Archivos para 28 febrero 2008

No es país para duendes

 Los de la generación del Duende suponen que a través del cine veían el kaleidoscopio de la vida. Siempre expectantes, ilusionados y envueltos en el olor de ozonopino, se asomaban adonde nuestro yo y  nuestra circunstancia nunca podían llegar. Se veía la vida soñada en la mayoría de las comedias amables que producían los grandes estudios. Y la vida tal cual era, en escenas como las que pintó con extraordinario vigor y  amargo encanto el neorrealismo italiano. Ya no debe de ser así. El arte, en general, se ha hecho tan áspero como la propia sociedad de la que bebe. Y hasta en la meca del séptimo arte la Academia parecen olvidarse del cine como fábrica de sueños y apuesta por la cruda, crudísima visión de las miserias humanas. Qué Oscar tan duros de tragar los de este año.

Los cinéfilos consideraban antes a la Academia de Hollywood como un sanedrín burgués y consevador. Y un custodio escrupuloso de las virtudes  esenciales del pueblo estadounidense. Si uno rastrea la lista de Oscar es raro no encontrar en cada año un espaldarazo artístico al espíritu de conquista, al afán de superación, a la solidaridad, a la libertad, al patriotismo e incluso a la valentía para clavar el estilete en los propios defectos. O sea, un premio a los valores nacionales que respiraban en el cine americano.

 Sin embargo parece que han asumido que poco a poco también la creación cinematográfica debe ser un flagelo para las conciencias. Hace unos años, la Academia sorprendió premiando Broubake montains, supuestamente la primera película que presenta una historia de amor entre dos vaqueros. Al Duende no le escandalizó tanto esto como las escenas costumbristas de lo que llamaríamos la América profunda, cromos vivos de un pueblo que predica la felicidad en la más patética mediocridad. Se le quedó grabada especialmente la cena del Día de Acción de Gracias, acaso la fiesta más importante para los norteamericanos. En torno a un enorme pavo, padre e hijo se pelean porque aquél se empeña en mantener encendido el televisor mientras despachan en silencio la pechuga a palo seco. Ni siquiera un farci de frutos o un espeso salsorro que los alegre. Si es así el alma de ese pueblo,  definitivamente, Estados Unidos no es país para duendes.

Tampoco lo es  No es país para viejos, Oscar a la mejor película. Ni Pozos de ambición, la película por la que le han dado el Oscar al mejor actor al británico Daniel Day-Lewis. Ambas presentan, sobre horizontes parecidos a aquellos con los que John Ford hacía obras maestras, una visión estropajosa y despiadada del ser humano en general, y de América en particular. Javier Bardem cumple muy bien su cometido, pero era mucho más destacable su papel de Lunes al sol. El marketing del cine decidió que era su hora y se lo dieron ahora. Los papeles de demenciados entusiasman en Hollywood.

Quizás porque estos americanos también se están volviendo raritos. Tanto, que su vieja factoría de sueños se va convirtiendo en fábrica de pesadillas.

Mariano, la niñita y el asesor

Dando instrucciones a modelos Hay calvos que no lo superan, se plantan en la sesera una cabellera de muñeca de Famosa y se quedan tan contentos. Y, por el contrario, también hay jóvenes de muchos años que se niegan a disfrazar sus canas. Lo normal a una cierta edad es apuntar tripilla cervecera, flacidez muscular, algunas arrugas, algo de alopecia y, naturalmente, el cabello gris o blanco, pero el Duende piensa que no importa: ya está casi todo el pescado vendido. Y si no, recuerda el consejo de Molina, un pícaro limpiabotas de muchos años que había perdido varios dedos en una sierra mecánica, lo cual no le impedía prestar sus servicios en la cafetería Villa Río mientras presumía de sus muchas conquistas femeninas. Menos lobos, Caperucita, le vacilaban los camareros. Y él, muy serio, interrumpía la faena y, levantando el único pulgar que le quedaba, apostrofaba: no sabéis nada…Mientras hay lengua, hay hombre.

