Archivos para 30 mayo 2008

Hijos de los Rousseau

Juan Jacobo Rousseau dijo aquello de que el hombre era bueno por naturaleza, y que era la sociedad quien lo estropeaba. Su homónimo Henry Rousseau, conocido como el aduanero, se limitó a pintar un mundo naïf. Los españoles parecemos hijos de ambos.

 El último barómetro del CIS  apunta que la diferencia de votos entre PSOE y PP duplicaría ahora la registrada el 9 de marzo. Normal. Con la que está cayendo, qué otra cosa se podía esperar. También dice que el miembro del Gobierno mejor valorado (a) es Carmen Chacón, ministra de Defensa. Sencillamente candoroso. A la ministra no le ha dado tiempo para mucho más que viajar a Afganistán y saludar a las tropas españolas allí destacadas. Apenas unos discursos llenos de buenas intenciones, ninguna medida de las que definen un programa ministerial. No hace falta ser muy agudo para ver que lo que realmente seduce a los encuestados es la maternidad de la ministra, una mujer, por otra parte, muy bien valorada por los que la conocen de  cerca. Viva la ternura.

 Pero al mismo tiempo, el Latinobarómetro, que el Duende no sabe exactamente ni lo que es ni quién lo pilota, dice que el coronel Hugo Chávez es el líder peor valorado por los españoles, seguido por Fidel Castro. Sorprendentemente, el tan denostado George Bush es el tercero de la lista, cuando normalmente nuestra sociedad pacifista suele identificarlo con el mismísimo Belcebú. Tampoco hace falta ser un  lince para asociar la mala nota de Chávez con la trifulca que provocó el por qué no te callas del Rey. Las demás tropelías del caudillo bolivariano probablemente han pesado poco.

 Se deduce así que vivimos una sociedad  contradictoria y naïf, que quiere conjugar la realidad y la utopía sin que rechine en su encaje ni una sola pieza del argumentario. Por una parte  queremos que lo más feo de la gestión gubernamental, que son los asuntos de la guerra, se resuelvan en la imagen más pacífica que se puede ver, que es una madre amamantando a un niño. Por otra, aún siendo como somos los más demócratas del mundo, no soportamos que falten a nuestro rey, que, con todos sus muchos valores,  sirve a la institución menos explicable desde criterios democráticos.

 Queremos paz y seguridad pero sin molestar demasiado a los terroristas y criminales. Queremos ser campeones del desarrollo y de la cultura pero también que nuestros escolares pasen curso con cuatro cates. Queremos petróleo asequible, pero a costa de otros. Queremos que no suba la electricidad, pero sin centrales nucleares. Queremos viviendas asequibles, pero no el paro de los que no tienen qué construir porque no se venden casas. Queremos televisión sin anuncios y no pagar canon . Queremos que baje el precio de los alimentos, pero también que ganen lo suyo los ganaderos, los agricultores y los pescadores. Queremos laicismo y que no muevan de su sitio ni al crucifijo ni a la Macarena ni a la Virgen del Rocío. Queremos que viaje el agua sin que haya trasvases. Queremos ser buenos, justos y ricos, pero que los marrones se los coman otros.

 O sea, la mula y los mil ducados. O, con la jerga más propia de la tropa que manda la ministra favorita,   queremos el sueldo del general y la verga del teniente. Los Rousseau,  a nuestro lado, unos escépticos, ya les digo.

Salsa de tomate y Cyrano de Bergerac

Fue una anécdota, pero invitaba a la meditación. Comía un amigo de Juan en la casa del Duende y le sirvieron algo tan sencillo como unos espaguettis. Le acercaron el queso rallado y la salsa, los roció con ella abudantemente, los envolvió con ambos ingredientes y al poco se relamía con visible satisfacción. Exquisito -subrayó antes de preguntar- ¿De qué es esta salsa? Le sorprendió mucho saber que era tan sólo una vulgar salsa de tomate casera. Hecha, eso sí, con aceite de oliva y abundante cebolla para dulcificarla. Sorprendentemente, en esta sociedad del bienestar en la que casi todo el mundo tiene acceso a casi todo, el muchacho no conocía más salsas de tomate que las envasadas por las firmas comerciales.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a tomar salsa de tomate de la buena..

