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Cuando Haendel da que pensar

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Al día siguiente de haber cantado con sus compañeros de coro del CEU y con la orquesta Quórum el Mesías de Haendel el bloguero se despertó como un niño. Un niño en la escuela.  Lo malo es que la profesora le había puesto una tarea bien difícil.

-Cuéntame lo que sentías ayer cuando cantabas

Casi hubiera preferido algo más sencillo, la fórmula de la circunferencia, la lista de los reyes godos, el nombre de los asesinos de Viriato, pastor lusitano, lo que dijo Julio César cuando cruzó el Rubicón, el principio de Arquímedes. Pero la música es algo indefinible, y qué iba a decirle uno a la profesora, cómo podría  expresarle lo que se siente/ piensa/ sueña/desea/ disfruta cuando es capaz de infiltrarse en una de las obras más conocidas y grandes, en todos los sentidos, de la historia de la música. Stefan ZweigMomentos estelares de la humanidad- escribió un imaginario proceso de creación de este famoso oratorio. Dice que don Jorge Federico compuso el Mesías  en sólo tres semanas. El bloguero no daba crédito a semejante record.

-Tres años al menos necesitaría yo para responderle todo lo que me sugiere escucharlo, señorita –le diría a su profesora- Y tres años más para referirle lo que siente uno cantándolo.

-Bueno, tampoco necesito tanto…Cuéntame algo, sin entrar en detalles.

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De todas las facetas de la creación humana, la música es probablemente la más ágil, la nás versátil y la que más rápidamente encadena atmósferas distintas y muy variadas entre sí sin dar ni exigir explicaciones. La música vuela  como esos trapecistas que pasan de un trapecio a otro haciendo volatines, triples saltos mortales, equilibrios inverosímiles y salto angélicos.  La música de ese Mesías del 25 de marzo en Madrid nacía en el suelo del templo donde cantaba el coro y tocaban los profesores y subía hasta la misma bóveda del cielo. Escapaba de las líneas del pentagrama y se reflejaba en las caras del público asistente, aunque la atención del bloguero oscilase entre la obsesión por ser fiel a la batuta de José María Alvarezy el deseo de entregarse a los pálpitos de su corazón. O sea, ilusión, poesía, emoción, intuición de lo trascendente. Qué disparate, qué desbarre. Cursilerías  del alma, cuando ésta  se suelta la melena y olvida el pudor.

Y la imagen que le ponía a eso era un inmenso arco del que colgaban todos sus recuerdos y sentimientos. Por ejemplo Paloma, la chica de los ojos absolutos que a uno le sorbían el seso cuando tenía diecisiete años. Tal vez dieciocho. Sus ojos  y la luna llena de un viernes santo coincidieron con él en un pueblo de la sierra de Madrid donde también había ido a parar el chisgarabís del Duende. El que muchos años más tarde habría de cantar a Haendel no era capaz entonces de imaginar que su vida pudiera tener sentido lejos de aquellos satélites maravillosos: los ojos de Paloma y la luna de todos.

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Ahora, casi  medio siglo después, y cuando la vida, evidentemente, tiene otro sentido, Paloma reaparecía en la tercera o cuarta fila de bancos de aquella iglesia. Paloma se casó con un italiano llamado Cesare, se fue a vivir a la isla de Elba, que seguramente es más bella que el pueblo donde el bloguero y ella se conocieron, tuvo un hijo y superó un cáncer de mama. Se podía decir que era una vida lejana. Y si embargo se sentaba a unos metros, un poco más allá de los violonchelos, allí, con su hermana Silvia, las dos tan guapas y, creía el cantor, transidas de la emoción.

Debía de ser otro milagro de ese monumento musical que es El Mesías. Milagro al que, modestamente él también contribuía prestando su voz.

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Hay que apreciar la música, como cualquier arte, y olvidarse de los músicos y de los artistas. El Duende hacía las veces de artista, puesto que cantaba una gran composición. Pero mientras la música se elevaba al cielo él, aparte de flipar arañando lo sublime, cotilleaba, sudaba, se daba masajes en la espalda entre número y número y suspiraba por una silla donde sentarse. Qué detalles tan asquerosamente humanos Tres horas cantando de pie sin moverse del sitio y debiendo guardar la compostura fatigan mucho. Y todos tenemos debilidades.

