrés y Ramos).

Pero a lo que iba. Que sólo utilizaba Internet para lo más elemental cuando esta tarde, en plan  audaz hizo caso al consejo del amigo, cogió su partitura de El Mesías, pinchó el enlace, se puso unos auriculares  y disfrutó este monumento musical como nunca antes, ni en directo, lo había hecho. Era lo que llaman un Mesías participativo patrocinado por La Caixa, en el que una legión de cantantes aficionados se suma a una orquesta y un coro de magníficos profesionales. Impecable transmisión, asombroso sonido para salir de un simple ordenador. Plano a plano, siguiendo a los solistas. Pentagrama a pentagrama, cantando todos los números (ventajas de vivir solo). Ha sido contralto, soprano, tenor, bajo y coro. También manejó la batuta (dirigía sin ella el elegante Harry Christophers) Y, por primera vez, ha dicho en inglés antiguo todos los textos de los profetas y los evangelistas como si fuera un  luterano. Y los ha entendido, conste.

Qué apasionante. Le dan ganas de localizar todas las grandes obras corales, oratorios, zarzuelas y operetas se transmitan por Internet, comprar su partitura correspondiente y cantarlas para uno mismo sin que la celosa SGAE le cobre por ello. Lo que decíamos, la suerte de poder asomarte a lo que antes eran los territorios prohibidos de la cultura –por no saber ni leer música, por no saber de nada- y sentirte protagonista de ello. Esto es divertirse aprendiendo.

Qué descubrimiento, está el Duende como loco. Sólo le queda que Internet bucee en el túnel del tiempo y le permita asistir a ese día en el que Velázquez estaba sin inspiración y entraron en su estudio unas meninas del Rey corriendo detrás de un perro…

Bach y el sonido del vino

El sonido del vino escanciándose puede ser tan bello como una catnata de Bach

El sonido del vino escanciándose puede ser tan bello como una catnata de Bach

La belleza de la música también va por barrios. Después de escuchar en una iglesia de la calle General Ricardos de Madrid el  Concierto de Branderburgo nº 5 y tres cantatas de Juan Sebastián Bach, Homper estaba aturdido, casi embelesado.

-¿Cómo se puede disfrutar  esta maravilla en un lugar tan  inesperado como éste?-se preguntaba a la salida  mientras a su lado rugía el motor de un autobús.

Siempre hay que criticar a los políticos, y más si hablamos  de gestión cultural. Pero hay que reconocer que estos lujos, si llegaban, se quedaban antes en los barrios buenos. Sonaba buena música en el Auditorio, en el Teatro Real, quizás en el Conservatorio, en las Academias, en las sedes de las fundaciones y otras instituciones culturales. No mucho lo que antes se conocían como los madriles. El bar de al lado de esta iglesia de Carabanchel anunciaba tapas y zarajos, que son tan castizos y obreros como aquel baile de chulapos y de horteras que cantaban en la zarzuela de La Gran Vía.

-Se puede porque es gratis-decía uno-Si fuera de pago y pa fardar yo no venía.

-¡A ver!-apuntaba otro-No habría localidades. Como cuando vienen el Baremböhm, el Zubin Metha, Iwa Mula o Juan Diego Flórez. Muchos de los que pueden pagárselo van para escucharles. Pero muchos más para que se vea que ellos están entre los elegidos que pueden darse ese lujazo, ¿no te digo?

Alberto Ruiz Gallardón es criticable por muchas cosas, pero lo de repartir la audición de  ese tesoro musical que son las cantatas de Bach por iglesias de Madrid y su periferia es mérito suyo. No sólo suyo, claro. Los coordinadores y directores artísticos son Oscar Gershensohn (director, además de La Capilla Real y de la Orquesta y Coro Vía Magna) y Alberto Martínez Molina, que a su vez  dirige el magnífico grupo Hippocampus, que era el  protagonista del concierto de ayer. También hay empresas aflojando la mosca, claro. Menos mal que Bach no tiene por ello que cambiar su pentagrama. Suena igual de sublime si se escucha en la catedral de Leipzig que si lo patrocina el Banco Santander.

