Archivos para 29 septiembre 2007

Tostadas con felicidad

Café con tostada

 (Foto de Minusbaby, algunos derechos reservados)

Dice mi amiga doña María que una de las primeras enseñanzas de la polémica Educación para la Ciudadanía debería ser que la felicidad es mu correlativa. Para ella, lo correlativo no es sino lo relativo dicho más finamente. No hay por qué reprochárselo, lo enuncia así mucha gente. Pero vayamos al meollo de la cuestión. Si nos criamos en la creencia de que existe la felicidad absoluta, mal vamos. Se vive en un perpetuo sinvivir, porque ésta tarda en aparecer, y mucho más en asentarse. Hasta que nos damos cuenta de que, salvo para los místicos, los simples o los mentecatos, no existe. La propia filósofa de los Arándanos ha desarrollado una teoría alternativa, que, simplificando, sustituye la utopía por una suma de pequeñas felicidades. Esta puede concentrar en un día un paseo con su nieta por el parque, cortar unas rosas furtivamente, ponerlas en un florero sobre su coqueta, una comedia de Arturo Fernández por la tele, una merienda con amigas en una cafetería -con curasán plancha, claro- y dormir sin que, milagrosamente, su Manolo ronque como un terremoto 6 en la escala Richter. Nada inalcanzable para la mayoría de los españoles. Ha tenido que rendirle pleitesía el Duende cuando esta mañana, cosa rara en él, normalmente poco hedonista, se le ha ocurrido cortar unas rebanadas de pan moreno de cereales. Las ha tostado, rociado con unas gotas de aceite y sal y untado muy ligeramente con mermelada de naranja amarga. Y luego, sentado frente a un ventanal desde donde divisaba el horizonte de Madrid al amanecer, se las ha desayunado con un café caliente. Qué sencillo, qué delicioso momento. Lo de mezclar en una tostada aceite con naranja fue una recomendación de su amiga Soledad, una cortijera antequerana de muy sanas costumbres. Un día le contó que antaño, cuando los olivareros cosechaban la aceituna, su desayuno consistía en pan con aceite y unas gotas de naranja exprimida, otro lujo de la naturaleza que los países cálidos disfrutamos en invierno. Soledad tiene unos ojos azules de elegante melancolía, y es sobrina del gran José Antonio Muñoz Rojas, autor de esa obra maestra de prosa poética que se llama Las cosas del campo. La evocación partía sólo de unas tostadas de pan moreno con aceite, pero a partir de ellas trepó el Duende por la vista de Madrid amaneciendo, los ojos de la dama, la poesía de su tío y el encanto de las cosas del campo. Y en este tempero germinó algo de la felicidad posible. Pobre Schopenhauer, tan huero de esperanza, tan pesimista él. Se ve que no desayunaba nunca como aconsejan los sabios.

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Otras voces, otros ámbitos

Carlos latre chica

Qué bien queda una buena guarnición junto a un solomillo. O la faena de naturales canónicos -la muleta bien adelantada, recibiendo de frente al toro y abriendo el compás- si luego el maestro la remata con adornos vistosos. Lo esencial se complementa con irrelevante. Hasta el propio Mozart, capaz de producir algo tan sobrecogedor como el introito de su Réquiem, escribió también varios divertimentos. Y exhalaban talento extraordinario tanto su música más trascendente como la más desopilante. Al sonido de la radio le debe de pasar lo mismo. Lo abanderan sus grandes presentadores, como Juan Ramón Lucas, Carlos Herrera, Carlos Francino, Luis del Olmo, Federico Jiménez Losantos, Concha García Campoy, María Teresa Campos, Tony Garrido, Pepa Fernández, Gemma Nierga. Perdón si me dejo alguno. En general, y con más o menos poder de seducción, tratan de contarnos lo que pasa y, de paso, arreglar el mundo. Y luego vienen -en ocasiones venimos- los que no deshacen ningún entuerto, pero a veces entretienen y provocan la sonrisa. La nueva directiva del RNE no parecía tener aprecio por los llamados imitadores, pero en el programa de Juan Ramón Lucas ya se ha abierto paso Dani, un joven leonés muy dotado para estos menesteres. Juan Carlos Ortega, hace doblete: en la SER con Gemma Nierga, y en los fines de semana dando vida a su genial Gustavo en Hoy no es un día cualquiera de RNE. Francino no hace mucho por la sonrisa. Ahora mismo no recuerdo ninguna voz en su programa que me alegre la vida. Del Grupo Risa de la COPE lo que menos me gusta es su nombre y el sonido de su presentación, pero la voz de Oscar (el Zapatero que engañó a Evo Morales) es una joya. Yo desde que no debo fidelidad a ninguna radio divido el dial entre Onda Cero y la SER, para sacar una media ponderada de lo que debe de ser el país en el que vivo. La curiosidad y el morbo me lleva de vez en cuando a escuchar a Jiménez Losantos, y la publicidad -ninguna tan ñoña como la del Corte Inglés-me hace emigrar a RNE cuando quedan cinco minutos para los informativos. El programa que más le gusta ahora al Duende es sin duda Herrera en la onda, aunque, debo criticar también lo sobrado que a veces se le escucha al amigo Carlos. Más lo va a estar ahora, que ha integrado al gran Carlos Latre en su cuadra de estrellas. Se le escuchó el jueves, aunque no se si se prodigará más días. Le pedían al Duende insistentemente que informara del destino de las voces que fueron sus compañeras. Pues bueno, ahí tienen la buena noticia: Carlos Latre ha parado su carro de títeres en Onda Cero. Sigue siendo muy gracioso, a veces genial. Pero a uno desde fuera ya no le suena igual. Como titulaba Truman Capote, son Otras voces, otros ámbitos.