Muy inocente, el Duende tomó nota de que para seducir en la edad madura, lo único importante es dar buena conversación.

No se sabe de la labia del candidato Rajoy en las distancias cortas, pero cualquiera con dos dedos de frente concluirá que ciertos arreglos en su imagen como teñirle la barba, tal cual pretendían sus asesores de campaña, no le añadirían ni un solo voto. Si Zapatero va de reformista infatigable, idealista, bien hablado, bello y telegénico, el aspirante debe vender su experiencia de gobierno y la validez de sus propuestas y su equipo. El pueblo sabe que no es precisamente un seductor.

Por eso haría bien en olvidarse de consejos como el de sacar a paseo a su primo, el ingeniero que no cree en el cambio climático, o a la niñita que cerró el primer debate. Los temibles asesores de imagen, que Dios confunda. El Duende colaboró en la campaña del hundimiento de UCD -aquella del gran Landelino Lavilla, inmolado como cordero pascual en un empeño imposible- en la cual también contribuyó un figura cubano con vistosas camisas y tirantes que se lo llevaba crudo por no proponer más que chorradas. Ahora a otro genio de su especie se le ocurrió la postal a la niña. Criaturita, qué poco pintaba la pobre en boca de este sesudo registrador de la propiedad que postula seriedad y orden. Ha insistido en que quiere ser él, y nadie se lo imagina en plan sensiblero imitando la redacción de una estudiante de cuarto de bachillerato, como bien señala en su comentario de hoy Begoña. Para almíbar ya tenemos a repartidores más cualificados.

Y que no se empeñe en seguir atizando al presidente. Mentir o, más exactamente, contar sólo la parte de la verdad que interesa, lo han hecho siempre todos los políticos. Incumplir las promesas electorales es otra forma de faltar a la palabra. Todos se pasan de bocazas. Aunque se teme el Duende que, de otra forma, nunca reclutarían los apoyos necesarios para gobernar.

Y esa es la clave. Cada cual es un quidam distinto. Y si alguien sabe cómo se pueden conciliar los intereses de treinta y seis millones de españoles y dejarles a todos contentos, que nos lo cuente. Porque el maravillos asesor de campaña, antes de que hablen las urnas, hacen lo que aconsejaba Woody Allen: toma el dinero y corre.

(Foto de Simon Pais-Thomas)

Zapatero, entre el biscuit y la gloria

Jose Luis Rodriguez Zapatero

Va a ser verdad que es un Cristo agnóstico, o un Gandhi que en lugar de yogur y cañamones se alimentó de cecina, o el neoignaciano laico impaciente, o Merlín el encantador, o el padre Damián de Molokai redivivo y rebozado en mayo del 68, o el gran Houdini, o la versión moderna del buen samaritano, o un Harry Potter asistente social.

Va a ser cierto que lleva dentro la panacea de todos los males, el secreto de la piedra filosofal, la quintaesencia de la bondad humana, el poder de fascinación del flautista de Hamelin, el germen de la Utopía futura. De otra manera no se entiende que alguien con tan excelentes condiciones para haber sido director de comunicación de una gran empresa, presidente de una cadena hotelera, embajador -aunque necesitara mejorar su inglés-, catedrático de Teoría de las Ideas Justas (entiéndase como se quiera), profesor de arte dramático y declamación, psicólogo para autoestimas decaídas y poeta ganador de juegos florales haya caído en eso tan vulgar que es la política. No se le conoce ningún puesto ejecutivo antes de ser secretario general de su propio partido. Ni siquiera jefe de ventas de un concesionario de Renault. Pero ahora es el presidente del gobierno, que encarna el poder ejecutivo. O sea, es el mandamás. Y, a tenor de los últimos debates, parece que va a seguir siéndolo.

