Divagaciones de un puente de verano

No era del todo cierto que la ciudad se hubiera quedado vacía. Nadie entre sus familiares y amigos había dejado de aprovechar el puente de Santiago Apóstol, pero, a pesar de conocidas ausencias, y de que eso acrecentaba su sensación de soledad, aún quedaba mucha gente en Madrid.

-Tampoco vives solo en el mundo -le había dicho su psicóloga, en una de las primeras sesiones- Has de acostumbrarte a que tu asimetría en el espejo no es lo más importante que le sucede a la humanidad.

Fue aquel el primer brote de Salvacentrismo, como familiarmente bautizaron entre él y la doctora el complejo que le inquietaba y que le había llevado al gabinete de consulta de aquella prestigiosa especialista. De repente un día, mientras se administraba la loción aftershave,  Salvador advirtió que si una línea ideal dividiera su cara por la mitad del entrecejo siguiendo la  línea del lomo de su nariz, y las dos mitades de su rostro se plegaran sobre sí, el área facial izquierdo no coincidiría exactamente con el derecho. Santo cielo, qué sinvivir. A este imperdonable error de la topografía corporal se añadió lo que le apuntó el sastre.

 -No es que esté mal hecho, don Salvador -comentó mientras marcaba la tela con su jaboncillo- pero tiene usted la cadera derecha más subida que la izquierda. Y si no le alargo un centímetro y medio la pernera del pantalón, aparte de quedarle pesquero esa prenda va arruinar mi prestigio.

 No pudo tolerar Salvador tamaño desafío a la lógica que guiaba su vida, e insistió en que el sastre le dejara el largo del pantalón por igual, cayese quien cayese. El pantalón se remató según su santa voluntad, y no cayó nadie, ni tampoco la pernera derecha que, como denunció el honrado profesional, quedó corta, pesquera y exhibiendo vergonzosamente el canalé del calcetín. Tampoco llegó a caer el prestigio del tijeras, pues Salvador, al verse aún más ridículo ante el espejo, le rogó de inmediato que rectificara, y camuflara así a los ojos de los demás el dolor íntimo de saberse asimétrico.

 Fue salir del sastre y ponerse en manos de la psicóloga, a la que ahora le consultaba las múltiples obsesiones y dudas que acarreaba el Salvacentrismo : por qué me preocupa tanto la asimetría corporal, por qué creo que  en los puentes la ciudad está vacía cuando me consta que el parque hay varias timbas de jubiletas que juegan al tute subastado, por qué no tengo valor para decirle a la vecina del cuarto que, por Dios, se arranque esos dos pelazos que hacen impresentable el lunar  grande que se le extiende cabe la nariz, por qué no hay doctrina clara sobre el modo de conservar el chocolate en verano.

 -Verá, Gladys -la psicóloga, que le atendió por teléfono desde una playa canaria, naturalmente, es argentina y se llama Gladys- Según los chocolatófilos el chocolate en frigorífico pierde sabor. Pero a partir de los veintiséis grados, cosa habitual en el verano de Madrid, es casi imposible manipularlo sin dejar las huellas dactilares en él, y pienso que se estropea. Y no se qué hacer, y la duda me quita el sueño, y lo relaciono con el deshielo del ártico, y la negra suerte del oso polar, y el cambio climático…Total, que me veo como una de esas criaturas monstruosas que pintó el Bosco. Y peor aún: me dan ganas de arrojarme a la sima del Averno y escapar del cuadro…

 Gladys le calmó. Le recordó que, pese a sus asimetrías, era un hombre mucho más guapo que las criaturas del Bosco, y que en modo alguno debían pensar en quitarse de en medio.

 -Este….sobre lo del chocolate puedo opinar poco, porque a mí me gusta más el dulce de leche, vos sabés.  Pero creo que sería una buena terapia dedicar la tarde a comentarlo  con muchas de esas personas que quedan en la ciudad. Recuerda, Salvador- insistió- No estás solo, ni eres el eje alrededor del cual gira el mundo.

 Suspiró aliviado, antes de colgar el teléfono. Consciente de que, al cabo, lo que en verdad le oprimía era el tedio de un puente veraniego en la ciudad, se echó a la calle dispuesto a ventilar de una vez sus ridículos problemas. Pero cuando llegó al parque donde los jubiletas jugaban al tute, la tableta de chocolate  que llevaba como referencia se había derretido tanto que no daba ni para el debate.

