Archivos para 30 marzo 2008

El ejemplo de Juan José Cortés

Juan Jose Cortes

Que sean felices, que Dios les bendiga y que sigamos creyendo en Dios y en la justicia. Estas palabras que se escuchaban hace minutos por la radio no provienen de un creyente o de un buen ciudadano cualquiera. Sino de un padre que acaba de saber que el asesino de su hija perpetró el crimen por un espantoso error del aparato judicial. Así se despedía de la entrevista que le hacía Jesús Cintora en el informativo Hora 25.

No sabe uno qué es más asombroso, si el grado de indolencia al que, en su obsesión por no penalizar en exceso al delincuente, puede llegar nuestro estado de derecho, o la lección de sentido común, de temple y de nobleza de espíritu de Juan José Cortés. Así lo hace constar el Duende: a partir de este momento, este padre inconsolable es uno de sus héroes.

Siempre son admirables aquellos que, habiendo visto morir a alguno de sus hijos, mantienen el ánimo y tratan de salir adelante sin humillarse al destino. El Duende conoce a varios, y siempre ha pensado que deberían de sentar cátedra para enseñar a vivir reprimiendo el llanto. Son terapia inexcusable ante cualquier aflicción que pueda uno sufrir.

Pero en este caso la lección va más lejos. No ha sido el azar, sino la mano del criminal y la torpeza del juez. Y, a la postre, la negligencia de un sistema que, confesaba Cortés, he respetado siempre y quiero seguir respetando. Sin embargo agradecía la llamada del presidente Zapatero, y sigue proclamando su fe en la convivencia y en el estado de derecho como si en lugar de un humilde trabajador fuera un doctor en leyes o un padre de la patria. Sencillamente increíble.

Creía el Duende que las circunstancias del crimen y la ira popular que ha levantado el presunto asesino harían mella en él. Pero sin duda, además de ser tan cortés como dice su apellido, este hombre es generoso, noble y a todas luces ejemplar. El Duende le ha escuchado emocionado y está convencido de que es un santo.

Mon ami Scott de Martinville

 Aún recuerda el Duende la primera vez que supo de Edison. Quizás en el cole, tal vez en unos tebeos de la época que inoculaban saberes del Readers Digest en viñetas ilustradas. Los había catolicones que miraban a lo trascendente –Vidas ejemplares, fundamentalmente las de los santos- o las que se centraban en la ciencia y la cultura, que se titulaban Vidas ilustres. En una de ésta aparecía la figura de Thomas Alva Edison: lo recuerda con el pelo blanco, su corbata de la época, acodado en una mesa en la que destacaba el altavoz de su célebre fonógrafo. El otro altavoz célebre de las infancias de color sepia era el de La voz de su amo, pero ahí en lugar de un inventor señero aparecía un perrito sentado seducido por la música. El Duende aún conserva, como una preciada joya, una cajita de hojalata en la que se vendían las agujas que necesitaban los pikúes para reproducir las grabaciones.

Le contaron una vez al Duende que todas las ondas sonoras emitidas sobreviven en el espacio. Imagínense la ensaladilla rusa de sonidos, el caos, el desmadre de voces y ruidos en los oídos de la divina Providencia. Los discursos de Cicerón, de Diógenes, de Hitler, las explosiones de Guy Fawkes en el parlamento inglés y los reventones del Vesubio que sepultaron Pompeya, el estruendo gozoso de las cataratas Victoria sorprendiendo al capitán Richard Burton, la jura de santa Gadea, la primera sonatina improvisada al piano por el pequeño Amadeus,  Federico García Lorca  recitando alguno de sus Sonetos del amor oscuro, el La-la-la de Massiel, los clarines que anunciaron el último tercio del toro Islero que apuñaló a Manolete, los mamporros de Manolo el del bombo, el ¡se sienten, coño!, los meteorismos de Napoleón -y de las vacas, que por lo visto son peligrosamente pedorras- y hasta los delirios de La verbena de la Moncloa, todos juntos y revueltos violando de forma inmisericorde el silencio astral. Qué espanto, menos mal que tenemos una capacidad auditiva limitada. 

Todo eso, claro, era teoría. En realidad las vibraciones sonoras se escapaban hasta que en 1878 vino Edison con su cazamariposas mágico y pudo registrarlas para el futuro.  Claro, que unos llevan la fama y otros cardan la lana. En esta obsesiva sociedad del conocimiento todo se investiga, y, a ser posible, se revisa. Acabaremos enmendando la plana a todo lo que nos contaron como historia, porque siempre hay algún curioso que huronea y no para hasta que le da una vuelta a la verdad oficial. Qué sinvivir. Ahora la Lawrence Berkeley National Laboratory, de California, le ha quitado a Thomas Edison su más preciada medalla.  Ha descubierto que no fue él, sino un tal Eduard-León Scott de Martinville  que ya en 1860 logró grabar por primera vez un sonido. Lo escuchó el Duende el viernes por la tarde en la radio.  Scott de Martinville fue un personaje inquieto, tipógrafo, investigador, escritor y ensayista, y dio con un aparato que llamó fonoautógrafo capaz de registrar el que, al menos por el momento, es el primer sonido grabado de la historia. Entre una maraña de chisporroteos se adivina a una voz femenina que susurra la conocida canción Au clair de la luna, mon ami Pierrot.

