Archivos para 30 julio 2008

El ciudadano eléctrico secundum Braulio

(Foto de nillo86, convierte la energía en música)

Mientras el Duende y sus lectores se desparraman por ahí para huir de la canícula, el mundo sigue. De manera irresponsable, algunos se han  tomado a chufla las propuestas del ministro de Industria Sebastián para ahorrar energía. Sin tener en cuenta que con sólo levantar el pie del acelerador, incrementar la duración de su viaje por carretera a Alicante en unos cuarenta minutos -los atascos no se contabilizan- y sudar un poco más podríamos ahorrar muchísima energía y aliviar nuestra balanza de pagos. Por cierto, nos regalan (nos regalamos) dos bombillas de bajo consumo con cargo al déficit. Pero de las nucleares, ni palabra. Eso sólo queda para los irresponsables de los franceses, a los que luego les compraremos electricidad convencidos de que proviene  del compostaje de la lavanda. Los gabachos entretanto, comme d´habitude: el corazón a la izquierda, y el bolsillo a la derecha.

Sin embargo, todo ha cambiado tanto en la España actual que ya no cabe el irónico que inventen de ellos de Unamuno. A Braulio, ese perpetuum mobile del ingenio chapuzante/tecnológico, se le ha ocurrido ofrecer al ministro novel su proyecto PEITOM, un plan de Producción de Energía Individual en Todo Momento. A falta de precisión de algunos aspectos puramente técnicos, avanzaremos que consiste en optimizar al ciudadano responsable convirtiéndole en una minicentral personal que producirá energía de diversas formas, según la hora y la actividad de día.

El ciudadano solar saldrá a la calle panelizado por placas fotovoltaicas, de modo similar a los curas baberos (baberones, más bien) o a esos hombres-anuncio que se pasean por las calles entre dos cartelones de Compro joyas o Pies sanos con SALFUMAN. El ciudadano eólico ha de equiparse con unos atalajes en los que van anclados varios molinillos, que moverán sus aspas a la velocidad del viento, a la del desplazamiento del individuo o a ambas sumadas, produciendo energía eléctrica como esos  miles de molinos gigantes que ilustran los paisajes españoles. Además, esta variante de  nuestro I+D es sumamente saludable. Rebaja la tripilla cervecera, reduce el colesterol, combate la osteoporosis y desatasca las coronarias. Finalmente el ciudadano hidráulico deberá instar unas miniturbinas en lugares claves del hogar, como bajo los grifos o en las paredes de la taza del retrete. Este sanitario, de no muy buena reputación, puede ser pieza clave en el sistema, pues producirá energía hidráulica cada vez que se vacíe la cisterna. Y además dará origen a la energía orínica, que será la generada por el chorro de orina percutiendo y haciendo girar las palas de la miniturbina. Desgraciadamente para el gobierno, aquí no cabe seguir el plan de igualdad, pues la fuerza de caída del chorrito no es igual en el hombre que en la mujer, por razones obvias. Como tampoco transmite el mismo impulso un pis de Pau Gassol o del sindicalista Fidalgo que otro de Jiménez Losantos, cuya cota de micción es sensiblemente baja.

En fin, parece  un invento del profesor Franz de Copenhague, pero es del gran Braulio. Y aunque según los ingenieros de ENDESA, hay que perfeccionar aspectos como la acumulación y la distribución de los kilowatios así producidos, los expertos coinciden en que el plan está en la misma línea compromiso con el progreso y, sobre todo, de rigor y realismo, que sigue el gobierno. Si es que nos quejamos sin saber lo que tenemos, ya les digo.

Wagner ¿divino o inhumano?

