Archivos para 31 agosto 2007

El amoral contemporáneo

 La periodista Begoña Aranguren vino a la radio a ser entrevistada por Olga Viza sobre su novela Alta sociedad. El Duende rondaba por allí, y como la conocía de algún viaje en ascensor la acompañó hasta la salida de la Casa de la Radio. Coincidían en el ascensor tiempo atrás, cuando comenzaba su idilio con el recientemente fallecido José Luis de Vilallonga, marqués de Castellbell y grande de España, que durante un año fue vecino del Duende sin él saberlo. Begoña y el marqués  se casaron, pero pronto pasaron la página de su sorprendentemente matrimonio. En la entrevista Begoña lo recordaba amargamente.  Después, en una conversación entre el estudio y la calle, el Duende no se aguantó lo que muchos probablemente querrían haberle preguntado antes. ¿Cómo es posible que se te ocurriera casarte con Vilallonga?. Fíjate -contestó-pensé que podría cambiarle…Menos mal que Begoña no se dedica al periodismo de investigación. Quizás procesaba el pensamiento de Pascal: el corazón tiene razones que la razón desconoce. De qué manera las desconoce. Sólo así puede caer un alma rendida ante un tipo como el extinto marqués, buen escritor sin duda, mejor vividor, sublime cínico, y ejemplo más sobresaliente del amoral contemporáneo. No lo dice el Duende, alardea de ello el propio Vilallonga en sus memorias y en El gentilhombre europeo, una  interesante novela autobiográfica. Angelito. Basta leer lo que dedica a su primera mujer, a la noche de bodas y al hijo que tuvieron para calar al que tanto presumía de caballero. Lo de la amoralidad en esta sociedad nuestra es rentable si eres elegante como el marqués y cargas a diestra y siniestra contra todo lo que huele a la llamada España casposa, que al finado le producía alferecías. Hay que decir  en su favor que no fue un parásito más de la aristocracia  a la que pertenecía y fustigaba implacable. Se ganó la vida escribiendo y lanzando guiños muy rentables a los santones culturales del momento. Trabajó, lo que no es poco, incluso con mi adorada Audrey Hepburn. O sea, que algo puntuó en la escala de la meritocracia moderna. Pero aún así su presunta rebeldía contra los privilegios de su clase no le excusó de muchos de los defectos del señoritismo. El primero, y más importante, mirar a casi todo el mundo por encima del hombro por no ser tan listos, tan cultos,  tan progres -qué numerito cuando después del 23-F anunció por la tele  que pedía el carnet del PSOE- y con tan buena percha como él. Se podrá creer que el Duende no le apreciaba, pero me consta que se entretuvo mucho leyéndole, porque la pluma viperina -¡ay!- casi siempre es muy amena. Sin embargo no lo llorará tanto como el barman del Harrys de Venecia, el sommelier de la Tour d´Argent o la antigua cerillera de Madame Claude. Los suyos fueron otros mundos que no están en los de la gente corriente. Menos mal que Begoña, la experta en alta sociedad, se cayó del guindo a tiempo.

