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El hermano cerdo y otras animaladas

No renunciará el Duende al chorizo, pero cree que se está haciendo objetor de conciencia de cochinillos asados...

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Incluso en las mañanas de invierno se escuchan los trinos de los mirlos o de los rabilargos. Es uno de los premios del campo. Estos pájaros que tocan a maitines cuando el Duende despierta allí muestran ser los más despabilados: desayunan con aceitunas, cerezas o higos, según la época, y de paso rapiñan los granos del pienso que la perra, aburrida de su dieta, deja en su plato.

Pero aquel fue un despertar mucho más dramático. En la finca vecina había matanza, y lo que cortaba el aire gélido como si fuera una motosierra demenciada era el berrido que emite el cerdo cuando le hunden el cuchillo en el cuello y se rebela contra la cruel agonía. No vale con despacharle de un tiro, o de un certero mazazo en el cráneo. La tradición dice que ha de desangrarse lentamente. A los españoles nos gusta legitimar la crueldad con los animales aprovechando cualquier pretexto, ya sea arte, costumbre, necesidad o puro afán de marcar superioridad. Mientras el cerdo ajusticiado aún se mueve, su sangre cae a chorros en un barreño, y una matancera la mueve con la mano para que no cuaje.  Nunca se acuerda el Duende de este drama cuando luego come la deliciosa morcilla. Pero ahora que se critica a las damas que lucen abrigo de pieles y se proscriben las corridas de toros, llama la atención que nadie levante una voz para ahorrarle sufrimientos al hermano puerco. ¿Está probado que sus productos resulten menos exquisitos si su muerte es tan cruel?

En otra matanza este menda recuerda haber visto algo aún más salvaje. El reo era un verraco como un tranvía, un macho de respeto. Un forzudo le clavó un gancho por debajo de lo que sería nuestra barbilla y, sujetas sus orejas y rabo por tres fornidos mozos, fue arrastrado a la mesa de ejecución. En el tránsito, un cuarto elemento, fino estilista, sacó una navaja cabritera y de un certero corte le afeitó los testículos al pobre cerdo. Peor final  aún que el del cuento del Decamerón. El animal acabó cornudo y apaleado, sino eunuco y ejecutado.

-Es que si no,  la carne puede saber a semen –le explicaron  al atónito Duende.

Con la de sacrificados que exige la crisis y ahora  se le ocurre al bloguero apiadarse de los pobres animales. Da igual que vivamos tiempos de vacas flacas o de vacas gordas, porque siguen inmolando su vida por todos nosotros. Señor, cuánto sufrimiento siempre en beneficio de otros.

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A menudo busca el Duende sus minutos de siesta viendo los documentales sobre la naturaleza que emite a esas horas la 2 de Televisión Española. Ninguna aventura del reino animal es capaz de quitarle al menos unos minutos de sueño, pero, cuando despierta, a veces se queda horrorizado viendo la muerte de un knut engullido por un cocodrilo, el trágico final  de una cebra despedazada por hienas o el siniestro banquete del búho. Esta era un ave que le caía bien, quizás por el aspecto bonachón que le dan los dibujos animados y por ser el símbolo de la inteligencia. Pero desde que le vio cómo mataba a un conejo picotazo a picotazo, al ritmo que solicitaban los polluelos  que tenía que alimentar, le ha tomado mucho respeto. Se empiezan a ver esos documentales por amor a los animales y por ese mismo cariño se acaba siendo más indulgente con los cazadores. El Duende fue siempre más bien crítico con la caza, y sobre todo con algunos cazadores fatuos y ventajistas. Pero a la vista de lo cruel que acaban siendo las leyes de la naturaleza, cree que si perteneciera al reino animal casi consideraría una bendición morir de un tiro.

Al día siguiente del dramático lamento del cochino ejecutado las nietas del Duende fueron a coger los huevos de las gallinas, momento emocionante para cualquier criatura. Y se encontraron con otra muestra de la cruda realidad. La gineta se había colado en el corral y había decapitado a dos gallinas más. Las pobres gallinas, tan poco protegidas por el gobierno y los sindicatos: a ver cómo le explicaba el abuelo a sus queridísimas niñas que no fue Walt Disney el que diseñó a los animales, y que la vida pide a diario millones de muertes de todas las especies. ¿Cómo se le razona a un párvulo la conversión del corderito que ven en el monte en un exquisito asado? ¿Quién es capaz de recordarle que las vaquitas mueren niñas para poder llamarse en el plato ternera, y que los afamados cochinillos de Cándido o de Duque son bebés de cerdo? No es una reserva puramente moral, porque tampoco fue nunca uno de sus platos preferidos, pero el Duende empezó a hacerse objetor de cochinillos asados el día que el maestro asador José María  le contó a a él y a sus compañeros de RNE que los pobre cerditos deben de ser sacrificados a la semana de vida para ser el bocado perfecto. Desde entonces siempre desea que todos esquiven su destino y emulen a Babe, el cerdito valiente.