(Foto de John and Keturah)

En Bayreuth, la meca de los wagnerianos, levitan este año con Tristan e Isolda. Como cualquier puesta en escena que se precie hoy día, ahí no aparece ni un barbudo, ni un vikingo con cuernos, ni un guerrero, ni una deidad como las que nos enseñaban los santos de los libros de las leyendas germánicas. (Por cierto, gracioso: ¿se acuerda alguien de cuando a las imágenes de los libros se les llamaba santos?). Es la modernidad. La música es la misma que escribió don Ricardo. El mismo texto. Pero se aligeran los decorados y el vestuario. Mientras el cine engaña cada día más con efectos especiales, el teatro, y especialmente el musical, se desnuda, y engaña cada día un poquito menos. A los nibelungos y a las walkirias ahora les visten gente como Tony Miró o Adolfo Domínguez. Viva el minimalismo.

Mientras tanto, en Radio Clásica –una de las que aún no ha desfigurado del todo la nueva dirección de RNE- reproducen esta tarde El anillo de los nibelungos. Como suele hacerse antes de cualquier audición, una voz resume el argumento antes de que empiece a sonar la música. Resumir…¡ja! ¿Hay alguien que haya podido retener alguna vez el espeso argumento de una ópera de Wagner?

En las orillas del Rihn, la doncella Trunilda depila sus pantorrillas con cera de abeja perfumada con esencias de malvavisco. Al paso de una barcaza, los marinos la obsequian con cánticos varoniles que pretenden llamar su atención. Pero, persuadida de sus perversa intenciones pecaminosas, Trunilda se lo advierte a Roderico, que, como camarero mayor de Odine, tiene el privilegio de manejar la espada sagrada en contra de los herejes, y le promete bordar su capa con hilo de oro si hace naufragar la nave. Roderico parece seducido por la posibilidad de ganarse así el corazón de Trunilda. Pero desde la torre almenada del castillo de Junglfrüchte Cunegunda, que persigue desde tiempo atrás los favores de Roderico,  observa la maniobra. Y, despechada, escribe un billete que enrolla en la pata de una paloma mensajera para enviárselo a Wothan, famoso por sus regurgitaciones de codillo con schucrut y por su odio a Roderico. Wothan, antes de tomar decisión alguna, consulta con la sacerdotisa Sisemutten, que abre las entrañas de una garduña para leer en ellas la voluntad de los dioses. Según los idus de julio y las pestilentes heces de la garduña, sólo si antes rescata el sagrado nabo que crece en las laderas del gigantesco monte Kokonutt y se lo ofrece como holocausto a la walkiria Hildegarde conseguiría sus propósitos. Wothan recluta una compañía de genízaros y otra de lansquenetes que, capitaneados por el endriago Bertoldo, rescatan el nabo sagrado, no sin que las laderas del Kokonutt queden empapadas en sangre. Sin embargo Hildegarde, prima segunda de Sisumutten, no ha olvidado la humillación de Wothan, que había difundido entre los maestros cantores  de Nuremberg la especie de que ella  disimulaba sus pechos planos con ovillos de estopa ocultos bajo sus hopalandas. En consecuencia decide vengarse engañando a Wothan diciendo que nunca conseguirá a Trunilda, porque ella reniega de los pelirrojos, y Wothan tiene el cabello como la zanahoria. Desesperado éste, devuelve la paloma mensajera diciendo que Cunegunda se busque la vida, a lo que ésta, despechada, responde seduciendo al tritón Nepomuzenen para que se sumerja en lo más proceloso del Rihn, ancle la barcaza justo frente al remanso donde Trunilda se depilaba y, emergiendo de las profunidades ya encarnado como un gallardo príncipe, conquiste a la doncella de las bellas piernas mientras los marineros celebran el encuentro entonando el famoso coro “Ich liebe Trunilde depilatten”. Al ver Trunilda que los marineros no son tan obscenos como creía, cede su irritación, y empieza a mirar a Nuepomuzenen como algo más que un anfibio, por lo cual advierte a Roderico que ha perdido la aguja y el dedal, y no podrá bordarle la capa con hilo de oro. Decepcionado, Roderico se retira a la Walhalia a comprar un boleto de la Primitiva mientras Cunegunda se arroja al vacío desde la torre almenada, cayendo sobre el nabo sagrado que era portado por las huestes de Wothan. Este, indignado por el final de Cunegunda, abandona su plan de venganza y decide tomar los hábitos en el convento  de Beda el Venerable. Finalmente, Trunilda y Nepomuzenen se casan, y son aclamados por los genízaros, los lansquenetes, Bertoldo y los paisanos ribereños del Rihn en el banquete cuyo plato principal es el nabo sagrado con galantina de faisán de Westfalia. El anillo del nibelungo, por cierto, aparece en la sección de objetos perdidos del Ayuntamiento.

