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Cambiando de aires I/Un olvido imperdonable

La llave del apartamento, que tanto a Jack Lemmon como a este bloguero le ha causado tantos disgustos y cabreos...

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Se va uno de donde no está a gusto buscando escapar de sus particulares fantasmas. Y a eso se le suele llamar vacaciones.

La noche antes de la partida fue concluyente.

-O te vas, o te hago la vida imposible-parecía insinuarle el destino a este bloguero.

Y se lo insinuó de esa forma tan cruel y divertida que parecía una película de Billy Wilder. Pensaba el muy inocente escaparse rumbo al norte, quizás más allá de los Pirineos, descubriendo algo, un cachito de ese gran país que el neocolonialismo cultural anglosajón ha dejado en segundo lugar. Francia. Francia, que cuando uno era niño significacaba pecado, francamente pecado: ya saben la historia de Juanito Bernaola, que viajó a san Juan de Luz en los años cincuenta del pasado siglo para deleitarse con esa depravación llamada striptease y que luego, al regreso, murió en accidente de coche y, lo que es peor, …¡en pecado mortal!

Bueno. Pues pensaba escaparse a ese lugar de pecado que era antes Francia cuando la noche antes, por aquello de dejar el coche cargado, sale de su casa con todas las llaves pertinentes. Antes de franquear el umbral con las maletas, instantes de meditación: el hombre que vive solo no puede permitirse el lujo  de un olvido en las llaves. Así que antes de salir, repasa mentalmente ante la puerta abierta. Llaves de la casa, imposible olvidarlas, están colgando por la parte de dentro, siempre las deja así, fue consejo de un buen amigo.

-Así nunca las olvidarás- le dijo con la mejor de las intenciones- Y nunca saldrás de casa sin ellas.

Ja.

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En este manojo de llaves estaba la llave que da paso al garaje desde el ascensor, llave no menos importante si se quiere cargar el coche la noche antes. Pero para este menester hacían falta, ay, la propia llave del coche y la de la Vespa que, aparcada ante el portón trasero del coche, impedía la carga del equipaje.

-Muchas llaves para un solo instante –pensaba el viajero mientras las recogía del cajón del pueblecito del hall y se las metía en los bolsillos- Menos mal que estoy haciéndolo bien, sin olvidar ninguna.

Se convencía a sí mismo de que todo estaba en orden mientras sacaba el enorme saco de viaje al descansillo y pulsaba el botón para llamar al ascensor. Y una vez más se palpó los bolsillos asegurándose de que no le faltaban las llaves y los mandos oportunos, toda vez que las llaves de la casa, como estaban colgadas y uno no las puede evitar al abrir la puerta para salir, seguro que no se le iban a olvidar.

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Y no se le olvidarían, seguro, en circunstancias normales. Solo que en este caso distraía su atención algo que normalmente no ocurre en su vida. Primero, que se iba de viaje de duración indeterminada. Y además que, en  medio de su aburrida vida pequeñoburguesa…¡el viaje era a la Francia del pecado que costó la salvación a Juanito Bernaola!

Así que, convencido de que hacía las cosas bien, cerró la puerta de la casa. Justo apenas unos segundos antes de darse cuenta de que había ocurrido lo que  pensaba que nunca le iba a ocurrir. Y es que, con tantas cosas en la cabeza, había olvidado lo esencial. O sea, sacar las llaves que colgaban por el interior de la puerta.

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Eran las diez de la noche  de un sábado 7 de agosto de calor africano en un Madrid apartado y aparentemente semivacío. En el pequeño bloque de viviendas no se veían más luces que las de las ventanas del viajero. Y este se encontraba vestido con bermudas y alpargatas, con un saco de viaje que ahora no podía cargar por carecer de la llave interior del garaje y sin posibilidad alguna de entrar en casa. Aún a riesgo de quedarse fuera toda la noche –entre las que faltaban, también estaba la llave del portal- se echó a la calle, se sentó en un banco del parque vecino, hincó los codos sobre sus rodillas y hundió su cabeza entre las manos.

-¡No puede ser! –se dijo- ¡No puede ser que esto me haya ocurrido a mí! ¡¡No se puede ser tan gilipollas!!…

Y entonces, sin saber si echarse a reírse de sí mismo o ponerse a llorar, se acordó del personaje que hacía Jack Lemmon en aquella maravillosa, inigualable película titulada El apartamento. Y en particular en esa secuencia en la que el chupatintas que quiere medrar haciendo favores al jefe, tiene que darle las llaves de su apartamento y morderse los puños de rabia mientras se tortura desde fuera imaginando cómo se acuesta con la bella ascensorista de la que él está enamorado.

Hizo algunas llamadas desesperadas con su móvil, que aún conservaba algo de carga. Se mesó los cabellos, al modo bíblico. Pensó en abandonar esa idea tan repugnantemente burguesa de hacer un viaje de vacaciones en agosto.  Creyó además que ese olvido imperdonable era castigo divino, por pensar en la Francia pecaminosa de Juanito Bernaola.

Pero en ese momento, se encendió una luz en el sexto izquierda.

(Continuará)

Los polvorones evocan a Lawrence de Arabia

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Aquel aventurero amaba el desierto porque era limpio...como los polvorones

Lawrence de Arabia explicaba así su fascinación  por el desierto: me gusta porque está limpio.