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Padre nuestro, que estás en el pendrive…

Pendrive Solbes

¿Se acuerdan de la ceremonia de la presentación de los presupuestos en el Congreso? Iba el ministro de Hacienda de turno, se bajaba de una furgoneta, abría sus puertas traseras y mostraba un montón de libracos que contenían, departamento por departamento, los números previstos. Era la foto más proletaria de un miembro del gobierno, porque en ese momento en lugar de ministro podía ser el transportista de un notario que trasladaba su protocolo. Las ciencias adelantan que es una barbaridad. Ayer Solbes posaba junto a sus edecanes con unas cuentas que reparten aún más millones. Pero en lugar de un furgón, cabían todas en ese adminículo llamado pendrive que el señor Vicepresidente Económico sacó de una cajita y mostró sonriente al fotógrafo. Tantísimos números en treinta gramos de hardware, el pastón que necesita un país de cuarenta millones de ciudadanos en el bolsillo del abuelito de Heidi, como con humor se definió el sesudo don Pedro. El tío Jacinto, un campesino con boina y cachava pero con alma de hidalgo y lengua de poeta rural, que fue uno de los maestros de pensamiento del Duende, hubiera dicho santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo. El tío Jacinto aún usaba la trilla cuando Armstrong pisó la luna, y no se terminaba de creer que aquellas imágenes que con tanto entusiasmo comentaba Cirilo Rodríguez no fueran un montaje. Uno no sabe qué resulta más difícil de creer, si el hombre en la luna o la ley más importante del año y las cuentas de las que dependen tantas vidas concentradas en un ingenio que abulta lo que un cortaúñas. Tanto cuando eran miles de folios, como ahora, que se posan en invisibles bytes, la pregunta del Duende, era y es la misma: ¿dónde está mi parte del queso? ¿Qué se lleva la boquita de mis nietas? ¿Cuánto el cuidado mi pobre tía víctima del Alzheimer? ¿Cabrá ahí la pensión de la viuda del tío Jacinto?…El sueño de millones de españoles es que ese pendrive, a través de pensiones, subvenciones o servicios gratuitos, nos resuelva todo. Queremos y aspiramos a que el estado del bienestar sea siempre la vaca ubérrima que nos prometen los políticos. Es más, el año que viene pediremos que la traigan al portal, que la ordeñe un funcionario y que nos suba la leche a casa ya pasteurizada y sin haber derramado una gota por la escalera. Todos queremos más, y también que nos lo curren los demás. Aunque posiblemente la auténtica medida de la felicidad no es depender de nadie, sino poder prescindir de casi todo. El Duende envidia a los pájaros del cielo y a los lirios del campo que invocaba san Mateo para que no nos obsesionemos por el alimento ni por el vestido. Lástima que ahora el Dios protector no está en los cielos, sino el pendrive de Solbes.