 Qué sorpresón para los sabios. Qué ternura, que un testimonio así cante al claro de luna y a la amistad. Pero, al mismo tiempo, qué falta de seriedad. ¿Se imaginan que de un humanista, pensador y escritor con la densidad del Duende sólo quedara Las muñecas de Famosa/ se dirigen al portal…? Bueno, pues no se engañen: así será, y eso si hay mucha suerte. Lo dice doña María, todo es mu correlativo. Sobre todo la historia, que,  además de mudadiza y tramposa, tiene predilección por la frivolidad.

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba – germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.

¿Es necesario lo innecesario?

Cementerio trastos

(Foto de basda)

No se cuántos pequeños cementerios tiene el Duende en su casa. Quizás los mismos que muchos de los amigos de su blog guardan en la suya propia.

Cementerios de pequeños receptores de radio que le regalaron en alguna presentación, cementerios de auriculares que guardó del AVE y de los aviones, cementerios de bolígrafos secos, de pilas descargadas, de gomas, clips, de diskettes, de CD rayados, de deuvedés que han perdido su carcasa, de lápices mochos, de calcetines que nadie zurce y que uno conserva porque espera, iluso, que algún día también resuciten los calcetines muertos.

Cementerios de corbatas demodés, de libros que nadie leerá, de blocks con apenas cuatro páginas garabateadas, de agendas de bolsillo, con nombres de amigos que a lo peor ya no viven, y números de teléfono lapidarios que ya ni están de servicio.

Cementerios de fotos sepia, de fotos tontas, de fotos con gente de la que uno ni se acuerda. Cementerios de botones, de imperdibles, de alfileres, de chinchetas, de pins. De dónde carajo habrán venido tantos pins.

Cementerios de bolsas de plástico, que se acumulan prensadas para evitar que vuelen y siembren los campos de desolación. Un amigo le confesó al Duende que imaginaba el fin del mundo como un páramo despoblado donde la única señal de vida era el viento transportando bolsas vacías del Corte Inglés. Pactaron matarse recíprocamente en cuanto aparecieran los ángeles trompeteros que, según dicen, han de anunciar la consumación de los siglos.

Cementerios de folletos turísticos. De rutas maravillosas, de circuitos tentadores, de lugares de ensueño, del ocio imaginado y sin embargo aherrojado e un oscuro cajón. Pobre ocio, él no sabe que en el Duende toda acción es pura teoría.

A veces uno despierta con espíritu regeneracionista. Si no su yo, desea liquidar su circunstancia, y hacer borrón y cuenta nueva. Y entonces quiere engavillar todos sus objetos y tirarlos por la ventana.

Pero, maldita sea, si los tira todos, le multarán. Y si los deja en el portal, no será justo el día de recogida de trastos gratis por parte del Ayuntamiento. Así que sigue conservando sus pequeños cementerios de inutilidades. Y en medio de tanto absurdo, se consuela pensando que, gracias a que muchos acumulamos hasta lo innecesario, alguien tal vez puede llevarse a la boca el mínimo necesario.

Los eruditos “a la googleta”

Aristocratas

(Foto de MarySoliday)

Estaba el Duende de bolos en el llamado Pretexto Covarrubias -véase el post correspondiente– cuando, ante un auditorio tan letrado como el que encabezaban Mario Vargas Llosa y Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, formuló la teoría de que hoy cualquier internauta puede ser un erudito a la googleta.

A tenor de las risas de los presentes, se percató el orador de que el neologismo hacía fortuna. Se trataba, en efecto, de la nueva versión de lo que el poeta José Cadalso satirizó como eruditos a la violeta, frívolos latiniparlos que pasaban la espumadera por las ciencias, las artes y las letras y afectaban un saber y una cultura de los que sin duda carecían. Vamos, unos farfollas, para qué engañarse.