El Duende guarda pocas similitudes con aquel héroe. Ama la aventura, pero sin llegar al arrojo del coronel británico. Su vida, al lado de la que recreó  tan excelentemente David Lean, es como uno de aquellos recortables en los que nos entreteníamos los niños antiguos. Casi todo imaginación para siluetearla cuidadosamente con la tijera, ponerla en pie con peanas de papel sobre la mesa del comedor y soñar que se podía ser héroe. El Duende también va en moto, su Vespa no es aquella ruidosa máquina que montaba el coronel cuando se encontró con la muerte, hay diferencias. También lleva gafas, pero espera que las suyas no se queden colgadas de un arbusto, como ocurre en la escena que abre y cierra el filme de Lean: hay películas que hacen mella en la memoria, y pequeños detalles de un plano que son como el pin que las identifica. Las gafas de Lawrence ahorcadas en un matojo, qué pena, el hombre que amaba el desierto porque era y estaba limpio.

El Duende se acuerda de él cada vez que desenvuelve el papel sedoso del polvorón. Porque al encanto de su sabor añade su belleza sencilla y natural. Se desmorona al primer mordisco y presenta la misma textura de una duna. Y es limpio, como el desierto que amaba Lawrence: la harina es la arena. Su capa de azúcar, de almendra molida o de ajonjolí, la superficie, la piel de ese desierto golosina. Y es limpio, limpio. Puedes comértelo en un pispás, para aliviar ese golpe bajo que a veces te propina el hambre a mitad de mañana, y quedar tan elegante y bien compuesto como Peter O´Toole.

Sorprendentemente, ninguna universidad ni centro de estudios de esos que periódicamente ofrecen informes pintorescos han publicado nada interesante sobre el polvorón. El inquieto Duende ahora selecciona en los supermercados los polvorones-polvorones, que afortunadamente se venden a granel, a elección del consumidor, y permiten  esquivar la filfa que a veces incluyen los llamados surtidos. Va a lo clásico: el polvorón de almendra, nevadito. O el que llaman mantecado, peinado con granos de sésamo. Y entre su estudio de campo sobre las inmensas ventajas de salir de casa con dos o tres polvorones repartidos en los bolsillos de la chaqueta, ha llegado a la conclusión de que se puede abrir y consumir un polvorón en el transcurso de un viaje de cinco pisos en un  ascensor convencional. Eso sí, cuando se abren las puertas en el final de trayecto, aún puede que le pillen a uno relamiéndose.

-Buenos días –dijo llevándose las manos al bolsillo cuando se topó con una bella dama en el portal- Es que tomaba un polvorón mientras bajaba- se excusó- ¿Quiere uno?…

La mujer se quedó pasmada. La segunda conclusión del estudio de campo es que la sociedad aún no está preparada para aceptar golosinas de un extraño a la puerta del ascensor.

Y la tercera es que quizás haga falta subir al Empire Estate para enamorar a una mujer con los argumentos de Lawrence de Arabia y el irresistible encanto de esta joya de nuestra dulcería llamada polvorón.

Ser amada en tiempos revueltos

_SARA_CasanovasAnota el Duende: una de las chicas de Amar en tiempos revueltos ha sido atacada por uno de sus admiradores que se sentía humillado por su silencio.

Amor insensato. Amor frustrado que se traduce en agresividad irracional. Antes se usaba el vitriolo y se desfiguraba la cara del amado o la amada. O yo o nadie, se convencía el criminal. Ahora la humanidad se suele andar con menos sofisticaciones. Los llamados violentos de género tiran de pistola o de cuchillo jamonero y arreglan sus problemas a lo Quentin Tarantino: la letra de tu desamor, si es con sangre se entiende mejor. El agresor de Sara Casanovas, que así se llama la actriz, era original, y quería asaetearla con una ballesta. Nunca te acostarás sin saber de un chiflado más.

¿Es de género esa violencia? ¿Y qué pasa cuando atacante y atacado pertenecen al mismo género? ¿Por qué se ha abandonado lo de crimen pasional? ¿No es más exacto?

La cosa es que Sara Casanovas  se había hecho famosa en esa aclamada serie que ofrece TVE1 en la sobremesa y que se llama Amar en tiempos revueltos, un Sautier Casaseca menos meloso, más costumbrista y con guiños políticos adecuados al momento. El Duende la ve a medio párpado si no ha empezado la película del Oeste de Telemadrid. Esta película es de lo mejor de la tele, pero a veces se retrasa demasiado a efectos de siesta, y otras veces son los combativos sindicatos los que se la cargan. Como si Telemadrid fuera la única causa que merece movilizaciones.

A la serie de Sara le han caído muchos premios, pese a sus defectos en la ambientación y en el estilismo. El Duende advierte, cuando menos,  de que en la España de la posguerra no se desayunaba zumo de naranja ni en las casas burguesas, critica que los bancos del Retiro que han salido en varios de sus capítulos no corresponden a esos años,  y subraya que las blusas, las cortinas y las colchas cantan demasiado a fibras artificiales. Pero no nos vayamos por las ramas. Por debajo del suceso, había un amor frustrado como el que tantas veces surge en el espectador por su actriz favorita.

