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Lo demás también importa

Sexo

(Foto de Tipo Gráfico

Regresa un hombre a su casa y dice a su mujer que le han despedido. Ella, que está tomando una ducha, le resta importancia. Cariño, ya encontrarás otro trabajo, ¿vienes?… Se les escucha el juego amoroso, y sobre estos arrumacos se superpone la voz del prescriptor de turno. ¿Problemas de erección, eyaculación precoz?…Si su vida sexual funciona, lo demás no importa. Y el prescriptor deja caer el nombre de Boston Medical Group, que no ofrece trabajo sustitutivo, pero te pone lo que te dije más nervioso que el revólver del Coyote.

 Lleva sonando esta cuña en la radio meses y meses. Debe de ser tan mala que ni un viejo profesional de la publicidad como el Duende era capaz de recordar la marca anunciante.  Erre que erre, mira por donde la acaban de pasar a las 7′ 59 a.m., y todavía no la ha olvidado su decrépita memoria de mosquito.  Las grandes agencias no se molestan en hacer creatividad para radio, porque la radio, como subraya Ricardo Pérez, no la ve nadie, y vivimos la civilización de la imagen. Da poca fama, y premios menos relevantes que los spots de la tele. Por eso, cualquier tontería vale en una cuña. Sin embargo es de suponer que alguien acudirá a ese instituto para restaurar su virilidad perdida, pues si no la habrían retirado. La cosa es que según están las cosas aunque funcione el remedio harían bien en cambiar la campaña. No es lo más adecuado al momento, francamente. Ese lo demás no importa cuando acaban de anunciar casi doscientos mil parados más, y lo que te rondaré morena, suena como una broma de mal gusto.

El padre Bonete suele recrear en su defensa de la castidad una homilía que es una clásica entre las destinadas a aterrorizar a los pecadores en ciernes. Jóvenes que han cronometrado el placer -explica remarcando con dramatismo cada sílaba- me dicen que éste dura veinte, treinta segundos a lo sumo. Y os pregunto yo… Por veinte segundos de placer efímero…¿vais a arriesgar una eternidad en los infiernos? La operación, claro, no tiene cuenta. En Todo lo que usted quería saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar,  Woody Allen presenta a un siniestro anciano depravadillo interpretado por el histórico John Carradine que presume de unos orgasmos de treinta minutos. Ese si que aspiraba, con razón, a la Champions League del sexo, y a lo mejor podría contarnos que, tan largo me lo fiáis, el fin justificaba los medios.

Pero ni siquiera el Zapatero más optimista se atreverá a prometer tanto en ese campo. Y es raro, porque sigue valiendo todo para el personal que entre polémicas obispales, ilegalizaciones sospechosas, listas torpes, mentirijillas feas y datos económicos alarmantes de los que Bush ya no es el único culpable está mosqueado y desmotivado para mojarse en las urnas. Así que más vale que nuestros gobernantes trabajen en serio para evitar que se pierdan más puestos de trabajo.

 Y entretanto, que le ayuden los del instituto de marras, y cambien  el comportamiento de esa tonta para la que un macho con el as de bastos en condiciones  es la panacea de todos los males. Todo es relativo, pero que le vendan a uno el encanto del sexo cuando el horizonte del parado es oscuro y sólo tiene la calle para correr, además de una mentira es una bofetada que no tiene ninguna gracia. Con o sin trabajo, con o sin erecciones, -y más ante las elecciones-  lo demás es lo que importa.

Una tomadura de cabello

A esa especie de ovillo de hilo de azúcar enrollado en torno a un palito que vendían antes en las ferias -verdad es que hace tiempo que no lo veo- le llamaban barba de papa. Le hacía gracia al Duende tal nombre. Cree que es muy risueña la metáfora inocente que evoca esa especie de nube dulce. Aquella barba, o nube, se engullía fácilmente, pues, como casi todas  ellas, contiene sobre todo aire. Más tarde descubríó el Duende a un elefantito de comic infantil que se llamaba Barbapapá. Y los tres conceptos, la barba, la nube y el  elefantito de mentirijillas juegan en su imaginación como las tres bolas que el malabarista hace circular entre sus manos. Son  postit amables que quedan en el blanco de la memoria. Bromas de los fabricantes de golosinas que, cosidos a un tropo chispeante, provocan una sonrisa.

No le pasa lo mismo al Duende con el cabello de ángel. Y bien que lo siente por nuestro amigo Bob de C´as Barber, pues buena parte de las grandes ensaimadas que compra el turista en sus islas vienen preñadas de él. Del cabello, no de Bob, obviamente. Y es una pena, porque la masa de la ensaimada mallorquina es una gloria, tan sólo estropeada por la presencia de esa capilaridad alada que maldita la falta que hace ahí. Así como el que bautizó a la barba de papa le parece a uno un tipo ingenioso, del que consagró esa pastorra dulce de calabaza como cabello angélico sólo puede decir que es un cursi. Comprendo que es duro decirlo así, pero este blog no puede poner paños calientes eternamente a desafueros de leso buen gusto. Y el cabello de ángel es eso: un ataque al buen gusto. Y lo siento, Bob, porque dulsesito dulsesito no lo hay más.