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El Cuento de Pedro Juan

Cuestión difícil, contar a los niños que los animalitos que tanto aman son parte de su y de nuestra dieta. Y quizás quiso poner un paño caliente, pero algo explicó a las nietas del Duende un cuento muy especial, un cuento a la medida, que les trajeron los Reyes Magos. Pues siendo que, según su abuela, lo que más las entretiene es que ella les cuente no la historia de Caperucita o de Blancanieves, sino la del pequeño trozo de campo donde van despertando a la naturaleza, la abuela pidió a sus Majestades de Oriente la historia de  aquel campo en el que las niñas son las protagonistas. Y el cuento que trajeron los magos el 6 de enero narra en sencillos cuartetos  la historia del encuentro familiar con ese lugar, y algunas de las que el admirado poeta Muñoz Rojas llamaba Las cosas del campo</ Entre ellas los árboles que allí crecen, y el agua que corre por el arroyo, y el ruido de la fuente, y los cielos estrellados, y las flores, y los frutos, y los animalitos que allí conviven, y el juego de las niñas con ellos. Así que después de hablar de la burra y las cabras de Pin, que es uno de les vecinos, repasan la letanía animal con estos versos:

En Pedrojuan también viven/ muchos otros animales/ Reptiles, ranas, lagartos,/en el cielo muchas aves,/   Ratones que entran en casa,/ a veces, hasta alacranes,/ patitos en el pantano/ y ardillas de tarde en tarde/  También se crían gallinas/que van poniendo sus huevos, /y algún zorro peligroso! que se come sus polluelo/ Mala suerte, pobrecitos,/  lo mismo que Kokorós, /aquel gallo de Marina /que un día desapareció.

Fue la consternación de la familia. Llegó a manos de la niña  cuando era pollito y  en cuanto se hizo grande y le salió la cresta se lo afanó la zorra. Menos mal que los Reyes Magos, que son sabios, le quitaron importancia, y con una simpleza  sorprendente dijeron lo que el torturado educador no se atrevía a decir: Pero son cosas del campo,/ reglas del reino  animal:/ unos bichos son felices/ y otros lo pasan fatal.

Se puede ser mejor poeta, pero quizás no mucho mejor moralista.

Bomberos del alma

A veces el Duende debería llevar un retén de bomberos en el bolsillo del alma...

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“Tengo sesenta y cinco años, una operación de apendicitis, tres de fontanería inferior, un cráneo al que se le ve el cartón y la manía de deslomarme los  fines de semana con la hoz, la azada y la podadera para ordenar la naturaleza que me rodea …Y a veces me pregunto: ¿qué hace un madrileño como yo  en esos afanes impropias de mi edad? No se… Será que pienso que hay que salirse de lo convencional”.

El Duende parafrasea a su modo un anuncio de la tele en el que un anciano que parece solitario y aventurero  se decide a comprar un exótico producto congelado de La Sirena. Al Duende hace ya tiempo que no le interesa nada la publicidad, pero lo cortés no quita lo valiente, y a veces reconoce que algunos anuncios son inteligentes y están bien traídos. El Duende, como el del anuncio, es un hombre que no sabe explicarse la mayoría de los porqués de su vida. Por eso admira a los que tienen respuesta para todos ellos y son positivos, están encantados de haberse conocido, dicen obviedades llenas de verdad, siempre saben lo que tienen que hacer y encima lo  hacen. Son felices, o al menos lo aparentan, y aún podrán serlo más.  De ellos, supone, será el reino de los cielos. Un reino, por cierto, que  él tampoco tiene nada claro.

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Partamos de la base de que airear estas cosas no le gusta al bloguero. ¿Y qué le importa a los demás lo que pasa por su mente? Pero hay días en que ni le tientan las noticias ni le apetece demasiado la ficción pura. Días o momentos, que el alma del Duende es como el filo de una sierra, un sube y baja constante, y a lo largo de las veinticuatro horas pasa del nirvana al infierno sin apenas darse cuenta. Despierta y a menudo se pregunta por el sentido de su vida. Luego juega con sus nietas  y se lo encuentra. Se van todos, se queda solo en el campo mirando la puesta del sol. Y cuando todo es quietud y la noche parece querer llegar en paz, algo se enciende en el valle. Es un incendio.

Lo peor no es este otro infierno de las llamas que devoran en un instante lo que la naturaleza y el hombre tardan tantos años y esfuerzo en crear. Lo peor es que ha sido la obra de un pirómano que este mismo fin de semana ya lo había intentado tres o cuatro veces en el término municipal de Candeleda. Como para terminar de animarle, vaya. Pirómanos. Maltratadores que apuñalan y matan a sus parejas. Terroristas e encubridores de los mismos. Cacos financieros e incompetentes que están arruinando la esperanza de muchos. Cínicos. Majaderos. Y uno, incapaz de sujetar esa marea que nos inunda, siente que está de sobra.