Y recuerda que él también le escribió a Audrey Hepburn después de ver Vacaciones en Roma. No se atrevió a pedirle que se casara con él, porque les separaban demasiados años. Pero sí que acusara recibo y que le enviara una foto dedicada. Había sabido que en una ocasión Charlot recibió una carta que, en lugar de señas, llevaba dibujado un bombín, un bigotón, un paraguas y unos zapatos abotinados combados por el uso. Ni corto ni perezoso,  el Duende recortó del anuncio de la película la Vespa en la que viajaban Audrey y Gregory Peck, la pegó en el sobre, y escribió a mano: Audrey Hepburn, Hollywood, ESTADOS UNIDOS, la franqueó y la puso en el buzón. Una de tres: o su inglés no fue lo suficientemente expresivo, o el cartero era tonto o la amada no era tan dulce y comprensiva como pintaba su rostro.

Y es  que cómo son las actrices. Qué difícil  para ellas ser amadas en tiempos revueltos,  sobre todo si el amante es un ballestero loco. Pero qué fáciles es mantener la ilusión de  su enamorado cuando éste, lejos de matar, está dispuesto a morir por su amor.

NOTA DE LA REDACCIÓN. Pese a que pueda parecerlo, el inspirador de la última frase de este post no es Zapatero.

El discreto encanto del invierno

Nada como ver nevar al abrazo del calor...

Nada como ver nevar al abrazo del calor...

Días duros para los aquellos que, como el Duende, tienen la costumbre de moverse sobre dos ruedas.

Un amigo ciclista le confesó una vez que antes de salir a pedalear bajo cero, se enfundaban sus partes pudendas en gruesos calcetines de lana. Primero los calcetines, y por encima las culottes, las mallas, el casco amelonado y todos esos aditamentos que hacen del ciclista el deportista menos favorecido por el atuendo. El no llega a tanto. Alguien le regaló una especie de manta-cobertor-impermeable para su Vespa, algo que en teoría hace el oficio de las antiguas faldas de la camilla y te protege de cintura para abajo. Pero como cualquier invento que se precie ahora, es tan complicado de montar que aún no ha sido capaz de estrenarlo. Esta vez ni siquiera vienen instrucciones en griego, en ruso o en sueco, tan útiles para el personal. Así que, manitas con muñones, desafía al frío con su pobre equipamiento personal y confirma que no hay beneficio más evidente del progreso que el agua caliente y calefacción. Marañón hablaba del dolor de muelas, que tampoco es mal baremo para visualizar lo agradable que es el siglo XXI. Imagínense el cuadro en una aldea medieval: el paciente aterido de frío, con un flemón, y el dentista preparando las tenazas para la extracción de una muela picada. Eso era vida.

El frío. Y pensar que uno es de los que, como Luis Buñuel, siempre tiene querencia por lo que los meteorólogos llaman mal tiempo: los días cortos, los cielos grises jaspeados por las gotas de lluvia o los copos de nieve, los termómetros asustando, los charcos helados. Recuerda uno lo que le impresionó el monasterio de San Juan de la Peña, incrustado bajo un imponente peñasco del pirineo jacetano. Le contaron entonces que un caballero llamado Voto perseguía a un ciervo y éste se precipitó por un barranco. El caballo tampoco pudo frenarse, pero, cual Pegaso alado, se posó en el fondo del barranco suavemente. Una señal divina que al bueno de Voto le llevó a fundar el monasterio que hoy admiramos y profesar en él. Lo del caballo volador tiene algo de mágico, pero lo auténticamente milagroso es que Voto y todos los frailes y eremitas que en el mundo han sido no perecieran de frío en los gélidos inviernos monacales.

Ya lo anticipaba Joaquín Calvo Sotelo, un comediógrafo de buen gusto academicista, tío de Leopoldo. Hoy ya le recuerdan pocos, pero Una muchachita de Valladolid gustó en su tiempo, quizás porque la encarnaba Analía Gadé, que junto con Alberto Closas formaba una magnífica pareja de comediantes. Don Joaquín decía que quería morirse en primavera, porque le espantaba el frío y ni muerto quería verse sepultado bajo el hielo. Y la muerte tuvo el detalle de esperar a la primavera.

Se puede amar el frío por la expectativa gozosa del calor. El seis de enero el Duende se pasó un buen rato acariciando a un oso de tacto suave y amoroso que los Reyes habían traído a una de sus nietas. Al día siguiente, a la salida de un funeral vespertino, se abrazó a su prima Mary con más entusiasmo que nunca. La quiere, y mucho, pero el pasmo del termómetro y el abrigo de piel que llevaba aún la hacía más abrazable que la Lara de Doctor Zhivago. Ahora mismo, mientras escribe estas líneas y apura una taza de café caliente, contempla desde su palomar cómo nieva sobre Madrid. Saldrá a correr por el parque alfombrado de blanco, y luego volverá a tomar otro café caliente, quizás hasta con algo de roscón que aún le queda, y se arrebujará bajo una manta para la siesta mientras al otro lado de la ventana el severo invierno sigue meciendo sus barbas canas. Hay otras formas de ser feliz, pero ésta es de las más sencillas y una de las más bonitas.

Todo por el Mercedes

(Foto de Vedia)

La crisis será la crisis, pero a mí el coche que ni me lo toquen, le dijo a Hope el vecino humilde. Y Hope -el Hombre Perplejo- tuvo ocasión de comprobarlo anoche, cuando la Némesis de la atmósfera le dio a Madrid un repaso, para que se recuerde que nadie debe librarse de su mal genio.