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Paletos urbi et orbi

Zapatero y Aznar

Se lee a menudo en cualquier periódico como noticia curiosa: un candidato a guardia municipal de Socuéllamos, un suponer, debe saber la clasificación de los insectos, el lugar de nacimiento del Greco, qué es la Trilateral, y el nombre del último premio Nobel de literatura. No se sabe qué tiene que ver eso con sus aptitudes como agente, pero ese tipo de oposiciones se prodigan, quizás por el deseo de filtrar a lo bestia o por el de garantizar un cuerpo intelectualmente presentable. Por cierto, también es casi seguro que les pongan como tema las expresiones de cortesía habituales en inglés y francés. Sin embargo un partido político elige a su candidato para la presidencia de gobierno sin tener en cuenta para nada ni sus conocimientos de la Enciclopedia Alvarez ni sus idiomas, y resulta que España lanza a sus primeros ejecutivos a hacer política exterior sin que éstos sepan lo que cualquier viajero de metro maneja cuando se le acerca un guiri y le pregunta por la Cibeles, la Giralda o la fuente de Canaletas. ¿Supone eso que Zapatero, Aznar y Suárez, acaso los menos dotados de nuestros presidentes democráticos en materia de lenguas extranjeras, hayan resultado incapaces? Supone, más bien que se valora sobre todo el oportunismo de la candidatura para ganar a corto plazo el aplauso del tendido, imaginando quizás que ya tendrán tiempo cuando sean presidentes para superar su asignatura pendiente. Aunque luego, con el juguete del poder en las manos, se dediquen a otras cosas más divertidas y más rentables electoralmente. Poco antes de las últimas elecciones generales el Duende escuchó a un curtido político decir que la política exterior le importa un bledo al personal. Quien así se expresaba era Santiago Carrillo, tertuliano de la SER, mostrando el desencanto de que la creciente impopularidad de la guerra de Irak no se reflejara en una encuestas que, pese a todo, seguían dando ganador al PP. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. La única proclama de política exterior que el pueblo entiende es el antiamericanismo, quizás porque los yankis enterrados en nuestro solar eran turistas, y no soldados como los que abarrotan los cementerios de Normandía. Fuera de eso, tanto le da que en Europa nos inclinemos por el eje Paris-Berlín o que en el conflicto del Sahara le hagamos gorgoritos al monarca alhauita y pedorretas a la república de Argelia. Mientras en casa funcione el panem et circenses, la espita presupuestaria y la mamandurria, estaremos encantados de quedarnos a las puertas del G 7. Nadie cree que un very well, Manuel de ZP en la Cumbre del Clima aumente el peso de España en el mundo. Simplemente es una cuestión de estética y de corrección política. Con tanta retórica vacua y pastelera como exhiben en sus discursos, no se entiende que luego nuestros presidentes aparezcan ante las cámaras de televisión de todo el mundo muditos en varios idiomas. Igual que paletos urbi et orbi. Menos paddle y baloncesto entre amiguetes y más idiomas. Que a un presidente de gobierno hay que exigirle al menos tanto como al guardia municipal de Socuéllamos.

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Los que no iremos a la guerra

Soldado espanol

Hay una novela de Wenceslao Fernández Flórez que se titulaba Los que no fuimos a la guerra. Era la que entonces se llamó la Gran Guerra, que luego se quedaría chica. Y los españoles no fuimos a esa guerra. La novela está bañada en humor agridulce, como todas las de este autor que al Duende en particular le gustaba mucho. Se le etiquetó como costumbrista de derechas, qué le vamos a hacer. Hoy escribiría Los que no iremos a la guerra, porque la guerra en España es algo que sólo queda en la historia y en la agenda de algunos países desalmados que no se toman en serio eso de la Alianza de Civilizaciones. No es nuestro caso. La generación del Duende fue una degeneración. Nos educaron en la idea de que la guerra es una enfermedad social consustancial al hombre. Jugábamos a indios contra vaqueros y policías y ladrones, los Reyes Magos nos traían escopetas de pistones, arcos, flechas con ventosa y puñales de goma. Nadie nos miraba como monstruos en ciernes. Íbamos al cine y aplaudíamos a los americanos y a los aliados en Guadalcanal, Fuego en la nieve, Objetivo Birmania, Los diablos de las colinas de acero, El día más largo, Los cañones de Navarone, La gran evasiónNuestro tebeo favorito era Hazañas bélicas, con dibujos magistrales de un tal Boixcar que, eso sí, pintaba igual a todos los soldados, salvo a los japos. También seguíamos, vaya por Dios, a Roberto Alcázar y Pedrín, que según una leyenda urbana eran fascistas camuflados. Y nosotros, ingenuos, creyendo que eran buenas personas. Paradójicamente el cine que tan ávidamente devorábamos apenas manaba sangre. Veíamos caer a los vaqueros de sus monturas, pero nunca la secuencia del tiro penetrando en la piel y la sangre brotando de su herida. La primera película que ofreció tal novedad técnica fue en 1969 Grupo Salvaje, de Sam Peckimpah, y a partir de entonces cuanta más violencia, más explosiones, más salvajadas, más vísceras volando y más hemoglobina, más éxito en taquillas. En la calle se apalean las pandillas, los porteros de discotecas discriminan y canean al que no les gusta, la kale borroka sale a potear y aprovecha para quemar autobuses, y si por casualidad se te ocurre llamar la atención a un conductor que no se detuvo en un paso de cebra corres el peligro de que eche mano al gato mecánico y te aplique un correctivo, por provocador. A pesar de que son mayoría los educados con palabras miríficas y juguetes didácticos. Violencia hay, pero la guerra no cabe en el ideario de Alicio en el país de las maravillas. Al desdichado Santiago Matamoros lo retiraron de la Catedral de Santiago para no molestar al Islam, y nuestros soldados sólo van con armas a una misión de paz. Porque todo el mundo es bueno: no cabe ninguna visión perversa del hombre. El estado del bienestar y el idealismo extremo de nuestros gobernantes ha decidido que al pueblo ni asustarle recordando que hay malas personas. Nos han acostumbrado a tener la mula y los mil educados, o, como dice mi amigo Luis Blasco, el sueldo del general y la verga del teniente. Que ya no son guerreros, por cierto, sino humanistas vestidos de kaki. Uno recuerda una dramática canción que aún sonaba en su infancia: En el Barranco del Lobo/ hay una gente que mana/ sangre de los españoles! que murieron por la patria…Pobrecitas madres/ cuánto llorarán/ al ver que sus hijos/ en la guerra están…Por una parte se me saltaban las lágrimas imaginándolas, quizás sólo consoladas por saber que al menos serían madres de héroes. Por otra, agradecía que sus hijos soldados murieron por defender algo. Ahora ya no hay guerras, ni fuentes que manan sangre. Hoy lloran otras madres, pero como las de los moteros que se estrellan un fin de semana. Estos últimos quizás fueran de merienda, pero, al cabo, también eso debe de ser misión de paz.