Kathleen versus el Duende

 Los amigos del Duende no pueden reprimir su asombro. No le faltan virtudes, pero la sombra de Braulio pesa demasiado sobre él, y al margen de la teoría general del tornillo rosca-chapa, de la aerodinámica del avión de papel y del sofisticado mecanismo del abrelatas explorador, hay en su formación lagunas tecnológicas importantes. ¿Cómo, a su pesar ha sido capaz de implementar este blog? (Diablos, por parecer más moderno he dicho implementar, uno de esos neologismos qe tanto le cabreaban a Lázaro Carreter y que me había propuesto no utilizar jamás). Seamos sinceros, es evidente que le asistía a distancia un experto. La habilidad del Duende llega hasta pasar sus ocurrencias de las musas al teatro, o sea, del caletre al ordenador y del ordenador a esta malla mágica que es internet. No mucho más. Luego está la logística: el ordenar y repartir los comentarios, las categorías, los archivos…Ni les cuento, se me hace una bola en el estómago. Y finalmente la  puesta en escena, la maquetación y las ilustraciones. Al Duende le gusta entrar en el blog y ver la cabecera, ingenua y colorista, que le  remite a  los dibujos de García Lorca a los bocetos escenográficos de Pepe Caballero y al cartelismo de la Barraca. Se la debe a Alicia Arias – firma como Malicia– una artista muy querida por él, porque es, además, sobrina. Por cierto, que muchas gracias. Malicia. Y no vean lo que le alimenta el ego verse, por ejemplo, junto a la foto de Kathleen Turner, ayer sin ir más lejos. El problema es que el fantástico manitas que implementaba se ha tomado vacaciones. Y aunque ha encontrado un genio de guardia dispuesto a corregir los extravíos del Duende en casos extremos, seguramente el blog aparecerá durante unos días a palo seco, sin esas fotos que alegran el ojo y dan buena un toque de distinción al blog. He ahí el dilema, miro los comentarios de ayer, bastantes y muy estimables para tan corta vida, y me invaden las inquietudes. ¿Será lo mismo cuando no le adorne al Duende el glamour de las estrellas? Tú mismo, lector. Él, por si acaso, sigue maquinando cómo mantener este invento sin morir en el intento.

El increíble caso de Esplá y Tomás

 ¿Han visto cómo un toro le dejó la cara y lo que te dije a Luis Franciso Esplá? ¿Han contemplado las pasiones y casi muertes  que padeció José Tomás en sus dos últimas corridas? ¿Cómo diablos han salido vivos? ¿De qué pasta están hechos estos tíos para poder volver a torear después de las formidables palizas que les propinan los toros?  ¿Cómo es posible que un picotazo de una avispa te consiga una baja laboral y por esas cornadas de trayectoria ascendente que interesa a la femoral y que desgarra ni te cuento pierdas una corrida en Palencia y dos días después torees en Córdoba tan pichi? ¿Por qué Etoo se lesiona para dos meses jugando al fútbol sin ningún morlaco de por medio? ¿Cómo se explica que Pepe, el defensa de los treinta millones de euros, tenga una rotura fibrilar por un entrenamiento y que Tomás fuera capaz de rematar la faena del toro que quiso ser Islero con un torniquete improvisado por su peón de confianza? ¿Se pueden extender los prodigios de la medicina taurina al resto de los traumatismos que nos causa, por ejemplo, el cuchillo jamonero?  No soy un gran aficionado a la llamada fiesta nacional. Me divertía lo tangente, aquello que Díaz Cañabate llamó el planeta taurino: sus tipos, sus costumbres y, sobre todo, su lenguaje, tan exuberante y afiligranado como el traje de luces. Había en la radio un crítico con el pomposo nombre de Rafael Campos de España que engarzaba las metáforas como churros en el junco aquel que despachaban las antiguas churreras. A una inglesita que estudiara español le pondría yo como prueba suprema de sus conocimientos cualquiera de sus críticas. Anda, Nancy, guapa, tradúceme al inglés y después de que el rehiletero plantara dos pares de banderillas asomándose al balcón, el diestro tomó la franela y destapó el tarro de las esencias abriendo el compás en tos tandas de naturales rematados por el de pecho que provocaron el delirio del tendido. Aquí te quiero ver, estudiante español. Pero me estoy desviando demasiado. No propongo estudiar el español de los toros, sino el milagro de la medicina taurina para extrapolar después sus éxitos. El día que consigamos curar una simple sinusitis en el mismo tiempo que han tardado Esplá y Tomás en volver a nacer, el superavit de la sanidad pública va dejar  en nada las siempre optimistas cifras de Zapatero. Y enhorabuena a los maestros. La Parca se ha quedado tan acomplejada por su resistencia, que a lo mejor jubila la guadaña y los declara inmortales de necesidad.