En el Caribe sufren huracanes y ciclones, que son bastante más trágicos, pero lo de anoche en la capital fue como la apoteosis de la Furia dels Baus en versión meteorológica. La mundial, que dicen los castizos. El amplio panorama que se divisa desde el palomar del Duende no había skyline, que es como queda ahora bonito llamar al horizonte urbano. Sino un festival apocalíptico de efectos especiales de esos que sólo se ven en el cine y que tapaba por completo el cuadro habitual del Palacio Real, la Almudena y San Francisco el Grande. Bolera constante en el cielo -no esos estampidos secos de los rayos fulminantes, sino un tronar mitigado y continuo- cortinones de agua, ráfagas de metralla helada, viento que amenazaba con quebrar los árboles. Y, dentro de casa, la sensación de que el enemigo nos batía desde todos los frentes.

Teme el Duende las tormentas en campo abierto, pero nunca piensan que puedan ser peligrosas en la ciudad. Y su sueño, denso y pertinaz, suele vencerlas sin apenas alterarse. Pero la de anoche rompió apenas apagada la luz, y le fue imposible dormirse. Al poco de cesar el ataque de la tormenta, sonaron las sirenas. Cuántos pequeños desastres urbanos, qué marea de partes al mutirriesgo hogar. Estaba de Dios, porque Hope había lavado su Vespa y comido fuera, y apenas volvía a casa le sorprendió la primera manta de agua a las cuatro de la tarde. Al pequeño burgués siempre le llueve cuando lava el vehículo. Y tal vez por empatía, Hope pensó en ese vecino del barrio que no tiene garaje, pero sí un espectacular Mercedes, habitualmente reluciente, que, saltándose todas las normas de prohibición en una acera peatonal, aparca habitualmente delante del portal. Para que nadie se olvide de su poderío.

Abre el día, además, con negros presagios económicos. Dicen que Pedro Solbes no descarta ya la recesión- se va a enterar de lo que vale un peine cuando la vicepresidenta de la Vega le eche una bronca, por mal pensado. Y que el sector automovilístico se hunde. Así que hay que cuidar el coche, por lo que pueda pasar. Como el vecino de Hope, en el que éste pensaba anoche cuando huevos de paloma de hielo granizaban del cielo. ¿Qué sería de su Mercedes?

La respuesta, esta mañana, cuando amanecía el día después y se podía abrir la ventana para percibir el agradable olor de la tierra mojada. Hope bajó la vista y pudo ver que el flamante coche había dormido bajo un manto de edredones, toallas de playa y colchas que le protegieron de la granizada. Todo por el Mercedes. Al coche, ni un arañazo, no vayan a pensar que por culpa de la crisis uno pierde categoría.

Contra ETA y otros motivos para la náusea

La bella dama confesaba que no podía vivir sin flores alrededor, sin ir a todas las fiestas y sin lucir su palmito en el hipódromo los domingos. Y al final se preguntaba si no debería de aprender algo de inglés para no parecer tan tontita. No se preocupe -le aconsejaba un anciano con  canotier, monóculo y perilla. Siga siendo una frívola: vivirá más feliz y dentro de cien años nadie se acordará de ello.

 Se acordaba en cambio el Duende de esta escena de película cuando repasaba los marrones generales y particulares que uno se tiene que tragar cada día. La bestialidad de ETA, el cinismo de sus defensores, la eterna patraña de los políticos encubridores, la crueldad inconsciente de los tifones y los seísmos, las angustias que nos trae la crisis económica, las guerras que ya casi nos resbalan, la intolerancia, la memez,  la miseria moral, la ceguera de buena parte del género humano.  La náusea existencial. Y lo que te rondaré, morena: cada cual con su problema, con su dolor particular, con la esquirla de una obsesión o una preocupación clavada en su alma.

 Y en estas que su Vespa, que enfilaba la Gran Vía, se elevaba como las bicicletas de los niños amigos de E.T. y seguía el recorrido de la calle a esa altura en la que uno puede ver uno de los paisajes urbanos más bonitos de España, que es la estatuaria que corona los edificios representativos de Madrid. Cuántos romanos, cuántas cuadrigas, cuantos ángeles, cuantas deidades, cuantos escudos y medallones. Qué bonito, qué sugerente, qué estimulante pasar a su lado y rascarles las barbillas de piedra. Qué sensación de pequeño dios.

 Y qué trampa. Todo era producto de la pura imaginación. Y de una estrategia que consiste en estrangular la Ley de Murphy a tu favor: toda situación grave es susceptible de ser burlada con una o varias cataplasmas de frivolidad.

 Al final, ya en casa, y no sin mirar un instante el estupendo coche de bomberos de hojalata que le ha regalado uno de los lectores del blog, el Duende se premió con una chocolatina 72% de cacao, se lavó los dientes, y con el spray de espuma de afeitar escribió en el espejo el cuarto de baño: ¡Viva la frivolidad!

 Si no falla la terapia, dormirá como un príncipe.

Nuestra adorable Jocelyn

Entre los recientes comentaristas del blog ha descubierto el Duende a Joce. Joce  es el apócope de Jocelyn, la íntima amiga de doña María, cuya novelesca historia es todo un ejemplo de superación. Los curiosos podrán conocer sus peripecias -no siempre ejemplares- en el capítulo 8 de Las poblemáticas de doña María, pero quizás aún haya quien la recuerde de sus intervenciones en Hoy por hoy. Jocelyn entraba de cuando en cuando por teléfono,  y era el pasmo de Iñaki Gabilondo. ¿Quién es? -le preguntaba al Duende- ¿De dónde has sacado a esta chica tan graciosa?. Por cierto, viéndole ahora como severo observador de la realidad en la 4, nadie diría que este hombre  se reía a mandíbula batiente escuchando a las dos vecindonas de Los Arándanos. Qué pena que Aznar le cambiara el metabolismo.