Por otra parte, se entera hoy el Duende de que Cyrano de Bergerac, un escritor contemporáneo de Moliére más conocido por la vida que le dieron Edmond Rostand, José Ferrer y Gerard Depardieu que por sus obras, escribía cartas de amor por encargo. Hacía felices así a las enamoradas cuyos enamorados, aún manejando el florete, eran torpes con la pluma. Las cartas las acaba de traducir y publicar David Felipe Arranz, aventurando que, de haber vivido en nuestra época Cyrano, serían SMS de amor. Las grandes compañías telefónicas ganarían más, y a lo mejor incluso se crearían nuevos puestos de trabajo, que es algo muy importante en estos tiempos. Pero, con todos los respetos, no es lo mismo.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cartas de amor. El Duende, por cierto, se emplearía de negro como Cyrano, porque las cartas de amor se le daban bastante bien.

Nunca sabe uno cómo se teje la urdimbre de la felicidad, ni si la sensibilidad humana se forja con pequeños detalles como éstos. Pero la verdad es que estas naderías colaboran lo suyo. Lo ha comprobado el Duende tras visitar a su amigo Félix, ya convaleciente en casa. A él no le han faltado jamás ni la salsa de tomate casera ni otras delicias de la buena cocina andaluza en la que se crió. Ahora además ha leído en este blog los muchos mensajes a él dirigidos, y éstos van obrando en su ánimo parecido efecto balsámico que el logrado por las cartas de Cyrano.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cariño. En salsa, en prosa, en verso, con una palabra, un abrazo, una sonrisa o quizás tan sólo una mirada.

El genio de la lámpara del hotel

Soñaba con llegar tan alto como Philipe Starck. Y no iba por mal camino.

  Sus diseños epataban al burgués, al gentilhombre y a los parvenues. Había conseguido introducir en algún museo su Teberbiquí, diseño de una tetera caracterizada por verter a través de un pitorro espiroidal de singular originalidad.

  Le llovían los proyectos, y no paraba de trabajar. Después de haber dirigido la arquitectura interior de un hotel de gran lujo en Dubai y del  proyecto de cuarto de baño de una actriz de Hollywood en el que el bidé, en lugar de forma de guitarra, más parecía un laúd, se había convertido definitivamente en el decorador de moda. Diseñaba los urinarios masculinos en forma de fagot incrustado en la pared. Son más ergonómicos –explicaba- porque se ajustan perfectamente a la anatomía del cuerpo masculino. Ya iba por el quincuagésimo cuarto proyecto de decoración de  hotel que salía de su flamante estudio.

 Pero trabajaba tanto que no tenía ni tiempo para leer.

  Por eso, la noche en que, harto de ver revistas de decoración, supervisar memorias y repasar presupuestos se tendió en la cama con un libro, se llevó una sorpresa. Había comprado en el aeropuerto uno de esos falsos manuales de autoayuda que las editoriales lanzan con tanto desparpajo como dudoso sentido del humor: Cómo vender tu moto aunque no tengas puta idea de montar en bicicleta. Y al abrirlo, comprobó que el haz de luz que arrojaba la lámpara de cabecera  apenas alcanzaba a alumbrar el vaso de agua de la mesilla de noche. Las páginas del libro quedaban en penumbra.

 Apagó la luz desesperado,  mientras se preguntaba quién sería el berzotas que había ideado la decoración de aquel hotel. Hasta que recordó que era un proyecto suyo.

 Entonces  pudo conciliar el sueño, convencido de que  al fin era en verdad un genio del diseño.

El Chiki, Rajoy y el efecto aspirador

Contaba esta mañana doña María en la radio que sus vecinos Lolinchi y Silverio estaban bastante decepcionados con el resultado de Chikilicuatre en el festival de Eurovisión. Silverio es artista chapista. Hace años deslumbró a los vecinos porque su hijo Igor David  hizo la primera comunión con un traje de Robocop II fabricado en su pequeño taller. El cura se mosqueó bastante, pero el niño se salió con la suya. Para Christian Jesús, que es el hijo pequeño, Silverio no ha tenido  ni que encender el soplete. El niño se emperró en tomar la primera comunión disfrazado de Chikilicuatre. Cuando se lo dijeron al cura, éste armó la de Dios es Cristo, y nunca mejor dicho,  y Lolinchi casi le estrangula por maltratar psicológicamente al niño. La verdad es que esperaban mejor resultado en Belgrado. Ahora, visto que aún con el 60% de audiencia televisiva el tal Rodolfo sólo ha conseguido ser el decimosexto, dudan si merece la pena apurar el órdago al párroco. Ellos querían que el traje del niño fuera original y suntuario –explica doña María-, pero después del sábado ya no lo es  tanto.