Lo peor es que no sólo es cursi el nombre del cabello de ángel, sino el propio dulce. A un ministro de hacienda de Franco que se llamaba Cabello de Alba, el Duende le dijo siempre Pelo de Madrugada. Aunque es difícil amar a un ministro de hacienda, y menos de Franco, el Duende creía que con esas palabras le llamaba con más propiedad que diciendo su apellido original, pues quizás el hombre no merecía tanta cursilería. Por el cabello de ángel no puede tener tal consideración: para el cabello, está el pelo, pero un ángel sólo puede ser ángel.

No se habla nunca de eso, pero  creo que entre los derechos humanos debía de estar el  de que cada quisque pudiera crear su propio infierno. Del mismo modo que en el infierno de una película de Woody Allen  arrastraba su cadena el inventor de los muebles de metacrilato -con bastante razón, por cierto-, en el infierno del Duende purgan sus pecados los inventores del cabello de ángel. También los fabricantes de los bombones de licor, sobre todo si son  de esos rellenos de Calisay.

Y siente el Duende ponerse tan iconoclasta. Pero había que escapar del empalago que estragaba a este blog después de casi un mes de dulce, larga y casi interminable Navidad.

Y mañana a currar, que se acabó la fiesta.

Música para filosofar

 En cuarenta y ocho horas ya estará sonando el concierto más esperado del año. En el Musikverein de Viena su brillante y machista Filarmónica -sólo dos mujeres en una formación amplísima, y aún así hubo reparos para admitirlas- interpretará las consabidas polkas y valses de los múltiples Strauss y de los Offembach, Lehar, Suppé…Música perfumada como un bombón de licor.

 Al Duende le parece un concierto empalagoso y tontorrón, pero reconoce que es un prejuicio envidioso. A él, como a muchos, le hubiera encantado dirigir una gran orquesta sinfónica, y nunca pudo. Cuando Edward Heath, amante de la vela y de la música clásica,  era primer ministro, se dio el gustazo de tomar la batuta y ponerse un día al frente de la Sinfónica de Londres. El Duende, casi imberbe,  y sin la fama, la influencia y la batuta del premier inglés,  se tenía que conformar con robar un largo macarrón de la despensa de su casa y modular con él para sí mismo lo que ponía en el pikú. La obertura Egmont y la Quinta sinfonía  de Beethoven eran su programa favorito: se los sabía de memoria, y no fallaba en una sola entrada. Se sentía un excelente director de orquesta. Sin duda por ignorancia, ahora cree que sería capaz de dirigir ese famoso concierto que la Filarmónica de Viena toca como quien lava. 

Sin embargo sólo lo sigue si le sorprende tomando un café en un bar o en la casa de un amigo. No lo busca, porqie le parece sólo un sonido de referencia. A la Navidad la anuncian los Niños de san Ildefonso, con ese tradicional sonsonete de la Lotería de Navidad que el Duende odia desde niño (nunca le dejó un duro, y  además le impidió escuchar la radio normal ese día. Sólo hay una tradición radiofónica más estólida, que es la retransmisión de los encierros de los Sanfermines). Al  Año Nuevo lo saludan los compases majestuosos de la orquesta más cara del mundo. La legión de japoneses que llena buena parte de la sala es feliz: aplaude la consabida marcha Radezky como los niños de nuestra tele jaleaban a Gaby, Fofó y Miliki cuando cantaban Había una vez un circo. Los ilustres profesores, normalmente tiesos y engreídos, les siguen el juego: hacen dos o tres chorraditas, felicitan el año a coro, venden un montón de CD y se forran ante los ojos de medio mundo. Y el maestro que los dirige, nomalmente una estrella deslumbrante del star system sinfónico, se consagra como uno de los Midas de la música.

Y aquí la sorpresa del Duende. Siempre creyó que entre divos andaba el juego, y que tal privilegio sólo se otorga a un consagrado de fama mundial. Pero nunca te acostarás sin saber una cosa más: confiesa el Duende que no tenía ni idea de quién era George Prêtre, el director francés ya octogenario en quien ha recaído este año el honor hiperbólico de encandilar a medio mundo con la música vienesa. Woody Allen tituló un libro suyo Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Y el polvoriento sabio que fuera Marcelino Menéndez Pelayo decía que la mayor pena de tenerse que morir es que siempre le quedan a uno muchas cosas por leer. Tenían razón. Qué desasosiego no abarcar nunca el mínimo  para considerarse un hombre ilustrado. Qué sinvivir.

Tampoco conocía el Duende el original espectáculo Música y excusas que el tenor Enrique Viana  se monta con  su voz y su arte, un piano virtuoso que le acompaña y textos de propia Minerva. Es una mezcla de ingeniososos monólogos de vanguardia trufados por arias belcantistas que desarrolla en hora y media de desparpajo y refinamiento musical. Muy recomendable.  El Duende lo disfrutó ayer, y sólo pudo llenar una de las miles de lagunas culturales genera diariamente esta sociedad tan inquieta. Lo que yo te diga, Woody. El talento creador, que no para, y que siempre le pilla a uno medio dormido y con estos pelos.   

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