Archivos para 30 noviembre 2007

Una visión nocturna de Madrid

Madrid noche

(Foto de R. Duran)

Le ronda la gripe al Duende, todo hay que decirlo. Y se hubiera zambullido en la cama de no ser porque su conciencia le recuerda que ni un día sin post, aunque sea para faena de aliño. En la habitación contigua espera el televisor, que pasa los días sin abrir los párpados. Pero desde donde teclea el Duende se ve por la ventana un espectáculo más sugerente que lo que pueden ofrecer las cadenas. Es la fachada oeste de Madrid bajo la luna, que está mediada. Iba a decir Madrid bajo la media luna, pero enseguida me autocorrijo, tan atormentados como estamos por la semántica dudosa. Una de las noticias más tenebrosas del día es que a una pobre maestra la han detenido en Sudán porque sus alumnos habían dado el nombre de Mahoma a un osito de peluche. Algunas de las civilizaciones con las que hay que aliarse para viajar en el mismo barco invitan a tirarse por la borda. Sálvese el que pueda.

El panorama, de día, es un cuadro de Antonio López. Si fuera rectangular, largo y estrecho, el lienzo recogería desde la sierra hasta los nuevos barrios que se extienden hacia la carretera de Valencia. Entre medias, de izquierda a derecha, la llamada cornisa imperial de Madrid, con un núcleo monumental -el Palacio Real, la Catedral de la Almudena y San Francisco el Grande que domina el cuadro. Por detrás, la línea del horizonte siluetea todos los edificios relevantes de la capital. Desde los cuatro rascacielos que se sacó de la manga Florentino Pérez al Faro de la Moncloa, la Torre Picasso, el edificio España, la Torre de Madrid, el Palacio de la Prensa en Callao y el Círculo de Bellas Artes. A la derecha de éste aún se distingue el Pirulí, y las dos torres -la de Valencia y la otra de ladrillo rojo, que no se cómo se llama- que custodian el parque del Retiro desde su flanco este. Entre innumerables tejados, se alcanza a divisar la cresta de su espesa arboleda.

Pero ahora es de noche. Sobre la franja oscura del Campo del Moro, el Palacio Real iluminado por potentes focos parece un inmenso busque fantasma que flota en el espacio. La Almudena y San Francisco el Grande apagaron su iluminación hace media hora. El Palacio lo hace ahora mismo; ya está bien de gastar kilowatios. Sólo lucen la luna, las farolas públicas, algunas de esas oficinas que despilfarran la energía nadie sabe por qué y muchos hogares que aún no se han ido a la cama. El Duende siempre tuvo vocación de diablo cojuelo, y, si volara, ni la misma gripe que le asedia le impediría levantar cada noche unos cuantos tejados y espiar a los madrileños que cobijan. ¿Quiénes son? ¿Cómo viven? ¿Qué piensan? ¿Cómo decoran sus casas? ¿Qué clase de libros y discos llenan sus estanterías? ¿Serán del Madrid o del Atleti? ¿Tendrán acaso una sopera de Lladró en el centro de la mesa del comedor? ¿O un reloj de cuco? ¿O un acuario? ¿O un azulejo en la puerta con la leyenda de Dios bendiga cada rincón de esta casa? ¿Habrá por casualidad alguno que sea lector del Duende?…

Demasiadas incógnitas para un Duende abatido por la modorra. En breve se acurrucará entre las sábanas, y tal vez sueñe alguna respuesta para su imbatible curiosidad. Al fin y al cabo, burla burlando, gracias a ella hemos cumplido el compromiso de llenar un post. Buenas noches a todos, que mañana será otro día.

El café ya no es lo que era

Cafe

(Foto de nasebaer’s, con algunos derechos reservados)

El café es una infusión exquisita para algunos. Distinguen: el de Colombia, el de Brasil, el de Costa Rica, el africano, el turco. Para el Duende sólo una costumbre y un tolerado estimulante. Cuando trabajaba para la marca Bonka se tuvo que empapar en la historia del café, por aquello de no tocar de oído. Parece que fueron unas cabras las que, ramoneando en unas matas, encontraron en sus frutos tiernos un motivo para ser más felices. El cabrero se apercibió de lo contentas que triscaban después de probar aquellos granos, así que siguió su ejemplo y pasó la bola. Hasta la fecha. Si el Duende fuera el Dios omnisciente que le contaban en el colegio, uno de los datos que le gustaría registrar es el del número de tazas de café que la humanidad ha tomado desde las cabras a esta parte. Hay que ser mucho Dios para que la cifra te quepa en la cabeza.