Se acuerda de la lucidez de Groucho Marx, que, como el Duende, no podría ser político.

-Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Y, hastiado de que hay que seguir conviviendo con ella, está a punto de imitar a Dylan pidiendo al mundo que se pare, porque quiere bajarse.

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“Tengo sesenta y cinco años, buena salud, gente a mi alrededor que me aprecia,  como caliente todos los días, también me alimento de letras y de música y, aunque no lo parezca, me río a menudo.  Sólo tengo la funesta manía de pensar de cuando en cuando, y casi me da vergüenza decirlo”.

Sin embargo a veces, como el del anuncio, el Duende descubre cosas nuevas que le animan. Por ejemplo,  anoche soplaba viento del noroeste, y parecía imposible dominar aquel fuego endemoniado sin aviones ni helicópteros. Pero los bomberos forestales, qué merito el suyo, lo habían controlado a la una de la madrugada, y él pudo dormir tranquilo porque también le habían apagado su fuego interior.

-Cuanto más conozco a la especie humana –rectificando, que es gerundio- más hay que amar a los bomberos- pensó.

El lunes amaneció fresco y luminoso. Las rosas del jardín lucían como las mejillas coloreadas de la Blancanieves de Walt Disney. Y el bloguero deseaba sobre todo rematar este `post para salir a cortar las rosas secas,  recoger los huevos del gallinero, barrer las primeras hojas caedizas del otoño que se avecina y ponerse a luchar contra las zarzas. Activo como el viejo del anuncio, que va de surfista,  pero menos sofisticado. Menos mal que  contra la funesta manía de pensar se levanta la dichosa costumbre de vivir.

 

La emocionante historia de la dinosauria Matilde

Interesante observación. Esta historia demuestra que un hombre puede enemaorarse de una mujer que guarde un parecido con algo tan lejano como un dinosaurio...

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No lo he dicho en mi cátedra, porque hubiera parecido una observación boba y, desde luego, poco académica –se podía leer en una de las últimas anotaciones de su diario-, pero es evidente que la sorprendente similitud de algunas personas con la morfología de algunos animales reales o con criaturas de ficción popularizadas por el cine no implica ninguna identificación con la especie de referencia, como tampoco ninguna descalificación moral de dicha persona. Se puede ser bello y ser un bellaco, y, por el contrario, ser un Quasimodo y tener un gran corazón. Y a continuación Diógenes Causín, paleontólogo y catedrático de Paleontología, citaba una ristra de ejemplos de personas de distinto perfil perfectamente identificables, a su juicio, con animales o extraños andróginos que justificaban su teoría. Las políticas Isabel Tocino y Soraya Saenz de Santamaría parecen dibujos de Walt Disney: la primera se parece a Flor, la mofeta de Bambi. La segunda un pez (hembra) coqueto salido de la pluma de alguno de los dibujantes del estudio. La vicepresidenta Fernández de la Vega, con su peculiar peinado en forma de casco, se asemeja extraordinariamente a esos pollitos de buitres, con su pedazo de cáscara de huevo aún en la cabeza, que pintan los tebeos infantiles. El expresidente Pujol ha sido reconocido como inspirador del Yeoda de La Guerra de las Galaxias, de la misma manera que el sindicalista Méndez guarda un razonable parecido con unos guerreros- osos melenudos, muy feroces, que intervienen también en dicha película. El futbolista Ronaldinho tiene la misma dentadura que una piraña, el expresidente Fraga está emparentado con el rinoceronte, el ministro de Fomento Blanco recuerda a las ardillas, castores y otros mustélidos, y cualquier observador de la historia que tenga en la memoria al general Franco con gorrillo cuartelero, panza enfajada y botas altas, recibiendo a Hitler en la estación de Hendaya, vería en su perfil y en sus movimientos los rasgos de una gallina.

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En la penúltima entrada de su diario,  el paleontólogo Diógenes Causín se deshacía en elogios hacia su esposa Matilde, fallecida tan sólo un año antes que él. Fue una mujer delicada, sensible, que supo amarme a pesar de que un científico ama más la investigación y la ciencia que ninguna otra cosa, y es incapaz de responder al encanto de una mujer si en ese momento le está tentando el microscopio. Debo  ponderar, además de sus virtudes, su hermosura,  pues siendo una mujer alta, delgada y angulosa, de mirada de áspid y andares de de bailarina de ballet, atesoraba un singular atractivo.  Ella, tan fantasiosa, lo idealizaba al máximo. Se definía a sí misma, con cierta gracia, como un cruce entre Audrey Hepburn y Cruella de Vil. Todos debemos de tener un referente de nuestro aspecto físico en alguien o en algo, pero yo jamás me atreví a destruir la imagen de sí misma que se había construído, aunque sabía a ciencia cierta que había otro ejemplo real mucho más próximo a su figura.