-Los mejores placeres son siempre gratis-se decía Homper como corolario de la hermosa tarde que ya presagiaba primavera.

Se acordaba del chorro de la fuente, del murmullo del arroyo, del tremolar de las hojas de los álamos, del canto del ruiseñor. Y de otro sonido redondo, profundo, misterioso y poético como una atmósfera de Velázquez que suele pasar inadvertido porque aventura algo aún más esperado y deseado. Es el gorgoteo del vino cuando avanza por el cuello de la botella para ser escanciado en la copa. Glop, glop, glop. Escrito parece una broma, pero qué bello suena. Lo comprobó él mismo aún bajo el efecto de las cantatas.

-Incluso el vino más caro -concluyó Homper- regala el sonido de su viaje hasta la copa. Es otro placer añadido que nadie con sensibilidad debería dejar de apreciar, ¿no?

Ocho pavos llorarán por Bush

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El aforismo popular era maligno a la par que engañoso. Decía que la mejor prueba de que en Estados Unidos cualquiera podía ser presidente, era su propio presidente. Se refería probablemente al que lo era en aquel momento, Gerald Ford, que de la noche a la mañana se vio en la Casa Blanca por la dimisión de Nixon tras el escándalo Watergate. El principio general se proyectaba sin compasión en aquel robusto prototipo del americano medio, antiguo jugador de rugby y, como casi todos los presidentes de la posguerra, excombatiente. Fue un congresista honrado, y al parecer buen negociador, pero tan poco brillante que se le presumía incapaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo. Aquí en Europa, por lo visto, todos listos, cultos y, por más que Andreotti sospechara lo contrario, sobrados de finezza. Aunque en un solo siglo hubieran tenido que ser los norteamericanos los que vinieran a salvarnos los muebles por dos veces.

El antiamericanismo será en España el segundo motivo de descrédito para el presidente que hoy elijan los estadounidenses. El primero les viene por el sólo hecho de ser políticos, algo que en nuestro país no tiene mucha más estima social que el simple trepa. Olvidamos que la matemática parlamentaria, como el algodón, no miente. Nuestro amigo Homper -que se llama así por ser el Hombre Perplejo, no lo olviden- se queda con la misma cara que el bobo de Coria de Velázquez cada vez que escucha la consabida cantinela de no nos merecemos los políticos que tenemos. Él piensa, más bien, que si se comportan así es porque no dejan de ser como muchos otros españoles a los que representan. Los escaños vacíos y las frecuentes chorizadas nos devuelven la imagen de vagos y corruptos que nunca querríamos ver de nosotros mismos. Qué desconsideración: nos creemos el Canon de Polícleto y el espejo público nos muestra la estampa cuarteada del peor Dorian Gray.

Así y todo, como dice refrán, alguien vendrá que bueno te hará. Ni el más incapaz o mafioso de la fauna política mundial habrá acumulado tantos desprecios y descalificaciones como el próximo cesante en la Casa Blanca. No sabe Homper si Georg Bush acabará siendo tan malo como dicen, pero sutil, desde luego, seductor y con encanto no lo ha sido, sin duda. A su lado Ronald Reagan, tan denostado en su día por la izquierda española, le parecería a Zapatero una mezcla de Pericles y Disraeli. Y si hacemos caso del aviso evangélico – por sus obras les conoceréis- sólo tres palabras, Irak e hipotecas subprime, servirían para bloquear su acceso al cuadro de honor de la democracia norteamericana.

Sin embargo Homper está lleno de buenos deseos. Aunque es sabido que criticar une mucho, nos ha convencido de que no es elegante recordar los defectos del que se va, sino ensalzar su lado más positivo. Y hurgando aquí y allá ha encontrado un dato revelador y lleno de ternura. Por ejemplo, en su largo mandato Georg Bush indultó a ocho pavos, tantos como días de Acción de Gracias vivió bajo su égida el pueblo estadounidense. Sabe Homper que esa no es más que una tradición, como la liberación de un preso en Málaga por viernes santo. Pero en estos tiempos confusos no se la ha ocurrido nada más relevante para despedir con una amable sonrisa a quien probablemente no pasará a la historia como el mejor inquilino de la Casa Blanca.