 Jocelyn era un ejemplo puro de radio  natural, tan fresca y espontánea como la persona que le daba vida. No se trataba de una actriz ni de una periodista, sino de una pipiola recién graduada en Ciencias de la Información  que buscaba trabajo como creativa en la agencia del Duende, donde pronto se integró y se entendió  las mil maravillas con todos. El guión era tan  sencillo como llegar a la oficina a las nueve, echar un vistazo a los periódicos, y decirle a Joce: doña María cuenta contigo para hablar de la poblemática  de las carreras de las medias. No hacía falta más, porque a la chica le sobraba desparpajo. El Duende se subía a la Vespa y diez minutos después estaba en la SER tan pancho. Ya le sacarían las castañas del fuego María y la simpar Jocelyn

 La verdadera identidad de las voces de la radio es siempre un reto para el oyente. Nadie escuchando a aquella criatura tan simpática y divertida podría imaginar el drama que había vivido de niña. Inés -que así se llamaba en realidad- era la hija del comandante Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980. También lo es de Ana Vidal-Abarca, una auténtica heroína civil que, al menos para el Duende, está en el apartado de mujeres admirables sólo un poco por detrás de Santa Teresa, Agustina de Aragón o Manuela Malasaña. Y aún no sabe uno si es peor haber luchado contra el miedo y la insensibilidad que provocaba el terrorismo entonces que contra el gabacho invasor. Porque en 1808 se levantó el pueblo en armas, pero cuando esos canallas que algunos llaman gudaris mataron al padre de Inés, había que contemporizar. Han tenido que pasar veintiocho años para que un tribunal prohíba que un parque infantil lleve el nombre del asesino. Hay que ser  santo para resistir con dignidad tanto dolor e incomprensión.

 Fuera la mano de esa madre estupenda, o de ese Dios que dicen que tuerce los renglones para escribir recto, el caso es que Inés ha resultado ser una de las mujeres más alegres y felices que uno conoce. Aún en la agencia, ocultaba discretamente su llanto cada vez que la ETA reabría su herida infantil con un nuevo atentado. Pero su carácter -de casta le viene al galgo- podía con todo. Después de haberse casado con un tipo cabal y de haber criado tres recentales que parecen la defensa del Alavés, hoy es creativa free lance a tiempo parcial, y amiga generosa y entusiasta  mañana, tarde y noche. Su alegría y su contagioso deseo de disfrutar la vida son un bálsamo para los pusilánimes, y un fracaso para los terroristas que mataron a Chus Velasco.

 Muerte, ¿dónde está tu aguijón?…Infierno…¿dónde tu victoria?  Esta cita   de Corintios  se incluye en el Réquiem Alemán de Brahms  que el Duende canta este fin de semana. Y al ensayarlo con sus compañeros de coro, se acordaba de  la invencible sonrisa de Inés. Ese sol de  chiquilla que para doña María, más de Manolo Escobar que de  Brahms, siempre será la adorable Jocelyn.      

De discos rojos, pendones y putones

Peatones por Madrid 

(Foto de CesarAstudillo

Me dice el Duende que desde que se mueve por Madrid en Vespa se siente mejor ciudadano. Sus razones son varias: contamina menos y ocupa menos espacio en las calzadas que lo haría con el coche, disminuye el riesgo de sufrir atascos y, por ende, el de un stress que castigue sus coronarias. Quizás por estar más cerca de peatón, procura ser más delicado con él, respetando en lo posible los pasos de cebra. Esto entraña sus riesgos, pues al automóvil que marcha detrás le suele sorprender tanta consideración. Esperemos que no lleguen a arrollarle por exceso de cortesía.

Al margen de estos y otros peligros, la moto permite además optimizar  el tiempo, y obtener mejor provecho a los discos rojos. Con los guantes puestos, el motorista más avezado no será capaz ni de hacer albondiguillas ni usar el teléfono móvil, dos de los deportes favoritos de los automovilistas cuando detienen su coche. Así las cosas, se dedica normalmente a observar. Observa las esquinas, las casas, los balcones, las tiendas. En un disco hay que levantar la vista y alzarla a los penachos de los edificios, pues si voláramos descubriríamos en el paisaje urbano de Madrid gran parte de la interesante arquitectura y la monumentalidad a los que el el cineasta Alex de la Iglesia ha sabido sacar tanto partido en sus películas El día de la bestia y La comunidad. Madrid, sin llegar a ciudades como París, Bruselas o Barcelona, aún conserva muestras de arquitectura civil de otro tiempo interesantes, y, a menudo, en calles de poca importancia uno descubre casas singulares, con gracia o encanto especial que no figuran en ningún libro.