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La última anotación de Causín se alejaba de consideraciones frívolas, y hacía una llamada urgente a sus colaboradores para que descubrieran un hallazgo que iba a revolucionar la paleontología. Yo no lo hubiera podido hacer en vida de Matilde, sin borrar la evidencia, y ella jamás me lo habría perdonado si no lo hubiera hecho. Por eso encargo a mis colaboradores y a cualquier amante de la paleontología lector de este diario que excaven con sumo cuidado en este lugar exacto, vean, se asombren y saquen nuevas conclusiones sobre las derivas que puede tomar a veces la teoría del evolucionismo. A continuación reproducía unas coordenadas, y adjuntaba un recorte de un mapa de la serranía de Teruel y una serie de referencias topográficas exactas para que el equipo de excavación diera con lo que sin duda era el hallazgo más asombroso de la historia de la paleontología moderna.

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El tesoro que había descubierto el profesor Diógenes Causín dejaba en nada al Concavenatur corcovatus Pepito que meses antes habían desenterrado en la serranía de Cuenca. El fósil del Concavenator coquetus Matilde era una dinosauria perfectamente conservada, al punto de que en su estructura se podían adivinar no sólo alguno rasgos sospechosamente andróginos, sino la gracilidad de unos movimientos que, la ciencia lo adivina todo, podían parecerse a los de una bailarina de ballet.

Con todo, lo más sorprendente de aquel legado que el abnegado profesor había ocultado venía en una caja de acero, perfectamente aislada de la humedad, que apareció junto al fósil. Cuando, con gran pompa y circunstancia, las autoridades científicas procedieron a abrir la caja, sólo encontraron en su interior una nota firmada por el privilegiado paleontólogo que primero dio con el descubrimiento para luego volverlo a ocultar bajo tierra.

La nota decía: He amado mucho a la ciencia, pero, aunque ella no lo viera así, amé mucho más a mi esposa Matilde. Por eso no le pude confesar que, aunque se creyera una mezcla de Audrey Hepburn y  Cruella de Vil, en realidad se parecía mucho más a esta maravillosa dinosauria que me he apresurado a bautizar con su nombre. Su coquetería femenina no hubiera entendido la similitud. No me importó: preferí esperar a la muerte de ambos para que el mundo conozca mi hallazgo.  El poeta Artur Rimbaud escribió: “par delicatesse, j´ai perdu ma vie”. Yo podría decir igualmente que por delicadeza he perdido, tal vez, un  premio Nobel, pero no la perdí a ella, que siguió amándome hasta el final. Lo cual me permite morir tranquilo y con la sensación de haber cumplido todos mis deberes como científico y, sobre todo, como persona.

El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

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Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

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-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

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La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

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Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

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El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.

Señor, que el Zapatero prodigioso acierte

Los ojos del presidente lanzando los destellos del niño de Freixenet...

Los ojos del presidente lanzando los destellos del niño de Freixenet...

Si quieres ser feliz, como me dices/ no analices, muchacho, no analices (Joaquín Bartrina) No era precisamente del poeta favorito del presidente, que prefiere a su paisano Gamoneda. Pero era la frase que el Comité de Comunicación estimaba más oportuna para no volverse a meter en jardines en el tradicional mensaje de fin de año. Promesas vagas, brindis al sol, posibilismo onírico, voluntarismo redentorista, pachulí dialéctico, citas literarias. Coherencia en definitiva con el consejo de su asesor más considerado: no digas nada, presidente, pero dilo muy bonito y que la señora Petra te siga diciendo ¡guapo! cuando sales por la tele.

Los años anteriores su pico de oro y su tradicional y patriótico optimismo le habían jugado sendas malas pasadas. En 2006 predijo con pasmosa seguridad el fin del terrorismo y al día siguiente estalló una bomba tremebunda. En 2007 aventuró que seríamos campeones de la economía y que éste sería el año del pleno empleo cuando ahora las oficinas del INEM no dan abasto para atender a las colas de parados. Los expertos en comunicación dieron un puñetazo en la mesa y exigieron un cambio.

-No te metas en jardines, jefe.

-De acuerdo-admitió el Presidente-Pero…¿cómo puedo seguir siendo el que soy y contrarrestar, además, ese video navideño de la oposición?

