Archivos para 31 agosto 2008

La voz del domingo por la tarde

Vicente Marco

Vicente Marco

Era el hombre del domingo por la tarde. Algunos de ellos se hacía adorable, otras no tanto. Sobre todo cuando daba paso a Pepe Bermejo, y éste, desde el Metropolitano resumía el mal partido del Atleti con notable displicencia. Al Duende siempre le parecía que en Carrusel Deportivo también se le trataba mejor al Madrid, porque ganaba más partidos que el equipo de enfrente. Porca miseria. Entonces la SER, ya era cadena, pero no escuchábamos tanto la SER como Radio Madrid. Apenas se cuidaba el lenguaje empresarial, y las emisoras de radio no buscaban tanto impresionar por su tamaño como por su cercanía. Radio Madrid quedaba a un paseo de casa, en la Gran Vía. Y sus voces de referencia eran todas amigas de verdad. Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Matilde Conesa, Boby Deglané, Joaquín Peláez…Y Vicente Marco.

A Pedro Pablo Ayuso, que era algo así como el Gary Cooper de las ondas, no le vio el Duende en vida más que una vez. Resultó que tenía barriga, como cualquier funcionario de la época. A Boby Deglané le vio más veces, porque veraneaba en el pueblo de su mujer, que era Arenas de san Pedro. Los chiquillos de entonces adorábamos a Irma, su hija, a la que sólo volvió a ver el Duende una vez desde entonces. Juana Ginzo -ya visualizada por un pequeño papel cinematográfico en Los ladrones somos gente honrada, con Pepe Isbert, José Luis Ozores y Antonio Garisa- le encajó tal cual la abocetaba, solo que resultó ser más rojilla de lo que daba por las ondas. A Joaquín Peláez se lo encontró en el vetusto ascensor de Gran Vía 32, cuando hacía sus primeros pinitos en aquella radio, que ya era claramente la SER. De entonces data su convicción de que no hay que ponerle cara a la voz que te subyuga, porque siempre es mucho peor que la ilusión. Y al muy admirado Vicente Marco, que se inventó Carrusel Deportivo le saludó varias veces, cuando, ya retirado asomaba por la radio como parte viva de su historia.

Era un hombre menudo, de voz ya algo tenue, discreto, educadísimo, siempre sonriente y amable. Le dijo el Duende entonces que era la voz de sus domingos por la tarde, cuando en la monotonía de lluvia, merienda de pan con mantequilla y deberes escolares uno buscaba en el gol de Escudero o en el regate de Enrique Collar la única alegría que por ahí daban gratis. El sueño de la radio, tan inocente entonces  que para acuñar el nombre del primer gran programa de deportes acudía a un carrusel  como aquel de caballitos que plantaban en los solares de Moncloa, delante  de la cervecería El laurel de Baco.

Es tramposa tradición la de escribir la necrológica de una persona notable ad majorem gloriam del abajo firmante. También el Duende es carne mortal, y reconoce su pecado de vanidad. Pero debe confesar que  guarda como uno de los mejores recuerdos de su vida radiofónica el afectuoso apretón de manos que le dio Vicente Marco cuando se lo presentaron. Mi señora y yo escuchamos a doña María desde casa –le dijo el veterano radiofonista- y nos divierte mucho…No la abandone nunca.

El caso es que doña María montaba sobre uno de los caballitos del carrusel y éste se ha detenido con la muerte de don Vicente. Desde la grupa de madera pintada en vivos colores, y enjugando una lagrimita que le emborrona la sombra de los ojos, ve cómo el tiempo se nos escurre entre los dedos, y recuerda con cariño aquellas tardes de domingo en que aquella voz amistosa, todo equilibrio y señorío, anunciaba la victoria del Atleti.

El hombre que no supo bordar el amor

Foto de Ana999.rm)

El se enamoró de Judith en un taller de escritura. Era ya un hombre maduro, en esa edad en la que la gente entiende mucho mejor que te intereses por la numismática o por el bel canto que por una chica de ojos grises rasgados, fino talle y largas piernas blancas. A pesar de todo se enamoró. Se lo dijo decenas de veces: en prosa, en verso libre, en cuartetos, quintillas, décimas, madrigales, sonetos y en largos poemas que aprovechaban, lección por lección, las clases de literatura práctica. Ella consentía calladamente, sin excesivos arrebatos de pasión, pero sonriendo siempre.

 Al poco, le dedicaba algún cuento breve lleno de metáforas sugerentes. El le pedía algo más, pero ella parecía disfrutar apurando su papel de seductora inexpugnable.