 La decepción de Silverio y Lolinchi es la de muchos. Los mismos que hasta el sábado veían en este personaje un artista provocador y revolucionario capaz hacer una falla de esa eurohorterada musical con la que nos afligen año tras año, le ven ahora como un ninot que no merece indulto alguno. Lo que podríamos denominar como efecto aspirador se ha detenido. Ahora parece que hay vida fuera de la órbita de Chikiicuatre.

 Todos somos un  poco Vicente, aquél que iba donde iba la gente. Nos convierten en dogma de fe a Pedro Almodóvar, a  Ferrán Adriá, a Javier Bardem, a Penélope Cruz o a Chikilicuatre y, si no nos gustan, quzás nos atrevamos a pasar de ellos. Hasta que un día el Duende mira a su alrededor y se ve solo. Entonces entra en funcionamiento el efecto aspirador, que tira de de él para cambiar su inseguridad por el respaldo de la masa. No es que le apasione el Chikilicuatre: es que le  da miedo no ser como los demás. Si no baila como un egipcio y no repite perrea, perrea – que ni siquiera sabe lo que significa-, es que no es de este mundo. Pues ea: se hace entusiasta del friki y pone su el alma en paz.

 Claro que las ovejitas campan por todas partes. ¿Qué me dicen de lo de Génova 13? Alguien levantó la voz en contra del jefe y cada día son más los que se suman al pim-pam-pum. ¿Pero hay alguien que creyera alguna vez en Rajoy? -me pregunta el Duende. Y no se qué decirle, salvo que me acuerdo de la insoportable levedad del ser.

Verde que te quiero. Verde

(Foto de Tomás Jorquera)

Verde que te quiero, verde/ Verde viento. Verdes ramas/ El viento sobre la mar/ y el caballo en la montaña…Qué sencilla, qué bonita y musical le parecía al Duende la lírica de Federico García Lorca cuando tímidamente se asomó a ella en su adolescencia. Dormían estos y otros muchos versos en un tomo encuadernado en tela verde de sus obras completas, recopiladas por Guillermo de Torre y publicada por la Editorial Losada en Buenos Aires. Siguen respirando sueños ahora en un anaquel de la casa del Duende. Verde, que te quiero verde…

 Años antes de esta edición fechada en 1944, Luis Figuerola-Ferretti Pena, poeta en sus ratos libres, se había presentado en la casa donde vivía el poeta en la calle de Alcalá, casi esquina a Goya. Justo en su plantaba baja, no podía ser de otra forma, hay ahora una tienda de La casa del libro. Llevaba el joven poeta  en sus manos un ejemplar del Romancero Gitano, que el genio granadino le dedicó e ilustró con uno de sus característicos dibujos algo ingenuos. Madrid era así de pequeño y confiado: tú escribías algo, ibas por el Café Gijón o el Ateneo, y podías conectar con  figuras como la de Federico, que además, dicen, era lo que se dice una persona simpática, ocurrente y encantadora. Desgraciadamente, aquel libro ungido por su talento siguió la suerte de tantos otros objetos curiosos que se distraen en préstamos o mudanzas, y el padre del Duende se pasó el resto de su vida lamentando su pérdida. Sólo se quedó con el aroma de sus versos.

 Los recuerda hoy el Duende porque  casi vencida la mitad de mayo, se asoma al pequeño parque que se extiende a los pies de su palomar y el pasto aún está verde. Otros años, por san Isidro, ya amarillean las espigas en los herbazales, pero rompió a llover cuando más falta hacía y gracias a eso se prolonga la primavera. No lo entiendo -se decía recitando los versos de Lorca-  dice que el viento, que no tiene color, está verde y no menciona la hierba, que es lo que realmente verdea. La lógica infantil, segura de que el ratón Pérez levantaba la almohada para dejar un billete de una peseta e incapaz de  ver el viento verde.