La otra gran distracción es observar el paisanaje que cruza la calle. El Duende, si puede, los fija a todos y, sobre la marcha, les dota de una biografía imaginada. Este tiene cara de venir de registrar en la oficina de patentes un modelo de rompehuevos pasados por agua que  no desperdicia nada. Esta es una empleada en una peletería, seguro. Este es un guiri de la parte de Alemania. Este es un jubilado de Agromán que va a la peluquería. Aquel que cruza en sentido contrario es cura, aunque no lleve clergyman ni sotana. Uno de cada diez peatones tiene cara de perro, y tres de cada diez damas rubias bien parecidas se han pasado de Botox. No todo es malo: en su censo de transeúntes particular el Duende ha anotado que decrece el número de peatones varones que se toca sus vegüenzas sin vergüenza alguna, como si una invisible señorita Rottermeyer les susurrara al oído que no es fino. Eso hace unos años era un espectáculo callejero relativamente corriente. Como lo del gargajo del escupidor impenitente, afortunadamente en retroceso.

Hace un par de tardes, cruzando el anchísimo paso de cebra que separa la Estación de Atocha del Museo Antropológico, el Duende se fijó en una hembra digamos que cuarentona llamativamente maquillada, escote que presentaba en el escaparate un busto generoso, melenón ensortijado, grandes pendientes, chupa de cuero, vaqueros más ceñidos que la propia piel y zapatos de tacón de finísima aguja. Cualquiera hubiera dicho que se trataba de una cualificada chica de vida alegre, pero era tan estridente su palmito que al Duende le asaltaron dos expresiones sustitutivas de enigmático significado. Aquella viandante podría ser una santa, pero parecía un pendón desorejado o un putón verbenero.

Y en eso que el disco se puso verde. Y el Duende siguió viaje dando vueltas en la cabeza a esas travesuras de nuestra idioma. Y aún esta hora de la noche le cuesta conciliar el sueño pensando quién habrá desorejado un pendon alguna vez y por qué ir de verbena emputece aún más a la servidora del amor. Misterios que espero me aclaren los muy doctos lectores del blog para así poder descansar con la seguridad de que este post ha ensanchado aún más nuestra inagotable curiosidad.

Un consejo de Enrique Dans

Enrique DansSe presenta la nueva programación de Mobuzz TV. Mobuzz TV es una televisión en la red. Espera el Duende no meter la pata. No es que no domine las nuevas tecnologías, es que además no sabe usar su lenguaje con propiedad. ¿Sabe todo el mundo que la red por excelencia es internet? Dentro de la programación de esta nueva televisión, que hasta ahora difundía básicamente noticias tecnológicas e información en formatos de cinco minutos, se estrenaba hoy el No Ticiario, un informativo de aquella manera que presentan Javier Capitán y Miriam Reyes. En este informativo surrealista, que dura ocho minutos y subirá a la red a primera hora de la tarde de lunes a viernes, interviene uno que se parece al Duende.
A la fiesta de presentación acuden muchos compañeros de RNE. Al Duende le agradan muy especialmente las presencias de Mónica Saiz y Paloma Arranz, dos de las piezas clave de aquellos tiempos de buena radio que el público conoce poco. Mónica le cuenta que su hijo Sergio, apenas tres años, que asomaba todos los días en el interfaz de su ordenador su cara de peluche bonachón, ha sufrido una dolencia en las vértebras, y tiene que soportar un collarín. Está mejor, pero ella lo ha pasado mal, y cuando Mónica lo pasa mal toda aquélla peña que gravitaba en torno a Olga Viza no lo puede pasar bien. Mónica querida, que la dolencia pase pronto y Sergio vuelva a hacer las travesuras propias de su edad. Besos cariñosos de todos los duendes.

El Duende besa a Mónica y a Paloma todo lo apasionadamente que permiten las circunstancias, pero agradece emocionado la presencia de José María de Juana, a quien no veía desde hace tiempo. José María de Juana se jubiló hace ya más de un año, y está feliz. Bajo su barba casi blanca sigue luciendo unos juveniles coloretes más propios de defensa del Alavés que de un hombre de su edad. Esto es lo que el Duende aprecia hoy muy especialmente: su edad. Por primera vez desde que frecuenta este entorno de alta tecnología, hay alguien que le supera en años. Qué inyección de moral, Josemari. Internet, ay, es rabiosamente joven, y no eres nadie en internet si además de joven no manejas las sofisticadas herramientas virtuales que exige este invento. El Duende ya domina el sacapuntas, el exprimidor y el cortaúñas con soltura. Cualquier año de éstos comprende el E-Mule instalado en su ordenata y se baja Arianne, una de las pocas películas de Audrey Hepburn que nunca vio y que persigue desde su estreno.

En el cocktail también está presente Enrique Dans, autor de uno de los blogs más visitados en la red. Enrique, que es biólogo, se sumergió en este mundo virtual y cayó atrapado en sus encantos. Ahora enseña sus secretos en el Instituto de Empresa de Madrid. Con su labor de difusión, en la red y en las aulas, acumula cada día más y más lectores para su blog. Maestro -le pregunta el Duende- ¿Qué he de hacer para seguir tu ejemplo?. Y el maestro le contesta que no hay recetas apriorísticas. Y que escriba de lo que quiera. Algo muy tuyo, insiste.Mobuzz.tv

A la salida, con un viento del norte que acuchilla la cara, el Duende regresa dando un largo paseo al lugar donde había dejado su Vespa. Delicioso andar nocturno por el Madrid de los Austrias, siguiendo el trazado de lo que en el foro llaman la Cornisa Imperial. Para saber cuánta distancia cubre a pie, el Duende se acerca a los planos de las paradas de los autobuses y busca una medida. Pero desgraciadamente no la encuentra. Los planos de metro y de autobús, reflejan el trazado de las líneas de transporte sobre las calles, pero no hay escala de referencia para que transeúnte sepa lo que anda. O sea, que como diría doña María, también los planos se hacen de espaldas al pueblo.