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Todo el mundo es encantador

Rodriguez Sahagun

Muchas gracias por atendernos tan amablemente, don Fulanito. Gracias a ustedes. Es el juego de cortesías habituales en las entrevistas. En las que luego se plasman por escrito se nota menos, pero en la tele y en la radio, no falla: el que es teóricamente molestado, porque le roban algo de su valioso tiempo, está encantado. Y da las gracias porque para él no existe el de nada. Quien tiene voz y púlpito, tiene parroquia: nadie es tan tonto como para no darse cuenta de que es un privilegio hablar por cualquier altavoz que llegue a multitudes. A lo largo de su carrera radiofónica al Duende le han preguntado muchas veces cómo reaccionaban los múltiples personajes que desfilaron por los diversos programas en los que era habitual, como guinda de la tarta, enfrentarles a sus propias caricaturas. Un buen psicólogo elaboraría todo un catálogo de idiosincrasias a partir de sus reacciones que, generalmente amables y complacientes, admiten matices. Estamos hablando de personajes de carácter, con muchas entrevistas en su biografía, con cintura y recursos dialécticos sobrados, arrojo para arrimarse al toro y habilidad para no salir empitonado del encuentro. Estamos hablando de Fraga, Carrillo, Nicolás Redondo, Aznar, Zapatero, Caldera, Rajoy, Almunia, Marcelino Oreja, Bono, Solana, Rubalcaba, Marín, Calvo Sotelo, Antonio Gala, Llamazares, Moratinos, Solbes, el ministro Alonso, el ex ministro Jordi Sevilla, las ex ministras Rodríguez, Sansegundo, del Palacio, sindicalistas como Méndez, Frutos, Fidalgo, actores como Sacristán, Nancho Novo, Arturo Fernández, Lina Morgan, Juan Diego, Echanove, Landa, Ozores, Miguel Angel Sola, Carlos Iglesias…Cineastas como Borau, Berlanga, Mercero, Moncho Armendáriz…Y Sabina, y Serrat, y Miguel Ríos, y Ana Belén, y Víctor Manuel...Deportistas como Clemente, Del Bosque, Germán Burgos, Roberto Carlos, Manzano…Y muchos más que no recuerdo ahora. Pasaron casi todos, y a todos o se les parodiaba o se les soltaba las amables pullas que corresponden a los duendes de la radio. De ellos, sólo uno se mosqueó con nosotros, quizás molesto porque nos luciéramos a su costa cuando en su oficio es siempre el actor el que brilla. Unos colaboraron activamente, involucrándose en la farsa, otros no entendían nada, pero procuraban no desentonar, otros como Julio Anguita se reían de las parodias ajenas, pero no perdían ocasión de encarnarse a sí mismos para vender su moralina con cualquier pretexto. Y otros, como el muy añorado alcalde de Madrid y ministro Agustín Rodríguez Sahagún, al que el Duende parodió implacable, aparentaba disfrutar tanto con nosotros que hasta nos invitaba a perfeccionar su caricatura. Los que imitáis hacéis que la gente nos mire con más cariño-nos vino a decir- porque la caricatura humaniza al personaje. No se si llegamos a tanto, lejojs de mí el afán de protagonijsmo, como diría mi Pepe Bono de cabecera. El verdadero bálsamo de Fierabrás no lo tenemos los duendes, sino el omnímodo poder de los medios de comunicación. Gracias al cual, aunque la cortesía no está de moda, todo el mundo es encantador, amigable y educadísimo ante un micrófono y una cámara.. Excepto Pepe Rubianes, claro. Ah, y muchas gracias por haberme leído hasta aquí.