Así avanza la civilización: donde menos se espera, salta la cabra. Y con cualquier pretexto, se toma un café. Delicia o rito, para el Duende – en ocasiones tragaldabas, siempre goloso pero no lo que se dice un gourmet- el café es más que nada una costumbre. Contra el gusto general en España, odia el torrefacto, quizás porque estaba de moda cuando le despabilaba en sus tétricas noches de estudiante previas a un examen. Caían las horas tan inexorables como los párpados de puro sueño, y el Derecho Civil, de Federico de Castro, famoso hueso del claustro de profesores de la Universidad Complutense, esperaba abierto entre sus codos, como diciendo, anda, atrévete a aprenderme en lo que queda de tiempo hasta el examen, que te vas a enterar de quién es don Federico. Y se enteró, porque le cateó dos veces. El Duende cree que no vivirá noches tan parecidas a las del condenado angustiado esperando la visita del verdugo. Al alba, al alba, como cantaba Aute, aquel café torrefacto negro cual cucaracha le sabía sencillamente a muerte.

Se reconcilió luego con el café por la literatura, el cine y los viajes. No es lo mismo tomarlo en un café de Viena o de Ámsterdam -imprescindible uno de estilo art deco muy cerca del Rijksmuseum cuyo nombre ahora no recuerdoo incluso en el Iruña de Pamplona o en Gijón de Madrid, que en la aséptica cafetería de suelo de mármol reluciente de la séptima planta del centro comercial que es la meca de nuestros días. Si ya no hay ambiente, ni tertulia, ni literatura, si no hay unos novios arrullándose, o un escritor buscando a la musa en el velador de mármol, o un opositor concentrado en sus apuntes, o una dama distinguida esperando al espía para pasarle un mensaje secreto, o un camarero añejo que te cuente historias de toreros, de artistas o de putas, el Duende piensa que el café no tiene mayor interés. Y no digamos si te lo sirven templadito o más bien tirando a frío, como pasa ahora en tantos establecimientos.

Porque esa es otra. Se baja el Duende de la moto aterido por la fresca matinal. Se mete la primera cafetería y pide un café con leche para entonar el cuerpo. Se lo acerca a los labios con toda clase de cautelas y al primer sorbo ya está helado. Perdone usted -se disculpa el jefe-, pero es que ahora con tanta variante en los desayunos de oficinistas nos vuelven locos. Café caliente con leche fría, mitad caliente mitad templada, descafeinado con fría, descafeinado con caliente, capuchino, descafeinado de máquina, cortado, bombón, americano, mediana…¿Quién se acuerda ya de que el café con leche era uno, y siempre echando bombas? El lujo de la oferta variada, de la libertad de elección y del cambio de costumbres. Poco es ya lo que era: a la tortilla de patata la deconstruyen, lanzan el helado de fabada y cualquier día hacen compota de callos a la madrileña. Aquí no cabe el que inventen ellos de Unamuno, porque lo inventamos nosotros. Aunque el Duende piense que el café con leche estaba mucho mejor bien caliente y, por supuesto, con porras crujientes.

Un slogan original

Le hacen una entrevista al Duende para uno de esos reportajes nostálgicos que rememoran la España de estos últimos treinta años. Ya se sabe, la publicidad de la época, y en ese capítulo, cómo no, las infatigables muñecas de FAMOSA que se dirigen al portal/ para hacer llegar al niño/ su cariño y su amistad. Fue el Duende, confesémoslo paladinamente, quien perpetró ese crimen de lesa sintaxis. Si Lázaro Carreter hubiera tenido los dardos a mano, nos habríamos enterado. Pero da igual, peor fue el Naranjito, y la Ruperta, y el premio de la Eurovisión que ganó Salomé, y el tupé de Manolo Escobar, y todos somos teselas del mismo mosaico de recuerdos. Grandeza y miseria del Duende, que no sabe ya si encargar la leyenda de lo único que recordarán de él cuando se haya largado con las bromas otra parte. HIC JACET AUTOR VILLANCICAE FAMOSAE MUÑECARUM. En latín, aunque sea macarrónico, queda mucho más noble (por cierto, Ángelus Pompaelonensis, puedes corregirlo).