 Con los años, y después de mucho trabajo, él consiguió encerrar todo su amor por ella en una voluminosa novela romántica ambientada entre los lagos de Escocia, las ruinas de Petra y el casino de Cartagena, donde el protagonista renuncia a ver una apuesta de dos mil euros con escalera de color de mano por puro despiste, al recibir justo en ese momento una llamada telefónica de Judith. Judith sólo le dirá me caes bien, pero el hombre, fuera de sí, no ve los dos mil euros. La novela se alargó hasta novecientas setenta y cinco páginas, y eso sin contar el prólogo de Sempronio Sistal -pseudónimo de sí mismo- que redundaba en el mismo tema durante cuarenta páginas más. Para que no hubiera lugar a dudas, el título de la novela era Yo amo a Judith desesperadamente. Pese a lo cual no consiguió sino que ella le llamara por teléfono para anunciarle una mala noticia.

-Ya he notado que me amas -se ve que la chica era muy perspicaz-Pero para saber si es verdad, deberías de seguirme allá donde vaya y demostrar que eres el hombre perfecto para mí.

Judith abandonó el taller de literatura y se apuntó a una escuela de bordado, punto, ganchillo y macramé. Entretanto él, a punto de cumplir sesenta, abandonó la escritura para matricularse en esta nueva escuela. Pero  a pesar de sus buenas intenciones, sus progresos fueron escasos. Cansado de pelear por ella, le pidió una última prueba para poder demostrar que era el hombre de su vida. Y Judith aceptó la propuesta.

 -Ven mañana a casa a las seis de la tarde.

 Llegó a las seis y cuarto porque antes tenía que ir al oculista, y éste se retrasó. Judith le recibió con sendos besos en las mejillas, le dio un paño de hilo rectangular del tamaño de una servilleta, una aguja y varios carretes de hilo de distintos colores.

-Ahora vas a poder demostrar lo que yo te inspiro -dijo abriendo las puertas de una habitación e invitándole a pasar dentro.

El suspiró y sonrió con visible satisfacción. Quiso abrazarla, pero ella dio un paso atrás y le señaló el paño de hilo.

-No te hagas ilusiones. Como escritor prometías algo, pero con la aguja y el dedal aún no me has demostrado nada. Te quedarás solo encerrado en esta habitación, y durante una hora bordarás en este paño algo que no me haga dudar de tu valía.

 Los diez primeros minutos se quedó tan estupefacto que no pudo reaccionar. Luego pensó durante algunos más. Y finalmente se puso manos a la obra, olvidando que el oculista le acababa decir que su vista cansada reclamaba una nuevas gafas. Cuando Judith reabrió la puerta una hora después, le encontró como un loquito, con los ojos estrábicos mirando muy de cerca a la aguja que intentaba inútilmente enhebrar.

 -Quería haberte bordado Eres una hija de puta, darling- le soltó a Judith completamente desquiciado- Pero, como tú misma sospechas, nadie es perfecto…

Qumram y la interpretación de la historia

La historia es una novela sujeta a la interpretación de algunos signos dudosamente fiables. En el último tercio del  pasado siglo el conde de Pinofiel rehabilitó un ala de su castillo roído por tiempo. El castillo se levantaba en la zona más suroeste de lo que entonces era Castilla la Vieja. Antes de colocar la primera piedra de la torre del homenaje encerró herméticamente en una caja de plomo algunos objetos curiosos: treinta monedas turcas con la efigie de Ataturk envueltas en una página de Camino, el libro de san Josemaría Escrivá de Balaguer, una liga de encaje negro anudando un sobre del Banco Vitalicio que contenía un mechón de cabello rubio, una reproducción de la famosa foto de calendario de Marilyn Monroe desnuda sobre una tela roja y una receta en sueco del pastel de zanahoria y nueces. Además introdujo una flor de edelwais seca y el fósil de un erizo de mar. Debidamente sellada y lacrada emparedó la caja en un hueco del muro mientras desafiaba al futuro. Me descojonaré desde el más allá-  dijo solemnemente antes de aplicar él mismo una paletada de mortero- el día que los arqueólogos y los historiadores interpreten este hallazgo. Y soltó una sonora carcajada para rubricar su travesura.

Se dató la época del año en que murió Tutankamón  por los restos de unas semillas que se colaron en su sarcófago. Ahora por unas muelas halladas en Newcastle  concluyen unos científicos que el hombre de Neandterhal no era tan bruto como lo pintábamos. Y el Duende, como el citado conde, se frota las manos imaginando los delirios historicistas que provocará el sorprendente contenido de la caja de plomo.