El último elogio se lo ha escuchado el Duende a Lucía Méndez, subdirectora de EL MUNDO. Según ella el presidente Zapatero es, además de referente de virtudes cívicas y sociales, modelo de telegenia, buen orador y portavoz universal del humanismo pata negra. Y, por añadidura, guapo. Esto no se lo habían dicho ni a Adolfo Suárez, que fue buen mozo, ni Felipe González, con sus morritos tan sensuales, ni a Leopoldo Calvo Sotelo, la dignidad de la esfinge que tan bien caricaturizó Peridis. Tampoco se lo habían llamado a José María Aznar, a pesar del morbo que a algunas de sus fans les inspira su cabellera de madelman. Nadie ha levantado la voz llamándole a Lucía feminista por el piropo. Si piropeas a una chica ahora eres un machista, y lo de machista es malo. Pero en cambio lo de feminista tiene connotaciones sociales muy positivas, aunque la fémina considere en este caso lo mismo que los hombres apreciábamos antes en la hembra y ahora nos guardamos por si las flyes. Diga usted que María Teresa Fernández de la Vega es una hermosura de mujer y verá cómo se mosquea el patio. Bueno, quizás tampoco hay que pasarse en el elogio.

Porque hoy éste queda para la figura del presidente Zapatero. Alguien le rebautizó como Bambi cuando apareció en la escena política. Unos dicen que fue Raúl del Pozo, otros que Alfonso Guerra, y Javier Capitán sostiene que fue el Duende impostando la voz de aquél en una jornada de Gran Carnaval. El caso es que, fuera quien fuera su bautista, el inocente cervatillo se esfumó, y aún sin perder la mirada de criatura de Walt Disney se ha resabiado lo suficiente como para levantar sospechas en la otra media España que no le jalea con entusiasmo.

Rajoy, por supuesto, no será menos imperfecto. Pero su falta de telegenia, su mirada extraviada y hasta esa ese que se le deshilacha en la boca juegan en su favor. Con mejor o peor tino, y posiblemente con la misma dosis de demagogia, si convence será a pesar de su falta de encanto. De ese encanto empalagoso que le sobra Zapatero, un político mucho más difícil de batir que lo que en principio sugería su relamida estampa de príncipe de cuento o de figurita de biscuit.

El Servicio de Desesperación del Cliente

Call Centre de risa

Tiene razón el padre Bonete: el mundo hoy vive en un constante sarpullido de lujuria, y la concupiscencia lo invade todo. El Duende sin ir más lejos lo confiesa paladinamente: cuando llama a averías de Telefónica y le contesta la posición 38 no puede dejar de imaginar al operario/a haciendo el numerito con su pareja según las instrucciones anatómicas y ergonómicas que la Guía pormenorizada del Kama Sutra establece para tal posición. Podría atenderle Bonifacio, Pilar o Josefa, pero nadie sabe por qué le atiende una posición, y luego pasa lo que pasa. Todo por hacerlo más funcional y, a buen seguro, ahorrar costes para la empresa.

El diálogo con la posición y el aún más irritante diálogo máquina-sufridor al que nos obliga el odioso contestador automático que hoy se ha impuesto en cualquier servicio de atención al cliente es sólo una muestra. Un ejemplo más de esa falacia de aquel slogan de el cliente por encima de todo. Palabras, palabras, que decía Hamlet. La teoría es bien intencionada, pero aunque la parafernalia para llevarla a cabo es ostentosa y de última tecnología, no basta. Muchos números de teléfono, muchas claves, mucha música amable enlatada, mucho teclear, muchas frases de cortesía, y en ocasiones, mucho reenvío de un departamento a otro para al fin ser atendido por primerizos con contrato temporal a los que el Duende acaba abroncando sin culpa alguna. Se que usted es inocente, y me consta que es una persona encantadora -suele disculparse al final del chorreo- Pero dígale a sus jefes que tenerle a uno una hora y media oyendo a un robot gilipollas y escuchando un hilo musical para avisar una avería es una tomadura de pelo. Más que de atención, es el Servicio de Desesperación del Cliente.