La lección de Mrs. Robinson

Kathleen Turner

Hace cuatro o cinco años Kathleen Turner fue noticia porque en un escenario del west end londinense se atrevió a salir desnuda sin ningún tapujo haciendo el papel de Mrs. Robinson en El graduado. Ya no era la jovencita de La joya del Nilo, y seguramente los pechos caídos hacia arriba de Peggy Sue habían cedido a la inexorable ley de la gravitación de los cuerpos. Atravesaba esa difícil edad en la que las actrices se quejan de que no hay ni guiones ni comedias para ellas. El mundo, y sobre todo el Corte Inglés, los prefiere jóvenes, y las leyes del mercado son implacables para todos. Pero aunque el hombre (y la mujer) es el hombre (y la mujer) y su circunstancia, la cuestión es si se puede manipular ésta a riesgo de  modificar también la sustancia. Uno (o una) puede inyectarse botox, hacer virguerías con la silicona, coserse con hilos de oro, añadirse tetas o pectorales, plancharse las estrías, perfilarse los labios, teñirse las pestañas o estirarse la piel del rostro y sujetarla tras las orejas con palometas. Pero también puede degenerar y convertirse en una Barbie o un Ken que difumine los rasgos de la personalidad. El Duende acudió una vez a una cena de amigos y amigas que no veía desde hacía tiempo. Pudo saludar a todos por su nombre, pero con una fue necesariamente menos expresivo. La reunión era en una tasca, y sólo a la altura de la leche frita se percató de que sí, que era ella, la misma presentadora de televisión que durante cientos de telediarios había contado las noticias de forma creíble y con una sonrisa cautivadora. No era la Turner, ni mucho menos aquélla maravillosa Anne Bancroft que desarbolaba la inocencia del joven graduado con uno de los juegos de seducción más perturbadores de la historia del cine. Pero era una mujer madura atractiva, con una piel preciosa una mirada inteligente y una personalidad que, después de pasar por talleres, eran irreconocibles para los que la admirábamos. ¿Será que ya no confiamos en el espíritu que anima nuestro cuerpo? En la larguísima secuencia del baile de El gatopardo -otro peliculón- Visconti, que veía la belleza hasta en la decadencia, muestra en primer plano una rosa cuyo esplendor languidece junto a una taza de café en la que se adivinan los posos. No se por qué diablos tanta rosa madura desconfía hoy del encanto que se puede conservar sin ser el bibelot perfecto. No lo se, con lo que nos encandiló a todos Mrs. Robinson. Oración final aconsejable para gente con fe: no cargues la mano en mis patas de gallo. Pero de los excesos de la cirugía plástica, líbrame, Señor, porque pese a todo quiero seguir siendo quien era..

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Puerta

Alégrate si al despertar sientes molestias en alguna parte de tu cuerpo: eso significa que estás vivo. Con lo barata que se ha puesto la muerte este verano. Eres peruano y te traga un desliz de las placas tectónicas, eres griego y corres el riesgo de que te carbonice un pirómano, eres irakí y te puede volar la cabeza el fuego enemigo, amigo o mártir, según caiga la moneda, eres automovilista y quizás ni tu prudencia te defienda de un kamikaze del asfalto. Más aún: eres un futbolista cotizado con planta de atleta, en la flor de la vida y en el mejor ciclo de la historia de tu equipo, y te fulmina un corazón equivocado. Difícil sustraerse al melodrama colectivo que es la muerte de Antonio Puerta, jugador del magnífico Sevilla que ha ganado cinco títulos y sin embargo llora desconsolado. Le he visto por la tele: se daba un aire con aquel juvenil Vittorio Gasman que tantos corazones rompió en el cine de los sesenta. Dicen que era el más alegre de la plantilla, y que tendrá un hijo póstumo: más pasto para la verborrea bien intencionada, pero empalagosa hasta la náusea, con la que queremos hacernos notar en estos casos. Antonio Puerta está jugando allá arriba ese partido que todos jugaremos algún día -vino a decir, más o menos, el presidente del club rival. ¡Ojú, qué vergüencita, el pico de oro que nos da la muerte de un ídolo popular! En estos momentos de pasmo en Sevilla, no he escuchado nada de una paradoja llamativa. Hay otro Puerta sevillano, Diego Puerta, que fue la figura del toreo más cosida a cornadas que se recuerda. La muerte le rozó en innumerables ocasiones, pero salió ileso y triunfador. Los designios del Señor son inescrutables, y tanto. Otra de las bobadas que se dice en estos casos es que los elegidos del Olimpo mueren jóvenes. Pues vale, pero es muy triste y, sobre todo, absurdo, y a ver quién explica eso. Entretanto, sonriamos si al saltar de la cama nos golpeamos el meñique contra una de sus patas. Es el dolor más tonto, y jode muchísimo. Pero nos recuerda que aún tenemos la suerte que le falló a Antonio Puerta.