Pero una cosa es un erudito a la googleta, que es a lo que aspira el Duende, y otra cosa es ser un caradura. El Duende comprendió allí mismo que no se podía colgar medallas que no le corresponden, y nobleza obliga, citó al autor del hallazgo semántico: el muy ilustre barón de Cap Llentrisca, un prócer de origen gallego que además de bibliófilo es diplomático, jurisconsulto, polígrafo, polemista y ahora también poeta. También es cónsul honorario de una nación caribeña que por discreción oculto, aunque por ahí puede venir su título. Pues investigado que fue el Who is who de la nobleza española, no se encontró tal título, a lo que, tirando de Google en plan Hércules Poirot el Duende llegó a la conclusión que el otorgamiento podía provenir del rey de Redonda, dependencia de Barbuda y de Antigua que, por concesión de la reina Victoria, es una monarquía absoluta. Su testa coronada es hoy la del novelista español Javier Marías.

Todo esto parece una parida, puede que incluso una paja mental. Pero, entre bromas y veras, lo cuenta muy bien el propio Marías en su novela Negra espalda del tiempo. Ahora, las novelas de moda no son sólo creación pura: mezclan churras con merinas, o ficción e historia, y con teselas de una y otra componen un mosaico que a uno le dejan con esa duda borgiana de no saber si es que es tonto o el autor le está tomando el pelo. Es una buena novela, insisto, pero si no están por comprarla, buceen en en la Wilkipedia. Háganse también eruditos a la googleta.

El barón, que en notoriedad y prestigio supera incluso a su cuantiosa hacienda, distingue desde hace tiempo al Duende con una sincera y afectuosa amistad. Tan es así que, saltándose los usos y costumbres de la aristocracia rancia que pasa sus horas en la Diputación de la Grandeza de España, cortando cupones en la Bolsa, administrando sus latifundios o criticando al gobierno en las tertulias del Nuevo Club o de la Gran Peña –también chismorrean de las curvas de la del guardarropa, no crean- entra a menudo en este blog, y formula sus comentarios con el pseudónimo Bête en sauce. Si el lector tiene conocimientos de francés y lee estas tres palabras -literalmente bestia en salsa- de corrido, podrá tener una pista de la noble villa donde el barón tuvo su cuna. Él no lo dirá nunca, pero así reivindica el marquesado de esta plaza coruñesa al que por contribución a la sociedad cree tener derecho.

Pues ánimo, señor barón. Y si no encuentra monarca que le de el marquesado, apuramos el Google y que nos busque otro rey que se avenga a razones. Que para algo vamos siendo ya eruditos a la googleta.

Un café cargado de remordimientos

 No se lo creerán, pero cuando el Duende era un chaval pensaba que su padre era un hombre rico. Es verdad que no tenía coche, porque eso era cosa de millonarios, ni televisor, porque aún estaba por inventar, ni siquiera pikú. Le bastaba con lucir un reloj Omega, una pluma estilográfica Parker y un mechero Ronson, que entonces marcaban un cierto nivel.

 Las referencias de lo que podía ser entonces un tesoro infantil eran bien modestas. En Marcelino pan y vino, aquel bonito cuento de José María Sánchez Silva que luego llevó al cine Ladislao Vajda, el niño abandonado en el convento y criado por los frailes guarda como preciadas joyas una botonadura de militar y unos naipes. Algo parecido a lo que muchos años después encuentra Amelie bajo una baldosa de su casa. Ahí descubre, escondidos en una caja de hojalata, un cochecito, un ciclista de plástico y otros restos de la arqueología sentimental de un niño. Amelie se empeña en averiguar qué fue de ese niño, y hace bien, porque a los zagales de antaño nos sobraba ilusión tanto como nos faltaba información. O teníamos aquélla precisamente porque no sabíamos de la misa la media.

Ahora la información acabará matándonos. Hoy, en el día mundial del Agua, el Duende se ha desayunado con el café más amargo de su vida. Ha leído que John Anthony Allan, un científico británico, ha elaborado la llamada teoría del agua virtual, en razón de la cual determina la cantidad de líquido inodoro, incoloro e insípido que un alimento necesita  para llegar al plato del consumidor. Según este señor, para producir medio kilo de queso se necesitan 2.500 litros de agua, el litro de leche se bebe  otros tres mil del líquido elemento y el kilo de carne de vaca unos 10.000. Menos mal que la taza de café sólo requiere 140 litros de agua.

O sea, que más que seres humanos, somos esponjas insaciables que, directa o indirectamente, absorbemos más agua de la que, con cambio climático o sin él, nos podrá suministrar el planeta. Qué cargo de conciencia. Qué sinvivir, tomar conciencia y comportarse como un consumidor responsable.

Por ahorrar algo, podemos tomar café soluble. Pero…¿no se gastará aún más agua liofilizándolo? O si no, evitar la infusión y mordisquear el fruto en el  mismo cafetal, aunque sepa más amargo. O mejor aún: inventar también  el Día del Consumidor sin Escrúpulos. Y permitir así que, al menos en esa jornada, el personal pueda tomarse un café a gusto sin sentirse ese vampiro insolidario que nos retrata la obsesiva, y a veces terrorífica, sociedad de la información.