Uno supone que el deber del filósofo es buscar el por qué de todo. Pero la historia probablemente tiene muchas más razones que la razón también desconoce. Un ejemplo es un  amigo del Duende con ideas originales. Se trata de un castellano de nuestro tiempo, de origen humilde y sin estudios, que consiguió abrirse camino en la vida a base de trabajo y fino instinto de creador de empresas. A los cincuenta y tres años, después de haber vendido algunas ellas, había acumulado la fortuna suficiente como para retirarse en su pueblo natal. En todo ese tiempo había aprendido  de los libros como autodidacta lo que no le enseñó la escuela. Y entre esos saberes, precisamente, el propio conocimiento del libro y el deleite del bibliófilo. Su casa en la plaza de Peñafiel tiene tres pisos. Uno de ellos es para su despacho, otro para él, su perro y su gato. Y el tercero, acaso el más grande, para su formidable colección de libros. Jesús Solís posee además un pinar por el que pasea todos los días con sus animalitos de compañía, y una bodega de Ribera del Duero que produce un tinto que por la hondura y la calidad de su recio bouquet merecería aparecer en un bodegón de Velázquez.

 La gracia de esta historia es que el tinto de Jesús  se embotella con el enigmático nombre de Qumram.  Así se llama la aldea de Judea, a orillas del mar Muerto, donde en 1947 se descubrieron los novecientos rollos que contienen los documentos más antiguos que se conocen del Antiguo Testamento. En una descabellada hipótesis de futuro podemos imaginar a los sabios del siglo cuarenta y cinco de nuestra era interpretando el hallazgo de una de estas botellas en los sedimentos de un antiguo río desecado en el corazón de la Península Ibérica. ¿Fue Valladolid una provincia de Israel? ¿Pasaba el Jordán por donde hoy fluye el Duero?  ¿Fueron Isaías, Ismael, Samuel y Melquisedech finos sommeliers antes de convertirse en profetas? ¿Se escribieron algunos versículos bajo el influjo de Baco?

 Los que estamos en el secreto contemplaremos el despelote interpretativo con la misma guasa del travieso conde de Pinofiel. Ningún investigador podrá imaginar entonces que Qumram -la meca de los bibliófilos- encarna el sueño de un hombre que logró lo que todos soñamos y casi nadie consigue: retirarse a tiempo para disfrutar lo mejor de  la vida. Algo sorprendente en hombre sin cultura que, a la postre,  ha acabado siendo el más sabios de todos los sabios que uno ha conocido.

El Caballero Oscuro y el caso de las patatas podridas

(Foto de GuilleDes)

A mitad de proyección de El caballero oscuro, la última entrega cinematográfica de Batman, aquel tipo que siempre soñó ser guionista estaba ya aburrido. E incluso un pelín indignado.

Y no sin razón. Como muchas de las películas que antes se llamaban de acción y mucho antes de aventuras, los guionistas de esta película se separan de la simplicidad del comic original para enredar y enredar y justificar con una trama incomprensible y desmesurada el despliegue de explosiones, violencia y efectos especiales. El lío es tal que, aún suponiendo que el hombre murciélago es el héroe y Joker el villano, no estaba seguro de quienes eran los buenos y los malos. Se ve que Christopher Nolan y su hermano Jonathan tienen mala conciencia por haber inventado tanto fuego de artificio, y se largan una pretenciosa alegoría. Ya se sabe, el héroe fatigado y oscuro, el villano payaso, la ley ambigua. Qué falta de modestia la de los nuevos factotum de Hollywood. Con lo que agradecíamos la claridad del maniqueísmo en las películas de tiros.

Así que el espectador que soñó ser guionista desistió de entender aquel disparate e imaginó entretanto que él podría hacer una película mucho más interesante con sus propias vivencias. Éstas no eran tan espectaculares, pero sí más intrigantes. Ocurría que desde hacía unos días, cada vez que entraba en su casa percibía un extraño olor, nada grato desde luego. Al principio no le dio importancia. Lo había localizado en la cocina. Pensó que podría provenir del envase de un pescado congelado, que tal vez retuviera restos del mismo. Así que aunque apenas estaba llena la bolsa de basura amarilla, la cerró cuidadosamente la bajó a la calle y la depositó en el contenedor correspondiente.