Una observación muy propia del Duende, como sugería el maestro Enrique Dans. Aunque con la que cae a cuatro día de las elecciones, no sea de las que vayan a precipitar un aluvión de visitas.

Setién que pensar lo que dicen

 Ay, qué inoportunidad. Vive uno la madurez, intentando hacer caso a ese eminente pensador que es Luis Aragonés, que insiste en no confundir churras con merinas. Desea no meterse en jardines, no subirse al púlpito y dogmatizar, no perderse en polémicas que atizan viejas hogueras de intolerancia o, simplemente, de prejuicios irracionales.  Cumpliendo, eso sí,  con el deber de mantener el criterio, pero apuntando con la veleta a donde no suelen fijarse los grandes de la comunicación, que van poniendo los temas sobre el tapete y, como el tapete es verde, allá vamos a pastarlo como dóciles borreguitos. Hablando de las pequeñas cosas en las que no reparan ni Ansón, ni Cebrián, ni  Luis del Olmo, ni Gabilondo, ni Herrera, ni Enric Sopena, ni Jiménez Losantos. Y como para muestra bastan unos botones, velay la retahíla de las últimas chorradicas que desfilaron por el blog: la silueta de la Vespa, el drama de los calzoncillos absurdos, las interpretaciones del viejo higrómetro del fraile, la luz de los candiles, el simbolismo de los cochecitos de hojalata, los huevos duros de los hermanos Marx y la risoterapia. Aquí les querría ver a los santones de nuestro periodismo.

 Ay qué inoportunidad, que ya estaba en otros negociados, y de repente viene un chispazo de la actualidad y le retrotrae al Duende a su pasado de creativo publicitario, cuando tenía que parecer ingeniosillo a toda costa, y escribía titulares de anuncios que a nadie le importaban un pito, pero que creía que eran tan importantes como los pensamientos de Descartes  o de Ortega. Era  un simple jornalero de la pu, pero, como en esa profesión se ataban entonces los perros con longanizas, hacías un spot y te creías Fellini,  Almodóvar o Tarantino, o sea, el ombligo del mundo, como casi todos los cineastas. Y jugabas con la sinécdoque, o con el retruécano o con la aliteración  o con cualquier otra broma de lenguaje y decías: mecáchis, qué creativo soy.

Ay qué pena, caer en la vulgaridad, pero me lo ponen a huevo. Como a ZP, al que de vez en cuando la diosa fortuna le sonríe para que se deje de hablar de sus propias meteduras de pata y pongamos la lupa en las de los demás. Confiesa que ha mentido y al día siguiente entre Gallardón, Aguirre y  Rajoy la opinión pública pasa página. Dice digo a ANV y Batasuna donde antes decía Diego y corren en su socorro los señores prelados  a echarle el salvavidas.

Tienen todos los derechos, y, naturalmente, el de la libertad de expresión. Pero, predicando en nombre del Evangelio, es fácil encontrar en éste argumentos que hubieran aconsejado una mayor prudencia en sus documentos.

Por ejemplo, aquello de al César lo que es del César, y a Dios o que de Dios.

Por ejemplo, no hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti.

Por ejemplo, no busques la paja en el ojo ajeno si no ves la viga en el propio.

Así que por eso, y recordando a ciertos obispos especialmente indulgentes con el terrorismo etarra, aunque el Duende detesta que este blog sea un frontón ideológico y ya se le ha pasado la edad de las ocurrencias, no puede evitar el juego de palabras.
Setién que dar cuenta de que de vez en cuando hacen pis fuera del tiesto. Y Setién que pensar mejor lo que dicen. Porque, aunque vista de morado, hasta un obispo puede parecer un sepulcro blanqueado.

Doña María va en Vespa

Vespa naranja 

(Foto de Mennyj

Nacía la Vespa y cautivó desde el primer día. Frente a la imagen fibrosa y algo neurótica de las viejas motocicletas con ruedas de radios, la Vespa era original, moderna, graciosa y limpia. A partir de Vacaciones en Roma, tan guapamente montada por Gregory Peck y Audrey Hepburn, la Vespa se convirtió en un mito, y en cierta manera en una conquista social. Una vez al año, bajaban por la calle de Serrano legiones de vespistas alardeando de su independencia. Los había que adornaban su moto como un caballo en la feria de Jerez. Algunos colgaban de ellas unas carteras de cuero con remaches y flecos, y entonces se parecían más al caballo de Roy Rogers, un caballista vestido de cowboy exageradamente cursi que hacía exhibiciones por los circos de Estados Unidos.

  Como entonces ni se hablaba del minimalismo, esas eran las vespas que más le gustaban al Duende. El día de la gran concentración vespista el Duende se asomaba a verl desfilar a las Vespas verde de envidia. Soñaba ser mayor, ganar algún dinero, comprar una con sidecar y llevarse a Audrey bien tapadita con una manta a merendar a Rascafría. Luego casi se alegró de no comprarla, porque quizás  Audrey no hubiera venido. Fue una de las que Truman Capote llamaba plegarias no atendidas, que al cabo, como decía Santa Teresa -ya es pintoresco que Capote la citara- hacen derramar menos lágrimas que las atendidas. Ya se sabe: mejor cualquier ilusión que la cosa más hermosa ya atrapada en las manos.

