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No ir a Oviedo y pasarse seis pueblos

Si son tan inteligentes y rigurosos...¿cómo no entienden que sus internacionales tendrían que haber estado allí?

El pueblo es soberano, pero muy inocentón. Cree que la entrega de los  premios Príncipe de Asturias es una ceremonia muy larga y aburrida llena de formalismos. Se imagina que en este acto tan jaleado por los políticos y los intelectuales sólo hay celebridades y autoridades de traje oscuro, discursos que aburren a las ovejas,  señoras con perfume caro y bostezos entre los asistentes. Hablando en plata, el vulgo piensa que es un coñazo, y que lo más colorista del protocolo es la recepción de Sus Altezas Reales por un grupo de paisanos vestidos de trajes típicos y la interpretación del Asturias, patria querida a cargo de los gaiteros, que ya tiene mérito.

Pero qué ignorancia la suya. Los grandes entrenadores de fútbol no piensan lo mismo. Ellos, conocedores del alma humana, profundos psicólogos que han cimentado su fama sobre el esfuerzo y la disciplina, saben que  la carne es débil, y que el futbolista más templado puede sucumbir  a los peligros que entraña un acto de esas características. Vade retro, Satanás, fue lo primero que se les ocurrió decir cuando invitaron a los campeones del mundo de fútbol para recibir el premio Príncipe de Asturias al Deporte que les correspondía. Es lógico: hay que ser de piedra para resistirse a ciertas tentaciones. La cabra tira al monte, y hasta un buen chico con aire de seminarista como Iniesta perdería los papeles en un ambiente de tanta disipación. Vade retro, Príncipe de Asturias del Deporte, que el sábado tenemos partido y no quiero que la plantilla se me distraiga.

¿Es ese acto tan peligroso como esas discotecas que trastornan a las estrellas del fútbol? ¿Será Oviedo hoy una bacanal? ¿Corre la hierba y la coca en los corrillos previos a la ceremonia? ¿Se emborrachan de sidra los asistentes? ¿Se inflan luego a comer fabada y arroz con leche para acabar bailando la conga por el vestíbulo del Teatro Campoamor? ¿Hay constancia de que algún laureado haya vuelto a casa con resacón por recibir el premio?…Más bien parece que no. Si además se considera el prestigio del premio, es lógico que a los organizadores y al aficionado le ilusione ver a los héroes de Sudáfrica recibiéndolo en persona.

Es más, cualquiera sabe también que Casillas y compañía pueden afeitarse y vestirse guapos, tomar un avión a la capital del Principado, recibir el diploma, posar para las fotos, regresar a casa y dormir tranquilamente para acudir al día siguiente al entrenamiento habitual. Pero para algunos entrenadores que quieren ser más estoicos que Séneca y más ascetas que San Juan de la Cruz tal cosa no es posible. Caparrós y Garrido han comprendido que la ocasión bien merecía un permiso para sus jugadores internacionales, pero los dos entrenadores más deslumbrantes de nuestra liga se plantaron con la seriedad del burro y dijeron que al día siguiente se jugaba un partido y que nada de frivolidades. Mourinho tuvo que transigir a las sugerencias de su presidente, y al menos ha autorizado al capitán para que asista a la ceremonia, pero el otro sólo ha permitido el viaje de Xavi, que está lesionado y no jugará el sábado. Guardiola no meará colonia, como sostienen algunos malvados, pero destila un afán de superioridad moral que al aficionado de a pie a veces le resulta cargante y que en este caso huele a desaire nacional.

-Se ha pasado seis pueblos –comentó mi amigo Amado, siempre tan buen intérprete del  sentir general.

Se han pasado ambos. Aunque haya que entenderles. Oviedo hoy no será Sodoma y Gomorra,  como imaginan Mou y Pep, y sólo se trataba de que los jugadores de la Selección Nacional acudieran a recibir su premio. Pero los divos son como son, y lo peor de todo es que les va bien.

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El Mundial del Estatut

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, el triunfo de España sobre Portugal...Demasiadas emociones en un solo día

A las  veinte horas del martes 29 de junio de 2010 en la vivienda del piso 7º C de aquel bloque de viviendas Hospitalet de Llobregat se mascaba la tragedia. Mientras la señora Fernández preparaba una merienda cena para que toda la familia pudiera ver tranquilamente el partido de fútbol entre Portugal y España, el señor argumentó encontrarse mal para meterse en el cuarto de baño y echar el pestillo. A las veinte quince se presentaron los hijos, que quisieron encender el televisor. No encontraron el mando a distancia.

A medida que se aproximaba la hora de comienzo del partido cundió el nerviosismo. Nadie sabía dónde estaba el mando a distancia. Los dos hijos y las dos hijas de los Fernández abrieron todos los cajones de los muebles del salón, revisaron los sofás, dieron la vuelta a los almohadones, levantaron la tapa de la sopera de la mesa del comedor y hasta lo buscaron en la cocina. Nadie lo encontró. Por fin a la señora se le ocurrió que tal vez se lo había metido en el bolsillo su marido antes de encerrarse en el  cuarto de baño.

-¿Que no te habrás quedado con el mando de la tele?-preguntó a través de la puerta.

-Sí-se escuchó la voz ahogada –Lo tengo aquí.

-¿Que nos lo darías para poder encender la tele?-volvió a preguntar la señora de Fernández.