Por lo mismo, y por lo rápidamente que caducan las claves, el Duende ha renegado de la banca telefónica y al uso de la banca por internet. Va al banco y, de paso, saluda a las cajeras, que son muy amables, hace sus gestiones y se limpia los zapatos gratis en un aparato semioculto en el sótano que gasta energía, cerdas y algo de betún con sólo apretar un botón. Y excusen que el Duende calle el nombre de este banco tan filántropo. Es para evitar que la patronal bancaria proceda contra él por la indecencia ética de no cobrar algo. Qué falta de principios.

El tótem que simboliza la falsa apariencia de atención al cliente son las ventanillas, los pupitres o los despachos vacíos en tantas oficinas y establecimientos públicos. Buscan el mismo efecto psicológico que esa misteriosa maleta que, apenas aterrizado el avión, circula en la cinta transportadora de llegadas para que el viajero crea que su equipaje está al caer. Obsérvenla, nunca se la lleva nadie. Como tampoco se llenan nunca las tropecientas ventanillas para el chequeo de los billetes de avión, ni las que atienden en las oficinas de la Seguridad Social, ni las de la Agencia Tributaria, ni las del Registro, ni las de RENFE, ni las de los ayuntamientos, ni las de las empresas que suministran la luz, y el gas, y el teléfono. Siempre hay alguien de baja. Siempre alguno que aún no ha vuelto de tomar el café. ¿Cuánto dura el café del que atiende al público?¿Quién lo controla? ¿Por qué quieren sustituir al absentista por atrezzo de simulación? ¿Para qué tantas mesas vacías?

Acaba el debate entre Zapatero y Rajoy y ni una palabra al respecto. Lógico, es un tema menor. Ambos quieren hacer a las nietas del Duende más guapas, más listas, más ricas y más modernas. Pero se las imagina en un mundo atendido sólo por contestadores automáticos y con miles de oficinas de atención al cliente vacías y no sabe si acabarán siendo más felices.

¿Qué fue de Inés Rosales?

Tortas Ines Rosales y blogs

(Foto de Pesc)

Podía ser una tarde parda, de invierno tras los cristales, como recuerda Machado en su poema. O de sol y polen, porque la ceremonia se prolongaba durante todo el curso. El caso es que a media tarde, llamaban a la puerta de la clase. Tras la vidriera esmerilada de la puerta se perfilaba la sombra de un mozo con un cesto al hombro. Abría el profesor y llamaba a los medio pensionistas para que recogieran la merienda. Normalmente consistía en un suizo y una barrita de chocolate, y ya lo llevaba bastante mal el Duende, que no era mediopensionista y que normalmente merendaba al regresar a casa pan con mantequilla. Pero había uno o dos días a la semana en que literalmente se moría de pelusa, y era cuando en lugar del suizo repartían una torta de aceite Inés Rosales. Según la chiquillada, era el no va más de placer en meriendas. Y entonces se planteó el Duende que la medida de felicidad en esta vida quizás consiste en poder merendar a diario tortas de aceite Inés Rosales. Todo lo demás irá por añadidura.

Esta foto de color sepia es casi un ensayo sociológico. Lo primero que refleja es lo magra y estrecha que era la despensa de la época. Lo segundo, lo sencillo que es ser feliz en la edad pequeña. Hablan ahora los críticos de cine del éxito de películas pequeñas para definir a aquellas producidas con escaso presupuesto –La soledad, Juno que compensan con pinceladas de humor, ternura y delicadeza lo que otras derrochan en estrellas, decorados y efectos especiales. A lo mejor hay que vivir también vidas pequeñas.

Pero al Duende la evocación le sugiere algo más. Habita en él ahora el espíritu detectivesco. Es como un ratón de biblioteca o un arqueólogo buscador de las miguitas que le guiaron por el bosque de la infancia. Y de repente constata que hace mucho tiempo que no ve tortas de aceite Inés Rosales, y que tras ese nombre tan bonito y tan poético habría una mujer. ¿Era tan guapa como sugiere su nombre? ¿Llevaría la esencia de anís y de ajonjolí que respiran sus tortas? ¿Vive aún en alguna residencia de ancianos del Aljarafe? ¿Creó familia? ¿Hay unos herederos de Inés Rosales?¿Se mantiene la producción de exquisitas tortas? ¿Fue fagocitada su marca por Nestlé o Geneal Foods?

