Hagamos historia. La tía Clota tenía sus ahorros en una agencia bancaria. Su joven director -un hombre, por supuesto, encantador- le convenció de que abriera en su oficina una IPF y se beneficiase de una cubertería de plata a precio increíble. Años después la tía Clota se casó con Oscar, un viudo del Condado de Rutland, en Vermont. Oscar era un agricultor que había hecho fortuna. Vivieron felices quince años. Luego él murió, y ella se quedó desconsolada, pero rica. Entretanto, su banquero de confianza había dejado la banca comercial y vendía fondos de inversión. Era uno de los minúsculos tentáculos de un tal Madozz.
El día de Navidad de 2008 la tía Clota, convenientemente arruinada por aquel encantador geta, acababa de colgar el teléfono después felicitar a Homper, su único sobrino, bastante rarito, por cierto. La anciana se aprestaba a celebrar la Pascua con una sopa y un panettone. La nieve cercaba su casa de Tinmouth. Estaba triste: se veía pobre y, sobre todo, sola. Se oyó el ruido de un coche todo terreno y alguien llamó a la puerta. La tía Clota abrió y se encontró a su banquero de siempre que, arrepentido de sus fechorías, acudía a compartir con su clienta arruinada un espléndido almuerzo de Navidad que él mismo había preparado y traía en el maletero de su coche.
-God bless you-le dijo emocionada.
A la tía Clota el detalle le iluminó la Navidad. Atendió a su visitante como si fuera el hijo que nunca había logrado tener. Se emocionó con su gesto. Y al final estaba tan acongojada por haberse arruinado y arruinar así la carrera de aquel joven, que le acabó regalando la misma cubertería que él le vendió.
-Te hará mejor servicio que a mí, hijo-le dijo al despedirse con lágrimas en los ojos- ¡Feliz Navidad!
Cuando les contó a sus amigas Thelma y Edwina esta historia ellas no se lo creían. Las tres se disponían a ver por la tele la noche de los Oscar, que era el planazo del año. A Clota le emocionaba particularmente, porque la famosa estatuilla llevaba el mismo nombre que su difunto marido. Edwina y Thelma estaban pendientes de Brad Pitt y de Benjamín Button, les gustaba la película y el actor. La tía Clota deseaba, sobre todo, que ganara el suyo Penélope Cruz.
-Fijaos-les decía a sus amigas- Hija de un ferretero de Alcobendas que llega a ser una estrella de Hollywood…¿No es eso una historia de cine?
Las amigas de tía Clota sonrieron. A ellas les gustaba el cine porque la fábrica de sueños glaseaba de azúcar las amarguras de su vida. Pero pensaban que el almuerzo de Navidad de Clota con su banquero seductor tenía más gracia que la de Benjamín Button o la de esa película con título de telegrama que es Vicky Cristina Barcelona.

-¿Y por qué no te casaste?-le reprochaba la tía Clota a Homper-Yo lo hice demasiado tarde, pero tú podías haber tenido un hijo como Rafa Nadal.



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