  Todos los vehículos se dan un aire con alguna especie animal. Las cachas de la Vespa hacen recordar a los cuartos traseros de un potro. Ahora el Duende es otro vespista más. Por las calles de Madrid, en plan mensajero, se ve como el célebre vaquero del logotipo del Poney Express. Evolucionado. La Vespa da tanta agilidad a quien la monta, que uno se lanza al centro de la ciudad a hacer recados y se olvida de sus limitaciones. Esta mañana el Duende compró en Habitat cuatro Mini-Lecco, unas pequeñas estanterías para DVD y CD que, montadas a dos y colgadas en la pared, parecen un cuadro de Mondrian. Al Duende no le arrugan pequeños portes en Vespa, y confiaba en que, sobre la plataforma de los pies o prendidas con el pulpo, podría llevárselas a casa. Se las embalaron en la tienda, y, ensambladas en dos rectángulos de 56 cm. por su lado más largo, las metieron en dos bolsones de plástico que, obviamente, no cabían entre las piernas. Hacía toda clase de probaturas para el diabólico porte cuando dos señoras que le observaban atentamente se le acercaron y entre dulces titubeos le formularon  esa terrible pregunta que muy de cuando en cuando le enfrentan a la insoportable levedad de su ser.

-Perdone que le molestemos…¿Es usted doña María?

Era peor explicarles que su condición era la de un simple transportista, porque se hubieran hecho cruces de su desconocimiento profesional. Además, muy gentilmente le ayudaron a acoplar el cargamento. Finalmente, una de las bolsas viajó entre las piernas, sujetada cada una de las asas en un mango del manillar. Mientras que la otra, con las asas colgadas de los hombros a modo de mochila, reposaba de forma milagrosamente estable sobre el diminuto portaequipajes que prolonga el sillín de la Vespa.

En los discos, los automovilistas miraban el enorme logotipo de Habitat que lucía a su espalda y tomaban al Duende por un extraño motorista anuncio. Esta vez sus plegarias fueron atendidas, y finalmente la Vespa de doña María llegó a su destino con normalidad. No llevaba detrás a Audrey Hepburn, pero aunque el Duende tampoco es Gregory Peck se acordará de ella cada vez que saque un CD de las estanterías y ponga música para soñar.

Mi Vespa también sufre pesadillas

Vespa

(Foto de Mennyj)

Pesadilla tropecientos setenta y nueve. Circula el Duende en su Vespa 125 4T de color verde inglés, muy chula ella, por cualquier calle de Madrid -supongo que en otra ciudad española debe de pasar lo mismo- y de repente la rueda delantera cae en una de esas grietas que van abriendo agua y hielo entre franja y franja de asfalto. La rueda se desmanda, el piloto pretende dominarla, pero ella ha encajado ya en esa especie de raíl inapreciable para los coches, pero nefasto para las motocicletas de rueda pequeña, y de un momento a otro provocará la caída del pobre Duende. Este acabará rodando su osamenta por la calzada, y aunque conseguirá esquivar dos motos de repartidores de pizza y una furgoneta de Telefónica se fracturará algún hueso, seguro. Pasará varios días en un hospital con la pierna escayolada colgando de una polea, y llegará a tal punto su desesperación que se consolará con la tele y se convertirá en adicto a Gran Hermano. En consecuencia, aparte de quedar medio lila – por el batacazo y por la sobredosis de telebasura- no saldrá a correr por el parque durante varios meses, se perderá su concierto de Navidad con el coro, no podrá ponerle el nacimiento a su nieta Marina y caerá en tal postración anímica que abandonará el blog para encerrarse en una habitación y escuchar a todo volumen la discografía completa de Los del Río. Panorama, gensanta, como diría Forges.

Menos mal que la pesadilla se arregla. Cuando la Vespa zigzagueaba hacia el desastre final, aparece por el horizonte una mancha azul y roja a velocidad meteórica que se dirige hacia el Duende. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?…No, es Superalberto Ruiz Gallardón, que, como también es motero y está en todo, levanta la moto en peligro y la libra de su trampa. Cuídate, Duende -le dice mientras se despide agitando la mano y reemprende el vuelo hacia su nuevo despacho palaciego- ¡Algún día conseguiremos aprender a asfaltar!

¿Es la física, o la incompetencia? ¿Se deteriora el asfalto por el peso de los vehículos, por el agua y por las temperaturas extremas, o porque está mal hecho?¿Es tan difícil que no se abran grietas longitudinales? Preguntas conectadas: si avanza la técnica y cada día se fabrican mejores materiales de construcción, ¿por qué las losas de piedra que rodean el Monasterio del Escorial permanecen fijas desde hace siglos y muchas de las que pavimentan el madrileño Paseo de la Castellana desde hace tan sólo unos años ya están rotas o se mueven?

Cuando el Duende era niño, los ingenieros tenían en España muy buena prensa. Los de Caminos en particular, que acaso integraban el cuerpo de mayor prestigio, eran partido muy apetecido por las chicas. Muchos de ellos, como ´Del Pino, Villar Mir o Florentino Pérez, levantaron magníficas empresas que se han forrado en la construcción y en las obras públicas. Qué bonito sería que, además de hacer posible esos maravilloso puentes, museos y bodegas de Calatrava, de Moneo, de Nouvel o de Frank Gehry, que hoy engalanan nuestras ciudades fueran capaces también de asfaltar como seguramente mandan los cánones.


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