 Y volvió a casa convencido de que el hombre feliz quizás no tomara chocolate.

 

 

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4 Responses to “Divagaciones de un puente de verano”


  1. 1 lola julio 26, 2008 en 9:06 pm

    Con ese nombre Salvador no tendría que sentirse solo, ni deberían inquietarle tanto las pequeñas imperfecciones del cuerpo humano. Salvador podría intentar mirar hacia su interior y seguramente encuentre la belleza que no consigue ver en su rostro ni tampoco en el de la vecina. ¿Por qué no prueba a compartir el chocolate antes de que se derrita? Hombre, pero no elija los jubiletas del parque, ni tampoco la pepsicóloga. Seguro que muy cerca hay personas que le quieren pero su salvacentrismo no le permite se laissez aller. Intente salvar a alguien de una situación difícil aunque sea un pajarito, como el que se ha colado en mi chimenea y no podía salir. Atrapado en el interior, aleteando con fuerza luchaba para escapar de la oscuridad y encontrar de nuevo el cielo azul. Al desmontar parte de la chimenea intentaba una y otra vez atravesar el pequeño espacio que le ha permitido recobrar de nuevo su libertad. Ha salido rápido, asustado, ha descansado un breve instante en la cortina del salón. Negro como el carbón ha desaparecido entre los árboles y me he sentido inmensamente feliz.

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  2. 2 wallace97 julio 26, 2008 en 9:29 pm

    ¡Pues qué suerte tengo! No tomo chocolate, y me da exactamente igual cómo me quede el largo de los pantalones. Hoy sin ir más lejos, he ido a recoger unos que me habían tenido que cortar y ni siquiera me los he probado.
    Una persona aburrida es como una mosca cojonera. Y curiosamente cada vez hay más, en contra de lo que diría la lógica. Y cuando algo va en contra de la lógica, no es que falle ésta, lógicamente.
    ¡Y mira que es difícil aburrirse! A mis años todavía no lo he conseguido, quizá sea de puro torpe que es uno. Pues nada, ¡viva la torpeza!
    Otra cosa, la sensación de soledad en Madrid es mayor cuanta más gente hay en la ciudad. Y esto también es lógico, aunque vaya en contra de la lógica de Salvador, que por lo que se ve no lo es tanto. Pero bueno, viendo la parte buena, así puede vivir Gladis.

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  3. 3 Bob de Ca's Barber julio 27, 2008 en 10:29 am

    Lo que me parese es que el señor Salvador está un poco aburrio, y eso es un poblema porque la vida se vuelve aun más aburrida todavía, si tuviese… varios “cavecs” por exemplo (objeto para cavar la tierra), yo tengo uno pa yerva pequeña, otro pa grande, otro pa cuando la tierra está seca, otro pa las esquinas… la questión que siempre hay trosito pa trabajar y es fabuloso como te sientes después de cansao! y lo descansada que queda la tierra y los árboles que pueden respirar, entonses ves que la simetría es pa las matemáticas del colegio porque el dia dia no las emplea mucho, nada es de la misma forma ni del mismo color, mis amigos de Pina lo saben muy bien porque pasan el dia sentaos en el banco que está al prinsipio de la carretera entrando al pueblo, como ara somos más, idò hemos traido unas sillas de plástico de las berbenas del pueblo y nadie se ha dao cuenta, entonses allí unas cuantas horas…¡Mumareta meua! lo que ves! de simetría nada de nada, la puesta de sol nunca es igual, ni el sielo, ni los coches que pasan,ni el sentro verde de enfrente (antes se desia el basurero) ni los susesos del lugarsito tampoco, por suerte! 🙂

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  4. 4 José Ramón julio 28, 2008 en 2:52 pm

    Tiene razón Bob. Como dijo no sé quién, sólo están ordenados los cementerios. La vida no es simétrica.
    Añado una cuestión técnica: Los animales tienden a ser simétricos por fuera para correr mejor, nadar, volar, etc, con el mayor equilibrio posible, pero tienden a ser asimétricos por dentro (corazón, hígado, páncreas, etc). Se diría que tenemos dos tendencias contrarias en nuestra estructura.
    Las plantas son más asimétricas es sus tallos y raíces, pero suelen ser simétricas en hojas y frutos.
    (Y esas simetrías nunca son perfectas. La perfección es la falta de perfección).

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