De oyentes cultos y sonetos inolvidables

La anécdota es de una presentadora de televisión justa de recursos. Uno de sus tertulianos le pregunta: ¿puedo recitar un soneto? Y ella le contesta: sí, pero que sea breve… El soneto no puede ser ni breve ni largo: son catorce endecasílabos, y dura lo que dura. Este Duende se confiesa sonetista aficionado. El soneto obliga a la musa a la faena perfecta, pues obliga a sujetar la belleza del verso sin devanarlo en rima vana. Todas las palabras han de encajar perfectamente, como un canon de marquetería literaria. En El tranvía de Olga Viza a Javier Capitán se le ocurrió que los jueves yo recitara un poema. Un día me atreví con el soneto más famoso de la lengua castellana, el enigmático y dificilísimo Amor más allá de la muerte, de Francisco de Quevedo. Me lo se de memoria, y a solas lo recito con la fluidez y la emoción que requiere. Paro…¡ay amigos!: qué difícil hacerlo bajo la mirada del inefable García, siempre buscándole a uno las cosquillas…Tropecé en una fricativa y allá naufragó Quevedo. Fue tal mi vergüenza que rectifiqué sobre la marcha, incorporando al catálogo de meteduras de pata de García una de las joyas que más ha repetido en sus resúmenes. Quién me mandaría a mí recitar en antena…Pero hoy quería recordar otro soneto, que habla de la sensibilidad, la inspiración y el afecto de los oyentes. Y de la huella que, sin darnos cuenta, deja a veces nuestra voz. Era en un Buenos días que hicimos en Alcañiz, imponente villa turolense. Allí nos escuchó Darío Vidal. Y este fue el soneto que nos dedicó

Para los artífices de Buenos días

Tropa aguerrida, abigarrada gente,

muchachada feliz, tuna de locos

que tanto gozo dais, siendo tan pocos,

con palabra ya dulce o maldiciente:

que el pueblo y Dios vuestra ventura aumente

por hacernos sentir ramas del tronco

de la ancha España, aunque, con odio bronco,

la mentira y la llama a arderla tiente.

Juglares sabios, gaya cofradía,

senado culto, liza dislocada

que traéis, de las seis al mediodía,

el ingenio y el verbo a la mañana,

como hogaza de pan, ya bendecida,

en un “Buenos días” transmutada

Está firmado el 26 de septiembre de 2002. Gracias, Darío. Te hago justicia tarde, pero afortunadamente para ti, y aunque el bueno de García me eche de menos, ya no destrozo sonetos en la radio.

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2 Responses to “De oyentes cultos y sonetos inolvidables”


  1. 1 Angelus Pompaelonensis agosto 3, 2007 en 11:29 pm

    Yo me quedo con aquel de Lope:

    Un soneto me manda hacer Violante.
    En mi vida me he visto en tal aprieto.
    Catorce versos dicen que es soneto;
    Burla burlando, van los tres delante.

    Yo pensé que no hallara consonante
    Y estoy a la mitad de otro cuarteto;
    Mas, si me veo en el primer terceto,
    No hay cosa en los sonetos que me espante.

    Por el primer terceto voy entrando,
    Y aun parece que entré con pie derecho,
    Pues fin con este verso le voy dando.

    Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
    Que estoy los trece versos acabando.
    Contad si son catorce, y ya está hecho.

    Claro y perfecto. No hay quien dé más.

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  2. 2 Alejandro González Terriza septiembre 16, 2011 en 11:59 pm

    El soneto está tan bien que cuesta creerse ese último verso cojo, decasílabo. ¿No será un error de copia?

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