La cosa es que entre col y col cuelan una pregunta comprometida. ¿Y qué slogans le han impresionado a usted? Y el Duende contesta que lo malo de ser publicitario es que distingues entre la verdad y el slogan, que sólo es eso, un broche que se puso de moda cuando la publicidad o la propaganda eran más ingenuas. Ahora crea sensaciones, o sea, no dice nada, pero lo dice muy bonito. Tan bonito, que si coges el mismo spot y le cambias la marca final te sirve para un operador de telefonía, para una marca de coches, para una de relojes, para un cosmético, para una consejería de servicios sociales de la comunidad autónoma correspondiente, para un canal de televisión o para un centro comercial. Si está la Preysler y vemos bombones dorados en pirámide sabemos que es Ferrero Rocher. Si saliera un toro con un par, sabríamos que era Osborne, que ahora iría directamente al matadero. Si viéramos un perro escuchando una vieja gramola sería La Voz de su Amo, cuyas cajitas de agujas para el pikú, son, por cierto, piezas de colección. Pero estos tres ejemplos son historia. Ahora la publicidad mola más si no se entiende y no se identifica, porque los creatas guay no se conforman con ser publicitarios, y aspiran a ser directamente genios. Eso es lo malo, que todos acaban imitándose, y se alejan de un consumidor que retiene sólo lo justito. O sea, las curvas de la botella de Coca-Cola, el logotipo del triángulo verde de El Corte Inglés, el calvo de la Lotería -cómo no, prejubilado- el abrazo del turrón que vuelve a casa por Navidad y, por qué no decirlo, las muy cristianas muñecas del villancico. Ay, que se le saltan las lágrimas al Duende pensando que ni Frank Capra lo hacía tan bonito.

Pero ¿qué slogan le hace cambiar a uno? Cuando no hay que decir casi nada, se abona uno al El valor de las ideas del Banco Santander. Puede parecer el clásico slogan de recurso, el que se pone cuando no hay nada que decir. Pero en este caso será escrupulosamente certero si confirma que este banco tiene al menos dos ideas de gran valor. La primera, forrarse todos los años. Y la segunda, duplicar el forre del año anterior. Más aún le irrita al Duende el predicado de un miniqueso de bola que se anuncia antes de los partidos fútbol televisados como El queso oficial del Real Madrid. ¿Cómo es la oficialidad de un queso? ¿No lo podemos tomar los del Atleti? ¿De verdad que esa chorrada vende algo?

En medio de la vaguedad de la mayoría de los slogans -casi todos valen para casi todo- y de la endeblez de otros muchos, le produce cierta ternura al Duende el sencillo mensaje escuchado en una persistente campaña radiofónica de una fábrica de alfombras que, con una marca tan poco sofisticada como Los Fernández, se atreve a decir de ellos: ¡Son muy amables! Pues bravo por los Fernández. Porque en un país donde la amabilidad es virtud en declive -raro es que todavía no la consideren casposa- y donde a veces pides un pincho de tortilla y el camarero te mira como si le hubieras faltado a su madre, recordar que quien quiere vender algo debe, ante todo, sonreir es no sólo inteligente. Sino, sorpréndase, también original. Y ahora mando al Duende a por una alfombra para que todos los días se ponga a mis pies y me ceda el paso.

A veces el silencio dice más

 No sabe el Duende de cuándo ni dónde viene la tradición. Cree recordar que su origen es el mundo de los toros. Muere  un matador de toros corneado, y enseguida se le convierte en leyenda dándole la última vuelta al ruedo en el coso que le consagró. Y la afición se rompe las manos aplaudiendo. Pobre torero, ese es el único servicio que puede prestar ya a la sociedad. Y a todos nos viene bien una leyenda; nos hace pensar que somos más nobles, más  trascendentes, más sensibles a  los valores morales.