Parece un absurdo, un rollo o un galimatías sin pies ni cabeza. Pero en realidad no difiere tanto del resumen de cualquier libreto de Wagner. Y es que no hay que simplificar sus puestas en escena. Para que este genio, tan divino, fuera asimilable por los humanos, alguien debía de atreverse a aplicar el minimalismo extremo al  despelote superlativo que son sus óperas. Lo demás es abundar en esa oscuridad que sólo ilumina a los privilegiados wagnerianos malgré tout.

La hija del capitán Figuerola-Ferretti

-¿Tiene algún parentesco con el capitán Carlos Figuerola-Ferretti?-le preguntó el general Gutiérrez Mellado el día que un amigo común les presentó.

 -No llegó a ser mi tío -contestó el Duende-Yo nací en 1946.

 -Pues sepa usted que aunque no fue de los primeros de la promoción, sí fue de los más valientes.

 Y el Duende respiró feliz.

 De repente releía sin nostalgia aquel emotivo -y bellísimo, no se lo pierdan- poema de León Felipe que se titula ¡Qué lástima!. Qué lástima que yo no tenga un abuelo /que ganara una batalla/ retratado con una mano cruzada/ en el pecho, y la otra en el puño de la espada. El Duende tampoco tuvo ese abuelo, pero quedaba la memoria del tío Carlos, que ganó varias batallas antes de una granada le segara la vida en el frente ruso. Y justo unos días antes de repatriarse.  Los abuelos llevaban con tanta resignación su dolor por la muerte del hijo en aquella guerra lejana, que preferían no hablar mucho del asunto. Y tuvo que ser el admirable general que plantó cara a Tejero el que le recordara el honor y la gloria de su compañero de armas. Desde entonces, la prima Ana María, a la que sólo había visto con su padre en una diminuta foto en blanco y negro de la época, pasó a ser la hija del capitán Figuerola-Ferretti.

 Y la niña no salió menos valiente. Vivía con su madre viuda en Toledo cuando, como ella, se enamoró de un militar, esta vez teniente del Ejército del Aire. Se casaron y tuvieron cinco hijos. Desgraciadamente, su marido Juan Remírez de Esparza, que ya había ascendido a comandante, murió pilotando el primer Phantom que se estrelló en España. La prima Ana María reeditaba así la tragedia de su madre con cinco chiquillos agarrados a su falda. Pero, como la Madre Coraje tirando del carro en el drama de Bertold Brecht, no le volvió la cara al destino, y sin una sola lágrima de más, tuvo arrestos para sacar adelante a la familia con notable éxito. Aún le quedaba a ésta sin embargo el trago más amargo. Uno de los hijos, que continuaba la tradición de aviadores, también perecería años después en el accidente de un vuelo militar que ayudaba a sofocar un incendio en Galicia. Padre, esposo e hijo perdidos en acción de servicio. Demasiado para cualquier mujer. Siempre que no sea como la prima Ana María, que ha sabido sublimar su dolor y convertirlo en balsámicas sonrisas para los demás. Qué mujer. 