Todos los Comités de Expertos en Comunicación tienen un genio. Y el talento de turno propuso un video alternativo que podríamos describir así. En un horizonte rosa infinito, perfilada contra el cielo a modo de Escarlata O´Hara, aparecía la silueta del presidente. Lucía un traje blanco de príncipe de cuento, eso sí, modernizado por Vittorio y Luchino con unos detalles muy originales, y avanzaba lentamente hacia cámara con su natural donosura mientras pajarillos mariposas felices y demás criaturas del bosque coreaban la banda de sonido. Sonaba ésta como la de La bella durmiente de Walt Disney, pero aunque los voces argentinas y los gorgoritos eran del mismo estilo, cantaba esta otra letra oportunamente escrita: Este mundo encantadooor/ puede ser mucho mejoooor/ si hacemos nuestra labooor/ con talante y con amooor…

Esta ambientación mágica enmarcaba un acting a tono con su mensaje. Portaba el presidente una rama de olivo en una mano y una rosa roja en la otra, y marcaba unos pasos de elegante ballet al ritmo del emotivo jingle. Pero a continuación, un curso acelerado del mago Tamariz y los inevitables efectos especiales convertían a la rosa en la paloma de la paz, a la paloma en el búho de Minerva, símbolo de la sabiduría, y al avechucho en un angelito que con un cuerno de la abundancia, manejado a modo de manga pastelera, iba escribiendo en chorros de oro las palabras Paz, Prosperidad y Progreso sobre el mapa de las diecisiete comunidades autónomas españolas. En ese momento, el presidente, emulando al niño de Freixenet, sonreía a cámara y lanzaba un guiño que era un puro destello de diamantes, al tiempo que una voz en off grave y solemne, pro humanizada por un leve trémolo emocional decía: No hay fronteras para el progreso…A lo hecho, pecho. Y este año, además dos de berberechos. Qué bonito, cerrar con un tierno homenaje a los célebres dos huevos duros de Groucho Marx.

La película estaba prácticamente rodada por Pixar, pero no obtuvo el visto bueno del partido porque una de las ardillitas del bosque que coreaban el jingle se parecía sospechosamente a un tal Pepín. Con lo que a falta de mejores argumentos, y olvidando lo que había dicho en el Congreso al catastrofista líder de la oposición cuando pitaban oros -señor Rajoy, es usted un profeta de desastres y un desastre de profeta, porque nuestra economía va mejor que nunca- el presidente volvió a las andadas y volvió a prometer prodigios.  Diagnosticó, oh sorpresa,  que en el segundo semestre de 2009 ya empezaremos a remontar la crisis y a crear empleo.

En el Comité de Comunicación bramaron: ¡no analices, muchacho, no analices!…¿No ves que en boca cerrada no entran moscas? Alguno más rotundo no se anduvo por las ramas: la cagaste, Burt Lancaster. Sin embargo, en la acera de enfrente, una señora del PP con tres hijos en el paro aprovechó la Misa de la Familia para mirar al cielo y elevar una plegaria insólita en ella.

-Señor, Señor…¡Haz que esta vez el presidente acierte!

Siéntase el rey de la creación

EL truco es creer que, sin uno, Haydn no seria nadie...

EL truco es creer que, sin uno, Haydn no sería nadie...

Se pregunta Homper admirado si los roles sociales nacen con el individuo o se hacen.

No es filosofía en estado puro, sino deducción cercana basada en la observación. La cosa es que su nieta, que es una niña a la que ya le enseñan en el cole lo políticamente correcto, no quiere ser una mujer del montón. Todo lo contrario, sueña con ser princesa.

No una princesa moderna, de las que trabajan e una ONG, corren en chandal por los parques y de vez cuando compran marcas blancas para ahorrar. Sino una princesa de cuento, cursi como las de Walt Disney y guapa como la Sissi de Romy Schneider. La niña apunta maneras delicadas como el cristal de Bohemia. Si por ella fuera, sólo se dedicaría a desfilar por la pasarela  y, como mucho, a bailar como esas primas donnas de cajita musical.

Peor aún: cuando no puede vestirse de tules, gasas, lamés, fru-frús y bordados de diamantes y sentir que el mundo gira a sus pies, se consuela jugando con sus muñecos o limpiando el parquet con un diminuto carro de limpieza comprado en una bazar chino. Qué barbaridad: algún familiar desaprensivo se ha saltado a la torera el desideratum de igualdad y pretende condicionar su futuro sexista regalando esos juguetes antipedagógicos. Mientras tanto, ay Bibiana Aído, la fiscalía mirando a otra parte.

¿Serán quizás los reflejos condicionados por el ambiente sexista que aún respira nuestra sociedad? ¿O, simplemente, que esa es la forma más directa de llamar la atención y sentirse protagonista? Vaya usted a saber. También pudiera ser que la niña busca cómo inventarse ya otro mundo distinto al que le va a tocar vivir. No hay como imaginar que eres el rey o la reina de la creación.

Eso es lo que pasaba a Homper estos días. Cierto que son los más cortos, fríos, y nebulosos del año. Pero él canta con su coro La creación de Hayden y, aunque los demás no se percaten de ello, está convencido de que el célebre músico no hubiera sido nada sin su valiosa voz.