 A un destacado político inglés que conoce bien España y habla el castellano perfectamente,  le sorprendió  escuchar en la radio de un taxi que  José Cubero, el Yiyo, fino estilista madrileño, era paseado a hombros  por el ruedo de Las Ventas mientras la afición se rompía las manos aplaudiendo. Como era uno más de esos curiosos impertinentes británicos que presumen de hispanistas, dio la orden al taxista de que cambiara el rumbo de su carrera y le llevara a la plaza de toros. Hablando de costumbres pintorescas, a ver quién se va a perder eso para la foto esperpéntica de España que tanto gusta en el Reino Unido. Lo que le sorprendía al viajero, naturalmente, no era la vuelta al ruedo, natural en la vida de cualquier torero. Sino que fuera un féretro con el cadáver del Yiyo lo que excitaba a las multitudes, y un rito mortuorio lo que provocaba las  enfervorizadas salvas de aplausos.

Pudiera venir de ahí, no lo sabremos nunca, porque estas reacciones populares que implican adhesión callejera espontánea prenden fácilmente, y van empapando nuestras costumbres poco a poco, sin apenas darnos cuenta. A veces incluso comprometen, pues ya está tan extendido eso del tributo popular, que si no te sumas a él parece que eres un tipo sin entrañas. No le vamos a pedir lógica a la llamada fiesta nacional, que está llena de símbolos y detalles tan coloristas como anacrónicos. Pero lo malo es que desde que se ovacionan las vueltas al ruedo en olor (o loor, que ya no se cómo debe decirse) de mulitudes por los toreros muertos,  se aplaude casi todo. Uno ha visto ya a varios curas pedir aplausos para los novios que casaban. Se aplaude a las víctimas de un atentado cuando van hacia la tumba. Y se ha ovacionado a rabiar, cantándole además el tango Caminito, a alguien que en vida fue bastante refractario al halago fácil del pueblo, como el admirado Fernando Fernán Gómez.

 Debe de ser una terapia para la moral colectiva.  Alivia tanto la mala conciencia del pueblo como del poder que corre para otorgar las consabidas condecoraciones póstumas y montar un velorio de categoría. Pero no mejora la dignidad y la intensidad emocional del silencio que hasta hace bien poco era el ritual apropiado para los muertos. Al Duende -como a Fernando, como a cualquiera que ya no vive- le dará igual. Pero tiene bien claro lo que preferiría si asistiera a su propio entierro. El que quiera y sepa, que rece por lo bajini. Y  si  hay que romper el silencio para que los que despiden se tranquilicen, que suene el Réquiem de Mozart.

Mi Vespa también sufre pesadillas

Vespa

(Foto de Mennyj)

Pesadilla tropecientos setenta y nueve. Circula el Duende en su Vespa 125 4T de color verde inglés, muy chula ella, por cualquier calle de Madrid -supongo que en otra ciudad española debe de pasar lo mismo- y de repente la rueda delantera cae en una de esas grietas que van abriendo agua y hielo entre franja y franja de asfalto. La rueda se desmanda, el piloto pretende dominarla, pero ella ha encajado ya en esa especie de raíl inapreciable para los coches, pero nefasto para las motocicletas de rueda pequeña, y de un momento a otro provocará la caída del pobre Duende. Este acabará rodando su osamenta por la calzada, y aunque conseguirá esquivar dos motos de repartidores de pizza y una furgoneta de Telefónica se fracturará algún hueso, seguro. Pasará varios días en un hospital con la pierna escayolada colgando de una polea, y llegará a tal punto su desesperación que se consolará con la tele y se convertirá en adicto a Gran Hermano. En consecuencia, aparte de quedar medio lila – por el batacazo y por la sobredosis de telebasura- no saldrá a correr por el parque durante varios meses, se perderá su concierto de Navidad con el coro, no podrá ponerle el nacimiento a su nieta Marina y caerá en tal postración anímica que abandonará el blog para encerrarse en una habitación y escuchar a todo volumen la discografía completa de Los del Río. Panorama, gensanta, como diría Forges.

Menos mal que la pesadilla se arregla. Cuando la Vespa zigzagueaba hacia el desastre final, aparece por el horizonte una mancha azul y roja a velocidad meteórica que se dirige hacia el Duende. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?…No, es Superalberto Ruiz Gallardón, que, como también es motero y está en todo, levanta la moto en peligro y la libra de su trampa. Cuídate, Duende -le dice mientras se despide agitando la mano y reemprende el vuelo hacia su nuevo despacho palaciego- ¡Algún día conseguiremos aprender a asfaltar!