Por eso reparó también en el templo, la iglesia del Espíritu Santo de Madrid, Serrano 125. Sölo doscientas ochenta personas caben en sus bancos, y sólo esas y unas cuantas más, en unas pocas sillas supletorias, pudieron escuchar el concierto. Las demás fueron cortésmente rechazadas. El pasillo central y los laterales estaban prácticamente vacíos. Qué pena. Hace un año, en un concierto similar que el Duende cantó en San Francisco el Grande, donde se ofrecía el Requiem de Mozart,  la gente abarrotó la basílica, y los que no pudieron obtener sitio sentados en los bancos se sentaron en el suelo, subieron al púlpito o se encamaron a la balaustrada que separa el altar. Todo el mundo quedó encantado Pero los curas del Opus Dei administran la Iglesia del Espíritu Santo con una cautela digna de mejor causa.

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La enésima mirada del Duende cantor no iba destinada ni a la partitura, ni a la batuta del director ni a ninguna de las damas interesantes que se incrustaban entre el público, sino a la estatua imponente de Monseñor Escrivá de Balaguer, justo a la izquierda de la entrada de la iglesia, y frente por frente del coro. El fundador del Opus, claro, no movió un músculo mientras duró la interpretación del Mesías.

 El Duende se sintió vigilado por don Josemaría, y aprovechó la ocasión para decirle que, ya que es santo, podría haber convencido a sus curitas de que su iglesia debe mantener abiertas sus puertas siempre, y más cuando lo que reza es la música de Haendel.

 También pensó que ya ha pasado el tiempo de la estatuaria santoral, al menos para los contemporáneos. Los santos de Berrruguete o de Gregorio Fernández quedaban divinos. pero cuando te has hartado de ver al modelo original en tantas fotos, reportajes y telediarios, la imagen del prócer de la Iglesia recién canonizado, por muy fiel y venerada que sea, siempre acaba pareciendo un ninot indultat.

 

 

 

El vaso de Nerón y otras joyas de nuestra cultura

De las extravagancias de Nerón cualquier escritor audaz puede hacer un best seller...

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Una arqueóloga descubre entre las piedras sillares de un viejo molino un pequeño cofre que contiene un vaso de vidrio y en su interior un parche para ojos tuertos. El vaso lleva grabado la letra N, mientras que en la cinta del parche se adivinan las iniciales A.M. C. El extraño hallazgo excita la curiosidad de Genarina, que en realidad buscaba en la zona  restos iberos. Genaranina está obsesionada por la incidencia de los fenómenos paranormales en el curso de la historia, de manera que se pone a a investigar y después de dos décadas tirando del hilo llega a la conclusión de que el vaso, que por la calidad de su vidrio se puede datar en el siglo I de nuestra era, es el que usaba Nerón para guardar sus lágrimas. Desde Quo Vadis, efectivamente, toda la humanidad sabe que el emperador, aunque fuera cruel, también era llorica.

Por otra parte, el parche de ojo resulta ser el de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. La coincidencia  parece un absurdo, pero Genarina sigue estudiando el caso y un día comprende que Nerón, arrepentido de haberse portado tan mal con los cristianos de Roma, fue abducido por las fuerzas del bien residentes en Paramia, una estrella situada a tres millones de años luz, y realizó un viaje astral de quince siglos para entrar en contacto con esta afamada tuerta, a la sazón amante de Antonio Pérez y muy cercana al rey Felipe II. La princesa había ofrecido al rey prudente los servicios de un Nerón reconvertido para hacer una Contrarreforma en toda la regla, con el rigor y la severidad que exigía la herejía luterana. Una labor para la que el desalmado emperador romano, que sólo tendría que cambiar la dirección de su innata vesania, era el baranda indicado. El papa y el católico rey de las Españas se encomendaron a Dios y dieron el visto bueno, porque, como subraya el propio libro, “el fin hay veces que justifica los medios”.

Pero la CIA, que desde hace diez años ha rehabilitado en secreto la máquina del tiempo de H. G.Wells, media en el asunto. Tiene reservada para la intrépida pareja la misión de infiltrarlos en La Meca  y generar desde allí una célula de activistas que acabará con Al Quaeda. El hombre clave es su agente Brad Trochows, educado a los pechos de la Stasi y más tarde de de Putin  y vendido a los a yankis por un duplex en la Quinta Avenida, un paquete de acciones de Walt Disney Produccions y la colección de bragas de Mae West que ha cedido generosamente para el soborno el rijoso millonario Alistair Sobornes. (A cambio, todo hay que decirlo, éste obtendrá la licencia de explotar una mina de diamantes en la Libia de Gadaffi, a punto de caer). Sin embargo, cuando Brad inicia el conjuro utilizando el vaso de Nerón, un inoportuno estornudo le provoca un movimiento brusco, el vaso cae y la joya arqueológoca queda rota en mil pedazos, dando al traste con la operación.