Cosas que hacer en viernes santo

Semana Santa en MadridViernes Santo en Madrid 

(Foto de Zokete

Una planificación a contrapelo le ha permitido al Duende disfrutar del viernes santo en Madrid. Soledad, descanso, meditación, música. El ritual le obliga a buscar en su discoteca los tesoros del Viejo Peluca, como afectuosamente le llama nuestro imprescindible Fernando Argenta. No es nada original: de la misma forma que las orquestas programan  El Mesías handeliano por Navidad y La Pasión según San Mateo por cuaresma, él alimenta su rescoldito religioso siguiendo el mismo esquema. Hace un par de años, en una liquidación de  grabaciones de orquestas rusas o centroeuropeas que de cuando en cuando aparecen por ahí, el Duende completó sus pasiones bachianas con las de San Marcos, San Lucas y San Juan. Si John Coltrane y Pedro Iturralde no suministran suficiente dosis de divinidad -alguno de nuestros amigos comentaristas levitan escuchándolos- el Duede se permite recomendar especialmente la de San Lucas.

Los familiares y amigos del Duende respetan escrupulosamente la festividad del viernes santo. Telefónica, la amable señorita que vende tarjetas o planes de pensiones para el Banco de Sabadell y que, sin duda sin mala intención, acostumbra a llamar a la hora de la siesta, también. El móvil, cómplice del silencio que antaño nos imponían en este día, no dice ni pío. De modo que uno aprovecha para abordar esos asuntos pendientes que siempre quedan pendientes. Por ejemplo, romper papeles y ordenar libros. Y aquí  descubre uno puntos oscuros de su pasado, y retos difíciles de asumir para su siempre riguroso sentido de la responsabilidad.

Choix de nouvelles modernes  es un librillo alemán editado en 1898 por Velhagen & Klashing, y reproduce cuentos de autores franceses como Alfonso Daudet. ¿De dónde ha salido este libro? ¿Por qué para en esta modesta biblioteca, si no hay  antecedentes alemanes en la prosapia del Duende? Las Máquinas agrícolas, en dos volúmenes, es una guía de los adelantos tecnológicos que podían ayudar al agricultor…¡el 1899!. Los firma M. Ringelmann, director de la Estación de Ensayo de Máquinas Agrícolas de París. El Método Cortina para aprender inglés, con un prólogo de Emilio Castelar, es un precioso volumen encuadernado en tela y con estampaciones en oro que demuestra la obsesión de alguno de los ancestro del Duende por aprender la lengua de Shakespeare. Este es moderno: está editado en 1920. The arts of Japan, publicado en la preciosista colección Little Books on Art, otra perlita de 1906 que luce mucho en la librería por su coqueta presentación, obedece sin duda a las inquietudes artísticas de la madre del Duende, que pintaba, tejía alfombras y escribía poesía y cuentos surrealistas. Mal le deja sin embargo el ex libris estampado en el volumen, pues éste era el nº 1027 de la Biblioteca de Bellas Artes de Antonio Canovas y Vallejo. Si alguno de los herederos de este bibliófilo lo reclama, el Duende reparará encantado el desliz de su madre restituyéndolo a su legítimo propietario. Ella lo hizo, sin duda, por amor al arte. Más preocupante aún es una Breve historia del lanzamiento y el tiro editado por la fábrica de armamento Oerlikon Buehrle & Cía. Contiene una prolija explicación sobre materiales explosivos. Si no tenemos antecedentes militares en la familia…¿quién de los predecesores del Duende quiso emular a Mateo Morral?

Desgraciadamente, a los hijos de la galaxia Gutemberg nos enseñaron que cualquier libro es un objeto de valor. Y al Duende le falta precisamente eso, valor, para deshacerse de estos libros La pregunta es por qué si se establecen Puntos Limpios para recoger los aceites fritos, no se crean otros Puntos de Depuración Cultural donde uno pueda entregar estas extrañas herencias y librarse del peso de ser su  inútil custodio.

Agobiado por tal responsabilidad, y a pesar de lo anunciado días atrás, se va de procesiones por la tarde luminosa y fría de Madrid. Ve la salida del Cristo de los Alabarderos, dignamente escoltado por la Guardia Real, se encuentra con el  Divino Cautivo, y se planta en la calle Toledo para ver pasar a María Santísima de los siete Dolores una dolorosa tan guapa y bien ataviada como las que causan pasmo en Sevilla. No desfila en olor de santidad, ni del sahumerio, sino de la fritanga de calamares de las tascas circundantes. Da igual, la corteja una banda primorosa, y la buena música lo refina todo. El Duende se calla lo de ¡guapa, guapa!, pero, en su escepticismo, admite el pellizquito de la semana santa.


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