¿Es la física, o la incompetencia? ¿Se deteriora el asfalto por el peso de los vehículos, por el agua y por las temperaturas extremas, o porque está mal hecho?¿Es tan difícil que no se abran grietas longitudinales? Preguntas conectadas: si avanza la técnica y cada día se fabrican mejores materiales de construcción, ¿por qué las losas de piedra que rodean el Monasterio del Escorial permanecen fijas desde hace siglos y muchas de las que pavimentan el madrileño Paseo de la Castellana desde hace tan sólo unos años ya están rotas o se mueven?

Cuando el Duende era niño, los ingenieros tenían en España muy buena prensa. Los de Caminos en particular, que acaso integraban el cuerpo de mayor prestigio, eran partido muy apetecido por las chicas. Muchos de ellos, como ´Del Pino, Villar Mir o Florentino Pérez, levantaron magníficas empresas que se han forrado en la construcción y en las obras públicas. Qué bonito sería que, además de hacer posible esos maravilloso puentes, museos y bodegas de Calatrava, de Moneo, de Nouvel o de Frank Gehry, que hoy engalanan nuestras ciudades fueran capaces también de asfaltar como seguramente mandan los cánones.

La voz de Dios

Fernando Fernán Gomez Le hizo reir primero, y luego llorar, y siempre soñar. Era el Duende un chavalillo y Fernando Fernán Gómez una estrella del fútbol llamada Paulovsky que metía los goles con el culo. Era El fenómeno, y luego un cadete de marina guasón en Botón de ancla, y un pobre hombre en Nadie lo sabrá, y un perverso de pacotilla en El malvado Carabel y un recién casado encantado con su birrioso pisito en Esa pareja feliz, y un don Mendo delirante en La venganza de don Mendo De repente aquel que los ignorantes tomábamos como un pintoresco actor de comedia se iba convirtiendo en un gran actor dramático. Y más que eso, en un magnífico director de cine. Y más que eso, en un formidable escritor. Y aun más, en una voz de referencia . Y más que eso, en un humanista.

Y sin embargo se me grabaron de él, como gran enseñanza para aprender a vivir, unas sencillas líneas de su libro El tiempo amarillo. Relata en él su infancia en un modesto piso de la calle Alvarez de Castro de Madrid. Ahí vivía con su madre y su abuela, que le cuidaba mientras Carola, actriz de profesión, salía de gira. Pero era una casa interior, y Fernandito soñaba con ver la calle. Un día mejoraron de fortuna, y pudieron alquilar un exterior. Y al niño del pelo de color panoja se le esponjó el alma: al fin podía asomarse al balcón y ver a gente paseando, el tranvía, el carrito del lechero, el afilador. Un alimento precioso para un talento como el suyo. Y una meditación para los que buscan la medida de la felicidad.

Desayunó muchos años en la cafetería Villa Río, Paseo de la Castellana 132, justo debajo de la oficina donde tuvo el Duende su primer trabajo, diez pesetas café con leche y croissant. Y un día, aprovechando que acababa de ver la película Cinco tenedores, dirigida por él, superó su timidez y se presentó. Enhorabuena, me ha gustado mucho -le dijo. No se engañe -le respondió educadamente sin apearle del usted- era un trabajo de los que llamamos alimenticios. Para poder seguir desayunando aquí…

Fue el Duende feliz divagando entre los personajes, las obras y las películas en las que ponía su sello Fernando Fernán Gómez. Desde El Lazarillo de Tormes al apicultor de El espíritu de la colmena, desde El enemigo del pueblo al vividor de Belle epoque, desde el canalla de Pim pam fuego al entrañable maestro lapidado por su propio alumno cuando el camión lo lleva hacia el pelotón de fusilamiento. Era en La lengua de las mariposas Pocas veces un simple juego de miradas entre el niño y el viejo profesor que encarnaba Fernando ilustrarán mejor la crueldad humana. Inolvidable el gesto de incomprensión en el rostro del gran actor ido.