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Septiembre y el otoño amable

Marina nieta

La vida del Duende -como la de muchos, supongo-podría dividirse entre los años de septiembres ominosos y los de septiembres dorados. Antes de que en los Juegos Olímpicos de Munich irrumpiera un siniestro comando terrorista llamado Septiembre Negro y le sellara con el estigma de nefasto, este mes ya era sombrío para las muchachas en flor y los chavales de bigote incipiente . Se acababa el verano, se iba la chica con la que cantábamos a la guitarra en las noches estrelladas de agosto y, para colmo, pendía del cielo la amenaza de las asignaturas pendientes que podría caer y guillotinar los recuerdos azucarados de las vacaciones. Se acortaban los días, se alejaban los baños en el mar o en los ríos, descargaban, atronadoras, las tormentas. Por si ésto fuera poco, no se si Nicola di Bari, Nico Fidenco o uno de esos cantaba melancoliiii, en septiembreeee, eso sólo me quedó de tiii…Y nos despedíamos: ¿volvería ella el próximo verano? ¿Conocería a un chico con Mobylette o con Velosolex? ¿Se echaría novio?…Los inviernos eran larguísimos, y con tanto tiempo en el territorio hostil que era la ciudad podía pasar de todo. Yo odiaba septiembre. Nunca se evaporó del todo la pesadilla, porque aún hoy -consúltese a Freud– sueño a menudo que me tengo que examinar de alguna asignatura pendiente. Pero desde que el Duende es mayor y transita por el terreno de lo consciente, ve el final del verano y el suave aterrizaje del otoño como una liberación y un abrazo balsámico. Se que lo popular es el sol y el calor, los largos días y la vida al aire libre. Y lo entiendo en los países del norte, donde sufren inviernos que son cárceles oscuras y temperaturas que flagelan hasta el alma. Sin embargo cuento los días que debo ponerme abrigo para pasear y aquellos otros en los que salgo a cuerpo y advierto que vivo en un perpetuo verano sólo atemperado por otoños e inviernos francamente cordiales. Cuando del tercio norte para el sur de la península llueve de verdad -no muchos días, observe y lleve la cuenta- suele decir el Duende que llueve como en las películas. Quizás por eso siempre he encontrado en el frío y en la lluvia un aura de fascinación y misterio que no me ofrece a cambio el sartenazo del verano mediterráneo. Me congratuló mucho saber que Luis Buñuel, como cuenta su libro de memorias El último suspiro, era de la misma opinión. También mi colega Javier Capitán, es de estas rara especie de los enemigos del calor. Sin caer el exceso del romanticismo facilón que propicia la estación otoñal recién llegada, debo confesar que llevo dos días de campo entre soles, nubes y chaparrones y me han parecido una delicia. Ver como la naturaleza, aún con el tono crepuscular que impone la caída de la hoja, se recupera poco a poco del lanzallamas del verano meridional esponja el alma. Se vuelve a percibir el aroma de la tierra mojada, rebrota el pasto, el astro rey se retira a una hora prudente. Entretanto van cayendo de su árbol higos, avellanas y castañas. Paseaba el Duende con su nieta Marina y se las dio a probar, todo un descubrimiento cuando se tienen dos años A la niña le gustaron, y sonreía mientras repetía castañas, castañas. Por Candeleda celebran en noviembre las moragás, donde la gente las recoge y las come después de cocerlas con una flor silvestre llamada nieta. Supongo que les da un sabor anisado y agradable. El Duende se anticipó a la fiesta, y con su nieta propia, que es la rubita de la foto,  las castañas le sabían más a gloria. Para que luego digan que septiembre y el otoño son tristones.


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