Qumram y la interpretación de la historia

La historia es una novela sujeta a la interpretación de algunos signos dudosamente fiables. En el último tercio del  pasado siglo el conde de Pinofiel rehabilitó un ala de su castillo roído por tiempo. El castillo se levantaba en la zona más suroeste de lo que entonces era Castilla la Vieja. Antes de colocar la primera piedra de la torre del homenaje encerró herméticamente en una caja de plomo algunos objetos curiosos: treinta monedas turcas con la efigie de Ataturk envueltas en una página de Camino, el libro de san Josemaría Escrivá de Balaguer, una liga de encaje negro anudando un sobre del Banco Vitalicio que contenía un mechón de cabello rubio, una reproducción de la famosa foto de calendario de Marilyn Monroe desnuda sobre una tela roja y una receta en sueco del pastel de zanahoria y nueces. Además introdujo una flor de edelwais seca y el fósil de un erizo de mar. Debidamente sellada y lacrada emparedó la caja en un hueco del muro mientras desafiaba al futuro. Me descojonaré desde el más allá-  dijo solemnemente antes de aplicar él mismo una paletada de mortero- el día que los arqueólogos y los historiadores interpreten este hallazgo. Y soltó una sonora carcajada para rubricar su travesura.

Se dató la época del año en que murió Tutankamón  por los restos de unas semillas que se colaron en su sarcófago. Ahora por unas muelas halladas en Newcastle  concluyen unos científicos que el hombre de Neandterhal no era tan bruto como lo pintábamos. Y el Duende, como el citado conde, se frota las manos imaginando los delirios historicistas que provocará el sorprendente contenido de la caja de plomo.

Uno supone que el deber del filósofo es buscar el por qué de todo. Pero la historia probablemente tiene muchas más razones que la razón también desconoce. Un ejemplo es un  amigo del Duende con ideas originales. Se trata de un castellano de nuestro tiempo, de origen humilde y sin estudios, que consiguió abrirse camino en la vida a base de trabajo y fino instinto de creador de empresas. A los cincuenta y tres años, después de haber vendido algunas ellas, había acumulado la fortuna suficiente como para retirarse en su pueblo natal. En todo ese tiempo había aprendido  de los libros como autodidacta lo que no le enseñó la escuela. Y entre esos saberes, precisamente, el propio conocimiento del libro y el deleite del bibliófilo. Su casa en la plaza de Peñafiel tiene tres pisos. Uno de ellos es para su despacho, otro para él, su perro y su gato. Y el tercero, acaso el más grande, para su formidable colección de libros. Jesús Solís posee además un pinar por el que pasea todos los días con sus animalitos de compañía, y una bodega de Ribera del Duero que produce un tinto que por la hondura y la calidad de su recio bouquet merecería aparecer en un bodegón de Velázquez.

 La gracia de esta historia es que el tinto de Jesús  se embotella con el enigmático nombre de Qumram.  Así se llama la aldea de Judea, a orillas del mar Muerto, donde en 1947 se descubrieron los novecientos rollos que contienen los documentos más antiguos que se conocen del Antiguo Testamento. En una descabellada hipótesis de futuro podemos imaginar a los sabios del siglo cuarenta y cinco de nuestra era interpretando el hallazgo de una de estas botellas en los sedimentos de un antiguo río desecado en el corazón de la Península Ibérica. ¿Fue Valladolid una provincia de Israel? ¿Pasaba el Jordán por donde hoy fluye el Duero?  ¿Fueron Isaías, Ismael, Samuel y Melquisedech finos sommeliers antes de convertirse en profetas? ¿Se escribieron algunos versículos bajo el influjo de Baco?

 Los que estamos en el secreto contemplaremos el despelote interpretativo con la misma guasa del travieso conde de Pinofiel. Ningún investigador podrá imaginar entonces que Qumram -la meca de los bibliófilos- encarna el sueño de un hombre que logró lo que todos soñamos y casi nadie consigue: retirarse a tiempo para disfrutar lo mejor de  la vida. Algo sorprendente en hombre sin cultura que, a la postre,  ha acabado siendo el más sabios de todos los sabios que uno ha conocido.

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba – germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.


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