 En casos cómo éste siempre se pregunta uno qué puede hacer por las personas que sufren tanto infortunio. Nunca lo ha sabido el Duende. En cambio sí tiene claro lo muchísimo que ellas hacen por los demás. Basta ver cómo mantienen el tipo, sin que el llanto yugule la mucha vida que llevan dentro, para que todos tomemos conciencia de lo importante que es la voluntad y el coraje. Como ocurre con otra muy valiente Ana –Ana María Vidal-Abarca, viuda del comandante Velasco, asesinado por ETA– cada encuentro con ellas es una loción de tónico vital. Por muchos años.

 Así que fue doble alegría felicitarle por su santo y saber que lo disfrutaba en una playa gallega. Porque la prima no se resigna, y, consciente de que el destino le debe tanto, está dispuesta a cobrárselo con creces. De momento, en su Administración de Lotería de la calle de Narváez 56 ya ha repartido varios gordos de Navidad que su primo el Duende no pilló por los pelos. Y mal harían los lectores de este blog si, a partir de ahora, no compran ahí los décimos que sin duda acabarán recompensando la meritoria historia de la hija de este noble capitán de apellido tan familiar.

El día de santa Ana

(Foto de Cosmovision)

En esta España laica nos inventamos más patronos que santos y santas hay. Ayer, 27 de julio, resulta que era el día de los abuelos. Gracia que han alcanzado san Joaquín y santa Ana, padres que fueron de la Virgen. Era por tanto el día del Duende, abuelo por dos y que pronto lo será por cuatro. No le felicitaron sus nietas porque, aún con su buena voluntad y sus derechitos humanos, todavía no alcanzan el privilegio de ser criaturas de Isidoro Álvarez, e ignoran que en días como el de ayer hay que festejar a los abuelitos, decirles poesías, regalarles un dibujo de una palomita y, para ponerle laguinda, un buen cheque-regalo del Corte Inglés que incremente el consumo y alimente la recuperación de nuestra lánguida economía. Cuánto les queda a lasmuy inocentespara aprender a ser ciudadanas ejemplares.

El Duende no siguió el rito consumista, por miserable y por objetor de conciencia. Pero sí cumplió con algunas de las Anas conocidas. El Duende lleva a unas cuantas en el listín del móvil. Unas primas, otras amigas, unas serias, otras no tanto. A ellas, lógico, les felicita la onomástica, que es algo que en estas generaciones se celebraba bastante más que el cumpleaños. El Duende pertenece a ese género de mortales que no sabe hablar por teléfono. Le cuesta ser amable, y no digamos entrañable. Por eso, en ocasiones festivas se transforma para sorprender de otra forma.

-¿Doña Ana Fulánez? -pregunta- Le habla Jorge Casadell, director de Comunicación y Relaciones Públicas de Lencería Clemente, su cuerpo resplandeciente.

Por el momento, silencio al otro lado del teléfono.

-Mire usted -continúa la voz atildada y untuosa, como corresponde al cargo y al apellido- Ha tenido la fortuna de ser seleccionada entre un grupo realmente escogido de damas de nuestra sociedad para recibir como regalo por su onomástica un lote de productos de nuestra marca de la línea Top Charme consistente en un conjunto de sujetador, braguita, liguero, medias,  salto de cama y picardías, completado todo ello por un par de pantuflas de tacón forradas en raso y con borlón de marabú tipo Zsa Zsa Gabor.

Aquí alguna se mosqueó y le mandó al Duende a hacer puñetas, pero las demás tomaron el número y agradecieron la felicitación, al margen de prometer que aceptarían encantadas el regalo de Lencería Clemente.

Nadie es `perfecto, y el Duende no pudo llegar a todas sus Anas con esta impostura. Una de las más bellas es Ana Arámbarri, amiga de verdad en tiempos difíciles, y hoy diseñadora de joyas de gran éxito. Otra de las más admiradas es Ana Vidal-Abarca, a la que ya dedicó en su día un post. ¿Les dirá alguien que en día como ayer el Duende las recordaba con  inmenso cariño?

Y finalmente quedaba su prima Ana María Figuerola-Ferretti. Una historia tan digna de admiración que se merece un post aparte. Léanla, que a lo mejor les trae suerte.