A la mañana siguiente percibió que el desagradable olor persistía. Algo se habrá impregnado en el suelo-pensó. Vació dos tapones de amoníaco perfumado en el cubo y lo repasó furiosamente con la fregona. Un cierto aroma de química amable sustituyó por unas horas a los vapores mefíticos que ya invadían sus fosas nasales. Al atardecer, sin embargo, el inquietante olor había reaparecido.

Desesperado, vació el frigorífico y lo limpió a fondo. Siguió después con los muebles de cocina. No halló indicio alguno de putrefacción. Se arrodilló y acercó sus narices a la rejilla de ventilación del gas, que quedaba a la altura de sus rodillas. La fuente del hedor parecía más cercana. La rejilla daba al patio. Frente a ella se abría la ventana del dormitorio de Paco, el chino del la tienda de alimentación de la planta baja. Paco había adoptado ese nombre para hacerse más simpático a la comunidad, pero él y nuestro protagonista se odiaban desde que éste, como presidente de la misma, denunció las molestias producidas por las violentas reuniones que mantenía a menudo con otros chinos, amen de sus retrasos en el pago de las cuotas y otras irregularidades. Te matalé si das pol culo-se había atrevido a amenazarle.

Nuestro amigo el guionista frustrado advirtió que la ventana de Paco estaba semiabierta, y con la persiana bajada hasta diez centímetros del alféizar. ¿Qué puede guardar este cabrito ahí -pensó- para que huela tan mal? La realidad es que la tienda de Paco no abría desde hacía tres días. Según Conchita, la única que permanecía en Madrid aquel mes de agosto, se había ido de viaje. Tienes suerte, tu enemigo a lo mejor no vuelve…-le bromeó en el ascensor. Hasta aquella inocente funcionaria de Fomento era consciente de las tensiones entre ambos. Nuestro hombre sonrió sin poder disimular un fondo de preocupación.

Para evadirse, decidió ir al cine a ver la última película de Batman. Pero lo farragoso de la trama y la obsesión del cierto olor a podrido le apartaron de la película. Volvió a casa y al abrir la puerta una tufarada hedionda le azotó la cara. Desesperado, entró en la cocina, miró la ventana de Paco, se arrodilló de nuevo ante la rejilla y entonces, sólo entonces, se apercibió de que quedaba por revisar el cajón inferior del carrito auxiliar donde guardaba las patatas. Estaba al lado de la rejilla, pero no lo había abierto porque jamás había pensado que una patata pudiera degenerar tanto. Cuando lo hizo, tuvo que taparse las narices. En medio de una nube de bichitos, tres patatas blandurrias y medio desechas emanaban un líquido negro asqueroso del que brotaba el olor pestilente. Se puso unos guantes de plástico, tomó el cuerpo del delito, lo envolvió en una bolsa , metió ésta en un saco de basura que anudó cuidadosamente, extrajo el cajón, lo lavó con amoníaco, lo puso a secar sobre el fregadero y bajó a la calle a depositar en el contenedor los restos nauseabundos de las puñeteras patatas. Libre ya de la pesadilla, aprovechó la luna para darse un paseo y relajar sus nervios.

Pero al regresar a casa y abrirse las puertas del ascensor vio un cuadro inquietante. Por la puerta del piso del chino Paco salían un par de camilleros con mascarilla que transportaban un saco de plástico. Evidentemente, contenía unos restos humanos. Dos policías de uniforme, dos hombres más y Conchita, con la mirada extraviada por el horror y las narices tapadas, completaban el cuadro.

-¡Qué barbaridad!-se apresuró a disculparse el guionista frustrado- Y pensar que yo creía que las culpables del mal olor eran esas patatas podridas que acabo de dejar la basura…

Los dos funcionarios intercambiaron miradas. El forense comentó que jamás había oído que ese olor fuera más repugnante que el de un cadáver.

-¿Es usted el presidente de la comunidad? -le preguntó el otro, que se presentó como juez de guardia.

Nuestro hombre asintió. Y mecánicamente se puso a pensar después cómo un buen guionista podría librarle de la sombra de la sospecha que ya le empezaba a rondar.

Parecidos y caricaturas

A todas las mujeres les gustaría parecerse a Ava Gardner. Y a todos los hombres ser calcos de Paul Newman. Se ciñe a  esos cánones el Duende  por ser los más expresivos para la gente de su generación. Además, guapa por guapa y guapo por guapo, uno cree muy superiores a Ava y a Paul que Angelica Jolie o Johny Dep, espejos de las chicas y chicos de ahora. Pero la idea está clara: todos queremos vernos más guapos de lo que en realidad somos.