 Viento verde, campo verde. En un mes cambió la cara adusta y reseca del campo. En ese tiempo, las reservas de agua de Madrid han subido quince puntos. El látigo implacable del verano, que nunca falla, espera su turno. Pero entretanto, el verde de los versos de Federico  se adueña de este sábado, 24 de mayo.

 Por cierto, no es sólo el gozo del paisaje lo que anima el corazón del Duende. El verde es  el color de la esperanza,  y ésta pinta hoy en el horizonte  aún más vistosa que las amapolas.

Bienvenida, Alfonsina

Dicen que va a subir la luz un 11% y la noticia no causa particular indignación. Se disparan el paro y la inflación y los sindicatos no mascullan ni una palabra de protesta. Se desmorona el PP y hasta sus propios votantes lo contemplan con flemática resignación. El gobierno del Lendakari sigue ofendiendo al sentido común y da la sensación de que ya ni siquiera irrita a nadie. O al menos eso parece. Destrasvasamos el trasvase que no era tal y nadie tiene que perdonar nada a los que juegan con el Plan Demagohidrológico Nacional. Debe de ser que miramos para otra parte.

 Se diría que España pasa de España. O más exactamente, de eso que llamamos la política. Elegimos lo que queríamos el 9 de marzo y en dos meses el maravilloso globito se nos empieza a desinflar. ¿De qué nos vamos a quejar? ¿Cómo vamos a protestar contra nosotros mismos? Una buena dosis de aguantoformo y a distraerse  esperando el vuelo de la oropéndola.

 No es tan malo, convénzanse. En este estado de bienestar que, querámoslo o no, acaba siendo un opiáceo  para la conciencia, hay que aprender a desmarcarse y a buscarse la vida y la felicidad por cuenta propia. Hoy, por ejemplo, el Duende encuentra miguitas de ésta en Alfonsina, una nueva comentarista a la que da la más cordial bienvenida.

  Está convencido de que, con comentarios tan bien traídos como los suyos, incluso podría superar el trauma de que el arte del Chikilicuatre  no fuera reconocido por el Festival de Eurovisión.

Contra ETA y otros motivos para la náusea

La bella dama confesaba que no podía vivir sin flores alrededor, sin ir a todas las fiestas y sin lucir su palmito en el hipódromo los domingos. Y al final se preguntaba si no debería de aprender algo de inglés para no parecer tan tontita. No se preocupe -le aconsejaba un anciano con  canotier, monóculo y perilla. Siga siendo una frívola: vivirá más feliz y dentro de cien años nadie se acordará de ello.

 Se acordaba en cambio el Duende de esta escena de película cuando repasaba los marrones generales y particulares que uno se tiene que tragar cada día. La bestialidad de ETA, el cinismo de sus defensores, la eterna patraña de los políticos encubridores, la crueldad inconsciente de los tifones y los seísmos, las angustias que nos trae la crisis económica, las guerras que ya casi nos resbalan, la intolerancia, la memez,  la miseria moral, la ceguera de buena parte del género humano.  La náusea existencial. Y lo que te rondaré, morena: cada cual con su problema, con su dolor particular, con la esquirla de una obsesión o una preocupación clavada en su alma.

 Y en estas que su Vespa, que enfilaba la Gran Vía, se elevaba como las bicicletas de los niños amigos de E.T. y seguía el recorrido de la calle a esa altura en la que uno puede ver uno de los paisajes urbanos más bonitos de España, que es la estatuaria que corona los edificios representativos de Madrid. Cuántos romanos, cuántas cuadrigas, cuantos ángeles, cuantas deidades, cuantos escudos y medallones. Qué bonito, qué sugerente, qué estimulante pasar a su lado y rascarles las barbillas de piedra. Qué sensación de pequeño dios.

 Y qué trampa. Todo era producto de la pura imaginación. Y de una estrategia que consiste en estrangular la Ley de Murphy a tu favor: toda situación grave es susceptible de ser burlada con una o varias cataplasmas de frivolidad.

 Al final, ya en casa, y no sin mirar un instante el estupendo coche de bomberos de hojalata que le ha regalado uno de los lectores del blog, el Duende se premió con una chocolatina 72% de cacao, se lavó los dientes, y con el spray de espuma de afeitar escribió en el espejo el cuarto de baño: ¡Viva la frivolidad!

 Si no falla la terapia, dormirá como un príncipe.


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