(Aún hay gente más confiada. Por ejemplo, su compañero Pedro Bauer se atreve a desafiar las leyes del canto llevando a todos los ensayos y actuaciones una bolsa de polvorones. Cantar en alemán después de haber engullido una de esas delicias de Estepa…¡Ahí les querríamos ver  a Plácido Domingo y a la Gruberova!)

Parecidos y caricaturas

A todas las mujeres les gustaría parecerse a Ava Gardner. Y a todos los hombres ser calcos de Paul Newman. Se ciñe a  esos cánones el Duende  por ser los más expresivos para la gente de su generación. Además, guapa por guapa y guapo por guapo, uno cree muy superiores a Ava y a Paul que Angelica Jolie o Johny Dep, espejos de las chicas y chicos de ahora. Pero la idea está clara: todos queremos vernos más guapos de lo que en realidad somos.

Lo aprendió el Duende desde el primer momento en que su inventiva empezó a a anotar y revelar parecidos razonables de las gentes de su alrededor. Si el epígono citado era notablemente bello, la reacción siempre era favorable. Si era considerado feo o fea, cabreo al canto. La gente suele ceñirse al resultante general, sin tener en cuenta que un guapo puede parecerse a un feo y viceversa. Por ejemplo, el  Muñeco Diabólico podría ser la caricatura del presidente del Congreso José Bono, y eso no desdice de la apostura del ilustre prócer

 Estos ejercicios de trasposición de personalidades eran muy habituales en la casa del Duende. Un día su madre le identificó con Manolo Gómez Bur, un cómico que habitualmente salía mal parado en sus papeles. Lo asimiló perfectamente, porque era verdad. Sin embargo tiene un amigo cuyo rostro es la clara inspiración de Shrek y no se ha atrevido a decírselo. Cuando era niño, encantado de su conclusión, advirtió a una parienta suya  que su niño se parecía al Pinocho de Walt Disney y se llevó un soplamocos de la madre ofendida. Y eso que se refería al muñeco de Gepetto antes de que le creciera la nariz, por mentiroso. Pero ni por esas: su hijo no podía ser comparado con la criatura de un carpintero. Qué vanidad.

Pero esa es una de las ventajas del blog en agosto, que puedes irte de la lengua -o de la pluma- y olvidarte de las represalias, porque no se entararán  los aludidos. Por ejemplo, Soraya Sáenz de Santamaría es como esos pececitos/pececitas coquetas que aparecen en las películas de dibujos animados. Y es que la imaginería de los estudios ha dado mucho juego. Su compañera de partido Isabel Tocino tenía el mismo perfil que Flor, la graciosa mofeta de Bambi. Y a Pepín Blanco es fácil encontrarle alter ego en los múltiples roedores (castores, ardillas, ratones, etc) que proliferan en estas películas para niños.

Hay otros aún más evidentes: Obama y Hamilton, Carrillo y el chimpancé bailarín de El libro de la selva, Zapatero y Míster Bean. Pero en este último caso es más fácil distinguirlos, porque uno de los dos piensa más lo que dice.

Parecidos no del todo razonables

(Foto de Cjelli)

Uno de los problemas que tiene el Duende para ser querido por todos es que formula muchas de sus observaciones en voz alta. En su espíritu travieso y su deseo de desmarcarse de lo convencional, suele recurrir a imágenes, comparaciones y ejemplos que él considera ocurrentes, y que no siempre son  bien interpretados por todos. Buena culpa la tiene su familia. En casa su casa era corriente jugar a aquello de ¿a quién se parece fulanito? Con variantes tales como si el tío Enrique fuera animal, ¿qué animal sería? Otras veces las trasposiciones se hacían con objetos, o incluso con sensaciones O, viendo acercarse a alguien con un rostro muy peculiar, alguno planteaba una afirmación valiente que busca confirmaciones, como por ejemplo ¿verdad que ese tío tiene cara de llamarse Agapito?¿A que el tío Federico tiene voz de bocadillo de jamón?

El juego parece estúpido, pero pone en juego valores como la imaginación, la semiología inventada que sugieren ciertas palabras,  la fantasía y el conocimiento del lenguaje y de la iconografía clásica. Hay gente que tiene cara esdrújula, aunque no lleve el acento dibujado en la frente. El Duende veía en el rostro de su primer profesor de Derecho Político, don Carlos Ruiz del Castillo a un vértice geodésico, aunque estos monolitos sean en general poco expresivos. Otras comparaciones son más simples. El inefable José Bono tiene la misma mirada y mofletes del Muñeco Diabólico. Jordi Pujol es idéntico al monstruito que sale del pecho de Terminator. Isabel Tocino está diseñada con el mismo perfil tierno y pelín cursi  de la mofeta Flor, y en el mismo elenco de Bambi encontramos a un buhíto joven que se parece mucho a Chiqui Benegas. Lo de comparar al presidente Zapatero con mister Bean no tiene mérito: más sutil sería decir que, si fuera vegetal, sería lirio. La Vicepresidenta de la Vega, y que no se me enfade, es como un polluelo de rapaz de esos que pintan los tebeos saliendo del huevo y con un pedazo de cáscara en la cabeza.  Fraga, con todos los respetos, siempre tuvo una cierta mirada de rinoceronte, y si hubiera sido música sonaría como la Cabalgata de las Walkirias.  Y, por no abrumar con más ejemplos, el ex portero madridista Buyo era talmente la maqueta de Arnold Schwarzeneger.