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El Umbral del Duende

Paco Umbral

Lo cual que va Franciso Umbral y se nos muere una noche de verano. Lo cual que el poder, como es habitual en este caso, le rinde tributo de admiración. Lo cual que la cultura, como es ritual, saca el incensario y le entroniza en el parnaso de glorias perdidas. Y lo cual que el Duende, que imitaba sus poco afortunadas pataletas públicas y hubiera querido imitar mejor su don de escritor, anota un nombre más en su nómina de caídos. Personalidades que caricaturicé y a las que ahora sólo puede evocar con afecto y devoción. Lo cual…Creo que no es ortodoxo empezar una oración así, algún crítico literario lo subrayó como una de las boutades del ácido escritor de la bufanda y el gato. Pero Umbral escribía tanto y tan bien que jugaba a su antojo con el lenguaje, y de vez en cuando inventaba su propia sintaxis. Uno leía cualquiera de sus libros y creía entrar en el tronco de una novela o de unas memorias, pero la novela ramificaba en pasajes memorísticos, y las memorias se convertían en un tratado de crítica literaria o de historia del arte. Los pedagogos hablan ahora de asignaturas transversales, materias que se van aprendiendo poco a poco repartidas en muchas disciplinas. Pues para mí que toda la obra de Umbral es literatura transversal: novela, ensayo, memoria, poesía. Casi toda, a mi juicio, diamante puro, quizás infravalorado por la abundancia de su producción. Acaso le faltaba el género dramático, pero es que Umbral el drama lo llevaba dentro, muy dentro, Mortal y rosa, muerto, pero muy vivo. Cuando supe que había perdido a su único hijo -alguien me dijo que conservaba  el termómetro con el mercurio anclado en la última temperatura del niño enfermo- comprendí que su arrogancia, su irascibilidad y su desprecio por lo políticamente correcto no eran impostura. ¿Quién puede sonreír al absurdo? Era yo un joven con inquietudes literarias, y me gustó tanto Las ninfas que me atreví a escribirle expresando mi admiración. Me respondió enviándome dedicado Lorca, poeta maldito, uno de sus primeros ensayos literarios. O sea (otro recurso muy suyo), tan correcto y amable como muchos otros escritores. En La verbena del 92, un programa de TELEMADRID que presentaba Ana García Obregón con Javier Capitán y con este menda de peones de brega, se le hizo una entrevista, y luego le parodié yo, sentado en su sillón de mimbre tipo Emmanuelle, con su gato de angora, cuello de cisne de seda blanca, bufanda del mismo color, guedejas ya casi canas y sus gafotas de culo de vaso. Puede que no le disgustara, que sonriera incluso, porque entonces aún no le había montado a Mercedes Milá el famoso numerito de su libro que tanta carnaza nos dio. Pero yo era un humorista, el espejo travieso que deformaba su imagen. Y no tuve el valor de decirle que aquel gamberro era el mismo que años atrás le había escrito como un simple lector fascinado por su talento literario. Lo cual, que me da pena de que se fuera de allí sin saberlo. Y que espero que desde el más allá sepa al menos que, por víboras y tocapelotas que seamos los imitadores, uno no sólo tiene su corazoncito. Sino también su pequeña biblioteca, donde Umbral, junto a Larra, Valle Inclán, Julio Camba y Ramón Gómez de la Serna entre otros, sigue alimentando la fantasía y la zumba del Duende.