El honor de ser pregonero

(Foto de Juanele)

Para hacer el pregón de unas fiestas –le aconsejaron una vez al Duende- mejor ser el hombre de la tónica que Demóstenes. Demóstenes era, según la tradición, un maestro en la oratoria, que es algo teóricamente muy apreciable a la hora de pregonar. El hombre de la tónica en cambio era un actor francés cuyo nombre ahora no se recuerda, pero que en una época fue considerado popular. Unas veces, porque otras se le diría simplemente famoso. Y famoso, lo que se considera famoso de verdad, es sólo el que sale en la tele. Corolario final: da igual en calidad de qué salgas por la pequeña pantalla. Si la gente identifica tu careto serás la sensación del pueblo, y al menos una o dos niñas te señalarán alborozadas como al mono de la casa de fieras.

-Mira, mama -no mamá- ¡Un famoso!

Eso al parecer prestigia a las fiestas populares.

Suele oponer este argumentario el Duende siempre que han reclamado de él el favor – preséntese como honor, por no faltar al prestigio de la muy honorable villa de turno-de ser pregonero de las fiestas de una ciudad, villa, pueblo, aldea, villorrio o pedanía, que en todas las garitas se ha hecho guardia ya a estas alturas. Pero que si quieres arroz, Catalina. Si el edil de turno te conoce y confía en ti, presume que todo el pueblo lo hace. Sin embargo el personal se pasa el día pastoreando cabras, o cultivando espárragos, o bordando mantelerías, o labrando las higueras con el tractor. Y cuando vuelven a casa o al bar, prefieren ver la tele, que es lo que les distrae más. Veinte años de radio no dan la popularidad a nadie. La pedanía de El Raso, un barrio de Candeleda, escuchó del Duende el pregón de las fiestas del Apóstol Santiago como quien escucha a un loquito a las puertas del mercado. ¿Eso qué es lo que es?-que diría Carlos Herrera con su acento almeriense. Una oreja, sólo una oreja, de Jesús Vázquez que se hubiera asomado al micrófono, habría tenido más éxito. Y no digamos nada si aparece una uña de Casillas, una papada de Isabel Pantoja o una teta de Belén Esteban.

No sabe el Duende en su perspicacia si se habrá notado que no le gusta nada dar pregones. Como suele predicar cada vez que le piden ser duende sin poder hacerse el invisible, y careciendo de la popularidad del hombre de la tónica, sólo lo haría o por mucho cariño o por mucho dinero. Espero que esta vez al menos quede claro su inmenso afecto por el Raso, un lugar que aunque sólo fuera por su castro celta, tan hermosamente plantado en las laderas de Gredos,  bien merece una visita. Aunque sea pasadas las fiestas, y el viajero se pierda esos pregones de famosos que no dicen demasiado.

Divagaciones de un puente de verano

No era del todo cierto que la ciudad se hubiera quedado vacía. Nadie entre sus familiares y amigos había dejado de aprovechar el puente de Santiago Apóstol, pero, a pesar de conocidas ausencias, y de que eso acrecentaba su sensación de soledad, aún quedaba mucha gente en Madrid.

-Tampoco vives solo en el mundo -le había dicho su psicóloga, en una de las primeras sesiones- Has de acostumbrarte a que tu asimetría en el espejo no es lo más importante que le sucede a la humanidad.

Fue aquel el primer brote de Salvacentrismo, como familiarmente bautizaron entre él y la doctora el complejo que le inquietaba y que le había llevado al gabinete de consulta de aquella prestigiosa especialista. De repente un día, mientras se administraba la loción aftershave,  Salvador advirtió que si una línea ideal dividiera su cara por la mitad del entrecejo siguiendo la  línea del lomo de su nariz, y las dos mitades de su rostro se plegaran sobre sí, el área facial izquierdo no coincidiría exactamente con el derecho. Santo cielo, qué sinvivir. A este imperdonable error de la topografía corporal se añadió lo que le apuntó el sastre.