-No hace ninguna falta-refunfuñó- Además…¡tengo diarrea!

- ¡Ah, carambas!…¿Que no sabes que juega España y los niños quieren ver el partido?

-Diles que ya no tiene sentido ver a España, porque la nación española no existe. ¿O es que no se han enterado de que el Tribunal Constitucional ha salvado el Estatuto?

Al mismo tiempo, en el piso 11 C del mismo bloque de viviendas, el señor Barguñó, y muy a pesar de su familia, decidió que lo más importante que a esas horas se podía ver en la tele era un documental sobre la vida de los cocodrilos que ofrecían en un canal temático.

-¿Que no crees que sería más interesante ese partido que quieren ver los chicos?- preguntó la señora Barguñó ante la atenta mirada de la chiquillada.

-Non fotis, Remé-farfulló el señor Barguñó arrastrando las palabras- El Piqué, el Pujol, el Capdevilla, el Busquets, el Xavi y el Iniesta y el Villa, que aunque no son catalanes también son del Barça¡Siete jugadores nuestros en el Mundial y el Estatut no nos deja ser nación!…

Por fas o por nefas, ninguno de estos vecinos de Hospitalet de Llobregat vieron ni dejaron ver el Portugal-España en su televisor. Entretanto, sus hijos coincidieron en el pub de abajo, donde vieron el partido, tomaron unas cervezas  y, como tantos otros, celebraron juntos el triunfo de un equipo que todos consideraban suyo.

El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

1

Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

2

-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

3

La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

4

Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

5

El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.

El mal sueño de Laporta

Si George Orwell resucitara y revisara su obra...

Si George Orwell resucitara y revisara su obra...

Pongamos que George Orwell resucita y revisa su obra. Reescribe Rebelión en la granja y la titula Rebelión en la Massía. Hace lo propio con 1984 y lo traslada a 2014, fecha clave para los independentistas catalanes. Finalmente redacta otra vez Homenaje a Cataluña, que ahora acabará retratando una realidad distinta.

Pongamos que el gran escritor inglés  nos cuenta la vida de un pequeño país independiente gracias a un patriota famoso por el fútbol: Joan Laporta. Años antes este hombre había presidido un club que asombró al mundo entero por su juego, se hartó de ganar títulos y dio muchos motivos para que todos admirásemos aún más a Cataluña. Pero eso queda ya lejos. Un día, en Santander, sentado junto al presidente Revilla proclamó que España estaba machacando a su país natal. Ahora es el “molt honorable President de la Generalitat”, y como tal asiste al partido decisivo para el Campeonato de la Lliga de Catalunya, donde el Barça se la juega con el San Andrés.

El Barça alinea una poderosa escuadra compuesta por catalanes pata negra: Borrell. Roig, Sensat, Novell, Trobat. Matalí, Deulofeu. Castellet, Hortolá, Amat y Fuster. Ni rastro de aquellos  cracks que antaño recalaban por aquí: esta liga no da para tanto, y además hay que hacer país. Apenas hay público. Sólo media grada que bosteza evocando tiempos más gloriosos, y que al final del partido se manifestará frente a la tribuna presidencial para desplegar  una pancarta con esta leyenda: “Ara no estem matxacats, ara estem aborrits y cabrejats”. La Porta calla, se encoge de hombros y se queda pensativo.

Normal. La ucronía responde a sus actuales excesos. Hace unos días proclamaba que dejará el fútbol para dedicarse a la política. Y el martes, mientras su equipo sí que machacaba de verdad al Racing de Santander, escandalizaba en el palco al presidente de Cantabria quejándose de lo mal que trata España a Cataluña. Algo que, según él, alimenta el afán de independencia.

Al fogoso presidente del Barça habría que recordarle que a la demagogia la carga el diablo. Y que lo que hoy, en el carro del triunfador, tanto le pone cachondo, podría convertirse en una ruina para el mejor club del mundo. Como dicen los castizos, o somos o no somos. No se puede tener la mula y los mil ducados, ni aspirar al sueldo del general y también a la verga del teniente. Si algún día el sarpullido progre/independentista de Laporta se convirtiera en realidad, el Barça debería jugar una Liga de Fútbol entre equipos exclusivamente catalanes. Imagínense la alegría de la hinchada: después de haber contemplado las grandes hazañas del “dream team” de Messi, Ibrahimovic, Xavi, e Iniesta frente al Madrid, al Valencia, al Sevilla o al Athletic, apañarse ahora con el Nástic o el Mollerusa de rivales. Para ese viaje incluso Rafael Casanova pensaría que no hacían falta alforjas.

Si en la aldea global y en un espacio como el europeo cada vez tienen menos sentido las fronteras, aún menos sitio para el nacionalismo queda en el fútbol. La Porta sabe de sobra que el Barça es hoy una brillante multinacional que por suerte –y en parte por su talento, que todo hay que decirlo- representa a Barcelona y a Cataluña. Pero que se engrandece con jugadores y con miles de hinchas no catalanes. Su equipo no podría servirle de plataforma para sus delirios políticos si fuera sólo el campeón de ese país con el que sueña. Hay otras formas de hacer grande, querida y admirada a Cataluña sin tener que echar regüeldos sobre la idea de España, que, por cierto, aún tiene más aficionados que el Barça. Otro catalán  de gran talla que es Pau Gasol le podría dar lecciones al respecto.


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