Lo aprendió el Duende desde el primer momento en que su inventiva empezó a a anotar y revelar parecidos razonables de las gentes de su alrededor. Si el epígono citado era notablemente bello, la reacción siempre era favorable. Si era considerado feo o fea, cabreo al canto. La gente suele ceñirse al resultante general, sin tener en cuenta que un guapo puede parecerse a un feo y viceversa. Por ejemplo, el  Muñeco Diabólico podría ser la caricatura del presidente del Congreso José Bono, y eso no desdice de la apostura del ilustre prócer

 Estos ejercicios de trasposición de personalidades eran muy habituales en la casa del Duende. Un día su madre le identificó con Manolo Gómez Bur, un cómico que habitualmente salía mal parado en sus papeles. Lo asimiló perfectamente, porque era verdad. Sin embargo tiene un amigo cuyo rostro es la clara inspiración de Shrek y no se ha atrevido a decírselo. Cuando era niño, encantado de su conclusión, advirtió a una parienta suya  que su niño se parecía al Pinocho de Walt Disney y se llevó un soplamocos de la madre ofendida. Y eso que se refería al muñeco de Gepetto antes de que le creciera la nariz, por mentiroso. Pero ni por esas: su hijo no podía ser comparado con la criatura de un carpintero. Qué vanidad.

Pero esa es una de las ventajas del blog en agosto, que puedes irte de la lengua -o de la pluma- y olvidarte de las represalias, porque no se entararán  los aludidos. Por ejemplo, Soraya Sáenz de Santamaría es como esos pececitos/pececitas coquetas que aparecen en las películas de dibujos animados. Y es que la imaginería de los estudios ha dado mucho juego. Su compañera de partido Isabel Tocino tenía el mismo perfil que Flor, la graciosa mofeta de Bambi. Y a Pepín Blanco es fácil encontrarle alter ego en los múltiples roedores (castores, ardillas, ratones, etc) que proliferan en estas películas para niños.

Hay otros aún más evidentes: Obama y Hamilton, Carrillo y el chimpancé bailarín de El libro de la selva, Zapatero y Míster Bean. Pero en este último caso es más fácil distinguirlos, porque uno de los dos piensa más lo que dice.

Félix hace honor a su nombre

El gran Félix

El gran Félix

San Martín de Luiña, concejo de Cudillero, Principado de Asturias. En este bonita aldea hay una iglesia del siglo XVII con un original campanario que se divisa desde cualquier lugar del Valle de las Luiñas. Alberga un importante retablo barroco, del correspondiente maestro que ayer recordaba y hoy la mala memoria del Duende ignora. Da igual. Pese a las desamortizaciones, las guerras napoleónicas, los ladrones como Eric el Belga, la simonía tolerada, la picardía de algunos anticuarios y la incuria de miles de turistas y aldeanos, muchas iglesias en España aún acogen piezas de are religioso más que estimables. La de San Martín no destaca pues por eso. Sino porque en el suelo de piedra, a la altura de su crucero, una muy visible inscripción recuerda que NO PASARÁN DE AQUÍ LOS VAQUEIROS DE ALZADA. No todos somos, o éramos, iguales a los ojos de Dios.

Los vaqueiros, como se sabe, eran un pueblo de origen celta que habitaba las brañas de esta zona y se dedicaba a la ganadería. Pero siempre hubo pastores y señores, de manera que eran vistos como una segunda división del escalafón social. Ahora los buscarían a lazo para sentarles en las primeras filas de la iglesia de San Martín, porque este templo, como casi todos, sólo se llena a tope el día de la romería local. Las iglesias se quedan vacías. Como los prados.

Porque, salvando las distancias, ese es otro problema de esta zona. Siguen estando tan verdes como siempre, pero al mismo tiempo, cada día más abandonados. Ya no hay apenas vacas (dígase vaques), ni demasiado equino que alegre el paisaje. Los paisanos se ven negros para segar, y si se obligan a ello se encuentran con el problema de deshacerse de la hierba, pues nadie la quiere ya. Así las cosas, muchos dejan de trabajarse, y son invadidos por las zarzas y las ortigas. Lo que en otras zonas de España sería un lujo, aquí también empieza a ser un problema. Qué hacemos con la agricultura. A ver cuándo se arregla la reforma territorial, la financiación de las autonomías, y el diccionario igualitario -ya saben; miembros y miembras– y entramos en estos detalles.