 -No es que esté mal hecho, don Salvador -comentó mientras marcaba la tela con su jaboncillo- pero tiene usted la cadera derecha más subida que la izquierda. Y si no le alargo un centímetro y medio la pernera del pantalón, aparte de quedarle pesquero esa prenda va arruinar mi prestigio.

 No pudo tolerar Salvador tamaño desafío a la lógica que guiaba su vida, e insistió en que el sastre le dejara el largo del pantalón por igual, cayese quien cayese. El pantalón se remató según su santa voluntad, y no cayó nadie, ni tampoco la pernera derecha que, como denunció el honrado profesional, quedó corta, pesquera y exhibiendo vergonzosamente el canalé del calcetín. Tampoco llegó a caer el prestigio del tijeras, pues Salvador, al verse aún más ridículo ante el espejo, le rogó de inmediato que rectificara, y camuflara así a los ojos de los demás el dolor íntimo de saberse asimétrico.

 Fue salir del sastre y ponerse en manos de la psicóloga, a la que ahora le consultaba las múltiples obsesiones y dudas que acarreaba el Salvacentrismo : por qué me preocupa tanto la asimetría corporal, por qué creo que  en los puentes la ciudad está vacía cuando me consta que el parque hay varias timbas de jubiletas que juegan al tute subastado, por qué no tengo valor para decirle a la vecina del cuarto que, por Dios, se arranque esos dos pelazos que hacen impresentable el lunar  grande que se le extiende cabe la nariz, por qué no hay doctrina clara sobre el modo de conservar el chocolate en verano.

 -Verá, Gladys -la psicóloga, que le atendió por teléfono desde una playa canaria, naturalmente, es argentina y se llama Gladys- Según los chocolatófilos el chocolate en frigorífico pierde sabor. Pero a partir de los veintiséis grados, cosa habitual en el verano de Madrid, es casi imposible manipularlo sin dejar las huellas dactilares en él, y pienso que se estropea. Y no se qué hacer, y la duda me quita el sueño, y lo relaciono con el deshielo del ártico, y la negra suerte del oso polar, y el cambio climático…Total, que me veo como una de esas criaturas monstruosas que pintó el Bosco. Y peor aún: me dan ganas de arrojarme a la sima del Averno y escapar del cuadro…

 Gladys le calmó. Le recordó que, pese a sus asimetrías, era un hombre mucho más guapo que las criaturas del Bosco, y que en modo alguno debían pensar en quitarse de en medio.

 -Este….sobre lo del chocolate puedo opinar poco, porque a mí me gusta más el dulce de leche, vos sabés.  Pero creo que sería una buena terapia dedicar la tarde a comentarlo  con muchas de esas personas que quedan en la ciudad. Recuerda, Salvador- insistió- No estás solo, ni eres el eje alrededor del cual gira el mundo.

 Suspiró aliviado, antes de colgar el teléfono. Consciente de que, al cabo, lo que en verdad le oprimía era el tedio de un puente veraniego en la ciudad, se echó a la calle dispuesto a ventilar de una vez sus ridículos problemas. Pero cuando llegó al parque donde los jubiletas jugaban al tute, la tableta de chocolate  que llevaba como referencia se había derretido tanto que no daba ni para el debate.

 Y volvió a casa convencido de que el hombre feliz quizás no tomara chocolate.

 

 

Durmiendo abrazado a un botijo

El cronista Concordio Bezal lo tenía muy difícil. Esperaba a que la luna del 24 de julio, jueves, despuntara por encima de los tejados para liberar a la musa.