Supone el Duende que, como intelectual riguroso, andaba Fernando cerca del agnosticismo más puro. Pero, actor, escritor y hombre de cine y de teatro al cabo, no se resistiría a esta escena final de la comedia de su propia vida. Va el pelirrojo barbudo y se encuentra con otro barbudo venerable a las puertas del cielo. ¡Anda!-dice Fernando. Tú eres el tío que yo interpretaba en la película Así en la tierra como en el cielo. Sí -le responde Dios-Los gestos de bondad y los raptos de ira estaban bien conseguidos. Pero te voy a ser sincero, yo nunca tuve una voz tan convincente como la tuya.

El momento estelar de James Loyalrock

 Si hay algo de lo que el Duende esté encantado es del descubrimiento de Leopoldo Calvo Sotelo como humorista. No era precisamente la alegría de la huerta, pero para eso está la magia de la radio. ¿Se acuerdan del Poldo Mix? Comienza el chiste, acaba el chiste, ja, ja,  ja, y en qué estriba la gracia. Pues la gracia estriba en…Más que humor, era surrealismo. Nunca se rió tanto en directo el Duende como cuando  Suárez -lamentablemente retirado de nuestro elenco por razones obvias- y luego el Coqui, representante de artistas, ayudaban con sus interrupciones a convertir un chiste malo en un delirium tremens. Tanto el Capi como el Duende tienen vida por separado, pero este tipo de momentos felices precisa de los dos. Esperemos que vuelvan, y no sólo a La Carcajoda.

Con el ínclito Jaime Peñafiel, especialista en periodismo de alta alcurnia y máximo pontífice en materia de casas reales, se ha seguido un proceso parecido. Jaime Peñafiel -como en su tiempo Jesús Gil– es de las imitaciones elementales que cualquier duende debe llevar en su chistera. La mayoría creíamos, quizás equivocadamente, que a Jaime le privaba la bambolla y codearse con la realeza, pero de un tiempo a esta parte su pluma azucarada y ligera se amargó y se hizo sospechosamente incisiva. Especialmente hacia la casa real con la que siempre había estado a partir un piñón. Dicen que Peñafiel sufrió un serio desengaño personal con la reina Sofía, que podría justificar su distanciamiento. Lamentablemente, ésto coincidió con el fracaso de su aventura en La Revista -¡aquéllas fotos de la agonía de Franco que le filtró Villaverde!– y su campaña personal contra el HOLA y Eduardo Sánchez Junco. Este aún debe estar riéndose de quien tanto le ha despreciado. Porque lo cierto es que su revista sigue vendiendo divinamente sin firmas ilustres como la del locuaz granadino. Que, erre que erre, le sigue ninguneando, como si ser el hijo de Sánchez fuera un desdoro.

No le gustaría al Duende que se lo pareciera James Loyalrock, nombre con el que le hemos rebautizado en la radio por su amistad con otras cortes. Especialmente con la de San Jaime, que esa sí que es fetén. Tan bien se mueve James en Buckingham Palace, y tanto cariño dice haberle tomado la reina Isabel, que su graciosa majestad, aparte de haber britanizado su nombre,  le llama a dos por tres para hacerle confidencias. La gente, ignorante, cree que ella es como una esfinge, pero en el fondo es tan cálida y cercana como cualquier mujer. Resulta difícil de creer, pero Loyalrock apuntala su tesis con datos que avalan su intimidad con la soberana. Ella dice que el Duque de Edimurgo ha sido un excelente esposo, pero lo cortés no quita lo valiente: ronca como un sargento furriel y alrededor de la taza del WC deja pipi’s drops, como cualquier hombre.

Por unas u otras causas, Jaime Peñafiel vive un momento estelar. Hace unos días publicaba en EL MUNDO una carta abierta al Rey aplaudiendo su actuación en la Cumbre Iberoamericana. Qué grandeza, con lo repuplicanote que se sentía últimamente.  Además, las televisiones se lo disputan por su prestancia y su chismorreo de  altura. Y su alter ego, Loyalrock, además de ser tan amigo de Isabel II como lo fue Esssex de la primera, sigue levantando exclusivas que son el pasmo de Occidente. Podría argumentarse que esto último es una mentirijilla, pero como decía Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Y el arte de James, literalmente, no se pué aguantá.  


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