La solapa del libro advierte que es “el nuevo fenómeno editorial de la novela de historia-ficción, un original e inteligente recorrido por las zonas más oscuras de la historia de la humanidad trenzada con una apasionante trama de intrigas, espionaje y misteriosos asesinatos ”, y asegura que ahí se desvelan las claves del amor lésbico que se sospecha que mantuvo Cleopatra con la cocinera de Marco Antonio, de la emboscada que acabó con Viriato, del asesinato de Rasputín y de la extraña muerte de Michael Jackson, aparte de apuntar pistas solventes para resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo y de la piedra filosofal. Todo por sólo veinticuatro euros.

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El vaso de Nerón, que así se llama la novela, está firmada por Adriana Nevol, pseudónimo de Petra Gómez, periodista muy de izquierdas que pasó diez años de corresponsal en Moscú y veinte años predicando el marxismo-leninismo hasta que comprendió que la cosa ya no vendía un clavel, y que la mayoría de sus coleguis ponían un dedo al azar en el calendario de la historia, elegían un personaje más o menos conocido, investigaban en todo aquello que nadie había investigado nunca y que parecía poco probable que fuera investigado y se ponían a escribir una novela histórica que el público recibía con entusiasmo.

-Porque desengáñate, Petra-le dijo la ejecutiva de su editorial-La literatura pura es como agua que se escurre entre los dedos. Y la gente quiere aprender, aunque sólo sean tonterías.

La editorial apostó fuerte por El vaso de Nerón,  y hasta produjo un spot para la tele en la línea de esos trailers de películas de Hollywood que mezclan mitos, historia, verdad, ficción, churras, merinas, sinfonía de efectos especiales, algún guaperas como Johny Depp y Angélica Jolie y luego arrasan en taquilla.

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Al siempre susceptible Homper también le impresiona la manga ancha  con que ahora se cocina  la cultura que nos invade. Digamos que de este vale todo espiga como positivo el “algo queda”. Del famoso fenómeno El código Da Vinci él no entendió casi nada, y más bien le pareció una patraña o, como dice el castizo, una paja mental. Pero evidentemente sale a la palestra Leonardo y el supuesto misterio de su Última Cena.

-Menos da una piedra-se dice.

Y la transversalidad como método, que tanto vale para la educación como para la divulgación o la creación literaria O sea, empezar hablando del parche del ojo de la Princesa de Éboli y acabar, no se sabe cómo, en la lucha contra el terrorismo islamista. Amplitud de miras, curiosidad, imaginación y audacia sin límites para encontrar un hilo conductor más o menos verosímil y saltar sin barreras de un asunto a otro. El resto debería ser calidad. Pero más probablemente es promoción o pura suerte.

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Preocupado de que su estupefacción permanente acabe arrojando un saldo negativo o pesimista de su visión de las cosas, Homper se permite recomendar dos nombres de escritores que, lejos de la frivolidad voluntarista de Petra Gómez (perdón: de Adriana Nevol) hacen de sus escritos un viaje cultural siempre instructivo y a menudo fascinante.

Uno es Antonio Muñoz Molina, que hasta en sus artículos de crítica literaria –léase La fiesta interrumpida en el suplemento cultural de EL PAÍS de este último sábado- entretiene, deleita y enseña. Otro es Andrés Trapiello, un verdadero superdotado que tanto escribe poesía y gana premios de novela  como es capaz de elaborar en Las armas y las letras un magnífico ensayo histórico sobre nuestra guerra civil. No la cuenta él, la cuentan los periodistas y escritores, muchos de ellos desconocidos para el gran público, cuyos trabajos ha glosado con la curiosidad y el rigor de un auténtico erudito. Cuántos mitos destruye su investigación, y qué sorpresas se lleva uno leyéndolo con detenimiento. Homper ha encontrado con este libro mucho más placer que con muchos best-sellers. Pero tampoco se dejen llevar por sus consejos. Hay que descontar que, además de Hombre Perplejo, es algo rarito…

 


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