En su ingenuidad, el Duende siempre creyó que todo el mundo apreciaría el lado bueno de estas observaciones, pero un día le dijo a una pariente suya que su niño se parecía a Pinocho-antes de mentir, precisó- y recibió a cambio una bofetada. Se había quedado sólo con el lado negativo: mi hijo no es un muñeco, replicó airada. No había reparado en la cara de sorpresa ingenua y en la ternura que respira la criatura del viejo Gepetto en la película de Walt Disney. Qué cortedad de miras.

A una buena amiga menudita, de apariencia frágil y cara de biscuit, muy favorecida ella, que aún siendo abuela desafía al tiempo luciendo un tipito quinceañero, le dijo un día el Duende que era como Almendrita, la protagonista de un cuento que contaba la radio en los años cincuenta. Almendrita nació en el cáliz de una flor, y allí dormía, tierna y grácil, como la Campanilla de Peter Pan. Además de atractiva, la buena amiga es parca en palabras, de modo que nunca supo el Duende si lo entendió como halago o, simplemente, como estupidez inoportuna.

Pero el mayor ejemplo de fracaso de esta pretendida poética de la fantasía comparativa es el que sufrió con una compañera de trabajo a la que, comparó con la cerillera de Andersen. La Cerillera es uno de los más tristes cuentos de Navidad jamás escritos, pero también de los más bellos. Eso al menos pensaba el Duende cuando lo leyó de niño en una preciosa edición de la Colección Araluce, encuadernada en tela con estampaciones en oro y delicadas ilustraciones en papel couché. Es la historia de un pobre niña que vende cerillas  en una esquina de las calles nevadas de Copenhague la noche de San Silvestre. Nadie le compra, y la chiquilla, aterida de frío, intenta calentarse con sus cerillas que, al encenderse, iluminan el cuadro mágico de un hogar caliente, con una mesa cubierta de manjares y golosinas y un abeto adornado con muchos juguetes. La maravilla se desvanece con la llama apagada, y cuando la tercera cerilla con su estampa mágica se consume,  la vida de la desdichada niña se ha consumido con ella. Al Duende la cerillera, aún con su expresión desvalida, le parecía hermosa y fascinante, y veía  la historia como la quintaesencia del romanticismo. Así se lo hizo saber a su compañera de trabajo, pero ésta volvió la cara ofendida. Prefería imaginarse como Susan Sarandon.

Falta de visión o de sentido del humor: la madre del Duende, que descansa en paz -como la cerillera de Andersen- decía de su propio hijo que era idéntico a Manolo Gómez Bur. Al Duende le hubiera gustado más ser como Steve Mac Queen, pero su madre conocía muy bien a su hijo. Además,  bien pensado, Manolo era bastante más gracioso. Qué mala suerte que se pareciera al Duende.

Un cielo de dibujos animados

El libro de la selva

 Según muchos El libro de la selva, que ahora cumple no se cuántos años, es la película más lograda de Walt Disney. Fue al parecer la última en la que el mago dejó su propia impronta. A lo mejor es por eso precisamente, o por lo romántico del relato original de Kipling, o por el encanto de su banda de sonido, o por la gracia con la que bailan los animales, o por la ternura de Balloo. El Duende tuvo el placer de tratar a éste, a los monos y a los elefantes de la película hace más de un cuarto de siglo. La agencia de publicidad para la que trabajaba consiguió los derechos para el plátano de Canarias, que todos los años sacaba a concurso su campaña de publicidad, una de las más sustanciosas de la época. Al Duende le tocó platanear la letra de las canciones. Así nació aquello de el plátano es…sensacional/ tan sano y fácil de pelar / tan rico y lleno de vitalidad… /¡Caramba!…/ ¡Qué bueno que está!…/ no hay ninguna otra fruta igual/…Y a mí me gusta una bestialidad… Entonces iba Balloo y le apostillaba a Mowgli: para no quedarte enano…¡Tú tomar mucho platano! Y Mowgli, más razonable que el oso, le corregía: plátano, Balloo, plátano.