  La musa tenía trabajo. Debía de inspirarle tres artículos de distinto calado. Uno para la Gacetilla Local, en la que tenía pensado denunciar la dificultad para pulsar el botón que abría el caño  de las fuentes públicas. Según sus trabajos de campo, ningún niño de menos de ocho años ni nadie por encima de los setenta tenía la fuerza suficiente para percutir sobre el endemoniado botón de latón que abría el chorro. Su muelle ofrecía tanta resistencia que incluso Barbatán González estrella del catch madrileño de los años cincuenta y primo segundo del gran Hércules Cortés había renunciado a beber agua gratis. Ahora, como los turistas, paseaba por Madrid añorando su gloria perdida con una bolsa del Corte Inglés en una mano y un botellín de agua mineral en la otra. Qué deterioro de su prestigiosa imagen.

 El segundo artículo iría destinado a El afinador, que al contrario de lo que indicaba su nombre, no era el órgano de expresión de los fabricantes de pianos, sino una revista literaria donde se limpiaba, se fijaba y se daba esplendor al idioma. Según Concordio, estas funciones habían sido abandonadas por los académicos porque la Academia de la Lengua era una casa de putas. Los amigos del cronista pensaban que esto lo decía en sentido figurado, y le disculpaban. Pero un día Concordio explicó que no, que lo decía en sentido literal. Según sus noticias, el barrio de los Jerónimos acogía en los años cuarenta a buen número de mujeres que, aprovechando la timidez de las farolas de esas calles tranquilas, hacían manualidades sotopantaloneras a cambio de tres pesetas y la voluntad. Algún académico rijoso apuntó que había que regenerarlas, y solicitó que fueran admitidas como aprendices de archiveras y documentalistas. Esto lo contó Concordio en el Café Gijón, y le valió la reprimenda de otro académico que, casualmente, tomaba un gin fizz, y que amenazo con querellarse contra él por calumnias. A partir de entonces Concordio templó sus acusaciones, y las calificó sólo de leyenda urbana.

 Como, con querella o sin ella, Concordio quería hurgar en el idioma para mejorarlo, pensaba escribir el artículo de aquella noche sobre la necesidad de afinar el término tatarabuelo (a), que según el diccionario es el padre o madre del bisabuelo o bisabuela. Comoquiera que sus conocimientos de griego le decían que en la lengua de la antigua Hélade tétares es cuatro, y tatarabuelo era una clara derivación de esa palabra, entendía que el así llamado debía ser el abuelo de cuatro generaciones. Por lo que era urgente crear el neologismo trisabuelo/trisabuela, que sería el padre o madre del bisabuelo, hoy incorrectamente llamado tatarabuelo, y reservar esta palabra para el progenitor de aquellos. Concordio esperaba que por esta brillante reforma le dieran algún premio, a ser posible pensionado.

 Finalmente el tercer artículo estaba destinado a poner al gobierno a caer de un burro. En este caso el trabajo era menor. Bastaba rescatar de su archivo cualquier otra de sus celebradas columnas políticas, adecuar las fechas a las actuales,  cambiar el Proyecto de Ley de Paso a Nivel por el PREBO  (Plan de Relanzamiento del Encaje de Bolillos, que tanto se debatía en esos días) y mandarlo a la redacción.

 Esperaba Bezal, en efecto, que con la luna despertara la inspiración. Pero era la noche más calurosa del verano,  en el bar de copas de la esquina sonaba machaconamente La barbacoa  de Georgi Dan, y las ventanas abiertas para ventilar el sofoco disipaban a la musa. Mientras una de ellas ofrecía la estampa de una sueca jamona que repasaba sus piernas con la Epilady a la luz de un flexo, otra mostraba a un conductor del Parque Móvil  en camiseta fumando un cigarro con el mismo gesto dramático del príncipe Segismundo  en La vida es sueño.

 La luna, mermada, acabó por salir con desgana. Y un gato negro corrió por el tejado para festejarla. Pero el termómetro no bajaba de los veinticinco grados, y Concordio concluyó que con ese panorama la musa nunca podría estar a la altura de su categoría intelectual. Así que se abrazó al botijo y se metió en la cama con él esperando conciliar el sueño.

 

 


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