No eran entonces más que unas marcas ligadas a una píldora de placer. Pero un día que el Duende paseaba con su padre por Calella de Palafrugell se abrazó con un viejo compañero de colegio que resultó Juanola, un hijo del creador de las famosas pastillas que llevan su nombre. Y desde entonces, no se sabe si por pasión documentalista o por envidia mercantilista -quien tiene una marca, tiene un tesoro- se ha preguntado el Duende por la suerte de los herederos del doctor Sloan y del doctor Lithin -¿alguien recuerda el agua de litines?- y de Ferrero, el del fósforo, y de Torres Muñoz, el del bicarbonato. ¿Qué ha sido de Paco, el de los caramelos que se anunciaban a brochazos sobre los peñascos de las sierras de Madrid? ¿Y de Facundo, el de las pipas? Quizás sólo Dios lo sabe.

Y puesto que su sabiduría es infinita, y puesto que el saber no ocupa lugar, que tenga la bondad de contarnos si la Viuda de Solano contrajo segundas nupcias o si sigue guiando desde el cielo la producción de sus finísimas pastillas de café con leche.

Caradura lex, sed lex

Los AlbertosCree recordar el Duende que fue otro veintitrés de febrero, fecha que ha dado mucho juego en la última historia de nuestra querida España. El gobierno de Felipe González anunció entonces que expropiaba Rumasa. En la lucha entre el huevo o el fuero, ganó el deseo de quedarse con aquél, aún a costa de burlar a éste. Parece que había razones económicas y sociales suficientes, pues el señor Ruiz Mateos no era un escrupuloso cumplidor de sus deberes, pero el método fue, según cualquier jurista, una chapuza que denigraba al derecho. De hecho, la expropiación se impuso por el voto de calidad del entonces presidente del Tribunal Constitucional, Manuel García Pelayo, un catedrático de enorme prestigio que cedió a la presión agobiante del ejecutivo para decantar la decisión del lado que, digámoslo así, convenía a los intereses generales. El buen hombre lo pagó con creces. Consciente de haber sido la pieza clave de una de esas frecuentes pedorretas que la política hace al derecho, dicen que vivió el resto de sus días en Venezuela amargado por el recuerdo de aquel veintitrés de febrero.

De entonces a esta parte, son frecuentes las collejas que la razón práctica asesta a la ley. Una de las pocas cosas que aprendió el Duende en su paso por la Facultad de Derecho es que éste se asienta en el principio de separación de poderes que enunció Montesquieu. Por una parte el legislativo, por otra el ejecutivo. Y a distancia de ambos, el judicial. Mientras no se pase, claro. Pas se la toucher avec papier de fumer, debería haber sido el complemento reglamentario para los jueces. O, dicho de otra forma, independientes sí, pero sin pasarse.

Porque de la misma manera que el ejecutivo se hace el don Tancredo cuando hay que ejecutar una sentencia incómoda -recordemos cómo silbó Aznar cuando el Tribunal Constitucional ordenó ejecutar la sentencia que declaraba ilegal el cierre por la cadena SER de once emisoras de Antena 3- el poder judicial a veces interpreta la letra o el espíritu de la ley según le peta.

Todo el mundo sabía lo que tapaba ANV, pero antes no había pruebas, y ahora curiosamente las hay. Y fue flagrante el delito de estafa que cometieron los dos Albertos de la gabardina blanca en el llamado caso Urbanor. Pero como son quienes son, aún ha sido posible encontrar un hueco en la interpretación de cuándo empieza y concluye el plazo de prescripción de su granujería para echarles una mano y librarles de la cárcel. Gran día ayer para esta pareja de ilustres empresarios. Menos bueno para el resto de los justiciables. El editorial del periódico EL MUNDO de hoy lo destaca con sarcasmo retorciendo un viejo principio del derecho romano: In dubio, pro rico, dice parafraseando aquella máxima que recomienda sentenciar a favor del reo cuando no está clara la prueba.