Mientras nace el político con la imaginación suficiente para abordarlo, el Duende ha aprovechado sus vacaciones nómadas y ha vuelto a ver a sus amigos de la contornada. Pese a la agresión del desarrollo, desde lo alto del monte aún se ve una hermosa muestra de lo que podría denominarse el paisaje completito, que es el que pintaban nuestros libros escolares. O sea, la naturaleza en su esplendor sabia y prudentemente disfrutada por el hombre. Desde Argatón, por ejemplo uno ve los prados milagrosamente moteados por las vacas, ovejas o cel ganado superviviente que corretea feliz. Bosques, ríos, maizales. Al fondo del valle, en forma de V, el mar surcado por algún barquito. También el trenecito del FEVE y los coches que recorren la carretera Gijón-Ribadeo por unos de esos espectaculares viaductos que se estudiarán en la Escuela de Ingenieros de Caminos. A la postal tradicional asturiana se añada en este caso un toque paisajístico tipo Edward Hopper, y el contraste, cosa rara, tiene encanto.

Pero lo que más encanto tiene es que una de las laderas del monte, Félix, el amigo herido por esa cosa llamada cáncer, apacienta su quimioterapia cuidando el jardín de su casita con pomarada y hórreo. Parece el protagonista de una película francesa de ambiente campestre, obsesivo en el cariño a sus plantas. Hemos tenido unos días de sol, y sus macizos de flores lucían esplendorosas. Todo va bien. Félix, con Begoña a su lado, se olvida del mundo y parece sereno y feliz. Es la mejor noticia de este viaje al Valle de las Luiñas.

Regreso a Luanco

(Foto de Jose Manuel González)

Alguien recomendó alguna vez aquello de no volver donde se ha sido feliz. Cuestión previa: ¿quién sabe cuándo se es absolutamente feliz?

La máxima puede valer en general, pero como matiza muestra siempre recordada doña María todo es mu correlativo. Volver a París o a Roma comporta pocos riesgos para el coleccionista de postales sentimentales, porque el núcleo de la ciudad, lo bonito del sello, se mantiene desde hace siglos. Pero regresar treinta años después a lo que era una  idílica aldea en la costa de Asturias -como supongo que pasaría en cualquier otra  zona de España- entraña graves riesgos. Uno puede sentir desolación, frustración, desengaño, pérdida de fe en la racionalidad del hombre. Y, aún peor, puede sentirse poseído por el espíritu del mismísimo Belcebú y querer mandar al fuego eterno a los enemigos del paisaje. Si es que hay sitio en el infierno para tantos.

En la familia del Duende hubo un antepasado que acuñó la expresión -muy usada por las generaciones siguientes- si yo fuera rey absoluto para condenar sin paliativos a todo lo que o los que a uno no le gustan. No es nada democrático pero es muy útil, y desahoga el espíritu justiciero que la evidencia absurda y estúpida despierta en el fondo de nuestra beatífica alma. Bueno, pues el menda fuera rey absoluto mandaría al Averno a todos los que de una u otra forma han conseguido que uno acabe aborreciendo a esos lugares donde fue uno feliz. Alcaldes cegados por el fantasma del desarrollismo, ediles corruptos, constructores corruptores, urbanistas abusones, especuladores insaciables, arquitectos venales, nuevos ricos exhibicionistas, aldeanos ineducados, cursis ostentóreos…Qué suerte para ellos que, al final, el Duende sea un perfecto demócrata y reniegue de los usos del tirano. Aún añorando, sotto voce, el poder llevar al infierno a los destructores de postales. Por bastante menos, arrastraba sus cadenas un pecador al que Woody Allen interrogaba en el infierno de una de sus películas. ¿Y usted por qué está aquí? -le preguntaba el cineasta- Yo fui el inventor de los muebles de metacrilato-respondía el infeliz condenado.

Espera el Duende que aún pase bastante tiempo antes de conocer en ese mismo infierno a los que se cargaron la pequeña villa de Luanco, entre Gijón y Avilés. Era un pueblo marinero bien guapín, con algunas casas nobles y bien pintadas, una iglesia con Cabildo asomada al mar, un largo espigón que llamaban el Gallo, muy apropiado para pasear amores adolescentes, y una pequeña playa donde lucían su palmito chicas muy monas. El Duende lo conoció en 1965, y lo desconoce ahora. Ya no hay reyes absolutos. Y quizás pecamos de ilusos. Pensar que en su lugar iba a reinar aquí el sentido común  es como esperar que Bush que se emocione leyendo las rimas de Bécquer.


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