 Los dibujos animados son mucho menos susceptibles que los humanos. Cuando aún no se había fallado el concurso y se rumoreaba que El libro de la selva  había causado un gran impacto, en algún  periódico canario alertaban de que la campaña del plátano pretendía africanizar las islas Canarias con una publicidad selvática. Cuánto idiota hay por el mundo. La cosa es que ganamos el concurso, no sin que una vez en marcha algún docente puntilloso -que pensaba que Balloo debería expresarse como Lázaro Carreter-  nos acusara de convertir en llana la esdrújula de plátano. Demasiado escrupuloso, ¿no? Los únicos que hubieran tenido derecho a protestar por algo hubieran sido los afectados por la acondroplasia, que es el nombre científico de lo que conocemos por enanismo. Pero entonces aún no era frecuente tanta sensibilidad por este problema, y, aún ahora, quizás se han resignado a entender el empleo del enano como pequeño, y sin ánimus injuriandi alguno.

El caso es que la campaña fue un éxito paralelo al de la película. Hubo que salvar sin embargo un grave problema familiar: mi hija Isabel, una ricura de niña rubia de apenas tres años, rompió a llorar desesperadamente cuando Balloo muere en el film. Afortunadamente resucita tres minutos después, con lo que volvió a ser feliz y todos nos congratulamos de ello.

Aquello confirmó lo que ya sospechaba cuando a una sociedad  limitada que fundé le di el nombre de Peter Pan, el niño que no quería ser mayor. Y es que la utopía, o el cielo, es un mundo de dibujos animados. Mal se concilia eso con la fama que la progresía  le ha colgado a Walt Disney, pero por muy carca que fuera éste no  me digan si no es maravilloso un paraíso donde los niños vuelan y los osos que bailan salsa son inmortales.

Gallinas en libertad

(Foto cortesía de Davichi, con algunos derechos reservados)

Gallina

 

Lo que avanza la civilización, para que luego se diga que vamos a peor. Estaba el Duende dando de cenar a Marina un huevo frito con arroz cuando reparó en el envase de donde procedía el manjar. Pazo de Vilane -rezaba el rótulo comercial- 6 huevos de gallinas criadas en libertad. Y seguía: nuestras gallinas se crían al aire libre, y completan su dieta a voluntad en los extensos campos del Pazo. Conmovido por la noticia, trató de convencer a su nieta para que acabara el plato. Primero le explicó que el huevo venía de una gallina feliz, y que esos huevo eran privilegio de princesas, pero como si nada. Luego acudió al clásico truquito de los bocados penitenciales: este por Mamá, que tiene que ser profesora de universidad y gladiadora del hogar al mismo tiempo. Este por Papá, que trabaja tanto y además es del Aleti. Este por Zapatero, para que se le arregle lo de los trenecitos de Cataluña. Este por Rajoy, para que se le pase el cabreo…Pero la niña, erre que erre, no quería más. Tanta libertad gallinácea y tanta pedagogía para que aquel huevo que debía costar un ídem acabara en el estómago del Duende.No sabe uno si una gallina aprecia su libertad. Ni si, de ser cierto, es tan buen argumento comercial para el consumidor, con la vida tan perra que viven otras criaturas. Me consta que aunque las tierras del Pazo de Vilane son especialmente golosas para las gallinas, el huevo resultante no es tan diferente a cualquier otro bien frito. Más bien pienso que el mensaje comercial explota la creciente sensibilización hacia los animales. La cosa viene de Francisco de Asís, que empezó hablando del hermano lobo. Luego llegó Walt Disney, se inventó a Mickey Mouse y a Bambi y nos hizo llorar a varias generaciones cuando dejó al cervatillo huérfano de madre. Entretanto la humanidad conocía el holocausto judío, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, hambrunas bíblicas e incontables atrocidades. Homo homini lupus, nos recordaba Hobbes. Hoy no somos mucho mejores, pero gracias a los ecologistas, a los Estudios Pixar y a que Rajoy no tiene ningún primo zoólogo, nos vamos regenerando. Al final nos sentiremos personajes de Frank Capra, y redimiremos nuestra mala conciencia amando a los animales casi como a nosotros mismos.

Se defiende la causa de las ballenas, de las focas, de los zorros, de los lobos, de los linces, de los toros de lidia. (¿Por qué no de las ocas del Perigord?). Por una colonia de mariposas se desvió el trazado del AVE. Y si no se soluciona el problema de la carroña para los buitres -que desde las vacas locas están a dieta- acabaremos llevándoles al Mac Donald con cargo al presupuesto de Solbes. Aún hay más síntomas: desde que el Duende vió Babe, el cerdito valiente ha dejado de tomar cochinillo. A ver cómo le cuenta a Marina que mientras las gallinas de sus huevos campan en libertad, los lechoncillos nacen con los días contados.

Claro, que peor será cuando le tenga que explicar que millones de niños como ella pasan hambre.


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