Y es que la justicia, como diría una vez más mi amiga doña María, también es mu correlativa. Temblaba el Duende cuando, tiernecito aprendiz de picapleitos, oía de sus maestros otra máxima de Justiniano que consagraba el riguroso, pero inexorable peso de la ley. Dura lex, sed lex, proclamaba solemne su profesor de Derecho Romano. Debió de escuchar mal. Perdida la edad de la inocencia, ahora está convencido de que lo que en realidad le querían decir es caradura lex, sed lex.

Días tontos en Los Arándanos

Agatha Christie

Confiesa el Duende que de todas sus lecturas ningunas le atraparon como las novelas de Ágatha Christie. Era entonces un adolescente, y empezaba a descubrir los encantos de la literatura. Algunos de esos best sellers -aún no se había extendido ese término- como Diez negritos o Tres ratones ciegos los sorbió de un tirón antes de cerrar los ojos al alba Aquellas novelas siempre bien urdidas fueron, junto a las aventuras de Guillermo Brown de Richmal Crompton -pseudónimo bajo el que se ocultaba otra mujer- su primer peldaño en las letras después de desasnarse con los tebeos. En algún tiempo se hizo publicidad de éstos diciendo justamente eso: donde hay un tebeo luego habrá un libro. O no es verdad, o es que desde hace varias generaciones tampoco se leen tebeos. Quizás debiera reformarse el slogan: donde hay una videoconsola luego habrá un internauta. Y, con suerte, un blogger algo más despabilado que el que suscribe.

Uno de los detalles que más facilitaba el disfrutar de aquellas novelas es que Ágata Christie presentaba a todos sus personajes antes de iniciar la novela. En un listado por orden alfabético, resumía en tres pinceladas su perfil. Abergold, John: cuarto conde de Macfriars. Casado con Pryscilla de Wild, vive en su castillo de Devonshire dedicado a la cría de caballos pura sangre. Anyone Dupré: ama de llaves del juez Malone, que entró al servicio de éste por una recomendación del general Troellope. Ashley, Brigitte: amante de Sullivan, el administrador del mayor Brady. Y así. Estas guías deberían de ser obligatorias en toda novela con más de cuatro o cinco personajes. Facilitan el control de la situación narrada al lector de frágil memoria que, conociendo mejor el who is who, así puede concentrarse en componer el tipo de los personajes. El Duende no podía avanzar en la novela sin antes ponerle cara a cada personaje. Y el catálogo de éstos le servía de guía perfectamente. Lástima que el ejemplo de Ágatha no cundiese. Como muchos otros inventos útiles, cayó en desuso y hoy casi ningún novelista se molesta en avanzar el elenco de actores de su relato. Dar facilidades al personal debe de ser síntoma de poca fe en el talento propio.

Al Duende le gustaría tener un fichero así de todos los que comentan habitualmente este blog. Le cuesta mucho elaborar un perfil de cada quisque. Agradeció mucho las sucintas biografías que le mandaron, pero se le enredan los datos, pone a José Ramón en Galicia, y a Zoupon en Mallorca, y a Lola en la sierra de Guara. A Ángelus donde Wallace, y a Gervasio le hace arquitecto…o así. Exagera, claro. Con Bob no le pasa eso, porque es inconfundible. Pero no responde más ceñido a los comentarios de los demás porque cree que, con los muchos que ya ha recibido, un Maigret no muy avezado ya hubiera elaborado una ficha exacta de cada personaje. Lo que no es el caso.

Así que disculpen que no responda a las muchas cuestiones que se le plantean. Entre otras, una actualización del diario de esa gladiadora de hogar que es doña María, la dama del bloque Los Arándanos.. Se la demandan bastantes lectores. Pero ella, como el Duende, también es algo ciclotímica. Y hay días como hoy que, a falta de guías, nomenclator o vademécum como los que se trabajaba Ágata Christie, no sabe por donde se anda.


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