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La noche de las pechugas vivientes

Pechugas de pollo

Era de la España de Carpanta, y le gustaba el pollo. Sobre todo los filetes de pechuga empanados. No demasiado acostumbrado a la compra, aquel hombre llamó por teléfono al pollero de confianza y le encargó unos filetes de pechugas de pollo. Son para empanarlos, no ponga muchos, estoy yo sólo, precisó. Sí, pero ¿cuántas pechugas?, insistía el pollero. Bueno, póngame ocho. Debió remachar quizás lo de los ocho filetes, pero creyó que habiendo dicho que eran sólo para él no habría malentendido alguno. Como no podía ir en persona a la carnicería le pidió a una vecina el favor de que se los recogiera y los pagara. La vecina se presentó en su casa con una bolsa y una cuenta de quince euros. ¿No es mucho para ocho filetes de pechugas?, preguntó. No, ten en cuenta que son ocho pechugas en filetes, total treinta y dos filetes. Primero se cabreó consigo mismo por no haberse explicado mejor, pero luego cargó contra el pollero, pues, aunque ocho pechugas den de sí treinta y dos filetes, a su entender, a nadie se le puede ocurrir que un hombre maduro se las cene empanadas de una sentada. Bueno, no habrá problema -se dijo- congelaré el resto. Vivía en el campo. Al atardecer el cielo se cubrió de espesos nubarrones cárdenos y entrada la noche descargó una tremebunda tormenta que convirtió el cielo en un apocalipsis de rayos y truenos. Saltaron los fusibles. Los fusibles estaban instalados en un armario exterior a la casa. El hombre salió con un paraguas y una linterna, abrió la tapa de los fusibles, los subió y vio que el diferencial no volvía a la posición correcta. Como no entendía nada de electricidad no quiso correr riesgos y se resignó. Fue a la cama con una vela. De repente, cuando a pesar de lo espantoso de la noche estaba punto de conciliar el sueño se acordó de las pechugas. Lamentablemente, se durmió. Y digo lamentablemente porque iba a ser víctima de una atroz pesadilla. Pechugas de pollo antropomórficas en proceso de putrefacción escaban del congelador, cercaban su habitación y se metían por las rendijas de puerta y ventanas como en aquella terrorífica película de Georges Romero. Reclamaban justicia y venganza. ¿Por qué nos compras de más, si luego nos vas a entregar a los gusanos? -chillaban con muy malos modos. Ni sabes comprar filetes nuestros ni sabes reaccionar ante el cuadro eléctrico- acusaban con gritos horripilantes sólo imaginables en pechugas de la peor calaña. Angustiado, se despertó entre sudores y palpitaciones. O al menos eso creía, porque al lado de la cama, vestida con un sayal de seda blanca a modo de vestal, y con una iluminación expresionista que acentuaba la dureza de su gesto, estaba la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. Eso te pasa por haber tardado tanto en compartir las tareas del hogar y no saber comprar pechugas de pollo ni arreglar unos fusibles-le dijo en tono de inconfundible reproche. Y de entre los pliegues de su vestidura, sacó un Manual de Educación para la Ciudadanía que, con gesto altivo, le ordenó estudiar. Hasta que no lo apruebes -le advirtió inmisericorde- no te dejo escapar de esta pesadilla. Y, como alumno castigado con orejas de burro, cercado por los aullidos de aquellos fantasmas putrefactos, tuvo que empezar a estudiar en la truculenta noche de las pechugas vivientes.

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